CONTRA EL MILENIO
Las tonterías que se oyen sobre el milenio que no comienza el año que viene sólo se entienden en una sociedad dominada por la publicidad y los medios de comunicación -sobre todo por la televisión, ese instrumento que potencia, como ha escrito Sartori, la atrofia cultural, la pobreza en la capacidad de entender y la desinformación-. Como prueba de la ignorancia que se sirve a diario nos siguen dando la matraca con eso de que asistimos al "último lo que sea del siglo". A quienes creen que el año 2000 es el primero del siglo XXI nunca se les debería haber permitido salir de la enseñanza obligatoria. Es obvio que no saben contar. Supongo que si alguien les pregunta cuántos dedos tienen en las manos dirán que nueve, ya que contarán así: cero, uno, dos… y nueve. Además demuestran un pensamiento poco coherente al creer que el siglo comienza el uno de enero del 2000. Debieran esperarlo para el cero de enero del 2000.
Pero al margen de ello –lo que diré vale también para dentro de doce meses, cuando tras el milenio más corto de la historia se vuelva a celebrar el fin del milenio- está claro que si nos insisten tanto con la monserga del milenio es porque su absoluta intrascendencia es el envoltorio ideal para todos esos productos compuestos a partes iguales de vacío, nimiedad y apariencia que nos venden a diario. Si el primer capitalismo se ocupaba de fabricar y vender al por mayor los objetos de primera necesidad –alimentos, vestidos, herramientas- y el posterior objetos de consumo para necesidades algo más sofisticadas, el capitalismo de hoy produce sobre todo bienes inmateriales de dudosa calidad y utilidad que satisfacen sus propias necesidades de seguir produciendo y vendiendo y con los que pretende que llenemos nuestro tiempo de ocio. El más alto ejemplo de esos subproductos son los espacios televisivos que, entre los resquicios que deja la publicidad que justifica su existencia, nos colocan contenidos tan baladíes como el estado anímico de algunos millonarios cuando salen de trabajar –me refiero a las ruedas de prensa de los futbolistas tras los entrenamientos para responder del último chisme que han elaborado los periodistas deportivos-, las peripecias sexuales –antes se decía secretos de alcoba, pero ahora prácticamente se transmiten vía satélite- de algún famoso cuya fama proviene principalmente de contarlas, o el viaje para dos personas a las Canarias que regalan a un ama de casa con motivo de haber remitido el código de barras de su detergente habitual. Lo único positivo que se puede decir sobre la tele-basura es que se trata de basura reciclable; cada programa lo vuelven a emitir dos o tres veces más.
Es en el medio televisivo-publicitario donde más insisten en la cantinela del milenio. Y la insistencia en el milenio proviene de su absoluta inanidad. El milenio –como el siglo- apenas tiene existencia real; es una unidad de tiempo artificial, arbitraria, que carece de trascendencia alguna para nuestra vida. Otras unidades de medida del tiempo sí la tienen, por su relación con los ciclos de la naturaleza. El día es una unidad real; además de ser lo que dura una rotación de la Tierra, y precisamente por ello, es el ciclo básico que regula nuestras actividades, que distribuimos en función de la posición relativa del Sol –mañana, tarde, noche-. También el mes –relacionado, aunque no con exactitud, con el ciclo lunar-, las estaciones y el año –que tienen que ver con la traslación de la Tierra alrededor del Sol- son unidades significativas, que miden no sólo el transcurso del tiempo, sino también el momento en que ciertos fenómenos naturales o ciertas actividades humanas se producen. No hacemos lo mismo en verano o en invierno; no da igual que sea marzo o que sea agosto. Por eso, los cambios de mes, de estación, de año, son relevantes. Y aunque no sea una unidad relacionada con los ciclos naturales, hemos incorporado también la semana como una unidad importante para regular, principalmente, las actividades laborales y el descanso. No nos da lo mismo que sea lunes o que sea domingo. Y sobre todo es relevante la edad de cada persona, que no tiene nada que ver con el cambio de siglo; lo que importa es si se cumplen dieciocho, cuarenta, sesenta y cinco años. Por que la vida no es igual a una edad que a otra.
En comparación con todas esas unidades, el siglo o el milenio no tienen la menor trascendencia. Consisten simplemente en que llegamos a unas cantidades más redondas en la cuenta de los años. Pero ni la naturaleza, ni la sociedad, ni la vida de cada uno de nosotros cambia porque se produzca un paso de siglo o de milenio. Y este hecho es más evidente si tenemos en cuenta que el cambio de siglo o de milenio se produce únicamente con relación a una determinada forma de contar el tiempo, es decir, únicamente en el calendario gregoriano. Los cambios de siglo o milenio no se producen al mismo tiempo en los demás calendarios con los cuales determinados grupos humanos rigen su actividad: ni el calendario judío, ni la hégira musulmana, ni el calendario chino, etc. Y además, sabemos que la fijación del año uno de la era cristiana es un hecho totalmente accidental. Ni siquiera corresponde al nacimiento de Jesucristo, como pretendió su inventor, ya que parece haber evidencias históricas de que cometió un error de cálculo de al menos tres o cuatro años.
Por tanto, lo que procede y recomiendo es ignorar olímpicamente a todos esos profetas de la nada que insisten en la importancia del cambio de milenio, a todos esos mercaderes de la futilidad que nos ofrecen productos adaptados a las necesidades del nuevo milenio, y a los políticos con ideas prêt-à-porter que afirman tener las recetas para los retos del próximo milenio.
El treinta y uno, Nochevieja, y el uno, Año Nuevo. Como todos los años.
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