CON
LIBERTAD, SIN PRIVILEGIOS
Como ciudadano y como católico me
gustaría vivir en un Estado donde se respete la libertad religiosa de todos,
donde todos tengamos exactamente los mismos derechos al margen de nuestras
creencias y donde la Iglesia, las iglesias, y el Estado estén perfectamente
separados, ya que como dice la
constitución Gaudium et Spes del concilio Vaticano II “la comunidad
política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio
terreno”.
Me temo que eso no es todavía así en
España, y no porque exista voluntad de los actuales gobernantes de perseguir la
religión, como algunos denuncian, sino porque todavía estamos lastrados por la
tradición de un Estado confesionalmente católico y de una Iglesia católica todavía
dependiente de cierto amparo estatal para desempeñar sus funciones.
No entraré en el estéril e interesado
debate sobre si debemos procurar la laicidad, el laicismo o la aconfesionalidad
del Estado. Me recuerda a otra tonta polémica de hace unos años en Navarra
impulsada por quienes pretendían defender la navarridad, supuestamente
integradora, frente al navarrismo, supuestamente excluyente, y que se desactivó
cuando alguien definió el navarrismo como la defensa de la navarridad. No creo
que el laicismo sea otra cosa que la defensa de la laicidad, y ésta debe pasar
necesariamente por la aconfesionalidad del Estado. Por supuesto que puede
existir un laicismo excluyente y poco respetuoso con determinadas creencias
religiosas; igual que puede existir, y ha existido, un catolicismo excluyente e
intolerante con las demás confesiones, y puede existir y ha existido un Islam
igualmente intransigente. En todo caso se supone que en este país debemos
circunscribir el debate dentro de un Estado de derecho que reconoce la libertad
ideológica y religiosa y la libertad de expresión de acuerdo con valores
superiores del ordenamiento como la libertad, la igualdad y el pluralismo. Es
decir, en un marco tolerante y no excluyente.
Hablemos de Estado laico o Estado
aconfesional entiendo que se trata de lo mismo, de la separación e
independencia mutua entre Estado e Iglesia. La Constitución española no habla
de Estado laico, de laicismo ni laicidad, ni de Estado aconfesional, sino que
en su art. 16 utiliza otra fórmula para venir a decir lo mismo: “Ninguna
confesión tendrá carácter estatal”. ¿Podemos decir que esto se cumple?
Creo que de entre todas las confesiones
religiosas que existen en nuestro país hay una que sigue teniendo demasiado
carácter estatal. Porque sigue siendo financiada parcialmente por el Estado
olvidando su compromiso de ser financiada solamente por sus fieles; que incluso
cuando adquirió tal compromiso no se veía capaz de recaudar fondos suficientes
si no era a través de la Hacienda pública. Que sigue disfrutando de privilegios
fiscales de los que carecen otras confesiones. Que tiene arzobispo y curas
castrenses, y que incluso nombra un capellán para la familia real, porque
nuestra monarquía sigue siendo de facto confesional (los bautizos, bodas
y funerales de la real familia son siempre actos oficiales celebrados por la
máxima jerarquía católica, y hay catedrales que reservan sus altares mayores
para bodas reales). Hay una confesión cuyos acuerdos con el Estado no son sólo
acuerdos de colaboración como los que existen con muy diversos organismos
sociales, sino que se revisten como tratados internacionales que se incorporan
directamente al ordenamiento jurídico español. Hay una confesión que exige, y
logra, que sus enseñanzas formen parte de la educación obligatoria, y que los
profesores que debe contratar el Estado para impartir esas enseñanzas sean
designados por sus pastores.
En
fin, hay una confesión que es la católica a la que le cuesta mucho liberarse
del abrazo del oso que viene durando desde tiempos de Constantino y que supone
depender del poder político para cumplir su misión. La confusión entre Iglesia
y Estado ha sido mala para ambos (más para la Iglesia, ya que ha contribuido a
que la fe cristiana haya funcionado tan a menudo como un instrumento más de
manipulación y control por parte del poder político), y debería ser de interés
mutuo proceder a suprimir los últimos vestigios de la confesionalidad del
Estado. Por desgracia, a la jerarquía eclesiástica española parece que le da
demasiado vértigo. No sé si acaba de asimilar algo que también dijo el
Concilio, que la Iglesia “no pone, sin embargo, su esperanza en privilegios
dados por el poder civil; más aún, renunciará al ejercicio de ciertos derechos
legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la
pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra
disposición” (Gaudium et Spes).
Echo de menos una visión más
autocrítica de la Iglesia católica, en especial de su jerarquía, sobre su papel
en la sociedad actual. En vez de tratar de recuperar su independencia, su
capacidad profética, su disposición a dar testimonio del evangelio, a sembrar
esperanza, parece más empeñada en situarse a la defensiva, en preocuparse por
salvar los propios muebles, en transmitir negros presagios y en buscarse
enemigos y perseguidores. Haría bien en preguntarse si su menguante autoridad e
influencia en la sociedad, la deserción de los fieles de las parroquias, la
creciente indiferencia de tantos bautizados, no tiene mucho más que ver con la
imagen que transmite que con supuestas conspiraciones exteriores. Si esa imagen
no es la de una institución burocrática y autoritaria más dedicada a defender
sus intereses que a otra cosa, una maquinaria que funciona como un apéndice más
de los poderes públicos y económicos, que presta servicios a cambio de unas
tarifas, que invierte muchas energías en administrar un patrimonio que a lo
mejor se ha convertido principalmente en una carga, que mantiene medios de
comunicación más interesados en hacer dinero o política que en difundir el
mensaje cristiano. Una entidad alejada de la realidad, demasiado conservadora
en una sociedad tan cambiante, y que además tiende a alinearse políticamente
con las fuerzas más conservadoras (a uno le escaman tantos foros sobre
católicos en la vida pública en los que sólo aparecen políticos de derechas,
como si todos católicos sean de derechas). Imagen que tapa y oscurece tantos
ejemplos, que también los hay, de autenticidad y coherencia en la fe.
Echo de menos una Iglesia que sea la
primera en renunciar a la financiación estatal y apele a la participación de
sus fieles en el sostenimiento –y el funcionamiento- de su organización. Que no
exija de los poderes públicos condiciones de privilegio, sino que se limite a
recibir las ayudas y subvenciones que le correspondan como a cualquier otro
organismo que realice una labor social, en igualdad de condiciones y rindiendo
las mismas cuentas. Aunque ello pase por admitir que los fieles son menos de
los que parecían, y que la Iglesia a lo mejor debe ser todavía más pobre.
En fin, también una Iglesia más segura de su mensaje, que no sienta tanta necesidad de acogerse a la protección del Estado para difundir sus enseñanzas. Que se tome en serio otra afirmación del Concilio: “desde los primeros días de la Iglesia los discípulos de Cristo se esforzaron en inducir a los hombres a confesar Cristo Señor, no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la palabra de Dios” (Dignitatis Humanae). El Evangelio debe difundirse en el seno de la Iglesia, en el seno de las familias, a través de las instituciones educativas y culturales que establezca la propia Iglesia, a través de sus propios medios de comunicación. No como una asignatura en la enseñanza obligatoria, metida con calzador y en condiciones de captar cuantos más clientes mejor. Pero, en fin, la cuestión de la enseñanza de la religión exige más espacio del que tengo aquí. Sólo decir que, como miembro de las últimas generaciones que padecieron la educación del Estado nacionalcatólico, no comparto el optimismo de la jerarquía eclesiástica sobre los buenos efectos de la asignatura de religión confesional para la transmisión de la fe. En mi época produjo millones de agnósticos y de católicos indiferentes que no distinguen muy bien la Cuaresma del Adviento, el Carnaval de la Semana Santa o el Antiguo del Nuevo Testamento.
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