ANTOLOGÍA APÓCRIFA DE LOS SANFERMINES
Conan Doyle y los sanfermines
Desde mi matrimonio apenas había tenido oportunidad de visitar a mi amigo Sherlock Holmes en la que había sido mi antigua residencia de Baker Street. Tras meses sin noticias suyas aproveché una tarde que mis deberes profesionales me habían llevado lejos de mi consulta en Paddington para pasar a visitarle. Le encontré en la habitación que tan bien conocía, en bata y cómodamente sentado en una butaca rodeado de papeles.
-¡Mi querido Watson! Estoy realmente encantado de verle. ¿Qué tal está la señora Watson?
-Muy bien, gracias –dije mientras le estrechaba la mano y me sentaba en la butaca que Holmes me señalaba.
-Precisamente me estaba acordando de usted. Aquí tengo una carta de agradecimiento por un caso en el que seguro que le hubiera gustado escribir uno de sus relatos.
-Lo haré encantado si tengo oportunidad –respondí.
-Tendrá que conformarse con lo que yo le cuente, todo sucedió en el Continente el pasado verano –comentó Holmes.
-Mi querido amigo, le escucho.
-¿Recuerda qué le escribí desde Biarritz? Acudí allí llamado por una persona relacionada con una familia reinante, llamémosle Príncipe Alexander, el nombre auténtico no importa, que tenía un pequeño problema que esperaba que yo resolviera.
-No sería tan pequeño si se animó usted a viajar tan lejos –observé, sabedor de la poca afición de Holmes a alejarse de Baker Street.
-Un problema menor, aunque me llevó incluso más lejos, hasta Pamplona.
-¿Pamplona? –pregunté-. No me suena ese lugar.
-Sí, es una pequeña ciudad en España, cerca de la frontera francesa -respondió Holmes-. Me llevó Pablo Sarasate, el famoso violinista, que nació allí. ¿Recuerda que se lo presenté tras un concierto que dio en St. James’s Hall?
-Por supuesto, un gran artista, y que le estaba muy agradecido a usted por haber recuperado un violín desaparecido.
-El caso es que el Príncipe Alexander, que veraneaba en una villa de Biarritz, quería recuperar una carta muy comprometedora en poder de una dama a la que llamaremos Condesa Poniatowska, con la que pretendía hacerle chantaje. La dama en cuestión, en unión de otras personas y a invitación de Sarasate, hizo una pequeña excursión a Pamplona a la que yo me uní.
-¿Consiguió usted recuperar la carta? –pregunté.
-Tenga paciencia y se lo contaré. El Príncipe estaba convencido de que la Condesa Poniatowska llevaba la carta encima, pues había hecho registrar sus habitaciones y su equipaje sin resultado. Deduje que estaba en lo cierto ya que nunca cerraba con llave la puerta de la habitación del hotel. Decidí acompañarles a Pamplona esperando tener la oportunidad de averiguar algo durante el viaje. Un viaje espantoso, por cierto. Aunque entre Biarritz y Pamplona no debe haber más de setenta millas, tuvimos que hacerlas en carruaje por caminos infames. Pamplona es una pequeña ciudad sin consulado británico y ni un solo hotel decente, y además en esos días en que se celebraban fiestas, que era el motivo del viaje de Sarasate, estaba llena de visitantes. Durante todo el día las calles estaban repletas de paisanos cantando y bailando, bebiendo sin cesar. Y lo más espantoso de todo, querido Watson, era que el número fuerte eran las fiestas de los toros.
-¿Vio usted matar toros?
-Por desgracia. Aunque eso me ayudó a resolver el caso. Todo el grupo de visitantes, guiados por Sarasate, acudimos al coliseo donde celebraban ese bárbaro espectáculo. Le ahorraré detalles, pero cuando comenzó a correr la sangre la Condesa Poniatowska sufrió un desvanecimiento y supe dónde llevaba la carta.
-¿Qué me dice? –pregunté asombrado.
-Sí; fue fácil. En cuanto la dama recobró el sentido, hizo un gesto de alarma y llevó con disimulo su mano derecha a un pliegue del vestido, lo cual la tranquilizó. El significado del gesto era obvio; comprobaba que seguía conservando algo valioso, que no podía ser otra cosa que la carta.
-¿Y qué hizo usted?
-Normalmente hubiera sido imposible hurgar en el vestido de una dama. Pero a la mañana siguiente fuimos a ver otro espectáculo, nos aseguraron que no había sangre de por medio, se trataba sólo de ver pasar los toros por la calle mientras algunos jóvenes corrían ante ellos. Nos tuvimos que apretujar todos en un pequeño balcón, una situación inimaginable para gente tan distinguida en cualquier otro lugar; fue sencillo para mí hurtar la carta sin que la condesa lo advirtiera.
-¿Y no sospechó de usted? –pregunté.
-Ella no podía decir nada, y además tuve la precaución de denunciar que a mí me habían robado la cartera. Y no fui el único; con la confusión de las fiestas, era toda una tentación robar a un grupo de extranjeros. Menos mal que al día siguiente regresamos a Biarritz. Créame, Watson, no tengo intención de volver a un lugar semejante y a unos festejos tan salvajes como aquéllos; no creo que pueda apetecer a nadie de un país civilizado viajar a Pamplona.
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