¿COMPRAR DERECHOS?
Una de las propuestas que han generado polémica en esta campaña electoral es la realizada por el PP sobre un “contrato de integración” para los inmigrantes extracomunitarios que será requisito para renovar el permiso de residencia y trabajo. Lo que se propone es, literalmente según consta en el programa electoral del PP, lo siguiente:
“-En el Contrato de Integración el inmigrante se comprometerá a cumplir
las leyes y a respetar los principios, valores y costumbres de los españoles, a
aprender la lengua, a pagar sus impuestos y cotizaciones, a trabajar
activamente para integrarse, y a retornar a su país si durante un tiempo carece
de empleo y de medios.
-La Administración española
se comprometerá a garantizarle los mismos derechos y prestaciones que a un
español, a ayudarle en su integración, a respetar sus creencias y costumbres
–siempre que éstas últimas no sean contrarias a las leyes españolas-, a
enseñarle la lengua, a ayudarle y formarle para encontrar empleo, y a colaborar
en su retorno si carece de empleo y de medios.
-Para el cumplimiento del
contrato se podrán establecer mecanismos de evaluación”.
En
resumen, bajo el bonito argumento de lograr la integración de los inmigrantes
lo que se está diciendo es que tendrán derechos sólo si se portan bien; podrán
quedarse sólo en la medida en que se valore que se están integrando,
convirtiendo el derecho a la integración en obligación de integrarse y pasar
con buena nota los exámenes; la obligación de respetar la ley que tiene
cualquier persona en cualquier país se amplía con la de respetar “principios,
valores y costumbres de los españoles”, deber, vago, abstracto e indefinible
del que también podrá ser evaluado (lo que puede dejar en manos de la Administración
una potestad ampliamente discrecional para expulsar a cualquiera). El derecho a
trabajar se convierte en obligación de trabajar bajo amenaza de expulsión, y lo
mismo sucede con el aprendizaje de la lengua.
El
resultado práctico de introducir semejantes medidas en nuestro ordenamiento
jurídico sería establecer para siempre jamás una sociedad con dos tipos de
ciudadanos. Los nacionales, titulares de los derechos y obligaciones definidos
en la Constitución y en las leyes (obligaciones entre las cuales no está la de
respetar principios, valores y costumbres, que es contraria a la libertad y al
pluralismo, sino sólo respetar la ley); y los extranjeros, desiguales en
derechos y obligaciones y sometidos a permanente amenaza de expulsión en cuanto
reciban una evaluación adversa.
Bajo esta propuesta late una concepción
negativa hacia los inmigrantes. Se percibe el temor hacia el diferente, a quien
tiene otras costumbres, a quien llega con otra lengua. Y la concepción
meramente utilitarista de la inmigración; aceptaremos a los inmigrantes en la
medida en que trabajen y tengan recursos propios, pero en cuanto se conviertan
en un problema porque carezcan de ellos los expulsaremos. Las personas son
reducidas a mano de obra; la supuesta integración social degradada a simple
integración laboral. Cuando no los necesitemos, los enviaremos de vuelta a su
país. En el ámbito de la globalización neoliberal es asumible suprimir las
fronteras para liberalizar el tránsito de capitales (ya conseguido) y
mercancías (conseguido cuando van de los países desarrollados hacia los pobres,
todavía no en sentido contrario), pero parece que no para los trabajadores.
Frente
a tal concepción debemos afirmar la condición de personas de los inmigrantes
(extra o intracomunitarios), personas con derechos iguales a las demás personas
y derivados de su condición de tales. Los derechos se reconocen directamente
por la Declaración Universal de las Naciones Unidas, cuyo artículo 29.2 dice
que “en el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades,
toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley
con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y
libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del
orden público y del bienestar general en una sociedad democrática”. No es
aceptable que por el mero hecho de ser extranjero haya que hacer méritos de
buena conducta para adquirir derechos a través de un contrato.
El
único contrato que necesitamos todos, nacionales y extranjeros, para reconocer
derechos es la Constitución. Y aquí sí
que hay un trecho por recorrer, sería conveniente una reforma constitucional en
el sentido de recoger los principios de igualdad de derechos y de integración
social de los inmigrantes.
La
Constitución española vigente en su artículo 14 establece que “los españoles
son iguales ante la ley”; se renunció a recoger la todavía revolucionaria
formulación del artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: “todos
los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Los
extranjeros actualmente son titulares de los derechos constitucionales sólo en
la medida y términos que establezcan los tratados y la ley. Esta remisión
debiera ser reformulada; el reconocimiento de derechos no debiera quedar
condicionado a la ley, sino al contrario. Debieran desaparecer las leyes de
extranjería, sustituidas por leyes de ciudadanía basadas en el principio de
igualdad de derechos de todos los seres humanos.
La
Constitución española no menciona a los inmigrantes, y a la inmigración sólo en
el artículo 149 para atribuir al Estado las competencias en la materia. A la
altura de 1978 no sorprende que los padres constitucionales no se preocuparan
más de algo todavía casi inexistente. Sí se acordaron en el artículo 42 de los
emigrantes, que era la realidad a la que se enfrentaban entonces, para disponer
la obligación del Estado de “velar por la salvaguardia de los derechos
económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero” y de
orientar la política hacia su retorno. Hoy que hemos dejado de ser tierra de
emigración para convertirnos en país de acogida falta un precepto dedicado a la
inmigración que consagre y delimite el derecho a la integración social.
Los derechos ni se compran ni se venden; sobra el “contrato de integración”, y falta el propósito real de abrirnos, de verdad, a la integración.
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