CÓMPLICES DE ASESINATO
Mikel Armendáriz, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire, Jokin Elarre, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Javier Leoz, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Angel Pérez-Nievas, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, Andoni Santamaría, José Luis Úriz y Patxi Zabaleta
Sería realmente maravilloso vivir en un mundo como el que uno puede imaginar escuchando los recientes discursos de los presidentes Bush y Aznar. Un mundo donde imperara la ley y el orden. En el que un país que no respetase el derecho e hiciese caso omiso de las resoluciones de las Naciones Unidas tuviera una respuesta contundente por parte de la comunidad internacional. Donde cualquier estado que no se rigiera por los principios de la democracia fuera de inmediato condenado. En el que los arsenales de armas estuvieran perfectamente controlados por inspectores internacionales, y cualquier gobierno que pretendiera contar con más armas de las estrictamente necesarias para su defensa fuera sancionado y obligado a desarmarse. En el que hubiera sanciones, también, para cualquier país que apoyara alguna forma de terrorismo. Y, en fin, en el que todos los gobernantes del mundo fueran contrarios a la guerra y la reservaran solamente como último recurso para cuando fuera estrictamente necesario y con carácter defensivo ante una amenaza o agresión cierta, alegada y demostrada ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Un mundo así se acercaría mucho al utópico e irrenunciable estado de paz perpetua con el que soñara Kant, y sin duda nos llevaría de inmediato a adherirnos con entusiasmo a las propuestas pacificadoras de nuestros presidentes Bush y Aznar.
Pero resulta sospechoso que todo este discurso vaya referido solamente al caso de Iraq. Que Sadam Husein es un sanguinario dictador que en el pasado ha iniciado dos guerras de agresión (una contra Irán en los años ochenta, entonces con la bendición y los suministros bélicos de Occidente para detener la revolución jomeinista, otra contra Kuwait en los noventa, ganándose entonces la aversión de sus anteriores amistades), que ha utilizado armas químicas incluso contra sus propios ciudadanos, en concreto los kurdos, que es posible que posea o tenga la intención de fabricar armas de destrucción masiva, que haya incumplido resoluciones de las Naciones Unidas, que sea un peligro para sus vecinos, todo ello resulta poco discutible. No parece que Sadam Husein pueda tener muchos defensores, y si los hubiera no figuraríamos entre ellos. Pero la cuestión no es exactamente ésta. Lo inquietante es por qué se aplica en este caso una vara de medir que no se aplicó, ni se aplica, en otros supuestos.
Si las Naciones Unidas, desde su fundación en 1945, hubieran promovido el cambio forzoso de régimen en todos aquéllos países que no disfrutan de democracia, ciertamente habrían tenido que trabajar mucho. Las sangrientas dictaduras de Stalin, Pol Pot, Pinochet, Videla, Suharto, Mobutu, Somoza, sólo por sacar unos pocos y granados ejemplos, hubieran acabado mucho antes (y no hubiéramos tenido que padecer cuarenta años de franquismo). En estos momentos tampoco les faltaría tarea; en el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo se afirma que de entre los aproximadamente 200 países del mundo solamente 82 se pueden considerar como democracias plenas. Si de lo que se trata es de aplicar manu militari las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas resulta bastante claro que con anterioridad a la número 1.441 hay unas cuantas pendientes de cumplimiento, por ejemplo, todas las relativas a la ocupación de los territorios palestinos por Israel desde 1967, o las referidas al referéndum de autodeterminación en el Sáhara Occidental ocupado por Marruecos. Si el problema es la posesión de armas de destrucción masiva, incluyendo las nucleares, es fácil recordar unos cuantos países que también las poseen: Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel, sin que se les exija el desarme. Si no se trata de la posesión de armas, sino de utilizarlas en guerras de agresión, enseguida aparecen unos cuantos países que en las últimas décadas han agredido o invadido a otros sin encontrarse con una coalición internacional que les declarase la guerra: Estados Unidos (Vietnam, Panamá, Granada), Rusia (Afganistán, Chechenia), China (Tibet, Vietnam), Israel (Palestina), Marruecos (Sáhara), Etiopía (Eritrea), Iraq (Irán), y muchos etcéteras más.
Hay demasiadas razones para pensar que el ardor guerrero que muestran ahora algunos gobiernos frente a Iraq tiene motivaciones distintas de las invocadas oficialmente. Que haya tanta prisa en aparcar las vías diplomáticas, una postura europea común, la labor de los inspectores de armamento y la presión política para reemplazarlas por un ataque militar directo contra Iraq parece tener demasiado que ver con sus reservas de petróleo, con su situación geoestratégica, con el interés de algunas potencias occidentales de reordenar el poder en el Cercano Oriente y con la necesidad de algunos políticos, principalmente norteamericanos, de proseguir la cruzada contra el peligro islámico.
Pero hay algo más que lleva a rechazar la guerra en ciernes. Lo que se prepara por parte del gobierno de Estados Unidos con el apoyo incondicional de otros gobiernos (Reino Unido, Italia, España) es un asesinato en masa. La ley define el asesinato como matar a otro cuando concurre alevosía (empleando medios que contribuyan a asegurar la ejecución sin el riesgo que pudiera suponer la defensa de la víctima), precio, recompensa o ensañamiento (aumentar deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido).
Todos sabemos lo que se pretende acumulando enormes fuerzas militares en torno a Iraq, asegurando el apoyo de las bases norteamericanas en otros países, solicitando también el de la OTAN, y empleando en todo caso los más sofisticados medios que la industria y la tecnología de la guerra pone a disposición de los ejércitos modernos. Se trata de un ataque masivo y breve que destruya cualquier capacidad de reacción de las fuerzas armadas iraquíes. Ya nos han contado que las fuerzas invasoras no pondrán un pie en el país hasta después de que éste haya sido objeto de un bombardeo sistemático que arrase todas sus defensas. El objetivo de las fuerzas norteamericanas y aliadas será el mismo que en todas las guerras de los últimos años: destruir al enemigo con cero bajas propias (en la primera guerra del Golfo las pérdidas militares iraquíes ascendieron a más de 100.000, mientras que en la coalición internacional murieron en total 192 personas). Y después de ese ataque alevoso los victoriosos aliados se repartirán el botín, en este caso de oro negro.
Sabemos que muchas de las bajas iraquíes serán de las eufemísticamente llamadas "daños colaterales". Es decir, víctimas civiles alcanzadas tanto por las bombas enemigas como por el "fuego amigo". Sabemos que las víctimas civiles serán probablemente la mayoría, aunque nos ocultarán la sangre y los cadáveres para evitar el "efecto CNN" y darnos la sensación de que se ha tratado de una guerra indolora. Hemos comprobado recientemente cómo sucede; en los bombardeos contra Afganistán por dos veces cayeron misiles supuestamente inteligentes sobre instalaciones de la Cruz Roja, pese a que sus instalaciones estaban identificadas, y una boda fue confundida con una concentración de talibanes y también bombardeada. Conocemos perfectamente cómo son las guerras modernas; según datos de la Oficina Federal suiza para la Protección Civil, la proporción de víctimas en la Primera Guerra Mundial fue de 200 militares por cada civil; en la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente un militar por un civil, y en la Guerra de Vietnam, un militar por cada 20 civiles (alguien dijo, con ese sentido del humor que afortunadamente podemos mantener los seres humanos incluso ante los mayores espantos, que para sobrevivir en las guerras actuales lo mejor es alistarse en el ejército).
También es sabido que las víctimas de las guerras se siguen produciendo después de que se hayan silenciado las armas. Los daños al medio ambiente, a las infraestructuras básicas relacionadas con la alimentación y la salud, a la economía, siguen produciendo muerte. En Iraq la mortalidad infantil se ha triplicado después de 1991 a causa de la guerra y del bloqueo económico; se habla de un millón de muertos. En la antigua Yugoslavia muchas personas están sufriendo todavía por las radiaciones cancerígenas de las tierras contaminadas por las bombas revestidas de uranio empobrecido. En muchos otros países siguen produciéndose muertes y mutilaciones graves, muchas veces en niños, años después de la guerra a causa de las minas antipersonas. Por no hablar de la incidencia que tiene en el subdesarrollo de muchos países que se destine a armas lo que debiera gastarse en alimentar a sus poblaciones.
No vemos justificada la decisión deliberada de iniciar una guerra que provocará miles de muertos y que, además, no va a solucionar ningún problema, sino que posiblemente empeore la situación internacional a medio y largo plazo. No queremos que en nuestro nombre se cometa un crimen. Preferimos que se nos tache de desleales, antipatriotas, aislacionistas rancios o pacifistas ingenuos, pero no seremos cómplices de un asesinato masivo. Por eso decimos públicamente: NO A LA GUERRA.
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