Cómo capear la crisis en Sanfermines

 

COMER BARATO

 

 

         En Sanfermines, incluso cuando no hay crisis económica, es recomendable tratar de comer barato. Comer caro no suele ser garantía de comer bien y a menudo es tirar el dinero. Dicen que es mejor evitar comprar los automóviles fabricados en lunes, está estudiado que su calidad es inferior y fallan más. Buena parte de los operarios que los montan suelen estar aquejados del síndrome del lunes, el que se produce por la vuelta al trabajo después del descanso del fin de semana o después del agotamiento del fin de semana, según los casos, o incluso aquejados directamente por la resaca posterior a los excesos del domingo. Algo similar se puede decir de la comida elaborada durante las fiestas; los cocineros y camareros a menudo sufren el síndrome de los Sanfermines (calma, no afecta a la fabricación de coches, la Volkswagen tiene el buen juicio de cerrar). O sea,  mucho trabajo para pocos trabajadores, demasiado trabajo y poco descanso, trabajo sin haber dormido, trabajo en plena resaca, o trabajo para el que se está poco cualificado porque es un contrato temporal sólo durante las fiestas. El caso es que incluso en establecimientos donde el resto del año los platos y el servicio son de óptima calidad uno se puede encontrar con sorpresas desagradables: pagar más por comer peor.

 

         Mejor que comer barato, por supuesto, es comer gratis, esa será nuestra primera opción. Dado que el Ayuntamiento no da de comer habrá que intentar que otros nos financien la comida. Es el momento propicio para aceptar todo tipo de invitaciones, incluso las de gente que el resto del año hemos evitado: padres, suegros, cuñados, primos, clientes, vecinos, compañeros de trabajo, conocidos, desconocidos, todo vale. O casi todo; entre amigos suele existir la mala costumbre de poner fondo o de tener que devolver la invitación, así que sólo acudiremos a comer a sus casas en última instancia. De todos modos, en Sanfermines no hay que esperar demasiado, la tendencia es comer fuera.

 

         El recurso a peñas y sociedades gastronómicas, que funciona para ahorrar el resto de año, resulta obstaculizado por las propias fiestas; o no dejan comer porque están abiertas como bares multitudinarios, o cuando dejan comer es difícil coger mesa incluso aunque seas socio (lo más deseable no es ser socio de una sino tener amigos socios en varias). Así que nos tenemos que resignar a acudir a establecimientos donde pretenderán que paguemos después de comer. Advirtamos que resulta más difícil irse sin pagar una comida que unas copas; en los restaurantes tienen la mala costumbre de ir apuntando lo que sirven en cada mesa y además de quedarse con tu cara. Sin excluir del todo la posibilidad de deslizarse sigilosamente hasta la puerta sin pedir la cuenta, no suele ser una táctica con garantías. Más oportunidades tiene el recurso de pedir, en vez de la cuenta, el libro de reclamaciones pretextando un pésimo servicio (a veces será verdad). Se sabe que el libro o las hojas de reclamaciones existen porque lo dice alguna ley, pero pocas personas llegan a verlo. Si se pide lo más probable es que le digan a uno que no saben dónde lo tienen, que sólo lo sabe el encargado, o que no lo tienen porque lo están tramitando, o cualquier otra evasiva. Hay que indignarse y asegurar que se está dispuesto a llegar a dónde sea para exigir las responsabilidades administrativas correspondientes y defender nuestros derechos como consumidores, incluso hasta el tribunal de consumo de la Unión Europea (suena amenazador aunque no exista, y los camareros no lo saben). Finalmente, a la vista de que no tienen intención de traer el libro de reclamaciones y facilitar la reclamación escrita, hay que pedir la factura. Ojo; no “la cuenta”, sino una factura en forma, nominativa y con todos los datos que exigiremos a grandes voces exhibiendo el DNI. Llegado ese punto probablemente seremos desalojados del local sin factura y sin pagar. Eso sí, no podremos volver, el número de veces que se puede utilizar este sistema está limitado.

 

         Si todo lo anterior falla habrá que resignarse a gastar. Consejos: elegir tascas populares y prescindir del mantel de hilo; los bocadillos son muy sanfermineros y están disponibles en cualquier sitio y hora, en cambio el kilo de pincho sale muy caro; las jarras de sangría o cerveza son más baratas que las botellas de vino; la propina no es obligatoria; comer en las barracas o en una terraza de la Plaza del Castillo son lujos asiáticos prescindibles.

 

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