EN NOMBRE DE LOS CASTELLANOPARLANTES
Como navarro de habla romance no puedo por menos que agradecer vivamente al Gobierno de UPN sus desvelos para protegerme frente a quienes planeaban aplastar mis derechos e imponerme una lengua que no es la mía (si no he entendido mal, los terroristas de ETA y toda la canalla nacionalista). La verdad es que yo no había advertido la amenaza. Sí que había tenido la impresión de que el inglés ha invadido últimamente la publicidad, las instrucciones de los electrodomésticos y los títulos de las películas, además de las páginas de Internet, y que los políticos y los medios de comunicación cada vez utilizan más anglicismos, y cada vez más horribles. Pero con el vascuence mi enajenamiento de la realidad era preocupante; no me había dado cuenta que me querían obligar a hablarlo. Quizás porque cuando ingresé en la función pública no me lo exigieron; quizás porque ningún departamento de la Administración Foral aplicó nunca los planes previstos para cumplir los objetivos de la normativa sobre vascuence; quizás porque en mi entorno todo el mundo habla castellano sin mayores problemas; quizás porque la mayoría de las emisoras de televisión, de radio, y los periódicos que circulan en Navarra utilizan el castellano. Quizás porque siempre que me han llegado comunicaciones en vascuence, sea de parte de la Administración, sea de parte de algún hipermercado, venían junto a la versión en castellano, por lo cual nunca he tenido problemas de comprensión. Quizás porque veo que padres y alumnos pueden elegir libremente en qué lengua quieren recibir la enseñanza, y cuando no pueden elegir es porque sólo la hay en castellano (aunque ahora que lo pienso, esas desmedidas cifras de matriculación en enseñanza en vascuence quizás estén inducidas por una monstruosa campaña con técnicas de sumisión mental que anula la voluntad de los padres sin que hasta ahora nadie se haya dado cuenta de ello).
En fin, que mi despiste era total; como el gentilhombre de Molière que no se había dado cuenta de que hablaba en prosa, yo ni siquiera sentía pertenecer a una especie amenazada y necesitada de protección, la del navarro castellanoparlante. Preocupado por las vacas locas, los proyectiles de uranio empobrecido, el agujero de ozono, el avance de la pobreza y la desigualdad en el mundo, el repunte de la inflación, la escalada terrorista, las condiciones en que viven –y mueren- los inmigrantes sin papeles, y otros problemas de menor cuantía, no me había dado cuenta del peligro. Creía que sin un Gobierno nacionalista, como el que sufren nuestros vecinos vascongados, no había nada que temer. Gracias a nuestro Presidente me he enterado que el decreto que él mismo redactó en 1994 y que aplicaban funcionarios a sus órdenes, sin duda compinchados con los terroristas, estaba sirviendo para discriminar a los navarros que no hablamos vascuence en nuestras relaciones con la Administración y para crear un caldo de cultivo favorable al aniquilamiento de la Comunidad Foral. También he sabido que los indicadores bilingües colocados en las carreteras de la zona mixta (curiosamente, no los de la zona vascófona) suponían una intolerable agresión contra mis derechos, y pronto serán reemplazados por otros sólo en castellano.
Vaya, que todas estas medidas que adopta el Gobierno para protegerme de la lengua de mi bisabuelo me tranquilizan muchísimo. Ahora que algunos opinantes y tertulianos advierten que la situación en el País Vasco se parece tanto a la Alemania de los años treinta, he caído en la cuenta que la situación de Navarra se parece también a la de esos años. Entonces Eladio Esparza, uno de los prohombres del navarrismo, ya advirtió en un memorable artículo de agosto de 1936 que la Sociedad de Estudios Vascos –hoy también en el candelero, o en el candelabro, como cada uno quiera- era una organización de nacionalistoides, encubridora del separatismo y cómplice de la ola marxista felizmente detenida por el glorioso Alzamiento Nacional. Y en septiembre de ese año el comandante militar de Estella ordenaba en un bando: "se prohibe la palabra «Agur», importada por los separatistas en lugar del «Adiós», genuinamente español". Dos años más tarde el Ministro de Orden Público, en palabras que conservan una increíble actualidad, escribía: "cabe reflexionar si, en estos críticos momentos en que se está luchando por la salvación y unidad de España, y en los sentimientos de los combatientes sólo anida un espíritu común de victoria y hermandad, en las provincias en que en indigno maridaje se aliaron el marxismo y el separatismo dando días tristes y vergonzosos para la Patria, pudiera servir de pretexto el uso del vascuence para reverdecer pasiones insanas y criminales, y que alguna región más fuera el señuelo de banderín de enganche para congregar a los malos patriotas".
Sólo hay una cosa que no me cuadra. Ni en el decreto de 1994 que ahora se deroga ni en el nuevo se menciona para nada la señalización viaria de la zona mixta (sí se dice expresamente que en la zona vascófona "la rotulación de vías urbanas y nombres propios de sus lugares se realizarán en castellano y en vascuence"). Si no yerro en la aplicación del principio de jerarquía normativa, sigue todavía vigente el artículo 8º de la Ley Foral del Vascuence (ese insidioso instrumento separatista que, extrañamente, se aprobó con los votos a favor de, además del PSOE, Pegenaute, Monge, Del Burgo, Ayesa, López Borderías, elegidos por la coalición AP-PDP-UL, y con la abstención de UPN). Precepto que dispone, para los topónimos de la zona mixta y de la zona no vascófona, la utilización conjunta de la denominación oficial en castellano y en vascuence cuando exista ésta, y que el Gobierno de Navarra, previo informe de la Real Academia de la Lengua Vasca, determinará los topónimos de la Comunidad Foral, así como los nombres oficiales de los territorios, los núcleos de población y las vías interurbanas. Estas denominaciones adoptadas por el Gobierno "serán las legales a todos los efectos dentro del territorio de Navarra y la rotulación deberá ser acorde con ellas". Es decir, que si la ley no ha cambiado (esperemos que si UPN obtiene algún día mayoría absoluta la emplee para derogarla y proscribir de una vez por todas el vascuence de Navarra), no entiendo que algunos digan que en los indicadores vaya a desaparecer lo de Pamplona-Iruña, o Estella-Lizarra, o Puente la Reina-Gares. Digo yo que el Gobierno, que siempre cumple escrupulosamente la ley, mantendrá las denominaciones bilingües en toda Navarra, y sólo quitará de los rótulos expresiones vejatorias para los castellanoparlantes como kontuz!, norabide aldaketa o hiri barnea. Espero que algún rencoroso vascófilo no venga ahora a reclamar que, para cumplir la ley, se escriba ahora Sangüesa-Sangoza donde sólo figura el nombre romance.
Vista la buena disposición del Gobierno de UPN para protegernos del vascuence, quiero hacerle una sugerencia. He leído que Navarra quiere decir más o menos "tierra de labriegos" (de navar, reja de arado). Creo que esto hoy en día resulta ofensivo. En primer lugar, porque somos una sociedad moderna y progresista, a la cabeza de los indicadores de bienestar social en España, y no un pueblo de salvajes a los que "oyéndoles hablar, te recuerdan los ladridos de los perros, por lo bárbaro de su lengua", como escribió Aymeric Picaud. Y segundo, porque un nombre en vascuence ya no se adapta a la realidad sociolingüística de nuestra comunidad. ¿Por qué no, a nuevo milenio, nuevo nombre? ¿Qué tal Fuerolandia?
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