SEXO EN SANFERMINES
Miguel Izu
Casados y solteros
Hasta hace poco, en la sociedad agraria que hemos desmantelado en apenas una generación, la relación entre soltería y matrimonio era bien simple. Todo el mundo nacía soltero y llegada la madurez casi todo el mundo se casaba. Joven y soltero eran tan sinónimos como adulto y casado. El matrimonio era la forma natural de integración en el orden social de los mayores. Con un par de excepciones; los eclesiásticos se mantenían célibes, su reino no es de este mundo; y algunos sujetos aguantaban en un estado cuyo carácter patológico expresa claramente el lenguaje. El soltero adulto era un "solterón", en euskera un "mutilzarra" (o "neskazarra"), un muchacho que se hace viejo sin querer enterarse, un Peter Pan inadaptado que también habita en los límites de este mundo.
Por eso los gigantes de la comparsa, y algunos cabezudos, desfilan solemnemente en pareja, son adultos cuyo estado civil de casados resulta notorio, mientras que los kilikis y zaldikos son obviamente solteros, su comportamiento es propio de tal edad: son agresivos, juguetones y gamberretes, en contraste con la seriedad de sus mayores. Y por lo mismo el tendido de sol y las peñas estaban antaño poblados de "mozos". Jóvenes y lógicamente célibes que todavía podían y debían desmandarse un poco hasta el momento de llegar a la madurez, al matrimonio y a poblar, en pareja, el severo tendido de sombra. Porque los espacios, también en la fiesta, estaban apropiadamente delimitados.
Este orden tan tranquilizador se ha roto. No sólo abunda la gente que sin contraer matrimonio y sin pedir disculpas por ello llega mucho más allá de lo que antes se consideraba edad adulta, sino que además otros se separan o divorcian y se plantan de nuevo en una artificial juventud. Por no hablar de quienes no se casan pero se arrejuntan, y ni mencionaremos esas parejas compuestas por individuos del mismo sexo. En fin, una situación que rompe los patrones y causa muchas fricciones. Los encargados de protocolo tuvieron que inventar eso de "y acompañante" en vez de "y señora", pero viven en vilo sin saber si el personal se va a presentar solo o en pareja, y con qué pareja, y si las cuentas y ubicaciones van a cuadrar. En cuanto a los sanfermines, resulta que la solanera se ha poblado de una multitud que ya no encaja en los moldes de antes. Seguimos diciendo mozos cuando algunos están en la edad de prejubilación y muchas son mozas. Y hay quienes (pocos, no hay abonos para todos) incluso acuden con el cónyuge. La sombra aguanta más, sigue poblada de matrimonios, pero en embarullado amasijo con otra gente de circunstancia diversa. Espectáculos, lugares, bailes y verbenas que antes eran monopolio de la juventud y espacio natural para la seducción y el ligoteo (actividad socialmente tolerable sólo entre solteros y dirigida hacia el objetivo final del matrimonio) ahora padecen también de una total anarquía; los límites se han roto y solteros y casados, nacionales y extranjeros, comparten espacios y propósitos en una confusa y orgiástica miscelánea.
La diferencia entre casados y solteros, en general y a efectos sanfermineros, se ha difuminado. Aunque persisten algunos mitos y se mantiene entre los casados cierta envidia hacia los solteros. Envidia que antes estaba justificada por ser la propia del mayor hacia el joven, nostalgia de un tiempo ido, pero que hoy a veces se dirige hacia alguien de la misma quinta. Los casados suelen imaginar que el soltero (incluyendo también la soltera) lleva una libertina vida de lascivia, desenfreno y continuo trajín libidinoso de la que ellos están privados por el matrimonio. Sin mucho fundamento; los que hacen recuento de estas cosas dicen que quienes viven en pareja tienen más actividad sexual que los individuos desparejados y gozan de mejor salud. Es obvio, no tienen que perder mucho tiempo en la búsqueda y captura y no sufren tantos vaivenes emocionales. Pero es una evidencia para la cual los casados parecen estar inmunizados. A partir del matrimonio acostumbran a reescribir sus recuerdos y elaborarse una dudosa autobiografía de juventud pícara y hasta crápula, feliz época en que todo el monte era orégano, en que la seducción era fácil y en que sus sanfermines eran una continua bacanal. Así que no comprenden cómo sus amigos solteros aparenten tanta moderación sicalíptica y parezcan vivir en otra realidad en la cual no sólo las relaciones sexuales, sino las relaciones humanas en general, suelen ser bastante más complicadas y en la que la orgía sanferminera suele ser, más que carnal, principalmente taurina, gastronómica y etílica. Que tampoco está mal.
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