EL CARTEL

Entre los ritos sanfermineros esparcidos por el calendario pamplonés figura la elección del cartel de fiestas. Cada primavera un jurado compuesto por concejales y artistas escoge, de entre varios cientos presentados a concurso, el cartel que anuncia los siguientes sanfermines. En el seno del jurado, y luego entre los ciudadanos una vez los medios de comunicación hayan mostrado el cartel elegido, se abre un enconado debate de resultado variable. Unos años el cartel elegido es vanguardista y atrevido (por lo general abstracto, lleno de manchas y formas ininteligibles), obra de algún pintor o diseñador reconocido, y recibe elogios de los críticos y duras descalificaciones de algunos ciudadanos indignados que braman en las secciones de cartas –o llamadas- de los periódicos contra el jurado y exigen que la elección del cartel sea por votación popular. Otros años el cartel es clásico y previsible (es decir, figurativo, incluyendo la imagen de algún toro o de San Fermín), presentado por algún aficionado, y entonces recibe poca atención por parte de la crítica y del público. Algún medio de comunicación y bastantes ciudadanos aliviados dicen entonces que, afortunadamente, el cartel no es polémico sino representativo de la fiesta.

Como ciudadano pamplonés y como miembro del jurado que he sido en un par de ocasiones me intriga ese lugar común; me refiero al debate sobre si el cartel es representativo. Según el diccionario, es representativo lo que sirve para representar otra cosa. Yo supondría que un cartel de fiestas siempre es representativo desde el momento en que es elegido por el jurado; a partir de entonces sirve para representar las fiestas. Representa en alguno de los sentidos que tiene la expresión: hacer presente una cosa con palabras o figuras que la imaginación retiene, o ser imagen o símbolo de una cosa. Todos los carteles editados por el Ayuntamiento a lo largo de los años son perfectamente representativos: todos sirvieron para representar, evocar o simbolizar las fiestas de San Fermín. Otra cosa es que gustaran más o menos, o a más o menos gente.

Cuando algunos exigen que el cartel sea representativo deben estar suponiendo que hay un tipo de cartel que sirve mejor a los fines de representar las fiestas. Creo que piensan que es más representativo si identifican en el cartel alguno de los elementos de la fiesta más repetidos. El elemento favorito, por supuesto, es el encierro. Si los adalides del cartel representativo ven unos toros, o al menos creen verlos, se quedan tranquilos. O si ven a San Fermín, o el chupinazo, o un gaitero. Es decir, conciben el cartel como una fotografía de la fiesta. Deben reconocer en el cartel algo que luego puedan ver en la calle durante los sanfermines. Pero tampoco cualquier cosa; imagino que se indignarían si descubrieran en el cartel imágenes tan típicamente sanfermineras como grupos de guiris esparcidos por la plaza del Castillo bebiendo vino en tetra brik, mozos orinando en los porches de la Diputación, u operarios de los servicios de limpieza moviendo toneladas de botellas vacías. Hay cosas que se pueden enseñar en el cartel y otras que no.

Visto el conservadurismo cartelista de nuestra ciudad, lo que me pregunto es ¿tiene sentido el concurso de carteles para elegir uno representativo?

Elegir un cartel nuevo cada año debería ser la oportunidad de elegir algo distinto; un nuevo cartel exige originalidad; y el mismo concepto de cartel sugiere también la necesidad de que llame la atención, de que impacte, de que sea vanguardista; que sea ese grito en la pared con que se define habitualmente. Parece, en cambio, que lo que se pide del cartel representativo de los sanfermines es justo lo contrario; que no sobresalte, que contenga siempre los mismos elementos, que se parezca lo más posible a los carteles de años anteriores, que pase inadvertido.

¿No sería mejor entonces reeditar todos los años el mismo cartel, con el único cambio de la cifra del año? Quizás proceda que el año que viene se convoque un concurso -el último- para elegir el cartel de San Fermín que anuncie las fiestas todos los años del tercer milenio. Las condiciones: incluir obligatoriamente -y como mínimo- un toro, San Fermín, un gigante, un kiliki, un chistu, una boina y una alpargata. Todo ello en colores reales que lo hagan perfectamente identificable. El jurado tendrá sobre todo en cuenta la falta de originalidad. La nota innovadora del concurso será la admisión de la informática o de la fotografía digital en la confección del cartel, e incluso su envío por correo electrónico. Modernos que somos.

 

 

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