CAMBIOS GLOBALES : LA CONTAMINACIÓN ATMOSFÉRICA

Mikel Armendáriz, Víctor Ayerdi, Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Ginés Cervantes, Fermín Ciáurriz, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Manuel Ledesma, Iosu Ostériz, Ramón Peñagaricano, José Ángel Pérez-Nievas, José del Río, Víctor Rodríguez, Pedro Romeo, Javier Sánchez Turrillas, José Luis Úriz, Patxi Zabaleta

 

Nadie pone en duda que la subsistencia de los seres humanos y su evolución ha ido acompañada desde tiempos ancestrales, como una de sus consecuencias, de numerosas alteraciones en los sistemas naturales. La suma de acciones humanas, entre las que se encuentran el consumo masivo de combustibles como carbón, gas y petróleo, la ingente producción de residuos, incluso tóxicos y nucleares, la contaminación constante de mares y ríos, las repercusiones producidas por los cambios climáticos y la desaparición de especies naturales están llevando a una situación quizás irreversible. Pese a su evidencia, existen socialmente notables diferencias de opinión sobre el alcance, el grado de desarrollo y los efectos futuros que pueden producir los impactos que la actividad humana desarrolla sobre los sistemas naturales. Pero no parece discutible que las diversas alteraciones soportadas por el medio natural presentan vínculos muy estrechos entre ellas potenciando en muchos casos sus efectos, y convirtiéndose en cambios que pueden considerarse globales, es decir, que nos afectan a todos.

Quizás la primera advertencia de los investigadores científicos acerca de una potencial crisis global fueron en 1974 los resultados obtenidos acerca de la progresiva destrucción de la capa de ozono, causada por sustancias químicas producidas por la actividad industrial desarrollada sobre nuestro planeta. Esta advertencia inicialmente sólo sirvió para que se incorporara en los libros de texto de escuelas e institutos una referencia al ozono y a su importancia para la vida en la Tierra.

El avance de los estudios científicos fue aportando datos sobre la disminución del espesor general de la capa de ozono y las consecuencias que de la apertura del "Agujero Antártico" pudieran derivarse, y llevaron en 1987 a la firma del Protocolo de Montreal cuyo objetivo para 1999 era reducir a la mitad la producción de aquellas sustancias, específicamente los clorofluocarbonos (CFC), que en mayor grado destruyen el ozono estratosférico.

La Conferencia sobre la Atmósfera celebrada en Toronto en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial concluía que "la atmósfera terrestre está siendo modificada con una rapidez sin precedentes por los contaminantes que resultan de la actividad humana, y del uso ineficiente de los combustibles fósiles".

La Asamblea General de las Naciones Unidas abordó lo que denominó inicialmente como Propuestas para la Protección del Clima para las Generaciones Presentes y Futuras de la Humanidad, propuestas posteriormente recogidas en el Convenio Marco sobre el Cambio Climático de 1992 para hacer frente a lo que se empezó a conocer como "efecto invernadero", debido al aumento de las emisiones de dióxido de carbono y de otros gases nocivos para la atmósfera por el uso indiscriminado de combustibles fósiles en los vehículos de motor y en la industria, y que viene produciendo un cambio en las condiciones climatológicas cuyo resultado es el calentamiento del planeta.

El cambio climático y la destrucción de la capa de ozono son dos problemas de diferente origen físico, con causas concretas distintas e impactos específicos diferenciados, pero que tienen un origen común en la acumulación atmosférica de gases producidos por la actividad humana. En ambos casos, al ser las consecuencias de ámbito planetario y de largo alcance, no resulta exagerado afirmar, como lo hicieron determinadas campañas desarrolladas por las mayores organizaciones ecologistas a nivel mundial, que estos problemas siguen siendo "las dos mayores amenazas que recaen sobre el futuro de la vida en el planeta Tierra".

Ante esta situación, se han ido buscando los necesarios compromisos políticos en las instituciones de nivel internacional. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente ha presentado diversos Informes de Evaluación Científica, de Impactos y de posibles Estrategias de Respuesta, que fueron tratados inicialmente en la Conferencia de Río sobre Medio Ambiente y Desarrollo de 1992, y posteriormente en diversas convenciones convocadas al efecto, hasta que en 1997 se firmó el Protocolo de Kioto.

El Protocolo de Kioto fue el primer acuerdo internacional que fijaba objetivos concretos y de obligatorio cumplimiento a los países firmantes para la reducción de emisiones de los gases que provocan el cambio climático. En particular, para el conjunto de países desarrollados la obligación se fijó en una reducción, con respecto a las emisiones realizadas en 1990, de un promedio del 5,2 % para el periodo 2008-2012. Este protocolo, que si bien supuso por primera vez en la historia el reconocimiento explícito por los países más poderosos del planeta de que el cambio climático era consecuencia de sus actividades industriales y que constituía una seria amenaza para la supervivencia del hombre en la biosfera, también fijó unos niveles de reducción excesivamente bajos para las previsiones de las evaluaciones científicas realizadas, además de permitir, a través del establecimiento de unos mecanismos de flexibilidad, que aquellos países más emisores se sitúen en las cifras requeridas sin que sus emisiones nacionales disminuyan sustancialmente.

Podemos decir, a pesar de todo, que del Protocolo de Kioto surgió una ligera esperanza sobre la que avanzar en la recientemente celebrada Conferencia sobre el Cambio Climático de La Haya, ya que se trataba de llegar a un acuerdo para aplicar los compromisos adquiridos en Kioto, pero tras largas y confusas negociaciones, prorrogadas incluso un día más que la duración de la Cumbre, el fracaso de la misma fue patente cuando el ministro holandés de Medio Ambiente, Jan Pronk, anunció que las negociaciones técnicas quedaban aplazadas hasta una nueva reunión a celebrar previsiblemente en Bonn en mayo del presente año.

Las notables diferencias de opinión sobre los impactos que la actividad humana produce sobre los sistemas naturales se han puesto en su máximo grado de evidencia en la fracasada Conferencia de La Haya. Las opiniones y posiciones de los diferentes países asistentes, más de 180, ha sido el resultado de la propia y singular manera de analizar el Cambio Climático por cada uno de ellos.

Si los efectos del Cambio Climático (pérdida de biodiversidad, de ozono estratosférico, calentamiento terrestre, desertificación, etc., y sus respectivas interconexiones) dependen de los intereses sociales y económicos, de los diversos enfoques culturales de las partes afectadas, de la existencia de países y regiones unas desarrolladas, otras en desarrollo, y lamentablemente de áreas críticas subdesarrolladas sobre las que se dejan ya sentir las tendencias del cambio con efectos realmente graves, los resultados alcanzados, si no se cambia de rumbo, carecen de sostenibilidad en el futuro, y se verán agravados aún más, por los efectos negativos de la ya reconocida falta de equidad en las acciones entre países.

Un corresponsal de prensa que cubría las informaciones afirmaba que tras el pleno compromiso de alcanzar acuerdos y puntos de acercamiento, todos los delegados preguntaban: ¿cuánto nos costará?, ¿cómo nos ayudarán?, ¿qué ganaremos con ello? Realmente, después de más de 25 años, mientras el cambio climático sigue produciéndose, a pesar de conocerse las soluciones, todavía no ha llegado el día en que se decida afrontar los cambios necesarios en el comportamiento económico del mundo que puedan paliar este y otros problemas globales.

Mientras cada vez es más evidente que los grandes problemas a que se enfrenta la humanidad requieren análisis y soluciones globales y compromisos a largo plazo, todavía la mayoría de los dirigentes políticos se aferran a medidas de ámbito nacional y a corto plazo. Frente a la complejidad del ambiente natural y a la creciente complejidad de los sistemas sociales, la política tiende a funcionar a través de recetas simples que puedan plasmarse en lemas electorales igualmente simples.

La necesidad de un cambio global –político y económico- para afrontar los problemas globales, al menos en este caso, es insalvable: o cambiamos para prevenir el cambio climático, o lo hacemos para poder adaptarnos a él. La primera opción parece la más racional, la segunda tiene el inconveniente de que puede no ser posible.

 

 

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