DE BUENOS AIRES A NUEVA YORK (III)
En el calor tropical
Texto y fotografías: Miguel Izu
De
Trujillo, Perú, me dirijo a Ecuador en autobús. En el trayecto pasamos de la
aridez del desierto costero peruano a la frondosidad tropical. Desde Guayaquil
voy a volar a Panamá, en el único avión que cogeré para moverme por América. El
viaje por tierra no es aconsejable. Aparte de los peligros de cruzar Colombia,
la zona selvática que le une con Panamá se conoce como “el tapón de Darién”,
interrumpe la carretera Panamericana que corre de Alaska a Tierra de Fuego.
Guayaquil me sorprende, es una ciudad
muy moderna en la que se nota una floreciente actividad económica. La pobreza
que asociamos con Ecuador debe estar muy bien repartida por el resto del país;
aquí hay enormes centros comerciales, hoteles lujosos y bancos con guardas
provistos de chalecos antibala y metralletas (uno duda de si está en una ciudad
muy segura o muy insegura). El centro es agradable, se extiende entre dos
malecones en sus extremos este y oeste que dan al río Guayas y a un brazo de
mar llamado el Estero Salado, zonas de moda que recuerdan al puerto olímpico de
Barcelona, bien provistas de restaurantes, tiendas, museos y cines. Y
monumentos como el que conmemora el encuentro de los libertadores Bolívar y San
Martín que en 1822 frenaron las veleidades soberanistas de la Provincia Libre
de Guayaquil y la integraron en la Gran Colombia. Algo debe quedar, se ven por
la ciudad más banderas de Guayaquil que de Ecuador. Aunque es principios de
noviembre y hace calor, ya hay adornos navideños.
La antigua villa colonial se
asienta en un cerro; 444 escalones numerados suben hasta un faro donde
disfrutar de la vista sobre la ciudad y de restos de un fuerte con recuerdos de
ataques piratas. Es un encantador barrio dedicado al turismo conservado como
una casa de muñecas. El turista no se siente acosado por vendedores y
conseguidores varios como en otros lugares. Los ecuatorianos dan imagen de
eficiencia y seriedad (y puntualidad, algo en lo que sus vecinos peruanos
destacan, pero en negativo).
Hasta aquí en muchos lugares
turísticos he podido pagar con dólares; en Ecuador no vale otra cosa, su moneda
oficial es el dólar norteamericano, lo mismo que veré en Panamá y El Salvador.
La dependencia económica se salva con orgullo patriótico; cantidad de productos
llevan de reclamo publicitario expresiones como “orgullosamente ecuatoriano” (o
peruano, o boliviano).
Al aterrizar en Panamá estoy de vuelta
en el hemisferio norte, regreso de la primavera al otoño; pero lo único que
noto es el calor húmedo del trópico. Si Guayaquil es una ciudad próspera,
Panamá es que se sale. Desde que en el año 2000 los panameños recuperaron el
control del Canal se respira abundancia; pasaron de ingresar el 26 al 100 % de
los enormes peajes que proporciona el tráfico marítimo. La parte moderna de la
ciudad se va pareciendo a Manhattan; lo que no son grúas o rascacielos en
construcción con vistas al Pacífico (“el complejo residencial más exclusivo de
América”, leo en una valla) son bancos y centros comerciales. El casco antiguo
produce un curioso contraste; casas que se caen al lado de mansiones coloniales
primorosamente restauradas; la pobreza acampa a dos manzanas del palacio
presidencial. Me explican que está en plena transformación; la gente con dinero
compra edificios antiguos y los rehabilita. En unos años los pobres habrán sido
desplazados y se convertirá en un barrio de moda.
No es una ciudad monumental, pero
resulta curiosa su estética mitad caribeña mitad norteamericana. Panamá también
es mestiza en cuanto a razas, fruto de la emigración desde todo el Caribe
cuando se construyó el Canal. Aunque nadie lo diría viendo la televisión; los
presentadores y los actores de las omnipresentes telenovelas son inmaculadamente
blancos, como sucede en toda Latinoamérica, incluidos países de mayoría
indígena, lo que dice mucho sobre quien tiene el poder incluso de fijar los
cánones estéticos. La cosa cambia cuando uno llega a Estados Unidos, de mayoría
blanca pero extrema corrección política. Los presentadores son blancos, negros,
hispanos y asiáticos.
El principal reclamo turístico de Panamá es el
Canal, que está en obras de ampliación y se explota más que con los gringos. Se
ha construido un Centro de Visitantes frente a las esclusas de Miraflores; por ocho dólares se pueden ver exposiciones
que explican su historia y funcionamiento y desde la terraza se tiene una buena
vista del incesante tránsito de buques.
Coincido en Panamá con el mes de las Fiestas
Patrias. A principios de noviembre celebran la independencia de Colombia; a
fines de mes la independencia de España. Entremedio todo tipo de actos
patrióticos. La ciudad está profusamente engalanada de banderas panameñas,
tanto las calles como los edificios públicos y privados; hasta tal punto de que
en el restaurante del hotel comemos con una banderita en cada mesa.
Managua
De Panamá salgo con Tica Bus, la línea
que recorre toda Centroamérica y me llevará hasta México. Autobuses cómodos y
personal competente especialmente valioso a la hora de atravesar fronteras: los
trámites suelen ser enojosos, en cada frontera distintos, y muy rigurosos los
controles en busca de drogas e inmigrantes ilegales. La única pega es la manía
de combatir el calor con un aire acondicionado desmedido que te obliga a
ponerte ropa de abrigo al subir al autobús.
Recorro Costa Rica casi sin parar, es
un enorme jardín tropical de un verde intenso, he llegado cuando la estación de
las lluvias acaba. Debe tener unos parques naturales impresionantes, según las
guías, pero no tengo tiempo para visitarlos, otra vez será. No me detengo hasta
Managua. Descubro que es la ciudad más antiturística que se pueda encontrar. No
es que sea fea; es que apenas es ciudad. Por lo visto el terremoto de 1972
arrasó con todo. La edificación, absolutamente moderna, es baja y dispersa; las
calles, más que calles, enormes avenidas rectas, desangeladas porque nadie anda
por ellas a pie. Todo está lejos, no hay un centro urbano sino la sensación de
estar siempre en las afueras. Sólo estoy un día, pero me sobra la mayor parte;
me acabo refugiando en un centro comercial, deduzco que son los sitios donde
hay vida social.
San
Salvador
Tras un fugaz paso por Honduras, en la
capital de El Salvador también me limito a una escala para pernoctar y
descubrir que estoy en la antítesis de Managua. El compacto centro urbano es un
enorme mercado abarrotado de gente. Me da la sensación de que aquí se vive en
la calle, de que el comercio y la hostelería funcionan de puertas afuera de los
edificios. Aparte de la agobiante muchedumbre no hay mucho que ver en una
ciudad que ha sufrido muchos sismos; el casco antiguo está deteriorado y sucio,
contrasta con los modernos barrios residenciales de las afueras. Me llama la
atención que el Barça, vete a saber por qué, debe tener aquí una nutrida peña.
Veo un montón de coches con su escudo y varios jóvenes vistiendo la camiseta
blaugrana.
Guatemala
Según nos alejamos del istmo de Panamá
el paisaje se va haciendo más montañoso y afortunadamente al ganar altitud el
calor se hace menos pesado. En la capital guatemalteca paro el tiempo
indispensable para cambiar de autobús. Me han dicho que es una ciudad moderna
sin mayor interés, y mi impresión lo confirma. Eso sí, una ciudad que crece en
nuevas zonas residenciales con nombres tan exóticos, por lo que veo en las
vallas publicitarias, como “Jardines de Zaragoza”, “Residencial Pontevedra” o
“Valle de Navarra”.
Mi destino es la Antigua Guatemala, a
unos 50 km. de la actual capital. Fue sede de la capitanía general en la época
virreinal, hasta que en 1776 se trasladó por efecto de un terremoto que la dejó
en ruinas. En el siglo XX ha sido recuperada, ahora como lugar monumental. Es
una ciudad llena de turistas, pero que el turismo no arruina, al contrario, ha
permitido su rehabilitación; las antiguas mansiones coloniales están
restauradas como hoteles, restaurantes, tiendas o academias de idiomas (es un
destino muy popular en Norteamérica para estudiar castellano). Su peculiar
devenir histórico ha permitido que se pueda visitar una ciudad que guarda
prácticamente toda su traza y aspecto del siglo XVIII; una ciudad colonial y
barroca (los restos anteriores se los llevaron otros terremotos), con calles
empedradas y donde hasta las iglesias y palacios en ruinas exhalan una
nostálgica y sugestiva decadencia. Un
lugar con mucho encanto y muy agradable de recorrer.
Otro de los atractivos de la Antigua
son los volcanes que la rodean. Me apunto al tour del volcán Pacaya, que está
todavía activo. Después de una subida de una hora por la selva (los más vagos
pueden alquilar caballos) se llega a la base de lava solidificada y se asciende
justo hasta donde todavía está incandescente y deslizándose ladera abajo. Por
supuesto que los guías saben hasta dónde se puede llegar.
De la Antigua regreso a Guatemala para
continuar en bus rumbo a Tapachula, México.

Malecón 2000 sobre el río
Guayas, al fondo el Cerro de Santa Ana de Guayaquil.

En el Canal de Panamá,
vistas desde su centro de visitantes.

Ciudad de Panamá, la parte
nueva vista desde el casco antiguo.

El presidente Daniel Ortega
en el centro de Managua

Centro de San Salvador

Calle del Arco en la Antigua
Guatemala.

En el volcán Pacaya, cerca de la Antigua Guatemala.
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