ANTOLOGÍA APÓCRIFA DE LOS SANFERMINES
José Cadalso y los sanfermines
Cartas Marruecas. Carta XCV. De Gazel a Ben-Beley.
Ya te hablé de la variedad increíble que existe en el carácter de las distintas provincias españolas, en sus trajes, leyes, idiomas y monedas. Uno de los lugares más curiosos que he visitado es la ciudad de Pamplona, en el antiguo reino de Navarra, que se halla al norte del de Castilla, cerca de Cantabria y los montes Pirineos y camino de Francia. Mi amigo Nuño me acompañó en un viaje que resultó muy provechoso, ya que llegamos a la ciudad en la época en que tienen lugar unas ferias muy celebradas por sus naturales, aunque escasamente conocidas en otras tierras, que dedican a un santo que llaman Fermín y que parece que fue el primer obispo que tuvieron en tiempos remotos. Ya sabes que los cristianos no adoran solamente a un Dios, como hacemos los musulmanes siguiendo las enseñanzas de nuestro profeta Mahoma, sino a una infinidad de divinidades.
Pamplona es una ciudad pequeña llena de palacios, iglesias y conventos, con casas que se agolpan en calles estrechas y oscuras dentro de unas prietas murallas, excepto una gran plaza y un prado junto a las fortificaciones. Las calles están sucias, aunque dicen que pronto van a empezar obras de alcantarillado que convertirán la ciudad en una de las urbes más modernas de Europa.
Mi amigo Nuño me condujo a casa de un amigo suyo que tiene un cargo cerca de la corte en Madrid, pero que pasa el verano en su palacio de Pamplona. Llegados allí me presentó a los señores de la casa como un moro noble que deseaba conocer España y que tenía gran interés en conocer las costumbres de su ciudad. Observé que en esta ciudad la mayoría habla en vizcaíno, pero las personas instruidas como mis anfitriones utilizan un buen castellano. La presentación de Nuño hizo que durante los días que me hospedaron se deshicieran en atenciones conmigo, muy complacidos por mi aprecio hacia las cosas de su tierra, a la que demostraban mucho apego.
Aunque nuestros antepasados dominaron esta ciudad durante poco tiempo, se han mantenido aquí las mismas costumbres que nos hacen tan semejantes a marroquíes y españoles: las mujeres guardadas bajo muchas llaves, el porte reservado de los hombres, el vestido triste, la poca confianza ante los desconocidos, la mucha etiqueta, la hospitalidad ceremoniosa. Pero una vez al año, coincidiendo con sus ferias, las costumbres se alteran tanto que no es fácil reconocer que es la misma ciudad. Durante unos días prima entre los naturales de Pamplona la franqueza en el trato, las continuas muestras de amistad a todos los visitantes que acuden a la ciudad, la permanente invitación a comer y beber en sus casas, que esos días más parecen posadas públicas, los bailes donde incluso se mezclan las damas más virtuosas, la tolerancia ante la infracción de preceptos que observan puntualmente el resto del año. No falta nunca el vino, que se produce en abundancia en esta tierra y que corre con generosidad. Tuve que rechazar muchas invitaciones explicando que los musulmanes no bebemos alcohol, y cada vez que lo hice me miraron con incredulidad y lástima.
En los días que dura la feria hasta los ciudadanos más humildes aparentan una magnificencia propia de nobles que no necesitan trabajar y que pueden gastar una buena cantidad de pesos en fiestas y convites. En el reino de Navarra, que don Fernando el Católico conquistó y unió a su corona hace más de dos centurias, abundan las villas y valles donde todos sus habitantes ostentan la condición de nobles por heredad, muchas veces desde que sus antepasados combatieron y expulsaron a los nuestros. Es tan difícil encontrar en esta tierra alguien que sea vasallo que todos, aun pobres, se esfuerzan en portarse como señores.
Durante las fiestas se celebra mercado de ganados y de otros productos, la mayoría traídos de Francia. A lo que parece, los navarros prefieren tratar con los franceses que con los castellanos, con los que mantienen aduanas que frenan el comercio. Pero la celebración más importante es la fiesta de los toros, que se celebra en la plaza mayor de la ciudad. Todos los vecinos participan en la conducción de los toros a la plaza, y algunos se arriesgan a correr delante de ellos o a golpearlos con largas varas. En la plaza los toros son encerrados y van soltándolos de uno en uno, a lo largo de todo el día, para que la gente se divierta con ellos. Unos corren delante del toro esquivando su embestida, otros saltan por encima cuando van a ser arremetidos, hay quien ata una soga a los cuernos del toro y luego tiran de ella procurando no ser corneados, o quien alancea al animal desde un caballo. En algunos casos la plaza se despeja y quedan unos pocos hombres que llaman toreros, a los que pagan por matar al toro, lo que hacen con una afilada espada después de haber mareado al animal con unas capas. Según me dicen, luego los toros son descuartizados, cocinados y comidos como parte de la fiesta.
No sabes qué desagradable me resultó ver los toros degollados ante la gente, que reía y aplaudía sin dejar de comer y beber. Los europeos con frecuencia nos tienen a los africanos por gente bárbara, pero te aseguro que nuestros paisanos no tolerarían unas prácticas tan salvajes como las que he visto, no sólo en Pamplona, sino también en otras ciudades de este país. Quise comentar mis impresiones a Nuño pero para mi sorpresa, porque lo considero persona ilustrada, se manifestó aficionado a este tipo de espectáculos, lo que parece que sucede también con otras personas principales e incluso con los reyes.
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