BUENOS TIEMPOS PARA LOS TIRANOS
Los sucesos del 11 de septiembre han sido una bendición para casi todos los tiranos. Solamente unos pocos –los del "el eje del mal"- han salido perdiendo por no haber sabido elegir bien sus amistades. Sadam Hussein, antaño apoyado por los países occidentales cuando hacía la guerra a Irán, cometió el error de invadir Kuwait, uno de los "países árabes moderados" (tradúzcase: aliados de Estados Unidos, aunque en el plano interno mantengan el sistema feudal y el más puro integrismo islámico); Kim Jong Il, presidente de Corea del Norte, por empeñarse en el comunismo; y los ayatolas de Irán porque pese al reformismo del presidente Rafsanyani siguen yendo a su aire.
Pero los demás tiranos campan a sus respetos. La cruzada mundial contra el terrorismo a la que se han sumado con entusiasmo les permite tener las manos libres en sus asuntos domésticos siempre y cuando de puertas afuera acaten disciplinadamente los dictados que llegan de Washington. Putin tiene patente de corso no sólo en Chechenia sino en todas las Rusias, por ejemplo para callar la boca de los medios de comunicación que no le gustan. Jiang Zemin y demás dirigentes chinos, campeones mundiales en la aplicación de la pena de muerte, pueden mantener el partido único e incluso seguirse llamando comunistas siempre y cuando sigan impulsando el desarrollo de la economía de mercado y abriendo su comercio a la globalización neoliberal. Mohamed VI puede seguir usurpando el Sahara Occidental y bloquear indefinidamente los planes de la ONU. Berlusconi, un dirigente democráticamente elegido pero que hace sus pinitos de aspirante a tirano, puede monopolizar todos los canales de televisión de Italia, eludir legalmente los procesos judiciales en que está inmerso, gobernar con los antiguos fascistas y hacer manifestaciones xenófobas sin que nadie le diga nada. Nadie va a decir casi nada tampoco sobre tantas dictaduras que sigue habiendo por el mundo (Birmania, Pakistán, Congo, Guinea, Laos, etc., etc., etc.) o países donde el atropello de los derechos humanos es constante (la mayoría).
Pero está claro que el que más partido ha sacado de todo esto es Sharon. Un genocida sin escrúpulos (recordemos Sabra y Chatila) al que se ha permitido hasta ser primer ministro de Israel en un caso paradigmático de aquel principio que enunció en su día el demócrata Franklin Rooselvelt; "ya sé que es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta", dijo del primero de los Somoza. Han sido necesarios muchos muertos palestinos e israelíes (en un siniestro mecanismo de retroalimentación) y que se ataque hasta la Basílica de la Natividad de Belén para que la comunidad internacional (o sea, los Estados Unidos) hagan una tímida llamada de atención a Sharon. Llamada cuyo final es predecible; Israel retirará sus tropas de donde quiera y cuando quiera, dejando detrás de sí un reguero de muerte y destrucción, y volverá a ocupar sus posiciones de siempre sin que nadie le pida responsabilidades (ni siquiera la Unión Europea, cuyos contribuyentes hemos pagado muchas de las infraestructuras de la Autoridad Nacional Palestina que están siendo arrasadas). La única sanción que recibirá será la obligación de volver a sentarse a negociar con Arafat a ver cuándo piensa acatar las resoluciones de las Naciones Unidas incumplidas desde 1967 y respetar los legítimos derechos de los palestinos a vivir en su tierra en paz y libertad.
Porque tampoco se puede prescindir de Arafat, aunque como Sharon haya demostrado su incapacidad para llegar a una solución de paz. Hace años que la comunidad internacional, olvidando la pasada implicación de la organización de Arafat con el terrorismo (qué más da, el terrorismo es fácilmente perdonable cuando interesa, también se absolvió a Menahem Begin y a tantos otros), decidió que podía ser uno de nuestros hijos de puta en el Próximo Oriente. Luego ha salido rana; no se ha conformado con el Estado bonsai que le ofrecía Israel, y tampoco ha sido capaz de contener a los grupos palestinos más radicalizados que se han lanzado al terrorismo suicida. No ha contentado ni a unos ni a otros; pero es difícil a estas alturas encontrar otro que haga el papel de nuestro hijo de puta en Palestina.
Casi siempre suelen soplar malos vientos en contra de la democracia, la paz y los derechos humanos. Pero hace años que no corrían tan buenos tiempos para todo tipo de canallas.
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