EL BRAZO INCORRUPTO

 

 

         Nunca ha sido fácil ser cristiano, lo advirtió el propio Jesús: os perseguirán, os llevarán a la cárcel, os odiarán por causa mía. Solamente cumplir de verdad con el mandamiento que resume su esencia (ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo) ya se hace muy cuesta arriba. Si en algún momento ser cristiano ha resultado cómodo, incluso lo más cómodo, ojo. Algo no funciona.

 

         En el caso de que uno sea creyente y a la vez de izquierdas, como mínimo se hace engorroso. En este país y en esta época la mayoría de los católicos suelen ser de derechas; y la mayoría de los rojos suele ser agnóstica y más bien anticlerical. Así que acabas encontrándote en minoría estés entre unos o entre otros. Además, gracias a la labor de buena parte de la jerarquía eclesiástica y de buena parte de los católicos (incluso de algunos no católicos que curiosamente son las estrellas de la radio episcopal) la imagen típica del católico es la de una persona conservadora, cuando no reaccionaria, fanática e intolerante. Más crédula que creyente, al margen del progreso de la ciencia y empeñada en defender concepciones irracionales, seguidora a ciegas de los dictados de unos gurús oscurantistas empeñados en ir contra el espíritu de los tiempos, empeñados en sembrar miedo y culpabilidad, empeñados en amargarnos la vida. Gracias a Dios que en la Iglesia (en el sentido originario de asamblea de los fieles) hay muchas otras realidades. Hay mucha gente que da testimonio del evangelio de Jesús de Nazaret, de su mensaje de salvación, de liberación, de esperanza. Que siembra alegría y no temor, que no nos pinta a Dios como ese viejo cascarrabias, despótico y rencoroso que un día nos va a ajustar cuentas, tal como nos lo han presentado tantas veces, sino como un Padre/Madre creador y misericordioso.

 

         Hay muchas maneras de llegar a Dios; o dicho de otro modo, la fe tiene muchas maneras de presentarse y expresarse. Por eso trato de ser respetuoso y comprensivo con tantas prácticas, creencias y ritos que a mí no me dicen nada (o que me resultan enojosas) pero que a lo mejor a otros les ayudan en su fe. Después de dos mil años al mensaje inicial se le han hecho tantos añadidos, ha recibido tantas influencias culturales, se le han colocado tantas adherencias, que a veces es difícil distinguir lo esencial de lo accesorio, lo que ayuda y lo que perturba, lo que ilumina y lo que distorsiona. Qué se le va a hacer salvo buscar el discernimiento personal, compartir lo que se puede compartir con otros y tolerar lo que uno no puede compartir o entender. Así que uno asume pacientemente como parte de su propio patrimonio religioso una enorme cantidad de tradiciones, devociones, cultos, liturgias, fervores, prodigios, supersticiones, fábulas y creencias varias de las que prescindiría con gusto, pero que al parecer significan algo, o mucho, para otros.

 

         Ahora bien, he de confesar que hay momentos en que uno se ve superado y le empiezan a palpitar las entretelas. Me sucede con la excursión por Navarra del brazo incorrupto de San Francisco Javier. Todo esto de las reliquias de los santos me aporta poco; igual que no me motiva la histeria de algunos coleccionistas en pagar una millonada por las gafas de John Lennon, los calzoncillos de Elvis Presley o cualquier recuerdo de alguno de sus ídolos. Cuando la reliquia es un huesecillo encofrado o una astilla del lignum crucis es tolerable; pero cuando es un cadáver o un brazo momificado me resulta repelente. A nuestros muertos los enterramos o los incineramos, pero no los desmembramos ni vamos paseando los trozos. No entiendo que por el hecho de haber fallecido hace cuatro o cinco siglos las normas sobre el respeto debido a los difuntos cambien tanto.

 

         No me ayuda mucho que el brazo incorrupto haya venido a integrarse en los fastos que con motivo del quinto centenario de Javier está promoviendo el gobierno foral. Que se celebre algún acto para recordar al patrón de Navarra no me parece mal. A riesgo de ser tachado no sólo de descreído sino de mal navarro diré que no comparto que se tire la casa por la ventana como se está haciendo. Me temo que no estamos muy lejos de aquella polémica del siglo XVII en que la Diputación era “javierista” y el Regimiento (ayuntamiento) de Pamplona “ferminista” y que acabó salomónicamente en Roma declarando copatronos de Navarra a San Francisco Javier y a San Fermín. Una querella más política, de cruda lucha por el poder, que espiritual. Esta continua apología de Navarra, de lo navarro, del navarrismo y del navarrerismo no es políticamente inocua. Y no puedo evitar que el “turismo religioso” como un recurso económico más de los administrados por el departamento foral del ramo me recuerde a Jesús expulsando a los mercaderes del templo de Jerusalén. El evangelio no lo cuenta, pero es obvio que volvieron al día siguiente.

 

 

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