LAS BICIS DE JAIME
Confieso que soy uno de los pocos excéntricos que habitualmente se desplazan en bicicleta por Pamplona. No sólo cuando el alcalde Jaime convoca marcha a Santiago en pos del jubileo, o cuando ciertos "ecologistas-por-un-día" organizan paseos más o menos reivindicativos. Las bicicletas no sólo son para el verano, y salvo lluvia, nieve o pedrisco, la temporada puede hacerse durar desde Año Nuevo hasta San Silvestre. Pero no quiero aquí cantar las virtudes de la bicicleta como medio de transporte urbano, más que de sobra conocidas para los que quieren enterarse e incomprensibles para esa mayoría amante del sillonbol que considera la bici únicamente un juguete para niños o un artículo para sufridos deportistas.
Lo que me gustaría simplemente es que el señor Jaime y demás autoridades municipales se acordaran también de las bicicletas los 350 días de este año en que no organizan peregrinación sobre dos ruedas, y también los años que no resulten jacobeos. Y que la ejemplar hospitalidad, unánimemente elogiada, que se dispensa al pelotón de la Vuelta a España los años en que a los organizadores les place hacer parada y fonda en Pamplona, se extendiera también a los que sólo podemos lucir el palmarés de estar empadronados en su término municipal. Alguna de las pesetas que se gasta en ruta hacia Galicia o en recibir a los ciclistas foráneos quizá se pudiera invertir en Pamplona y para los de casa.
Si un extraterrestre en vuelo hacia la Tierra comparara a vista de pájaro la red viaria de Holanda o Alemania con la de España, llegaría a la conclusión de que en este último país no se circula en bicicleta, pues apenas lograría descubrir alguna vía específica para este vehículo. Su sorpresa sería grande al aterrizar con su nave espacial en las cercanías de Pamplona y descubrir, sobre todo si lo hiciera en plena canícula, a un gran número de émulos de Miguel Induráin. Indudablemente llegaría a la conclusión de que aquí los ciclistas no pagan impuestos o que están perseguidos por las autoridades competentes.
Me puede recordar alguno que en Pamplona existió un carril-bici que fracasó, como prueba evidente de que es una pérdida de tiempo volver siquiera a plantear su existencia. A veces pienso si aquel nefasto carril-bici ubicado a lo largo de la Avenida de Pío XII no fue una maquiavélica operación destinada precisamente a cargarse la posibilidad de que haya auténticos carriles-bici en Pamplona. O eso, o quien lo diseñó no había montado en una bicicleta en su vida. Los damnificados por aquel carril (los que cometimos el error de utilizarlo alguna vez) pudimos comprobar enseguida que era, no solamente peligroso, sino materialmente intransitable gracias a los automóviles que lo invadían, la basura que acumulaba y el tránsito constante de personas entre la acera y los automóviles aparcados junto al carril. Felizmente aquel despropósito no duró mucho (salvo el tramo final, bajando a la Venta Andrés, que se conserva y que sí está bien diseñado).
Pamplona podría ser una ciudad perfectamente adaptada a la bicicleta a nada que sus autoridades se empeñaran. Pero debieran empezar por enterarse de que por sus calles no sólo circulan automóviles a la hora de diseñar las calles o reparar los firmes (los baches no se arreglan hasta que llega el peligro de que un coche se quede dentro). Tampoco se acuerdan de las bicicletas al regular la circulación (les animaría a darse una vuelta por cualquier ciudad alemana para que ven que no es tan difícil: ¿no tenemos un jumelage con Paderborn? Entre comida y comida quizás nuestros ediles podían bajarse del coche y echar un vistazo) o simplemente a la hora de señalizar el aparcamiento. Cada vez que el Ayuntamiento ordena pintar los suelos para determinar los lugares de aparcamiento, tiene la obsesión de que sólo los turismos aparcan (no se reservan espacios para bicicletas, ni motos, ni camiones, ni autobuses, aunque éste es otro tema que también se las trae). Excepto los de las universidades, sólo conozco un aparcamiento para bicicletas en las calles de Pamplona, el que existe en el arranque de Carlos III y que merece el más absoluto desprecio municipal. Aparte de estar rodeado de coches e invadido por motocicletas que algunos días impiden físicamente incluso el acceso, hace años que hay tres enganches retorcidos por golpes de coches, sin que nadie se haya dado por enterado.
Otra cuestión que la autoridad competente podría abordar es la actitud tanto de automovilistas como de ciclistas hacia las normas de circulación. La única manera de andar en bicicleta por Pamplona y de seguir vivo es dar por hecho que uno jamás tiene preferencia ante los demás usuarios (automovilistas o peatones), y que todos ellos guardan especial inquina y propósitos claramente criminales contra los ciclistas. No sólo ignoran la distancia de seguridad, sino que algunos conductores circulan como si las bicicletas simplemente no existieran (o no debieran existir). Adelantamientos rozando al ciclista, giros bruscos cerrándole el paso (intermitentes ¿para qué?), puertas que se abren al paso de la bicicleta. Por no hablar de todos los peatones que cruzan la calle de oído, sin molestarse en mirar por si acaso viene un vehículo tan anormalmente silencioso como una bicicleta.
Admito que la mayoría de los ciclistas apenas se comportan mejor, e ignoran sistemáticamente las normas y señales de tráfico. Con ello suelen animar a hacer lo propio a los automovilistas, en una guerra en la cual los que circulamos sin carrocería tenemos las de perder. No estaría de más que entre esas campañas institucionales dirigidas a mejorar el comportamiento de los conductores y disminuir los accidentes de tráfico se acordaran de las bicicletas, llamando la atención tanto de automovilistas como de ciclistas.
Nota a la versión de Internet: dos años después de publicar este artículo me convertí en concejal del Ayuntamiento de Pamplona. Durante los cuatro años que ostenté tal cargo colaboré en colocar diversos aparcamientos de bicicletas por las calles de Pamplona, pero fracasé totalmente en impulsar cualquier otra medida al respecto. Ni la mayoría de los ciudadanos, ni los técnicos municipales, ni mis compañeros de corporación municipal mostraban la menor sensibilidad al respecto.
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