INDÍGNATE CON LOS BARES

 

 

          Aclaremos de entrada que los bares prestan un servicio público esencial. Soy de esas generaciones que todavía los consideran como el espacio natural de la vida social, mientras que las más jóvenes han sido expulsadas por causas económicas a los supermercados, los botellones y las bajeras. Este es el lugar común de la indignación del cliente de la hostelería de Pamplona, los precios que hay que pagar por una caña o un pincho, que para encontrar sitios más caros te tienes que ir a Venecia o Abu Dhabi, en cambio sólo con cruzar el Ebro todo te parece a mitad de precio.

 

         Para compensar, resulta que los hosteleros también suelen estar permanentemente indignados porque el negocio está al borde de la ruina: que si los impuestos (deben de ser el doble que en Logroño), que si la meteorología, que si la ley del tabaco, que si la crisis económica, que si la competencia desleal, que si el cambio de costumbres, que si los horarios del fútbol, que si la poca comprensión de los clientes sobre los precios que no tienen más remedio que poner. La indignación cunde a ambos lados de la barra.

 

         En otros tiempos era costumbre indignarse al llegar los sanfermines por la tradicional subida de precios. En su defensa hemos de decir que ya no pasa, los precios quedan tan congelados como los sueldos de los clientes y esa impresión general de que por el mismo precio no nos dan lo mismo que antes de sanfermines puede ser simplemente debida a la alteración sensorial causada por los excesos festivos. La suciedad, los baños averiados, los vasos de plástico, el mogollón, el chunda-chunda, pueden ser un poco irritantes, pero lo indignante es frecuentar un bar todo el año, invertir en mantener los puestos de trabajo y creer ganarte algún derecho como cliente habitual y de pronto en sanfermines tener que competir a codazos con gente advenediza para alcanzar la barra y en lugar de los camareros que conoces hallar otros interinos que no te guardan la menor consideración.

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