CURSO DE TAUROMAQUIA SANFERMINERA
Sexta lección:
Las banderillas
Finalizado el tercio de varas se pasa al de banderillas. Las banderillas (a los cronistas les encanta utilizan un sinfín de sinónimos: arpones, palitroques, rehiletes, garapullos) son dos palos de unos 70 centímetros, adornados con papel de colores y con un arponcillo de acero en el extremo. El tercio consiste en clavar tres pares de banderillas en la piel del toro, justo en la parte superior y más prominente del lomo. Se sobreentiende que además el torero no debe dejarse coger por el toro, y ha de hacerlo de forma artística y valiente, es decir, dando la cara al morlaco, no vale sorprenderle por la espalda ni ponérselas desde el burladero.
Lo más normal es que las pongan los miembros de la cuadrilla del matador correspondiente, para lo cual se van turnando en los pares. En cada toro intervienen dos banderilleros; sus nombres se pueden leer en el marcador luminoso de la plaza. Como la mayoría de los subalternos bastante hace con salir al ruedo para ganarse el pan de sus hijos, y dan por hecho que allí el único que se va a saborear la gloria es el matador, no siempre se esmeran ni arriesgan mucho y ponen las banderillas de cualquier modo y en cualquier parte del toro (alguna vez no se las han puesto en el culo por muy poco), más pendientes de que el toro no les coja que de ponerlas con arte, y es muy frecuente que las banderillas acaben en el suelo nada más puestas. Al público de Pamplona le gusta esta suerte, que tradicionalmente se acompaña con música de dulzainas, y suele aplaudir mucho cuando un subalterno se lo toma en serio y pone unas buenas banderillas; también le gusta prolongar los aplausos hasta que el matador tenga que autorizar al banderillero a agradecer el aplauso saludando con la montera en la mano (en esto funciona la jerarquía a rajatabla).
Algunos matadores son también banderilleros, cosa que también complace mucho al público sanferminero. La costumbre manda que el torero se haga el remolón y finja que no quiere poner banderillas, mandando salir a los subalternos. En ese momento el público debe pitar y reclamar que sea el matador quien las ponga. Entonces el diestro, con cara de resignación y de querer complacer, coge las banderillas y manda despejar el ruedo, quedándose solo con el toro (los subalternos banderillean teniendo cerca, por si acaso, a otros toreros preparados para intervenir con la capa). En vez de sonar las dulzainas, la Pamplonesa arranca con un pasodoble. Si coinciden dos, y hasta tres matadores banderilleros, suelen ofrecerse mutuamente las banderillas en sus respectivos toros, y entonces se quedan juntos en el ruedo y comparten el tercio.
Hay diversas maneras de poner las banderillas. La más usual es al cuarteo; el torero cita al toro de lejos, y cuando éste empieza a avanzar el torero corre a su vez hacia él, aunque no directamente sino obligándole a hacer un giro. Cuando el banderillero llega a la cara del toro y éste baja la cabeza para embestir le clava las banderillas, lo que frena la carrera del animal y le permite retirarse. Si el torero se acerca al toro de frente, se llama de poder a poder, una modalidad que ofrece mayor riesgo. Otra suerte muy lucida es al quiebro; el torero cita al toro y espera inmóvil su embestida. Cuando el toro está cerca el banderillero hace ademán de moverse a un lado, pero se queda en el sitio; el toro, engañado, se desvía y cuando pasa junto al torero éste le pone las banderillas. A los toros que se resisten a embestir hay que ponerles las banderillas al sesgo, el torero debe llegar hasta el toro de forma oblicua, ponerle las banderillas cuando este amaga la embestida y retirarse rápidamente. Menos habitual, pero muy efectista, es la modalidad del violín; las banderillas se ponen con una sola mano, estirando el brazo por encima de la cabeza y arqueando el cuerpo cuando el toro queda a la espalda del torero.
En todas las suertes de banderillas es muy importante que el banderillero elija bien el terreno en el que se va a encontrar con el toro y tener prevista la salida para evitar quedar a su merced. Si lo hace demasiado cerca de la barrera, puede quedar acorralado por el toro (las modalidades de dentro a fuera, saliendo de las tablas, son siempre más peligrosas); si lo hace en los medios, se arriesga a tener demasiado lejos las tablas si en un momento de apuro tiene que refugiarse en ellas. Es importante, en este tercio y en los demás, tener en cuenta las querencias del toro para prever sus movimientos. Hay toros que instintivamente se van hacia las tablas para defenderse; algunos buscan la puerta de toriles, otros los medios. En una suerte bien calculada el torero debe salir del terreno del toro con calma y dignidad (o chulería torera), sin tener que correr como un desesperado para evitar la cogida.
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