INDÍGNATE CON EL AYUNTAMIENTO

 

 

          Casi ni habría que justificar la indignación con el Ayuntamiento, viene dada con el empadronamiento. Los que mandan pasan tanto tiempo poniéndose medallas por todo lo que va bien en sanfermines, incluso por si hace buena temperatura y no llueve, que no hay más remedio que suponer que también lo malo es culpa suya: la suciedad y el ruido de los vehículos de limpieza; lo lejos que están las barracas, que no va nadie, y los atascos en el ascensor de Descalzos para ir a las barracas; que nos traigan a Fórmula V y casi nos dejen sin la banda del maestro Bravo; que vengan tantos forasteros y que se vayan tantos pamploneses; que los sanfermines sean cada vez más como las fiestas de cualquier sitio.

 

         Cierto que este año el Ayuntamiento es nuevo y hay esa tradición de los cien días antes de poner a caer de un burro a los políticos. Pero el alcalde ya merece una crítica severa por romper la tradición sobre el chupinazo: anunció nada más ser elegido que lo disparaba él. Antiguamente los alcaldes no lo tiraban, lo hacían los concejales que presidían la comisión de fiestas y luego los que elegían los grupos por rotación. Los tres últimos alcaldes han tirado el chupinazo, sí, la alcaldesa dos, pero se justificaron en que sus compañeros de grupo municipal se lo habían suplicado encarecidamente y no habían tenido más remedio que aceptar el honor. El nuevo ha prescindido del protocolo y se ha adueñado de la facultad de dispararlo. Quizás se debe a que ya forma parte de una dinastía de alcaldes digitales. En otros tiempos los alcaldes se ganaban el puesto trabajando muchos años como militantes del partido antes de ser elegidos candidatos; los dos últimos, sin afiliación previa, fueron fichados a dedo por quien hace las listas y si cunde el precedente quizás la prerrogativa se vuelva hereditaria como fue el dedazo mexicano por décadas. Si no depende de la voluntad de sus compañeros de grupo para ser alcalde, menos para tirar un simple cohete.

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