Por el Foro Iruña: Fernando Atxa, Ainhoa Aznárez, Helena Berruezo, José Luis Campo, Reyes Cortaire, Miguel Izu, Javier Leoz, Guillermo Múgica, Iosu Ostériz y Patxi Zabaleta.
Vivimos instalados en una
crisis económica y social que según todos los indicios va a ser duradera en el
tiempo. Mas allá de su calificación como crisis global y estructural hay que
constatar que no es una crisis reducible a los ámbitos de la economía ni
meramente coyuntural.
Son muchas crisis en una: crisis financiera-especulativa, inmobiliaria-hipotecaria, energética, agro-alimentaria y ecológica, industrial y de consumo, social, cultural y de valores e institucional. Todos estos aspectos concurrentes han conducido a la definición de crisis de modelo. Supone por ello esta crisis un incentivo ideológico sobre la insostenibilidad del desarrollismo ilimitado, sobre la radical injusticia Norte-Sur de países desarrollados y del tercer mundo y sobre la necesidad de articular resortes de control sobre la economía globalizada. La globalización ha sido sobre todo del capital con sus secuelas de deslocalizaciones y con la impactante constatación de los últimos tiempos de que la economía sumergida o negra es superior a la declarada o blanca.
No van a ser suficientes
recetas meramente económicas, ni siquiera socioeconómicas y laborales para la
superación de esta crisis de las crisis, diferente a todas luces de las crisis
coyunturales conocidas hasta ahora. Se van a precisar además respuestas ético-sociales y sociopolíticas y
en diferentes ámbitos y niveles.
Pero más allá de los
complicados y discutidos diagnósticos de esta crisis y más allá también de los
debates ideológicos sobre la naturaleza y definición de dicha crisis e incluso
mas allá de las soluciones que se debaten sobre las mismas, existe la
problemática social de los más afectados por esta situacion y de sus
necesidades más perentorias incluso en términos de subsistencia. ¿Quiénes son
los más afectados por la crisis?
La pregunta precedente tiene
una respuesta de efectos dialécticos exponenciales: los más afectados por la
crisis son los más desfavorecidos de la sociedad; es decir, el aumento de la
pobreza afecta específicamente a los
sectores mas desfavorecidos (inmigrantes, minorías étnicas, mujeres con
cargas…) aunque empiezan a afectar también a las clases medias bajas (jóvenes,
parados, jubilados…) con la concurrencia frecuente de endeudamiento
inatendible.
La gravedad en cada nivel de
afección está además sujeta a un efecto multiplicador: sin trabajo, sin
subsidio de desempleo, sin familia, inmigrante, mujer, sin papeles… La
marginación y el sector social por debajo del umbral de la pobreza constituyen
ya sectores de la sociedad porcentualmente muy significativos.
Dialécticamente es bien
cierto que la crisis no la deben pagar los que no la han provocado. Pero
socialmente lo más acuciante es que los poderes públicos, el Estado, no pueden
desentenderse de quienes más la sufren. Paradójicamente y por desgracia los
responsables de la crisis, -el neoliberalismo, el neoconservadurismo, etc.-
están parapetados en los fortines de los paraísos fiscales y aunque no
olvidemos esa realidad, debemos dirigir nuestra atención a problemáticas más
cercanas y acuciantes.
La crisis origina, además,
efectos perversos en las relaciones entre sectores de la sociedad, tales como
la degradación de las relaciones sociales y el riesgo del enfrentamiento
social. El hecho de que los inmigrantes, sin la cobertura familiar, estén
obligados –y por lo tanto dispuestos- a asumir cualquier sacrificio en las
relaciones laborales es instrumentalizado por la extrema derecha para azuzar
reacciones de xenofobia de las clases medias y bajas.
La actitud de la sociedad y
de la administración ante el impacto que la crisis origina en los sectores más
desfavorecidos debe en primer término distinguir entre medidas que buscan la
incentivación de la economía en general y medidas que tratan de contrarrestar o
minimizar el efecto de la crisis en los sectores mas afectados que son también
los más desfavorecidos de la sociedad. Es decir, las medidas sociales deben
basarse en una discriminación positiva hacia estos sectores.
Tanto las políticas fiscales
de reducción de la imposición directa e incremento correlativo de la imposición
indirecta, como los procesos
indiscriminados de ayudas económicas tales como los “renove” de automóviles,
electrodomésticos, etc. o las ayudas para la renovación de las casas van destinadas
a las clases medias y altas. Es decir a las menos afectadas por la crisis. Por
ello es preciso distinguir entre medidas de reactivación económica y medidas de
reparación a las afecciones más graves de la crisis mediante la discriminación
positiva de las políticas sociales.
La Administración no debe
seguir manteniendo las coberturas sociales -renta básica, ayudas al empleo
social, complementos de pensiones, etc.- al mismo nivel y cuantía que en las
situaciones previas a la crisis. Tal actitud no es justificable frente a las
ingentes ayudas a los grandes bancos y empresas.
En suma; los presupuestos
públicos y, dentro de ellos, las inversiones sociales (que no limosna, ni
ayudas humanitarias) están precisadas de una profunda revisión. La convergencia
con la Europa de primera velocidad en gasto público social y en gasto de investigación
pública constituyen los dos pilares sobre los que ha de afrontarse esta crisis
de modelo, que no es gripe pasajera. Muchas actuaciones serán diferentes
después de esta crisis en las finanzas, el sistema productivo, la
sostenibilidad, la energía, etc., pero el sujeto no podrá ser sino la sociedad
humana, cuya integración se enhebra con los hilos de la solidaridad.
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