SEXO EN SANFERMINES

Miguel Izu

Sexo y arena

La mayoría del público sanferminero piensa que la fiesta de los toros, en sus diversas variantes: encierrillo, encierro, apartado, corrida de toros, zezenzusko, estofado, no es sino una excusa más para divertirse, una de las muchas formas de montarse una juerga. En cambio los intelectuales, que tienen una excesiva tendencia a tomarse sus ocurrencias en serio, han elucubrado en abundancia sobre el simbolismo de la tauromaquia. Como escribió Luis del Campo, a menudo los tratadistas "mezclan la seriedad del investigador con la rica imaginación del psicoanalista" y sus conclusiones pueden ser bastante osadas.

Lugar común es la consideración religiosa del toro o de los bóvidos en general como tótem (el becerro de oro), como divinidad o animal sagrado (el Minotauro y todavía hoy las vacas en la India), como víctima de sacrificio, o incluso como medio de inmolación (San Saturnino arrastrado por un toro por las gradas del capitolio de Toulouse). Y también el significado sexual de la tauromaquia; mientras unos interpretan que el animal representa la fertilidad de la Madre Naturaleza dominada por el ser humano, otros ven en el toro un símbolo de potencia sexual de la que se apodera el torero al vencerlo, y hay quien ve en la lidia y muerte del toro una alegoría del acto sexual (o viceversa), en el cual el torero es el arquetipo del macho aunque vista unas ambiguas medias de color rosa y donde blande un estoque en cuyo significado, por obvio, mejor no entraremos. De modo que la Feria del Toro en Pamplona constituiría una compleja serie de ritos sacrificiales comunitarios; el público congregado en la plaza, aunque se halle enfrascado en unas magras con tomate y no tome conciencia de ello, participa de un acto orgiástico con profundas implicaciones simbólicas.

Tampoco ha faltado la definición del encierro como una prueba de iniciación o de virilidad, o todo lo contrario, como una vía de desahogo de las frustraciones eróticas de algunos hombres. Como escribió con sorna Julio Caro Baroja en torno a estas explicaciones, en el encierro aparece no sólo una manifestación del sentimiento trágico de la vida sino también de alguno de sus lados más cómicos.

Lo que parece bastante claro es que en los toros, como en la Iglesia, se hallan algunos de los últimos reductos reservados al hombre y a los cuales a la mujer le cuesta acceder. Aunque las mujeres pueblen los tendidos casi en condiciones de igualdad (las mantillas y peinetas van cayendo en desuso), o aunque puedan presidir la corrida e incluso la comisión de peñas, correr el encierro, como el sacerdocio, sigue siendo cosa de hombres, y torear todavía mucho más. Bien que no legalmente, la profesión de matador de toros sigue en la práctica vedada a las mujeres. Ahí está el caso de Cristina Sánchez, retirada de los ruedos ante sus dificultades para ser contratada en muchas plazas. Parece ser que las figuras del toreo se negaban a compartir carteles con una mujer. Lamentando la suerte de ella, no me cuesta trabajo comprender la actitud de ellos. En el mundo del cine hay un consejo clásico para los actores: no trabajar con niños ni animales, pues si tienen un papel destacado en una película monopolizan la atención del público y eclipsan al resto del reparto. El mismo riesgo acecha con una mujer torero; sea el cartel que sea, el público va a prestar atención preferente a ella y los otros dos espadas, por importantes que sean, se convierten en sus teloneros.

Cristina Sánchez nunca toreó en la feria sanferminera. No sé si hubiera triunfado, si hubiera gozado del favor del público de Pamplona, que suele ser bastante caprichoso y más torista que torerista. Aunque, por supuesto, no es machista. Faltaría más. Sólo hay que ver cómo ha integrado a la mujer hasta en los tendidos de sol. Eso sí, siempre que la mujer se comporte; por ejemplo, vistiendo de mozo y no de moza. Durante años he presenciado y sufrido en algunas zonas de la andanada de sol lo que sucede a las mujeres que acuden ataviadas de tales, es decir, con una camiseta ajustada en vez de blusón, enseñando las piernas en vez de embutirlas en un pantalón blanco o con la melena al aire y no recogida discretamente en un gorro. El espectador avisado evita que se sienten al lado para eludir la lluvia de proyectiles (sangría, champán, frutas, pimientos, hielo) que van a recibir a lo largo de la tarde. Claro que se compensa con los piropos y cánticos (qué buena está la rubia…) con los cuales el público espera congraciarse con las damas en cuestión, normalmente forasteras y sin experiencia en nuestras costumbres festivas. Porque adquirida tal experiencia no la suelen repetir.

 

 

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