AÑO DE CENTENARIOS

 

 

          Vamos quemando ya este año de 2012 que, como todos, al finalizar tendremos la sensación de que se nos ha pasado en un suspiro. Y mejor que así sea con las perspectivas que trae. Los propietarios del planeta, esos pocos que se escudan tras la fachada que llaman “los mercados”, creen que todavía no han acaparado lo suficiente y siguen exigiendo más “ajustes” aunque a la mayoría de la población la realidad le quede ya tan ajustada que casi no le deja respirar. Como los males tienen la mala costumbre, valga la redundancia, de no venir solos este es un año de centenarios, bueno, todos los años a partir del año cien de la creación del mundo hay centenarios de algo, pero este año los tenemos en Navarra especialmente importantes y fastuosos, de los que se acompañan de grandes fastos y de mucha oratoria, verborrea y valoración sobre su significado que nos tendrán entretenidos y distraídos de otras cosas.

 

          De un lado, hace ya ochocientos años que en el curso de una cruzada contra los almohades el rey Sancho VII el Fuerte, junto con doscientos caballeros navarros y unos cien mil soldados castellanos, aragoneses, portugueses y franceses como secundarios, conquistó en las Navas de Tolosa las cadenas que aparecen en el escudo de Navarra (eso dice la leyenda que, como es más bonita que la prosaica realidad, merece la pena seguir contando como si fuera verdad). Y de otro, hace ya quinientos años que don Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Quiñones, segundo duque de Alba, invadió y conquistó Navarra al mando de casi veinte mil soldados castellanos (léase al servicio de la corona de Castilla, que había aragoneses, alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos, moros) e incluso algunos navarros como don Luis de Beaumont, conde de Lerín.

 

          Dos hechos bélicos muy distintos. En el primero sabemos quiénes fueron los buenos, los cristianos, no se plantea ningún debate sobre una posible devolución de las tierras conquistadas a los sucesores del califa Mohamed Al-Nasir, comendador de los creyentes o amir al-mu'minin (Miramamolín en romance). El comendador de los creyentes que tenemos más a mano es el rey de Marruecos pero no parece buen plan hacerle el ofrecimiento. En cambio, en el segundo en Navarra todavía tenemos abierto el debate sobre si los buenos eran los beamonteses que apoyaron la conquista y posterior unión-anexión-incorporación a la corona de Castilla, o los agramonteses que se opusieron y guerrearon a favor de los reyes Juan de Albret y Catalina de Foix. Hay opiniones encontradas sobre si la edad dorada de Navarra que hay que añorar y reivindicar hay que situarla antes de 1512 o si los buenos tiempos vinieron después con la incorporación a la futura nación española. Como siempre, al final la cosa está en si los navarros somos o debemos ser españoles o vascos o algo.

 

          Aunque aquí parece que va a haber pocos fastos al respecto también nos toca algo el segundo centenario de la Constitución de Cádiz, la Pepa, que como todos los pepes y pepas celebrará su onomástica el 19 de marzo. De esta celebración se ha hecho cargo un consorcio integrado por la Administración General del Estado, la Junta de Andalucía, la Diputación Provincial de Cádiz y los ayuntamientos de Cádiz y San Fernando, así como de la del doble centenario 1212-1512 se ocupa aquí oficialmente una “Comisión Organizadora 2012” creada por el Gobierno de Navarra y extraoficialmente diversas entidades que se han adherido a un “Manifiesto 1512-2012” (de las Navas de Tolosa no se ocupan, a cambio en Jaén y Ciudad Real sus instituciones sí preparan alguna cosa). Todas estas instituciones no se limitan a recordar el pasado sino que introducen un intencionado mensaje para el presente. La “Comisión Organizadora 2012” tiene como objetivo “resaltar la importancia de Navarra en la actual configuración de España y dar a conocer su historia a toda la ciudadanía”; el “Manifiesto 1512-2012” afirma que “no sólo tenemos derecho a recuperar lo que de manera ilegítima nos arrebataron [la independencia], sino que la pérdida de la soberanía ha sido nefasta para nuestro país” y que “nuestro país es una colonia española y francesa a todos los efectos”; el consorcio del bicentenario de la Constitución de 1812 “asume como la finalidad última que debe impregnar todas sus actuaciones la promoción del Constitucionalismo Democrático y de los valores de Libertad, Igualdad, Justicia y Derechos Humanos que la inspiran” y “reivindica de forma explícita la vinculación histórica, ética y política entre la Constitución de 1812 y la Constitución de 1978, como eje de nuestra vida democrática actual”.

 

          Confieso mi poco entusiasmo conmemorativo ante todas esas iniciativas y mi esperanza de que una de las pocas consecuencias benéficas de la crisis económica sea que todas sufran un recorte y se gaste cuanto menos dinero público mejor. En general, soy poco partidario de celebraciones patrióticas o de todo tipo de celebraciones dirigidas a fomentar el orgullo de ser lo que somos o a recrearnos en ello. Comparto lo que yo llamo “el síndrome Javier Marías” ya que viene descrito en un artículo de este escritor (El País Semanal, 19 de octubre de 2008) aunque sin nombre, al contrario, en él escribe: “Me pregunto cómo se llamará esta afección: la incapacidad de enorgullecerse junto a la capacidad de avergonzarse por lo ajeno vecino”. Dice que siempre le ha costado mucho entender el patriotismo, el amor a la patria le suena falso porque nadie está capacitado para amar en bloque un país entero, como mucho a unas cuantas personas a lo largo de su vida, y también le resulta difícil enorgullecerse de su tierra sólo porque alguno de sus paisanos descuelle en algo. Afirma Marías, y lo comparto, que sólo comprende el patriotismo por la vía negativa: “Hay personas y cosas con las que nada tengo que ver y que sin embargo, por ser de mi país, me avergüenzan y logran contaminarme”. A mí, normalmente, hay bastantes cosas y personas que me producen vergüenza propia de ser navarro y muy especialmente me pasa cuando alguien expresa el orgullo de ser navarro y más si lo hace desde alguna institución. Ya sé que eso me convierte en un mal navarro. También hay cosas y gentes que me producen vergüenza de ser español, sobre todo los alardes de orgullo de ser español. Sí, soy un mal español. Y gracias a Dios que en Navarra tenemos el privilegio de poder decidir si nos sentimos o no nos sentimos vascos (ni idea de en qué consiste exactamente ser vasco más allá de sentirse como tal), yo prefiero no sentirme vasco para ahorrarme otra vergüenza añadida, aunque tengo el problema de que tampoco me siento no-vasco. Probablemente también soy un mal vasco o un mal no-vasco. En fin, que pasen pronto estos centenarios que voy a disfrutar lo mismo que el del hundimiento del Titanic, que también toca este año.

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