Cosas que faltan a los sanfermines

 

EL AÑO SANTO

 

 

         Resulta asombroso que todavía no exista el año jubilar o año santo sanferminero. No se crea que el año santo es algo propio solamente de Roma o Jerusalén, donde se celebra cada 25 años desde el 1300 en que lo estableció el Papa Bonifacio VIII. O de Santiago de Compostela, donde el año jacobeo se celebra cada cinco o seis años, cuando la festividad de Santiago Apóstol, el 25 de julio, cae en domingo, desde que así lo dispuso Calixto II en 1122.

 

         Otros lugares también tienen su propio año santo. Ahí está el monasterio de Santo Toribio de Liébana, en Cantabria, que conserva el mayor fragmento conocido del lignum crucis.  Gracias a una bula de Julio II del año 1512 se celebra el Año Santo Lebaniego cuando la festividad de Santo Toribio, el 16 de Abril, cae en domingo. Similar privilegio, concedido en 1998, tiene el Santuario de la Vera Cruz, en Caravaca de la Cruz (Murcia), donde también se conserva un fragmento de la cruz donde murió Jesucristo, y que celebra un año jubilar cada siete años, el próximo será el 2006.

 

         En otros casos, se obtiene la proclamación de un año santo con motivo de algún aniversario. Así, el “Año Santo Vicentino” celebrado el pasado 2003 en Valencia por el XVII centenario del martirio de San Vicente Mártir, y en el cual se podía obtener la correspondiente indulgencia plenaria en los llamados "lugares vicentinos": la catedral donde se custodia el brazo izquierdo del santo; la iglesia de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, lugar de su sepultura; la iglesia de San Vicente Mártir, donde fue abandonado su cuerpo; etc. En 2001 se estableció un Año Santo Mariano en Covadonga, con ocasión del primer centenario de la construcción del nuevo santuario. Todo esto además de los jubileos universales, no ligados a un lugar concreto, como el Año Santo de la Redención de 1983, en el mil novecientos cincuenta aniversario de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, o el Año Santo Mariano de 1987 en el dos mil aniversario del nacimiento de la Santísima Virgen.

 

         En fin, que si tan diversos lugares y por tan distintos motivos celebran sus años jubilares, no parece lógico que una ciudad de la historia y tronío de Pamplona, con unas fiestas universalmente conocidas en honor de un santo con tanto pedrigí como San Fermín (obispo y mártir de los primeros siglos del cristianismo, o sea, con antigüedad de escalafón más que sobrada en el santoral), no celebre su propio año santo. No nos merecemos menos que Santo Toribio de Liébana, al fin y a la postre un santo perfectamente desconocido en casi todo el orbe. A la vista de los dividendos turísticos, culturales y económicos que está consiguiendo a cuenta de los años jacobeos la ciudad de Santiago de Compostela, y por extensión toda Galicia, y ya un poco de rebote todas las regiones por las que pasa el Camino de Santiago, está claro que interesa subirse al carro de los años jubilares.

 

         Pónganse las pilas las instituciones. Que el arzobispo, la alcaldesa, el consejero de cultura y turismo y demás responsables del ramo soliciten ante la Penitenciaría Apostólica de la Santa Sede, que es el órgano competente por delegación papal, la concesión del Año Santo Sanferminero. Podría celebrarse cada vez que el 7 de julio caiga en domingo. Por supuesto, con su correspondiente indulgencia plenaria en las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice, todo ello inexcusablemente en la capilla de San Fermín), y quizás alguna indulgencia parcial a los fieles cristianos que, por no poder acudir a la capilla del santo, al menos con corazón contrito se dediquen devotamente a realizar obras de caridad o de penitencia, o eleven piadosamente una oración en honor de San Fermín.

 

         Sí, ya sé que no son tiempos de gran piedad, que la increencia avanza y la práctica religiosa disminuye. Pero si en los últimos años acude a la procesión de San Fermín más gente que nunca, o tanto personal hace el Camino de Santiago por razones difusamente espirituales o simplemente culturales y deportivas, o veinticinco millones de españoles presencian la retransmisión televisiva de un matrimonio canónico en la catedral de Madrid sin que se casara nadie de su familia, está claro que si no hay fe al menos puede haber negocio.

 

 

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