LA
ANGUSTIA DE SER NAVARRRO
Debe ser tremendamente sufrido lo de
ser navarrro. No, no es una falta ortográfica ni tipográfica, lo he escrito con
tres erres. No me refiero a ser navarro, que es algo mucho más fácil y más
vulgar. Muchos somos navarros por mero accidente existencial; lo mismo podíamos
haber nacido en Senegal o en Eslovaquia, pero nacimos aquí sin haber tenido la
oportunidad de elegir ni haber acreditado especiales cualidades para ello. De
haber podido optar, vete a saber, hay estadísticas sobre países con mayor nivel
de vida o donde la gente es más feliz que nos podían haber tentado de preferir
cualquier otro sitio. Otros son navarros porque se han venido a vivir aquí por
razones laborales o familiares y ya no han encontrado motivo u oportunidad para
irse. En suma, que algunos no encontramos que el hecho de ser navarros sea
meritorio o motivo de especial orgullo. Al menos yo no me siento orgulloso de
tal cosa, no sólo porque el orgullo linda demasiado con la soberbia que es uno
de los pecados capitales, sino porque me parece igual de pueril que estar
orgulloso de ser groenlandés o tamil. De caer en el vicio del orgullo prefiero
hacerlo con cosas que me hayan costado cierto esfuerzo personal, como obtener
algún que otro título académico, haber escrito algún libro o haber completado
el otro día los más de doscientos kilómetros y los cuatro puertos pirenaicos de
la Quebrantahuesos.
Lo de
ser navarrro (o navarrra) es mucho más. Quienes lo son lo pronuncian con un
orgullo y un énfasis que hace imprescindible acudir a la tercera erre para
reflejarlo, aunque sea pálidamente, en el lenguaje escrito. Los navarrros se
sienten tocados por la vara de la fortuna, son una especie elegida dentro del
conjunto del género humano. Un navarrro se proclama como tal varias veces al
día, da igual de lo que se hable. Un navarrro es reconocible fuera de Navarra
enseguida porque a los dos minutos de abrir la boca ya lo habrá dejado bien
claro. Un natural de Murcia o de Alcáñiz puede pasar inadvertido durante años
fuera de su entorno de procedencia; un navarrro jamás (creo que solamente los
bilbaínos y sevillanos, unos por proceder de la capital del mundo y otros de
una ciudad con un color especial, comparten análoga fijación por pregonar su
origen). Eso explica porqué a pesar de ser una comunidad pequeñita, que nunca
ha tenido muchos habitantes, ha dado lugar a un apellido, Navarro, extendido
por todo el orbe.
El
navarrro no admitiría que lo es por casualidad. Es el destino histórico el que
lo quiso así. Y como parte del mismo superior designio cósmico o divino el
navarrro consciente de su destacado lugar en el devenir del universo debe estar
empeñado hasta el último suspiro de su vida en la defensa a ultranza de
Navarrra. El lector ya habrá entendido
que Navarrra es a Navarra lo que navarrro a navarro: un lugar privilegiado, una
tierra sagrada, una comunidad refulgente, lo más plus de lo más plus ultra.
Aquí viene el lado trágico de ser navarrro: cree y siente que Navarrra está
permanentemente amenazada, agredida, humillada y avasallada. Por eso debe estar
en permanente vigilia para mantener a raya a sus enemigos. Lo peor de todo no
es que los contrarios sean muchos, sino es que los peores están en casa, en una
traidora quinta columna que conspira con los enemigos exteriores. Hay muchos
malos navarros dispuestos a vender a Navarrra por un plato de lentejas, a
colaborar con quienes quieren acabar con su recia identidad. Una recia
identidad milenaria que, por otro lado, en el imaginario de sus más ardientes
defensores aparece tan frágil como el cristal dada la alarma de que son objeto
ante el potencial poder destructor de
la navarrridad de meras declaraciones de intenciones de algunos políticos o de
determinadas leyes o propuestas electorales. El navarrro teme que dependiendo
tan solo de quien gobierne, sea en Navarra o en España, las eternas esencias
identitarias de Navarrra puedan quebrar de la noche a la mañana.
El navarrro debe pagar un alto precio por serlo, y es vivir angustiado ante el riesgo perpetuo que sufre la identidad de Navarrra. No sólo angustiado sino permanentemente ofendido. Ofendido porque no todos los navarros piensen igual; ofendido ante determinadas opiniones, ante determinados pronunciamientos, ante determinadas interpretaciones de la historia. Injuriado en su fuero interno según qué banderas ondeen o dejen de ondear, según qué lenguas se hablen o se escriban, según qué libros se publiquen, según qué fiestas se celebren y cómo, según se diseñen los mapas. No sé si la angustia de ser navarrro acaba por compensar el privilegio de serlo.
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