SEXO EN SANFERMINES
Miguel Izu
El sexo de los ángeles
A estas alturas habrá algún lector escandalizado por la irreverencia de mezclar en la misma columna sexo y sanfermines. Al fin y al cabo, hablamos de unas fiestas en honor a San Fermín, nuestro santo patrón, de las que debiéramos extirpar tanto exceso profano y pecador.
Que estas fiestas sean propiamente religiosas es algo que habría que matizar mucho. Quienes cultivan la historia de los sanfermines, disciplina autóctona con mucha raigambre en Pamplona, han dejado claro que inicialmente, ya en el siglo XIV, hubo una feria mercantil que duraba veinte días a partir del de San Juan, y luego de San Pedro, que arrastró la organización de corridas de toros y de otras diversiones. Dos siglos después se añadió la celebración de San Fermín, trasladada desde octubre a principios de julio "por ser tiempo más cómodo", que algunos han interpretado en sentido meteorológico y otros en el de la pura conveniencia de aunar festejos. De San Fermín no se había sabido nada en Pamplona hasta el siglo XII, cuando se importó su culto desde Amiens, donde fue obispo y mártir, junto con la tradición de que era oriundo de nuestra ciudad. Los historiadores están de acuerdo en que no hay pruebas fiables sobre su existencia, pero fue una elección afortunada en lo simbólico. Yuxtapone a los caracteres nativos las influencias externas que nos han hecho como somos: la cultura latina que trajeron los romanos (como el senador Firmo, padre del santo), el cristianismo que desde Judea llegó de mano de San Cernin y casi todo lo demás que nos ha llegado a través de las Galias (como el gótico, la Ilustración, el cinematógrafo o el derecho administrativo).
Como en tantos otros casos (la Navidad añadida al solsticio de invierno, la fiesta de San Juan Bautista al de verano) a la originaria fiesta profana se superpuso la religiosa. Entre los Diez Mandamientos hay uno que los humanos no violamos jamás: el de no tomar el nombre de Dios en vano. Cuando invocamos a Dios o a los santos no es sin motivo sino con algún interés bien calculado; acostumbramos a poner lo sagrado al servicio de nuestros móviles terrenales. El comercio, los toros y las diversiones mundanas quedaron purificados con la excusa de honrar a San Fermín y no a nosotros mismos. Pero como el obrar humano es siempre paradójico y produce efectos no previstos, la santificación de las ferias de Pamplona a veces se ha vuelto contra ellas.
En ocasiones los festejos taurinos con que "honramos" a San Fermín han sido prohibidos por la autoridad eclesiástica bajo excomunión y anatema. Como hizo el Papa Pío V en 1567, disponiendo que si alguna persona moría en tales espectáculos no recibiera cristiana sepultura. Felipe II (IV de Navarra) decretó que la bula papal no se aplicase en sus reinos por ser las corridas de toros "costumbre tan antigua que parecía estar en la sangre de los españoles", y presionó a los sucesivos pontífices hasta que se levantó la prohibición.
Pero han sido los aspectos más voluptuosos de las fiestas los que han sufrido las iras clericales cuando se ha hecho una interpretación rigorista y puritana del cristianismo en la que todos los placeres eran pecaminosos y el sufrimiento la única vía de salvación. Presbíteros, beatas y personas pías en general han tomado con gusto el papel de aquellos fariseos que reprocharon a Jesús su impiedad por beber y comer rodeado de pecadores y publicanos en vez de ayunar. El bullicio, el bebercio y, sobre todo, la sensualidad propia de unas fiestas como los sanfermines exasperan a quienes construyen una religión basada en el miedo y en una moral mojigata obsesionada por el sexo, hasta el punto de que inmoral suena todavía a sinónimo de libidinoso. Esa triste religión en la cual nos han educado en ciertas épocas y en la que, como ha dicho algún teólogo actual, la constante vigilancia de un ojo terrible y justiciero ha llevado a muchos al convencimiento de que la vida sin Dios era más plena y más rica y han tenido que desterrarlo de su corazón.
Por contra, y pese a que Jesús expulsó a los mercaderes del templo, casi nunca han entrado en conflicto piadosos y puritanos con el comercio. A las fiestas en honor de San Fermín se aplica hoy lo que hace poco escribía Luis Goytisolo: la proliferación de singularidades en la época de las telecomunicaciones es el marco ideal para la buena marcha de los negocios. El color local estimula el consumo y las ansias viajeras, y las tradiciones se pueden vender como espectáculo. Todo sea por honrar a nuestro santo patrón.
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