MITOS DE LOS SANFERMINES

12 de julio

EL AMBIENTE

Lo mejor de los sanfermines, el ambiente. Descrito a menudo como indescriptible, suele calificarse también de bacanal, de gran desbarajuste, de la más absoluta acracia, como un salvaje carnaval, una fiesta libertina y desenfrenada, el gobierno de la espontaneidad para hacer lo que a cada uno le venga en gana. En una palabra, un desmadre. Incluso hay quien ha dicho que si en la plaza de toros a las seis y media de la tarde no salieran toros, no pasaría nada, que lo importante es el desmadre que se produce en los tendidos.

Todo eso no es una exageración; simplemente, tiene poco que ver con la realidad. Los sanfermines son una de las fiestas más ordenadas y previsibles del mundo, como corresponde a una gente, los pamploneses, tradicionales y conservadores como pocos. La fiesta parece caótica solo para quien no la conoce, o la conoce poco. Ya dicen los científicos que estudian el caos que éste no es más que un orden cuyas pautas de organización todavía no han sido suficientemente explicadas.

El aparente desorden del ambiente sanferminero proviene de su carácter masivo y ruidoso –tanto ambiente como en sanfermines, decimos en Pamplona de cualquier cosa que congregue multitud, sea para celebrar la Nochevieja o el ascenso a primera de Osasuna-, y de responder a algunas normas peculiares y distintas a las del resto del año y del mundo. Pero las normas están ahí, y las cumplimos con una rigidez que ya quisieran las autoridades para el reglamento de circulación o la ley del impuesto sobre la renta de las personas físicas.

Desde ir vestidos todos de idéntica guisa –sólo en Pamplona y en las sociedades primitivas toda la tribu viste el ropaje ceremonial-, hasta mantener el mismo programa oficial de actos durante siglos, todo en sanfermines es repetición. Los actos de transgresión que se cometen son inmediatamente expiados convirtiéndolos en nueva tradición. Como dijo el doctor Arazuri, en Pamplona inventar tradiciones es fácil, se hace una vez y ya está. Improvisar cualquier gracia lleva consigo la carga de repetirla a perpetuidad. Los graciosos que salieron un año con velitas y cantando el pobre de mí no sabían que un siglo después lo seguiríamos haciendo; los que empezaron a gritar un seis de julio ¡Riau-Riau! delante de la corporación mientras bailaban el Vals de Astráin se creían muy originales; la imaginativa cuadrilla que hace pocos años se puso a correr delante de la villavesa; los ocurrentes de tendido de sol que un año se pusieron a tararear el himno de Eurovisión; el primero que después del pobre de mí colgó su pañuelo en la puerta de San Lorenzo; aquel ingenioso que empezó a rociar de champán al personal antes del chupinazo; los primeros que cantaron "A San Fermín venimos…" mientras esperaban la hora del encierro; aquellos que salieron una noche provistos de bombos para armar un buen "Struendo"; los primeros que salieron de la plaza de toros bailando… Y nadie se escapa a la norma. Si el Ayuntamiento inventa un nuevo acto, la ciudadanía se lo exigirá en lo sucesivo, y si falta un año, clamará por la "recuperación" de la inmemorial tradición –en Pamplona la memoria es flaca, en dos años se olvida la fecha del invento y se incorpora al universo de las cosas "de toda la vida"-. Y los forasteros se contagian; vienen un año y repiten los veinte siguientes, se apuntan a los mismos bares y si pueden reservan la misma habitación del Hotel La Perla hasta el día del Juicio Final; se tiran una vez de la fuente de la Navarrería y lo convierten en tradición a prueba de prohibiciones.

Haga la prueba; escoja un sujeto cualquiera, el que le parezca más bronco e imprevisible, ese mismo que el día seis al mediodía ya va dando tumbos berreando incoherencias y ha añadido a su uniforme sanferminero todas las chuminadas de éxito en la venta ambulante. Sígale todos los días de la fiesta, y si puede, durante varios años. Comprobará que los mismos días y a las mismas horas estará en los mismos sitios, con la misma gente, vestido igual, con el mismo nivel de alcoholemia en sangre y desmandándose de idéntica manera. Hasta los insultos a la autoridad que profiera y los elementos del mobiliario urbano que destroce serán siempre los mismos.

 

 

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