¿ALIANZA DE CIVILIZACIONES?

 

Por el Foro Iruña: Iñaki Cabasés, José Luis Campo, Fermín Ciáurriz, Conchita Corera, Miguel Izu, Guillermo Múgica y Iosu Ostériz.

 

 

         Hace dieciséis años Samuel Huntington publicaba ¿Choque de civilizaciones?, un artículo donde afirmaba que tras la guerra fría los principales conflictos en la política mundial ocurrirían entre grupos de naciones pertenecientes a diferentes civilizaciones, en las líneas de fractura cultural que separan a unas de otras, y recordaba a occidente que la superioridad de valores no basta si no va acompañada de una superioridad militar. Esta idea, simplificada en un enfrentamiento entre el mundo occidental y el islámico, ha fundamentado buena parte de la cruzada neocon desarrollada bajo la presidencia de George W. Bush recién terminada.

 

         Se trataba de una concepción simplista, falsa y peligrosa que pronto fue criticada y combatida. Poco después el presidente iraní Mohamed Jatamí lanzó una iniciativa contrapuesta que fue adoptada por la ONU declarando el 2001 como “Año de las Naciones Unidas del Diálogo entre Civilizaciones” y aprobando un programa en el que se afirmaba que dicho diálogo debía, entre otras cosas, fomentar la inclusión, la equidad, la igualdad, la justicia y la tolerancia en las relaciones humanas y la búsqueda de terrenos comunes entre las civilizaciones, muy señaladamente los derechos humanos universales. Por desgracia los atentados del 11-S y sus consecuencias (guerra en Afganistán e Iraq) impulsaron más la idea de choque que de diálogo. Como consecuencia de otro hecho terrorista, el del 11-M de 2004 en Madrid, Rodríguez Zapatero lanza otra iniciativa ante la asamblea de la ONU: una “Alianza de Civilizaciones entre el mundo occidental y el mundo árabe y musulmán”, a la cual se suma como copatrocinador el primer ministro turco y es adoptada por el secretario general Kofi Annan con el nombramiento de un Grupo de Alto Nivel (con personalidades como Federico Mayor Zaragoza, Desmond Tutú, Mohamed Jatamí, Candido Mendes, etc.) y, posteriormente, de un Alto Representante (el expresidente portugués Jorge Sampaio) y con el impulso de un foro internacional periódico.

 

El informe que el Grupo de Alto Nivel publica el año 2006 con su programa de acción tanto para los estados y las organizaciones internacionales  como para la sociedad civil, entre otras muchas, contiene las siguientes afirmaciones: “Lamentablemente, la ansiedad y la confusión creadas por la teoría del ‘choque de civilizaciones’ han distorsionado los términos del discurso sobre la verdadera naturaleza del peligro que afronta el mundo. La historia de las relaciones entre culturas no se limita a una historia de conflictos y enfrentamientos. También se asienta en siglos de intercambios constructivos, fértiles cruces y coexistencia pacífica. Además, la clasificación de sociedades que internamente son flexibles y diversas dentro de los rígidos parámetros de una civilización dificulta otras vías más lúcidas para comprender cuestiones relacionadas con la identidad, la motivación y la conducta. La brecha entre poderosos y desasistidos, entre ricos y pobres, entre diferentes grupos políticos, clases, ocupaciones o nacionalidades, tiene más poder explicativo que esas categorías culturales. De hecho, esos estereotipos sirven únicamente para consolidar opiniones ya de por sí polarizadas”. Esta impugnación de la errónea creencia en la inevitabilidad del conflicto cultural entre el mundo occidental y el islámico se acompaña con la idea de que “el respeto pleno y constante de los derechos humanos es la base sobre la que se asientan las sociedades estables y las relaciones internacionales pacíficas”, así como de que “la pobreza conduce a la desesperanza, a la sensación de injusticia y a la alienación, lo que, combinado con reivindicaciones políticas, puede avivar el extremismo. La erradicación de la pobreza podría reducir los factores vinculados con la marginación y la alineación económicas; por ello se debe reivindicar activamente, como se reclama en los Objetivos de desarrollo del Milenio”.

        

         Creemos que se trata de una iniciativa positiva en cuanto contribuya a sustituir el enfrentamiento por la convivencia, la guerra por la paz y la incomprensión por el diálogo. Es importante el reconocimiento de la diversidad (cultural, religiosa, política), de la multilateralidad y de un “humanismo ecuménico” que lleve a la alianza y cooperación, no solo de civilizaciones, sino de todos los sujetos de la comunidad mundial.

 

         No obstante, constatamos también importantes deficiencias y carencias que nos gustaría ver corregidas. Mantener la equívoca idea de las civilizaciones en la propia denominación de la iniciativa indica que todavía persiste buena parte de la lógica neocon y probablemente una visión demasiado unilateral desde occidente y demasiado elitista (civilización frente a barbarie). Hubiera sido bueno no sólo sustituir “choque” por “alianza” sino también “civilizaciones” por otro término más riguroso e inclusivo. Las fronteras culturales muchas veces se presentan en el ámbito interno de los países, la confrontación de valores es una realidad en el seno de cualquier comunidad humana y hay que partir de una visión autocrítica que evite la autocomplacencia de quien ya se cree suficientemente civilizado. Salvo por los enunciados llenos de buenas palabras no hay medidas concretas para atacar la desigualdad y la injusticia. Y no se percibe quién vaya a ser el sujeto capaz de llevar adelante las propuestas; si debe serlo la ONU, no estará en condiciones de hacerlo sin acometer previamente la reforma profunda de su estructura y funcionamiento que con insistencia se viene reclamando pero que los intereses políticos a corto plazo hacen que se posponga una y otra vez.

 

         Nos tememos que las grandes metas de las que se habla en los documentos y en las cumbres de esta Alianza de las Civilizaciones puedan quedarse a demasiado alto nivel, sin bajar al terreno de la realidad próxima a la mayoría de la población. Otras iniciativas igualmente loables llevan camino de quedarse en agua de borrajas, como los “Objetivos del Milenio” para erradicar la extrema pobreza, el hambre y las enfermedades que afectan a miles de millones de personas, y para extender la educación y la igualdad y proteger el medio ambiente que se vienen incumpliendo sistemáticamente por el insuficiente grado de compromiso (sobre todo financiero) mostrado por la mayor parte de los gobiernos. Las buenas intenciones por sí solas poco pueden contra hechos que empujan en la dirección contraria, como la brutal intervención israelí en la franja de Gaza de las últimas semanas ante la pasividad de la mayoría, el  repunte de la xenofobia y la intolerancia hacia los inmigrantes en diversos países europeos que favorece la actual crisis económica o la disminución en la cooperación internacional al desarrollo que se justifica también por la situación económica.

 

Por eso, para que la Alianza de Civilizaciones no quede reducida a otro juego de salón de políticos y diplomáticos, es necesario que desde la sociedad civil de todos los países, pero principalmente de los más desarrollados que cuentan con mayor capacidad y mayores recursos, exista una implicación real con esos grandes objetivos y una presión constante hacia los gobiernos y los organismos internacionales.

 

 

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