Personajes y protagonistas

 

LA ALCALDESA

 

 

         No me refiero aquí a la persona real que ostenta la máxima autoridad del municipio, a la que desde que es mujer llamamos alcaldesa y que durante siglos hemos llamado alcalde. Hablo del personaje sanferminero que ha nacido en estos últimos años y que tiene poco que ver con la tradicional imagen de nuestros primeros ediles.

 

         El papel del alcalde en los sanfermines de otras épocas era más bien discreto. Ni se le veía en el chupinazo. En el Riau-Riau, en la procesión y en la Octava iba confundido con el resto de la corporación que acudía “en cuerpo de ciudad”, y los únicos momentos de protagonismo relativo eran el día siete de julio presidiendo la corrida de toros y el día catorce en el pobre de mí despidiendo las fiestas y convocando para las del siguiente año. Hasta ha habido alcalde que cumplidas sus obligaciones del día del patrón se ha retirado discretamente y se ha ido de vacaciones.

 

         La alcaldesa es un personaje omnipresente cuya principal misión es asistir y figurar en cualquier acto sanferminero. Tiene que verlo todo y, sobre todo, tienen que verla en todo. Como decía aquella canción de Cecilia, si no fuera por miedo sería la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro con tal de dejar su sello. La alcaldesa no delega exactamente el señalamiento del inicio de las fiestas con el chupinazo. Sólo elige a un concejal (o a quien libérrimamente decide, sin sentirse vinculada por la tradición) para que dé los gritos de ordenanza y prenda la mecha. Pero la alcaldesa no cede ni un milímetro de protagonismo: sale al balcón, se sitúa entre los fotógrafos y el cohete para aparecer en primer plano en las fotografías, levanta el pañuelo y vitorea más fuerte que nadie. Incluso ha inventado una tradición nueva que es el brindis de inicio de fiestas aupada a un estrado para mayor lucimiento propio.

 

         Por la tarde del día seis acude en solitario al sucedáneo de Riau-Riau que montan unos jubilados, sin el lastre del resto de la corporación municipal, que a diferencia de la alcaldesa, de la Pamplonesa y de la Comparsa de gigantes y cabezudos tiene vedada la asistencia mientras la alcaldesa entienda que no se dan las condiciones de recuperación del Riau-Riau y se decida a incluirlo en el programa oficial. En la procesión vuelve a ser la estrella gracias a los pitidos y gritos en contra de una parte del público, y lo mismo sucede cuando aparece en el palco presidencial de la plaza de toros. Por cierto que si la norma para todos los presidentes del festejo era acudir de etiqueta (chaqué para ellos y traje “de roncalesa” para ellas) la alcaldesa se autoexcluyó de la misma y acude vestida como mejor le parece.

 

         En los días siguientes multiplica su asistencia a cualquier acto público o privado que se celebre. Si a lo largo del año no hay día en que falte alguna excusa para que la alcaldesa salga fotografiada en la prensa local (perdón, sí que hay tres días que da descanso a los fotógrafos y tregua a los lectores: año nuevo, sábado santo y navidad, las fechas en que no salen los periódicos), en sanfermines puede que aparezca hasta en dos o tres acontecimientos diarios. Que si el homenaje al toreo navarro, que si el día de los mayores, o que toca recibimiento a las ciudades hermanadas, o es la ofrenda infantil a San Fermín, o también le han invitado a presidir la entrega del Gallico de Oro. Más las comidas oficiales y algún paseo privado que es destacado en las crónicas de ambiente. No puede faltar a ningún suceso. Los pamploneses de nacimiento tienen el privilegio de poder detestar las fiestas (algunos huyen fuera de Pamplona en cuanto se acercan), o de despreciar algunos de los actos que las componen y limitarse a acudir a los que han convertido en tradiciones propias y personales. Los pamploneses que alcanzan tal condición ya en la edad adulta, como le sucede a la alcaldesa, padecen el furor del converso y tienen que pasar por acérrimos defensores de todos y cada uno de los elementos de la fiesta.

 

El protagonismo festivo de la alcaldesa no decae hasta que da la rueda de prensa de balance de las fiestas y asegura que no sólo han ido bien sino que han sido “un éxito” (suyo, se sobreentiende), como si cupiera la posibilidad de que fueran un fracaso. Es tal la ubicuidad sanferminera de la alcaldesa que en algún momento uno sospecha que, como decían de Franco o de Sadam Husein, en realidad el personaje no lo interpreta una sola persona sino tres o cuatro que se van turnando y dan el pego gracias a una buena caracterización.

 

 

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