AISLAMIENTO DE HERRI BATASUNA Y PACIFICACIÓN
En los últimos días y a consecuencia del cruel secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco se viene hablando mucho de aislar a los cómplices políticos de sus autores, es decir, a HB y su entorno. Dentro de la justa indignación que han provocado esos hechos, sumados a anteriores actos terroristas de ETA (un largo rosario de ochocientos muertos, incontables heridos e interminables secuestros que han desembocado en la estremecedora imagen de Ortega Lara recién liberado, con reminiscencias de Auschwitz), creo que también se ha introducido algún exceso. Recuerdo el del tertuliano radiofónico que hablando cómodamente a kilómetros del País Vasco se permitía recomendar el aislamiento total de los batasunos, esto es, negarles la palabra y el saludo, no ir ni a beber o a jugar a pelota con ellos, etc.
Que frente al amparo político que HB proporciona al terrorismo de ETA procede su aislamiento político, es evidente, siempre que ese aislamiento suponga decir a HB que las demás fuerzas políticas no van a colaborar, pactar ni realizar ninguna actividad con ellos. Y ello porque no respetan unas mínimas reglas del juego; igual que nos negaríamos a jugar al mus con alguien que hiciera trampas. Esas reglas de juego son muy sencillas: no hacer uso de la violencia y no eliminar físicamente a los rivales en la actividad política. Todas las demás fuerzas políticas aceptan ese mínimo imprescindible para vivir en una democracia. HB parece aceptar otras reglas de juego propias de etapas de barbarie predemocrática: intimidación, agresión, chantaje, asesinato.
Este aislamiento político es imprescindible para forzar a HB a respetar esas normas de convivencia o a desaparecer. Debe formularse así: cuando renunciéis, o lo que es lo mismo, cuando dejéis de justificar y amparar la violencia, jugaremos con vosotros. Mientras tanto, no estamos en el mismo juego. Este aislamiento debe asumirse y practicarse con firmeza por todas las fuerzas democráticas unidas.
Pero cosa muy distinta es el aislamiento social. Marginar a los militantes de HB y sus organizaciones satélites no es ni posible ni deseable. No es posible porque se trata de ciudadanos que tienen los mismos derechos constitucionales que los demás y cuyo respeto no puede ponerse en cuestión; y frecuentemente se trata de familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, etc., de los demás ciudadanos que, en teoría, debiéramos "aislarles". Sería absurdo pensar que un padre dejara de dirigir la palabra a su hijo porque este perteneciera a HB, o que en un grupo de amigos de toda la vida se expulsara a quien vota a HB. Este es un tipo de intolerancia política impropia de una sociedad moderna. En otras épocas era natural aislar socialmente al que era diferente. Por ir al ejemplo más crudo, en la Edad Media se hacía vivir a los judíos en guetos separados de los cristianos; los Reyes Católicos decidieron expulsarlos de sus reinos; Hitler fue más allá y decidió expulsarlos de la faz de la Tierra. Hoy esto violenta las concepciones en que se asienta la sociedad democrática, que aspira a integrar a los que son diferentes, y proscribe las diferencias de derechos por razones tales como las creencias políticas o religiosas.
Pero además de no ser posible, el aislamiento social de los violentos no es deseable y sería muy contraproducente. Como dijo el ministro del Interior, en realidad ya están bastante aislados socialmente. Ese es precisamente uno de los problemas para acabar con la violencia. Una parte de los miembros y votantes de HB viven en una realidad distinta al del resto de la sociedad, y esa diferente percepción de la realidad les hace incapaces de comprender la necesidad de salir de la violencia. Viven en pueblos o barrios dominados por quienes piensan como ellos, no hablan de política más que con los suyos, frecuentan solamente sus propios bares, pertenecen a sindicatos, asociaciones, peñas, cerradas, en las cuales no coinciden con gente de otras ideologías, aprenden euskera en ikastolas o gaueskolas de su propio ambiente, solo leen un periódico que refleja en exclusiva su visión. En estas condiciones, los llamamientos desde el exterior, la esperanza de que modifiquen sus posiciones políticas y se integren en el juego democrático son escasas. Si encima nos proponemos aumentar su aislamiento social y lo practicamos incluso con la parte de electorado de HB que no vive en ese total aislamiento, estaremos haciendo el problema irresoluble durante varias generaciones.
Si en virtud de las normas constitucionales se ofrece a cualquier delincuente la reinserción social; si en virtud del pacto de Ajuria Enea se contempla incluso la reinserción de los terroristas ¿no es contradictorio crear ahora nuevas exclusiones sociales por razón de las posiciones políticas?
El problema de la violencia no terminará simplemente con el abandono por ETA de las armas o con su desaparición o encarcelamiento de todos sus miembros; ni tampoco con la satisfacción de las responsabilidades penales y civiles de los autores de la violencia; terminará cuando se produzca la reconciliación de todas las víctimas de la violencia (entre las cuales se hallan también sus autores y sus cómplices, ya que la violencia, como Zeus con Cronos, acaba devorando a sus padres). Y eso exige desde ahora iniciar caminos de integración y no de exclusión social.
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