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timexplorers I: plebs
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TimeXplorers I: Plebs
J. Vedovelli

En la vida real nadie vive dentro de un género literario o cinematográfico determinado. Nadie tiene una vida de Novela Negra, o una Comedia permanente, o se encuentra inmerso en un mundo de Fantasía Medieval. En la vida que vivimos diariamente existen momentos de comedia, de tragedia, de novela policíaca o de “capa y espada” y este precisamente es el núcleo de TimeXplorers.
Los personajes de TXs viven una sola vida que se desarrolla en mundos y ambientes que coexisten y se entremezclan. Así, a escasos kilómetros de una aldea pleb, construida a base de troncos de madera y pieles, existen complejas instalaciones dinásticas en las que un ejército de borgs termina el corte de una placa de rubinio endurecido que formará parte del cuadro de controles de un aerodeslizador de recreo Ludus. Al mismo tiempo, a los pies de esa aldea, un grupo de thelox finaliza las obras de ampliación de una galería subterránea que servirá de almacén para la chatarra capturada a los dinásticos y que se usará en la construcción de armaduras y lanzas ceremoniales. Y, junto a ellos, algunos timexplorers provistos de cnidosomas orgánicos entrenan en el uso de estos trajes a un grupo de plebs recientemente “convertidos” a su causa mientras, a miles de kilómetros de distancia, en Nueva Rávena, uno de estos plebs experto en infiltración, se cuela en la sección de carga de una lanzadera espacial Onus con destino a una de las colonias dinásticas empeñadas en la terraformación de Marte.
Te sientes un poco desorientado… 
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¡Bienvenido, esto es TimeXplorers!
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Título: TimeXplorers I: Plebs
Autor: J. Vedovelli
Portada: Antonio Münzenmaier
Precio: 7,95 euros
Páginas: 148
ISBN: 978-84-96013-32-2
ANTICIPO DE LECTURA
Capítulos I y II

I

Sabía que estaba en medio de una ciénaga, sabía que no tardarían en alcanzarle, sabía que aún le quedaba la peor parte del camino. Lo sabía, pero no pudo evitar detenerse un instante y recobrar el aliento. 
Arriba el cielo lucía limpio y el calor del sol se dejaba sentir en el rostro del muchacho. Era un día perfecto para ir de excursión con sus amigos, o para merendar en un claro del bosque. Sin embargo, el agua oscura y hedionda que le rodeaba lo devolvía obstinadamente a una realidad de pesadilla. Sus ojos, llenos de angustia, miraban en todas direcciones en busca de una salida que lo sacara de aquella trampa, pero era tarde. La huida le había llevado tan adentro del pantano, que era más fácil continuar que volver atrás. Respiró hondo y volvió a correr sorteando en su camino macizos de plantas acuáticas y rocas que semejaban cráneos ponzoñosos con musgo y líquenes en lugar de cabellos.
Tras el intenso chapoteo, rodeado de miasmas y vapores, llegó a lo que a él le parecía la orilla. El fango cubría todo su cuerpo, e incluso algunas sanguijuelas se habían adherido a su cara, su cuello y debajo de sus ropas. En otra circunstancia esta situación hubiera sido intolerable, pero ahora todo era distinto. Aquí de nada servía ser el hijo del gobernador. Había acompañado a su padre a esa maldita aldea, un pueblucho sin importancia en un rincón de la región de Cratia; y ahora se encontraba huyendo, como aquellos conejos a los que perseguía por diversión los días de caza.
Era la primera vez que Glatior le permitía acompañarlo en una de sus salidas de inspección. Polmar ya tenía edad para hacer algo más que perseguir venados y holgazanear rezando inútilmente en las esquinas, tal y como siempre le inculcó su madre. Estaba demasiado apegado a ella y ya era hora de que asumiera las responsabilidades de su cargo. El viejo gobernador consideró que esta visita a Ilipa Minor sería un buen inicio para que su hijo y sucesor aprendiera a controlar la extracción de rubinio, a interceder en las demandas del pueblo llano y a soportar las exigencias 
y los plazos marcados desde el Templo. Nada les hacía sospechar que minutos más tarde serían víctimas de un ataque tan brutal y repentino por parte de quien, hasta ahora y como ellos, había sido uno de los instrumentos de La Fe.
Polmar resbaló cayendo de bruces sobre el fango a pocos pasos de aguas más profundas. Sus brazos se hundieron hasta el codo y multitud de salpicaduras se mezclaron con las lágrimas que recorrían su rostro. Sus ideas estaban borrosas, el juicio disperso. Necesitaba tiempo para la vuelta de su sensatez, pero no se lo daban. Ya se oía con claridad el paso firme de aquellos esbirros, el sonido de sus cotas de malla al rozar con los herrajes, el de sus dagas y espadas destinadas a segar su cuello. Si no hubo en ellos clemencia al masacrar a esas gentes, ¿la habría con él cuando, por fin, lo atraparan? Los gritos de las mujeres, la sangre de los niños, las palabras del pastor que hablaban de algo caído del cielo. Todo parecía remoto, confuso, propio de una vida ajena. Pero no, sólo habían pasado escasos momentos desde que La Legión rodeó la aldea y la aplastó. Él había encontrado una vía de escape y supo aprovecharla.
Justo en el momento en que reiniciaba la huída, Polmar sintió detenerse su corazón. Resonó en el aire un sonido agudo, como un lamento, que le recordó de pronto por qué los viejos llamaban a aquel lugar el Pantano del Olvido. Volvió a detenerse al dictado de un instinto lejano, casi un susurro, que le ordenaba permanecer quieto. Una agitación en la superficie, un burbujeo apenas audible, una masa traslúcida que emerge: era cierto, el Agua Viviente en verdad existía. Ante sus atónitos ojos surgió, de entre el lodazal, una monstruosa figura casi transparente, más parecida a babas espesas que a ningún animal conocido. El cieno resbalaba por la piel viscosa y dejaba ver sus entrañas mientras se estiraba, contrahecha, como afectada por la luz del sol. A través de su cuerpo, pudo Polmar entrever las sombras deformadas de los legionarios que lo seguían. Aquella extraña criatura se había interpuesto entre ambos. Los hombres intentaron correr, pero al moverse sólo consiguieron llamar la atención de la bestia. Se irguió aún más, estiró su cuerpo en torno a ellos y, tras cerrarse de golpe, los engulló a través de su propia piel, igual que una gota envuelve a otra en un cristal. Por un instante, antes de que la criatura volviera a ser tragada por las aguas, el muchacho vio lo que parecían manos descarnadas que asomaban por sus membranas y creyó oír el eco apagado de unos aullidos. Tras un estrépito de agua y barro, para Polmar llegó la oscuridad.
Muchas horas transcurrieron hasta que, por fin, despertó. Sintió el agudo filo de una lanza y el brutal zarandeo de unas manos firmes. Abrió los ojos. Ante sí aparecieron varias siluetas rechonchas y de largos brazos. Quiso hablar, pero un fuerte golpe en la sien lo devolvió a las tinieblas.
 

Caballos. Gritos. Fuego. ¡Padre! Huir, huir. ¡Huye! Espadas. Sangre... Caigo. Golpes. Golpes...
Bañado en sudor, Polmar recuperó el sentido. Todo era negro y sólo se oía el incesante golpeteo de gotas sobre piedra. Sentía la lengua hinchada y la boca pastosa. Su sabor, tierra y sangre. El aire era opresivo, con un malsano olor a viejo.
Sufría un dolor punzante en un pie, como si un segundo corazón latiera insistente entre sus dedos. Recostado como estaba, intentó palparlo, pero le resultó imposible moverse: una cuerda rodeaba su cuerpo impidiéndole usar las manos. Tras un breve forcejeo, vencido por la angustia y el miedo, dejó caer de nuevo su cabeza sobre aquel colchón de paja casi resignado, en espera de un destino contra el que veía inútil oponerse.
Comenzaba a cerrar sus párpados cuando, desde las profundidades de aquella oscuridad, surgió un resplandor. Tenue al principio, cálido y firme a pocos pasos de él. Ahora pudo ver con claridad la mazmorra, excavada en roca, donde estaba. Una mano recia y una cara indefinida aparecían tras la antorcha. El portador se acercó aún más y, cuando sólo le separaba de los barrotes un palmo, se iluminó adrede para descubrir su rostro simiesco.
—¿Ya ojos abres? —dijo burlón.
—No… no eres un legionario —para Polmar, la sorpresa inicial dio paso al alivio. Frente a él quizá ya no hubiera una amenaza, tal vez sólo fuera algún tipo de ser inferior al que subyugar con sus modales autoritarios, como a tantos otros desde que tenía memoria. Recordó su rango y decidió usarlo—. ¿Quién eres? ¡Te ordeno que me sueltes!
—¡Silencio! Tú no órdenes. Tú sólo perro lisiado.
Una terrible certeza estalló en la mente de Polmar, ya nada importaba su estatus, ni su origen ilustre entre el resto de los plebs, ni la falta de respeto con que aquella criatura deforme se dirigía a él. Ahora sólo un pensamiento cercaba su mente: ‘’Mi pie’’ casi gritó mientras, con esfuerzo, intentó tocárselo de nuevo.
—Esto ya no tuyo.
Aquel ser se agachó y recogió algo del suelo. Lo acercó a la llama y se deleitó con su crepitar y olor a quemado. Polmar jamás volvería a correr.
 
 

II

—Eminencia, la aldea ha sido destruida.
—¿Hay supervivientes?
—No, mi señor. Pero creo que debéis saber que entre los cadáveres encontramos al Gobernador de la Región.
—Me has servido bien. Puedes retirarte.
La indiferencia casi mecánica con que el oficial expuso el éxito de su ataque, contrastaba con el ánimo de Caesius Túmenox, Sumo Sacerdote de Cratia. Éste no podía ocultar la satisfacción en su rostro. Había sido descuidado, permitió que alguien, un despreciable pleb, descubriera uno de los secretos de La Fe, alguna manifestación prohibida del poder divino. Pero, por fin consiguió enmendar su falta: no hay supervivientes. Esta vez Los Dioses estarían complacidos.
La muerte del gobernador fue un hecho inesperado pero, sin duda, bienvenido. Su único rival por el control de Cratia era historia. Si jugaba bien sus cartas, tal vez pudiera sacar partido de ello y conseguir que sólo La Fe y no un poder civil y ateo rigiera los destinos de la región.
Las puertas de la Sala Elíptica se cerraron tras el centurión y su pequeña escolta. Cuando el resonar de sus pasos se hubo acallado por completo, Caesius hizo una señal a sus acólitos para que lo dejaran orar en soledad. Frente a él, por encima de un altar de oro y pedrería, se alzaba una representación de la Espiga Negra, único símbolo permitido de Los Dioses. El original, oculta su cima en la distancia por un perenne anillo de nubes, podía verse desde las torres del Templo y, en los días en que el sol brillaba despejado en las alturas, desde cualquier rincón de Cratia. Era tal su magnificencia y solidez, de naturaleza casi pétrea, que parecía haber sido erigido sólo por Ellos, con Sus propias manos. Nadie sabía cuál era su origen y función: tal vez una caprichosa prueba de poder, o quizá la mejor manera de manifestar Su existencia por encima de cualquier duda sobre la Verdadera Fe.
Con cierta reverencia, tomó del altar la Máscara Sagrada y la situó frente a su rostro. La madera de que estaba hecha, aún desprendía aquel olor dulce y penetrante a resina fresca. Apretó los puños, cerró los ojos y rezó. Los rayos del sol poniente iluminaban con luz rojiza el enorme recinto. Columnas de mármol veteadas por metales preciosos, sostenían la bóveda convexa que servía de techo a la Sala y daba forma al exterior del Templo. Mil y una motas de polvo jugueteaban frente a los ventanales en medio de un silencio sólo roto por la respiración de Túmenox. Nada podría perturbar la paz de aquel lugar.
Se incorporó, colocó la máscara sobre el altar, inclinó con respeto la cabeza hacia La Espiga y, apartando su manto, se volvió hacia la puerta. Era el momento de hablar con Ellos.
 

Por fin se había hecho de noche. Amanecía la luna menguante, como una sonrisa naranja, tras el enorme macizo de rocas cortadas a pico que rodeaba La Espiga. Caesius dio orden de parada. El reconfortante olor a tierra húmeda llegaba hasta el interior del carruaje. Descendió de él y se dirigió, sin escolta, a lo alto de la Colina Sagrada, una pequeña elevación en medio de los páramos que rodeaban al Templo. Allí fue donde, según la tradición, la presencia de Los Dioses fue revelada ante el que, más tarde, llegó a ser el primer Sumo Sacerdote. Desde entonces éste ha sido el lugar señalado para establecer contacto. Casi no podía recordar la primera vez que presenció el rito. Entonces acompañó a Ignatius, su maestro, hasta el valle que se oculta tras la cima. En todo este tiempo muchas fueron las visitas hechas, los emisarios enviados, las ordenes recibidas... La ascensión nunca había sido fácil. Aquellos ropajes la hacían siempre penosa y ahora se añadía el peso de los años. Encontrar un sucesor era ya ineludible. 
Abajo estaba el ara, tallada en la piedra, semioculta por la hierba. Túmenox apenas podía ver, pero no quiso usar ningún candil de los que allí había. Guardaba un doloroso recuerdo de Ignatius en forma de capón por encender una luz al llegar el Emisario. Se reclinó contra el suelo y comenzó a susurrar su plegaria. Ahora sólo quedaba esperar.
De pronto, sonó un zumbido ya familiar, como un incesante batir de alas. Caesius se puso en pie, extendió las manos en cruz y agachó la cabeza. El zumbido estaba sobre él.
—¡Oh, poderoso señor¡ —dijo con solemnidad sin apartar la mirada del suelo—, tus ordenes han sido cumplidas; mi pecado, reparado. Decid, ¿de qué otra forma puedo servir ahora a Los Dioses?
—No —replicó el Emisario con una voz entre gutural y metálica—, aún no has lavado tu mancha.
Túmenox alzó aterrado la vista. ¡Él ya había cumplido! Cayó de bruces sobre la hierba y se tapó la cara con las manos. Jamás dejó de sorprenderle la visión de aquella criatura. No tenía cabeza, solo unos extraños engranajes y un par de alas vibrantes que sobresalían de sus costados. Bajo el cuerpo, suspendido en el aire, colgaban varias patas plateadas ahora inútiles.
—¿Cómo es eso? La aldea ha sido destruida, no hubo supervivientes. Mis hombres...
—Calla —la voz de aquel ser sonó, como siempre, monocorde—. Sabemos que el Gobernador de Cratia estaba de visita en el poblado.
—Sí, mi amo —Túmenox habló atropelladamente—, yo también lo sé, hallamos su cadáver, pero no os preocupéis, era sólo un pleb, era prescindible…
—Ese no es el problema, necio. No estaba solo. Fue con su hijo Polmar. Él logró escapar.
—¿Su… su hijo?... Pero, ¿cómo...?
El Emisario hizo una pausa.
—La Fortuna nos brinda una oportunidad largamente esperada. Con Glatior muerto, tú mismo podrías asumir el gobierno de toda la región. Sólo nos queda suprimir a sus descendientes. Ahora regresa al Templo, reúnete con los Ancianos y aguarda instrucciones. Pronto enviaremos un Legado que acabe el trabajo que tú no has sabido terminar.
Túmenox apretó los dientes con determinación y rabia.
—Os juro que antes de que llegue vuestro Legado, ese joven estará en mi poder.
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