I
Sabía que estaba en medio
de una ciénaga, sabía que no tardarían en alcanzarle,
sabía que aún le quedaba la peor parte del camino. Lo sabía,
pero no pudo evitar detenerse un instante y recobrar el aliento.
Arriba el cielo lucía
limpio y el calor del sol se dejaba sentir en el rostro del muchacho. Era
un día perfecto para ir de excursión con sus amigos, o para
merendar en un claro del bosque. Sin embargo, el agua oscura y hedionda
que le rodeaba lo devolvía obstinadamente a una realidad de pesadilla.
Sus ojos, llenos de angustia, miraban en todas direcciones en busca de
una salida que lo sacara de aquella trampa, pero era tarde. La huida le
había llevado tan adentro del pantano, que era más fácil
continuar que volver atrás. Respiró hondo y volvió
a correr sorteando en su camino macizos de plantas acuáticas y rocas
que semejaban cráneos ponzoñosos con musgo y líquenes
en lugar de cabellos.
Tras el intenso chapoteo, rodeado
de miasmas y vapores, llegó a lo que a él le parecía
la orilla. El fango cubría todo su cuerpo, e incluso algunas sanguijuelas
se habían adherido a su cara, su cuello y debajo de sus ropas. En
otra circunstancia esta situación hubiera sido intolerable, pero
ahora todo era distinto. Aquí de nada servía ser el hijo
del gobernador. Había acompañado a su padre a esa maldita
aldea, un pueblucho sin importancia en un rincón de la región
de Cratia; y ahora se encontraba huyendo, como aquellos conejos a los que
perseguía por diversión los días de caza.
Era la primera vez que Glatior
le permitía acompañarlo en una de sus salidas de inspección.
Polmar ya tenía edad para hacer algo más que perseguir venados
y holgazanear rezando inútilmente en las esquinas, tal y como siempre
le inculcó su madre. Estaba demasiado apegado a ella y ya era hora
de que asumiera las responsabilidades de su cargo. El viejo gobernador
consideró que esta visita a Ilipa Minor sería un buen inicio
para que su hijo y sucesor aprendiera a controlar la extracción
de rubinio, a interceder en las demandas del pueblo llano y a soportar
las exigencias
y los plazos marcados desde
el Templo. Nada les hacía sospechar que minutos más tarde
serían víctimas de un ataque tan brutal y repentino por parte
de quien, hasta ahora y como ellos, había sido uno de los instrumentos
de La Fe.
Polmar resbaló cayendo
de bruces sobre el fango a pocos pasos de aguas más profundas. Sus
brazos se hundieron hasta el codo y multitud de salpicaduras se mezclaron
con las lágrimas que recorrían su rostro. Sus ideas estaban
borrosas, el juicio disperso. Necesitaba tiempo para la vuelta de su sensatez,
pero no se lo daban. Ya se oía con claridad el paso firme de aquellos
esbirros, el sonido de sus cotas de malla al rozar con los herrajes, el
de sus dagas y espadas destinadas a segar su cuello. Si no hubo en ellos
clemencia al masacrar a esas gentes, ¿la habría con él
cuando, por fin, lo atraparan? Los gritos de las mujeres, la sangre de
los niños, las palabras del pastor que hablaban de algo caído
del cielo. Todo parecía remoto, confuso, propio de una vida ajena.
Pero no, sólo habían pasado escasos momentos desde que La
Legión rodeó la aldea y la aplastó. Él había
encontrado una vía de escape y supo aprovecharla.
Justo en el momento en que
reiniciaba la huída, Polmar sintió detenerse su corazón.
Resonó en el aire un sonido agudo, como un lamento, que le recordó
de pronto por qué los viejos llamaban a aquel lugar el Pantano del
Olvido. Volvió a detenerse al dictado de un instinto lejano, casi
un susurro, que le ordenaba permanecer quieto. Una agitación en
la superficie, un burbujeo apenas audible, una masa traslúcida que
emerge: era cierto, el Agua Viviente en verdad existía. Ante sus
atónitos ojos surgió, de entre el lodazal, una monstruosa
figura casi transparente, más parecida a babas espesas que a ningún
animal conocido. El cieno resbalaba por la piel viscosa y dejaba ver sus
entrañas mientras se estiraba, contrahecha, como afectada por la
luz del sol. A través de su cuerpo, pudo Polmar entrever las sombras
deformadas de los legionarios que lo seguían. Aquella extraña
criatura se había interpuesto entre ambos. Los hombres intentaron
correr, pero al moverse sólo consiguieron llamar la atención
de la bestia. Se irguió aún más, estiró su
cuerpo en torno a ellos y, tras cerrarse de golpe, los engulló a
través de su propia piel, igual que una gota envuelve a otra en
un cristal. Por un instante, antes de que la criatura volviera a ser tragada
por las aguas, el muchacho vio lo que parecían manos descarnadas
que asomaban por sus membranas y creyó oír el eco apagado
de unos aullidos. Tras un estrépito de agua y barro, para Polmar
llegó la oscuridad.
Muchas horas transcurrieron
hasta que, por fin, despertó. Sintió el agudo filo de una
lanza y el brutal zarandeo de unas manos firmes. Abrió los ojos.
Ante sí aparecieron varias siluetas rechonchas y de largos brazos.
Quiso hablar, pero un fuerte golpe en la sien lo devolvió a las
tinieblas.
Caballos. Gritos. Fuego. ¡Padre!
Huir, huir. ¡Huye! Espadas. Sangre... Caigo. Golpes. Golpes...
Bañado en sudor, Polmar
recuperó el sentido. Todo era negro y sólo se oía
el incesante golpeteo de gotas sobre piedra. Sentía la lengua hinchada
y la boca pastosa. Su sabor, tierra y sangre. El aire era opresivo, con
un malsano olor a viejo.
Sufría un dolor punzante
en un pie, como si un segundo corazón latiera insistente entre sus
dedos. Recostado como estaba, intentó palparlo, pero le resultó
imposible moverse: una cuerda rodeaba su cuerpo impidiéndole usar
las manos. Tras un breve forcejeo, vencido por la angustia y el miedo,
dejó caer de nuevo su cabeza sobre aquel colchón de paja
casi resignado, en espera de un destino contra el que veía inútil
oponerse.
Comenzaba a cerrar sus párpados
cuando, desde las profundidades de aquella oscuridad, surgió un
resplandor. Tenue al principio, cálido y firme a pocos pasos de
él. Ahora pudo ver con claridad la mazmorra, excavada en roca, donde
estaba. Una mano recia y una cara indefinida aparecían tras la antorcha.
El portador se acercó aún más y, cuando sólo
le separaba de los barrotes un palmo, se iluminó adrede para descubrir
su rostro simiesco.
—¿Ya ojos abres? —dijo
burlón.
—No… no eres un legionario
—para Polmar, la sorpresa inicial dio paso al alivio. Frente a él
quizá ya no hubiera una amenaza, tal vez sólo fuera algún
tipo de ser inferior al que subyugar con sus modales autoritarios, como
a tantos otros desde que tenía memoria. Recordó su rango
y decidió usarlo—. ¿Quién eres? ¡Te ordeno que
me sueltes!
—¡Silencio! Tú
no órdenes. Tú sólo perro lisiado.
Una terrible certeza estalló
en la mente de Polmar, ya nada importaba su estatus, ni su origen ilustre
entre el resto de los plebs, ni la falta de respeto con que aquella criatura
deforme se dirigía a él. Ahora sólo un pensamiento
cercaba su mente: ‘’Mi pie’’ casi gritó mientras, con esfuerzo,
intentó tocárselo de nuevo.
—Esto ya no tuyo.
Aquel ser se agachó
y recogió algo del suelo. Lo acercó a la llama y se deleitó
con su crepitar y olor a quemado. Polmar jamás volvería a
correr.
II
—Eminencia, la aldea ha sido
destruida.
—¿Hay supervivientes?
—No, mi señor. Pero
creo que debéis saber que entre los cadáveres encontramos
al Gobernador de la Región.
—Me has servido bien. Puedes
retirarte.
La indiferencia casi mecánica
con que el oficial expuso el éxito de su ataque, contrastaba con
el ánimo de Caesius Túmenox, Sumo Sacerdote de Cratia. Éste
no podía ocultar la satisfacción en su rostro. Había
sido descuidado, permitió que alguien, un despreciable pleb, descubriera
uno de los secretos de La Fe, alguna manifestación prohibida del
poder divino. Pero, por fin consiguió enmendar su falta: no hay
supervivientes. Esta vez Los Dioses estarían complacidos.
La muerte del gobernador fue
un hecho inesperado pero, sin duda, bienvenido. Su único rival por
el control de Cratia era historia. Si jugaba bien sus cartas, tal vez pudiera
sacar partido de ello y conseguir que sólo La Fe y no un poder civil
y ateo rigiera los destinos de la región.
Las puertas de la Sala Elíptica
se cerraron tras el centurión y su pequeña escolta. Cuando
el resonar de sus pasos se hubo acallado por completo, Caesius hizo una
señal a sus acólitos para que lo dejaran orar en soledad.
Frente a él, por encima de un altar de oro y pedrería, se
alzaba una representación de la Espiga Negra, único símbolo
permitido de Los Dioses. El original, oculta su cima en la distancia por
un perenne anillo de nubes, podía verse desde las torres del Templo
y, en los días en que el sol brillaba despejado en las alturas,
desde cualquier rincón de Cratia. Era tal su magnificencia y solidez,
de naturaleza casi pétrea, que parecía haber sido erigido
sólo por Ellos, con Sus propias manos. Nadie sabía cuál
era su origen y función: tal vez una caprichosa prueba de poder,
o quizá la mejor manera de manifestar Su existencia por encima de
cualquier duda sobre la Verdadera Fe.
Con cierta reverencia, tomó
del altar la Máscara Sagrada y la situó frente a su rostro.
La madera de que estaba hecha, aún desprendía aquel olor
dulce y penetrante a resina fresca. Apretó los puños, cerró
los ojos y rezó. Los rayos del sol poniente iluminaban con luz rojiza
el enorme recinto. Columnas de mármol veteadas por metales preciosos,
sostenían la bóveda convexa que servía de techo a
la Sala y daba forma al exterior del Templo. Mil y una motas de polvo jugueteaban
frente a los ventanales en medio de un silencio sólo roto por la
respiración de Túmenox. Nada podría perturbar la paz
de aquel lugar.
Se incorporó, colocó
la máscara sobre el altar, inclinó con respeto la cabeza
hacia La Espiga y, apartando su manto, se volvió hacia la puerta.
Era el momento de hablar con Ellos.
Por fin se había hecho
de noche. Amanecía la luna menguante, como una sonrisa naranja,
tras el enorme macizo de rocas cortadas a pico que rodeaba La Espiga. Caesius
dio orden de parada. El reconfortante olor a tierra húmeda llegaba
hasta el interior del carruaje. Descendió de él y se dirigió,
sin escolta, a lo alto de la Colina Sagrada, una pequeña elevación
en medio de los páramos que rodeaban al Templo. Allí fue
donde, según la tradición, la presencia de Los Dioses fue
revelada ante el que, más tarde, llegó a ser el primer Sumo
Sacerdote. Desde entonces éste ha sido el lugar señalado
para establecer contacto. Casi no podía recordar la primera vez
que presenció el rito. Entonces acompañó a Ignatius,
su maestro, hasta el valle que se oculta tras la cima. En todo este tiempo
muchas fueron las visitas hechas, los emisarios enviados, las ordenes recibidas...
La ascensión nunca había sido fácil. Aquellos ropajes
la hacían siempre penosa y ahora se añadía el peso
de los años. Encontrar un sucesor era ya ineludible.
Abajo estaba el ara, tallada
en la piedra, semioculta por la hierba. Túmenox apenas podía
ver, pero no quiso usar ningún candil de los que allí había.
Guardaba un doloroso recuerdo de Ignatius en forma de capón por
encender una luz al llegar el Emisario. Se reclinó contra el suelo
y comenzó a susurrar su plegaria. Ahora sólo quedaba esperar.
De pronto, sonó un zumbido
ya familiar, como un incesante batir de alas. Caesius se puso en pie, extendió
las manos en cruz y agachó la cabeza. El zumbido estaba sobre él.
—¡Oh, poderoso señor¡
—dijo con solemnidad sin apartar la mirada del suelo—, tus ordenes han
sido cumplidas; mi pecado, reparado. Decid, ¿de qué otra
forma puedo servir ahora a Los Dioses?
—No —replicó el Emisario
con una voz entre gutural y metálica—, aún no has lavado
tu mancha.
Túmenox alzó
aterrado la vista. ¡Él ya había cumplido! Cayó
de bruces sobre la hierba y se tapó la cara con las manos. Jamás
dejó de sorprenderle la visión de aquella criatura. No tenía
cabeza, solo unos extraños engranajes y un par de alas vibrantes
que sobresalían de sus costados. Bajo el cuerpo, suspendido en el
aire, colgaban varias patas plateadas ahora inútiles.
—¿Cómo es eso?
La aldea ha sido destruida, no hubo supervivientes. Mis hombres...
—Calla —la voz de aquel ser
sonó, como siempre, monocorde—. Sabemos que el Gobernador de Cratia
estaba de visita en el poblado.
—Sí, mi amo —Túmenox
habló atropelladamente—, yo también lo sé, hallamos
su cadáver, pero no os preocupéis, era sólo un pleb,
era prescindible…
—Ese no es el problema, necio.
No estaba solo. Fue con su hijo Polmar. Él logró escapar.
—¿Su… su hijo?... Pero,
¿cómo...?
El Emisario hizo una pausa.
—La Fortuna nos brinda una
oportunidad largamente esperada. Con Glatior muerto, tú mismo podrías
asumir el gobierno de toda la región. Sólo nos queda suprimir
a sus descendientes. Ahora regresa al Templo, reúnete con los Ancianos
y aguarda instrucciones. Pronto enviaremos un Legado que acabe el trabajo
que tú no has sabido terminar.
Túmenox apretó
los dientes con determinación y rabia.
—Os juro que antes de que llegue
vuestro Legado, ese joven estará en mi poder.
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