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TERANESIA
Greg Egan

Teranesia, el lugar en dónde la evolución ha dejado de tener sentido. Una remota isla perdida en el archipiélago Indonesio esconde un secreto inexplicable. 
Pero para Prabir Suresh, el hijo de 9 años de los biólogos que investigan la isla es el paraíso: una isla completa para él. Para nombrar, explorar, y poblar con un maravilloso imaginario de las criaturas que superan cualquier fauna tropical. Teranesia es su reino, compartido solamente con sus padres y su pequeña hermana, Madhusree. 
El rompecabezas evolutivo de la isla de las mariposas, que trajo a su familia al sur alejado del archipiélago Indonesio, apenas toca a Prabir: su propia vida gira alrededor de las playas, la selva, y las amistades por Internet. 
Cuando la guerra civil explota en Indonesia, este paraíso se vuelve violento y peligroso. 
Veinte años después Prabir vive en Canadá junto a si hermana, pero el misterio de las mariposas sigue sin resolver, y comienzan a aparecer informes sobre nuevas especies extrañas de plantas y animales que son encontrados en la misma región, afectados por dramáticas mutaciones recientes, demasiado útiles como para ser causa de contaminación, enfermedad, cualquier otra catástrofe al azar. 
Madhusree es ahora una estudiante de biología, orgullosa del trabajo desconocido de sus padres. Sin los recuerdos del trauma de la guerra para desalentarla, decide embarcar en una expedición multinacional para investigar el nuevo fenómeno. 
Incapaz expulsar sus temores, Prabir la seguirá en secreto. Pero el recorrido entre las islas desperdigadas es difícil, y Madhusree desaparece. Con la esperanza de encontrarla, Prabir sen une a un científico independiente, Martha Grant, que ha venido buscando pistas al misterio evolutivo y cualquier ventaja comercial para su patrocinador. 
Mientras Prabir y Martha comienzan a desenredar el secreto de Teranesia, éste tendrá que enfrentarse a su pasado, y a la dolorosa realidad que ha formado su vida en los últimos veinte años. 
Una novela del autor de “El instante Aleph” y “Cuarentena” 
Premio Aurealis 2000. 

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Teranesia | Greg Egan
ISBN: 8496013065 | 279 páginas | Rústica plastificada con solapas 
12.95 €
Portada: Juan Antonio Gonzálvez
Traducción: Mª Luisa Castellanos
ANTICIPO DE LECTURA
Capítulo Uno
1

La isla era demasiado pequeña como para albergar presencia humana, y estaba demasiado lejos de las rutas marítimas habituales como para servir de punto de referencia; por tanto, la gente de las islas Kai y Tanimbar nunca había tenido ninguna razón para darle un nombre. Los gobiernos de Java y Sumatra, que habían reclamado tributo a las Islas de las Especias, podrían haber pasado por alto su existencia, y Prabir no había sido capaz de localizarla en ninguna de las cartas de navegación holandesas o portuguesas disponibles en la Red. Para las en ese momento reinantes autoridades indonesias, era un punto insignificante en el mapa de Maluku propinsi, incluida, junto con otros miles de rocas inhabitadas, por simple afán completista. Prabir se había dado cuenta de la oportunidad que tenía ante sí incluso antes de abandonar Calcuta, e inmediatamente había empezado a confeccionar una lista de posibilidades, si bien no se trataba de una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Había estado en la isla durante más de un año antes de que finalmente hubiera decidido qué nombre iba a darle.
Probó a utilizar el nombre con sus compañeros de clase y demás amistades antes de dejarlo caer en una conversación con sus padres. Su padre, al principio, había sonreído en señal de aprobación, pero luego se lo pensó dos veces.
–¿Por qué en griego? Si no vas a utilizar una lengua autóctona, ¿por qué no bengalí?
Prabir le miró, desconcertado. Los nombres sonaban vulgares si los entendías con demasiada facilidad. ¿Por qué conformarse con un pobre Big River cuando podías tener un majestuoso Río Grande? Pero, seguramente, su padre ya era consciente de aquello, y Prabir decidió seguir su ejemplo.
–Por la misma razón que tú nombraste a la mariposa en latín.
Su madre rió. –¡Ahí te ha pillado! —Y su padre se dio por vencido, lanzando a Prabir por los aires, dándole vueltas y haciéndole cosquillas. –¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Teranesia!
Pero eso había sido antes de que Madhusree naciera; por entonces, nadie había pensado aún en un nombre para ella (exceptuando el demasiado literal Bulto Accidental). Ahora, Prabir estaba en la playa, alzando a su hermana hacia el cielo, dando vueltas lentamente a la vez que canturreaba: “¡Teranesia! ¡Teranesia!”. Madhusree le miraba fijamente, más interesada en oírle pronunciar la extraña palabra que en fijarse en lo que él trataba de mostrarle. ¿Era normal ser corto de vista a los quince meses? Prabir decidió averiguarlo. La acercó a su rostro y la besó ruidosamente. Luego se tambaleó, casi perdiendo el equilibrio. Su hermana estaba creciendo en peso mucho más deprisa de lo que él estaba creciendo en fuerza. Curiosamente, sus padres se empeñaban en afirmar que no estaba creciendo fuerte en absoluto, pero ambos se negaban a levantarlo por encima de sus cabezas.
–La revolución está a punto de llegar —le dijo Prabir a Madshuree, asegurándose de que no la estaba sentando sobre conchas y coral en vez de sobre la deslumbrante arena blanca.
–¿Qué?
–Llegará un día en que podremos rediseñar nuestros cuerpos. Cuando ese día llegue, siempre tendré fuerzas para levantarte. Aun cuando tenga noventa y un años, y tú ochenta y tres.
Madhusree se rió de su charla sobre aquel futuro tan metafísicamente lejano. Prabir estaba casi seguro de que su hermanita entendía lo que era ochenta y tres, al menos tan bien como él era capaz de comprender, más o menos, lo que era diez elevado a la centésima potencia. Inclinado sobre ella, abrió y cerró las manos ocho veces y puso tres dedos ante su extrañado pero fascinado rostro. Prabir le miró a los ojos negro azabache. Decididamente, sus padres no entendían a Madhusree: no podían ver la diferencia entre lo que ella les hacía sentir y lo que era realmente. Prabir, por experiencia propia, era el único que lo entendía; después de todo, aún recordaba vagamente cómo era aquello de ser niño.
–¡Oh, cosita bonita! —canturreó.
Madhusree sonrió, cargada de intenciones.
Prabir apartó la vista de ella y volvió a mirar a la playa, adentrándose en las serenas aguas turquesas del Mar Banda. Desde allí, las olas que rompían en el arrecife parecían inofensivas, aunque él ya había dado el mareante paseo en transbordador a Tual y a Ambon las suficientes veces como para saber lo que un constante viento monzónico, por no decir una tormenta, podía desencadenar. Peor aún: Teranesia no sólo estaba a merced de la fuerza del mar abierto, sino que, además, las grandes islas que la protegían —Timor, Sulawesi, Ceram, Nueva Guinea— eran invisibles de lo lejos que estaban. Hasta la roca más cercana era imposible de ver desde la playa.
–Desde una pequeña altitud, la distancia que hay de aquí al horizonte es aproximadamente la raíz cuadrada del doble del producto de la altura a la que te encuentres sobre el nivel del mar y el radio de la Tierra. —Prabir dibujó un triángulo rectángulo con vértices en el centro de la Tierra, un punto en el horizonte, y sus propios ojos. Había trazado la función de distancia en su cuaderno de notas, y sabía de memoria dónde debían figurar determinados puntos de la curva. La playa se inclinaba vertiginosamente, con lo que sus ojos, probablemente, se encontraban a dos metros por encima del nivel del mar. Eso significaba que su vista podía abarcar hasta cinco kilómetros. Si escalaba por el volcán de Teranesia hasta alcanzar con la vista la más cercana de las periféricas Islas Tanimbar, la altitud de ese punto —que averiguaría por el sistema de navegación por satélite de su cuaderno— le permitiría calcular exactamente a qué distancia se encontraban ellos.
Pero él ya conocía la distancia por los mapas: casi ochenta kilómetros. Por tanto, podía hacer la operación a la inversa, y utilizarla para verificar la altitud a la que se encontraba; el punto más bajo desde donde podía ver la tierra podría ser de unos quinientos metros. Tendría que clavar una estaca en el suelo para marcar el lugar. Se volvió para mirar al centro de la isla. La negra cima sólo era visible si mirabas por encima de los cocoteros que bordeaban la playa. Daba la impresión de ser una larga escalada, especialmente si tenía que cargar con Madhusree la mayor parte del camino.
–¿Quieres ir con mamá?
Madhusree hizo una mueca. 
–¡No! —Nunca se cansaba de estar con mamá, pero sabía cuándo su hermano intentaba deshacerse de ella.
Prabir se encogió de hombros. Podría hacer el experimento después; no valía la pena soportar una rabieta. 
–¿Quieres ir a nadar, entonces? —Madhusree asintió entusiasmada y, ayudándose con las manos, se puso en pie. Luego empezó a correr por la orilla, tambaleándose. Prabir le dio algo de ventaja y luego fue tras ella, saltando sobre la arena y gritando. Madhusree, desdeñosa, le miró fijamente por encima del hombro; se cayó, se levantó y siguió corriendo. Prabir trazó círculos a su alrededor mientras ella trataba de alcanzar los bajíos, chapoteando. Procuró no acercarse demasiado para no salpicarle en la cara. En cuanto el agua le llegó un poco más arriba de la cintura, se zambulló y empezó a nadar, moviendo metódicamente sus brazos regordetes.
Prabir se detuvo en seco y la observó con admiración. A veces, y era imposible no fijarse en ello, se asombraba de lo mucho que tenía en común con Madhusree: las mismas dulces emociones, la misma ternura, el mismo orgullo innato que veía en los rostros de su padre y de su madre.
Suspiró con fuerza y se dejó caer hacia atrás en el agua hasta tocar el fondo, dejando que sus ojos sintieran el escozor de la sal para ver por un momento la difuminada luz del sol. Finalmente se puso en pie, feliz y completamente mojado, se sacudió el pelo para apartarlo de sus ojos y fue a reunirse con Madhusree. El agua le llegó a las costillas antes de que pudiera alcanzarla; dejó flotar su cuerpo y empezó a nadar a su lado.
–¿Estás bien?
Ella no se dignó contestar. Simplemente, frunció el ceño en respuesta a lo ofensivo de sus palabras.
–No vayas demasiado lejos. —Cuando estaban solos, Prabir tenía que cumplir con la obligación de permanecer en el agua junto a su hermana todo el tiempo necesario. Esto le resultaba un poco humillante, pero la idea de remolcar a una forcejeante y chillona Madhusree para ponerla a salvo era, sencillamente, algo sin lo que él no podía vivir.
Prabir había dejado en la orilla sus gafas de buceo, pero aún podía ver muy claramente a través del agua sin dejar de mantener la cabeza por encima de la superficie. Cuando la espuma y la turbulencia desparecían, casi podía contar los granos de arena del fondo. El arrecife quedaba todavía a unos cien metros de distancia, pero Prabir podía ver a sus pies estrellas de mar de color morado, esponjas y solitarias anémonas agarradas a fragmentos de coral. Divisó una concha cónica amarilla y marrón del tamaño de su puño, y decidió sumergirse para observarla más de cerca. En el agua todo se enturbiaba de nuevo, y casi tuvo que tocar el fondo con su cara para ver que la concha estaba habitada. Sopló, haciendo entrar burbujas en el interior del pálido molusco para asustarlo y se retiró tímidamente, caminando hacia atrás con la ayuda de sus manos. Se enderezó y notó que tenía los orificios nasales repletos de agua de mar; los vació ruidosamente y presionó la lengua contra su paladar irritado. Casi era como tener un tubo encajado bajo su nariz.
Madhusree estaba ahora a veinte metros de él. 
–¡Eh! —Trató de tranquilizarse: lo último que quería era ver a su hermana presa del pánico. Nadó tras ella con largas y lentas brazadas, alcanzándola con rapidez. –¿Quieres regresar, Maddy? —preguntó, más calmado.
Ella no respondió, pero una mueca de incertidumbre cruzó su cara, como si hubiera perdido la confianza en su habilidad de no hacer nada más que seguir nadando hacia delante. Prabir midió la profundidad de un vistazo; no había un solo punto en el que hacer pie, aun intentándolo. Y, con toda seguridad, no podría agarrarla por las buenas y vadear de vuelta a la orilla, ignorando sus gritos, sus pequeños puñetazos y sus tirones de pelo.
Nadó a su lado, tratando de guiarla al interior de una escollera y teniendo mucho más cuidado de no chocar que ella. Tal vez si se limitara a agarrarla de un brazo y le hubiera hecho dar la vuelta, haciendo de ello un juego, no se lo tomaría a mal. Siguió nadando y llegó hasta ella, sonriendo. Madhusree emitió un sonido quejumbroso, como si la estuvieran amenazando.
–Sssh. Lo siento. —Prabir comprendió a su hermana demasiado tarde; él sentía exactamente lo mismo cuando caminaba sobre un leño para cruzar un riachuelo o un bancal de tierra pantanosa, y su padre y su madre comenzaban a impacientarse y alargaban la mano para hacerle regresar. No había nada más desagradable. Pero él tendía a demorarse cuando alguien le metía prisa. Cuando estaba solo, podía hacer cualquier cosa —con naturalidad, sin pensárselo dos veces—; incluso dar marcha atrás. Que era lo que tenía que hacer Madhusree, y ella lo sabía, pero le parecía demasiado aburrido como para pensar en ello.
Prabir gritó, emocionado: 
–¡Mira! ¡Ahí, en el arrecife! ¡Es un hombre de las aguas!
Madhusree, incrédula, siguió su mirada.
–Allí, todo recto. Donde se rompen las olas. —Prabir imaginó una figura surgiendo de entre la espuma, robándole el agua a las crestas de las olas. –Ahí están su cabeza y sus hombros; el resto no tardará en aparecer. ¡Mira, está sacando los brazos! —Prabir imaginó extremidades húmedas y traslúcidas y puños cerrados surgiendo del agua. Susurró: –A éste ya lo había visto antes, desde la playa. Robé una de sus conchas. Pensé que me había librado de él... pero ya sabes cómo son. Si coges algo suyo, no paran hasta encontrarte.
Madhusree le miró, perpleja. Prabir exclamó: 
–No puedo devolvérsela. No la tengo aquí, está en mi cabaña.
Por un momento, Madhusree estuvo a punto de decir que no había problema, que Prabir sólo tendría que prometerle le que devolvería la concha más tarde, pero cambió de idea: seguramente, debió pensar que una criatura como ésa no sería tan paciente y confiada.
Su rostro palideció. Prabir se había metido en un buen lío.
El hombre de las aguas bajó los brazos y se impulsó hacia la superficie, forzando a las demás partes de su cuerpo a salir a la luz. Soltó un bramido por el dolor que aquello le causaba, mostrando su reluciente dentadura.
Prabir empezó a nadar en círculo, aparentando ser presa del pánico. 
–Tengo que escapar antes de que consiga sacar las piernas. Una vez ves a un hombre de las aguas corriendo hacia ti, ya es demasiado tarde para hacer nada. Nadie ha vivido para contarlo. ¿Me guiarás de vuelta a la orilla? Muéstrame como llegar allí. No puedo pensar. No puedo moverme. Estoy demasiado asustado.
Para entonces, Prabir se había metido tanto en su papel que le castañeteaban los dientes. Tan sólo esperaba no haber llegado demasiado lejos; Madhusree podía dibujar dolorosos surcos en la piel de su hermano sin el menor escrúpulo, ignorando sus gritos de protesta, pero también romper en inconsolable llanto cuando algo le afligía.
Con calma, miró fijamente al hombre de las aguas, calculando los riesgos. Había estado pedaleando en el agua desde que la criatura apareció, y se había dejado llevar por la corriente para encararla de lado. En ese momento, se puso de cara a la orilla y comenzó a nadar, olvidando todas las dificultades.
Era difícil fingir tener miedo sin adelantarse a ella cuando sus brazos estaban a un cuarto de ser tan largos como los de su hermano. Prabir miró por encima de su hombro y gritó: 
–¡Más rápido, Maddy! ¡Ya le veo las costillas! —El hombre de las aguas les observaba con furia, manteniendo, como en una improvisada parodia, su postura de corredor de fondo. Siguió sacando su cuerpo a la superficie mientras se balanceaba de un lado a otro sobre la punta de sus dedos. Prabir vio cómo la criatura inspiraba profundamente, haciendo correr el agua de sus pulmones por su piel cristalina, preparándose a sí mismo para entrar en el mundo donde se respiraba aire.
Madhusree empezó a nadar a braza, que era el estilo que adoptaba cuando estaba cansada. Prabir sospechó que no tardaría en volver a donde se hacía pie; decidió dejarla hacer hasta que fuera estrictamente necesaria su ayuda. 
–Haz así: respira despacio y mantén los dedos juntos, ¿de acuerdo? —Madhusree lo atravesó con una mirada de “no me trates con aire paternalista” y arañó el agua con más fuerza hasta que decidió aceptar su consejo y administrar mejor su energía.
Prabir se paró en seco y se volvió para examinar a su ficticio perseguidor. La última parte era siempre la más difícil; resultaba incómodo tratar de mantenerse erguido y arrastrar las piernas por el fondo al mismo tiempo. Prabir cerró los ojos y se imaginó a sí mismo como el hombre de las aguas. Agachado, con los brazos golpeando las olas, tensó el cuerpo hasta que sus músculos empezaron a exudar salitre. Finalmente, sus esfuerzos se vieron recompensados: sintió el aire cálido recorrer la parte trasera de sus rodillas y sus pantorrillas. Dejó que su pie derecho flotara por su cuenta; la planta descansaba ligeramente sobre la superficie, sintiendo el cosquilleo del agua rizada, como si la más pequeña cresta de ola fuera una brizna de hierba.
Abrió los ojos. El hombre de las aguas empezó a levantarse, listo para saltar hacia delante en cuanto consiguiera liberar su pie.
Prabir gritó y empezó a nadar en dirección a Madhusree: la persecución había comenzado. No se atrevió a mirar atrás; una vez veías correr a un hombre de las aguas, sabías que estabas perdido.
La violencia de sus brazadas hizo perder el ritmo a Madhusree, quien empezó a manotear desesperadamente. Prabir llegó junto a ella, a tiempo de evitar que su cabeza terminara de hundirse bajo la superficie; la rodeó con sus brazos y, meciéndola contra su pecho, consiguió tocar el fondo con sus pies.
Echaron a correr en el agua, como en una pesadilla filmada a cámara lenta. Prabir empujó su infatigable cuerpo hacia delante y caminó sobre un lecho de algas marrones, estremeciéndose a cada paso: no era que las briznas estuvieran afiladas o pegajosas, pero siempre tenía la sensación de que había algo escondiéndose entre ellas, dispuesto a atacar a cualquier intruso. Madhusree se aferró a él sin quejarse y miró hacia atrás, paralizada por el miedo. Prabir empezó a cansarse. Siempre podría explicarle que el juego había acabado, que nadie les estaba persiguiendo, que todo había sido inventado. En sus brazos, Madhusree era una pasajera inmune a las reglas, pero si Prabir se daba la vuelta y dejaba pasar el tiempo, el simple hecho de seguir con vida al cabo de un rato haría comprender a Madhusree que, sin lugar a dudas, el hombre de las aguas nunca había existido.
Pero él no quería echar a perder el juego por ella.
Sus piernas parecían haberse vuelto de goma cuando alcanzó la playa, pero hizo un último esfuerzo y dio una docena más de pasos; en tierra seca todo era más fácil. Se agachó y puso en el suelo a Madhusree, se sentó en dirección al mar y bajó la cabeza para ayudarse a recuperar el aliento.
El repentino final de su aventura le había provocado un mareo, y unas oscuras imágenes distorsionaban su visión; con toda seguridad, terminaría viendo una imagen borrosa, a un paso más allá de la orilla, brillando en la arena tostada por el sol y evaporándose ante sus ojos.
Madhusree, con lentitud, dijo: 
–Quiero ir con mamá.

A Prabir no le estaba permitida la entrada en la cabaña de las mariposas. Al no hacerle efecto la vacuna contra la malaria, llevaba una píldora insertada bajo la piel del brazo que le hacía exudar una loción contra los mosquitos. El olor de esta sustancia, probablemente, no mataría a las mariposas, pero sí podría afectar a su comportamiento, y cualquier riesgo serio de contaminación podía ser suficiente para echar por tierra todas las investigaciones de sus padres.
Puso a Madhusree a unos pocos metros de la puerta, y ella comenzó a caminar desgarbadamente en dirección al lugar de donde venía la voz de su madre. Prabir notó que la voz subía de tono. 
–¿Dónde has estado, cariño? ¿Dónde has estado? —Madhusree empezó a pronunciar un incoherente monólogo sobre el hombre de las aguas. Prabir aguzó su oído lo suficiente como para comprobar que no estaba siendo calumniado; después se fue y se sentó en un banco del porche de su cabaña. A media mañana hacía un calor insoportable en la playa, pero normalmente la mayor parte del kampung permanecía a la sombra hasta mediodía. Prabir aún podía recordar el día que llegaron, hace casi tres años, con media docena de trabajadores de Kai Besar que ayudaron a despejar la vegetación y a montar las cabañas prefabricadas. Todavía no estaba seguro de si aquellos hombres habían estado bromeando cuando usaban una palabra que significaba “pueblo”para referirse a los seis edificios dispuestos en círculo de que constaba el kampung, pero de todos modos el término acabó por generalizarse.
Un ruido que le era familiar llegó desde los alrededores del poblado: una pareja de dúculas se acababa de posar sobre la rama de un nogal. El tamaño de aquellos pájaros blancoazulados era mayor que el de los pollos y, aunque parecían algo más aerodinámicos en su diseño, a Prabir todavía le parecía increíble que pudieran volar. Una de ellas alargó su boca cómicamente extensible hacia una nuez moscada del tamaño de un pequeño albaricoque; la otra la observó, embobada, arrullando y parloteando; después se fue a buscar comida para sí.
Prabir había estado planeando poner en práctica su método para medir la altitud en cuanto se librara de Madhusree; sin embargo, mientras volvía de la playa se había dado cuenta de que habían algunos inconvenientes. Para empezar, no estaba muy seguro de poder distinguir la playa de una isla lejana de un trozo de acantilado, o de montaña tierra adentro lo bastante alta como para ser visible en el horizonte. A lo mejor, si pudiera persuadir a su padre de que le prestara los prismáticos sería capaz de ver la diferencia, pero también había otro y más serio problema: la refracción provocada por la variación de temperatura atmosférica —el mismo efecto que hace que el sol parezca más grande a medida que alcanza la línea del horizonte— podría desviar la luz que él trataba de utilizar como uno de los lados de un triángulo pitagórico. Por supuesto, alguien ya habría descubierto tiempo antes una forma de resolver este problema, y no sería difícil saber qué cálculos debían hacerse, ni realizarlos en su cuaderno; pero, aun pudiendo encontrar todos los datos sobre temperatura que necesitara —un esquema meteorológico de la región o una termografía hecha por satélite—, no podría comprender plenamente lo que estaba haciendo: simplemente, estaría dando palos de ciego.
En ese momento, Prabir oyó decir su nombre en un murmullo proveniente de la cabaña de las mariposas; no de los labios de Madhusree, quien apenas podía pronunciarlo, sino de los de su padre. Trató de descifrar las palabras que seguían, pero la cháchara de los pájaros no le dejaba oír. Examinó el suelo en busca de algo que arrojarles, pero decidió que cualquier intento de alejarlos se convertiría en un proceso largo y aún más ruidoso, así que se puso de pie, rodeó de puntillas la cabaña hasta llegar a la parte de atrás y pegó la oreja a la fibra de vidrio.
–¿Cómo va a arreglárselas cuando tenga que ir de vuelta a la India a una escuela normal, seis horas al día en un aula real, cuando apenas ha aprendido a permanecer sentado cinco minutos? Cuanto antes se acostumbre, mejor soportará el golpe. Si esperamos a haber terminado aquí, él se quedará en la isla hasta cumplir... ¿cuántos? ¿Once, doce años? ¡Estará fuera de control! —Prabir podría haber asegurado que su padre llevaba un buen rato hablando. Siempre empezaba las discusiones sosegadamente, como si le fuera indiferente el tema a discutir. Pasaron varios minutos hasta que el nivel de exasperación aumentó hasta apoderarse de su voz.
Su madre emitió su carcajada de “mira quién fue a hablar”. 
–¡Tú tenías once años la primera vez que te sentaste en un aula!
–Sí, y ya fue bastante duro. Además, al menos, yo había estado relacionándome con otros seres humanos. ¿Acaso crees que la comunicación por satélite es la mejor forma de hacer vida social?
Hubo un silencio, tan largo que Prabir se empezó a preguntar si su madre estaría hablando demasiado bajo como para que pudiera oírla. Después, le oyó decir con voz lastimosa: 
–Entonces, ¿adónde? Calcuta está demasiado lejos, Rajendra. Apenas podríamos ir a verle.
–Está a tres horas en avión.
–¡Desde Jakarta!
Su padre respondió, muy razonablemente: 
–¿De qué otra forma debería medir esa distancia? ¡Si le añades el tiempo que se tarda en viajar desde aquí, te darás cuenta de que cualquier lugar de la Tierra quedará demasiado lejos!
Prabir empezó a sentir una extraña mezcla de nostalgia y miedo. Calcuta. La población y el tráfico de Ambon multiplicado por cincuenta, abriéndose paso en un espacio de tierra cinco veces mayor. Aun si pudiera acostumbrarse a la multitud, la idea de estar “en casa” sin sus padres y Madhusree parecía peor que ser abandonado en cualquier otro lugar, tan surrealista y perturbador como despertarse una mañana para encontrarse con que todos ellos, simplemente, han desaparecido.
–Bueno, Jakarta es otra cuestión. —No hubo réplica; tal vez ya habían llegado a un acuerdo. Ya habían discutido esto antes: a lo largo de toda Indonesia, la violencia continuaba manifestándose en contra de la “clase comerciante” china y, aunque la minoría india era en comparación invisible e insignificante, sus padres parecían creer que correría el riesgo de recibir una paliza cada vez que tuviera lugar una subida de precios. A Prabir le costaba creer que algo así le podía ocurrir, pero la visión de niños uniformados, dando el paso de la oca y cantando canciones patrióticas en excursiones por los alrededores de Ambon le hacía dar gracias a los dioses por todo lo que lo mantuviera lejos de las escuelas indonesias.
Su padre adoptó un tono conciliador. 
–¿Y qué hay de Darwin? —Prabir recordaba Darwin perfectamente; habían pasado dos meses allí cuando Madhusree nació. Era una ciudad limpia, tranquila y próspera y, ya que su inglés era mucho mejor que su indonesio, le sería más fácil relacionarse con la gente de allí que en Ambon. A pesar de todo, no le gustaba aquella idea.
–Tal vez. —Se hizo un nuevo silencio y, de repente, su madre dijo, entusiasmada: –¿Qué hay de Toronto? ¡Podríamos mandarlo a vivir con mi prima!
–Tú no sabes lo que dices. Esa mujer está trastornada.
–¡Oh, no, ella es más inofensiva de lo que crees! Y no estoy sugiriendo que pongamos su educación en sus manos; simplemente, llegaríamos a un acuerdo para la comida y el alojamiento. Así, al menos, no tendría que vivir en un dormitorio lleno de extraños.
Su padre balbuceó: 
–¡Nunca la ha conocido!
–Amita todavía forma parte de mi familia. Y ya que es la única de mis parientes que sigue hablándose conmigo...
La conversación se desvió bruscamente hacia el tema de los padres de su madre. Prabir ya había escuchado todo esto antes, así que, unos pocos minutos después, se internó en el bosque.
Tenía que encontrar una manera de plantear el problema y poner en orden sus pensamientos, sin desvelar el hecho de que les había estado escuchando detrás de la puerta. Y tendría que hacerlo cuanto antes: la capacidad de sus padres para convencerse a sí mismos de que estaban actuando por su bien era casi ilimitada y, una vez la pusieran en práctica, sería inútil pararlos. Era como una religión ad hoc: la Iglesia del Todo Lo Hacemos Por Tu Bien. Y, posiblemente, como ellos eran los autores de los Mandamientos Sagrados, podrían alegar en su defensa que no había otra opción que acatarlos.
–Traidores —murmuró. La isla era suya; ellos estaban aquí sólo porque él lo toleraba. Si se iba, no sobrevivirían ni una semana en el lugar; las fieras los devorarían. Madhusree podría tratar de protegerlos, por supuesto, pero nunca se podía estar seguro de qué parte estaba ella. Prabir se imaginó a la tripulación de un ferry o de un barco de abastecimiento avanzando cautelosamente hacia el kampung, intentando saber por qué la reunión nunca llegó a producirse y por qué nadie contestaba a las llamadas de radio de los últimos días, para no encontrar a nadie más que a Madhusree, deambulando de un lado a otro con una hipócrita sonrisa en la cara, rodeada de cacerolas sucias con restos de mariposas fritas, aderezadas con una misteriosa carne de dulce olor...
Prabir se dedicó a caminar pesadamente, mascullando maldiciones en silencio mientras reparaba, gradualmente, en que la pendiente se hacía cada vez más pronunciada y en las oscuras rocas que asomaban entre la tierra. Casi sin darse cuenta, tomó el sendero que conducía al centro de la isla. Al contrario que el camino que había de la playa al poblado —obra de los trabajadores de Kai y de cuyo mantenimiento se debía encargar Prabir—, no podía ser producto de otra cosa más que de la casualidad, los afloramientos de roca y el comportamiento natural de los árboles y los helechos.
No era precisamente fácil abrirse camino por la pendiente, pero el bosque lo protegía, y el sudor que le goteaba por los codos o corría por sus piernas le refrescaba. Las lagartijas de cola azul se apartaban rápidamente de su camino, sin apenas darle tiempo a verlas; también había escarabajos a rayas moradas tan grandes como su pulgar zigzagueando sobre un tronco caído, y enormes hormigas negras por todas partes. Afortunadamente, el olor de Prabir era tan repelente a las hormigas como el de los escarabajos rayados lo era a Prabir, o habría terminado cubierto de mordiscos en pocos minutos. Caminaba sobre la tierra descubierta allá donde pudiera encontrarla, pero cuando no podía prefería ir sobre la maleza, ya que ésta era más indulgente con las plantas de sus pies que la roca volcánica. El suelo estaba cubierto de pequeñas flores azules, enredaderas verde oliva y helechos bajos de ramas caídas; algunas de las plantas eran extremadamente resistentes, pero en muy pocos casos espinosas. Algo de lo más lógico, ya que no eran comestibles en absoluto.
El terreno era cada vez más empinado y rocoso, y la vegetación cada vez menos densa, y más seca y tosca. Los rayos del sol llegaban al suelo con mayor facilidad; Prabir deseó haber traído un sombrero para protegerse la cara. Y puede que hasta unos zapatos: la mayor parte de las oscuras rocas eran más o menos romas, pero algunas estaban peligrosamente afiladas.
Los árboles desaparecieron. Trepó por la desnuda pendiente de obsidiana del volcán. Los pocos minutos que había estado en el claro le habían secado la piel; podía sentir en sus antebrazos la presencia de unas minúsculas gotas de sudor, demasiado pequeñas para ser visibles y que se evaporaban rápidamente. La tela de sus pantalones cortos, que en el bosque se habían empapado por la transpiración, estaba tiesa como el cartón y despedía un curioso olor a lavandería. Se había echado crema protectora antes de ir a la playa con Madhusree; esperaba no haber perdido mucho de ella en el agua. La verdad, deberían haberle añadido algún absorbente de UV a su píldora para los mosquitos, y así no tendría que aplicarse la sustancia sobre la piel.
La revolución está a punto de llegar.
El cielo estaba completamente blanco. Mirar al sol era como mirar el interior de un horno; cerrar los ojos era inútil, y tenía que tapárselos con las manos. No importaba: por fin se encontraba a una altura suficiente para ver más allá de los árboles más altos. Prabir emitió un desmayado grito de entusiasmo. El mar se extendía a sus pies como si lo contemplara desde un avión. No alcanzaba a ver la playa, pero sí los acantilados, los arrecifes y, más allá, las aguas profundas.
Nunca antes había escalado hasta alcanzar tal altura. Y, a pesar de que los miembros de su familia no habían sido los primeros en poner un pie en la isla, sin lugar a dudas, ningún náufrago se habría molestado en subir hasta la cumbre para admirar el paisaje. ¿Acaso no hubiera preferido quedarse abajo, en el bosque, construyendo un nuevo bote?
Prabir oteó el horizonte. Si se protegía bien los ojos del deslumbrante sol, la frente le sudaría lo suficiente como para empaparle las cejas y dificultarle la visión. Se enjugó los ojos con su pañuelo, recordando, demasiado tarde, que tenía restos de agua de mar y había absorbido todo el sudor que podía generar una hora en el bosque; el resultado fue similar a haberse frotado los párpados con sal. Indignado consigo mismo, parpadeó hasta que los ojos le lagrimearon y siguió oteando, ignorando el dolor, hasta que se convenció de que no había tierra a la vista.
Subió un poco más por la pared del volcán.
Llegar a la cumbre ya era algo que estaba más allá de sus posibilidades; aunque hubiera traído agua y zapatos, habría seguido teniendo una cuesta demasiado empinada ante él. Basándose en los datos geológicos de las imágenes por satélite más recientes, su madre había estimado que el volcán había permanecido inactivo durante, al menos, unos miles de años, pero Prabir había decidido que la lava estaba circulando justo por debajo de la superficie del cráter, esperando liberarse. Allí arriba, probablemente, habría águilas de fuego picoteando la fina corteza en busca de roca líquida. Incluso podrían haber descendido en picado sobre él mientras escalaba, ya que brillaban con tal intensidad que no hacían sombra.
Cada cinco minutos, se detenía y volvía a otear. ¿Por qué no se le habría ocurrido aprovechar sus viajes en ferry para buscar otras islas? La línea del horizonte estaba tan borrosa que temió ser engañado por un banco de nubes. Una tormenta se acercaba a la isla. Se hizo un corte en su pie derecho; no fue muy doloroso, pero evitó examinárselo por temor a que la visión de la herida le quitase las ganas de seguir con su expedición. Las plantas de sus pies eran lo suficientemente gruesas como para soportar el calor de la roca; por desgracia, en aquel terreno no podía darse el lujo de sentarse a descansar, y mucho menos de mantener el equilibrio sobre las palmas de sus manos.
Finalmente apareció una mancha de un impreciso color gris en el cielo. Prabir se limitó a sonreír y a cerrar los ojos. No disponía de la energía suficiente como para sentirse un triunfador, y mucho menos para entregarse a cualquier manifestación de victoria personal. Se dejó abanicar por el ya infernal calor, admitiendo que, efectivamente, había cometido una estupidez al no haber viajado hasta allí mejor pertrechado; aun así, estaba descaradamente encantado de haberlo hecho. Encontró una roca de bordes afilados y dibujó una línea donde más o menos había aparecido la isla lejana por primera vez.
No pudo escribir la altitud a que se encontraba; posiblemente, no sería muy diferente de los quinientos metros que él había calculado a ojo, pero de todos modos tendría que volver allí con su cuaderno para comprobar el resultado con el GPS. Luego podría hacer los cálculos de nuevo para averiguar los efectos de la refracción.
Dejar una simple línea, sin embargo, no era suficiente. Ninguna de las marcas naturales de la roca se parecía a la suya, pero tampoco era precisamente llamativa. Tendría que desafiar a la buena suerte para encontrarla de nuevo. Tallar sus iniciales parecía infantil, así que prefirió grabar en el suelo la fecha: “10 diciembre 2012”.
Regresó al bosque, lleno de felicidad; deslizándose y cortándose las manos con las rocas por segunda vez, pero no importaba. Prabir se sintió mejor a medida que las primeras y mayores gotas de lluvia mojaban las rocas que había a su alrededor y los deslumbrantes collares de luz blanca atravesaban las nubes. Las águilas de fuego se elevaron por encima de la tormenta mientras ésta pintaba el cielo de un gris uniforme.
Inclinó hacia atrás la cabeza y bebió de la lluvia, susurrando: 
–Teranesia. Teranesia.

Prabir regresó al kampung alrededor de las tres. Nadie le había echado de menos; cuando no había clase, iba a donde le apetecía, y siempre podía usar su reloj en caso de necesitar ayuda. Estaba exhausto, y sentía algo de náuseas; fue directamente a su cabaña y se dejó caer sobre la hamaca.
Su padre, de pie junto a la hamaca a la luz grisácea del crepúsculo, lo despertó pronunciando suavemente su nombre. Prabir se levantó, extrañado; se suponía que ayudaría a preparar la cena, pero, a juzgar por el olor, ya debía estar lista. ¿Por qué le habían dejado dormir hasta tan tarde?
Su padre le puso una mano en la frente. 
–Estás un poco caliente. ¿Cómo te encuentras?
–Estoy bien, baba. —Prabir cerró los puños a fin de esconder las heridas de las palmas de sus manos; no eran serias, pero no quería tener que explicar cómo se las hizo; o mentir, si podía evitarlo. Había un aire sospechosamente solemne en el rostro de su padre. ¿Habría tomado la decisión de mandarlo a un internado y venía a comunicárselo?
Dijo: 
–Ha habido un golpe de estado en Jakarta. Ambon ha sido puesta bajo la ley marcial. —Su tono era deliberadamente neutral, como si estuviera contando algo de poca importancia. –No he conseguido contactar con Tual; por tanto, no puedo saber con seguridad qué estará pasando allí. Lo que sí es seguro es que no podremos conseguir provisiones durante un tiempo, así que vamos a plantar un pequeño jardín. Y necesitaremos tu ayuda para cuidarlo. ¿Lo harás?
–Sí. —Prabir examinó la cara de su padre a media luz, preguntándose si de verdad esperaba que su hijo no querría saber más sobre el asunto. –Pero, ¿qué ha pasado en Jakarta?
Su padre emitió un sonido de fatiga y disgusto. 
–El Ministro del Interior se ha nombrado a sí mismo “líder provisional de emergencia”, y cuenta con el apoyo del ejército. El Presidente está bajo arresto domiciliario. Las sesiones de la MPR han sido suspendidas; alrededor de un millar de personas se han echado a la calle. Las fuerzas de seguridad las han dejado en paz hasta ahora, lo que ya es algo. —Se acarició el bigote, inquieto; luego añadió, de mala gana: –Pero hubo una gran marcha de protesta en Ambon cuando las noticias salieron a la luz. La policía trató de pararla. Alguien recibió un disparo, y la multitud empezó a arrojar cosas a edificios del gobierno. Cuarenta y seis personas murieron, según el Servicio Mundial.
Prabir se quedó helado. 
–Eso es terrible.
–Lo es. Y mucha gente se lo tomará como una declaración de guerra. Sólo ahora puede incrementarse el apoyo a ABRMS.
La mente de Prabir se puso rápidamente en marcha. 
–¿Crees que empezarán a hundir los ferrys?
Su padre hizo una mueca. 
–¡No, no! No es tan grave. ¡No empieces a pensar así! —Puso una mano en el hombro de Prabir y lo frotó con gesto tranquilizador. –Pero la gente se pondrá nerviosa —suspiró—. Ya sabes que, cada vez que queremos salir y coger el ferry, tenemos que pagar al capitán para que nos recoja... Estamos bastante lejos de la ruta Saumlaki-Tual, y ese dinero, normalmente, compensa el gasto extra de carburante y las molestias; y también suele quedar un poco para los miembros de la tripulación.
Prabir asintió, aunque, de hecho, nunca antes se había dado cuenta de que estaban pagando sobornos por un favor, más que pagando por un servicio legítimo.
–Pues, eso podría ser difícil a partir de ahora. Nadie va a querer hacer paradas no programadas en medio de ninguna parte. Pero, no pasa nada; podremos valernos por nosotros mismos el tiempo que haga falta. Y, probablemente, será mejor que seamos discretos. Nadie nos molestará mientras nos mantengamos fuera de su camino.
Prabir asimiló estas últimas palabras en silencio.
Su padre señaló la puerta con un gesto de su cabeza. 
–Venga, será mejor que te vayas a lavar. Y no le cuentes a tu madre que te he asustado.
–No lo has hecho —Prabir bajó de la hamaca de un salto—. Pero, ¿desde dónde se maneja todo esto?
–¿Qué quieres decir?
Prabir titubeó. 
–Aceh, Kalimantan, Irian Jaya. Esta isla. —Desde hace años, cuando escuchaban juntos las noticias, su padre solía contarle algo de la historia de la región, y Prabir había empezado a informarse por su cuenta en la Red. Irian Jaya y las Molucas habían sido anexionadas por Indonesia cuando los holandeses se retiraron a mediados del siglo pasado; ambas provincias eran cristianas, en cierto modo, y ambas tenían movimientos separatistas decididos a conseguir la independencia para Timor del Este. Aceh, en el extremo noroeste de Sumatra, era un caso completamente diferente —los musulmanes separatistas consideraban que su gobierno era demasiado laico—; Kalimantan, con su larga y complicada historia de migraciones y conquistas, también lo era. El Gobierno de Jakarta había intentado tranquilizar los ánimos refiriéndose a la “autonomía limitada” que correspondía a estas provincias, pero el Ministro del Interior había aparecido en las primeras páginas de los periódicos por culpa de cierto comentario sobre la necesidad de “eliminar a los separatistas”. El Presidente le había aconsejado que moderara su lenguaje, pero, al parecer, el ejército había decidido que era precisamente ése el tipo de actitud que preferían.
Su padre se puso en cuclillas a su lado, y bajó el tono de su voz. 
–¿Quieres saber lo que pienso?
–Sí. —Prabir estuvo a punto de preguntarle por qué hablaban tan bajo, pero él ya sabía por qué. Quedarían atrapados en aquella isla en un futuro previsible, y a él le tendrían que dar algunas razones por las cuales aquello era así, pero su padre sabía bien que, ante todo, no debía arriesgarse a asustar a su hijo.
–Creo que el Imperio Javanés tiene los días contados. Y, tal y como hicieron los holandeses, los portugueses y los británicos, finalmente van a tener que aprender a vivir dentro de sus propias fronteras. Pero eso no será fácil. Hay demasiado en juego: petróleo, industria pesquera, maderería... Aun cuando el Gobierno estuviera dispuesto a dejar tranquilas a las provincias más sediciosas, alguna gente seguiría haciendo grandes fortunas a base de concesiones que se remontan a la era Suharto. Y entre esa gente hay un montón de generales.
–¿Crees que habrá una guerra? —Al tiempo que pronunciaba estas palabras, Prabir sintió que se le helaba el estómago, como cuando veía frente a él una serpiente pitón en una rama. No tanto porque temiera por su propia seguridad, como porque le horrorizaba pensar en las muertes que no había visto y que la mera existencia de aquella criatura implicaba.
Su padre, con cautela, dijo: 
–Creo que se producirán cambios. Y que serán profundos.
De repente, tomó a Prabir entre sus brazos, y lo levantó justo por encima de su cabeza. 
–¡Uh, pesas demasiado! —bromeó—. ¡Vas a aplastarme! —En parte, hablaba en serio: Prabir podía sentir cómo le temblaban los brazos del esfuerzo. Salió de espaldas de la cabaña, agachándose para que los dos cupieran por la puerta, y empezó a dar vueltas lentamente por todo el kampung, llevando consigo a un Prabir sonriente bajo las hojas de palma y las estrellas que en aquel momento se estaban despertando.