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La isla era demasiado pequeña
como para albergar presencia humana, y estaba demasiado lejos de las rutas
marítimas habituales como para servir de punto de referencia; por
tanto, la gente de las islas Kai y Tanimbar nunca había tenido ninguna
razón para darle un nombre. Los gobiernos de Java y Sumatra, que
habían reclamado tributo a las Islas de las Especias, podrían
haber pasado por alto su existencia, y Prabir no había sido capaz
de localizarla en ninguna de las cartas de navegación holandesas
o portuguesas disponibles en la Red. Para las en ese momento reinantes
autoridades indonesias, era un punto insignificante en el mapa de Maluku
propinsi, incluida, junto con otros miles de rocas inhabitadas, por simple
afán completista. Prabir se había dado cuenta de la oportunidad
que
tenía ante sí incluso antes de abandonar Calcuta, e inmediatamente
había empezado a confeccionar una lista de posibilidades, si bien
no se trataba de una decisión que se pudiera tomar a la ligera.
Había estado en la isla durante más de un año antes
de que finalmente hubiera decidido qué nombre iba a darle.
Probó a utilizar el
nombre con sus compañeros de clase y demás amistades antes
de dejarlo caer en una conversación con sus padres. Su padre, al
principio, había sonreído en señal de aprobación,
pero luego se lo pensó dos veces.
–¿Por qué en
griego? Si no vas a utilizar una lengua autóctona, ¿por qué
no bengalí?
Prabir le miró, desconcertado.
Los nombres sonaban vulgares si los entendías con demasiada facilidad.
¿Por qué conformarse con un pobre Big River cuando podías
tener un majestuoso Río Grande? Pero, seguramente, su padre ya era
consciente de aquello, y Prabir decidió seguir su ejemplo.
–Por la misma razón
que tú nombraste a la mariposa en latín.
Su madre rió. –¡Ahí
te ha pillado! —Y su padre se dio por vencido, lanzando a Prabir por los
aires, dándole vueltas y haciéndole cosquillas. –¡De
acuerdo, de acuerdo! ¡Teranesia!
Pero eso había sido
antes de que Madhusree naciera; por entonces, nadie había pensado
aún en un nombre para ella (exceptuando el demasiado literal Bulto
Accidental). Ahora, Prabir estaba en la playa, alzando a su hermana hacia
el cielo, dando vueltas lentamente a la vez que canturreaba: “¡Teranesia!
¡Teranesia!”. Madhusree le miraba fijamente, más interesada
en oírle pronunciar la extraña palabra que en fijarse en
lo que él trataba de mostrarle. ¿Era normal ser corto de
vista a los quince meses? Prabir decidió averiguarlo. La acercó
a su rostro y la besó ruidosamente. Luego se tambaleó, casi
perdiendo el equilibrio. Su hermana estaba creciendo en peso mucho más
deprisa de lo que él estaba creciendo en fuerza. Curiosamente, sus
padres se empeñaban en afirmar que no estaba creciendo fuerte en
absoluto, pero ambos se negaban a levantarlo por encima de sus cabezas.
–La revolución está
a punto de llegar —le dijo Prabir a Madshuree, asegurándose de que
no la estaba sentando sobre conchas y coral en vez de sobre la deslumbrante
arena blanca.
–¿Qué?
–Llegará un día
en que podremos rediseñar nuestros cuerpos. Cuando ese día
llegue, siempre tendré fuerzas para levantarte. Aun cuando tenga
noventa y un años, y tú ochenta y tres.
Madhusree se rió de
su charla sobre aquel futuro tan metafísicamente lejano. Prabir
estaba casi seguro de que su hermanita entendía lo que era ochenta
y tres, al menos tan bien como él era capaz de comprender, más
o menos, lo que era diez elevado a la centésima potencia. Inclinado
sobre ella, abrió y cerró las manos ocho veces y puso tres
dedos ante su extrañado pero fascinado rostro. Prabir le miró
a los ojos negro azabache. Decididamente, sus padres no entendían
a Madhusree: no podían ver la diferencia entre lo que ella les hacía
sentir y lo que era realmente. Prabir, por experiencia propia, era el único
que lo entendía; después de todo, aún recordaba vagamente
cómo era aquello de ser niño.
–¡Oh, cosita bonita!
—canturreó.
Madhusree sonrió, cargada
de intenciones.
Prabir apartó la vista
de ella y volvió a mirar a la playa, adentrándose en las
serenas aguas turquesas del Mar Banda. Desde allí, las olas que
rompían en el arrecife parecían inofensivas, aunque él
ya había dado el mareante paseo en transbordador a Tual y a Ambon
las suficientes veces como para saber lo que un constante viento monzónico,
por no decir una tormenta, podía desencadenar. Peor aún:
Teranesia no sólo estaba a merced de la fuerza del mar abierto,
sino que, además, las grandes islas que la protegían —Timor,
Sulawesi, Ceram, Nueva Guinea— eran invisibles de lo lejos que estaban.
Hasta la roca más cercana era imposible de ver desde la playa.
–Desde una pequeña altitud,
la distancia que hay de aquí al horizonte es aproximadamente la
raíz cuadrada del doble del producto de la altura a la que te encuentres
sobre el nivel del mar y el radio de la Tierra. —Prabir dibujó un
triángulo rectángulo con vértices en el centro de
la Tierra, un punto en el horizonte, y sus propios ojos. Había trazado
la función de distancia en su cuaderno de notas, y sabía
de memoria dónde debían figurar determinados puntos de la
curva. La playa se inclinaba vertiginosamente, con lo que sus ojos, probablemente,
se encontraban a dos metros por encima del nivel del mar. Eso significaba
que su vista podía abarcar hasta cinco kilómetros. Si escalaba
por el volcán de Teranesia hasta alcanzar con la vista la más
cercana de las periféricas Islas Tanimbar, la altitud de ese punto
—que averiguaría por el sistema de navegación por satélite
de su cuaderno— le permitiría calcular exactamente a qué
distancia se encontraban ellos.
Pero él ya conocía
la distancia por los mapas: casi ochenta kilómetros. Por tanto,
podía hacer la operación a la inversa, y utilizarla para
verificar la altitud a la que se encontraba; el punto más bajo desde
donde podía ver la tierra podría ser de unos quinientos metros.
Tendría que clavar una estaca en el suelo para marcar el lugar.
Se volvió para mirar al centro de la isla. La negra cima sólo
era visible si mirabas por encima de los cocoteros que bordeaban la playa.
Daba la impresión de ser una larga escalada, especialmente si tenía
que cargar con Madhusree la mayor parte del camino.
–¿Quieres ir con mamá?
Madhusree hizo una mueca.
–¡No! —Nunca se cansaba
de estar con mamá, pero sabía cuándo su hermano intentaba
deshacerse de ella.
Prabir se encogió de
hombros. Podría hacer el experimento después; no valía
la pena soportar una rabieta.
–¿Quieres ir a nadar,
entonces? —Madhusree asintió entusiasmada y, ayudándose con
las manos, se puso en pie. Luego empezó a correr por la orilla,
tambaleándose. Prabir le dio algo de ventaja y luego fue tras ella,
saltando sobre la arena y gritando. Madhusree, desdeñosa, le miró
fijamente por encima del hombro; se cayó, se levantó y siguió
corriendo. Prabir trazó círculos a su alrededor mientras
ella trataba de alcanzar los bajíos, chapoteando. Procuró
no acercarse demasiado para no salpicarle en la cara. En cuanto el agua
le llegó un poco más arriba de la cintura, se zambulló
y empezó a nadar, moviendo metódicamente sus brazos regordetes.
Prabir se detuvo en seco y
la observó con admiración. A veces, y era imposible no fijarse
en ello, se asombraba de lo mucho que tenía en común con
Madhusree: las mismas dulces emociones, la misma ternura, el mismo orgullo
innato que veía en los rostros de su padre y de su madre.
Suspiró con fuerza y
se dejó caer hacia atrás en el agua hasta tocar el fondo,
dejando que sus ojos sintieran el escozor de la sal para ver por un momento
la difuminada luz del sol. Finalmente se puso en pie, feliz y completamente
mojado, se sacudió el pelo para apartarlo de sus ojos y fue a reunirse
con Madhusree. El agua le llegó a las costillas antes de que pudiera
alcanzarla; dejó flotar su cuerpo y empezó a nadar a su lado.
–¿Estás bien?
Ella no se dignó contestar.
Simplemente, frunció el ceño en respuesta a lo ofensivo de
sus palabras.
–No vayas demasiado lejos.
—Cuando estaban solos, Prabir tenía que cumplir con la obligación
de permanecer en el agua junto a su hermana todo el tiempo necesario. Esto
le resultaba un poco humillante, pero la idea de remolcar a una forcejeante
y chillona Madhusree para ponerla a salvo era, sencillamente, algo sin
lo que él no podía vivir.
Prabir había dejado
en la orilla sus gafas de buceo, pero aún podía ver muy claramente
a través del agua sin dejar de mantener la cabeza por encima de
la superficie. Cuando la espuma y la turbulencia desparecían, casi
podía contar los granos de arena del fondo. El arrecife quedaba
todavía a unos cien metros de distancia, pero Prabir podía
ver a sus pies estrellas de mar de color morado, esponjas y solitarias
anémonas agarradas a fragmentos de coral. Divisó una concha
cónica amarilla y marrón del tamaño de su puño,
y decidió sumergirse para observarla más de cerca. En el
agua todo se enturbiaba de nuevo, y casi tuvo que tocar el fondo con su
cara para ver que la concha estaba habitada. Sopló, haciendo entrar
burbujas en el interior del pálido molusco para asustarlo y se retiró
tímidamente, caminando hacia atrás con la ayuda de sus manos.
Se enderezó y notó que tenía los orificios nasales
repletos de agua de mar; los vació ruidosamente y presionó
la lengua contra su paladar irritado. Casi era como tener un tubo encajado
bajo su nariz.
Madhusree estaba ahora a veinte
metros de él.
–¡Eh! —Trató de
tranquilizarse: lo último que quería era ver a su hermana
presa del pánico. Nadó tras ella con largas y lentas brazadas,
alcanzándola con rapidez. –¿Quieres regresar, Maddy? —preguntó,
más calmado.
Ella no respondió, pero
una mueca de incertidumbre cruzó su cara, como si hubiera perdido
la confianza en su habilidad de no hacer nada más que seguir nadando
hacia delante. Prabir midió la profundidad de un vistazo; no había
un solo punto en el que hacer pie, aun intentándolo. Y, con toda
seguridad, no podría agarrarla por las buenas y vadear de vuelta
a la orilla, ignorando sus gritos, sus pequeños puñetazos
y sus tirones de pelo.
Nadó a su lado, tratando
de guiarla al interior de una escollera y teniendo mucho más cuidado
de no chocar que ella. Tal vez si se limitara a agarrarla de un brazo y
le hubiera hecho dar la vuelta, haciendo de ello un juego, no se lo tomaría
a mal. Siguió nadando y llegó hasta ella, sonriendo. Madhusree
emitió un sonido quejumbroso, como si la estuvieran amenazando.
–Sssh. Lo siento. —Prabir comprendió
a su hermana demasiado tarde; él sentía exactamente lo mismo
cuando caminaba sobre un leño para cruzar un riachuelo o un bancal
de tierra pantanosa, y su padre y su madre comenzaban a impacientarse y
alargaban la mano para hacerle regresar. No había nada más
desagradable. Pero él tendía a demorarse cuando alguien le
metía prisa. Cuando estaba solo, podía hacer cualquier cosa
—con naturalidad, sin pensárselo dos veces—; incluso dar marcha
atrás. Que era lo que tenía que hacer Madhusree, y ella lo
sabía, pero le parecía demasiado aburrido como para pensar
en ello.
Prabir gritó, emocionado:
–¡Mira! ¡Ahí,
en el arrecife! ¡Es un hombre de las aguas!
Madhusree, incrédula,
siguió su mirada.
–Allí, todo recto. Donde
se rompen las olas. —Prabir imaginó una figura surgiendo de entre
la espuma, robándole el agua a las crestas de las olas. –Ahí
están su cabeza y sus hombros; el resto no tardará en aparecer.
¡Mira, está sacando los brazos! —Prabir imaginó extremidades
húmedas y traslúcidas y puños cerrados surgiendo del
agua. Susurró: –A éste ya lo había visto antes, desde
la playa. Robé una de sus conchas. Pensé que me había
librado de él... pero ya sabes cómo son. Si coges algo suyo,
no paran hasta encontrarte.
Madhusree le miró, perpleja.
Prabir exclamó:
–No puedo devolvérsela.
No la tengo aquí, está en mi cabaña.
Por un momento, Madhusree estuvo
a punto de decir que no había problema, que Prabir sólo tendría
que prometerle le que devolvería la concha más tarde, pero
cambió de idea: seguramente, debió pensar que una criatura
como ésa no sería tan paciente y confiada.
Su rostro palideció.
Prabir se había metido en un buen lío.
El hombre de las aguas bajó
los brazos y se impulsó hacia la superficie, forzando a las demás
partes de su cuerpo a salir a la luz. Soltó un bramido por el dolor
que aquello le causaba, mostrando su reluciente dentadura.
Prabir empezó a nadar
en círculo, aparentando ser presa del pánico.
–Tengo que escapar antes de
que consiga sacar las piernas. Una vez ves a un hombre de las aguas corriendo
hacia ti, ya es demasiado tarde para hacer nada. Nadie ha vivido para contarlo.
¿Me guiarás de vuelta a la orilla? Muéstrame como
llegar allí. No puedo pensar. No puedo moverme. Estoy demasiado
asustado.
Para entonces, Prabir se había
metido tanto en su papel que le castañeteaban los dientes. Tan sólo
esperaba no haber llegado demasiado lejos; Madhusree podía dibujar
dolorosos surcos en la piel de su hermano sin el menor escrúpulo,
ignorando sus gritos de protesta, pero también romper en inconsolable
llanto cuando algo le afligía.
Con calma, miró fijamente
al hombre de las aguas, calculando los riesgos. Había estado pedaleando
en el agua desde que la criatura apareció, y se había dejado
llevar por la corriente para encararla de lado. En ese momento, se puso
de cara a la orilla y comenzó a nadar, olvidando todas las dificultades.
Era difícil fingir tener
miedo sin adelantarse a ella cuando sus brazos estaban a un cuarto de ser
tan largos como los de su hermano. Prabir miró por encima de su
hombro y gritó:
–¡Más rápido,
Maddy! ¡Ya le veo las costillas! —El hombre de las aguas les observaba
con furia, manteniendo, como en una improvisada parodia, su postura de
corredor de fondo. Siguió sacando su cuerpo a la superficie mientras
se balanceaba de un lado a otro sobre la punta de sus dedos. Prabir vio
cómo la criatura inspiraba profundamente, haciendo correr el agua
de sus pulmones por su piel cristalina, preparándose a sí
mismo para entrar en el mundo donde se respiraba aire.
Madhusree empezó a nadar
a braza, que era el estilo que adoptaba cuando estaba cansada. Prabir sospechó
que no tardaría en volver a donde se hacía pie; decidió
dejarla hacer hasta que fuera estrictamente necesaria su ayuda.
–Haz así: respira despacio
y mantén los dedos juntos, ¿de acuerdo? —Madhusree lo atravesó
con una mirada de “no me trates con aire paternalista” y arañó
el agua con más fuerza hasta que decidió aceptar su consejo
y administrar mejor su energía.
Prabir se paró en seco
y se volvió para examinar a su ficticio perseguidor. La última
parte era siempre la más difícil; resultaba incómodo
tratar de mantenerse erguido y arrastrar las piernas por el fondo al mismo
tiempo. Prabir cerró los ojos y se imaginó a sí mismo
como el hombre de las aguas. Agachado, con los brazos golpeando las olas,
tensó el cuerpo hasta que sus músculos empezaron a exudar
salitre. Finalmente, sus esfuerzos se vieron recompensados: sintió
el aire cálido recorrer la parte trasera de sus rodillas y sus pantorrillas.
Dejó que su pie derecho flotara por su cuenta; la planta descansaba
ligeramente sobre la superficie, sintiendo el cosquilleo del agua rizada,
como si la más pequeña cresta de ola fuera una brizna de
hierba.
Abrió los ojos. El hombre
de las aguas empezó a levantarse, listo para saltar hacia delante
en cuanto consiguiera liberar su pie.
Prabir gritó y empezó
a nadar en dirección a Madhusree: la persecución había
comenzado. No se atrevió a mirar atrás; una vez veías
correr a un hombre de las aguas, sabías que estabas perdido.
La violencia de sus brazadas
hizo perder el ritmo a Madhusree, quien empezó a manotear desesperadamente.
Prabir llegó junto a ella, a tiempo de evitar que su cabeza terminara
de hundirse bajo la superficie; la rodeó con sus brazos y, meciéndola
contra su pecho, consiguió tocar el fondo con sus pies.
Echaron a correr en el agua,
como en una pesadilla filmada a cámara lenta. Prabir empujó
su infatigable cuerpo hacia delante y caminó sobre un lecho de algas
marrones, estremeciéndose a cada paso: no era que las briznas estuvieran
afiladas o pegajosas, pero siempre tenía la sensación de
que había algo escondiéndose entre ellas, dispuesto a atacar
a cualquier intruso. Madhusree se aferró a él sin quejarse
y miró hacia atrás, paralizada por el miedo. Prabir empezó
a cansarse. Siempre podría explicarle que el juego había
acabado, que nadie les estaba persiguiendo, que todo había sido
inventado. En sus brazos, Madhusree era una pasajera inmune a las reglas,
pero si Prabir se daba la vuelta y dejaba pasar el tiempo, el simple hecho
de seguir con vida al cabo de un rato haría comprender a Madhusree
que, sin lugar a dudas, el hombre de las aguas nunca había existido.
Pero él no quería
echar a perder el juego por ella.
Sus piernas parecían
haberse vuelto de goma cuando alcanzó la playa, pero hizo un último
esfuerzo y dio una docena más de pasos; en tierra seca todo era
más fácil. Se agachó y puso en el suelo a Madhusree,
se sentó en dirección al mar y bajó la cabeza para
ayudarse a recuperar el aliento.
El repentino final de su aventura
le había provocado un mareo, y unas oscuras imágenes distorsionaban
su visión; con toda seguridad, terminaría viendo una imagen
borrosa, a un paso más allá de la orilla, brillando en la
arena tostada por el sol y evaporándose ante sus ojos.
Madhusree, con lentitud, dijo:
–Quiero ir con mamá.
A Prabir no le estaba permitida
la entrada en la cabaña de las mariposas. Al no hacerle efecto la
vacuna contra la malaria, llevaba una píldora insertada bajo la
piel del brazo que le hacía exudar una loción contra los
mosquitos. El olor de esta sustancia, probablemente, no mataría
a las mariposas, pero sí podría afectar a su comportamiento,
y cualquier riesgo serio de contaminación podía ser suficiente
para echar por tierra todas las investigaciones de sus padres.
Puso a Madhusree a unos pocos
metros de la puerta, y ella comenzó a caminar desgarbadamente en
dirección al lugar de donde venía la voz de su madre. Prabir
notó que la voz subía de tono.
–¿Dónde has estado,
cariño? ¿Dónde has estado? —Madhusree empezó
a pronunciar un incoherente monólogo sobre el hombre de las aguas.
Prabir aguzó su oído lo suficiente como para comprobar que
no estaba siendo calumniado; después se fue y se sentó en
un banco del porche de su cabaña. A media mañana hacía
un calor insoportable en la playa, pero normalmente la mayor parte del
kampung permanecía a la sombra hasta mediodía. Prabir aún
podía recordar el día que llegaron, hace casi tres años,
con media docena de trabajadores de Kai Besar que ayudaron a despejar la
vegetación y a montar las cabañas prefabricadas. Todavía
no estaba seguro de si aquellos hombres habían estado bromeando
cuando usaban una palabra que significaba “pueblo”para referirse a los
seis edificios dispuestos en círculo de que constaba el kampung,
pero de todos modos el término acabó por generalizarse.
Un ruido que le era familiar
llegó desde los alrededores del poblado: una pareja de dúculas
se acababa de posar sobre la rama de un nogal. El tamaño de aquellos
pájaros blancoazulados era mayor que el de los pollos y, aunque
parecían algo más aerodinámicos en su diseño,
a Prabir todavía le parecía increíble que pudieran
volar. Una de ellas alargó su boca cómicamente extensible
hacia una nuez moscada del tamaño de un pequeño albaricoque;
la otra la observó, embobada, arrullando y parloteando; después
se fue a buscar comida para sí.
Prabir había estado
planeando poner en práctica su método para medir la altitud
en cuanto se librara de Madhusree; sin embargo, mientras volvía
de la playa se había dado cuenta de que habían algunos inconvenientes.
Para empezar, no estaba muy seguro de poder distinguir la playa de una
isla lejana de un trozo de acantilado, o de montaña tierra adentro
lo bastante alta como para ser visible en el horizonte. A lo mejor, si
pudiera persuadir a su padre de que le prestara los prismáticos
sería capaz de ver la diferencia, pero también había
otro y más serio problema: la refracción provocada por la
variación de temperatura atmosférica —el mismo efecto que
hace que el sol parezca más grande a medida que alcanza la línea
del horizonte— podría desviar la luz que él trataba de utilizar
como uno de los lados de un triángulo pitagórico. Por supuesto,
alguien ya habría descubierto tiempo antes una forma de resolver
este problema, y no sería difícil saber qué cálculos
debían hacerse, ni realizarlos en su cuaderno; pero, aun pudiendo
encontrar todos los datos sobre temperatura que necesitara —un esquema
meteorológico de la región o una termografía hecha
por satélite—, no podría comprender plenamente lo que estaba
haciendo: simplemente, estaría dando palos de ciego.
En ese momento, Prabir oyó
decir su nombre en un murmullo proveniente de la cabaña de las mariposas;
no de los labios de Madhusree, quien apenas podía pronunciarlo,
sino de los de su padre. Trató de descifrar las palabras que seguían,
pero la cháchara de los pájaros no le dejaba oír.
Examinó el suelo en busca de algo que arrojarles, pero decidió
que cualquier intento de alejarlos se convertiría en un proceso
largo y aún más ruidoso, así que se puso de pie, rodeó
de puntillas la cabaña hasta llegar a la parte de atrás y
pegó la oreja a la fibra de vidrio.
–¿Cómo va a arreglárselas
cuando tenga que ir de vuelta a la India a una escuela normal, seis horas
al día en un aula real, cuando apenas ha aprendido a permanecer
sentado cinco minutos? Cuanto antes se acostumbre, mejor soportará
el golpe. Si esperamos a haber terminado aquí, él se quedará
en la isla hasta cumplir... ¿cuántos? ¿Once, doce
años? ¡Estará fuera de control! —Prabir podría
haber asegurado que su padre llevaba un buen rato hablando. Siempre empezaba
las discusiones sosegadamente, como si le fuera indiferente el tema a discutir.
Pasaron varios minutos hasta que el nivel de exasperación aumentó
hasta apoderarse de su voz.
Su madre emitió su carcajada
de “mira quién fue a hablar”.
–¡Tú tenías
once años la primera vez que te sentaste en un aula!
–Sí, y ya fue bastante
duro. Además, al menos, yo había estado relacionándome
con otros seres humanos. ¿Acaso crees que la comunicación
por satélite es la mejor forma de hacer vida social?
Hubo un silencio, tan largo
que Prabir se empezó a preguntar si su madre estaría hablando
demasiado bajo como para que pudiera oírla. Después, le oyó
decir con voz lastimosa:
–Entonces, ¿adónde?
Calcuta está demasiado lejos, Rajendra. Apenas podríamos
ir a verle.
–Está a tres horas en
avión.
–¡Desde Jakarta!
Su padre respondió,
muy razonablemente:
–¿De qué otra
forma debería medir esa distancia? ¡Si le añades el
tiempo que se tarda en viajar desde aquí, te darás cuenta
de que cualquier lugar de la Tierra quedará demasiado lejos!
Prabir empezó a sentir
una extraña mezcla de nostalgia y miedo. Calcuta. La población
y el tráfico de Ambon multiplicado por cincuenta, abriéndose
paso en un espacio de tierra cinco veces mayor. Aun si pudiera acostumbrarse
a la multitud, la idea de estar “en casa” sin sus padres y Madhusree parecía
peor que ser abandonado en cualquier otro lugar, tan surrealista y perturbador
como despertarse una mañana para encontrarse con que todos ellos,
simplemente, han desaparecido.
–Bueno, Jakarta es otra cuestión.
—No hubo réplica; tal vez ya habían llegado a un acuerdo.
Ya habían discutido esto antes: a lo largo de toda Indonesia, la
violencia continuaba manifestándose en contra de la “clase comerciante”
china y, aunque la minoría india era en comparación invisible
e insignificante, sus padres parecían creer que correría
el riesgo de recibir una paliza cada vez que tuviera lugar una subida de
precios. A Prabir le costaba creer que algo así le podía
ocurrir, pero la visión de niños uniformados, dando el paso
de la oca y cantando canciones patrióticas en excursiones por los
alrededores de Ambon le hacía dar gracias a los dioses por todo
lo que lo mantuviera lejos de las escuelas indonesias.
Su padre adoptó un tono
conciliador.
–¿Y qué hay de
Darwin? —Prabir recordaba Darwin perfectamente; habían pasado dos
meses allí cuando Madhusree nació. Era una ciudad limpia,
tranquila y próspera y, ya que su inglés era mucho mejor
que su indonesio, le sería más fácil relacionarse
con la gente de allí que en Ambon. A pesar de todo, no le gustaba
aquella idea.
–Tal vez. —Se hizo un nuevo
silencio y, de repente, su madre dijo, entusiasmada: –¿Qué
hay de Toronto? ¡Podríamos mandarlo a vivir con mi prima!
–Tú no sabes lo que
dices. Esa mujer está trastornada.
–¡Oh, no, ella es más
inofensiva de lo que crees! Y no estoy sugiriendo que pongamos su educación
en sus manos; simplemente, llegaríamos a un acuerdo para la comida
y el alojamiento. Así, al menos, no tendría que vivir en
un dormitorio lleno de extraños.
Su padre balbuceó:
–¡Nunca la ha conocido!
–Amita todavía forma
parte de mi familia. Y ya que es la única de mis parientes que sigue
hablándose conmigo...
La conversación se desvió
bruscamente hacia el tema de los padres de su madre. Prabir ya había
escuchado todo esto antes, así que, unos pocos minutos después,
se internó en el bosque.
Tenía que encontrar
una manera de plantear el problema y poner en orden sus pensamientos, sin
desvelar el hecho de que les había estado escuchando detrás
de la puerta. Y tendría que hacerlo cuanto antes: la capacidad de
sus padres para convencerse a sí mismos de que estaban actuando
por su bien era casi ilimitada y, una vez la pusieran en práctica,
sería inútil pararlos. Era como una religión ad hoc:
la Iglesia del Todo Lo Hacemos Por Tu Bien. Y, posiblemente, como ellos
eran los autores de los Mandamientos Sagrados, podrían alegar en
su defensa que no había otra opción que acatarlos.
–Traidores —murmuró.
La isla era suya; ellos estaban aquí sólo porque él
lo toleraba. Si se iba, no sobrevivirían ni una semana en el lugar;
las fieras los devorarían. Madhusree podría tratar de protegerlos,
por supuesto, pero nunca se podía estar seguro de qué parte
estaba ella. Prabir se imaginó a la tripulación de un ferry
o de un barco de abastecimiento avanzando cautelosamente hacia el kampung,
intentando saber por qué la reunión nunca llegó a
producirse y por qué nadie contestaba a las llamadas de radio de
los últimos días, para no encontrar a nadie más que
a Madhusree, deambulando de un lado a otro con una hipócrita sonrisa
en la cara, rodeada de cacerolas sucias con restos de mariposas fritas,
aderezadas con una misteriosa carne de dulce olor...
Prabir se dedicó a caminar
pesadamente, mascullando maldiciones en silencio mientras reparaba, gradualmente,
en que la pendiente se hacía cada vez más pronunciada y en
las oscuras rocas que asomaban entre la tierra. Casi sin darse cuenta,
tomó el sendero que conducía al centro de la isla. Al contrario
que el camino que había de la playa al poblado —obra de los trabajadores
de Kai y de cuyo mantenimiento se debía encargar Prabir—, no podía
ser producto de otra cosa más que de la casualidad, los afloramientos
de roca y el comportamiento natural de los árboles y los helechos.
No era precisamente fácil
abrirse camino por la pendiente, pero el bosque lo protegía, y el
sudor que le goteaba por los codos o corría por sus piernas le refrescaba.
Las lagartijas de cola azul se apartaban rápidamente de su camino,
sin apenas darle tiempo a verlas; también había escarabajos
a rayas moradas tan grandes como su pulgar zigzagueando sobre un tronco
caído, y enormes hormigas negras por todas partes. Afortunadamente,
el olor de Prabir era tan repelente a las hormigas como el de los escarabajos
rayados lo era a Prabir, o habría terminado cubierto de mordiscos
en pocos minutos. Caminaba sobre la tierra descubierta allá donde
pudiera encontrarla, pero cuando no podía prefería ir sobre
la maleza, ya que ésta era más indulgente con las plantas
de sus pies que la roca volcánica. El suelo estaba cubierto de pequeñas
flores azules, enredaderas verde oliva y helechos bajos de ramas caídas;
algunas de las plantas eran extremadamente resistentes, pero en muy pocos
casos espinosas. Algo de lo más lógico, ya que no eran comestibles
en absoluto.
El terreno era cada vez más
empinado y rocoso, y la vegetación cada vez menos densa, y más
seca y tosca. Los rayos del sol llegaban al suelo con mayor facilidad;
Prabir deseó haber traído un sombrero para protegerse la
cara. Y puede que hasta unos zapatos: la mayor parte de las oscuras rocas
eran más o menos romas, pero algunas estaban peligrosamente afiladas.
Los árboles desaparecieron.
Trepó por la desnuda pendiente de obsidiana del volcán. Los
pocos minutos que había estado en el claro le habían secado
la piel; podía sentir en sus antebrazos la presencia de unas minúsculas
gotas de sudor, demasiado pequeñas para ser visibles y que se evaporaban
rápidamente. La tela de sus pantalones cortos, que en el bosque
se habían empapado por la transpiración, estaba tiesa como
el cartón y despedía un curioso olor a lavandería.
Se había echado crema protectora antes de ir a la playa con Madhusree;
esperaba no haber perdido mucho de ella en el agua. La verdad, deberían
haberle añadido algún absorbente de UV a su píldora
para los mosquitos, y así no tendría que aplicarse la sustancia
sobre la piel.
La revolución está
a punto de llegar.
El cielo estaba completamente
blanco. Mirar al sol era como mirar el interior de un horno; cerrar los
ojos era inútil, y tenía que tapárselos con las manos.
No importaba: por fin se encontraba a una altura suficiente para ver más
allá de los árboles más altos. Prabir emitió
un desmayado grito de entusiasmo. El mar se extendía a sus pies
como si lo contemplara desde un avión. No alcanzaba a ver la playa,
pero sí los acantilados, los arrecifes y, más allá,
las aguas profundas.
Nunca antes había escalado
hasta alcanzar tal altura. Y, a pesar de que los miembros de su familia
no habían sido los primeros en poner un pie en la isla, sin lugar
a dudas, ningún náufrago se habría molestado en subir
hasta la cumbre para admirar el paisaje. ¿Acaso no hubiera preferido
quedarse abajo, en el bosque, construyendo un nuevo bote?
Prabir oteó el horizonte.
Si se protegía bien los ojos del deslumbrante sol, la frente le
sudaría lo suficiente como para empaparle las cejas y dificultarle
la visión. Se enjugó los ojos con su pañuelo, recordando,
demasiado tarde, que tenía restos de agua de mar y había
absorbido todo el sudor que podía generar una hora en el bosque;
el resultado fue similar a haberse frotado los párpados con sal.
Indignado consigo mismo, parpadeó hasta que los ojos le lagrimearon
y siguió oteando, ignorando el dolor, hasta que se convenció
de que no había tierra a la vista.
Subió un poco más
por la pared del volcán.
Llegar a la cumbre ya era algo
que estaba más allá de sus posibilidades; aunque hubiera
traído agua y zapatos, habría seguido teniendo una cuesta
demasiado empinada ante él. Basándose en los datos geológicos
de las imágenes por satélite más recientes, su madre
había estimado que el volcán había permanecido inactivo
durante, al menos, unos miles de años, pero Prabir había
decidido que la lava estaba circulando justo por debajo de la superficie
del cráter, esperando liberarse. Allí arriba, probablemente,
habría águilas de fuego picoteando la fina corteza en busca
de roca líquida. Incluso podrían haber descendido en picado
sobre él mientras escalaba, ya que brillaban con tal intensidad
que no hacían sombra.
Cada cinco minutos, se detenía
y volvía a otear. ¿Por qué no se le habría
ocurrido aprovechar sus viajes en ferry para buscar otras islas? La línea
del horizonte estaba tan borrosa que temió ser engañado por
un banco de nubes. Una tormenta se acercaba a la isla. Se hizo un corte
en su pie derecho; no fue muy doloroso, pero evitó examinárselo
por temor a que la visión de la herida le quitase las ganas de seguir
con su expedición. Las plantas de sus pies eran lo suficientemente
gruesas como para soportar el calor de la roca; por desgracia, en aquel
terreno no podía darse el lujo de sentarse a descansar, y mucho
menos de mantener el equilibrio sobre las palmas de sus manos.
Finalmente apareció
una mancha de un impreciso color gris en el cielo. Prabir se limitó
a sonreír y a cerrar los ojos. No disponía de la energía
suficiente como para sentirse un triunfador, y mucho menos para entregarse
a cualquier manifestación de victoria personal. Se dejó abanicar
por el ya infernal calor, admitiendo que, efectivamente, había cometido
una estupidez al no haber viajado hasta allí mejor pertrechado;
aun así, estaba descaradamente encantado de haberlo hecho. Encontró
una roca de bordes afilados y dibujó una línea donde más
o menos había aparecido la isla lejana por primera vez.
No pudo escribir la altitud
a que se encontraba; posiblemente, no sería muy diferente de los
quinientos metros que él había calculado a ojo, pero de todos
modos tendría que volver allí con su cuaderno para comprobar
el resultado con el GPS. Luego podría hacer los cálculos
de nuevo para averiguar los efectos de la refracción.
Dejar una simple línea,
sin embargo, no era suficiente. Ninguna de las marcas naturales de la roca
se parecía a la suya, pero tampoco era precisamente llamativa. Tendría
que desafiar a la buena suerte para encontrarla de nuevo. Tallar sus iniciales
parecía infantil, así que prefirió grabar en el suelo
la fecha: “10 diciembre 2012”.
Regresó al bosque, lleno
de felicidad; deslizándose y cortándose las manos con las
rocas por segunda vez, pero no importaba. Prabir se sintió mejor
a medida que las primeras y mayores gotas de lluvia mojaban las rocas que
había a su alrededor y los deslumbrantes collares de luz blanca
atravesaban las nubes. Las águilas de fuego se elevaron por encima
de la tormenta mientras ésta pintaba el cielo de un gris uniforme.
Inclinó hacia atrás
la cabeza y bebió de la lluvia, susurrando:
–Teranesia. Teranesia.
Prabir regresó al kampung
alrededor de las tres. Nadie le había echado de menos; cuando no
había clase, iba a donde le apetecía, y siempre podía
usar su reloj en caso de necesitar ayuda. Estaba exhausto, y sentía
algo de náuseas; fue directamente a su cabaña y se dejó
caer sobre la hamaca.
Su padre, de pie junto a la
hamaca a la luz grisácea del crepúsculo, lo despertó
pronunciando suavemente su nombre. Prabir se levantó, extrañado;
se suponía que ayudaría a preparar la cena, pero, a juzgar
por el olor, ya debía estar lista. ¿Por qué le habían
dejado dormir hasta tan tarde?
Su padre le puso una mano en
la frente.
–Estás un poco caliente.
¿Cómo te encuentras?
–Estoy bien, baba. —Prabir
cerró los puños a fin de esconder las heridas de las palmas
de sus manos; no eran serias, pero no quería tener que explicar
cómo se las hizo; o mentir, si podía evitarlo. Había
un aire sospechosamente solemne en el rostro de su padre. ¿Habría
tomado la decisión de mandarlo a un internado y venía a comunicárselo?
Dijo:
–Ha habido un golpe de estado
en Jakarta. Ambon ha sido puesta bajo la ley marcial. —Su tono era deliberadamente
neutral, como si estuviera contando algo de poca importancia. –No he conseguido
contactar con Tual; por tanto, no puedo saber con seguridad qué
estará pasando allí. Lo que sí es seguro es que no
podremos conseguir provisiones durante un tiempo, así que vamos
a plantar un pequeño jardín. Y necesitaremos tu ayuda para
cuidarlo. ¿Lo harás?
–Sí. —Prabir examinó
la cara de su padre a media luz, preguntándose si de verdad esperaba
que su hijo no querría saber más sobre el asunto. –Pero,
¿qué ha pasado en Jakarta?
Su padre emitió un sonido
de fatiga y disgusto.
–El Ministro del Interior se
ha nombrado a sí mismo “líder provisional de emergencia”,
y cuenta con el apoyo del ejército. El Presidente está bajo
arresto domiciliario. Las sesiones de la MPR han sido suspendidas; alrededor
de un millar de personas se han echado a la calle. Las fuerzas de seguridad
las han dejado en paz hasta ahora, lo que ya es algo. —Se acarició
el bigote, inquieto; luego añadió, de mala gana: –Pero hubo
una gran marcha de protesta en Ambon cuando las noticias salieron a la
luz. La policía trató de pararla. Alguien recibió
un disparo, y la multitud empezó a arrojar cosas a edificios del
gobierno. Cuarenta y seis personas murieron, según el Servicio Mundial.
Prabir se quedó helado.
–Eso es terrible.
–Lo es. Y mucha gente se lo
tomará como una declaración de guerra. Sólo ahora
puede incrementarse el apoyo a ABRMS.
La mente de Prabir se puso
rápidamente en marcha.
–¿Crees que empezarán
a hundir los ferrys?
Su padre hizo una mueca.
–¡No, no! No es tan grave.
¡No empieces a pensar así! —Puso una mano en el hombro de
Prabir y lo frotó con gesto tranquilizador. –Pero la gente se pondrá
nerviosa —suspiró—. Ya sabes que, cada vez que queremos salir y
coger el ferry, tenemos que pagar al capitán para que nos recoja...
Estamos bastante lejos de la ruta Saumlaki-Tual, y ese dinero, normalmente,
compensa el gasto extra de carburante y las molestias; y también
suele quedar un poco para los miembros de la tripulación.
Prabir asintió, aunque,
de hecho, nunca antes se había dado cuenta de que estaban pagando
sobornos por un favor, más que pagando por un servicio legítimo.
–Pues, eso podría ser
difícil a partir de ahora. Nadie va a querer hacer paradas no programadas
en medio de ninguna parte. Pero, no pasa nada; podremos valernos por nosotros
mismos el tiempo que haga falta. Y, probablemente, será mejor que
seamos discretos. Nadie nos molestará mientras nos mantengamos fuera
de su camino.
Prabir asimiló estas
últimas palabras en silencio.
Su padre señaló
la puerta con un gesto de su cabeza.
–Venga, será mejor que
te vayas a lavar. Y no le cuentes a tu madre que te he asustado.
–No lo has hecho —Prabir bajó
de la hamaca de un salto—. Pero, ¿desde dónde se maneja todo
esto?
–¿Qué quieres
decir?
Prabir titubeó.
–Aceh, Kalimantan, Irian Jaya.
Esta isla. —Desde hace años, cuando escuchaban juntos las noticias,
su padre solía contarle algo de la historia de la región,
y Prabir había empezado a informarse por su cuenta en la Red. Irian
Jaya y las Molucas habían sido anexionadas por Indonesia cuando
los holandeses se retiraron a mediados del siglo pasado; ambas provincias
eran cristianas, en cierto modo, y ambas tenían movimientos separatistas
decididos a conseguir la independencia para Timor del Este. Aceh, en el
extremo noroeste de Sumatra, era un caso completamente diferente —los musulmanes
separatistas consideraban que su gobierno era demasiado laico—; Kalimantan,
con su larga y complicada historia de migraciones y conquistas, también
lo era. El Gobierno de Jakarta había intentado tranquilizar los
ánimos refiriéndose a la “autonomía limitada” que
correspondía a estas provincias, pero el Ministro del Interior había
aparecido en las primeras páginas de los periódicos por culpa
de cierto comentario sobre la necesidad de “eliminar a los separatistas”.
El Presidente le había aconsejado que moderara su lenguaje, pero,
al parecer, el ejército había decidido que era precisamente
ése el tipo de actitud que preferían.
Su padre se puso en cuclillas
a su lado, y bajó el tono de su voz.
–¿Quieres saber lo que
pienso?
–Sí. —Prabir estuvo
a punto de preguntarle por qué hablaban tan bajo, pero él
ya sabía por qué. Quedarían atrapados en aquella isla
en un futuro previsible, y a él le tendrían que dar algunas
razones por las cuales aquello era así, pero su padre sabía
bien que, ante todo, no debía arriesgarse a asustar a su hijo.
–Creo que el Imperio Javanés
tiene los días contados. Y, tal y como hicieron los holandeses,
los portugueses y los británicos, finalmente van a tener que aprender
a vivir dentro de sus propias fronteras. Pero eso no será fácil.
Hay demasiado en juego: petróleo, industria pesquera, maderería...
Aun cuando el Gobierno estuviera dispuesto a dejar tranquilas a las provincias
más sediciosas, alguna gente seguiría haciendo grandes fortunas
a base de concesiones que se remontan a la era Suharto. Y entre esa gente
hay un montón de generales.
–¿Crees que habrá
una guerra? —Al tiempo que pronunciaba estas palabras, Prabir sintió
que se le helaba el estómago, como cuando veía frente a él
una serpiente pitón en una rama. No tanto porque temiera por su
propia seguridad, como porque le horrorizaba pensar en las muertes que
no había visto y que la mera existencia de aquella criatura implicaba.
Su padre, con cautela, dijo:
–Creo que se producirán
cambios. Y que serán profundos.
De repente, tomó a Prabir
entre sus brazos, y lo levantó justo por encima de su cabeza.
–¡Uh, pesas demasiado!
—bromeó—. ¡Vas a aplastarme! —En parte, hablaba en serio:
Prabir podía sentir cómo le temblaban los brazos del esfuerzo.
Salió de espaldas de la cabaña, agachándose para que
los dos cupieran por la puerta, y empezó a dar vueltas lentamente
por todo el kampung, llevando consigo a un Prabir sonriente bajo las hojas
de palma y las estrellas que en aquel momento se estaban despertando.
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