| 1
Con un sonoro gemido de metal
fatigado y un chorro siseante de vapor, el vehículo de Gormond se
detuvo en el patio mugriento de la estación de Pormi, apenas tres
horas tarde; un rendimiento muy respetable, de acuerdo con las normas borgravianas.
Del vehículo de vapor descendieron atropelladamente un variado surtido
de criaturas vagamente humanoides, que exhibían la acostumbrada
diversidad borgraviana de colores dérmicos, partes del cuerpo y
maneras de andar. En las prendas toscas y deshilachadas que les cubrían
los cuerpos había restos de alimentos, como resultado del picnic
casi continuo que estos mutantes habían celebrado durante el viaje
de doce horas. Un olor agrio y rancio se desprendió de la turba
de abigarrados especimenes mientras iban por el patio enlodado hacia el
desnudo edificio de cemento que hacía las veces de terminal.
Por último, de la cabina
del vehículo emergió una figura de sorprendente e inesperada
nobleza: un verdadero humano, alto y vigoroso, en la flor de la virilidad.
Cabello rubio, piel blanca, y los ojos azules y brillantes. La musculatura,
la estructura ósea y el porte eran perfectos, y la ajustada túnica
azul estaba limpia y en buenas condiciones.
Feric Jaggar parecía,
en todos los detalles, el humano genotípicamente puro que, de hecho,
era. Por este motivo, precisamente, había podido soportar el tan
prolongado y estrecho encierro con la hez de Borgravia; los casi-hombres
no podían dejar de advertir la pureza genética de Feric.
La presencia de un verdadero hombre ponía en su lugar a los mutantes
y los mestizos, y en general allí se quedaban.
Feric llevaba sus posesiones
mundanas en una maleta de cuero, que transportaba con facilidad, de modo
que pudo eludir la sórdida terminal y pasar directamente a la avenida
Ulm, que atravesaba la sucia y pequeña localidad fronteriza y por
el camino más corto posible desembocaba en el puente sobre el Ulm.
Hoy al fin volvería la espalda a las conejeras borgravianas y reclamaría
sus privilegios como humano helder genotípicamente puro, heredero
de un linaje inmaculado que se remontaba a doce generaciones.
Con el corazón colmado
de imágenes concretas y espirituales de la meta que se había
propuesto, Feric casi logró ignorar el sórdido espectáculo
que se le introducía por ojos, oídos y nariz mientras recorría
el bulevar terroso, rumbo al río. La avenida Ulm era poco más
que una zanja de lodo entre dos filas de cabañas toscas, la mayoría
construidas con madera tosca, ramas y chapas de acero oxidado. Aun así,
esta calle tan poco atractiva era aparentemente el orgullo y la alegría
de los habitantes de Pormi, ya que al frente de estos sucios edificios
había toda suerte de letreros llamativos e ilustraciones chillonas
anunciando las mercaderías que podían encontrarse en las
tiendas: producción local, casi toda, o artefactos desechados por
la civilización superior del otro lado del Ulm. Más aun,
muchos tenderos habían levantado puestos en la calle, y allí
exhibían frutas que parecían podridas, verduras sucias y
carnes con manchas de moscas; anunciaban estas mercancías a gritos,
en beneficio de las criaturas que pululaban por la calle, y que a su vez
contribuían al estrépito con chillidos, bromas y burlas.
El hedor rancio, el vocerío
áspero y la atmósfera por lo general repugnante recordó
a Feric el barrio de la plaza mayor del mercado, en Gormond, la capital
borgraviana, el lugar donde el destino lo había confinado durante
tanto tiempo. En los primeros años habían evitado que frecuentara
el ambiente del barrio nativo, y luego, ya joven, con mucho esfuerzo y
no pocos gastos, se había mantenido aparte, eludiendo todo lo posible
esos lugares.
Por supuesto, no había
podido evitar ver los distintos tipos de mutantes que pululaban en todos
los recovecos y rincones de Gormond, y el caudal genético de Pormi
aparentemente no había degenerado menos que el de la capital borgraviana.
La piel de la chusma que atestaba las calles de Gormond era una absurda
combinación de mutaciones mestizadas. Los Pieles Azules, los Hombres
Lagarto, los Arlequines y los Carasangres eran lo de menos; en todo caso,
de esas criaturas podía decirse que se mantenían fíeles
a su propia especie. Pero había toda clase de mezclas: las escamas
de un Hombre Lagarto parecían teñidas de azul o púrpura
en vez de verde; un Piel Azul podía tener motas de Arlequín;
y en la cara averrugada de un Hombre Sapo alcanzaba a verse un leve matiz
de rojo.
Las mutaciones más grotescas
eran generalmente también las más apreciables, aunque sólo
fuese porque dos catástrofes genéticas de ese tipo, la mayor
parte de las veces originaban un feto inviable. Muchos de los tenderos
de Pormi eran enanos de diferentes clases —jorobados, de hirsutos cabellos
oscuros, cabeza de huevo, y mutaciones dermáticas secundarías—
e incapaces de soportar trabajos fatigosos. En una localidad pequeña
como ésta, los mutantes más extraños destacaban menos
que en las llamadas metrópolis borgravianas. Aun así, mientras
Feric se abría paso a codazos entre las turbas malolientes, vio
a tres Cabezahuevo (los desnudos cráneos quitinosos tenían
un brillo rojizo a la luz tibia del sol) y chocó contra un Caraloro.
La criatura se volvió bruscamente, y durante un momento abrió
y cerró indignada el gran pico óseo, hasta que advirtió
ante quién se encontraba.
En seguida, por supuesto, el
Caraloro bajó la mirada lacrimosa, dejó de mover los dientes
obscenamente mutados, y murmuró con humildad:
—Perdóneme, Hombre Verdadero.
Por su parte, Feric no prestó
atención a la criatura, y continuó avanzando a paso rápido
por la calle, mirando decidido hacia adelante.
Pero pocos metros después,
una impresión ya familiar cruzó flotando la mente de Feric
y lo impulsó a detenerse. Una larga experiencia le había
enseñado que este aura psíquica indicaba la presencia de
un dominante en la zona. Efectivamente, cuando Feric examinó la
hilera de chozas de la derecha, pudo comprobar la proximidad de un Dom,
cuyo patrón de dominio a duras penas era algo más sutil de
lo que jamás se hubiese encontrado.
Sobre la calle había
cinco puestos alineados, presididos por tres enanos: un mestizo de piel
azul, un Hombre Sapo de piel azul verrugosa, y un Hombre Lagarto. Las criaturas
exhibían la expresión alicaída y la mirada apagada
típicas de los mutantes capturados desde hacía mucho en un
patrón de dominio. En los puestos había carne, frutas y verduras,
todo en un lamentable estado de descomposición, aun de acuerdo con
las normas borgravianas. Y sin embargo, hordas de mestizos y mutantes se
apiñaban a su alrededor apiñándose ante los artículos
pútridos a precios exorbitantes, sin la más mínima
vacilación.
Sólo la presencia de
un Dominante en la vecindad podía explicar esa conducta. Gormond
estaba completamente infestada de monstruos que, por supuesto, preferían
las ciudades grandes, donde abundaban las víctimas. Si se habían
instalado en un villorrio sin importancia, la conclusión era obvia
para Feric: Borgravia estaba dominada por Zind aun más de lo que
él había imaginado.
Tuvo el impulso de detenerse,
identificar al Dom, y retorcerle el pescuezo; pero lo pensó un momento
y comprendió que la liberación de unos pocos mutantes deformes
e inútiles, sometidos a un patrón de dominio, no alcanzaba
a justificar que demorase un instante su largamente esperada salida del
pozo negro de Borgravia. De modo que continuó su camino.
Al fin, la calle se estrechó
y se convirtió en un sendero que atravesaba un repulsivo bosquecillo
de pinos achaparrados, con agujas púrpuras y troncos retorcidos
cubiertos de úlceras. Aunque no podía llamárselo un
paisaje agradable, era pese a todo un alivio oportuno después del
hedor ruidoso de la aldea. Poco más adelante, el sendero se desvió
ligeramente hacia el norte, bordeando la orilla meridional del río
Ulm.
Aquí, Feric se detuvo
para mirar hacia el norte, más allá de las aguas extensas
y serenas del río que señalaban la frontera entre la pestilente
Borgravia y la Alta República de Heldon. Al otro lado del Ulm, los
robles majestuosos, genéticamente puros de la Selva Esmeralda, se
extendían en hileras hacia la orilla norte del río. A los
ojos de Feric, estos árboles inmaculados, que crecían en
la tierra negra, fecunda e incontaminada de Heldon, simbolizaban la posición
de la Alta República en un mundo mestizado y degenerado. Así
como la Selva Esmeralda era un bosque de árboles genéticamente
puros, también Heldon era un bosque de hombres genéticamente
puros, que se alzaban como una valla contra las monstruosidades mutantes
de desechos genéticos que se apilaban rodeando a la Alta República.
Cuando avanzó por el
sendero pudo ver el puente del Ulm, un elegante arco de piedra tallada
y acero inoxidable engrasado, obviamente producto de la superior artesanía
helder. Feric apresuró el paso, y pronto comprobó con satisfacción
que Heldon había obligado a los deformes borgravianos a aceptar
la humillación de una fortaleza aduanera helder en el extremo borgraviano
del puente. La construcción había sido pintada con los colores
de Heldon —negro, rojo y blanco—, en lugar de una bandera; pero, reflexionó
Feric, de todos modos proclamaba orgullosamente que no se permitiría
que ningún semihombre contaminara ni un centímetro de suelo
humano puro. Mientras Heldon se mantuviese genéticamente pura y
aplicase rigurosamente las leyes de pureza racial, habría esperanza
de que la tierra volviese a ser más adelante propiedad exclusiva
de la auténtica raza humana.
Varios senderos que venían
de distintas direcciones convergían en la fortaleza aduanera, y
por extraño que pareciese, una lamentable colección de mestizos
y mutantes formaba cola frente al portón público, vigilada
por dos guardias aduaneros meramente ceremoniales, armados sólo
con garrotes comunes de acero. Una situación realmente peculiar,
puesto que la mayoría de estas criaturas no tenían la más
mínima esperanza de pasar un examen superficial, aunque los aduaneros
fueran ciegos retardados. Un evidente Hombre Lagarto estaba detrás
de una criatura que tenía una articulación suplementaria
en las piernas. Había Pieles Azules y enanos jorobados, un Cabezahuevo,
y mestizos de toda clase; en resumen, un muestrario típico de la
ciudadanía borgraviana. ¿Qué inducía a estos
pobres diablos a suponer que serían autorizados a cruzar el puente
y entrar en Heldon? Feric se lo preguntó mientras se ponía
en la fila, detrás de un borgraviano vestido sencillamente, y que
no mostraba ningún defecto genético visible.
Por su parte, Feric estaba
más que preparado para el examen genético completo por el
que tendría que pasar antes que se certificase su condición
de humano puro, y se lo admitiese en la Alta República; aprobaba
calurosamente la severidad de la prueba y la aceptaba de buen grado. Aunque
su linaje inmaculado prácticamente le garantizaba la certificación,
con algún esfuerzo y bastantes gastos él mismo había
verificado de antemano su propia pureza genética, al menos en la
medida en que esto era posible en un país habitado principalmente
por mutantes y mestizos de humanos y mutantes, donde sin duda los propios
analistas genéticos estaban completamente contaminados. Si los dos
progenitores de Feric no hubiesen tenido certificados, si el linaje familiar
no se hubiese conservado sin mácula durante diez generaciones, si
a él mismo no lo hubieran concebido en la propia Heldon, pese a
que había tenido que nacer en Borgravia porque desterraron a su
padre a causa de supuestos crímenes de guerra, no se habría
atrevido nunca a solicitar que lo admitieran en una patria espiritual y
racial que jamás había visto. Aunque se lo reconocía
de inmediato como a un hombre verdadero en cualquier lugar de Borgravia,
y pese a que se había verificado tal condición aplicando
lo que pasaba por ser la ciencia genética en ese Estado de mestizos,
deseaba ansiosamente que llegase el momento de la única confirmación
de pureza genética que realmente importaba: que lo aceptaran como
ciudadano en la Alta República de Heldon, único bastión
del auténtico genotipo del hombre.
Pero, ¿por qué
ese material tan visiblemente contaminado intentaba pasar la aduana de
Heldon? El borgraviano que estaba delante era un ejemplo apropiado. Sin
duda, la apariencia de pureza genética de la criatura sólo
tenía un defecto: un acre olor químico exudado por la piel;
pero esa evidente aberración somática era claro indicio de
un material genético completamente contaminado. El analista genético
helder lo identificaría en un instante, sin necesidad de ningún
instrumento. El Tratado de Karmak había obligado a Heldon a abrir
las fronteras, pero sólo a los humanos que pudiesen obtener un certificado.
Quizá la respuesta era sencillamente el deseo patético, incluso
del mestizo genéticamente más degenerado, de obtener que
se lo aceptase en la fraternidad de los verdaderos hombres, un deseo a
veces tan intenso que desbordaba los cauces de la razón o de la
verdad reflejada en el espejo.
En todo caso, la fila avanzaba
con bastante rapidez, y desaparecía en el interior de la fortaleza
aduanera; sin duda dentro se tramitaba y rechazaba rápidamente a
la mayoría de los borgravianos. No transcurrió mucho tiempo
antes que Feric pasara entre los guardias del portal, pisando por primera
vez en su vida lo que en cierto sentido podía considerarse suelo
helder.
El interior de la fortaleza
aduanera era inequívocamente helder, en profundo contraste con todo
lo que se extendía al sur del Ulm, donde circunstancias infortunadas
habían confinado a Feric hasta la edad adulta. El suelo de la amplia
antecámara era de elegantes baldosas rojas, negras y blancas, y
estos mismos colores embellecían las paredes de roble pulido. La
cámara estaba iluminada por poderosos globos eléctricos.
¡Qué distinto de los interiores de cemento mal terminados
y las velas de sebo del típico edificio público borgraviano!
A pocos metros del portal,
un guardia aduanero helder que vestía un uniforme gris un tanto
descuidado, con los botones de bronce sin lustrar, dividía la fila
en dos grupos. Los mutantes y los mestizos más evidentes atravesaban
el salón y pasaban por una puerta en la pared del fondo. Feric aprobó
entusiasmado; no tenía sentido malgastar el tiempo de un analista
genético con lamentables cuasi humanos. Un guardia aduanero común
hubiera podido eliminarlos sin más trámite. Los pocos esperanzados
a los que el guardia encaminó hacia la puerta más cercana,
incluían varios casos muy dudosos, por ejemplo el borgraviano maloliente
que precedía a Feric; aunque nada parecido a un Piel Azul o un Caraloro.
Pero mientras se aproximaba
al guardia, Feric observó algo extraño e inquietante. El
guardia parecía acoger a muchos de los mutantes a los que llevaba
hacia el grupo de los rechazados, con una cierta familiaridad; más
aún, los propios borgravianos actuaban como si conociesen bien el
sistema, y ni siquiera protestaban porque se los excluyese, y no mostraban
casi ninguna emoción. ¿Acaso estas pobres criaturas tenían
una inteligencia tan inferior a la del genotipo humano que se olvidaban
de todo de un día para otro, y retornaban aquí ritualmente?
Feric había oído decir que esa conducta obsesiva no era desconocida
en los verdaderos sumideros genéticos de Cressia y Arbona, pero
jamás había observado nada parecido en Borgravia, donde el
caudal genético se enriquecía constantemente con los nativos
exiliados de Heldon, que no podían obtener la certificación
de humanos verdaderos, pero que en todo caso elevaban el nivel del caudal
genético borgraviano muy por encima de lo que se veía en
lugares como Arbona o Zind.
Cuando Feric llegó a
la cabeza de la fila, el guardia aduanero le habló en tono neutro,
casi aburrido:
—Pase, ciudadano, ¿o
candidato a ciudadano?
—Candidato a ciudadano —replicó
sucintamente Feric. ¡Sin duda, el único pase concebible para
entrar en Heldon era un certificado oficial de pureza genética!
Uno ya tenía la ciudadanía helder o solicitaba el certificado,
y en ese caso se le declaraba puro, o se le prohibía que entrara
en Heldon. ¿Qué significaba esa absurda tercera categoría?
El guardia indicó a
Feric la fila más pequeña con un flojo movimiento de cabeza.
En todo esto, en el tono general de la operación había algo
que inquietó profundamente a Feric; un error que parecía
flotar en el aire, cierta pasividad, una clara falta de ese brío
y esa energía tradicionales en los habitantes de Heldon. ¿Acaso
esta vida solitaria en el lado borgraviano del Ulm había deteriorado
sutilmente el espíritu y la voluntad de estos helder genéticamente
robustos?
Absorto en estas cavilaciones
un tanto sombrías, Feric siguió a los otros y entró
en una habitación larga y estrecha; las paredes de paneles de pino
estaban adornadas artísticamente con bandas de madera tallada que
representaban escenas típicas de la Selva Esmeralda. Un mostrador
de piedra negra, brillantemente lustrada y con aplicaciones de acero inoxidable,
corría de un extremo a otro del cuarto; detrás se alineaban
los cuatro funcionarios helder. Estos individuos parecían excelentes
ejemplares de la humanidad verdadera, pero llevaban con cierto descuido
el uniforme, y no tenían la firme apostura que corresponde a un
soldado. Más parecían empleados de una oficina de correos
que tropas aduaneras al cuidado de una ciudadela de la pureza genética.
La inquietud de Feric se acentuó
cuando el borgraviano hediondo que estaba delante concluyó su breve
entrevista con el primero de los funcionarios, se limpió la tinta
dactiloscópica de las manos con un trapo bastante sucio, y siguió
caminando en busca del siguiente funcionario. En el extremo más
alejado de la larga habitación, Feric alcanzó a ver la entrada
al propio puente, donde un guardia armado con un garrote y una pistola
miraba pasar una colección sumamente dudosa de desechos genéticos,
destinada a ingresar en Heldon. De hecho, toda la operación se llevaba
a cabo con un aire absurdamente superficial.
El primer oficial helder era
joven, rubio, y un magnífico ejemplo del auténtico genotipo
humano; más aún, aunque Feric advirtió un dejo de
laxitud en la apostura del joven, el uniforme parecía mejor cortado
que en casi todos los otros; también estaba recién planchado,
y los botones de bronce tenían un cierto lustre, aunque no podía
decirse que relucieran. Frente a él, sobre el brillante mostrador
negro había una pila de formularios, un lapicero, un secante, un
trapo sucio y una almohadilla para entintar.
El oficial miró a los
ojos a Feric, pero la virilidad de esta mirada no era muy convincente.
—¿Tiene un certificado
de pureza genética emitido por la Alta República de Heldon?
—preguntó con expresión formal.
—Vengo a solicitar el certificado
y el ingreso en la Alta República como ciudadano y hombre verdadero
—replicó Feric con dignidad, esperando estar a la altura de las
circunstancias.
—Bien —murmuró tímidamente
el oficial, extendiendo la mano hacia el lapicero y el formulario que remataba
la pila, y apartando los ojos azules—. Ante todo, las formalidades. ¿Nombre?
—Feric Jaggar —respondió
orgullosamente Feric, con la esperanza de ver en el otro un signo de reconocimiento.
Pues si bien Heermank Jaggar no había sido más que un suboficial
de gabinete en la época de la paz de Karmak, era probable que en
la madre patria algunos reverenciaran aún los nombres de los mártires
de Karmak. Pero el guardia no reconoció el honor implícito
en el linaje de Feric, y escribió el nombre en el formulario con
una mano indiferente, e incluso un tanto imprecisa.
—¿Lugar de nacimiento?
—Gormond, Borgravia.
—¿Ciudadanía
actual?
Feric pestañeó
molesto, pues se veía obligado a reconocer que técnicamente
tenía la nacionalidad borgraviana. Sin embargo, se sintió
obligado a decir:
—Mis padres eran helder nativos,
tenían los certificados, y eran humanos puros. Y mi padre fue Heermank
Jaggar, que sirvió como subsecretario de evaluación genética
durante la Gran Guerra.
—Sin duda usted comprende que
ni siquiera el linaje más ilustre autoriza a otorgar el certificado
de hombre verdadero, ni siquiera a un helder nativo.
Feric enrojeció.
|