| Introducción
Reimpreso con el permiso de
The Journal of Popular Culture,
Vol. XXXI, nº 9,
septiembre de 1998.
“¿Qué mató
a la ciencia ficción?”
por el Dr. Josiah Carberry,
Profesor de Inglés,
Brown University de San Diego
RESUMEN: El recientemente desaparecido
género editorial y cinematográfico una vez conocido como
«ciencia ficción» vio la luz en 1926 y alcanzó
su punto álgido en el año 1966, tras lo cual una serie de
catástrofes imprevisibles, tanto literarias como extraliterarias,
dieron lugar a su abrupto declive y a su desaparición virtual.
ES DIFÍCIL CREER HOY
EN DÍA QUE, en nuestro panorama mediático actual, desprovisto
de trabajos de especulación fantástica, hubo un tiempo en
el que el mundo de la literatura y el cine prometía estar dominado
por la ahora olvidada rama de entretenimiento llamada «ciencia ficción».
Algunos de los pocos aficionados supervivientes recordarán con cariño
sus obras favoritas de «CF», como se le llamaba familiarmente,
atesorando sus desgastadas primeras ediciones, descamadas revistas pulp
y deterioradas copias cinematográficas. Sin embargo, un estudio
reciente revela que, lejos de reconocer los peculiares protocolos de lectura
e hitos agotados del género, los nacidos a partir de 1966 desconocen
en su mayoría el verdadero significado de la CF. Esta falta de enlace
generacional representa, de hecho, uno de los principales obstáculos
para lograr la resurrección del género.
En primer lugar,
quizás sea pertinente proporcionara una breve visión global
de los días gloriosos de la CF, antes de examinar los factores que
provocaron su rápida e infame desaparición.
Cuando Hugh Gormsbeck,
empresario inmigrante procedente, lanzó su revista Amazing Stories
en abril de 1926, reunió en ésta un dispar cuerpo de historias
y variedad de autores bajo la rúbrica scientifiction o «ficción
científica», término sustituido posteriormente por
el de «ciencia ficción». Con la codificación
de las reglas y el campo de juego de la CF, por así decirlo, allanó
el camino al crecimiento sostenido, a la popularidad y a la camaradería
lector-escritor. Durante los siguientes cuarenta años, el género
adquirió una complejidad y sofisticación creciente, dictando
cotas de excelencia. Al pasar de las revistas al formato de tapa dura y
a los libros en rústica (hacia 1950-1960), la CF comenzó
a producir obras maestras genuinas y maduras, como Menos que humano (1953)
de Theodore Sturgeon, La galaxia mi destino (1957) de Alfred Bester, y
El Nova Mob (1961) de Henry Kuttner.
Simultáneamente,
la CF comenzó a infiltrarse en otros medios. Radionovelas como La
mujer sombra y La cuadrada Dimensión X entusiasmaron a millones
de oyentes. Las tiras diarias de los periódicos, como Flashman Gordon,
Buckminster Rogers y La llama negra, rivalizaban con los cómics
mensuales (citemos Capitán Maravilloso, Kimball Kinnison,
Los hombres de la lente galáctica y Superiorman) por la atención
de lector medio, poco culto. Hollywood ofreció por su parte una
gran variedad de entradas, desde los magníficos La vida futurista
(1936) y Con destino a la órbita (1950) a aquellos de peor calidad:
Me casé con un marciano (1949) y el mucho más anticipado
pero decepcionante Un ojo en el cielo (1958).
La última mitad
de los 50 fue una época especialmente apasionante para la CF, puesto
que el lanzamiento del primer satélite artificial por parte de la
China comunista dio lugar a un mayor interés por el género,
reflejado en docenas de nuevas revistas, publicaciones de tapa dura y dramas
televisivos (por ejemplo, The Twilight Zone de Orson Welles)
En los albores de los
60, la CF parecía preparada para explotar como un verdadero fenómeno
de masas. Clásicos de culto como Vagabundo en tierra extraña
(1961) de Robert Heinlein, Vril Revival (1963) de Thomas Pynchon y Gusanitos
de Dune (1965) de Frank Herbert fueron abrazados incondicionalmente por
lectores tanto adultos como jóvenes, moviéndose en los puestos
más bajos de las listas de best-sellers. (Algunos entendidos predijeron
el mismo destino para un triunvirato en desarrollo de novelas británicas
de fantasía —habiendo sido este género un aliado durante
largo tiempo con su más respetable pariente científica— llamado
provisionalmente El señor de los anillos. Pero la muerte prematura
de su autor J. R. R. Tolkien en 1955, tras la publicación de un
único volumen, impidió dicha realización). Además,
una nueva y vigorosa generación de escritores que utilizaba sofisticados
enfoques literarios (cf. H. Ellison, S. Delany, R. Zelazny, B. Malzberg,
U. Leguen) había comenzado a darse a conocer.
Todo parecía prometedor
para la CF a mitad de la década. Pero, desconocido para todos, el
funesto destino del género en todas sus manifestaciones estaba a
la vuelta de la esquina.
Y a la némesis
de la CF se le llamó Star Trek.
8 de septiembre de 1966,
20:30 h. Hasta ese instante, pocas veces fue posible señalar un
punto de inflexión histórico con tanta exactitud. Pero retrospectivamente
fue con seguridad ese momento el que marcó el principio del fin
de la CF.
George Pal, partidario del
cine de Hollywood conocido por su antes mencionado y respetable trabajo
Con destino a la órbita, se había mudado al medio televisivo
tras el tremendo fracaso de su último estreno teatral, la involuntariamente
hilarante La naranja mecánica, en 1965. Imaginándose el viaje
inventado de un crucero interestelar del siglo XXIII llamado La Ambición
como un astuto recurso para aprovechar una parte de los decorados ya existentes,
Pal pasó a ejercer un (poco) creativo control sobre cada elemento
del nuevo espectáculo.
El primer y principal error
de Pal fue el casting de los tripulantes de su nave. Nick Adams interpretaba
al histriónico Capitán Tim Dirk como si de un James Dean
de pacotilla se tratara. El oficial alienígena llamado Strock fue
encarnado inexpresivamente por un Bela Lugosi debilitado por los narcóticos.
El doctor “Bones” LeRoi fue ridículamente representado por Larry
Storch. Al ingeniero “Spotty” (llamado así por sus pecas ) le tocó
en suerte un anciano Mickey Rooney lejos de su cima. Y en cuanto al elemento
femenino… una demacrada joven modelo llamada Twiggy (como Yeoman Sand)
y una andrajosamente voluptuosa Jayne Mansfield (como la Teniente de Comunicaciones
Impura) que contrastaban tan exageradamente como la ridícula tracción
«neutrón-antineutrón» de la nave. Los papeles
secundarios tabién fueron rellenados por pésimos actores.
El siguiente fallo grave de
Pal fue su insistencia en escribir él mismo todos los guiones de
la primera temporada, como medida de ahorro. Saqueando todos los clichés
de la CF, así como abundantes estereotipos de de los Westerns, de
las películas sobre la Segunda Guerra Mundial, y de otra docena
de géneros, los guiones de Pal deben ser calificados en esta opinión
crítica como algunos de los peores de todos los que aparecieron
en televisión.
Aparte de estos dos reveses,
los otros factores atenuantes que se opusieron al éxito de Star
Trek (efectos especiales primitivos, villanos ridículos, vestuario
más propio del país de Oz que del espacio exterior, un tema
musical a la vez enloquecedor e imposible de sacar de la cabeza) eran tan
sólo la guinda que coronó el pastel del desastre.
Casi todos los telespectadores
de la época pueden recordar donde estaban en el momento en que se
emitió ese infame primer episodio de Star Trek (una ultraconfusa
mezcolanza de viaje en el tiempo titulada «¿Dónde fuimos
desde entonces?»). Precipitándose en su emisión, al
estar seguro de que su única competencia eran reposiciones, los
primeros minutos del mortífero drama-bomba engancharon a millones
de telespectadores. En cuanto los chismes se extendieron por todo el país
y los espectadores se telefonearon los unos a los otros, la atracción
surgió. Para cuando la serie llegó a la costa oeste, ésta
había alcanzado los índices de audiencia más elevados
de cualquiera de las series emitida hasta la fecha. Sin embargo, esto no
era buena señal.
El día siguiente amaneció
con una crítica de tono altamente mordaz. Los columnistas de los
periódicos y editorialistas hicieron su agosto con el espectacular
fracaso, así como los cómicos de cine y teatro. (Por ejemplo,
Johnny Carson, dedicó su monólogo de entrada por completo
al episodio del 9 de septiembre). A la semana siguiente, se consagró
una edición especial de Teleguía a un estudio abrasivo sobre
Star Trek y la CF televisada en general.
Imprudentemente, la NBC, impactada
por el persistente prestigio de Pal, ya había firmado treinta y
nueve episodios de la nueva serie. Y en vez de echarse atrás o solicitar
ayuda, Pal decidió mantener el contrato en vigor y seguir adelante
a locas, enfrentándose a la vergüenza.
Semana tras semana, el público
fue transportado de la mamarrachada de un episodio a la de otro. Numerosas
frases típicas de la serie («¡Ha… ha fallecido, Tim!»;
«¡Maldición, soy un doctor del siglo XXIII, no un Científico
Cristiano!»; «¡Sóbame, Spotty»; «Esto
es altamente no axiomático») se convirtieron en el comentario
irónico de las conversaciones cotidianas. Y entonces ocurrió
lo inevitable.
La CF escrita comenzó
a estar cortada por el mismo patrón.
El latente prejuicio contra
«todo lo que huela a Buckminster Rogers», que siempre estuvo
a flor de piel en la conciencia del público, resurgió. El
ser visto leyendo un libro de CF en público se convirtió
en algo equivalente a llevar un cartel de «patéame»
pegado a la espalda. Todo el caché literario que la CF se había
ganado laboriosamente se evaporó de la noche a la mañana.
Al caer en picado las ventas
de libros y revistas de CF, los escritores y lectores de los tiempos prósperos
comenzaron a desertar en tropel. Las bancarrotas, tanto individuales como
colectivas, proliferaron. Las películas a medio producir fueron
canceladas. El género fue atrapado en una espiral descendente donde
el fracaso engendraba más fracaso.
Finalmente, en 1968, mucho
después de la desaparición de Star Trek (provocada por una
enérgica campaña de envío de cartas por correo organizada
por auténticos aficionados a la CF), aún cuando el recuerdo
de su fracaso estaba todavía fresco, sólo perduró
un núcleo arraigado de lectores y escritores, un injusto remanente
del que fuera una vez un legado de vital importancia.
Pocas dudas hay acerca de si
la CF era capaz, literalmente, de recuperarse de una tragedia de tales
dimensiones. El género siempre había sido presa de los altibajos
y en el pasado siempre había salido mal parado. Hizo falta un conjunto
de cataclismos excepcionales, extraliterarios y de gran magnitud para matar
al fin al género por completo, siendo este hecho un testigo de su
fuerza y de su atractivo inherente a la naturaleza humana.
En primera y más destacada
posición llegó el desastre del Apolo 11 en 1969. Cuando el
Módulo de Excursión Lunar no logró despegar de la
superficie de la Luna, todo el mundo fue expuesto a una tragedia prolongada
que empañó cualquier optimismo tecnológico que hubieran
dejado intacto la Guerra del Vietnam y la creciente conciencia de la contaminación
del medio ambiente por parte del género humano (cf. Los disturbios
del Día de la Tierra, 1972-75). La perversión por parte de
la ingeniería informática de que el FBI de la tercera administración
Nixon mantuviera las bases de datos internas de contraespionaje del
sistema “Big Nurse”, y la subsiguiente aprobación de leyes limitando
la manufactura de ordenadores a máquinas de bajo rendimiento, redujeron
el atractivo de un futuro dependiente de máquinas sofisticadas.
El paso definitivo hacia la destrucción de la CF fue la fusión
sin control de un reactor en la Isla de las Tres Millas en 1979. Con razón
o sin ella, durante mucho tiempo la CF ha sido identificada con la energía
nuclear por el público, y esta catástrofe contaminadora del
litoral hizo a la CF sinónimo de masacre.
El último golpe de mala
suerte fue en forma de película clandestina de dieciséis
milímetros que tuvo la desgracia de ganar notoriedad poco después
de lo de la isla. Procedente del panorama pornográfico de San Francisco,
Encuentros cercanos de tipo Star Trek era una aventura clasificada X de
los entonces desconocidos George Lucas y Steven Spielberg, protagonizada
igualmente por desconocidos actores y actrices (Charlie Sheen, Rob Lowe,
Hugh Grant, Louise Ciccone, Janet Jackson, Hilary Rodham, Syl Stallone,
Arnie Schwarzeneger, y otros). En esta repugnante farsa, representantes
de un decadente imperio interestelar hacían de la Tierra su lugar
de alterne, encontrándose con la resistencia de rebeldes desnudas
que resultaban ser más lujuriosas y censurables que los propios
tiranos. Después de que el Tribunal Supremo acabara con Lucas y
Spielberg, a ninguna persona en su sano juicio se le ocurriría acercarse
a la CF en muchos años luz.
Casi dos décadas después
de estas diversas debacles, la CF ha quedado reducida a una forma tan sólo
practicada por un puñado de aficionados excéntricos, apareciendo
en publicaciones samizdat mimeografiadas con un límite de circulación
de unos cientos como máximo (al menos en Estados Unidos; la situación
en el Reino Unido es una historia más complicada. Ver la publicación
previa por el mismo autor: «El Imperio de los medios de comunicación
de Moorcock y Ballard, Ltd.: ¿Murdoch puede hacerles competencia?»).
Que una tradición literaria antaño gloriosa tenía
que acabar de ese modo parecía inevitable, dado el cúmulo
de circunstancias aquí aducidas. Aunque por un momento, podemos
reflexionar —si bien podemos aventurarnos demasiado lejos al considerar
el antiguo tropo herético de CF como «el mundo alternativo»—
sobre cómo las cosas podían haber sido diferentes.
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