| Uno
Esa noche, como tantas otras,
Halliday se despertó en El Barrio; pero ahora, al mirar atrás,
sabía que esa noche marcó el principio de lo que consideraría
el periodo más oscuro de su vida.
El despertador sonó
a las diez. Parpadeó con fuerza para despertarse mientras su aliento
se perdía en el aire congelado del loft iluminado por la luna. Kim
estaba tumbada a su lado, el calor de su cuerpo le tentó a quedarse
en la cama una hora más. La idea de qué caso tendría
esta vez Barney entre manos le llevó a abandonar el santuario del
futón y a cruzar el loft en dirección al cuarto de baño,
la temperatura bajo cero le hizo estremecerse de frío.
Se afeitó disfrutando
del chorro de agua caliente. Debajo de la secadora, mirando a través
de la puerta abierta la extensión que abarcaba el loft, se dio cuenta
de que Kim había vuelto a redistribuir los muebles. El sofá
del Ejército de la Salvación y el sillón raído
estaban ahora de cara a la ventana que daba a la calle trasera.
La semana pasada, al
interceptarle una de sus miradas mientras trataba de encontrar el perchero,
le empujó hasta la cama y le sujetó los brazos con las rodillas
mientras el pelo le caía sobre su serena cara ovalada.
?¿Cuánto hace
que le conozco ya, Señor Halliday?
?Diría que ya debe hacer
unos diez años.
Le golpeó con
fuerza.
?No hace ni diez meses, Hal.
Y en ese tiempo, ¿qué ha pasado?
En esos diez meses,
él y su socio Barney habían prosperado: ya no pasaban más
de uno o dos días sin que entrase un caso nuevo, y el porcentaje
de encargos resueltos era más elevado que nunca. Halliday lo atribuía
a la casualidad, o a que se encontraba mejor psicológicamente gracias
a que este maravilloso duendecillo chino había entrado en su vida
como un torbellino en miniatura, llevándose su antigua apatía
y desesperación. Se sentía mejor por dentro y trabajaba mucho
más duro: por lo tanto, resolvía más casos.
?Veo este lugar, Hal...
?Kim señalaba el loft? y pienso energía negativa, habitación
enferma, mal Chi. Creo que cosas aquí deben cambiar. Así
que redistribuí todo. Y, mira por donde, tu suerte cambia: consigues
más trabajo, y más dinero.
Halliday oyó
un chillido procedente del loft. Acabó de vestirse y salió
del cuarto de baño. Kim bailaba por la habitación como un
derviche desnudo, con el pelo largo cayéndole sobre la cintura estrecha
como la de una niña. Se puso la ropa interior, bragas y sujetadores
minis, al mismo tiempo que le observaba con enormes ojos.
?¡Hal, te había
dicho que pusieses el despertador a las ocho!
?¿Cuándo?
¡No me dijiste nada de eso!
?Me acosté al
mediodía, te despertaste, y te dije “Hal, pon el despertador a las
ocho”. Y tú me contestaste que vale.
Apenas recordaba el
momento en que ella se metió bajo el térmico a su lado.
?Estaba reventadísimo...
?¡Me contestastes!
?¡En sueños!
Empezó a maldecirle
en mandarín, a la vez que saltaba sobre una pierna mientras forzaba
a la otra a entrar en unos tejanos.
Halliday cogió
su chaqueta y se subió la cremallera hasta la barbilla, aislándose
del frío.
?De todas formas, ¿para
qué querías levantarte a las ocho?
?Tengo trabajo que hacer, Hal.
Puestos que organizar. Una noche muy ajetreada.
?Podrías delegar.
Por un momento, dejó
de vestirse y le miró fijamente. Sacudió la cabeza. “Delegar”
era una palabra que aún tenía que entrar en su vocabulario.
Kim Lowned era la propietaria de una docena de puestos de comida chinos
situados a lo largo de las calles de esa zona; Halliday calculó
en una ocasión que trabajaba un mínimo de catorce horas al
día, cada día.
Cuando él le protestaba
que sólo se veían en la cama, ella siempre se las arreglaba
para sacar tiempo para estar con él. Le llevaba a comer a algún
restaurante, o a ver un holodrama, todo gestos para apaciguar su insatisfacción.
Después de un día o dos, ella volvía a su agotadora
rutina de trabajo y no volvían a salir hasta que él volvía
a sacar el tema.
?No se puede confiar
el trabajo que uno mismo debería hacer en otras personas, Hal ?Le
explicó?. Tengo que sacar rendimiento. Soy una chica muy ocupada.
No sabía si su
materialismo debía sorprenderle o asquearle. Llegó procedente
de Singapur a los quince años, debido a una invasión malasia
hacía diez años. Estaba sin blanca después de que
los comunistas confiscaran el restaurante de su padre. Aprendió
inglés por sí sola, se compró un microondas y un terreno
en un callejón y, poco a poco, montó un próspero negocio
de comida rápida.
Se detuvo en la puerta.
?Kim, ¿por qué
no aflojas un poco y te lo tomas con más calma? Disfruta.
Con botas après-ski
y una cazadora gruesa de montañismo, abrió los ojos de par
en par para enfrentarse a su apostasía.
?Sr. Halliday, me gusta
mi trabajo. Quizás si te gustase tu trabajo, serías una persona
más feliz.
Corrió hacia
el cuarto de baño.
Casi se le había
pasado por alto, empezó a reflexionarlo.
?Eh, eso no es justo. Mi trabajo
es distinto ?Se acercó al lavabo, abrió la puerta pintada
de rojo con la bota, y se apoyó en el marco?. Me paso el tiempo
buscando personas... a veces, las encuentro y a veces encuentro cadáveres.
Y a veces no encuentro nada... lo que puede ser aún peor.
Estaba sentada en el
retrete, con los tejanos en los tobillos, meando.
?Bueno, ¡pues a mí
me gusta mi trabajo! ?gritó?. ¡Me gusta lo que hago! Así
que no me culpes por eso, Hal.
?No te culpo de nada, sólo
digo que... ?se detuvo. A veces le sorprendía por qué perdía
el tiempo en discusiones. Nunca lograría que cambiase.
Ella era una criatura
de extremos. Combinaba una amabilidad femenina, un deseo casi obsesivo
de complacerle en las pocas ocasiones en que estaban juntos, con una determinación
feroz por conseguir lo que se proponía en aspectos que concernían
a las finanzas y a los negocios. En la calle, había visto cómo
daba instrucciones a sus encargados, en un estallido de mandarín
que sonaba como si un perturbado tocase las notas altas de un xilófono.
A menudo, le alarmaba el alcance de su cólera.
Una vez la acusó
de tener una doble personalidad.
Ella resopló
?Por favor, Señor Halliday,
no me vengas con esas estupideces freudianas. ¿No has oído
hablar del Yin y del Yang?
Dijo adiós con
la mano.
?Me marcho.
?Hal, si no te gusta tu trabajo
¿Por qué lo haces?
Se desprendió
de la jamba. A veces yo también me lo pregunto, pensó para
sí mismo.
?Te veo después, Kim.
?No te olvides de volver a
las... ?Le dijo ella mientras salía del loft. Pero el resto se perdió.
Se preguntó de qué debía estar hablando. No recordaba
haber quedado con ella a ninguna hora.
Bajó las escaleras
que le conducían al despacho que estaba en la segunda planta. Entró
en una agradable y cálida nube cargada de almidón que procedía
de la lavandería china.
Tras los gruesos cristales
había una luz encendida. Abrió la puerta. La oficina era
una habitación larga y estrecha, con una alfombra color moho y paredes
manchadas de nicotina. Al fondo, delante de la ventana que daba a una oxidada
escalera de incendios, había una mesa. La pared derecha la ocupaba
casi completamente una enorme pantalla, dividida en doce secciones, la
de la esquina de arriba a la derecha no funcionaba desde siempre que Halliday
pudiese recordar. La puerta enfrente de la pantalla daba a la habitación
donde Barney dormía por las noches. En el techo, un ventilador trataba
de aplacar el calor húmedo. Al lado de la mesa, una estufa. El calor
era un alivio después de la temperatura ártica del loft.
Barney estaba sentado
con las piernas extendidas sobre la mesa con una taza de café en
equilibrio sobre su prominente barriga. Como siempre, pegada a uno de los
lados de la boca, la colilla de un grueso puro.
Halliday le preguntó
en una ocasión si alguna vez había pensado en dejar los puros,
más que nada por razones de salud. Pero Barney sólo se había
reído.
?Es parte de la imagen, Hal.
¿Qué tipo de sabueso privado sería sin mi caliqueño
barato? Además, estoy enganchado. ? Le contestó a continuación.
Observaba la pantalla
del PC a través de las zapatillas. Halliday dedujo que hoy su socio
no se había alejado mucho de la oficina.
?Estoy hecho polvo,
Hal ?murmuró Barney?. El turno de noche es todo tuyo.
Halliday se sirvió
un café y se sentó en el desvencijado sofá chesterfield
junto a la ventana, mientras se calentaba delante de la estufa.
?¿Algo nuevo?
?Sólo lo que
ya tenemos en marcha ?dijo Barney?. Y lo que Jeff nos ha mandado a lo largo
de la semana.
Cada tanto tiempo Jeff
Simmons, del Departamento de Policía de Nueva York, les enviaba
casos viejos que la policía no había conseguido resolver.
Halliday y Barney cobraban doscientos dólares por encargarse del
trabajo de oficina de cada caso; si además lograban resolverlo,
les daban una bonificación. Era trabajo pesado, a menudo en vano,
pero bastaba para pagar los gastos generales.
A menudo, Halliday recordaba
cómo había empezado en este tipo de negocio, y se preguntaba
por qué seguía en él. Hace diez años, cuando
trabajaba para el Departamento, le destinaron a la división de Personas
Desaparecidas, bajo las órdenes de Jeff Simmons. Barney era su compañero
en PD y, junto a Simmons, se llevaban bien y formaban un buen equipo. Hace
ocho años, Barney dejó la policía y montó su
propia agencia, especializándose en personas desaparecidas. Hace
cinco años, tras la muerte de su esposa, Barney le hizo una proposición:
“vente conmigo, haz el trabajo sucio, te pagaré más de lo
que ganas ahora y, en cinco años, serás mi socio”.
En esa época,
Halliday estaba asqueado de la constante rutina, del nunca acabar con la
presión del papeleo del trabajo de policía. El dinero extra
y la promesa de Barney de encargarse él del trabajo de oficina le
convencieron. Se fue con él y les había ido bien; cobraban
por horas y pedían una bonificación si encontraban a la persona
desaparecida. Su porcentaje de éxitos rondaba el cincuenta por ciento,
lo cual no era mal resultado en este negocio.
?Te dejo con el caso
?le dijo Barney?. Yo trabajaré en el caso Lubanski mañana,
después de ir al centro.
Halliday le miró
intrigado.
?Último día
del curso, Hal. ?Le recordó Barney.
Asintió.
?Mira, no he dicho nada
hasta ahora, ¿vale?
?¿Algún
problema?
Se preguntó si
era lo que Barney le acababa de decir lo que le hacía parecer un
vago. Durante el mes pasado, Barney había pagado a un tutor personal
para ponerle al corriente de los aspectos técnicos de la realidad
virtual. Por lo que sabía Halliday de eso, estaba convencido de
que éste no sería más que otro de esos milagros que
duraban cuatro días y que se extendían por todo el país
y que tendría una muerte rápida. Pero, en su momento, pensó
lo mismo sobre los holodramas.
Halliday estaba absorto
en su café.
?¿Crees que lo
necesitaremos en esta línea de trabajo? Por la forma en que hablas,
las personas cambiarán la vida real por la RV como si se tratase
de algún tipo de holodrama de ciencia ficción. Miró
a Barney ?¿Crees que tendremos que entrar para sacarlos de ahí?
Barney sacudía
la cabeza.
?Tal y como están
las cosas ahora, no. Por razones de seguridad, hay un tiempo limitado de
exposición en el tanque de gelatina. Pasará una década
antes de que se pueda permanecer durante un periodo de tiempo importante.
?¿Cuánto
tiempo es “importante”? ¿Semanas?
Barney se encogió
de hombros.
?Algunos aseguran que
podremos vivir en RV de forma indefinida. Pero probablemente yo no llegue
a verlo.
Halliday sonrió.
Se imaginó una Nueva York deshabitada, con enormes hangares llenos
de tanques amontonados, cada uno de ellos con un ser humano soñando
y flotando en su interior.
?Mientras tanto ?prosiguió
Barney?, me mantendré al día. Si sucede allá afuera
y puede que afecte a mi negocio, entonces a Barney Kluger le interesa.
Halliday sonrió
y tomó un largo sorbo de café. Esto era precisamente lo que
admiraba secretamente de su jefe. Barney tenía ahora –¿cuántos?
¿sesenta? Llevaba una agencia de investigación de tercera
categoría en un distrito decadente de El Barrio; hacía seis
años que su mujer había fallecido y él tampoco es
que tuviese muy buena salud. Y, aún así, estaba allí,
al pie del cañón. A Halliday, le recordaba a un viejo boxeador
aturdido que no entiende el significado de la palabra derrota.
Se oyó cómo
unos nudillos golpeaban el cristal, y la puerta al final de la habitación
se abrió. Kim se apoyó en el marco de la puerta. Las botas
après-ski escarlatas y la cazadora acolchada de amarillo pálido
eran una ruda intrusión de color en la oficina gris y envuelta de
humo. Con el gorro forrado de piel, parecía un esquimal.
?Hal, ¿me has
oído? Te he dicho que vuelvas a las diez, ¿de acuerdo? ?Saludó
con la mano?. Hola, Barney.
?Hola, preciosa. ¿Cómo
va el negocio?
Dejó colgando
el labio inferior. A veces las expresiones simples de su cara sencilla,
casi sin formar, le hacían parecer una niña.
?Sube y baja, Barney.
?Deberías estar en el
negocio de los ascensores, pequeña.
Era algo que Halliday había
oído muchas veces antes. Kim, obedientemente, puso los ojos en blanco.
?¿Qué
hay a las diez? ?preguntó Halliday.
?Hal siempre se queja
?le dijo Kim a Barney?. Dice que nunca salimos, que nunca vamos a algún
sitio. Mañana te espera una gran sorpresa, Hal. No llegues tarde.
Antes de que pudiera
hacerle alguna pregunta, ella cerró la puerta y corrió escaleras
abajo.
?Una gran sorpresa.
Sabe que odio las sorpresas.
Barney gruñó.
?Te quejas de que nunca salís,
y cuando organiza algo, ¿qué es lo que haces tú? Quejarte.
Escucha, Hal. Despierta. Ella es lo mejor que te ha pasado nunca.
?¿Eso crees?
?Estoy seguro, tío.
Créeme, hace un año, eras un cabrón desgraciado y
miserable. Tuve que compartir esta basura contigo.
?¿Era tan malo?
?Tan malo ?Barney se
rió?. A veces, creo que no te das cuenta de lo afortunado que eres.
Halliday se encogió
de hombros.
?No lo sé... ?Pensó
en lo simples que parecen las relaciones para alguien que lo ve desde fuera?.
?Hal, ¿quieres
a esa niña?
Halliday soltó
una carcajada.
?¿Querer? Dios
mío, ¿qué es querer?
?Ya sabes, esa sencilla
emoción humana, querer cuidar de otro ser humano, lujuria mezclada
con afecto. La necesidad de la compañía de esa otra persona.
?Sí, bueno, todas
esas cosas... Pero no sé si el conjunto de eso es amor.
Barney se encogió
de hombros.
?Hal, tu problema es
que no eres capaz de ver algo bueno cuando se te cae encima ?Hizo una pausa,
sus ojos veían algo que se había marchado hacía tiempo,
y Halliday se preguntó si iba a empezar otro discurso sobre él
y Estelle.
Sonrió para sí
mismo. Quería decirle a Barney que no podía juzgar una relación
basándose en otra. Cada pareja era diferente, compuesta de complejas
imponderables psicológicas. Igualmente, las cosas eran diferentes
hace treinta años. Para empezar, hombres y mujeres se casaban, supuestamente
-sorprendentemente- para siempre. Halliday nunca miraba más lejos
de la semana siguiente.
Quizás, pensó,
era precisamente porque se veían tan poco que aún continuaban
juntos. Luego se regañó a sí mismo por tanto cinismo
y se preguntó qué sorpresa le tendría deparada Kim
mañana.
Barney estiró
los brazos por encima de la cabeza y bostezó con la boca abierta
de par en par.
?Voy a acostarme, Hal. Nos
vemos por la mañana.
Su robustez, el torso
fornido, la barriga cervecera y las piernas estevadas, hacían que
levantarse de su silla giratoria le costara mucho más que el proceso
contrario. Cerró la puerta del dormitorio tras él; un minuto
después, Halliday oyó el chorro de la ducha y la interpretación
en barítono de alguna plañidera canción irlandesa.
Se acomodó en
la silla giratoria y accedió a la computadora. Repasó la
media docena de casos que tenían en marcha, y la familiaridad de
éstos le llenó de frustración.
Estaba a punto de repasar
una pista de uno de los encargos –un empresario que había desaparecido
el pasado mes con los fondos de la compañía- cuando vio una
estrella parpadeando junto a un nombre, que significaba que era un caso
nuevo. Se preguntó por qué Barney no se lo había mencionado
y leyó rápidamente por encima las notas que su jefe había
tomado el día anterior.
Una mujer llamada Carrie
Villeux había pasado por la oficina el lunes por la mañana
para denunciar la desaparición de su amante, Sissi Nigeria. Barney
había anotado en sus notas: “lesbianas”, lo que quizás justificaría
el cambio de nombre patriótico y “en honor a mis raíces”.
Se preguntó por qué Villeux no se había cambiado el
nombre por Québec. Nigeria había salido una mañana
de su apartamento para ir a trabajar y no volvieron a verla más.
No había llegado a las oficinas de Cyber-Tech, donde trabajaba de
técnico informático. Villeux había dejado pasar unos
días antes de llamar a la policía, que habían investigado
el caso y no había encontrado nada.
Halliday reprodujo la
grabación del encuentro en la pantalla de la pared y vio a una mujer
alta y muy guapa vestida con una carísima gabardina plateada, llevaba
la cabeza rapada y tatuada con mándalas, lo último en moda
lesbiana. Resumió los hechos del caso con una voz fluida y un pronunciado
acento francés. Pero bajo la apariencia sofisticada, Halliday podía
ver que la mujer estaba más que preocupada sobre la seguridad de
su amante.
Había traído
un imagen de Sissi Nigeria con ella: una mujer negra extraordinariamente
bella con la cabeza rapada y prominentes pómulos de ángulo
perfecto.
Halliday sonrió
para sí mismo cuando recordó los cabreos de su hermana por
su forma machista de poner etiquetas. “La subjetivización de cualquier
mujer como bella no es más que otro criterio masculino e intolerante
para etiquetar y degradar al género femenino...” o algo por el estilo.
Pensar en Sue le traía un montón de recuerdos dolorosos.
Volvió a mirar la pantalla y leyó la dirección de
Villeux: Edificio Solano, Greenwich Village.
Ahora entendía
por qué Barney no le había mencionado el caso. No había
mucho que ayudara. La cuestión es que Nigeria había desaparecido
hace una semana, no se había presentado al trabajo y no le había
dicho nada a su amante de adónde se iba... Pero Villeux estaba dispuesta
a pagar a la agencia quinientos dólares la hora para que intentasen
localizar a su amante, y ese era un incentivo más que suficiente
para Halliday.
Halliday leyó
en las notas adjuntas al archivo del caso que Villeux estaría en
casa casi todas las noches después de las siete. Las noches de los
jueves y los viernes las pasaba en el Scumbar, en East Village.
Tecleó el número
del código de su casa y dejó que sonara durante unos minutos.
Pensó si esperar a que volviera a casa, o enfrentarse a la hostilidad
del Scumbar con la esperanza de encontrarla allí. Le había
dejado a Barney una entrada para el bar, otra razón por la que Barney
no se había interesado en el caso. La idea de Barney Kluger ahí
derecho ante la entrada de un enclave lesbiano y separatista, como era
el Scumbar, era algo tan improbable como cómico.
Encontró la entrada
en el cajón de la mesa y se la metió en el bolsillo trasero
del pantalón. Dejó una nota para Barney en la mesa del PC,
a continuación cerró con llave la puerta y se dirigió
al Ford abollado de Barney.
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