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NOCHES DE NUEVA YORK
Eric Brown

Ciudad de Nueva York, año 2040. 30 de millones de habitantes. 
Los ataques nucleares contra el centro y la costa oeste de Norteamérica han hecho que millones de personas emigren a las grandes urbes del este, y Nueva York, con sus más de 30 millones de personas es el gran vertedero de los desahuciados, dónde la mayoría malvive en un mundo sin salida aparente.
En una ciudad dónde la incipiente Realidad Virtual es el único escape posible para sus habitantes, Hal Hallyday y Barney Kluger, son detectives especializados en personas desaparecidas, en un microcosmos casi imposible de abarcar. Pero su tranquila rutina se verá interrumpida por la desaparición de una de las principales diseñadoras de RV.
Poseedora de una información vital, y en una carrera contrarrelos, descubrir el paradero de la científica en la inmensidad de la ciudad, puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte de millones de personas.

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Noches de Nueva York | Eric Brown | Prólogo: Tony Ballantine
260 páginas | 14.50 € | ISBN: 8496013111
Traducción: Eva Verloop van der Meij
Portada: Alejandro Terán. | Rústica
ANTICIPO DE LECTURA
Capítulo Uno
Uno

Esa noche, como tantas otras, Halliday se despertó en El Barrio; pero ahora, al mirar atrás, sabía que esa noche marcó el principio de lo que consideraría el periodo más oscuro de su vida.
  El despertador sonó a las diez. Parpadeó con fuerza para despertarse mientras su aliento se perdía en el aire congelado del loft iluminado por la luna. Kim estaba tumbada a su lado, el calor de su cuerpo le tentó a quedarse en la cama una hora más. La idea de qué caso tendría esta vez Barney entre manos le llevó a abandonar el santuario del futón y a cruzar el loft en dirección al cuarto de baño, la temperatura bajo cero le hizo estremecerse de frío.
  Se afeitó disfrutando del chorro de agua caliente. Debajo de la secadora, mirando a través de la puerta abierta la extensión que abarcaba el loft, se dio cuenta de que Kim había vuelto a redistribuir los muebles. El sofá del Ejército de la Salvación y el sillón raído estaban ahora de cara a la ventana que daba a la calle trasera.
  La semana pasada, al interceptarle una de sus miradas mientras trataba de encontrar el perchero, le empujó hasta la cama y le sujetó los brazos con las rodillas mientras el pelo le caía sobre su serena cara ovalada. 
?¿Cuánto hace que le conozco ya, Señor Halliday?
?Diría que ya debe hacer unos diez años. 
  Le golpeó con fuerza. 
?No hace ni diez meses, Hal. Y en ese tiempo, ¿qué ha pasado?
  En esos diez meses, él y su socio Barney habían prosperado: ya no pasaban más de uno o dos días sin que entrase un caso nuevo, y el porcentaje de encargos resueltos era más elevado que nunca. Halliday lo atribuía a la casualidad, o a que se encontraba mejor psicológicamente gracias a que este maravilloso duendecillo chino había entrado en su vida como un torbellino en miniatura, llevándose su antigua apatía y desesperación. Se sentía mejor por dentro y trabajaba mucho más duro: por lo tanto, resolvía más casos. 
  ?Veo este lugar, Hal... ?Kim señalaba el loft? y pienso energía negativa, habitación enferma, mal Chi. Creo que cosas aquí deben cambiar. Así que redistribuí todo. Y, mira por donde, tu suerte cambia: consigues más trabajo, y más dinero.
  Halliday oyó un chillido procedente del loft. Acabó de vestirse y salió del cuarto de baño. Kim bailaba por la habitación como un derviche desnudo, con el pelo largo cayéndole sobre la cintura estrecha como la de una niña. Se puso la ropa interior, bragas y sujetadores minis, al mismo tiempo que le observaba con enormes ojos. 
  ?¡Hal, te había dicho que pusieses el despertador a las ocho!
  ?¿Cuándo? ¡No me dijiste nada de eso!
  ?Me acosté al mediodía, te despertaste, y te dije “Hal, pon el despertador a las ocho”. Y tú me contestaste que vale. 
  Apenas recordaba el momento en que ella se metió bajo el térmico a su lado. 
      ?Estaba reventadísimo...
 ?¡Me contestastes!
 ?¡En sueños!
Empezó a maldecirle en mandarín, a la vez que saltaba sobre una pierna mientras forzaba a la otra a entrar en unos tejanos.
  Halliday cogió su chaqueta y se subió la cremallera hasta la barbilla, aislándose del frío. 
?De todas formas, ¿para qué querías levantarte a las ocho?
?Tengo trabajo que hacer, Hal. Puestos que organizar. Una noche muy ajetreada.
?Podrías delegar.
  Por un momento, dejó de vestirse y le miró fijamente. Sacudió la cabeza. “Delegar” era una palabra que aún tenía que entrar en su vocabulario. Kim Lowned era la propietaria de una docena de puestos de comida chinos situados a lo largo de las calles de esa zona; Halliday calculó en una ocasión que trabajaba un mínimo de catorce horas al día, cada día.
Cuando él le protestaba que sólo se veían en la cama, ella siempre se las arreglaba para sacar tiempo para estar con él. Le llevaba a comer a algún restaurante, o a ver un holodrama, todo gestos para apaciguar su insatisfacción. Después de un día o dos, ella volvía a su agotadora rutina de trabajo y no volvían a salir hasta que él volvía a sacar el tema.
  ?No se puede confiar el trabajo que uno mismo debería hacer en otras personas, Hal ?Le explicó?. Tengo que sacar rendimiento. Soy una chica muy ocupada.
  No sabía si su materialismo debía sorprenderle o asquearle. Llegó procedente de Singapur a los quince años, debido a una invasión malasia hacía diez años. Estaba sin blanca después de que los comunistas confiscaran el restaurante de su padre. Aprendió inglés por sí sola, se compró un microondas y un terreno en un callejón y, poco a poco, montó un próspero negocio de comida rápida.
  Se detuvo en la puerta. 
?Kim, ¿por qué no aflojas un poco y te lo tomas con más calma? Disfruta.
  Con botas après-ski y una cazadora gruesa de montañismo, abrió los ojos de par en par para enfrentarse a su apostasía. 
  ?Sr. Halliday, me gusta mi trabajo. Quizás si te gustase tu trabajo, serías una persona más feliz.
  Corrió hacia el cuarto de baño.
  Casi se le había pasado por alto, empezó a reflexionarlo.
?Eh, eso no es justo. Mi trabajo es distinto ?Se acercó al lavabo, abrió la puerta pintada de rojo con la bota, y se apoyó en el marco?. Me paso el tiempo buscando personas... a veces, las encuentro y a veces encuentro cadáveres. Y a veces no encuentro nada... lo que puede ser aún peor.
  Estaba sentada en el retrete, con los tejanos en los tobillos, meando. 
?Bueno, ¡pues a mí me gusta mi trabajo! ?gritó?. ¡Me gusta lo que hago! Así que no me culpes por eso, Hal.
?No te culpo de nada, sólo digo que... ?se detuvo. A veces le sorprendía por qué perdía el tiempo en discusiones. Nunca lograría que cambiase.
  Ella era una criatura de extremos. Combinaba una amabilidad femenina, un deseo casi obsesivo de complacerle en las pocas ocasiones en que estaban juntos, con una determinación feroz por conseguir lo que se proponía en aspectos que concernían a las finanzas y a los negocios. En la calle, había visto cómo daba instrucciones a sus encargados, en un estallido de mandarín que sonaba como si un perturbado tocase las notas altas de un xilófono. A menudo, le alarmaba el alcance de su cólera.
  Una vez la acusó de tener una doble personalidad.
  Ella resopló
?Por favor, Señor Halliday, no me vengas con esas estupideces freudianas. ¿No has oído hablar del Yin y del Yang? 
  Dijo adiós con la mano. 
?Me marcho.
?Hal, si no te gusta tu trabajo ¿Por qué lo haces?
  Se desprendió de la jamba. A veces yo también me lo pregunto, pensó para sí mismo. 
?Te veo después, Kim.
?No te olvides de volver a las... ?Le dijo ella mientras salía del loft. Pero el resto se perdió. Se preguntó de qué debía estar hablando. No recordaba haber quedado con ella a ninguna hora.
  Bajó las escaleras que le conducían al despacho que estaba en la segunda planta. Entró en una agradable y cálida nube cargada de almidón que procedía de la lavandería china.
  Tras los gruesos cristales había una luz encendida. Abrió la puerta. La oficina era una habitación larga y estrecha, con una alfombra color moho y paredes manchadas de nicotina. Al fondo, delante de la ventana que daba a una oxidada escalera de incendios, había una mesa. La pared derecha la ocupaba casi completamente una enorme pantalla, dividida en doce secciones, la de la esquina de arriba a la derecha no funcionaba desde siempre que Halliday pudiese recordar. La puerta enfrente de la pantalla daba a la habitación donde Barney dormía por las noches. En el techo, un ventilador trataba de aplacar el calor húmedo. Al lado de la mesa, una estufa. El calor era un alivio después de la temperatura ártica del loft. 
  Barney estaba sentado con las piernas extendidas sobre la mesa con una taza de café en equilibrio sobre su prominente barriga. Como siempre, pegada a uno de los lados de la boca, la colilla de un grueso puro.
  Halliday le preguntó en una ocasión si alguna vez había pensado en dejar los puros, más que nada por razones de salud. Pero Barney sólo se había reído. 
?Es parte de la imagen, Hal. ¿Qué tipo de sabueso privado sería sin mi caliqueño barato? Además, estoy enganchado. ? Le contestó a continuación.
  Observaba la pantalla del PC a través de las zapatillas. Halliday dedujo que hoy su socio no se había alejado mucho de la oficina. 
  ?Estoy hecho polvo, Hal ?murmuró Barney?. El turno de noche es todo tuyo. 
  Halliday se sirvió un café y se sentó en el desvencijado sofá chesterfield junto a la ventana, mientras se calentaba delante de la estufa. 
  ?¿Algo nuevo?
  ?Sólo lo que ya tenemos en marcha ?dijo Barney?. Y lo que Jeff nos ha mandado a lo largo de la semana.
  Cada tanto tiempo Jeff Simmons, del Departamento de Policía de Nueva York, les enviaba casos viejos que la policía no había conseguido resolver. Halliday y Barney cobraban doscientos dólares por encargarse del trabajo de oficina de cada caso; si además lograban resolverlo, les daban una bonificación. Era trabajo pesado, a menudo en vano, pero bastaba para pagar los gastos generales.
  A menudo, Halliday recordaba cómo había empezado en este tipo de negocio, y se preguntaba por qué seguía en él. Hace diez años, cuando trabajaba para el Departamento, le destinaron a la división de Personas Desaparecidas, bajo las órdenes de Jeff Simmons. Barney era su compañero en PD y, junto a Simmons, se llevaban bien y formaban un buen equipo. Hace ocho años, Barney dejó la policía y montó su propia agencia, especializándose en personas desaparecidas. Hace cinco años, tras la muerte de su esposa, Barney le hizo una proposición: “vente conmigo, haz el trabajo sucio, te pagaré más de lo que ganas ahora y, en cinco años, serás mi socio”.
  En esa época, Halliday estaba asqueado de la constante rutina, del nunca acabar con la presión del papeleo del trabajo de policía. El dinero extra y la promesa de Barney de encargarse él del trabajo de oficina le convencieron. Se fue con él y les había ido bien; cobraban por horas y pedían una bonificación si encontraban a la persona desaparecida. Su porcentaje de éxitos rondaba el cincuenta por ciento, lo cual no era mal resultado en este negocio.
  ?Te dejo con el caso ?le dijo Barney?. Yo trabajaré en el caso Lubanski mañana, después de ir al centro.
  Halliday le miró intrigado.
  ?Último día del curso, Hal. ?Le recordó Barney.
  Asintió. 
  ?Mira, no he dicho nada hasta ahora, ¿vale?
  ?¿Algún problema?
  Se preguntó si era lo que Barney le acababa de decir lo que le hacía parecer un vago. Durante el mes pasado, Barney había pagado a un tutor personal para ponerle al corriente de los aspectos técnicos de la realidad virtual. Por lo que sabía Halliday de eso, estaba convencido de que éste no sería más que otro de esos milagros que duraban cuatro días y que se extendían por todo el país y que tendría una muerte rápida. Pero, en su momento, pensó lo mismo sobre los holodramas. 
  Halliday estaba absorto en su café. 
  ?¿Crees que lo necesitaremos en esta línea de trabajo? Por la forma en que hablas, las personas cambiarán la vida real por la RV como si se tratase de algún tipo de holodrama de ciencia ficción. Miró a Barney ?¿Crees que tendremos que entrar para sacarlos de ahí?
  Barney sacudía la cabeza. 
  ?Tal y como están las cosas ahora, no. Por razones de seguridad, hay un tiempo limitado de exposición en el tanque de gelatina. Pasará una década antes de que se pueda permanecer durante un periodo de tiempo importante.
  ?¿Cuánto tiempo es “importante”? ¿Semanas?
  Barney se encogió de hombros. 
  ?Algunos aseguran que podremos vivir en RV de forma indefinida. Pero probablemente yo no llegue a verlo.
  Halliday sonrió. Se imaginó una Nueva York deshabitada, con enormes hangares llenos de tanques amontonados, cada uno de ellos con un ser humano soñando y flotando en su interior.
  ?Mientras tanto ?prosiguió Barney?, me mantendré al día. Si sucede allá afuera y puede que afecte a mi negocio, entonces a Barney Kluger le interesa.
  Halliday sonrió y tomó un largo sorbo de café. Esto era precisamente lo que admiraba secretamente de su jefe. Barney tenía ahora –¿cuántos? ¿sesenta? Llevaba una agencia de investigación de tercera categoría en un distrito decadente de El Barrio; hacía seis años que su mujer había fallecido y él tampoco es que tuviese muy buena salud. Y, aún así, estaba allí, al pie del cañón. A Halliday, le recordaba a un viejo boxeador aturdido que no entiende el significado de la palabra derrota. 
  Se oyó cómo unos nudillos golpeaban el cristal, y la puerta al final de la habitación se abrió. Kim se apoyó en el marco de la puerta. Las botas après-ski escarlatas y la cazadora acolchada de amarillo pálido eran una ruda intrusión de color en la oficina gris y envuelta de humo. Con el gorro forrado de piel, parecía un esquimal.
  ?Hal, ¿me has oído? Te he dicho que vuelvas a las diez, ¿de acuerdo? ?Saludó con la mano?. Hola, Barney.
  ?Hola, preciosa. ¿Cómo va el negocio?
  Dejó colgando el labio inferior. A veces las expresiones simples de su cara sencilla, casi sin formar, le hacían parecer una niña. 
?Sube y baja, Barney.
?Deberías estar en el negocio de los ascensores, pequeña.
Era algo que Halliday había oído muchas veces antes. Kim, obedientemente, puso los ojos en blanco.
  ?¿Qué hay a las diez? ?preguntó Halliday.
  ?Hal siempre se queja ?le dijo Kim a Barney?. Dice que nunca salimos, que nunca vamos a algún sitio. Mañana te espera una gran sorpresa, Hal. No llegues tarde.
  Antes de que pudiera hacerle alguna pregunta, ella cerró la puerta y corrió escaleras abajo.
  ?Una gran sorpresa. Sabe que odio las sorpresas.
  Barney gruñó. 
?Te quejas de que nunca salís, y cuando organiza algo, ¿qué es lo que haces tú? Quejarte. Escucha, Hal. Despierta. Ella es lo mejor que te ha pasado nunca.
  ?¿Eso crees?
  ?Estoy seguro, tío. Créeme, hace un año, eras un cabrón desgraciado y miserable. Tuve que compartir esta basura contigo.
  ?¿Era tan malo?
  ?Tan malo ?Barney se rió?. A veces, creo que no te das cuenta de lo afortunado que eres.
  Halliday se encogió de hombros. 
?No lo sé... ?Pensó en lo simples que parecen las relaciones para alguien que lo ve desde fuera?.
  ?Hal, ¿quieres a esa niña?
  Halliday soltó una carcajada. 
  ?¿Querer? Dios mío, ¿qué es querer?
  ?Ya sabes, esa sencilla emoción humana, querer cuidar de otro ser humano, lujuria mezclada con afecto. La necesidad de la compañía de esa otra persona.
  ?Sí, bueno, todas esas cosas... Pero no sé si el conjunto de eso es amor.
  Barney se encogió de hombros. 
  ?Hal, tu problema es que no eres capaz de ver algo bueno cuando se te cae encima ?Hizo una pausa, sus ojos veían algo que se había marchado hacía tiempo, y Halliday se preguntó si iba a empezar otro discurso sobre él y Estelle. 
  Sonrió para sí mismo. Quería decirle a Barney que no podía juzgar una relación basándose en otra. Cada pareja era diferente, compuesta de complejas imponderables psicológicas. Igualmente, las cosas eran diferentes hace treinta años. Para empezar, hombres y mujeres se casaban, supuestamente -sorprendentemente- para siempre. Halliday nunca miraba más lejos de la semana siguiente.
  Quizás, pensó, era precisamente porque se veían tan poco que aún continuaban juntos. Luego se regañó a sí mismo por tanto cinismo y se preguntó qué sorpresa le tendría deparada Kim mañana.
  Barney estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó con la boca abierta de par en par. 
?Voy a acostarme, Hal. Nos vemos por la mañana. 
  Su robustez, el torso fornido, la barriga cervecera y las piernas estevadas, hacían que levantarse de su silla giratoria le costara mucho más que el proceso contrario. Cerró la puerta del dormitorio tras él; un minuto después, Halliday oyó el chorro de la ducha y la interpretación en barítono de alguna plañidera canción irlandesa.
  Se acomodó en la silla giratoria y accedió a la computadora. Repasó la media docena de casos que tenían en marcha, y la familiaridad de éstos le llenó de frustración.
  Estaba a punto de repasar una pista de uno de los encargos –un empresario que había desaparecido el pasado mes con los fondos de la compañía- cuando vio una estrella parpadeando junto a un nombre, que significaba que era un caso nuevo. Se preguntó por qué Barney no se lo había mencionado y leyó rápidamente por encima las notas que su jefe había tomado el día anterior.
  Una mujer llamada Carrie Villeux había pasado por la oficina el lunes por la mañana para denunciar la desaparición de su amante, Sissi Nigeria. Barney había anotado en sus notas: “lesbianas”, lo que quizás justificaría el cambio de nombre patriótico y “en honor a mis raíces”. Se preguntó por qué Villeux no se había cambiado el nombre por Québec. Nigeria había salido una mañana de su apartamento para ir a trabajar y no volvieron a verla más. No había llegado a las oficinas de Cyber-Tech, donde trabajaba de técnico informático. Villeux había dejado pasar unos días antes de llamar a la policía, que habían investigado el caso y no había encontrado nada.
  Halliday reprodujo la grabación del encuentro en la pantalla de la pared y vio a una mujer alta y muy guapa vestida con una carísima gabardina plateada, llevaba la cabeza rapada y tatuada con mándalas, lo último en moda lesbiana. Resumió los hechos del caso con una voz fluida y un pronunciado acento francés. Pero bajo la apariencia sofisticada, Halliday podía ver que la mujer estaba más que preocupada sobre la seguridad de su amante. 
  Había traído un imagen de Sissi Nigeria con ella: una mujer negra extraordinariamente bella con la cabeza rapada y prominentes pómulos de ángulo perfecto.
  Halliday sonrió para sí mismo cuando recordó los cabreos de su hermana por su forma machista de poner etiquetas. “La subjetivización de cualquier mujer como bella no es más que otro criterio masculino e intolerante para etiquetar y degradar al género femenino...” o algo por el estilo. Pensar en Sue le traía un montón de recuerdos dolorosos. Volvió a mirar la pantalla y leyó la dirección de Villeux: Edificio Solano, Greenwich Village.
  Ahora entendía por qué Barney no le había mencionado el caso. No había mucho que ayudara. La cuestión es que Nigeria había desaparecido hace una semana, no se había presentado al trabajo y no le había dicho nada a su amante de adónde se iba... Pero Villeux estaba dispuesta a pagar a la agencia quinientos dólares la hora para que intentasen localizar a su amante, y ese era un incentivo más que suficiente para Halliday.
  Halliday leyó en las notas adjuntas al archivo del caso que Villeux estaría en casa casi todas las noches después de las siete. Las noches de los jueves y los viernes las pasaba en el Scumbar, en East Village.
  Tecleó el número del código de su casa y dejó que sonara durante unos minutos. Pensó si esperar a que volviera a casa, o enfrentarse a la hostilidad del Scumbar con la esperanza de encontrarla allí. Le había dejado a Barney una entrada para el bar, otra razón por la que Barney no se había interesado en el caso. La idea de Barney Kluger ahí derecho ante la entrada de un enclave lesbiano y separatista, como era el Scumbar, era algo tan improbable como cómico. 
  Encontró la entrada en el cajón de la mesa y se la metió en el bolsillo trasero del pantalón. Dejó una nota para Barney en la mesa del PC, a continuación cerró con llave la puerta y se dirigió al Ford abollado de Barney.