| 15. LA LEYENDA DEL DIOS
DE LOS SEIS BRAZOS
Amin decidió convertirse
en cazador de monstruos cuando fue rescatado de una araña gigante
por una cuadrilla de hombres y mujeres que se dedicaban a este oficio.
Nació en el norte. En
latitudes donde la nieve nunca dejaba de caer y las montañas monstruosas
se perdían en el cielo encapotado. Alguna vez se asomaba el sol.
Pero lo hacía con una timidez rojiza que apenas daba para calentar
el mundo.
De niño, sus padres
le decían que el norte nunca terminaba. Que más allá
de la última ciudad humana sólo había una llanura
blanca en la que a veces brillaba el cuerpo multicolor de los dragones.
En cuanto al sur, al sur, le
decían, hay un mundo lleno de colores extraños.
—Si los hombres del norte vamos
allí, esos colores nos destrozan los ojos —le atemorizaba su padre—.
Primero nos vuelven locos. Y luego nos dejan ciegos.
Pero Amin sentía una
llamada dentro de sí. Él no quería vivir siempre en
aquel mundo en blanco y negro. Quería descubrir esos colores que
volvían locos a los hombres del norte. Sus padres, viendo por dónde
iban los tiros, empezaron a contarle todo tipo de leyendas horribles sobre
el sur. Pero en vez de asustar al pequeño Amin, le multiplicaban
la curiosidad.
Llegó a la adolescencia
y se convirtió en el mejor guerrero de su tribu. De algún
antepasado indeterminado o de un padre verdadero y secreto había
heredado una agilidad y una fuerza aterradoras. Aprendió a luchar
sólo porque se le daba bien, no porque le gustara especialmente.
La primera vez que alguien le puso una espada en la mano la miró
con indiferencia, pero supo que su brazo había sido hecho para sostener
ese pedazo de metal.
Los inviernos se iban sucediendo.
El manto de nieve que cubría la tierra y hacía invisibles
las montañas se renovaba como si fuera la piel del mundo. Las tempestades
de hielo azotaban la techumbre de su cabaña. Y Amin seguía
sintiendo esa llamada del sur. Por alguna razón no escrita necesitaba,
debía, descubrir ese mundo de miles de colores.
Sus padres asistían
con horror a los vagabundeos cada vez más largos del joven Amin.
Veían con impotencia cómo la razón de sus vidas, el
ser que debía garantizarles la vejez, se alejaba de ellos por motivos
abstractos o chorras.
Así hasta que un día
no volvió a casa.
Esa noche le capturó
una araña gigante y unos cazadores de monstruos le rescataron. El
jefe de la cuadrilla, un hombre maldito por una bruja enamorada y despechada,
le adoptó como si fuera su hijo. Aprendió el oficio de asesino
de monstruos. Aprendió a utilizar aquellas espadas antinaturalmente
finas y largas. Aquellos artilugios estrambóticos. Aquellas armaduras
para tres hombres. Aquellas jaulas. Aquellos cepos envenenados.
En compañía de
estos cazadores se fue alejando para siempre del hogar. Entonces era muy
joven y no era consciente de que renunciando al lugar donde había
nacido estaba renunciando a sí mismo. A la vez que se encaminaba
al sur (a lo desconocido) del mundo, viajaba hacia el sur (lo desconocido)
de sí mismo, de su alma.
Pronto fue el mejor cazador
y decidió abandonar la cuadrilla para seguir solo aquel viaje. El
hombre maldito por una bruja enamorada le regaló un consejo en su
despedida:
—Vuelve a casa algún
día.
Amin asintió y desapareció
entre la niebla.
Ahora era un lobo solitario
que atravesaba a pie los bosques. En aquellas latitudes había una
especie de refugios o posadas muy peculiares. Solían ser cuevas
en las laderas de las montañas recubiertas de madera y con una fachada
de madera también. Allí acudían, cuando llegaba la
noche mortal, tipos de lo más extraño y dudoso. Seres de
todo género como zorros parlantes u hombres con manos de plata,
poseedores de caballos de fuego.
Solían arracimarse en
el suelo, sobre las alfombras junto a la chimenea y se contaban sus maravillosas
vidas mientras bebían aguardiente. Afuera el viento aullaba como
si le estuvieran matando. Los parroquianos oían con alivio los lamentos
del mundo. Sabían que, si la noche les hubiera sorprendido lejos
del refugio, ahora estarían muertos.
En esos lugares Amin escuchaba
atentamente a los demás porque siempre había alguien que
contaba cómo un gusano de cien metros estaba violando a las adolescentes
de alguna aldea cercana. Luego, la pobre víctima engendraba monstruosos
gusanitos blancos a los que terminaba por coger cariño.
—El procedimiento es el siguiente
—explicaba el narrador—. El animal, de viscosos y blanquecinos anillos,
penetra en la casa a través del subsuelo. Porque vive bajo tierra.
Se cuela en la habitación de la chica. La mete en su boca gigante
para que nadie oiga sus gritos. La lleva a algún lugar bajo tierra
y allí la cubre durante horas y horas hasta que le deja dentro innumerables
veces la semilla de la descendencia.
Los demás enmudecían
de horror. Pero Amin sonreía satisfecho y al día siguiente
se encaminaba hacia esa aldea. Allí se ofrecía a matar al
monstruo a cambio de una suma elevadísima que todos estaban dispuestos
a pagar. Luego daba muerte al ser de turno y se llevaba una pasta buena,
buena.
Había dos clases de
monstruos: los de orden mayor y los de orden menor.
—Un cazador —solía decirle
su maestro maldito por una bruja apasionada— puede matar en su vida cinco
grandes bestias. Siete si es extremadamente bueno. Luego, todos han muerto.
Amin llegó a los quince.
Y cada uno de ellos lo fue tatuando en su brazo como si los horribles combates
fueran hitos en el mapa que iba trazando en su vida.
Un día, en su ruta hacia
el sur, cuando dejó atrás unas montañas innombrables,
descubrió que debajo de la nieve había tierra. Y que sobre
ella crece algo verde. Vio que aquellos nuevos colores no le volvían
loco (sus padres estaban equivocados) y siguió su camino muy satisfecho.
Los años fueron pasando.
Amin veía cómo los hombres y mujeres elegían una parcela
de mundo para hacer el amor y tener hijos en ella. Él, tan cazador
de monstruos, las habitaba todas y ninguna. Era prisionero de su libertad.
Mientras los otros tenían
hijos y quebraderos de cabeza, él iba coleccionando años
y tatuajes con los seres a los que mataba. Todos los humanos le miraban
con envidia. Él les miraba con envidia a todos ellos.
Un día llegó a
un valle cuyos habitantes se pasaban la vida atemorizados dentro de sus
casas. Le explicaron que en el lago vivía un ser fabuloso que se
alimentaba de almas y que desdeñaba los cuerpos. Era un valle cubierto
de niebla. Esa niebla venía desde el lago donde, decían,
habitaba el monstruo. Nadie sabía cómo era. Nadie le había
visto en miles de años. Pero muchos intuían su presencia
a veces, de noche, en la lejanía. Una sombra inmensa de seis brazos
que se revolvía tras el muro de brumas.
Por eso los habitantes del
valle nunca se alejaban de su aldea y bajo ningún concepto salían
de noche.
Amin se ofreció a dar
muerte a ese ser. Todos le miraron con espanto. Pese a que el citado ente
les daba pánico y les retenía en sus casas desde hacía
generaciones, en el fondo no deseaban su muerte porque no sabían
vivir de otra manera que no fuera atenazados por el pavor a ese dios invisible.
Al final accedieron.
Amin fue al lago con su gran
espada. Lo hizo de noche, que es cuando se suponía que el monstruo
salía a la superficie. El lago estaba rodeado de unas montañas
horrendas con forma de colmillo. De las aguas negras emanaba una niebla
que se metía hasta en la conciencia. La superficie era negra y lisa
como una balsa de mármol mortuorio. En el cielo brillaban enormes
estrellas de cinco puntas y una luna enferma.
Amin cogió una barca
y se internó en la laguna. Allí no había vida. No
había el menor ruido. La vida se desarrollaba tan en silencio que
no parecía vida. Las horas pasaban y el monstruo de seis brazos
que tanto asustaba a los habitantes del valle no venía a cobrarse
el alma de Amin. El hombre del norte escrutaba las profundidades, pero
no podía ver nada de lo que había debajo. El lago era impenetrable.
La niebla espesa borraba la barca.
Al final, Amin se tiró
al agua con la espada al cinto. Para su sorpresa, las entrañas de
la laguna eran claras. Se sentía nadando en el interior de un diamante.
Pero más sorprendente fue descubrir que podía respirar esa
agua, como si fuera una merluza.
Maravillado, vio que, cuanto
más descendía, más claro y límpido era el lago
que, en su superficie, daba terror.
Puso pie en el fondo y vio
que podía caminar como si estuviera en tierra. La luna iluminó
entonces un pequeño mundo. Era una ciudad con edificios de apenas
un metro de altura. Plazas, parques, avenidas, bares, mercerías,
tiendas de todo a cien, prostíbulos. Pero del tamaño de casas
de muñecas. También había un cementerio con tumbas
minúsculas, un palmo de largas.
—¿Qué es esto?
—se preguntó Amin.
Era un pequeño mundo
habitado por seres minúsculos que se refugiaban bajo la superficie.
Pero era un mundo fantasma. No había nadie. Amin sólo pudo
encontrar un esqueleto del tamaño de un dedo, aunque de morfología
casi humana. Amin cogió ese resto de homínido y lo guardó
el resto de su vida en el bolsillo de su chaqueta.
Por alguna razón, esa
civilización de hombrecillos y mujercillas se había extinguido,
pero quedaban sus edificios en pie. Una ciudad muy bella y muy bien hecha.
Amin no pudo contener la risa cuando vio, unos metros más allá.
Un gran monstruo hecho de madera. De seis metros de alto. Una carcasa.
Una farsa. Sus seis gigantescos brazos podían moverse mediante un
sistema de poleas. El cazador de monstruos imaginó a miles de aquellos
hombrecitos tirando a la vez de las cuerdas que daban movimiento a las
extremidades del falso dios.
El hombre del norte entendió
que los seres de aquella civilización muerta utilizaron ese truco
del monstruo de pega para alejar a los seres humanos de su mundo. Y ahora,
tal vez mil años después, los aldeanos seguían temiendo
aquel trozo de madera que ahora descansaba inanimado bajo las aguas.
Amin volvió a la superficie.
Fue al pueblo.
—¿Has matado al monstruo?
—le preguntaron los habitantes del valle.
—No he podido —mintió—.
Es demasiado poderoso y fuerte. Además, seguro que es inmortal,
así que nunca morirá. Y siempre estará al acecho.
Los pobres ignorantes estallaron
en lágrimas. Amin se fue de allí sin poder tragarse la risa.
16. LA LEYENDA DEL DESEO
SUBLIMADO
—¿Y cómo llegaste
a Arialcanda? —preguntó Akkán a Amin.
Él expuso sus razones:
Amin tenía 38 años
cuando escuchó hablar por primera vez de El Inmortal.
Estaba atravesando cierto desierto
en compañía de unos gitanos que querían instalar un
campamento sobre una estrella. Pero de momento se conformaban con dormir
al borde del camino, apoyados en las ruedas de sus carros, porque el alcalde
de la estrella no daba licencia. Uno de los gitanos tenía la cabeza
y las manos de plata. De noche, sus dedos y sus mejillas relucían
avivados por el fuego. A este hombre le gustaba contar historias. Y a los
demás escucharlas.
—¿Habéis oído
hablar de Arialcanda? —preguntó una noche a su concurrencia gitana.
—Sí —respondieron sin
armonía.
—¿Sabéis quién
vive bajo Arialcanda?
—No.
Y entonces el cuentacuentos
de plata describió a El Inmortal como el ser encargado de custodiar
los secretos de la vida.
—Es una especie de perro guardián
de Dios —explicó—. O del Diablo.
Se suponía que El Inmortal
se deslizaba eternamente por los subterráneos de la ciudad. Unos
subterráneos que, presuntamente, eran infinitos, eran el intestino
indiscernible del Universo. Quien quisiera conocer los secretos de la vida
debería penetrar en aquella ciudad que nunca había visto
la luz. Descubrir el camino en aquellas regiones secretas. Escapar de El
Inmortal (que, como su propio nombre aclara, no podía morir) y encontrarse
con el infinito. Mirar cara a cara al infinito.
—¿Y qué es el
infinito? —preguntó un niño un poco raro.
El gitano de plata le clavó
sus ojos de metal precioso y respondió:
—Yo oí decir hace mucho
tiempo que el infinito es un espejo delante de otro espejo.
A Amin todo eso de los
secretos de la vida y del infinito le importaba un pito. Él había
encontrado una nueva pieza que cobrarse. El tatuaje número 16. El
tal Inmortal. Había escuchado la narración con profunda atención.
Ahora ya sabía cuál sería su próximo destino.
A la mañana siguiente
dejó a los gitanos y se encaminó a Arialcanda.
Llegó meses después
de caminar siempre hacia oriente, porque la ciudad estaba tan lejos que
Dios tenía que ir hasta allí en taxi para no perder su título
de ubicuo. Amin se presentó ante Ielan Yenenaii y le dijo que quería
matar a El Inmortal. Ese atrevido anuncio lo hizo en el Salón de
los Cien Escalones.
Para su sorpresa, los que estaban
allí se echaron a reír o le miraron como se mira a un inocente.
La que más se rió fue una niña maliciosa, rubia y
de ojos dorados que se llamaba Boléii.
—Pero hombre —le reconvino
Ielan Yenenaii—, ¿quién quiere la muerte de El Inmortal?
¿No ves que la frase en sí no tiene sentido? La muerte de
El Inmortal. No. Es un contrasentido. Los inmortales son inmortales porque
no mueren.
Entonces entró en el
salón una mujer mucho más joven que él. Tenía
los ojos negros y rasgados de los orientales. Vestía una túnica
negra y dorada por debajo de la cual asomaban unos pies calzados con sandalias.
Su pelo negro y pulsional estaba domesticado en una gran trenza. Amin se
preguntó cómo sería aquella chica sin túnica
y con la trenza deshecha.
Ella debió pensar algo
parecido de él. Porque los ojos brujos se quedaron colgados del
cazador de monstruos.
—Yi Na —saludó Ielan
Yenenaii—. Bienvenida.
Tras una vida de obsesión
por los monstruos, de repente, en un solo segundo, el sentido de la existencia
de Amin había cambiado. Nunca en sus 39 años había
sentido eso. Nunca había experimentado esa necesidad brutal, animal
de unir su cuerpo al de una mujer a la que no conocía. Y todo eso
en un segundo.
Pero ella era bruja, y podía
adivinar sus pensamientos. Y esos pensamientos la asustaron y embriagaron,
porque ella había conocido muchos amantes y se las daba de sexualmente
agresiva e independiente. Pero en el fondo era de las que buscan un macho
protector y bueno que se quede con ellas toda la vida. Ahora le tenía
delante. Salvaje. Con el brazo cubierto de tatuajes mal hechos y desdibujados.
Con la cabeza calva y los ojos más viejos del mundo. Con dos pupilas
que le dejaban un rastro de fuego en el alma. Yi Na supo al instante que
quería irse a la cama con él. Pero ya. Corriendo. Toda la
vida. Cada noche de su vida.
Hombre y mujer se unieron. Amin
se olvidó de la cacería de monstruos. Se olvidó de
sus tatuajes. Ahora era la bruja quien le tatuaba la piel con tinta de
saliva, con una lengua que sabía hacer mucho más que pronunciar
conjuros. Se descubrió a sí mismo durmiendo por primera vez
en décadas bajo el mismo techo más de una noche seguida.
El amor de Yi Na le fue envolviendo. Se olvidó de El Inmortal. De
repente le invadió un horrendo sentimiento de responsabilidad respecto
a sus padres. La pérdida de aquellos rostros que nunca se habían
desdibujado en su retina le dolía en el alma. Ahora que amaba a
una mujer entendía por qué él existía: porque
un hombre y una mujer se habían querido y deseado un día.
Quiso recuperar a sus padres en Yi Na y en sí mismo. Y lo hizo sudando
y gimiendo en la alcoba hasta que un mes la sangre no acudió a su
cita y ella se quedó embarazada. Bastian sería el nombre
de aquel producto del deseo sublimado.
Para entonces Amin ya había
sido nombrado jefe de la inoperante, innecesaria guardia de Arialcanda.
Decidió cubrir los tatuajes fantásticos que embrutecían
su brazo derecho.
Y así fue como, casi
sin darse cuenta, dejó de ser un cazador de monstruos para convertirse
en un monstruo cazado por la llamada de la vida.
17. LA CONJURA
Alguien apareció entonces
a sus espaldas, interrumpiendo las explicaciones de Amin. Era Oulhan.
—¡Qué susto me
has dado! —reprendió Akkán al recién llegado—. ¡Con
lo negro que eres cualquiera te ve!
—No grites, que nos pillan
—le advirtió Miní, cuya cabeza calva apareció repentinamente
de entre las sombras.
—¡Vaya, Miní!
¿Qué haces que no estás sirviendo vino? —saludó
Akkán.
—Esos malditos buitres de pedregal
han ordenado cerrar todas las tabernas —rezongó frotándose
los brazos de vello encrespado.
—Están todos ya —anunció
Oulhan.
En efecto, los cuatro bajaron
al sótano de la casa y se encontraron allí con un grupo que
aguardaba en silencio. Entre ellos estaba Boléii. Había mezclados
en la penumbra negros, blancos y hombres de razas oscuras e indeterminadas.
Akkán les estuvo tasando y comprobó sorprendido que todos
atendían a su caminar con respeto castrense.
—Es el Toro Akkán —murmuró
alguien con admiración.
Amin, Oulhan y Miní
entraron tras el cetrino. Aquellos ojos vibrantes de desconocidos le admiraban
como a su única esperanza de libertad. Akkán comprendió
que esa admiración y esa esperanza eran tan ingenuas como las que
habían llevado a los arialcandos a tener fe en el ejército
de cadáveres que dirigió el general Kuz.
Estudió a aquellos voluntarios.
De entre las sombras emergía una colección de miradas tristes,
beatíficas, enardecidas, furibundas o fanáticas. Todas distintas.
Pero algo tenían en común esos hombres y mujeres: no habían
dado un mal puñetazo en sus vidas.
Se sentaron. Boléii
le saludó con una sonrisa tibia. Akkán le respondió
sacando la lengua.
—Mi padre quiere que os diga
algo —anunció la chica—. Considera que las escaramuzas no van a
sacar de Arialcanda a los trinisantos. Él ha decidido que planteemos
un ataque directo.
Amin y Akkán se miraron
alarmados:
—Dile a tu padre que deje de
beber entre las comidas. Que luego dice tonterías —opinó
el hombre del sur.
La concurrencia soltó
una airada protesta. Un joven negro de expresión fanática
se puso en pie:
—Toro, te admiramos y moriremos
contigo por Arialcanda, pero no permitiremos que insultes al Yenenaii.
Akkán comenzó
a caminar entre aquel rebozo humano de pieles tan distintas. La oscuridad
les animalizaba los rostros.
—Vamos a ver, campeón
—espetó al que había hablado—. ¿Cómo te llamas?
—Ramal Ghun —respondió
algo intimidado.
—Ramal Ghun —repitió
Akkán—. Coño. Ya se me ha olvidado tu nombre. Yo reconozco
que no soy soldado. Pero la única arma que has cogido tú
son las tijeras de hacerte la manicura.
—Sé tirar con arco —le
rectificó desafiante Ramal Ghun.
El cetrino no le respondió.
Vio de refilón a Boléii que se mordía el labio.
—Vamos a ver —reflexionó
Akkán—. ¡Vamos a ver! Entre todos nosotros podemos hacer mucho
daño si atacamos rápido y desaparecemos. A veces es más
útil matar a un hombre que a diez. Si somos invisibles como hasta
ahora, golpeamos y nos esfumamos, los trinisantos nunca se sentirán
seguros en Arialcanda. En cambio, si hacemos como dice vuestro Yenenaii
y salimos en plan estrella nos masacrarán en diez minutos. Yo comprendo
que el hombre vive en su palacio y no sabe lo que pasa fuera, pero...
—¡Eres injusto! —le acusó
Boléii—. Mi padre se muere de angustia.
Akkán se sintió
herido, pero no quiso revelarlo:
—De acuerdo, pero que no haga
morir a otros en su nombre. ¿Tú que dices, Amin?
El guerrero pelado se levantó:
—Es de imbéciles salir
a la luz. En nuestra situación sólo podemos atentar y desaparecer.
Boléii se sintió
cuestionada:
—Repito que esa es la voluntad
de Ielan Yenenaii.
—¿Y cuál es la
tuya? ¿Qué piensas tú? —le hostigó Akkán—.
¿Qué opinas?
—Bueno. Busquemos el término
medio —concedió la chica—. Hagamos un ataque relámpago al
Cuartel Número Uno en la plaza del Olmo.
—No es mala idea —consideró
Amin—. Les atemorizará ver que no están seguros en su propio
fortín. Pero seguimos sin ser rivales dignos.
—Mientras duermen —cedió
Akkán—. Caerán muchos sin tener tiempo a despertar.
—¡Pero eso no es noble!
—prorrumpió un incauto.
El cetrino le buscó
entre las sombras y le respondió:
—¡Eres un majadero!
El afrentado se calló
para toda la noche.
—Está bien —concluyó
Boléii—. El ataque será dentro de dos noches.
Los allí reunidos se
levantaron. Estaban decepcionados con las maneras de Akkán, pero
su firmeza les daba arrestos. O eso es lo que comentaban a escuchitas camino
de los subterráneos.
El tal Ramal Ghun, antes de
salir, se dirigió a Boléii:
—Señora, quiero informarles
de algo.
—Dime.
—Hace unos días unos
soldados mataron a mi hermano Cáravan Ghun delante de su compañera,
Aireii. Después la violaron de uno en uno en plena calle. Un capitán
la ha raptado y la tiene como concubina. Dicen que la ha marcado con hierro
ardiendo como si fuera una bestia de campo. Propongo que asesinemos a ese
oficial y rescatemos a Aireii.
Boléii asintió
con aire tranquilizador y le puso la mano en el hombro:
—Pero primero te necesitamos
para atacar el cuartel de la plaza del Olmo.
—Sea.
Y se marchó con aire
fosco. Se acercó Akkán:
—¿Qué quería
ese petimetre? —preguntó a la Yenenaii.
—Los trinisantos mataron a
su hermano y secuestraron a su cuñada. Quiere que la rescatemos.
Has sido cruel al insultarle.
—No me gusta ese mierda.
—Si no le conoces.
—No me gusta ese mierda.
—Me suena que ya lo has dicho.
—Otra cosa, Boléii.
—Qué.
—Sigo pensando que el ataque
al cuartel nos va a salir más caro a nosotros que a ellos. No sabemos
luchar. Tus arialcandos se van a mear encima.
—Lo veremos.
—Ya lo creo que lo veremos.
Y bien de cerca. Lo que no sé es si podremos contarlo. El que seguro
que no lo ve es Ielan.
—Por última vez te pido
respeto para mi padre. Te recuerdo que algún día yo seré
reina de este lugar.
Akkán se alzó
de hombros y se marchó con gesto airado. En su camino se tropezó
con Amin:
—Ven a mi casa, Akkán.
Te invito a cenar
18. LAS INVEROSÍMILES
RAMIFICACIONES DEL AMOR
Amin y Akkán salieron
de un subterráneo que daba a parar a una cámara menuda y
oscura.
—Esta es mi casa.
Un resplandor rojizo se colaba
bajo la puerta. Amin abrió. Era una habitación cubierta de
alfombras con grandes ventanas que estaban cerradas. Una pequeña
chimenea alumbraba a una mujer oriental de belleza sobrenatural y a una
pequeña dormida en su cuna. Akkán se sintió un intruso
en las entrañas de aquel hogar. Le costaba asociar al frío
y despiadado Amin con aquella estampa familiar. El cetrino se sorprendió
sintiendo envidia de su compañero.
De repente, de detrás
de una cortina roja emergió un niño que le clavó una
caña en el vientre:
—¡Ah! ¡Niño
maldito! —profirió Akkán dolorido.
La mujer se giró. El
bebé despertó y comenzó a llorar.
—¡Bastian! —exclamó
el padre—. ¿Es así como recibes a Akkán?
—Creí que era un homúnculo
—respondió avergonzado.
—¡Ja! —exclamó
el cetrino—. Eso me dijo una vez cierta prostituta que...
Amin le dio un golpe en el
brazo. Akkán calló.
—Bueno, este es mi hijo Bastian
—presentó Amin.
El cetrino le dio la mano.
—Y ella es Yi Na —terminó
el cazador monstruos.
La mujer con cuello de cisne
y trenza de bronce negro dibujó una sonrisa de hada. Sus ojos negros
y rasgados se combaron también. Con un susurro mágico hizo
callar al bebé en su cuna.
—¿Cómo es que
habéis encendido la chimenea? —preguntó el padre.
—La pequeña tenía
frío. Y este no se está quieto.
Yi Na, más joven que
su compañero, hablaba despacio, como si tras cada letra ocultara
un conjuro.
—¿Cenas con nosotros?
—ofreció la muchacha.
—Sí.
Se sentaron a la mesa.
Akkán se sintió
extrañamente incómodo. Aquel mundo era desconocido para él,
que tan pronto se quedó sin hogar. Le deprimió saberse tan
extranjero, aun entre personas que se desvivían para que se sintiera
cómodo.
Luego le ofrecieron una habitación
que daba al patio. Y no pudo dormir. En los últimos días
Akkán intuía que algo le faltaba. Era como si su alma se
hubiera vuelto avariciosa, pedigüeña y quejosa. Pero él,
tan inexperto en sentimientos, no encontraba el origen de su malestar y
se palpaba el pecho como buscándolo.
Su desazón se hizo más
intensa cuando, en mitad del silencio de la madrugada, le llegó
de la habitación vecina la música carnosa de los amantes.
El gozoso quejido de los muelles bajo la cama. Y la envidia le carcomió
de nuevo. Aquella sinfonía de la procreación no se parecía
en nada a los polvachos de lupanar donde las furcias atosigaban con artimañas
a sus clientes para sacarles hasta la última perra.
Al final, sin saber muy bien
cómo, se durmió. Su último pensamiento fue para Boléii.
Y eso se la puso dura.
Sin embargo, en algún
momento un contacto cálido y suave en su sien le hizo despertar.
Abrió los ojos y se encontró con Yi Na. Ante tal desparrame
de belleza el cetrino no sabía si seguía despierto o no.
Lo siguiente que pensó fue que tenía que ocultar aquella
erección de sátiro que, tanto rato después, todavía
le coleaba.
—Akkán —musitó
la chica redoblando su caricia con dedos igual que bálsamos.
—Qué.
—Quiero pedirte algo.
—Menos que te haga un sitio
en la cama lo que sea. Y no insistas, no vaya a ser que cambie de opinión,
que soy hombre de flaquezas.
—¿Por qué te
esfuerzas en ser brusco y ordinario?
—No me supone esfuerzo alguno.
¿Qué quieres?
—Es sobre Amin. Por favor,
no vuelvas a echarle en cara que huyera del campo de batalla. Jamás
se perdonará haber abandonado a sus hombres.
Akkán asintió
en silencio.
—Además, no fue culpa
suya —añadió la chica.
—Ya, lo típico. El miedo
y todo eso.
—No. Yo le presté mi
magia. Era mi voz la que le gritaba a su alma: «Corre, corre hasta
los árboles y no mires atrás». Estuve con él
allí, sí.
—¿Él lo sabe?
—Claro.
—¿Es un hombre feliz?
Yi Na calló un momento
desconcertada porque no sabía a qué santo venía esa
pregunta.
—No se puede quejar —respondió
finalmente—. Vivimos en una ciudad ocupada y estamos en medio de una guerra,
aunque algunos no lo quieran ver. Él tiene miedo de que nos pase
algo y yo tengo miedo de que le pase algo a él.
—M.
—¿Harás lo que
te he pedido, Akkán?
—¿Qué me habías
pedido?
—Que no le eches en cara que
escapara de la batalla.
—Ah, sí. Claro.
La joven sonrió y se
marchó. Cuando estaba en el umbral se dio la vuelta e hizo como
si buscara algo invisible en el aire:
—Alguien se está enamorando.
En esta habitación apesta a amor —interpretó arcanamente
frunciendo el ceño.
—Pues yo no he sido.
La chica sonrió y desapareció
por el patio.
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