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EN MARES EXTRAÑOS
Daniel Mares

El madrileño Daniel Mares (1966) se ha convertido a lo largo de los últimos años en una referencia dentro de la literatura fantástica española. 
Autor de algunos de los mejores y más premiados relatos, en esta antología se recoge lo más destacado de su producción a lo largo de diez años, incluyendo además de diez relatos clásicos, otros dos completamente inéditos.
No es esta una antología al uso, sino una verdadera revisitación que hace Mares de su obra y universo, que satisfará tanto a propios como… a extraños.

Relatos Incluidos:
- Día de Gloria
- Gómez Mesguer y el ogro Santaolaya
- Un candado para la caja de Pandora
- Cuestión de dignidad. (Inédito)
- El último viaje del Holandés Errante
- Baile de máscaras
- Tal vez soñar…
- Pubiscidad
- Campos de Otoño
- Enseñar a un marciano
- Alicia en el agujero. (Inédito)
- Mutis 

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En Mares Extraños | Daniel Mares | Prólogo: León Arsenal | 
Portada: Alejandro Terán | ISBN: 849601312X | 314 páginas |
 Rústica plastificada | 12.95 € 
ANTICIPO DE LECTURA
Alicia en el agujero
Alicia en el agujero

1

 Alicia era muy guapa. 
Guapa, joven, dichosa, tenía dinero... 
Mirando su foto, aquí rodeado de lluvia y viento, vuelvo a ella como se retoma el recuerdo de una vieja película en blanco y negro, su memoria es suave, agradable, nostálgica. Hace tres horas que estuve con ella, una eternidad. Era singular, diferente, hermosa, pura.
Todo cambió, como cambia para cualquiera, al caer en el infierno.
 Antes de entrar en el agujero, la vida de Alicia era tan feliz como poco interesante, no merece la pena detenerse mucho en ella. Los datos básicos sobre su vida, su éxito o su desaparición del mundo de luces, tacones, lencería y sedas en que vivió los tienen en cualquier revista, o periódico, yo les contaré lo que no encontrarán. A los quince años prometió ser modelo, y prometió a sus padres portarse bien, mantenerse impermeable a tan peligroso mundo para una adolescente. Cumplió ambas promesas. A los dieciocho se fue a vivir a Nueva York con su novio; ganaba ya una fortuna. Volvió a jurar que nunca se torcería del camino recto que indicaban las enseñanzas paternas, y así fue. Continuó virgen, un poco virgen al menos, y libre de pecado. A los veintidós era conocida en todo el mundo. En una aldea de Bangla Desh, donde no llegaba prensa alguna, un chico colgó una fotografía suya en su casucha. El muchacho murió de beriberi, y no dejó de mirar a los ojos verdes de Alicia mientras caía por el agujero. En el primer mundo, su contrato con Lancome superaba en dígitos al de muchas estrellas deportivas.
 Ella seguía siendo una buena chica. Fumaba hierva, y un día, solo uno, tomó una pastilla, pero en líneas generales hizo honor a la palabra dada a sus progenitores, que la habían visto en los últimos cinco años en seis ocasiones, a saber: cinco Navidades y una ceremonia en la que Teruel la hizo hija predilecta.
 A los veintitrés años se despertó un día en cama desconocida, junto con tres chicas, su novio y otro chico más vestido con medias y tacones. Nunca le había pasado nada igual. Cambió de casa y dejó a su prometido. Frustró así el recién aireado próximo enlace sin importarle problemas ni escándalos; primero estaba ella y sus principios. No sé que fue de aquel desengañado advenedizo, sujeto de quién no puedo precisar con exactitud como se ganaba el sustento hasta el día que se cruzó con Alicia. Uno más de los muchos que buscaban tajada de la lucrativa Alicia y que nunca consiguieron más que dinero. Todo siguió igual. Salvo por pequeños detalles como el color del pelo, Alicia era la misma que salió del hogar.
 A los veinticinco se casó con un productor de televisión. Era rico, pero eso no importaba; el nombre de Alicia era una empresa de gran rentabilidad por entonces. Estaban enamorados, y aunque de vez en cuando consumían cocaína juntos, pudo decirle a su padre, ahora viudo, el día de la boda: Papi, sigo siendo buena; y en rigor era cierto.
 En la fiesta de su veintiocho cumpleaños, celebrada en una espléndida casa de Miami, regalo de su esposo, anunció su retirada de las pasarelas y conoció a Noel. Sí, esa Noel, la que estimula sus solitarias satisfacciones. Noel era la mujer más guapa de la fiesta, a excepción de Alicia, lo que la situaba entre las cinco más guapas del mundo. Tenía ojos negros, una delgadez extrema, no reñida con cierta atractiva opulencia en senos y caderas, y una larga melena teñida de blanco. Era una mezcla de sangre eslava y siux. Iba a ser su sucesora en el trono de la popularidad. Su mirada provocaba prematuros infartos. Hasta aquí resultaba un facsímil de Alicia, con algo más de malsana lubricidad y bastante menos edad. Las diferencias radicaban en dos aspectos, por encima del simple color de pelo o la altura: Noel no era buena, y estaba casada con Ash Lacerny.
 Noel llevaba una vida tal de excesos, que cualquier comportamiento saludable, edificante o constructivo podía considerarse como un vicio en ella. Alicia no la conocía en persona, pese a que era la modelo estrella de su propia agencia. Sabía, eso sí, de su trabajo, de su cacareada anorexia, acusación ineludible en el mundo de la moda, pese a que Noel no carecía de curvas como ya he dicho, tal vez algo excesivas para una “top”. Cierta prometedora modelo también de su agencia, René, que había frecuentado a menudo la compañía de la novia de Lacerny, desapareció de escena para ingresar en una clínica muy cara dedicada a la atención de trastornos alimenticios y nerviosos, un motivo más para aventar los pábulos y la maledicencia. Bien podía haber sido eso, o víctima de cualquier otro exceso, que todos eran frecuentados por Noel, Ash y su camarilla.
 Sabía Alicia, como lo sabíamos todos, de la azarosa vida de la princesa naciente de las pasarelas. Pese a su juventud se decía que ya tenía dos hijos, circunstancia que no había afeado en absoluto su silueta, ni perjudicado su carrera. Eran conocidos sus desplantes y declaraciones fuera de tono. “Creo que es mi obligación moral el disfrutar de lo que me ofrece el mundo”, dijo a una revista, “Soy lo que necesitan todos los desgraciados, inválidos y tullidos para satisfacer sus frustraciones. Me gusta pensar en los cientos de tíos enfermos, parapléjicos o imbéciles, que se pajean con mis fotos. Les hago la vida mejor”. En otra publicación le preguntaron por sus gustos: “No soporto el cine, la literatura, ni nada que no sea real. Mi bebida favorita es vodka mezclado con la leche de Ash”. Cuando le trataron de sonsacarle la, siempre en tela de juicio, inclinación sexual de Ash Lacerny, insistiendo en el rumor más que extendido de que su matrimonio era un montaje, respondió: “Si Ash fuera gay me cambiaría de sexo. Ojalá tuviera una polla para poder follármelo”. Por supuesto Noel a veces tenía una polla, y a veces se lo follaba, y en ocasiones emborrachaban a una tercera muchacha y se la follaban los dos, como seguro le ocurrió a la pobre René. Y a menudo contaban estas cosas a los padres de la starlet con quién se habían cebado, y luego les pagaban fortunas para evitar denuncias, dinero que las familias no dudaban en coger.
Noel tenía dieciocho años cuando hacía estas cosas.
 Durante la fiesta de cumpleaños a la que me refería, las dos mujeres no cruzaron palabra; era rentable tener a esa niña en la agencia, y conveniente limitar los contactos a lo puramente comercial. Alicia fue la anfitriona perfecta; recibió con igual cordialidad a políticos, músicos, artistas e inútiles. Habló con la misma soltura de la terrible amenaza del terrorismo internacional, de su apoyo incondicional a la administración Bush, del monstruoso “asesino de la Uzi” de Nueva York, o de la última colección de Chanell. No bebió más que agua, no comió más que halagos, sonrió toda la noche y besó enamorada a Eddie, su marido.
A las cinco de la mañana, Alicia, completamente sobria, fue a uno de los cuartos de baño. La puerta estaba abierta, entró descuidada y se encontró a Noel desnuda, sentada en el suelo y sudando, apretando con fuerza entre las manos la ducha teléfono.
 –Perdón...
 –¡Alicia! –dijo Noel, y la miró con ojos que eran todo pupilas–. Tienes nombre de cuento... vamos niña, sigue a este conejito blanco... –y se rió mientras se abría de piernas, acariciaba el bello púbico albino y se metía entera la cabeza de la ducha.
 Alicia salió corriendo, protegiéndose de incómodas sensaciones despertadas en su interior con una risa estúpida, pero dos años después siguió a ese conejito blanco, y tal circunstancia es la única relación entre esta Alicia y la del cuento. Aquí fue al revés. Aquí Alicia persiguió a Noel por un agujero, salió del País de las Maravillas donde vivía, y cayó en el infierno.

2

 Ash Lacerny, el esposo de Noel Lacerny, era el nombre artístico que utilizaba el Demonio de Nueva York. Lo que acabo de decir no tiene nada de sobrenatural, es mucho más prosaico de lo que parece, créanme. Naturalmente Ash no es el nombre que sus padres le dieron. Se reconstruyó, abandonó su pasado, mucho más prosaico, por una nueva vida de excesos, por lo que necesitaba un apelativo distinto, para alivio de los suyos, que nunca sintieron el orgullo hacia su vástago que el padre de Alicia experimentaba cada vez que su vecino, propietario del kiosco más próximo, mostraba una foto de su hija.
Me cuesta definir lo que era Ash, a qué se dedicaba. Hacía vídeos musicales, hizo uno para Marilyn Manson. También era fotógrafo y sus horribles fotos se vendían a precios de Van Gogh. Sus exposiciones habían convertido el arte fotográfico en algo tan multitudinario como la Super Bowl. Nadie sabía que, siendo el Demonio, sus obras eran más producto de lo que podía ver a diario en su reino que de su talento, exactamente igual que el señor Pickman del cuento de H.P. Lovecraft. En cualquier caso, la vida mundana de Ash no es nada interesante comparada con sus actividades “diabólicas”. 
El infierno, feudo y hogar de Ash, medía unos quinientos cuarenta metros cuadrados, distribuidos entre una amplia sala central, nueve galerías que daban a ella y un buen número de celdas; amplio, pero no lo suficiente como para albergar una cantidad infinita de condenados. Cuando Alicia engrosó las filas de los pecadores, el total sobrepasaba escasamente la veintena, circunstancia que a la joven le pareció esperanzadora dentro de su tormento. Si veintidós o veintitrés personas son todas las que merecen esta condena, el mundo no está en tan terrible situación como aseguran los vivos. No sabía nada la pobre muchacha de la organización del infierno, muy distinta de la del de Dante. Lacerny era el diablo de la teratogenia. Su función era castigar a los que se refocilaban en el hediondo pecado de la vanidad, el más despreciable de los siete a sus ojos, y a los míos, pese a que yo ya no puedo arrojar la consabida primera piedra.
Por encima de todo el dolor, el martirio, la deformidad, los abusos y torturas a las que Alicia era sometida a diario en los pasillos del Pandemonio, algo la atormentaba de un modo insoportable, hasta en los escasos momentos de calma: la terrible injusticia cometida con ella. Si una muchacha mantenía tal rigidez moral hasta casi llegar a la treintena, sumergida entre constantes tentaciones, en medio de un océano de vicios y comodidades, ¿merecía esa condena al final por tan breve lapso ético? Solo fueron dos años de pecado, ¿ha de pesar un instante de debilidad, por intenso que fuere, más que sus treinta años de escrupulosa conducta? Claro está, que pocas muchachas se encuentran cara a cara con el demonio, y el supremo tentador es difícil de eludir. Bastó con que pecara una vez, que se mirarse al espejo con autocomplacencia por un minuto, para condenarse. Veamos con más detenimiento cómo entró Alicia en el agujero.
Se entregaban los premios MTV y ella estaba entre los invitados. Tenía que presentar uno: “Premio al mejor artista latino cantando en ingles ritmos caribeño-africanos que nada tienen que ver con lo latino, cosas como Julio Cesar y compañía...”, o algo así. Entre la turba de estrellas y estrelluelas asistentes se encontró con Noel, rodeada de cámaras y sin acompañante. Noel tiene un aspecto repugnante cuando no trabajaba. En el mundo del glamour se rumorea que ni siquiera frecuenta mucho las duchas, y debe ser cierto a tenor del hedor que desprende. Cuando una muchacha de veinte años huele como ella, no da asco; da miedo, se lo juro. La misma mujer que causa instantáneas erecciones desde vallas y posters, ahora parecía una yonki a punto de sufrir un infarto, con su pelo blanco pegado y sucio, y ropa de pordiosera. En rigor, tal circunstancia debiera molestar a Alicia como empresaria, pero las sucias costumbres de Noel no restan nada a su caché, todo lo contrario, es publicidad que hace vender toneladas de fotografías. Su carencia de gusto en el vestuario y su escasa higiene personal nunca han sido menoscabo de su belleza, atrévanse a negarlo. Algo misterioso y enigmático rodea a esa muchacha, a parte de poseer facciones imposibles de afear. Con alzar su mirada de gata, Noel se convierte en el centro del deseo de todos los varones presentes, y muchas de las mujeres, mientras que ella, Alicia, se veía obligada a enfundarse en vestidos con escote en la espalda hasta el principio del culo para competir.
Alicia pecó por primera vez en su vida, y de un modo definitivo. Observó a esa muchacha, sucia, degenerada, promiscua, poli toxicómana, y muy joven. Ella cumplía la semana que viene treinta años, era preciosa, nadaba en la abundancia, casada con un eminente empresario de cuarenta y dos años, miembro de una importante familia del este, en plena carrera política a la que los analistas le auguraban el mayor de los éxitos, y que la adoraba. Estaba segura de que muy pronto se presentaría a gobernador de Florida, tendrían niños, y ella se dedicaría a la maternidad con devoción. Por si fuera poco, su hechizo no había desaparecido; hoy saldría en televisión presentando un premio en la gala MTV que verían millones de personas en todo el mundo. Pero mañana, esa pequeña zorrita de veinte años sería portada de VOUGUE.  Ella no. Ella nunca más.
Aquí surge un pequeño problema, ese al que es de suponer que todos los demonios han de enfrentarse, y que sin duda provocará infinidad de controversias en la corte infernal. Porque si Noel era poli toxicómana, Alicia tornó en una noche de buena chica, buena americana adoptiva y futura buena madre, a “poli pecadora”. Si uno cae en cuatro o cinco de lo siete pecados capitales, ¿por cuál merece expiar? ¿Ha de pesar más la lujuria que... pongamos la ira? ¿Existirá un debate diabólico en el que el demonio de la gula se enfrente al de la pereza? “Era más glotón que vago, mucho más” diría uno, y el otro argumentaría... Esto es una discusión ociosa, porque estando cerca Lacerny, siempre es la vanidad quién triunfa. Y si no me creen, vean lo que le ocurrió a la preciosa Alicia.
Al ver a la niña modelo, la niña portada, la niña puta, rodeada de fotógrafos, sintió una envidia casi insoportable, solo superada por la ira que la arrebató cuando Eddie le pidió que no presentara el premio.
–Es importante que te vayas distanciando de este mundillo –importante para él, para su carrera, para su equipo de asquerosos asesores lame culos, como el tipo que iba a llevar su campaña electoral, además de ser su secretario y hombre de confianza, un cruce entre David Bowie a los veinte años y Ash Lacerny, que asentía por encima del hombro de Eddie, con esa sonrisa estúpida que siempre le acompañaba–. Está bien pasearse ante las cámaras, pero no tomemos más protagonismo del estrictamente necesario. Ahora eres mi chica, solo mía –esa última galantería, o eso se suponía que era, no surtió efecto. Menos aún cuando la sustituyeron por Noel, pese a que ni siquiera iba peinada.
Al terminar la gala, el pecado que asaltó a Alicia fue el más grato: la lujuria. En el backstage, asediados por las cámaras, los invitados y demás personas populares respondían a preguntas y posaban sonrientes. Allí saludó a Noel. Dos besos. Sonreír tan encantadora como siempre, rozarse las mejillas y listo, no tenía siquiera que mirar a esa zorra. Pero no fue así.
–Alicia –sonrió a su vez Noel–, estás increíble –y se echó con entusiasmo sobre ella. Sintió como la niña depositaba dos besos húmedos con firmeza, muy cerca de las comisuras de su boca, al tiempo que con la mano derecha agarraba sin pudor su nalga medio al aire. Fue tan fugaz como inevitable el recuerdo del cuerpo de esa chica desnudo en su cuarto de baño, y de inmediato, impulsada por algo desconocido hasta ese día, midió la cintura de Noel con la mano. Sus pezones se irguieron.
El frío, se dijo. Es probable que el alcohol consumido para paliar el enfado con Eddie influyeran en esa reacción, quién sabe; Noel es irresistible desde un punto de vista bioquímico.
Éste no fue el último pecado de la noche, aunque sin duda fue el más turbador para Alicia. Los dominios de Lacerny entraron en su alma un segundo después. Se había quedado sola por un momento, rodeada de focos que atendían ahora a otras estrellas, contemplando su imagen en una gran pared espejada. Aún era hermosa, muy hermosa. No importaba que los organizadores del evento no hubieran dudado ni un segundo en sustituirla por Noel en cuanto mencionó cierta indisposición, incluso que se mostraran alegres por el cambio. Debía ser una de las mujeres más guapas del mundo.
Allí las vio; claras, brillantes, groseras. Arrugas junto a sus labios, justo donde Noel depositó el pecaminoso ósculo. Se acercó más, miró en las proximidades de los ojos, estiró el cuello. Era el primer aviso.
–Eres preciosa –ni siquiera se había fijado en la figura que estaba a su lado. Ash Lacerny, enjuto y serio, con gafas de sol a las doce de la noche, la contemplaba de arriba abajo. Tras él, a tanta distancia que no podía oírles, estaba el guardaespaldas de Lacerny, un tío grande y adormilado con un termo de café en la mano. Necesitaba guardaespaldas, pues no era excepcional que alguna asociación en pro de las buenas formas la emprendiera con él, o le acusaran de todos los desvíos morales de la juventud americana–. No debieras preocuparte por esos pequeños desperfectos en tu rostro. Son marcas de vida. Solo los maniquíes no tienen arrugas, y son iconos absurdos de la vanidad humana.
–Oh –respondió Alicia, volviéndose rápido–. Miraba el maquillaje. Tantos besos acaban por...
–¿Te vienes a casa? –era la primera vez que hablaba con él y la primera impresión con Lacerny es la más acertada: miedo, desprecio, incertidumbre. Ash le tendió la mano. Ella sonrió desganada. No era la niña boba que había llegado a Nueva York hacía veinte años, asustada y con la mente fija en su objetivo, del que no le apartaría tentación alguna. Y las hubo, muchas. Estaba más que acostumbrada a esa colección de tipos siniestros y peligrosos, cuya fama siempre superaba a la vulgar realidad, y la fama de Ash era mayor en fábulas y leyendas que la de cualquier luminaria mediática del momento. Si apartaba las patrañas que le envolvían, y su grotesco gusto a la hora de fotografiar, seguro que no era nadie excepcional. Creía conocer a individuos mucho más extremos, que indefectiblemente murieron jóvenes. Acostumbrada a excentricidades y peligros, mantuvo la postura de digna diva de la moda cuando Ash cogió su mano del mismo modo que cogía cualquier cosa, como si todo le perteneciera. Estaba ardiendo, y húmeda; me refiero a la mano de Ash.
–Gracias, me encantaría, pero tengo que hablar con mi marido. Creo que los dos tenemos que ir a...
–¿Siempre haces lo que dice él?
Por Dios, eso no funcionaba cuando tenía quince años, ¿este colgado pretendía “llevársela al huerto” con tan patético engaño? ¿Apelando a su orgullo?
 –Sí, cariño –Alicia llamaba a todo el mundo “cariño”–. Somos la pareja perfecta. Siempre tenemos la misma opinión.
–Eso he observado. ¿No estabas aquí para presentar uno de los premios? –insistía en la misma táctica. ¿Éste era el siniestro Lacerny, el peligro de las buenas chicas americanas, el tío con causas pendientes de escándalo público y abusos sexuales? Parecía un adolescente intentando tirarse a su pareja en la graduación, y Alicia hacía mucho tiempo que había dejado de ser la reina del baile.
–Eres muy divertido –Lacerny no dejaba de tirar de ella, suavemente–, pero Eddie y yo ya tenemos planes –mentía. Estiró su interminable cuello buscando a Eddie entre la multitud. No había problema, podía lidiar con tipejos como éste sin ayuda, pero estaba cansada. Pronto le localizó, en medio de un corro que atendía, como era habitual, a sus opiniones respecto a vaya usted a saber qué.
–Tu hombre parece muy ocupado. Me encantaría que nos acompañase, pero creo que preferirá sus amigos a los tuyos –¿desde cuándo Lacerny estaba incluido entre sus amigos? ¿Espera que...? Lacerny le tomó por los hombros de golpe, sonriendo con su labios finos, como dibujados con un pincel. La hizo girar un cuarto, encarándola con el grupo de Eddie–. ¿Ves? –ahora todos reían alguna ocurrencia del prometedor político. La muchacha del sucinto traje negro casi no se tenía en pie de la exagerada risa, y se apoyaba en el brazo de Eddie, apretando el bíceps trabajados de gimnasio. Parecía una puta cara, sin idea de vestirse–. ¿Conoces a esa tía? Yo me la encontré en la fiesta de Roling Stone. Espera que me acuerde... no caigo, se estaba tirando a alguien, pero no me acuerdo de quién... ¿No era tu hombre el invitado de honor allí...?
Alicia giró y encaró lo ojos pequeños e irritados perpetuamente de Ash, que se había quitado las gafas. Ese individuo se creía de verdad irresistible, se le notaba en cada movimiento.
–¿Cuántos años crees que tiene? ¿Veinte? ¿Veintiuno? –acarició suavemente su rostro, rozando con la yema de los dedos justo donde se formaban aquellas arrugas recién descubiertas–. Tan jovencita y ya follándose a la crema y nata, debe ser una dura competencia...
–Voy por Eddie, será divertido –se apartó en dirección a su novio. No tenía la menor intención de ir a la fiesta de ese guarro. Le demostraría que podía hacer lo que quisiera, que su marido la seguiría a cualquier sitio. Pero no pensaba ir. Rozó el brazo de Eddie, y él se volvió al momento.
–Ali, te echaba de menos. Estos amigos...
–Eddie, Ash Lacerny, ya sabes, el chico de Noel, nos ha invitado a su casa ahora...
–No es oportuno Edward –se apresuro a apuntar el omnipresente secretario.
–Déjame Vic, es un momento –la tomó con fuerza del codo y la apartó unos metros–. ¿Estás loca? No podemos mezclarnos con esa gentuza. Alicia, tienes que cambiar de entorno, de conocidos, esa gente lo único que quiere es... –de una sacudida se zafó de su abrazo. Sin dejar de sonreír camino erguida, saludando a los flashes y las fotos, hasta la calle.
En la puerta estaba el conejito blanco, entre el bullicio de televisión, trajes y pedrerías. Vio la larga limusina negra de Satán, con el techo solar levantado y asomando por él la pequeña Noel, medio desnuda, sonriendo, saludando a las cámaras, a sus amigos los colgados que se la estarían destrozando en casa por todo el mundo, y a Alicia. Sonrió, escuchó preguntas estúpidas. Toda la vida siendo una buena chica, la mejor, trabajando y cuidándose para que ahora un chulo con futuro prometedor la controlara. Solo porque ya no tenía la figura perfecta, la piel perfecta, que le permitió hacer lo que se le antojó. Entonces decidió ser buena. Ya basta.
La imagen de Alicia trotando con el gracioso andar de sus vertiginosos tacones en medio de la multitud hacia la limusina, ocupó minutos en todas las cadenas, y seguro tiene un sitio de preferencia en la memoria de todos. Corría perseguida por las miradas, por la esperanza del inminente escándalo. La puerta se abrió, Ash Lacerny bajó galante y el coche negro engulló a la pobre Alicia. 
Dentro, Noel se dejó caer en el asiento, como atolondrada, riendo, con aquella horrenda ropa, sin pintar; estaba preciosa. Ella necesitaba horas de maquillaje y complementos para tener la mitad del encanto que poseía hace diez años, y a esa golfa le bastaba con abrir los ojos para parecer una ninfa. Noel se movió, desperezándose de alguna nube narcótica y la dejó sitio, quitándose con un mohín lánguido la camiseta, dejando al aire sus soberbias tetas. En cuanto Alicia se sentó, la muchacha reclino la cabeza sobre el pecho, mucho más menudo. Un ácido olor a sudor emanaba de la niña modelo. Ash se sentó a su otro lado, completando la prisión de carne que la envolvía. El coche se puso en marcha.
–Lo pasaremos muy bien. Eres preciosa –Alicia le miró, dispuesta a decirle que pensaba tomarse una copa e irse a casa pronto, que esto era su modo de joder a Eddie, de hacerle ver que no era la “modelo retirada por el futuro gobernador de Florida”. No pudo decir nada. Ash se había bajado los pantalones y se agarraba con fuerza la polla enhiesta. 
No se asustó, para su sorpresa ni siquiera se sintió molesta. Antes de que pudiera reaccionar, noto el frío tacto de la mano de Noel deslizándose entre sus piernas. La miró. La joven se incorporó restregándole la cara contra el pecho y terminó por besarla con fuerza, llenándola la boca como un amante ansioso.
–Puedes ser guapa y joven para siempre –dijo Ash mientras la volvía de espaldas, arrojándola sobre Noel–. Mientras estés conmigo, será así por toda la eternidad.
Pasaron dos años. Noel, Ash y Alicia estrecharon su amistad. Alicia se separó de Eddie, naturalmente. La persona en que se había convertido no encajaba en la imagen política de su marido, que por cierto, pese a los escándalos en los que se vio envuelta su ex mujer, es ya gobernador de Florida, y no por méritos propios, se lo aseguro. Los pecados, antes inexistentes en el corazón de Alicia, eran ahora un rosario infinito. Consumió drogas, todas, apetito éste que Lacerny satisfacía con largueza, teniendo un manantial interminable de psicotrópicos, alucinógenos y sedantes. Compartía la cama de Ash, así como la de Noel y la de otros aficionados a tan licenciosa existencia, que eran invitados continuos en su casa. Beef no; ese hombretón, oficialmente guardaespaldas de los señores Lacerny, no parecía muy interesado en drogas ni sexo, en nada salvo el café y aún así seguía durmiéndose en esquinas y sillones. Excepto él, el resto de los amigos de Ash eran lo que se supone que son los amigos de Ash, y acabaron siendo amigos de Alicia.
Salvo Benny, claro. Este Benjamin Tremain era un íntimo amigo de Ash, confidente, consejero, poseedor de una importante fortuna, alcohólico y peligroso en extremo.
–Ten cuidad con Benny –le dijo Noel en una ocasión–. No es de fiar –y debía saber bien de qué hablaba, pues perseguía a la muchacha de pelo blanco con un celo exento de todo pudor, y ésta fue la única criatura que jamás recibió negativas de Noel. Alicia se topó con él en varias ocasiones, masturbándose en casa de Ash con fotos suyas, en medio del salón.
–Vamos niña –dijo–. Chúpamela una vez, yo y Lacerny compartimos todo...
Rehusó tal ofrecimiento, no solo por el tremendo tamaño genital de Benny. Ese tío daba miedo. Cuando contó estos episodios a Ash, él se limitó a decir.
–No hagas caso de Benny, es un payaso inofensivo. Le excita escandalizar. Ignórale.
A parte de este desagradable episodio, no hubo placer o dolor que Alicia ignorara, de los muchos que descubrió en compañía de Lacerny. Así, con tal estilo de vida, Alicia era feliz como nunca lo fue. Amaba a Noel y a Ash, porque con ellos cada día era diferente, y amaba su situación. De nuevo era parte del mundo. Su nombre se relacionaba con las actitudes más escandalosas, y más vanguardistas. El calendario que Ash hizo con procaces fotos de ella y Noel disfrutando una de la otra la hizo más popular que su pasada carrera de respetable belleza de alta costura. Era guapa, y joven otra vez, como si la felicidad brotara desde su interior para reflejarse en su rostro en su piel. Tal y como le dijo Lacerny, su juventud parecía renacer día a día. Los excesos, al contrario de lo que cabe esperar, o de lo que la antigua y temerosa Alicia pensaba, resultaban saludables en extremo. Aquellas pequeñas arrugas descubiertas dos años atrás, desaparecieron. Sus tetas recuperaron cierta firmeza perdida, su tono muscular mejoró, su piel, su estado físico en general era superior aun al que tuvo a los dieciocho años y eso la convertía en una belleza extraordinaria. Llegó el cine, la tentó y ella aceptó sin dudar. El reverdecer de Alicia, esta nueva primavera, era algo que no iba a dejar pasar.
Se mudó a casa de Ash y Noel: el país de las maravillas. Jamás imagino que el fotógrafo fuera tan rico. La imagen del Ash loco y despilfarrador que corría por los mentideros de los más selectos, y no tan selectos, círculos sociales distaba mucho de la realidad. Ash gastaba, sí, pero jamás hubo un derrochador más austero. No solo en dinero; Lacerny conservaba todo, acumulaba todo lo que había encontrado, comprado o construido en su casa, atiborrando las salas y las paredes de los objetos más insólitos, del mismo modo que atiborraba sus cuentas bancarias. Tenía una sorprendente compulsión al coleccionismo estrafalario: muñecas, relojes, cajetillas de tabaco, servilletas, automóviles viejos, esquelas...
Nunca vendía nada. Este proceder de hormiga de fábula le había llevado, ayudado por los consejos de un servidor, por cierto, pero no quiero adelantar acontecimientos, a ser accionista mayoritario de empresas que no creerían posible. Además dirigía la tortuosa carrera de Noel con tanta eficiencia como la suya, y otro tanto hizo con el resurgir de Alicia.
En esta cornucopia, sita en el East Side neoyorquino, Alicia descubrió la vida plena de satisfacciones, ausente de la palabra no. Aquí trajo el ayudante de Eddie, ese clon absurdo de Lacerny, los papeles del divorcio que firmó con alegría. Aquí tuvo el mal trago de recibir las cartas de Papi, llenas de reproches y angustia, que un poco de polvo en la nariz hacían olvidar. Aquí tuvo que contemplar la gestación de la última y horrenda exposición de fotos de Ash, basadas en el “Asesino de la Uzi”, una vez que esa bestia fue abatida por la policía frente a su última carnicería. Acompañó a Lacerny y a Noel a cada una de las siete escenas del crimen, allí donde por seis veces el criminal había acribillado y descuartizado a toda una familia, niños, mujeres... todos destrozados a tiros. En ocasiones, como en su última actuación, el tío salía disparando con sus Uzis por el barrio, matando a diestro y siniestro, repeliendo con extrema violencia a la policía. Por suerte acabó muriendo y Ash mostró mucho interés en el asunto, fotografió los escenarios del crimen, los supervivientes, retocó las fotos, les añadió sus horribles retratos deformados y lo publicó.
–Marc Fenser se llamaba –la comentó orgulloso, como si se tratase de su hijo–. El hijo de puta más asesino que haya existido, y yo tengo su sangre.
Efectivamente, recogió sangre del lugar de su muerte, después que la policía hubiera terminado con las pesquisas, claro está, impregnó un secante con ella, lo metió en un tubo y se hizo un colgante con él.
El libro de fotos sobre Fenser se vendió más que la Biblia, y la presentación fue la apoteosis de la nueva vida para Alicia. Allí lució junto a Ash y Noel como en sus mejores años. Era feliz.
Para aderezar todavía más la situación, su mejora iba emparejada a un cierto deterioro físico en Noel, y esto fustigaba su vanidad, y no olvidemos que ese es el pecado capital de Alicia, y por el purgó. No solo eran las ojeras perennes que anidan en el bonito rostro de Noel, ni esa mirada de drogadicta; pese a eso seguía siendo una muchacha espectacular, voluptuosa y atractiva. Era su empeño en el desarreglo, en la suciedad, que cada vez aumentaba hasta dejar de ser una llamativa excentricidad. Los contratos de Noel empezaron a menguar.
Esa situación producía sentimientos enfrentados en Alicia, que fueron complicándose a medida que pasaron los meses. Por un lado le halagaba el saberse ya más atractiva que la niña que tanto envidiara meses atrás, al tiempo que la entristecía. Quería a esa chica, como se quiere a un juguete favorito, y lamentaba que arruinase lo que seguro es el mejor cuerpo femenino que se ha subido nunca a una pasarela.
Este afecto hacia Noel fue cambiando, creciendo, llegó a ser más que un capricho o un aderezo más a su actual ritmo de excesos. Si era sincera consigo misma, ejercicio éste no muy recomendable para alguien en su situación, debía reconocer que no frecuentaba la compañía, y los labios de Noel por el hecho de que fuera la mujer de Ash, aunque este título ya era más suyo que de la niña. La deseaba más que a él. De hecho Lacerny no era un tipo atractivo, salvo por la seducción que tiene quién es capaz de proporcionar estímulos constantes. El cuerpo de Lacerny no era en absoluto de adonis, por el contrario, no podía ver un minuto a Noel sin tener que contener, hasta físicamente, el impulso de arrancarla las bragas a mordiscos. Nunca fue lesbiana, no había otra mujer que la atrajera, pese a que intervenía con entusiasmo en cualquier juego que Ash propusiera, independientemente del número y sexo de los participantes, siempre que estuviera entre ellos la dulce Noel. Tales sensaciones nuevas para el simple espíritu de Alicia eran confusas, acabó por creerse enamorada de Noel, o tal vez se enamorase de verdad, no lo sé. El ver como tu amada languidece, y como tu cariño, tu apetito por ella aumenta al mismo ritmo que su estado físico entra en declive, es excesivo para una pobre y simple chica. Estaba segura de que Noel era bulímica, y no sabía como ayudarla. Comía toneladas de alimentos, continuamente, sin parar, hasta cuando hacían el amor estaba comiendo, pero nunca la vio vomitar. Su cuerpo delgado, no parecía enfermizo, al contrario, era más que apetecible, sin embargo toda esa comida debía ir a algún lado, pues no aumentaba de cincuenta y cuatro kilos nunca. El mal estar de Noel no era físico, más bien parecía un miedo, un temor a algo que la obligaba a descuidar su apariencia con el mismo tesón que otras modelos iban al gimnasio o al cirujano plástico.
 –Cariño, si te arreglaras solo un poco... –la dijo en una de las raras ocasiones en que la muchacha se estaba duchando. Allí bajo el agua, parecía tan limpia, tan perfecta–. ¿Por qué no me dejas que yo...?
 –No –respondió tajante mientras salía empapada del baño–. La vanidad es el peor de los pecados. El que más rápidamente se paga.
 No fue así. Alicia tardó dos años y pico en expiar sus pecados. Un día, mientras se sentaba de espaldas sobre Ash, este dejó de apretarle las tetas y quedó muy quieto. Estando aún dentro de ella, pudo notar como se tensaba de un modo especial. Si la hubieran preguntado, habría asegurado que lo que sintió emanando de Ash fue rabia, odio.
 –¿Qué es esto? –dijo rozando con los labios su hombro. Alicia torció la cabeza y vio, allí donde la boca de Ash se separaba de su piel, una verruga, pequeña y oscura.
 –No sé –en ese momento, aquella pequeña imperfección en su cuerpo, en una piel que no tenía marca alguna, parecía una falta inexcusable–. Será una verruguita... me la puedo quitar.
 –Sí. Conozco a un médico excepcional –la levantó y salió de ella–. Quítate eso cuanto antes.
 La verruga creció de modo alarmante. Apareció otra más en un dedo del pie. Pidió hora en el médico que Ash le dijo, uno excelente, que poseía una clínica privada equipada mejor que un laboratorio de la NASA, un lugar donde gente se operaba de estética, o abortaba con total discreción y muy alto precio, según entendió de las palabras de Lacerny. Ella solo quería quitarse dos verrugas, tan grandes o molestas como el lunar de la Crawford, pero él no podía ni tocarla mientras esas monstruosas acumulaciones de carne repugnante crecieran sobre ella.
 Dos días después de la intervención que extirpó a la perfección la tumescencia sin dejar casi señales, Noel vino a verla a su casa. Ninguno de los dos la había acompañado a la clínica, ni la trajo de vuelta tras la breve operación de cirugía superficial, ni contestaron a sus llamadas. Ya estaba limpia, su cuerpo era perfecto de nuevo, ¿por qué no la querían?
 Cuando abrió la puerta y se encontró con la esbelta silueta de Noel, la abrazó y la besó con fogosidad.
 –Cariño. ¿Dónde estabas? Os he estado llamando a ti y a Ash todo el día. ¿Qué ocurre? –volvió a besarla, y Noel le devolvió el beso. Luego sacó un cuchillo, se lo clavó y la mandó al infierno.