| Alicia en el agujero
1
Alicia era muy guapa.
Guapa, joven, dichosa, tenía
dinero...
Mirando su foto, aquí
rodeado de lluvia y viento, vuelvo a ella como se retoma el recuerdo de
una vieja película en blanco y negro, su memoria es suave, agradable,
nostálgica. Hace tres horas que estuve con ella, una eternidad.
Era singular, diferente, hermosa, pura.
Todo cambió, como cambia
para cualquiera, al caer en el infierno.
Antes de entrar en el
agujero, la vida de Alicia era tan feliz como poco interesante, no merece
la pena detenerse mucho en ella. Los datos básicos sobre su vida,
su éxito o su desaparición del mundo de luces, tacones, lencería
y sedas en que vivió los tienen en cualquier revista, o periódico,
yo les contaré lo que no encontrarán. A los quince años
prometió ser modelo, y prometió a sus padres portarse bien,
mantenerse impermeable a tan peligroso mundo para una adolescente. Cumplió
ambas promesas. A los dieciocho se fue a vivir a Nueva York con su novio;
ganaba ya una fortuna. Volvió a jurar que nunca se torcería
del camino recto que indicaban las enseñanzas paternas, y así
fue. Continuó virgen, un poco virgen al menos, y libre de pecado.
A los veintidós era conocida en todo el mundo. En una aldea de Bangla
Desh, donde no llegaba prensa alguna, un chico colgó una fotografía
suya en su casucha. El muchacho murió de beriberi, y no dejó
de mirar a los ojos verdes de Alicia mientras caía por el agujero.
En el primer mundo, su contrato con Lancome superaba en dígitos
al de muchas estrellas deportivas.
Ella seguía siendo
una buena chica. Fumaba hierva, y un día, solo uno, tomó
una pastilla, pero en líneas generales hizo honor a la palabra dada
a sus progenitores, que la habían visto en los últimos cinco
años en seis ocasiones, a saber: cinco Navidades y una ceremonia
en la que Teruel la hizo hija predilecta.
A los veintitrés
años se despertó un día en cama desconocida, junto
con tres chicas, su novio y otro chico más vestido con medias y
tacones. Nunca le había pasado nada igual. Cambió de casa
y dejó a su prometido. Frustró así el recién
aireado próximo enlace sin importarle problemas ni escándalos;
primero estaba ella y sus principios. No sé que fue de aquel desengañado
advenedizo, sujeto de quién no puedo precisar con exactitud como
se ganaba el sustento hasta el día que se cruzó con Alicia.
Uno más de los muchos que buscaban tajada de la lucrativa Alicia
y que nunca consiguieron más que dinero. Todo siguió igual.
Salvo por pequeños detalles como el color del pelo, Alicia era la
misma que salió del hogar.
A los veinticinco se
casó con un productor de televisión. Era rico, pero eso no
importaba; el nombre de Alicia era una empresa de gran rentabilidad por
entonces. Estaban enamorados, y aunque de vez en cuando consumían
cocaína juntos, pudo decirle a su padre, ahora viudo, el día
de la boda: Papi, sigo siendo buena; y en rigor era cierto.
En la fiesta de su veintiocho
cumpleaños, celebrada en una espléndida casa de Miami, regalo
de su esposo, anunció su retirada de las pasarelas y conoció
a Noel. Sí, esa Noel, la que estimula sus solitarias satisfacciones.
Noel era la mujer más guapa de la fiesta, a excepción de
Alicia, lo que la situaba entre las cinco más guapas del mundo.
Tenía ojos negros, una delgadez extrema, no reñida con cierta
atractiva opulencia en senos y caderas, y una larga melena teñida
de blanco. Era una mezcla de sangre eslava y siux. Iba a ser su sucesora
en el trono de la popularidad. Su mirada provocaba prematuros infartos.
Hasta aquí resultaba un facsímil de Alicia, con algo más
de malsana lubricidad y bastante menos edad. Las diferencias radicaban
en dos aspectos, por encima del simple color de pelo o la altura: Noel
no era buena, y estaba casada con Ash Lacerny.
Noel llevaba una vida
tal de excesos, que cualquier comportamiento saludable, edificante o constructivo
podía considerarse como un vicio en ella. Alicia no la conocía
en persona, pese a que era la modelo estrella de su propia agencia. Sabía,
eso sí, de su trabajo, de su cacareada anorexia, acusación
ineludible en el mundo de la moda, pese a que Noel no carecía de
curvas como ya he dicho, tal vez algo excesivas para una “top”. Cierta
prometedora modelo también de su agencia, René, que había
frecuentado a menudo la compañía de la novia de Lacerny,
desapareció de escena para ingresar en una clínica muy cara
dedicada a la atención de trastornos alimenticios y nerviosos, un
motivo más para aventar los pábulos y la maledicencia. Bien
podía haber sido eso, o víctima de cualquier otro exceso,
que todos eran frecuentados por Noel, Ash y su camarilla.
Sabía Alicia,
como lo sabíamos todos, de la azarosa vida de la princesa naciente
de las pasarelas. Pese a su juventud se decía que ya tenía
dos hijos, circunstancia que no había afeado en absoluto su silueta,
ni perjudicado su carrera. Eran conocidos sus desplantes y declaraciones
fuera de tono. “Creo que es mi obligación moral el disfrutar de
lo que me ofrece el mundo”, dijo a una revista, “Soy lo que necesitan todos
los desgraciados, inválidos y tullidos para satisfacer sus frustraciones.
Me gusta pensar en los cientos de tíos enfermos, parapléjicos
o imbéciles, que se pajean con mis fotos. Les hago la vida mejor”.
En otra publicación le preguntaron por sus gustos: “No soporto el
cine, la literatura, ni nada que no sea real. Mi bebida favorita es vodka
mezclado con la leche de Ash”. Cuando le trataron de sonsacarle la, siempre
en tela de juicio, inclinación sexual de Ash Lacerny, insistiendo
en el rumor más que extendido de que su matrimonio era un montaje,
respondió: “Si Ash fuera gay me cambiaría de sexo. Ojalá
tuviera una polla para poder follármelo”. Por supuesto Noel a veces
tenía una polla, y a veces se lo follaba, y en ocasiones emborrachaban
a una tercera muchacha y se la follaban los dos, como seguro le ocurrió
a la pobre René. Y a menudo contaban estas cosas a los padres de
la starlet con quién se habían cebado, y luego les pagaban
fortunas para evitar denuncias, dinero que las familias no dudaban en coger.
Noel tenía dieciocho
años cuando hacía estas cosas.
Durante la fiesta de
cumpleaños a la que me refería, las dos mujeres no cruzaron
palabra; era rentable tener a esa niña en la agencia, y conveniente
limitar los contactos a lo puramente comercial. Alicia fue la anfitriona
perfecta; recibió con igual cordialidad a políticos, músicos,
artistas e inútiles. Habló con la misma soltura de la terrible
amenaza del terrorismo internacional, de su apoyo incondicional a la administración
Bush, del monstruoso “asesino de la Uzi” de Nueva York, o de la última
colección de Chanell. No bebió más que agua, no comió
más que halagos, sonrió toda la noche y besó enamorada
a Eddie, su marido.
A las cinco de la mañana,
Alicia, completamente sobria, fue a uno de los cuartos de baño.
La puerta estaba abierta, entró descuidada y se encontró
a Noel desnuda, sentada en el suelo y sudando, apretando con fuerza entre
las manos la ducha teléfono.
–Perdón...
–¡Alicia! –dijo
Noel, y la miró con ojos que eran todo pupilas–. Tienes nombre de
cuento...
vamos niña, sigue a este conejito blanco... –y se rió mientras
se abría de piernas, acariciaba el bello púbico albino y
se metía entera la cabeza de la ducha.
Alicia salió corriendo,
protegiéndose de incómodas sensaciones despertadas en su
interior con una risa estúpida, pero dos años después
siguió a ese conejito blanco, y tal circunstancia es la única
relación entre esta Alicia y la del cuento. Aquí fue al revés.
Aquí Alicia persiguió a Noel por un agujero, salió
del País de las Maravillas donde vivía, y cayó en
el infierno.
2
Ash Lacerny, el esposo
de Noel Lacerny, era el nombre artístico que utilizaba el Demonio
de Nueva York. Lo que acabo de decir no tiene nada de sobrenatural, es
mucho más prosaico de lo que parece, créanme. Naturalmente
Ash no es el nombre que sus padres le dieron. Se reconstruyó, abandonó
su pasado, mucho más prosaico, por una nueva vida de excesos, por
lo que necesitaba un apelativo distinto, para alivio de los suyos, que
nunca sintieron el orgullo hacia su vástago que el padre de Alicia
experimentaba cada vez que su vecino, propietario del kiosco más
próximo, mostraba una foto de su hija.
Me cuesta definir lo que era
Ash, a qué se dedicaba. Hacía vídeos musicales, hizo
uno para Marilyn Manson. También era fotógrafo y sus horribles
fotos se vendían a precios de Van Gogh. Sus exposiciones habían
convertido el arte fotográfico en algo tan multitudinario como la
Super Bowl. Nadie sabía que, siendo el Demonio, sus obras eran más
producto de lo que podía ver a diario en su reino que de su talento,
exactamente igual que el señor Pickman del cuento de H.P. Lovecraft.
En cualquier caso, la vida mundana de Ash no es nada interesante comparada
con sus actividades “diabólicas”.
El infierno, feudo y hogar
de Ash, medía unos quinientos cuarenta metros cuadrados, distribuidos
entre una amplia sala central, nueve galerías que daban a ella y
un buen número de celdas; amplio, pero no lo suficiente como para
albergar una cantidad infinita de condenados. Cuando Alicia engrosó
las filas de los pecadores, el total sobrepasaba escasamente la veintena,
circunstancia que a la joven le pareció esperanzadora dentro de
su tormento. Si veintidós o veintitrés personas son todas
las que merecen esta condena, el mundo no está en tan terrible situación
como aseguran los vivos. No sabía nada la pobre muchacha de la organización
del infierno, muy distinta de la del de Dante. Lacerny era el diablo de
la teratogenia. Su función era castigar a los que se refocilaban
en el hediondo pecado de la vanidad, el más despreciable de los
siete a sus ojos, y a los míos, pese a que yo ya no puedo arrojar
la consabida primera piedra.
Por encima de todo el dolor,
el martirio, la deformidad, los abusos y torturas a las que Alicia era
sometida a diario en los pasillos del Pandemonio, algo la atormentaba de
un modo insoportable, hasta en los escasos momentos de calma: la terrible
injusticia cometida con ella. Si una muchacha mantenía tal rigidez
moral hasta casi llegar a la treintena, sumergida entre constantes tentaciones,
en medio de un océano de vicios y comodidades, ¿merecía
esa condena al final por tan breve lapso ético? Solo fueron dos
años de pecado, ¿ha de pesar un instante de debilidad, por
intenso que fuere, más que sus treinta años de escrupulosa
conducta? Claro está, que pocas muchachas se encuentran cara a cara
con el demonio, y el supremo tentador es difícil de eludir. Bastó
con que pecara una vez, que se mirarse al espejo con autocomplacencia por
un minuto, para condenarse. Veamos con más detenimiento cómo
entró Alicia en el agujero.
Se entregaban los premios MTV
y ella estaba entre los invitados. Tenía que presentar uno: “Premio
al mejor artista latino cantando en ingles ritmos caribeño-africanos
que nada tienen que ver con lo latino, cosas como Julio Cesar y compañía...”,
o algo así. Entre la turba de estrellas y estrelluelas asistentes
se encontró con Noel, rodeada de cámaras y sin acompañante.
Noel tiene un aspecto repugnante cuando no trabajaba. En el mundo del glamour
se rumorea que ni siquiera frecuenta mucho las duchas, y debe ser cierto
a tenor del hedor que desprende. Cuando una muchacha de veinte años
huele como ella, no da asco; da miedo, se lo juro. La misma mujer que causa
instantáneas erecciones desde vallas y posters, ahora parecía
una yonki a punto de sufrir un infarto, con su pelo blanco pegado y sucio,
y ropa de pordiosera. En rigor, tal circunstancia debiera molestar a Alicia
como empresaria, pero las sucias costumbres de Noel no restan nada a su
caché, todo lo contrario, es publicidad que hace vender toneladas
de fotografías. Su carencia de gusto en el vestuario y su escasa
higiene personal nunca han sido menoscabo de su belleza, atrévanse
a negarlo. Algo misterioso y enigmático rodea a esa muchacha, a
parte de poseer facciones imposibles de afear. Con alzar su mirada de gata,
Noel se convierte en el centro del deseo de todos los varones presentes,
y muchas de las mujeres, mientras que ella, Alicia, se veía obligada
a enfundarse en vestidos con escote en la espalda hasta el principio del
culo para competir.
Alicia pecó por primera
vez en su vida, y de un modo definitivo. Observó a esa muchacha,
sucia, degenerada, promiscua, poli toxicómana, y muy joven. Ella
cumplía la semana que viene treinta años, era preciosa, nadaba
en la abundancia, casada con un eminente empresario de cuarenta y dos años,
miembro de una importante familia del este, en plena carrera política
a la que los analistas le auguraban el mayor de los éxitos, y que
la adoraba. Estaba segura de que muy pronto se presentaría a gobernador
de Florida, tendrían niños, y ella se dedicaría a
la maternidad con devoción. Por si fuera poco, su hechizo no había
desaparecido; hoy saldría en televisión presentando un premio
en la gala MTV que verían millones de personas en todo el mundo.
Pero mañana, esa pequeña zorrita de veinte años sería
portada de VOUGUE. Ella no. Ella nunca más.
Aquí surge un pequeño
problema, ese al que es de suponer que todos los demonios han de enfrentarse,
y que sin duda provocará infinidad de controversias en la corte
infernal. Porque si Noel era poli toxicómana, Alicia tornó
en una noche de buena chica, buena americana adoptiva y futura buena madre,
a “poli pecadora”. Si uno cae en cuatro o cinco de lo siete pecados capitales,
¿por cuál merece expiar? ¿Ha de pesar más la
lujuria que... pongamos la ira? ¿Existirá un debate diabólico
en el que el demonio de la gula se enfrente al de la pereza? “Era más
glotón que vago, mucho más” diría uno, y el otro argumentaría...
Esto es una discusión ociosa, porque estando cerca Lacerny, siempre
es la vanidad quién triunfa. Y si no me creen, vean lo que le ocurrió
a la preciosa Alicia.
Al ver a la niña modelo,
la niña portada, la niña puta, rodeada de fotógrafos,
sintió una envidia casi insoportable, solo superada por la ira que
la arrebató cuando Eddie le pidió que no presentara el premio.
–Es importante que te vayas
distanciando de este mundillo –importante para él, para su carrera,
para su equipo de asquerosos asesores lame culos, como el tipo que iba
a llevar su campaña electoral, además de ser su secretario
y hombre de confianza, un cruce entre David Bowie a los veinte años
y Ash Lacerny, que asentía por encima del hombro de Eddie, con esa
sonrisa estúpida que siempre le acompañaba–. Está
bien pasearse ante las cámaras, pero no tomemos más protagonismo
del estrictamente necesario. Ahora eres mi chica, solo mía –esa
última galantería, o eso se suponía que era, no surtió
efecto. Menos aún cuando la sustituyeron por Noel, pese a que ni
siquiera iba peinada.
Al terminar la gala, el pecado
que asaltó a Alicia fue el más grato: la lujuria. En el backstage,
asediados por las cámaras, los invitados y demás personas
populares respondían a preguntas y posaban sonrientes. Allí
saludó a Noel. Dos besos. Sonreír tan encantadora como siempre,
rozarse las mejillas y listo, no tenía siquiera que mirar a esa
zorra. Pero no fue así.
–Alicia –sonrió a su
vez Noel–, estás increíble –y se echó con entusiasmo
sobre ella. Sintió como la niña depositaba dos besos húmedos
con firmeza, muy cerca de las comisuras de su boca, al tiempo que con la
mano derecha agarraba sin pudor su nalga medio al aire. Fue tan fugaz como
inevitable el recuerdo del cuerpo de esa chica desnudo en su cuarto de
baño, y de inmediato, impulsada por algo desconocido hasta ese día,
midió la cintura de Noel con la mano. Sus pezones se irguieron.
El frío, se dijo. Es
probable que el alcohol consumido para paliar el enfado con Eddie influyeran
en esa reacción, quién sabe; Noel es irresistible desde un
punto de vista bioquímico.
Éste no fue el último
pecado de la noche, aunque sin duda fue el más turbador para Alicia.
Los dominios de Lacerny entraron en su alma un segundo después.
Se había quedado sola por un momento, rodeada de focos que atendían
ahora a otras estrellas, contemplando su imagen en una gran pared espejada.
Aún era hermosa, muy hermosa. No importaba que los organizadores
del evento no hubieran dudado ni un segundo en sustituirla por Noel en
cuanto mencionó cierta indisposición, incluso que se mostraran
alegres por el cambio. Debía ser una de las mujeres más guapas
del mundo.
Allí las vio; claras,
brillantes, groseras. Arrugas junto a sus labios, justo donde Noel depositó
el pecaminoso ósculo. Se acercó más, miró en
las proximidades de los ojos, estiró el cuello. Era el primer aviso.
–Eres preciosa –ni siquiera
se había fijado en la figura que estaba a su lado. Ash Lacerny,
enjuto y serio, con gafas de sol a las doce de la noche, la contemplaba
de arriba abajo. Tras él, a tanta distancia que no podía
oírles, estaba el guardaespaldas de Lacerny, un tío grande
y adormilado con un termo de café en la mano. Necesitaba guardaespaldas,
pues no era excepcional que alguna asociación en pro de las buenas
formas la emprendiera con él, o le acusaran de todos los desvíos
morales de la juventud americana–. No debieras preocuparte por esos pequeños
desperfectos en tu rostro. Son marcas de vida. Solo los maniquíes
no tienen arrugas, y son iconos absurdos de la vanidad humana.
–Oh –respondió Alicia,
volviéndose rápido–. Miraba el maquillaje. Tantos besos acaban
por...
–¿Te vienes a casa?
–era la primera vez que hablaba con él y la primera impresión
con Lacerny es la más acertada: miedo, desprecio, incertidumbre.
Ash le tendió la mano. Ella sonrió desganada. No era la niña
boba que había llegado a Nueva York hacía veinte años,
asustada y con la mente fija en su objetivo, del que no le apartaría
tentación alguna. Y las hubo, muchas. Estaba más que acostumbrada
a esa colección de tipos siniestros y peligrosos, cuya fama siempre
superaba a la vulgar realidad, y la fama de Ash era mayor en fábulas
y leyendas que la de cualquier luminaria mediática del momento.
Si apartaba las patrañas que le envolvían, y su grotesco
gusto a la hora de fotografiar, seguro que no era nadie excepcional. Creía
conocer a individuos mucho más extremos, que indefectiblemente murieron
jóvenes. Acostumbrada a excentricidades y peligros, mantuvo la postura
de digna diva de la moda cuando Ash cogió su mano del mismo modo
que cogía cualquier cosa, como si todo le perteneciera. Estaba ardiendo,
y húmeda; me refiero a la mano de Ash.
–Gracias, me encantaría,
pero tengo que hablar con mi marido. Creo que los dos tenemos que ir a...
–¿Siempre haces lo que
dice él?
Por Dios, eso no funcionaba
cuando tenía quince años, ¿este colgado pretendía
“llevársela al huerto” con tan patético engaño? ¿Apelando
a su orgullo?
–Sí, cariño
–Alicia llamaba a todo el mundo “cariño”–. Somos la pareja perfecta.
Siempre tenemos la misma opinión.
–Eso he observado. ¿No
estabas aquí para presentar uno de los premios? –insistía
en la misma táctica. ¿Éste era el siniestro Lacerny,
el peligro de las buenas chicas americanas, el tío con causas pendientes
de escándalo público y abusos sexuales? Parecía un
adolescente intentando tirarse a su pareja en la graduación, y Alicia
hacía mucho tiempo que había dejado de ser la reina del baile.
–Eres muy divertido –Lacerny
no dejaba de tirar de ella, suavemente–, pero Eddie y yo ya tenemos planes
–mentía. Estiró su interminable cuello buscando a Eddie entre
la multitud. No había problema, podía lidiar con tipejos
como éste sin ayuda, pero estaba cansada. Pronto le localizó,
en medio de un corro que atendía, como era habitual, a sus opiniones
respecto a vaya usted a saber qué.
–Tu hombre parece muy ocupado.
Me encantaría que nos acompañase, pero creo que preferirá
sus amigos a los tuyos –¿desde cuándo Lacerny estaba incluido
entre sus amigos? ¿Espera que...? Lacerny le tomó por los
hombros de golpe, sonriendo con su labios finos, como dibujados con un
pincel. La hizo girar un cuarto, encarándola con el grupo de Eddie–.
¿Ves? –ahora todos reían alguna ocurrencia del prometedor
político. La muchacha del sucinto traje negro casi no se tenía
en pie de la exagerada risa, y se apoyaba en el brazo de Eddie, apretando
el bíceps trabajados de gimnasio. Parecía una puta cara,
sin idea de vestirse–. ¿Conoces a esa tía? Yo me la encontré
en la fiesta de Roling Stone. Espera que me acuerde... no caigo, se estaba
tirando a alguien, pero no me acuerdo de quién... ¿No era
tu hombre el invitado de honor allí...?
Alicia giró y encaró
lo ojos pequeños e irritados perpetuamente de Ash, que se había
quitado las gafas. Ese individuo se creía de verdad irresistible,
se le notaba en cada movimiento.
–¿Cuántos años
crees que tiene? ¿Veinte? ¿Veintiuno? –acarició suavemente
su rostro, rozando con la yema de los dedos justo donde se formaban aquellas
arrugas recién descubiertas–. Tan jovencita y ya follándose
a la crema y nata, debe ser una dura competencia...
–Voy por Eddie, será
divertido –se apartó en dirección a su novio. No tenía
la menor intención de ir a la fiesta de ese guarro. Le demostraría
que podía hacer lo que quisiera, que su marido la seguiría
a cualquier sitio. Pero no pensaba ir. Rozó el brazo de Eddie, y
él se volvió al momento.
–Ali, te echaba de menos. Estos
amigos...
–Eddie, Ash Lacerny, ya sabes,
el chico de Noel, nos ha invitado a su casa ahora...
–No es oportuno Edward –se
apresuro a apuntar el omnipresente secretario.
–Déjame Vic, es un momento
–la tomó con fuerza del codo y la apartó unos metros–. ¿Estás
loca? No podemos mezclarnos con esa gentuza. Alicia, tienes que cambiar
de entorno, de conocidos, esa gente lo único que quiere es... –de
una sacudida se zafó de su abrazo. Sin dejar de sonreír camino
erguida, saludando a los flashes y las fotos, hasta la calle.
En la puerta estaba el conejito
blanco, entre el bullicio de televisión, trajes y pedrerías.
Vio la larga limusina negra de Satán, con el techo solar levantado
y asomando por él la pequeña Noel, medio desnuda, sonriendo,
saludando a las cámaras, a sus amigos los colgados que se la estarían
destrozando en casa por todo el mundo, y a Alicia. Sonrió, escuchó
preguntas estúpidas. Toda la vida siendo una buena chica, la mejor,
trabajando y cuidándose para que ahora un chulo con futuro prometedor
la controlara. Solo porque ya no tenía la figura perfecta, la piel
perfecta, que le permitió hacer lo que se le antojó. Entonces
decidió ser buena. Ya basta.
La imagen de Alicia trotando
con el gracioso andar de sus vertiginosos tacones en medio de la multitud
hacia la limusina, ocupó minutos en todas las cadenas, y seguro
tiene un sitio de preferencia en la memoria de todos. Corría perseguida
por las miradas, por la esperanza del inminente escándalo. La puerta
se abrió, Ash Lacerny bajó galante y el coche negro engulló
a la pobre Alicia.
Dentro, Noel se dejó
caer en el asiento, como atolondrada, riendo, con aquella horrenda ropa,
sin pintar; estaba preciosa. Ella necesitaba horas de maquillaje y complementos
para tener la mitad del encanto que poseía hace diez años,
y a esa golfa le bastaba con abrir los ojos para parecer una ninfa. Noel
se movió, desperezándose de alguna nube narcótica
y la dejó sitio, quitándose con un mohín lánguido
la camiseta, dejando al aire sus soberbias tetas. En cuanto Alicia se sentó,
la muchacha reclino la cabeza sobre el pecho, mucho más menudo.
Un ácido olor a sudor emanaba de la niña modelo. Ash se sentó
a su otro lado, completando la prisión de carne que la envolvía.
El coche se puso en marcha.
–Lo pasaremos muy bien. Eres
preciosa –Alicia le miró, dispuesta a decirle que pensaba tomarse
una copa e irse a casa pronto, que esto era su modo de joder a Eddie, de
hacerle ver que no era la “modelo retirada por el futuro gobernador de
Florida”. No pudo decir nada. Ash se había bajado los pantalones
y se agarraba con fuerza la polla enhiesta.
No se asustó, para su
sorpresa ni siquiera se sintió molesta. Antes de que pudiera reaccionar,
noto el frío tacto de la mano de Noel deslizándose entre
sus piernas. La miró. La joven se incorporó restregándole
la cara contra el pecho y terminó por besarla con fuerza, llenándola
la boca como un amante ansioso.
–Puedes ser guapa y joven para
siempre –dijo Ash mientras la volvía de espaldas, arrojándola
sobre Noel–. Mientras estés conmigo, será así por
toda la eternidad.
Pasaron dos años. Noel,
Ash y Alicia estrecharon su amistad. Alicia se separó de Eddie,
naturalmente. La persona en que se había convertido no encajaba
en la imagen política de su marido, que por cierto, pese a los escándalos
en los que se vio envuelta su ex mujer, es ya gobernador de Florida, y
no por méritos propios, se lo aseguro. Los pecados, antes inexistentes
en el corazón de Alicia, eran ahora un rosario infinito. Consumió
drogas, todas, apetito éste que Lacerny satisfacía con largueza,
teniendo un manantial interminable de psicotrópicos, alucinógenos
y sedantes. Compartía la cama de Ash, así como la de Noel
y la de otros aficionados a tan licenciosa existencia, que eran invitados
continuos en su casa. Beef no; ese hombretón, oficialmente guardaespaldas
de los señores Lacerny, no parecía muy interesado en drogas
ni sexo, en nada salvo el café y aún así seguía
durmiéndose en esquinas y sillones. Excepto él, el resto
de los amigos de Ash eran lo que se supone que son los amigos de Ash, y
acabaron siendo amigos de Alicia.
Salvo Benny, claro. Este Benjamin
Tremain era un íntimo amigo de Ash, confidente, consejero, poseedor
de una importante fortuna, alcohólico y peligroso en extremo.
–Ten cuidad con Benny –le dijo
Noel en una ocasión–. No es de fiar –y debía saber bien de
qué hablaba, pues perseguía a la muchacha de pelo blanco
con un celo exento de todo pudor, y ésta fue la única criatura
que jamás recibió negativas de Noel. Alicia se topó
con él en varias ocasiones, masturbándose en casa de Ash
con fotos suyas, en medio del salón.
–Vamos niña –dijo–.
Chúpamela una vez, yo y Lacerny compartimos todo...
Rehusó tal ofrecimiento,
no solo por el tremendo tamaño genital de Benny. Ese tío
daba miedo. Cuando contó estos episodios a Ash, él se limitó
a decir.
–No hagas caso de Benny, es
un payaso inofensivo. Le excita escandalizar. Ignórale.
A parte de este desagradable
episodio, no hubo placer o dolor que Alicia ignorara, de los muchos que
descubrió en compañía de Lacerny. Así, con
tal estilo de vida, Alicia era feliz como nunca lo fue. Amaba a Noel y
a Ash, porque con ellos cada día era diferente, y amaba su situación.
De nuevo era parte del mundo. Su nombre se relacionaba con las actitudes
más escandalosas, y más vanguardistas. El calendario que
Ash hizo con procaces fotos de ella y Noel disfrutando una de la otra la
hizo más popular que su pasada carrera de respetable belleza de
alta costura. Era guapa, y joven otra vez, como si la felicidad brotara
desde su interior para reflejarse en su rostro en su piel. Tal y como le
dijo Lacerny, su juventud parecía renacer día a día.
Los excesos, al contrario de lo que cabe esperar, o de lo que la antigua
y temerosa Alicia pensaba, resultaban saludables en extremo. Aquellas pequeñas
arrugas descubiertas dos años atrás, desaparecieron. Sus
tetas recuperaron cierta firmeza perdida, su tono muscular mejoró,
su piel, su estado físico en general era superior aun al que tuvo
a los dieciocho años y eso la convertía en una belleza extraordinaria.
Llegó el cine, la tentó y ella aceptó sin dudar. El
reverdecer de Alicia, esta nueva primavera, era algo que no iba a dejar
pasar.
Se mudó a casa de Ash
y Noel: el país de las maravillas. Jamás imagino que el fotógrafo
fuera tan rico. La imagen del Ash loco y despilfarrador que corría
por los mentideros de los más selectos, y no tan selectos, círculos
sociales distaba mucho de la realidad. Ash gastaba, sí, pero jamás
hubo un derrochador más austero. No solo en dinero; Lacerny conservaba
todo, acumulaba todo lo que había encontrado, comprado o construido
en su casa, atiborrando las salas y las paredes de los objetos más
insólitos, del mismo modo que atiborraba sus cuentas bancarias.
Tenía una sorprendente compulsión al coleccionismo estrafalario:
muñecas, relojes, cajetillas de tabaco, servilletas, automóviles
viejos, esquelas...
Nunca vendía nada. Este
proceder de hormiga de fábula le había llevado, ayudado por
los consejos de un servidor, por cierto, pero no quiero adelantar acontecimientos,
a ser accionista mayoritario de empresas que no creerían posible.
Además dirigía la tortuosa carrera de Noel con tanta eficiencia
como la suya, y otro tanto hizo con el resurgir de Alicia.
En esta cornucopia, sita en
el East Side neoyorquino, Alicia descubrió la vida plena de satisfacciones,
ausente de la palabra no. Aquí trajo el ayudante de Eddie, ese clon
absurdo de Lacerny, los papeles del divorcio que firmó con alegría.
Aquí tuvo el mal trago de recibir las cartas de Papi, llenas de
reproches y angustia, que un poco de polvo en la nariz hacían olvidar.
Aquí tuvo que contemplar la gestación de la última
y horrenda exposición de fotos de Ash, basadas en el “Asesino de
la Uzi”, una vez que esa bestia fue abatida por la policía frente
a su última carnicería. Acompañó a Lacerny
y a Noel a cada una de las siete escenas del crimen, allí donde
por seis veces el criminal había acribillado y descuartizado a toda
una familia, niños, mujeres... todos destrozados a tiros. En ocasiones,
como en su última actuación, el tío salía disparando
con sus Uzis por el barrio, matando a diestro y siniestro, repeliendo con
extrema violencia a la policía. Por suerte acabó muriendo
y Ash mostró mucho interés en el asunto, fotografió
los escenarios del crimen, los supervivientes, retocó las fotos,
les añadió sus horribles retratos deformados y lo publicó.
–Marc Fenser se llamaba –la
comentó orgulloso, como si se tratase de su hijo–. El hijo de puta
más asesino que haya existido, y yo tengo su sangre.
Efectivamente, recogió
sangre del lugar de su muerte, después que la policía hubiera
terminado con las pesquisas, claro está, impregnó un secante
con ella, lo metió en un tubo y se hizo un colgante con él.
El libro de fotos sobre Fenser
se vendió más que la Biblia, y la presentación fue
la apoteosis de la nueva vida para Alicia. Allí lució junto
a Ash y Noel como en sus mejores años. Era feliz.
Para aderezar todavía
más la situación, su mejora iba emparejada a un cierto deterioro
físico en Noel, y esto fustigaba su vanidad, y no olvidemos que
ese es el pecado capital de Alicia, y por el purgó. No solo eran
las ojeras perennes que anidan en el bonito rostro de Noel, ni esa mirada
de drogadicta; pese a eso seguía siendo una muchacha espectacular,
voluptuosa y atractiva. Era su empeño en el desarreglo, en la suciedad,
que cada vez aumentaba hasta dejar de ser una llamativa excentricidad.
Los contratos de Noel empezaron a menguar.
Esa situación producía
sentimientos enfrentados en Alicia, que fueron complicándose a medida
que pasaron los meses. Por un lado le halagaba el saberse ya más
atractiva que la niña que tanto envidiara meses atrás, al
tiempo que la entristecía. Quería a esa chica, como se quiere
a un juguete favorito, y lamentaba que arruinase lo que seguro es el mejor
cuerpo femenino que se ha subido nunca a una pasarela.
Este afecto hacia Noel fue
cambiando, creciendo, llegó a ser más que un capricho o un
aderezo más a su actual ritmo de excesos. Si era sincera consigo
misma, ejercicio éste no muy recomendable para alguien en su situación,
debía reconocer que no frecuentaba la compañía, y
los labios de Noel por el hecho de que fuera la mujer de Ash, aunque este
título ya era más suyo que de la niña. La deseaba
más que a él. De hecho Lacerny no era un tipo atractivo,
salvo por la seducción que tiene quién es capaz de proporcionar
estímulos constantes. El cuerpo de Lacerny no era en absoluto de
adonis, por el contrario, no podía ver un minuto a Noel sin tener
que contener, hasta físicamente, el impulso de arrancarla las bragas
a mordiscos. Nunca fue lesbiana, no había otra mujer que la atrajera,
pese a que intervenía con entusiasmo en cualquier juego que Ash
propusiera, independientemente del número y sexo de los participantes,
siempre que estuviera entre ellos la dulce Noel. Tales sensaciones nuevas
para el simple espíritu de Alicia eran confusas, acabó por
creerse enamorada de Noel, o tal vez se enamorase de verdad, no lo sé.
El ver como tu amada languidece, y como tu cariño, tu apetito por
ella aumenta al mismo ritmo que su estado físico entra en declive,
es excesivo para una pobre y simple chica. Estaba segura de que Noel era
bulímica, y no sabía como ayudarla. Comía toneladas
de alimentos, continuamente, sin parar, hasta cuando hacían el amor
estaba comiendo, pero nunca la vio vomitar. Su cuerpo delgado, no parecía
enfermizo, al contrario, era más que apetecible, sin embargo toda
esa comida debía ir a algún lado, pues no aumentaba de cincuenta
y cuatro kilos nunca. El mal estar de Noel no era físico, más
bien parecía un miedo, un temor a algo que la obligaba a descuidar
su apariencia con el mismo tesón que otras modelos iban al gimnasio
o al cirujano plástico.
–Cariño, si te
arreglaras solo un poco... –la dijo en una de las raras ocasiones en que
la muchacha se estaba duchando. Allí bajo el agua, parecía
tan limpia, tan perfecta–. ¿Por qué no me dejas que yo...?
–No –respondió
tajante mientras salía empapada del baño–. La vanidad es
el peor de los pecados. El que más rápidamente se paga.
No fue así. Alicia
tardó dos años y pico en expiar sus pecados. Un día,
mientras se sentaba de espaldas sobre Ash, este dejó de apretarle
las tetas y quedó muy quieto. Estando aún dentro de ella,
pudo notar como se tensaba de un modo especial. Si la hubieran preguntado,
habría asegurado que lo que sintió emanando de Ash fue rabia,
odio.
–¿Qué es
esto? –dijo rozando con los labios su hombro. Alicia torció la cabeza
y vio, allí donde la boca de Ash se separaba de su piel, una verruga,
pequeña y oscura.
–No sé –en ese
momento, aquella pequeña imperfección en su cuerpo, en una
piel que no tenía marca alguna, parecía una falta inexcusable–.
Será una verruguita... me la puedo quitar.
–Sí. Conozco a
un médico excepcional –la levantó y salió de ella–.
Quítate eso cuanto antes.
La verruga creció
de modo alarmante. Apareció otra más en un dedo del pie.
Pidió hora en el médico que Ash le dijo, uno excelente, que
poseía una clínica privada equipada mejor que un laboratorio
de la NASA, un lugar donde gente se operaba de estética, o abortaba
con total discreción y muy alto precio, según entendió
de las palabras de Lacerny. Ella solo quería quitarse dos verrugas,
tan grandes o molestas como el lunar de la Crawford, pero él no
podía ni tocarla mientras esas monstruosas acumulaciones de carne
repugnante crecieran sobre ella.
Dos días después
de la intervención que extirpó a la perfección la
tumescencia sin dejar casi señales, Noel vino a verla a su casa.
Ninguno de los dos la había acompañado a la clínica,
ni la trajo de vuelta tras la breve operación de cirugía
superficial, ni contestaron a sus llamadas. Ya estaba limpia, su cuerpo
era perfecto de nuevo, ¿por qué no la querían?
Cuando abrió la
puerta y se encontró con la esbelta silueta de Noel, la abrazó
y la besó con fogosidad.
–Cariño. ¿Dónde
estabas? Os he estado llamando a ti y a Ash todo el día. ¿Qué
ocurre? –volvió a besarla, y Noel le devolvió el beso. Luego
sacó un cuchillo, se lo clavó y la mandó al infierno.
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