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El
niño marciano
David Gerrold
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"Oh,
sólo una cosa más, Dennis cree que es marciano”
Ése era el último escollo
que tenía que superar David –soltero y gay- para finalizar la tarea
de adoptar un niño, tras años de dura lucha e incomprensión.
Pero, después de todo, Dennis,
a pesar de haber sido abandonado al nacer, parecía un niño
normal de ocho años, hasta que comenzó a pedir deseos marcianos…
que se hacían realidad; o hasta que David comenzó a investigar
otra serie de niños con las mismas características que Dennis,
y que todos, sin excepción, decían provenir de Marte…
Esta novela está basada en
el cuento “The Martian Child” del propio David Gerrold, ganador de los
premios Hugo, Nebula y Locus en 1995.
Basada en una experiencia personal
del propio autor, la novela se ha adaptado recientemente al cine, protagonizada
por el afamado actor John Cusack.
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Título: El Niño
Marciano
Autor: David Gerrold
Título Original: The Martian
Child (2002)
Traductor: Carlos Pranger
Diseño de Portada: Estudio
Ajec. Fotografía: New Line Cinema
Precio: 12,95 euros
Páginas: 196
ISBN: 978-84-96013-30-8
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Anticipo
de Lectura
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Empecé a buscar pruebas.
Comencé a repasar mi diario.
Había estado tomando notas diariamente de los incidentes interesantes,
en caso de que alguna vez quisiera escribir un libro sobre nuestras experiencias.
Al principio, no podía encontrar nada. La mayoría de los
incidentes sobre los que había escrito eran bastante rutinarios.
Ni siquiera apto como material para el Reader’s Digest .
Por ejemplo, la semana después de que se instalara, lo había
llevado al partido del béisbol en el estadio de los Dodgers. Cuando
entramos en el aparcamiento dije:
—Bien, tío, desea que haya alguna plaza libre.
Dennis se inclinó hacia delante en su asiento con una expresión
intensa en su cara.
—Parece abarrotado. Será mejor que desees con fuerza.
Llegué al final de la hilera y giré hacia la siguiente.
Había seis lugares vacíos.
—Uy. Te has pasado.
—Realicé un deseo marciano.
—Oh, bien. Bueno, hay cinco personas detrás de nosotros que
también necesitan un sitio para aparcar. Ahora, vamos a ver al mejor
equipo de béisbol del mundo. ¿Sabes cual es?
—¡Los Dodgers!
—¡Correcto!
Durante la primera parte del partido, Dennis estaba más interesado
en obtener un banderín y conseguir un poco de algodón de
azúcar, que en lo que estaba ocurriendo abajo en el campo. Pero
hacia la quinta entrada se subió en mi regazo y empecé a
explicarle en que consistía el juego.
—Ves a ese hombre sujetando el bate en la base del bateador.
Desea que golpee la pelota fuera del estadio.
—Está bien —dijo Dennis.
¡Cra—a—a—ack! La pelota salió disparada fuera del campo
hasta los asientos situados a la derecha del recinto. Alguien en la grada
más baja la atrapó y el corredor se paseó fácilmente
alrededor de las bases mientras el organista tocó, “Gloria, Gloria,
Aleluya”.
—Se te da bien pedir deseos, Dennis. Eso fue increíble. ¿Quieres
probar otra vez?
—No.
—Está bien.
Dos entradas después, los Dodgers estaban una carrera por detrás.
Le pedí a Dennis que deseara más golpeos. Cuatro lanzamientos
después, había corredores en la primera y la tercera base.
No me importaba quién fuese a batear en ese momento; no recordaba
los nombres de ningún lanzador desde que Roy Campanella catcheara
para Don Drysdale y Sandy Koufax. En cuanto a mí, me daba igual
quien estuviera en la primera, la segunda o la tercera. Solamente me gustaba
el béisbol mientras no tuviera que ser un experto, pero nunca había
visto a los Dodgers ganar un partido. Cada vez que vine al estadio perdieron;
así que decidí alejarme del estadio de los Dodgers para darles
una posibilidad de victoria. No esperaba que ganaran esta noche,
pero los deseos de Dennis les habían hecho remontar tres carreras
de desventaja.
—Está bien, Dennis —dije, apretándole un poco —es momento
para un último deseo. Mira a ese tipo sujetando el bate en la primera
base. Tienes que desear que batee un home run . Que la bola salga fuera
del campo. Deséalo como hiciste antes, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Y al igual que antes —cra—a—ack— la pelota fue en dirección
hacia la parte más profunda de la parte derecha de la grada, provocando
una repentina avalancha de seguidores excitados moviéndose de sus
asientos para atrapar la bola.
Los Dodgers ganaron aquella noche. Durante todo el camino a casa, continué
elogiando a Dennis por su excelente manera de desear.
Un par de semanas después de eso, paramos en un semáforo
esperando a que cambiara. Era una de esas intersecciones que existían
situadas un poco de soslayo en los límites de la realidad.
Siempre que parabas allí, el tiempo se ralentizaba hasta la velocidad
del paso de tortuga. Sin ni siquiera pensarlo dije:
—Dennis, desea que se ponga verde, por favor.
—Está bien —dijo.
Y repentinamente la luz cambió al color verde. Fruncí
el ceño. Me parecía que el ciclo de los tres colores no había
sido completado del todo.
No. Debía haber estado soñando. Crucé la intersección
con el automóvil. Un momento después, nos atrapó la
siguiente luz roja. Dije una palabra malsonante.
—¿Por qué dijiste eso?
—Estas luces se suponen que están sincronizadas —dije— de modo
que solo te encuentras con luces verdes. Debemos estar desincronizados.
Por qué no deseas que esta luz cambie también, por favor.
—Está bien.
Verde.
—¡Niño! Desear se te da realmente bien.
—Gracias.
—¿Puedes desear que esta luz se cambie también a verde?
—dije un minuto después.
—No —dijo, repentinamente enfadado— vas a usar todos mis deseos.
—¿Cómo? —miré hacia él.
—Tengo deseos limitados y tú vas a gastarlos todos en los semáforos
—su voz contenía algo de dolor.
Aparqué el automóvil en un lado de la carretera. Me volví
hacia él y posé mi mano suavemente sobre su hombro.
—Oh, cariño, no sé quién te dijo eso, pero no
es cierto. La bolsa de los deseos no tiene fondo. Puedes pedir cuantos
deseos quieras.
—No, no se puede —insistió. Y luego, repentinamente—. ¡Deseé
mi manta de Los Cazafantasmas y nunca la conseguí!
—¿Qué manta de Los Cazafantasmas?
—Cuando estaba viviendo con Pat —aquella que lo maltrató— yo
tenía una manta de Los Cazafantasmas, era mi cosa favorita en el
mundo, cada vez que me envolvía en ella me sentía seguro.
Ella me la quitó, no quería devolvérmela. Cuando me
sacaron de su casa, ella me dijo que me la devolvería cuando me
mudara y luego dijo que no, no dejó que me la llevara, era mi manta
favorita, era mía, era lo único que quería—. Las palabras
brotaron como un torbellino incoherente, un torrente repentino de emoción,
y se derrumbó en grandes sollozos—. Era mi manta! ¡Quiero
que me devuelvan la manta! ¡Lo deseé y nunca me la devolvieron!
Ella me la quitó y no quería que yo la tuviera. ¡Era
una zorra! ¡Una perra de mierda! ¡Una zorra jodida, bastarda
e idiota! ¡Zorra de mierda!
Yo ya estaba girando el coche hacia el arcén. No sabía
dónde estábamos, pero no me preocupaba. El tráfico
pasaba rápido en la noche, la fuerza del viento agitaba el automóvil
casi tanto como los sollozos imposibles de Dennis. Lo acerqué a
mi regazo y le dejé gritar. Todo su cuerpo estaba temblando. Nunca
lo había visto así.
A decir verdad, antes de esto nunca lo había visto llorar en
absoluto. Esta era la primera vez que me había dejado ver qué
clase de angustia estaba acarreando.
Y no supe qué hacer.
No podía pensar en nada que decir.
Hace mucho tiempo, había aprendido que si no sabes qué
decir, pero tienes que decir algo, has de repetir lo último que
ha dicho la otra persona. Por lo menos, así saben que estás
escuchando.
Así que compartí su angustia.
—Lo siento tanto, cariño. Tu manta favorita. Apuesto a que te
sentías tan seguro dentro de ella. Y ella no dejó que te
la llevaras. ¡Qué cosa tan terrible—. Una y otra vez—.
Ojalá supiera dónde conseguir otra manta de Los cazafantasmas
para ti. Si pudiera encontrar una para ti, lo haría. Porque significa
tanto para ti—. Sabía que era insuficiente.
—No es justo. Se supone que tenía que cuidar bien de mí.
Y no lo hizo. Se enfadó y me quitó mi manta y no me dejaba
tenerla. ¡Que la jodan! ¡Que jodan a Pat! ¡Con un atizador
al rojo vivo! —ahora estaba alternando entre lloros de angustia torturados
y gritos de una rabia asombrosa.
—¿Todo esto ocurrió cuando tenías cuatro años?
¿Todavía estás enfadado? ¡Guau! ¡Esa manta
realmente debe haber significado mucho para ti! ¡Hacerle eso a un
niño pequeño, que cosa más terrible! Lo siento tanto,
cariño. Si eso me hubiera pasado a mí, estaría tan
enfadado como tú.
—Quiero mi manta. ¡Es mía! ¡No es suya!
Eché un vistazo al reloj. Habíamos estado así
durante veinte minutos. Es increíble cómo pasa el tiempo
incluso cuando no te estás divirtiendo. Pero esto también
era parte del trabajo, tal vez, incluso la mejor. Porque era cuando Dennis
más me necesitaba y yo podía estar ahí para él.
Pero sentía que yo no marcaba la diferencia. No importa lo que
dijera, su rabia y angustia continuaban apareciendo. ¿Acaso las
baterías de este niño no iban a gastarse nunca?
—Dennis, escúchame. Sé que no hay ninguna manta en el
mundo que signifique tanto para ti. Y tú sabes que si pudiera conseguirte
esa manta, lo haría ahora mismo, dondequiera que estuviese. Sabes
eso, ¿verdad?
Se calmó lo suficiente como para apoyar la cabeza en mi camisa
y limpiarse la nariz en ella.
—Pero puedo comprarte una manta nueva. Puedes escogerla tu mismo. Y
puedo prometerte que nadie te la quitará. Sé que no es lo
mismo, pero tal vez podría ser especial porque yo te la conseguí.
Asintió con la cabeza, pero luego añadió melancólicamente:
—Deseé mi manta y nunca me la devolvió.
—Bien, tal vez solamente los deseos importantes se hacen realidad.
—Ninguno de mis deseos se hace realidad.
Oh, sabía cómo aplacar eso.
—¿Qué es la cosa más importante que alguna vez
has deseado?
No respondió.
—¿Cuál es el deseo más importante? —repetí.
—Deseé a un papá —admitió con cautela— alguien
que se portara bien conmigo.
—Ajá. ¿Y se cumplió tu deseo?
Asintió con la cabeza.
—Así que, ya ves. No hay escasez de deseos.
—Pero ése era un deseo marciano.
—¿Un deseo marciano?
—Sí.
—Oh, bien, entonces eso es diferente.
—Los deseos marcianos siempre se hacen realidad.
—Por supuesto.
Anoté la conversación en mi diario y aparqué el
asunto. Pero me dejó un sentimiento incómodo. ¿Qué
le ha pasado a un niño para que crea que los deseos son limitados?
Un año después, contemplé las palabras que yo
había escrito centelleando en la pantalla del ordenador, y me preguntaba
sobre la capacidad de Dennis de desear. Probablemente era una coincidencia.
Pero tal vez no. Y la ocasión en que habíamos acertado cuatro
de seis números en la lotería con un premio de ochenta y
ocho dólares. ¿Era esa la semana en la que yo le había
pedido que deseara realmente fuerte para que ganáramos?
Humm.
***
A Dennis le gusta limpiar cosas. Sin preguntar, saldrá y lavará
el automóvil o el patio. Bañará al perro. Pasará
la aspiradora por las alfombras y el sofá. Fregará los suelos.
Sus juguetes favoritos son una esponja y un chorro de detergente. Una vez,
encontró una vieja llave inglesa oxidada en un descampado y raspó
el óxido hasta que la llave brilló como nueva.
Una noche después de la cena, tras cargar el lavavajillas metódicamente,
le senté en la mesa de la cocina y le dije que tenía una
sorpresa para él.
—¿Qué?
—Es un libro de rompecabezas.
—Oh — parecía desilusionado.
—No, escucha. Este es el juego. Tienes veinte minutos para hacer estos
rompecabezas. Cuando termines, los sumo y averiguo lo inteligente que eres.
¿Quieres hacerlo?
—¿Te indicará lo inteligente que soy realmente?
—Sí.
Agarró el libro y un lápiz.
—Espera un minuto, déjame preparar el cronómetro. ¿Estás
bien? Ahora en cuanto empieces no puedes parar. Tienes que hacerlo todo
hasta el final. ¿Vale?
—Vale.
—¿Listo?
—Listo.
—Uno, dos, tres... adelante.
Atacó los primeros tres rompecabezas con ganas. Eran simples.
Escoge la próxima forma de una serie: ¿triángulo,
cuadrado o pentágono? ¿Qué objeto no pertenece: caballo,
vaca, ovejas, tijeras? La pluma es para el ave como el pelaje es
para un: perro, automóvil, helado...
Los rompecabezas comenzaron a complicarse y empezó a
fruncir el ceño. Se apartó el flequillo de los ojos y paró
una vez para limpiarse las gafas; pero se mantuvo interesado e involucrado
y cuando el cronómetro sonó, no quería parar. Insistió
en que le fuera permitido terminar el rompecabezas en el que estaba trabajado.
Que demonios. Le dejé.
—¿Qué dice? —preguntó Dennis cuando calculé
el percentil. Quería arrebatarme el libro de pruebas de la mano.
—Bien... déjame terminar aquí —lo sujeté fuera
de su alcance conforme verificaba la tabla de los percentiles.
La prueba mostraba que tenía una inteligencia por encima de
la media, no era inesperado, los niños hiperactivos suelen ser más
brillantes que el promedio, pero dentro del cociente normal para un niño
de nueve años.
—Dice que mides un metro y treinta y dos centímetros de estatura,
que pesas treinta kilos, y que tu papá te quiere mucho. También
dice que eres muy listo.
—¿Cómo de listo?
—Bueno, si esta prueba fuera facilitada a cien niños, tú
serías más listo que noventa y dos de ellos.
—¿Cómo de bueno es eso?
—Eso es muy bueno. No puedes mejorar mucho más. Y quiere decir
que debemos ir a por un helado después de cenar. ¿Qué
te parece?
—¡Sí!
Ah, ésa era otra cosa. No le gustaba el chocolate. Prefería
sorbete multisabor. Nunca antes había visto eso en un niño.
¿Nada de chocolate?
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