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LA PERLA DEL FIN DE LOS TIEMPOS
Luca Masali

En 1924, André Citroën, debido a una apuesta con su rival Renault, parte en un viaje a través del desierto argelino acompañado de Corinne Doufour, una cabaretista, experta en cultura árabe, Matteo Campani, aviador italiano, veterano de la primera guerra mundial y Raoul, el mejor barman del mundo. El objetivo del viaje - realizar con éxito la primera travesía motorizada del Sahara - pronto se vera interrumpido por una cadena de acontecimientos inimaginables. 

Paralelamente, en el futuro lejano, el segundo Imperio Otomano resurge de sus cenizas para controlar con mano de hierro todo el mundo conocido, pero el Imperio y sus opositores tienen el mismo objetivo, la búsqueda del misterioso duodécimo Imán, desaparecido en el siglo XX, que puede salvar el mundo o condenarlo para siempre. 

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 La Perla del Fin de los Tiempos | Luca Masali | Prologo: Valerio Evangelisti
ISBN: 8496013073 | 304 páginas | Rústica plastificada con solapas 
13.95  €
Portada: Daniel Sangorrín
Traducción: Eugenia Arrés 
ANTICIPO DE LECTURA
Capítulos Varios
DMontes de Ahaggar
Sahara argelino, 1924
 

Dios envió un cuervo, que escarbó la 
tierra para mostrarle como esconder el 
cadáver de su hermano. Dijo: — ¡Ay de mí! 
                                                          ¿Es que no soy capaz de imitar a ese cuervo
 y esconder el cadáver de mi hermano1? 
 
 

Lo primero que les sorprendió fue el olor.
Áspero, dulzón y penetrante. Aunque no desagradable, al menos en apariencia.
Un olor que resultaba extraño en aquella extensión de piedras y arena roja y seca.
La nariz es un órgano analítico. Obliga poco a poco al cerebro a grabar lo que está percibiendo. 
Vapores de gasolina, olor a caucho fundido, licuefecho, la hediondez de la carne quemada.
Sólo entonces comprendieron que era el olor del drama.
El conductor detuvo el coche oruga. Estaba cubierto de polvo de la cabeza a los pies. Su barba estaba cubierta de una mezcla de arena y sudor. 
Se levantó las gruesas gafas de protección, se las caló en su boina kaki y se pasó la lengua por sus labios secos.
—  Señor…
El pasajero se frotó los ojos, enrojecidos por el cansancio.
— No podemos hacer nada más por ellos, Louis. Vámonos, por favor.
— Debemos enterrarlos. 
Louis se bajó del coche. Sus botas de cuero se hundían varios centímetros en la arena. Se quitó los guantes y cogió una pala de hierro de la parte trasera del automóvil. El Citroën B2 se parecía más a una autoametralladora que a un vehículo todo terreno. Tenía una carrocería torpedo cerrada de seis plazas. La parte delantera, con sus gruesas ruedas sin radios, era idéntica a la del automóvil clase A que le había servido de modelo. En la parte trasera, las ruedas habían sido reemplazadas por orugas propulsadas por cuatro ejes de rodamiento.
Con la pala sobre el hombro, Louis se aproximó al lugar de la tragedia.
La arena estaba ennegrecida por el fuego varios metros alrededor de la chatarra. Tan sólo las orugas retorcidas permitían diferenciar de inmediato los restos de otro Citroën B2. Louis inspeccionó minuciosamente la parte delantera del vehículo, justo detrás del gran radiador vertical. Con ayuda de su pañuelo retiró la arena del metal oxidado por el fuego, revelando poco a poco las letras con florituras Liberty.
Escarabajo de Oro.
El automóvil de Georges y de Maurice.
Tras el parabrisas ennegrecido por el humo, se percibían los cuerpos carbonizados de los dos pilotos. Louis abrió la portezuela. Sacó los cadáveres y los extendió sobre la arena. El fuego había protegido los cuerpos de la voracidad de las criaturas del desierto.
El acompañante de Louis bajó también del automóvil y se aproximó lentamente, sujetando un pañuelo blanco contra su nariz.
—  ¿Son ellos?
— Sí. 
Louis comenzó a cavar la tumba.
Su compañero examinó los cuerpos con la atención de un profesional y exclamó bruscamente:
— ¡Dios mío! ¡Louis, mira esto! 
 

Montecarlo,
Principado de Mónaco, 1924
 

                                        Te preguntan acerca del vino y del juego 
de azar. Di: — Ambos encierran pecado 
grave y ventajas para los hombres pero 
su pecado es mayor que su utilidad2. 
 
 

— Vienen a nuestra tierra y se comportan como si todavía estuvieran en la suya. Yo creo que deberíamos enseñarles cómo se practica la cortesía en los países civilizados. Al menos estamos más evolucionados que ellos, ¿no? 
Matteo Campini hubiera querido enviar al infierno a aquella mujer vestida con un abrigo de piel que por poco tira al suelo con las prisas.
Al entrar en el casino, escuchó la respuesta de la otra arpía:
— Los italianos son gente poco recomendable. ¡Sería mejor si cada uno se quedara en su casa!
Subió los escalones de cuatro en cuatro y entró en el hall, bajo la mirada encendida del dueño.
— Campini, ¡son las ocho y veinte!
— Mis disculpas, señor…
— Los italianos sois todos iguales: holgazanes e incapaces. Corre a cambiarte pero ten por seguro que ya hablaremos. 
Campini corrió jadeante al encuentro de la encargada del guardarropa.
— Hola, María. Rápido, dame mi uniforme. 
La joven se cubrió la boca con la mano.
— ¡Madre mía! ¡Llega tarde otra vez! 
Campini refunfuñó.
— ¡Debería tener más cuidado, señor Matteo! ¿No querrá que lo despidan?
— Seguramente saldría ganando.
— ¡No diga eso! En los tiempos que corren, encontrar un buen empleo no es tarea fácil. Si pone un poco de buena voluntad, podría incluso hacer carrera. Siendo inteligente como usted es, ¡podría llegar a ser croupier! Pero si se obstina en no obrar más que a su antojo… 
La encargada le tendió su uniforme de camarero. Campini se lo agradeció con una sonrisa.
— Eres una chica valiente, María. Una buena mujer para el matrimonio. 
Ella se sonrojó.
— ¡Pero qué dice! ¡Si mi novio le escuchara! Váyase ahora. ¡Si no, el señor Raoul se va a preocupar! 
Eran las nueve menos cuarto cuando entró por fin en la sala de juego. Cuarenta y cinco minutos de retraso que seguramente iban a ser deducidos de su paga. 
El señor Raoul, maître barman, hizo como si ignorase el retraso de su subordinado. En el fondo, su jefe era más bien amable. Era italiano como él, de un pequeño pueblo desconocido, perdido en lo más recóndito de Lombardía. De un vistazo elocuente, el señor Raoul miró fijamente al cuello de Campini. Éste último captó el mensaje y se giró hacia el espejo oculto tras las botellas. Su pajarita estaba mal colocada. La enderezó de un golpe.
Todavía era temprano y las mesas de juego estaban casi desiertas.
Un caballero de estatura media, con bombín y lentes, se aproximó a la barra. Campini iba a servirle cuando fue detenido por una discreta señal del señor Raoul. El barman tenía un ojo especial para las jerarquías. El cliente debía ser un huésped notable y tenía derecho a ser servido personalmente por el jefe.
— ¿Qué puedo ofrecerle?
— Elija usted, señor. Sé que tiene buen gusto. 
Raoul acogió el cumplido con satisfacción. Con gestos sabios, vertió en la coctelera una medida de Cointreau, una de Pernod, una de ginebra y un poco de zumo de limón. Concentrado en su trabajo, parecía más un perfumero mezclando preciadas esencias orientales que un barman. Agitó delicadamente el líquido con una varilla de marfil, teniendo cuidado de mezclar perfectamente los distintos ingredientes. Una vez satisfecho, roció la mezcla con algunas lágrimas de un licor misterioso, las gotas imperiales, que se fabricaban expresamente para él en el convento de los hermanos trapenses de la abadía de Piona. Campini observaba atentamente los gestos de su jefe. Era el único hombre del mundo que podía mezclar dos esencias aparentemente irreconciliables, como la ginebra y el Pernod, en una única sinfonía de sabores. Después Raoul filtró los restos de limón exprimido y sirvió el cóctel en una copa de cristal de boca ancha. Estas hábiles manipulaciones habían hecho que la bebida se espumara, dándole una agradable consistencia cremosa. Adornó el conjunto con una cereza que había envejecido diez años en coñac y una cáscara de limón importado de Sicilia. Para concluir su obra, añadió dos cubitos de hielo con la ayuda de unas pinzas de plata.
El caballero bebió el cóctel a sorbos. Después observó el vaso a contraluz, agitando delicadamente el líquido.
— Muy especial. No he probado nunca nada parecido.
— Es una de mis creaciones, señor. La he llamado Grande Corniche.
— Es usted un artista, mon ami. 
El caballero vació el vaso de un trago, lo posó sobre la caoba encerada de la barra y se despidió con un ligero gesto con la mano, dirigiéndose hacia las ruletas. Campini llamó la atención de su jefe discretamente.
         — Pero… ¡No ha pagado! 
El barman sonrió.
— No has reconocido a nuestro huésped, ¿verdad?
— ¿Qué quieres decir?
—  Es el señor André Citroën en persona. Él liquida sus cuentas directamente sobre el tapete verde.
—  No entiendo. 
Raoul señaló la sala de juego con la vista. La bola de marfil giraba sobre la rueda de la ruleta. Cuando ésta se detuvo, un millón de francos habían cambiado de dueño. La mitad al menos habían sido apostados por Citroën.
— ¿Lo entiendes ahora? No son ni las diez y nuestro industrial ha perdido ya varios millones. ¿No crees que el casino puede ofrecerle al menos algo de beber? 
Desde que trabajaba en el casino, Campini había visto numerosas fortunas engullidas por los treinta y siete números. Y no era raro ver a alguno volarse la tapa de los sesos en el parque del príncipe, tras haberse arruinado. Citroën, sin embargo, no parecía preocupado, incluso parecía estar divirtiéndose. Lanzaba de vez en cuando un vistazo distraído al reloj del bolsillo de su chaleco, como si esperara algo o a alguien. Una ristra de curiosos  se había aglutinado a su alrededor, perplejos ante la naturalidad con la que dilapidaba una verdadera fortuna.
Era ya más allá de medianoche cuando un hombre alto y delgado, vestido con un elegante traje negro con finas rayas blancas, entró en el salón.
El señor Raoul silbó para sus adentros.
— ¡Hay que ver qué noche! ¡Mira quién acaba de llegar!
— Lo siento, pero es la primera vez que veo a ese tipo.
—  Querido Campini, si quieres hacer carrera en la Société de Bains de Mer, debes estar informado sobre lo que ocurre a tu alrededor, especialmente lo que pasa en París. Este “tipo”, como lo llamaste, no es otro que Louis Renault en persona.
— ¿Renault, el constructor de automóviles?
—  El mismo. Y debo confesarte que estoy muy sorprendido de verle aquí. No es un asiduo de los tapetes verdes… Al contrario que Citroën que viene a vernos todas las semanas. 
Renault ignoró los tableros de juego y se dirigió decididamente hacia el bar. Pidió una copa de champán antes de que Citroën se le uniera.
— Querido Louis, ¡es un placer verle por aquí! 
Renault vació su vaso y miró fijamente a su colega con un aire divertido.
— Hola, André. ¿La diosa vendada os ha sonreído esta noche?
—  Acabará por concederme su gracia. Incluso si hasta ahora no me ha sido de gran ayuda… la noche no ha hecho más que comenzar.
— Espero que no haya apostado su fábrica, querido.
— No tema…El dinero para la ruleta está separado del de los negocios, mi querido Renault. Jugar es mi vida, pero la vida no es un juego. 
Renault apoyó los codos sobre la barra y sonrió burlonamente.
— Incluso si ese fuera el caso, no tendría nada que temer. Siempre habrá un sitio para usted en Renault, si se siente capaz de dejar a un lado sus extravagancias y aprende a inventar automóviles, naturalmente. 
Citroën levantó una ceja.
— ¿Automóviles? ¡Vaya, me sorprende! No pensaba que estuviera interesado en los automóviles. No sé por qué pero siempre pensé que se había especializado en las latas de conserva con ruedas.
—  A propósito de las latas de conserva, he oído decir que las cosas no le iban muy bien en Argelia… Esa idea estúpida de cruzada africana terminó en tragedia, ¿no es cierto? 
Citroën se enfadó.
— Por eso es por lo que ha venido. ¡Para burlarse de mis desgracias!
— No se ponga melodramático, André. Usted jugó y, como de costumbre, perdió. Pero esta vez no se trataba de ese dinero que disfrutáis gastando en la ruleta, sino de la vida de dos hombres. 
Los dedos de Citroën se crisparon alrededor del vaso.
— Mis viajes saharianos han sido un triunfo para la industria francesa. ¡Y es justamente el desafortunado Escarabajo de Oro el que ha cruzado el Sahara, de Touggourt a Níger! Por primera vez en la historia, un automóvil ha cruzado el desfiladero de Arak y el país del miedo, una de las regiones más peligrosas y desconocidas de África. ¿Cómo puede reírse de eso?
—  Me río porque, como de costumbre, no tiene medida. Sus ojos brillan de puro orgullo, como si fuese usted el que hubiera llevado a cabo esa aventura. En lugar de eso, se contentó con financiarla, permaneciendo a salvo en el muelle de Javel.
— ¡Pamplinas! ¿Qué es más digno de exaltación? ¿Ir al fin del mundo o construir una máquina capaz de hacerlo?
— De todos modos, esos hombres murieron por culpa de su megalomanía. Hubiera hecho mejor tirando su dinero en uno de esos proyectos incalificables que tristemente le han hecho célebre a los ojos de los hombres de buen gusto. Por ejemplo, el asombroso espectáculo que quiso dar a los parisinos, cuando escribió su nombre en la torre Eiffel. 
Al recordar esto, Citroën enrojeció de gusto.
— Ay, ¡qué espectáculo! Las letras luminosas se veían a cuarenta kilómetros de París… Una antorcha dorada que iluminaba las noches a los franceses. ¿No le gustó la idea, Louis?
— Es simplemente repugnante. Una idea de feriante, digna de un vendedor de limones advenedizo y no de un industrial. Pero le pega mucho, André. Todo le conviene, siempre y cuando se hable de usted. Y si alguien se deja el pellejo, mucho mejor. Se hablará de ello durante mucho tiempo… De todos modos, nunca se arriesga, ¿no es cierto?
— ¡Ya está bien! ¿Me acusa de cobarde?
Renault miró fijamente a su rival. La victoria estaba a su alcance y aprovechó la ocasión para dar el golpe definitivo. 
— Son los hechos los que le acusan, y no yo. Los mismos hechos que los franceses leerán mañana en Le Figaro… Un artículo muy interesante, André. Le aconsejo que no se lo pierda. 
Citroën se atragantó con el licor y escupió el hueso de la aceituna sobre la chaqueta de Renault quien hizo un gesto de repugnancia.
— ¿Cómo? Ha pagado a un periodistucho para… para…
— Amigo mío, no lance acusaciones que no puede probar. Admito que quedé con esa periodista. ¿Pero cómo podría usted probar, ante la justicia, que le he pagado? No, si quiere desmentirlo, debería demostrar en el acto que ella está equivocada. Podría, por ejemplo, llevar a cabo usted mismo la cruzada que costó la vida a los pilotos del Escarabajo de Oro.
— Eso es desagradable, Louis. ¡No me esperaba eso de usted! Pero ya que desea manipularme y decirme lo que debo hacer, ¿por qué no hacer la cosa más interesante?
Renault hizo una mueca.
— ¿Una apuesta? Bien sabe que no me gusta el juego…
— ¡Vamos, Louis! ¿Quiere ponerme a prueba y permanecer a cubierto?
Señaló a Raoul y a Matteo Campini, y prosiguió:
— ¿Prefiere que estos señores sean testigos de una apuesta entre caballeros o de un chantaje lamentable?
— ¿Qué tiene en mente? 
Ahora le tocaba a Citroën saborear la victoria.
— Bueno, no querría ensañarme con su presupuesto de mendigo. Creo que diez millones deberían ser suficientes.
— ¡Diez millones! —farfulló Renault— está completamente… 
Citroën cogió la mano de Renault y la estrechó.
— Bien, la apuesta está hecha. Conduciré el coche oruga de Montecarlo a las fuentes del Nilo, en el lago Victoria. Y usted pedirá a su “amiga” periodista que suspenda la publicación de sus mentiras, al menos hasta el desenlace de nuestra apuesta. 
Renault se serenó.
— ¡Sigue estando tan loco como siempre! Muy bien. Tiene diez días, a partir de… 
Echó un vistazo al reloj del casino. Era medianoche exactamente.
— ¡… A partir de ahora! 
 

Otro desierto, otra época
 

¡Por el cielo y por el astro nocturno!
Y ¿cómo sabrás que es el astro nocturno?
Es la estrella de penetrante luz.
No hay nadie que no tenga un guardián.3
 
 

Borrascas de viento radiactivo barrían la arena, dura como el cemento, mezclada con alquitrán grasiento y hediondo. Manat temblaba de frío bajo la telaraña metálica de los viejos pozos. Arrodillada, cavaba el suelo helado con las manos, como un perro. Sus dedos doloridos estaban protegidos por unos guantes de cuero, informes y destrozados. Ahmed jadeaba y refunfuñaba cerca de ella, intentando cavar un agujero en la arena con una barra de hierro oxidada.
Su compañero estaba vestido como ella, con una chaqueta de lana, mugrienta y mal remendada, los ojos protegidos por unas gafas gruesas de motociclista. Uno de los cristales estaba quebrado, pero de todos modos Ahmed era tuerto. Reventada debido al cansancio, Manat se enderezó y se quitó las gafas manchadas de alquitrán. Escupió en las lentes e intentó limpiarlas con el guante. 
— ¡Vaya mierda! ¿Pero cómo han podido ser tan imbéciles como para extraer esta porquería?
— ¿Esta mierda? ¿Bromeas, Pequeña Luna? En sus tiempos, era uno de los mejores petróleos de Persia. ¡Lo llamaban el oro negro! Era lo que movía el mundo antes de las Guerras Kidetales. 
La chica sonrió a su compañero y le desgreñó el pelo con su guante mugriento.
— ¿El oro negro? Entonces si que eran imbéciles, porque esta porquería es marrón como la mierda. ¿Has encontrado algo?
— Nada de nada. Sólo arena y alquitrán. 
Ella frunció la nariz. Todos los Perros de los Pozos esperaban el súper golpe: encontrar la tarjeta madre de un ordenador viejo, o directamente placas de memoria no demasiado estropeadas.
En el mercado negro, una placa de memoria en buen estado podía reportar tanto como el salario de un año para un programador…Con la condición, naturalmente, de tener la suerte de vivir lo suficiente para gastar tus ahorros. La estructura derrumbada del derrick, la torre de perforación, recordaba al esqueleto de una ballena hundida en las arenas de la altiplanicie. La torre debía estar inclinada desde tiempos inmemoriales, quizá desde las antiguas Guerras Kidetales. Los esqueletos de metal oxidado, recubiertos por el hollín de viejos incendios, se elevaban sobre toda la extensión de la altiplanicie, hasta el bloque de hormigón de las fábricas de la Ciudad. Manat sabía que, antaño, la Ciudad había tenido otro nombre: Teherán. Pero desde hace mucho tiempo, incluso antes del nacimiento de su abuela, era conocida por todos tan sólo como la Ciudad. El mundo de Manat era simple: por un lado la Ciudad y por otro el Desierto.
Odiaba el desierto. Odiaba los Pozos, el cansancio absurdo provocado tras rebuscar componentes electrónicos de poco valor. Con un diodo se podía engañar al hambre durante un día; un puñado de componentes recuperados de un monitor roto permitían aturdirse con el neo-hachís. Sin olvidar las noches heladas del desierto y el serio riesgo de poder ser degollado por un tipo que quisiera birlarte los guantes y los zapatos.
Un ruido llamó su atención.
— ¡Ahmed, escucha! — murmuró ella, inquieta.
Un ruido en el desierto era a menudo sinónimo de muerte. Poco importaba la forma: bandidos, perros que volvieron a su estado salvaje y estaban tan desesperados como ellos… En el desierto no se preguntaba nada, se mataba. El que daba el primer golpe tenía algunas posibilidades de sobrevivir, y siempre podía vender el botín del otro.
Ahmed aguzó el oído. Pálido como un muerto, intentó tranquilizar a Manat.
— No oigo nada…No, espera… 
Un roce discreto, como un escorpión que se desliza sobre la arena. Ahmed se puso en pie de un salto, apretando su botín contra la barra de hierro. Manat se aplastó contra el suelo, hasta confundirse con el terreno, hasta volverse una placa de alquitrán más. Ahmed miraba a su alrededor aterrado, escrutando con su ojo útil las vísceras de acero del derrick. Un proyector le lanzó bruscamente al suelo. Una poderosa voz metálica rasgó el silencio de la noche.
— ¡En nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso! 
Ahmed gritó. Un grito ahogado, sin esperanza, como el de un cordero degollado. Manat se sintió morir. ¡Un Kalam! Era una masa informe de acero que se desplazaba sobre la arena con la gracia sinuosa de una serpiente de cascabel. La mecánica no tenía una forma fija, parecía un nido hormigueante de víboras. Un proyector láser iluminó a Ahmed como si fuera pleno día. Había caído de rodillas, llorando y gritando. Entre dos sollozos entrecortados, enloquecido de terror, el Perro de los Pozos imploraba a la máquina que lo indultara.
El Kalam habló:
— Y Él es Dios en los cielos y en la tierra. Sabe lo que ocultáis y lo que manifestáis y sabe lo que merecéis4. 
Manat se puso a llorar y sus lágrimas ardientes de humillación abrieron pálidos surcos en el asfalto y el polvo. Había reconocido el versículo: la sura de los Rebaños. No eran más que Perros de los Pozos y como tal, debían morir como perros. El Kalam prosiguió:
— La vida de acá no es sino juego y divertimento. Sí, la Morada Postrera es mejor para quienes temen a Dios. ¿Es qué no razonáis?5 
La máquina arrojó una lengua de fuego y Ahmed se abrasó, miserable antorcha humana con harapos manchados de alquitrán inflamable. Corrió varios metros dando alaridos, después cayó y se encogió en posición fetal, gritando de forma cada vez más débil. Un olor insoportable a orina y carne carbonizada se impuso durante un instante a la omnipresente hediondez de los hidrocarburos.
— Cuando les alcanzó Nuestro rigor, no gritaron más que: “¡Fuimos impíos!”6 
Después el proyector iluminó a Manat. Presa del pánico, lanzó puñados de arena contra el robot.
— ¡Vete! ¡Déjame tranquila, sucio asesino! 
El Kalam se detuvo, como una cobra lista para abalanzarse sobre su presa. Manat se tapó los ojos con las manos y rompió en sollozos. 
— No… No me hagas daño, por favor… Soy una fiel creyente… Vete, por favor… 
La máquina bramó:
— ¡No estés triste! Tú Señor ha puesto a tus pies un arroyuelo7. 
Manat no daba crédito a sus oídos. ¿La máquina se había vuelto loca? En nombre del Misericordioso, ¿qué tenía que ver la sura de María con todo esto? Bajó lentamente sus manos temblorosas y miró asustada la silueta del Kalam. Los tentáculos de la máquina parecían bailar en la oscuridad. Entonces el rayo de luz surgió sobre la arena para iluminar los restos de Ahmed.
—  Así es como damos a los hombres una «Severa Reprimenda», para que puedan evitar el castigo reservado a los «Operadores del Mal» que se sentirán aterrorizados al ver el fuego del infierno y dirán: «¡Ay de nosotros! No deberíamos haber conocido nunca la vida mortal» 8. 
El Kalam apagó el proyector y desapareció en las tinieblas tan furtivamente como en su llegada. Manat se desplomó con brutalidad sobre el alquitrán costroso. Permaneció inconsciente durante muchos minutos, quizá muchas horas. El trotecillo rápido de un puñado de cucarachas grandes como cigalas que exploraban su cara la despertó. Se levantó, temblorosa. Comprendió que el Kalam había desaparecido definitivamente en el desierto. El frío intenso la hizo tiritar. Una de sus orejas ardía, lo que significaba que estaba congelada irremediablemente. Se aproximó titubeando a los restos humeantes de Ahmed. Se arrodilló cerca de él y registró con habilidad el abrigo carbonizado del Perro de los Pozos. Afortunadamente, los microchips  habían resistido al calor. Recuperó furtivamente estos tesoros. Un coder analógico, una puerta lógica… No era gran cosa…lo justo para ir tirando unos días. Envolvió con precaución los dos microchips en un pañuelo mugriento. Su mirada recayó en el rostro de Ahmed. Las llamas lo habían reducido a un cráneo de carbón que sonreía burlonamente. El humor vítreo de su ojo útil se había derramado hirviendo fuera de la órbita para solidificarse en un obsceno charco amarillento ya hormigueante de insectos. Le entraron náuseas y vomitó. No había comido nada en dos días y no pudo vomitar más que la bilis. Un dolor de estómago insoportable le cortó el aliento. A lo lejos surgían las primeras luces del alba. Se enderezó inquietamente. Debía volver antes del día sin falta si no quería convertirse en una presa fácil. Se lanzó la mochila por encima del hombro y se dirigió hacia la Ciudad. 
Por el rabillo del ojo, creyó percibir un movimiento entre las sombras del derrick.
— ¿Quién está ahí?  gritó ella con la voz entrecortada.
Nadie respondió. Deslizó su mano hacia el puñal escondido en su bota. Dio algunos pasos, atenta al menor ruido. Un crujido en la arena… Se giró bruscamente y percibió una sombra entre las torcidas vigas metálicas. Echó a correr con un nudo en la garganta. Sus zapatos, demasiado grandes, levantaban nubes de polvo marrón. Sus sentidos en alerta registraron un dolor detrás de la oreja, discreto como la picadura de un mosquito.
Las piernas le cedieron instantáneamente y el suelo vino a su encuentro. Antes de dar contra la arena endurecida por el frío, vio claramente a un grupo de hombres cubiertos por amplios hábitos negros. La forma de sus sombreros le sorprendió: un largo gorro cónico, rojo oscuro.
 

Sidi-Bel-Abbès,
Argelia, 1924
 

No hagáis como los que dicen: 
«¡Ya hemos oído!»  , sin haber oído.
Los seres peores, para Dios son 
los privados de razonamiento9.
 
 

Un abejorro zumbaba entre el cristal sucio y la cortina gris.
En el techo, el gran ventilador perseguía una batalla perdida de antemano contra el calor oprimente de Sidi-bel-Abbès. El mobiliario de la habitación era una pequeña obra maestra de tristeza colonial. Un escritorio de trabajo forrado de cuero verde, una lámpara de cabecera, un teléfono negro. Y en una pared el habitual mapa político de Francia, con las fronteras entre los departamentos resaltadas con colores.
Una placa de mármol con la inscripción LEGIO PATRIA NOSTRA dominaba la parte superior del mapa.
Incluso el oficial era feo. Gordo como un cerdo, con un traje azul con botones colgantes. Con grandes manchas de sudor bajo las axilas y en el cuello, y su quepis blanco con visera parasol situado sobre la mesa, limpiaba sus uñas negras con ayuda de una cerilla.
Hilillos de sudor graso caían desde su cráneo calvo hasta su barba de tres días, antes de gotear sobre su cuello desabotonado. El oficial hojeaba a duras penas un montón de papeles, sin dignarse siquiera a echar un vistazo a Louis que fumaba discretamente un Gauloise sin filtro, fingiendo interesarse por los furiosos intentos de evasión del abejorro. Cuando el gordinflón se dio cuenta de que el insecto monopolizaba la atención de su huésped, enrolló los papeles y empleó el tubo formado para hacer del insecto una nueva mancha en el cristal. Después fijó su vista en la mirada miope de Louis.
— Así que es usted Louis Andouin Dubreuil. Piloto oficial del Ejército del Aire. 
Verificó algo en sus papeles y continuó:
— Al terminar la guerra, le echaron de la aviación y le enviaron a Túnez para controlar una brigada motorizada de autoametralladoras.
— Efectivamente.
—  Por lo tanto, aspira a ser un especialista del desierto. Y quiere enseñarme su oficio, sólo porque ha conducido automóviles sobre la arena.
— Si tiene la amabilidad de leer ese informe hasta el final, verá que he participado en la expedición del general Bettembourg en Saoura-Tidikelt. Atravesamos mil ochocientos kilómetros de desierto con siete automóviles y tres aviones. 
El oficial escupió un pedazo de tabaco marrón en la escupidera de metal que reinaba en el escritorio.
— ¡Dios mío! ¿Mil ochocientos kilómetros? No es ni siquiera lo que recorre un beréber de quince años cada otoño en su dromedario. La verdad es que vienen de Francia como chavales, con la cabeza llena de tonterías románticas sobre el desierto, y al cabo de diez días se meten en un lío. Y vienen a implorar a la Legión extranjera que les saque del embrollo, como si no tuviéramos suficientes preocupaciones con estos dichosos guerrilleros de Messali Hadj. 
Louis se mordió el labio inferior.
— Escúcheme. ¡No ha sido un accidente! Esos hombres han sido asesinados.
— Eso es lo que usted dice.
— Han sido asesinados y después quemados en su coche. 
El legionario se encogió de hombros.
— Han debido meterse en un lío con algún jefe de tribu. Vosotros, los franceses, no tenéis una pizca de sentido común. Le han tocado las narices a un beréber cabrón, y sus hermanos les han matado. Un incidente, le digo. 
Louis rebuscó algo en su bolsillo y lo puso sobre el escritorio violentamente.
— Los tuaregs no tienen nada que ver con esto. 
El oficial cogió el objeto con sorpresa. Era un pañuelo de seda bordado, recién lavado, con las puntas anudadas para formar una pequeña bolsa. Sus dedos rechonchos se pelearon durante un momento con los nudos, sin lograr deshacerlos. Louis le tendió la mano para ayudarle. El legionario la detuvo con firmeza, con un vigor insospechable. Entonces sonrió con malicia, desvelando su dentadura podrida. Cogió su puñal y cortó los nudos. Un pañuelo de cien francos que la mano del legionario tiró con descuido a la papelera. El rictus cedió el sitio a una larga observación intrigada.
— ¿Qué significa esto?
— Es usted el que debe contestar. 
El oficial hizo girar en sus manos el pequeño cilindro brillante de cobre.
— ¿Sabe lo qué es?
— Por supuesto. El casquete de una bala de calibre ocho. 
El legionario estudió a Louis con la mirada y declaró:
— Hay muchas armas en Argelia.
—  Efectivamente. Pero el calibre ocho es un calibre de guerra francés. Y, ante todo, es el calibre estándar de la Legión extranjera. Y además, ¿ha visto como está tallada la culata? Para poder utilizarla tanto con una pistola como con una carabina. Una característica exclusiva de las armas de la Legión. 
Los pequeños ojos del legionario se redujeron a dos ranuras.
— ¿Y qué?
— Quiero saber qué hacía ese casquete al lado de los restos del Escarabajo de Oro. Quiero saber quien disparó y por qué. 
El oficial abrió un cajón y dejó caer la pieza con seguridad.
— Vuelve por donde has venido, francés. Argelia no es lugar para ti. 
Louis se levantó y sonrió burlonamente.
— Tiene razón en eso. No es lugar para mí. Pero no se haga ilusiones, señor. No me iré hasta haber descubierto la verdad. Con o sin su ayuda. 
Esbozó un irónico saludo militar y se fue.