DMontes de Ahaggar
Sahara argelino, 1924
Dios envió un cuervo,
que escarbó la
tierra para mostrarle como
esconder el
cadáver de su hermano.
Dijo: — ¡Ay de mí!
¿Es que no soy capaz de imitar a ese cuervo
y esconder el cadáver
de mi hermano1?
Lo primero que les sorprendió
fue el olor.
Áspero, dulzón
y penetrante. Aunque no desagradable, al menos en apariencia.
Un olor que resultaba extraño
en aquella extensión de piedras y arena roja y seca.
La nariz es un órgano
analítico. Obliga poco a poco al cerebro a grabar lo que está
percibiendo.
Vapores de gasolina, olor a
caucho fundido, licuefecho, la hediondez de la carne quemada.
Sólo entonces comprendieron
que era el olor del drama.
El conductor detuvo el coche
oruga. Estaba cubierto de polvo de la cabeza a los pies. Su barba estaba
cubierta de una mezcla de arena y sudor.
Se levantó las gruesas
gafas de protección, se las caló en su boina kaki y se pasó
la lengua por sus labios secos.
— Señor…
El pasajero se frotó
los ojos, enrojecidos por el cansancio.
— No podemos hacer nada más
por ellos, Louis. Vámonos, por favor.
— Debemos enterrarlos.
Louis se bajó del coche.
Sus botas de cuero se hundían varios centímetros en la arena.
Se quitó los guantes y cogió una pala de hierro de la parte
trasera del automóvil. El Citroën B2 se parecía más
a una autoametralladora que a un vehículo todo terreno. Tenía
una carrocería torpedo cerrada de seis plazas. La parte delantera,
con sus gruesas ruedas sin radios, era idéntica a la del automóvil
clase A que le había servido de modelo. En la parte trasera, las
ruedas habían sido reemplazadas por orugas propulsadas por cuatro
ejes de rodamiento.
Con la pala sobre el hombro,
Louis se aproximó al lugar de la tragedia.
La arena estaba ennegrecida
por el fuego varios metros alrededor de la chatarra. Tan sólo las
orugas retorcidas permitían diferenciar de inmediato los restos
de otro Citroën B2. Louis inspeccionó minuciosamente la parte
delantera del vehículo, justo detrás del gran radiador vertical.
Con ayuda de su pañuelo retiró la arena del metal oxidado
por el fuego, revelando poco a poco las letras con florituras Liberty.
Escarabajo de Oro.
El automóvil de Georges
y de Maurice.
Tras el parabrisas ennegrecido
por el humo, se percibían los cuerpos carbonizados de los dos pilotos.
Louis abrió la portezuela. Sacó los cadáveres y los
extendió sobre la arena. El fuego había protegido los cuerpos
de la voracidad de las criaturas del desierto.
El acompañante de Louis
bajó también del automóvil y se aproximó lentamente,
sujetando un pañuelo blanco contra su nariz.
— ¿Son ellos?
— Sí.
Louis comenzó a cavar
la tumba.
Su compañero examinó
los cuerpos con la atención de un profesional y exclamó bruscamente:
— ¡Dios mío! ¡Louis,
mira esto!
Montecarlo,
Principado de Mónaco,
1924
Te preguntan acerca del vino y del juego
de azar. Di: — Ambos encierran
pecado
grave y ventajas para los hombres
pero
su pecado es mayor que su utilidad2.
— Vienen a nuestra tierra y
se comportan como si todavía estuvieran en la suya. Yo creo que
deberíamos enseñarles cómo se practica la cortesía
en los países civilizados. Al menos estamos más evolucionados
que ellos, ¿no?
Matteo Campini hubiera querido
enviar al infierno a aquella mujer vestida con un abrigo de piel que por
poco tira al suelo con las prisas.
Al entrar en el casino, escuchó
la respuesta de la otra arpía:
— Los italianos son gente poco
recomendable. ¡Sería mejor si cada uno se quedara en su casa!
Subió los escalones
de cuatro en cuatro y entró en el hall, bajo la mirada encendida
del dueño.
— Campini, ¡son las ocho
y veinte!
— Mis disculpas, señor…
— Los italianos sois todos
iguales: holgazanes e incapaces. Corre a cambiarte pero ten por seguro
que ya hablaremos.
Campini corrió jadeante
al encuentro de la encargada del guardarropa.
— Hola, María. Rápido,
dame mi uniforme.
La joven se cubrió la
boca con la mano.
— ¡Madre mía!
¡Llega tarde otra vez!
Campini refunfuñó.
— ¡Debería tener
más cuidado, señor Matteo! ¿No querrá que lo
despidan?
— Seguramente saldría
ganando.
— ¡No diga eso! En los
tiempos que corren, encontrar un buen empleo no es tarea fácil.
Si pone un poco de buena voluntad, podría incluso hacer carrera.
Siendo inteligente como usted es, ¡podría llegar a ser croupier!
Pero si se obstina en no obrar más que a su antojo…
La encargada le tendió
su uniforme de camarero. Campini se lo agradeció con una sonrisa.
— Eres una chica valiente,
María. Una buena mujer para el matrimonio.
Ella se sonrojó.
— ¡Pero qué dice!
¡Si mi novio le escuchara! Váyase ahora. ¡Si no, el
señor Raoul se va a preocupar!
Eran las nueve menos cuarto
cuando entró por fin en la sala de juego. Cuarenta y cinco minutos
de retraso que seguramente iban a ser deducidos de su paga.
El señor Raoul, maître
barman, hizo como si ignorase el retraso de su subordinado. En el fondo,
su jefe era más bien amable. Era italiano como él, de un
pequeño pueblo desconocido, perdido en lo más recóndito
de Lombardía. De un vistazo elocuente, el señor Raoul miró
fijamente al cuello de Campini. Éste último captó
el mensaje y se giró hacia el espejo oculto tras las botellas. Su
pajarita estaba mal colocada. La enderezó de un golpe.
Todavía era temprano
y las mesas de juego estaban casi desiertas.
Un caballero de estatura media,
con bombín y lentes, se aproximó a la barra. Campini iba
a servirle cuando fue detenido por una discreta señal del señor
Raoul. El barman tenía un ojo especial para las jerarquías.
El cliente debía ser un huésped notable y tenía derecho
a ser servido personalmente por el jefe.
— ¿Qué puedo
ofrecerle?
— Elija usted, señor.
Sé que tiene buen gusto.
Raoul acogió el cumplido
con satisfacción. Con gestos sabios, vertió en la coctelera
una medida de Cointreau, una de Pernod, una de ginebra y un poco de zumo
de limón. Concentrado en su trabajo, parecía más un
perfumero mezclando preciadas esencias orientales que un barman. Agitó
delicadamente el líquido con una varilla de marfil, teniendo cuidado
de mezclar perfectamente los distintos ingredientes. Una vez satisfecho,
roció la mezcla con algunas lágrimas de un licor misterioso,
las gotas imperiales, que se fabricaban expresamente para él en
el convento de los hermanos trapenses de la abadía de Piona. Campini
observaba atentamente los gestos de su jefe. Era el único hombre
del mundo que podía mezclar dos esencias aparentemente irreconciliables,
como la ginebra y el Pernod, en una única sinfonía de sabores.
Después Raoul filtró los restos de limón exprimido
y sirvió el cóctel en una copa de cristal de boca ancha.
Estas hábiles manipulaciones habían hecho que la bebida se
espumara, dándole una agradable consistencia cremosa. Adornó
el conjunto con una cereza que había envejecido diez años
en coñac y una cáscara de limón importado de Sicilia.
Para concluir su obra, añadió dos cubitos de hielo con la
ayuda de unas pinzas de plata.
El caballero bebió el
cóctel a sorbos. Después observó el vaso a contraluz,
agitando delicadamente el líquido.
— Muy especial. No he probado
nunca nada parecido.
— Es una de mis creaciones,
señor. La he llamado Grande Corniche.
— Es usted un artista, mon
ami.
El caballero vació el
vaso de un trago, lo posó sobre la caoba encerada de la barra y
se despidió con un ligero gesto con la mano, dirigiéndose
hacia las ruletas. Campini llamó la atención de su jefe discretamente.
— Pero… ¡No ha pagado!
El barman sonrió.
— No has reconocido a nuestro
huésped, ¿verdad?
— ¿Qué quieres
decir?
— Es el señor
André Citroën en persona. Él liquida sus cuentas directamente
sobre el tapete verde.
— No entiendo.
Raoul señaló
la sala de juego con la vista. La bola de marfil giraba sobre la rueda
de la ruleta. Cuando ésta se detuvo, un millón de francos
habían cambiado de dueño. La mitad al menos habían
sido apostados por Citroën.
— ¿Lo entiendes ahora?
No son ni las diez y nuestro industrial ha perdido ya varios millones.
¿No crees que el casino puede ofrecerle al menos algo de beber?
Desde que trabajaba en el casino,
Campini había visto numerosas fortunas engullidas por los treinta
y siete números. Y no era raro ver a alguno volarse la tapa de los
sesos en el parque del príncipe, tras haberse arruinado. Citroën,
sin embargo, no parecía preocupado, incluso parecía estar
divirtiéndose. Lanzaba de vez en cuando un vistazo distraído
al reloj del bolsillo de su chaleco, como si esperara algo o a alguien.
Una ristra de curiosos se había aglutinado a su alrededor,
perplejos ante la naturalidad con la que dilapidaba una verdadera fortuna.
Era ya más allá
de medianoche cuando un hombre alto y delgado, vestido con un elegante
traje negro con finas rayas blancas, entró en el salón.
El señor Raoul silbó
para sus adentros.
— ¡Hay que ver qué
noche! ¡Mira quién acaba de llegar!
— Lo siento, pero es la primera
vez que veo a ese tipo.
— Querido Campini, si
quieres hacer carrera en la Société de Bains de Mer, debes
estar informado sobre lo que ocurre a tu alrededor, especialmente lo que
pasa en París. Este “tipo”, como lo llamaste, no es otro que Louis
Renault en persona.
— ¿Renault, el constructor
de automóviles?
— El mismo. Y debo confesarte
que estoy muy sorprendido de verle aquí. No es un asiduo de los
tapetes verdes… Al contrario que Citroën que viene a vernos todas
las semanas.
Renault ignoró los tableros
de juego y se dirigió decididamente hacia el bar. Pidió una
copa de champán antes de que Citroën se le uniera.
— Querido Louis, ¡es
un placer verle por aquí!
Renault vació su vaso
y miró fijamente a su colega con un aire divertido.
— Hola, André. ¿La
diosa vendada os ha sonreído esta noche?
— Acabará por
concederme su gracia. Incluso si hasta ahora no me ha sido de gran ayuda…
la noche no ha hecho más que comenzar.
— Espero que no haya apostado
su fábrica, querido.
— No tema…El dinero para la
ruleta está separado del de los negocios, mi querido Renault. Jugar
es mi vida, pero la vida no es un juego.
Renault apoyó los codos
sobre
la barra y sonrió burlonamente.
— Incluso si ese fuera el caso,
no tendría nada que temer. Siempre habrá un sitio para usted
en Renault, si se siente capaz de dejar a un lado sus extravagancias y
aprende a inventar automóviles, naturalmente.
Citroën levantó
una ceja.
— ¿Automóviles?
¡Vaya, me sorprende! No pensaba que estuviera interesado en los automóviles.
No sé por qué pero siempre pensé que se había
especializado en las latas de conserva con ruedas.
— A propósito
de las latas de conserva, he oído decir que las cosas no le iban
muy bien en Argelia… Esa idea estúpida de cruzada africana terminó
en tragedia, ¿no es cierto?
Citroën se enfadó.
— Por eso es por lo que ha
venido. ¡Para burlarse de mis desgracias!
— No se ponga melodramático,
André. Usted jugó y, como de costumbre, perdió. Pero
esta vez no se trataba de ese dinero que disfrutáis gastando en
la ruleta, sino de la vida de dos hombres.
Los dedos de Citroën se
crisparon alrededor del vaso.
— Mis viajes saharianos han
sido un triunfo para la industria francesa. ¡Y es justamente el desafortunado
Escarabajo de Oro el que ha cruzado el Sahara, de Touggourt a Níger!
Por primera vez en la historia, un automóvil ha cruzado el desfiladero
de Arak y el país del miedo, una de las regiones más peligrosas
y desconocidas de África. ¿Cómo puede reírse
de eso?
— Me río porque,
como de costumbre, no tiene medida. Sus ojos brillan de puro orgullo, como
si fuese usted el que hubiera llevado a cabo esa aventura. En lugar de
eso, se contentó con financiarla, permaneciendo a salvo en el muelle
de Javel.
— ¡Pamplinas! ¿Qué
es más digno de exaltación? ¿Ir al fin del mundo o
construir una máquina capaz de hacerlo?
— De todos modos, esos hombres
murieron por culpa de su megalomanía. Hubiera hecho mejor tirando
su dinero en uno de esos proyectos incalificables que tristemente le han
hecho célebre a los ojos de los hombres de buen gusto. Por ejemplo,
el asombroso espectáculo que quiso dar a los parisinos, cuando escribió
su nombre en la torre Eiffel.
Al recordar esto, Citroën
enrojeció de gusto.
— Ay, ¡qué espectáculo!
Las letras luminosas se veían a cuarenta kilómetros de París…
Una antorcha dorada que iluminaba las noches a los franceses. ¿No
le gustó la idea, Louis?
— Es simplemente repugnante.
Una idea de feriante, digna de un vendedor de limones advenedizo y no de
un industrial. Pero le pega mucho, André. Todo le conviene, siempre
y cuando se hable de usted. Y si alguien se deja el pellejo, mucho mejor.
Se hablará de ello durante mucho tiempo… De todos modos, nunca se
arriesga, ¿no es cierto?
— ¡Ya está bien!
¿Me acusa de cobarde?
Renault miró fijamente
a su rival. La victoria estaba a su alcance y aprovechó la ocasión
para dar el golpe definitivo.
— Son los hechos los que le
acusan, y no yo. Los mismos hechos que los franceses leerán mañana
en Le Figaro… Un artículo muy interesante, André. Le aconsejo
que no se lo pierda.
Citroën se atragantó
con el licor y escupió el hueso de la aceituna sobre la chaqueta
de Renault quien hizo un gesto de repugnancia.
— ¿Cómo? Ha pagado
a un periodistucho para… para…
— Amigo mío, no lance
acusaciones que no puede probar. Admito que quedé con esa periodista.
¿Pero cómo podría usted probar, ante la justicia,
que le he pagado? No, si quiere desmentirlo, debería demostrar en
el acto que ella está equivocada. Podría, por ejemplo, llevar
a cabo usted mismo la cruzada que costó la vida a los pilotos del
Escarabajo de Oro.
— Eso es desagradable, Louis.
¡No me esperaba eso de usted! Pero ya que desea manipularme y decirme
lo que debo hacer, ¿por qué no hacer la cosa más interesante?
Renault hizo una mueca.
— ¿Una apuesta? Bien
sabe que no me gusta el juego…
— ¡Vamos, Louis! ¿Quiere
ponerme a prueba y permanecer a cubierto?
Señaló a Raoul
y a Matteo Campini, y prosiguió:
— ¿Prefiere que estos
señores sean testigos de una apuesta entre caballeros o de un chantaje
lamentable?
— ¿Qué tiene
en mente?
Ahora le tocaba a Citroën
saborear la victoria.
— Bueno, no querría
ensañarme con su presupuesto de mendigo. Creo que diez millones
deberían ser suficientes.
— ¡Diez millones! —farfulló
Renault— está completamente…
Citroën cogió la
mano de Renault y la estrechó.
— Bien, la apuesta está
hecha. Conduciré el coche oruga de Montecarlo a las fuentes del
Nilo, en el lago Victoria. Y usted pedirá a su “amiga” periodista
que suspenda la publicación de sus mentiras, al menos hasta el desenlace
de nuestra apuesta.
Renault se serenó.
— ¡Sigue estando tan
loco como siempre! Muy bien. Tiene diez días, a partir de…
Echó un vistazo al reloj
del casino. Era medianoche exactamente.
— ¡… A partir de ahora!
Otro desierto, otra época
¡Por el cielo y por el
astro nocturno!
Y ¿cómo sabrás
que es el astro nocturno?
Es la estrella de penetrante
luz.
No hay nadie que no tenga un
guardián.3
Borrascas de viento radiactivo
barrían la arena, dura como el cemento, mezclada con alquitrán
grasiento y hediondo. Manat temblaba de frío bajo la telaraña
metálica de los viejos pozos. Arrodillada, cavaba el suelo helado
con las manos, como un perro. Sus dedos doloridos estaban protegidos por
unos guantes de cuero, informes y destrozados. Ahmed jadeaba y refunfuñaba
cerca de ella, intentando cavar un agujero en la arena con una barra de
hierro oxidada.
Su compañero estaba
vestido como ella, con una chaqueta de lana, mugrienta y mal remendada,
los ojos protegidos por unas gafas gruesas de motociclista. Uno de los
cristales estaba quebrado, pero de todos modos Ahmed era tuerto. Reventada
debido al cansancio, Manat se enderezó y se quitó las gafas
manchadas de alquitrán. Escupió en las lentes e intentó
limpiarlas con el guante.
— ¡Vaya mierda! ¿Pero
cómo han podido ser tan imbéciles como para extraer esta
porquería?
— ¿Esta mierda? ¿Bromeas,
Pequeña Luna? En sus tiempos, era uno de los mejores petróleos
de Persia. ¡Lo llamaban el oro negro! Era lo que movía el
mundo antes de las Guerras Kidetales.
La chica sonrió a su
compañero y le desgreñó el pelo con su guante mugriento.
— ¿El oro negro? Entonces
si que eran imbéciles, porque esta porquería es marrón
como la mierda. ¿Has encontrado algo?
— Nada de nada. Sólo
arena y alquitrán.
Ella frunció la nariz.
Todos los Perros de los Pozos esperaban el súper golpe: encontrar
la tarjeta madre de un ordenador viejo, o directamente placas de memoria
no demasiado estropeadas.
En el mercado negro, una placa
de memoria en buen estado podía reportar tanto como el salario de
un año para un programador…Con la condición, naturalmente,
de tener la suerte de vivir lo suficiente para gastar tus ahorros. La estructura
derrumbada del derrick, la torre de perforación, recordaba al esqueleto
de una ballena hundida en las arenas de la altiplanicie. La torre debía
estar inclinada desde tiempos inmemoriales, quizá desde las antiguas
Guerras Kidetales. Los esqueletos de metal oxidado, recubiertos por el
hollín de viejos incendios, se elevaban sobre toda la extensión
de la altiplanicie, hasta el bloque de hormigón de las fábricas
de la Ciudad. Manat sabía que, antaño, la Ciudad había
tenido otro nombre: Teherán. Pero desde hace mucho tiempo, incluso
antes del nacimiento de su abuela, era conocida por todos tan sólo
como la Ciudad. El mundo de Manat era simple: por un lado la Ciudad y por
otro el Desierto.
Odiaba el desierto. Odiaba
los Pozos, el cansancio absurdo provocado tras rebuscar componentes electrónicos
de poco valor. Con un diodo se podía engañar al hambre durante
un día; un puñado de componentes recuperados de un monitor
roto permitían aturdirse con el neo-hachís. Sin olvidar las
noches heladas del desierto y el serio riesgo de poder ser degollado por
un tipo que quisiera birlarte los guantes y los zapatos.
Un ruido llamó su atención.
— ¡Ahmed, escucha! —
murmuró ella, inquieta.
Un ruido en el desierto era
a menudo sinónimo de muerte. Poco importaba la forma: bandidos,
perros que volvieron a su estado salvaje y estaban tan desesperados como
ellos… En el desierto no se preguntaba nada, se mataba. El que daba el
primer golpe tenía algunas posibilidades de sobrevivir, y siempre
podía vender el botín del otro.
Ahmed aguzó el oído.
Pálido como un muerto, intentó tranquilizar a Manat.
— No oigo nada…No, espera…
Un roce discreto, como un escorpión
que se desliza sobre la arena. Ahmed se puso en pie de un salto, apretando
su botín contra la barra de hierro. Manat se aplastó contra
el suelo, hasta confundirse con el terreno, hasta volverse una placa de
alquitrán más. Ahmed miraba a su alrededor aterrado, escrutando
con su ojo útil las vísceras de acero del derrick. Un proyector
le lanzó bruscamente al suelo. Una poderosa voz metálica
rasgó el silencio de la noche.
— ¡En nombre de Dios,
el Clemente, el Misericordioso!
Ahmed gritó. Un grito
ahogado, sin esperanza, como el de un cordero degollado. Manat se sintió
morir. ¡Un Kalam! Era una masa informe de acero que se desplazaba
sobre la arena con la gracia sinuosa de una serpiente de cascabel. La mecánica
no tenía una forma fija, parecía un nido hormigueante de
víboras. Un proyector láser iluminó a Ahmed como si
fuera pleno día. Había caído de rodillas, llorando
y gritando. Entre dos sollozos entrecortados, enloquecido de terror, el
Perro de los Pozos imploraba a la máquina que lo indultara.
El Kalam habló:
— Y Él es Dios en los
cielos y en la tierra. Sabe lo que ocultáis y lo que manifestáis
y sabe lo que merecéis4.
Manat se puso a llorar y sus
lágrimas ardientes de humillación abrieron pálidos
surcos en el asfalto y el polvo. Había reconocido el versículo:
la sura de los Rebaños. No eran más que Perros de los Pozos
y como tal, debían morir como perros. El Kalam prosiguió:
— La vida de acá no
es sino juego y divertimento. Sí, la Morada Postrera es mejor para
quienes temen a Dios. ¿Es qué no razonáis?5
La máquina arrojó
una lengua de fuego y Ahmed se abrasó, miserable antorcha humana
con harapos manchados de alquitrán inflamable. Corrió varios
metros dando alaridos, después cayó y se encogió en
posición fetal, gritando de forma cada vez más débil.
Un olor insoportable a orina y carne carbonizada se impuso durante un instante
a la omnipresente hediondez de los hidrocarburos.
— Cuando les alcanzó
Nuestro rigor, no gritaron más que: “¡Fuimos impíos!”6
Después el proyector
iluminó a Manat. Presa del pánico, lanzó puñados
de arena contra el robot.
— ¡Vete! ¡Déjame
tranquila, sucio asesino!
El Kalam se detuvo, como una
cobra lista para abalanzarse sobre su presa. Manat se tapó los ojos
con las manos y rompió en sollozos.
— No… No me hagas daño,
por favor… Soy una fiel creyente… Vete, por favor…
La máquina bramó:
— ¡No estés triste!
Tú Señor ha puesto a tus pies un arroyuelo7.
Manat no daba crédito
a sus oídos. ¿La máquina se había vuelto loca?
En nombre del Misericordioso, ¿qué tenía que ver la
sura de María con todo esto? Bajó lentamente sus manos temblorosas
y miró asustada la silueta del Kalam. Los tentáculos de la
máquina parecían bailar en la oscuridad. Entonces el rayo
de luz surgió sobre la arena para iluminar los restos de Ahmed.
— Así es como
damos a los hombres una «Severa Reprimenda», para que puedan
evitar el castigo reservado a los «Operadores del Mal» que
se sentirán aterrorizados al ver el fuego del infierno y dirán:
«¡Ay de nosotros! No deberíamos haber conocido nunca
la vida mortal» 8.
El Kalam apagó el proyector
y desapareció en las tinieblas tan furtivamente como en su llegada.
Manat se desplomó con brutalidad sobre el alquitrán costroso.
Permaneció inconsciente durante muchos minutos, quizá muchas
horas. El trotecillo rápido de un puñado de cucarachas grandes
como cigalas que exploraban su cara la despertó. Se levantó,
temblorosa. Comprendió que el Kalam había desaparecido definitivamente
en el desierto. El frío intenso la hizo tiritar. Una de sus orejas
ardía, lo que significaba que estaba congelada irremediablemente.
Se aproximó titubeando a los restos humeantes de Ahmed. Se arrodilló
cerca de él y registró con habilidad el abrigo carbonizado
del Perro de los Pozos. Afortunadamente, los microchips habían
resistido al calor. Recuperó furtivamente estos tesoros. Un coder
analógico, una puerta lógica… No era gran cosa…lo justo para
ir tirando unos días. Envolvió con precaución los
dos microchips en un pañuelo mugriento. Su mirada recayó
en el rostro de Ahmed. Las llamas lo habían reducido a un cráneo
de carbón que sonreía burlonamente. El humor vítreo
de su ojo útil se había derramado hirviendo fuera de la órbita
para solidificarse en un obsceno charco amarillento ya hormigueante de
insectos. Le entraron náuseas y vomitó. No había comido
nada en dos días y no pudo vomitar más que la bilis. Un dolor
de estómago insoportable le cortó el aliento. A lo lejos
surgían las primeras luces del alba. Se enderezó inquietamente.
Debía volver antes del día sin falta si no quería
convertirse en una presa fácil. Se lanzó la mochila por encima
del hombro y se dirigió hacia la Ciudad.
Por el rabillo del ojo, creyó
percibir un movimiento entre las sombras del derrick.
— ¿Quién está
ahí? gritó ella con la voz entrecortada.
Nadie respondió. Deslizó
su mano hacia el puñal escondido en su bota. Dio algunos pasos,
atenta al menor ruido. Un crujido en la arena… Se giró bruscamente
y percibió una sombra entre las torcidas vigas metálicas.
Echó a correr con un nudo en la garganta. Sus zapatos, demasiado
grandes, levantaban nubes de polvo marrón. Sus sentidos en alerta
registraron un dolor detrás de la oreja, discreto como la picadura
de un mosquito.
Las piernas le cedieron instantáneamente
y el suelo vino a su encuentro. Antes de dar contra la arena endurecida
por el frío, vio claramente a un grupo de hombres cubiertos por
amplios hábitos negros. La forma de sus sombreros le sorprendió:
un largo gorro cónico, rojo oscuro.
Sidi-Bel-Abbès,
Argelia, 1924
No hagáis como los que
dicen:
«¡Ya hemos oído!»
, sin haber oído.
Los seres peores, para Dios
son
los privados de razonamiento9.
Un abejorro zumbaba entre el
cristal sucio y la cortina gris.
En el techo, el gran ventilador
perseguía una batalla perdida de antemano contra el calor oprimente
de Sidi-bel-Abbès. El mobiliario de la habitación era una
pequeña obra maestra de tristeza colonial. Un escritorio de trabajo
forrado de cuero verde, una lámpara de cabecera, un teléfono
negro. Y en una pared el habitual mapa político de Francia, con
las fronteras entre los departamentos resaltadas con colores.
Una placa de mármol
con la inscripción LEGIO PATRIA NOSTRA dominaba la parte superior
del mapa.
Incluso el oficial era feo.
Gordo como un cerdo, con un traje azul con botones colgantes. Con grandes
manchas de sudor bajo las axilas y en el cuello, y su quepis blanco con
visera parasol situado sobre la mesa, limpiaba sus uñas negras con
ayuda de una cerilla.
Hilillos de sudor graso caían
desde su cráneo calvo hasta su barba de tres días, antes
de gotear sobre su cuello desabotonado. El oficial hojeaba a duras penas
un montón de papeles, sin dignarse siquiera a echar un vistazo a
Louis que fumaba discretamente un Gauloise sin filtro, fingiendo interesarse
por los furiosos intentos de evasión del abejorro. Cuando el gordinflón
se dio cuenta de que el insecto monopolizaba la atención de su huésped,
enrolló los papeles y empleó el tubo formado para hacer del
insecto una nueva mancha en el cristal. Después fijó su vista
en la mirada miope de Louis.
— Así que es usted Louis
Andouin Dubreuil. Piloto oficial del Ejército del Aire.
Verificó algo en sus
papeles y continuó:
— Al terminar la guerra, le
echaron de la aviación y le enviaron a Túnez para controlar
una brigada motorizada de autoametralladoras.
— Efectivamente.
— Por lo tanto, aspira
a ser un especialista del desierto. Y quiere enseñarme su oficio,
sólo porque ha conducido automóviles sobre la arena.
— Si tiene la amabilidad de
leer ese informe hasta el final, verá que he participado en la expedición
del general Bettembourg en Saoura-Tidikelt. Atravesamos mil ochocientos
kilómetros de desierto con siete automóviles y tres aviones.
El oficial escupió un
pedazo de tabaco marrón en la escupidera de metal que reinaba en
el escritorio.
— ¡Dios mío! ¿Mil
ochocientos kilómetros? No es ni siquiera lo que recorre un beréber
de quince años cada otoño en su dromedario. La verdad es
que vienen de Francia como chavales, con la cabeza llena de tonterías
románticas sobre el desierto, y al cabo de diez días se meten
en un lío. Y vienen a implorar a la Legión extranjera que
les saque del embrollo, como si no tuviéramos suficientes preocupaciones
con estos dichosos guerrilleros de Messali Hadj.
Louis se mordió el labio
inferior.
— Escúcheme. ¡No
ha sido un accidente! Esos hombres han sido asesinados.
— Eso es lo que usted dice.
— Han sido asesinados y después
quemados en su coche.
El legionario se encogió
de hombros.
— Han debido meterse en un
lío con algún jefe de tribu. Vosotros, los franceses, no
tenéis una pizca de sentido común. Le han tocado las narices
a un beréber cabrón, y sus hermanos les han matado. Un incidente,
le digo.
Louis rebuscó algo en
su bolsillo y lo puso sobre el escritorio violentamente.
— Los tuaregs no tienen nada
que ver con esto.
El oficial cogió el
objeto con sorpresa. Era un pañuelo de seda bordado, recién
lavado, con las puntas anudadas para formar una pequeña bolsa. Sus
dedos rechonchos se pelearon durante un momento con los nudos, sin lograr
deshacerlos. Louis le tendió la mano para ayudarle. El legionario
la detuvo con firmeza, con un vigor insospechable. Entonces sonrió
con malicia, desvelando su dentadura podrida. Cogió su puñal
y cortó los nudos. Un pañuelo de cien francos que la mano
del legionario tiró con descuido a la papelera. El rictus cedió
el sitio a una larga observación intrigada.
— ¿Qué significa
esto?
— Es usted el que debe contestar.
El oficial hizo girar en sus
manos el pequeño cilindro brillante de cobre.
— ¿Sabe lo qué
es?
— Por supuesto. El casquete
de una bala de calibre ocho.
El legionario estudió
a Louis con la mirada y declaró:
— Hay muchas armas en Argelia.
— Efectivamente. Pero
el calibre ocho es un calibre de guerra francés. Y, ante todo, es
el calibre estándar de la Legión extranjera. Y además,
¿ha visto como está tallada la culata? Para poder utilizarla
tanto con una pistola como con una carabina. Una característica
exclusiva de las armas de la Legión.
Los pequeños ojos del
legionario se redujeron a dos ranuras.
— ¿Y qué?
— Quiero saber qué hacía
ese casquete al lado de los restos del Escarabajo de Oro. Quiero saber
quien disparó y por qué.
El oficial abrió un
cajón y dejó caer la pieza con seguridad.
— Vuelve por donde has venido,
francés. Argelia no es lugar para ti.
Louis se levantó y sonrió
burlonamente.
— Tiene razón en eso.
No es lugar para mí. Pero no se haga ilusiones, señor. No
me iré hasta haber descubierto la verdad. Con o sin su ayuda.
Esbozó un irónico
saludo militar y se fue.
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