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Lo primero que
les llamó la atención al abandonar aquel campo de concentración
animal que era la granja fue el silencio. Se oían aves canoras,
árboles meciéndose, el viento soplando y el ladrido de algún
perro a lo lejos, pero todas aquellas perturbaciones acústicas eran
baladíes parangonadas con el guirigay de los masificados establos.
Desorientados,
fueron conducidos a un descampado próximo, donde ronroneaba el autocar
que les había transportado a aquella pesadilla. Y allí sostenidos
precariamente por sus piernas atrofiadas por la falta de uso y la mala
alimentación, contemplaron por primera vez en mucho tiempo el exterior
como si fueran ciegos que hubiesen recuperado la vista tras un milagro,
ebrios de dicha y de asombro.
Al principio,
al intentar abarcar con la vista aquel inmenso paisaje de abundantes colores
y detalles, sólo consiguieron percibir grupos de imágenes
dispersas, aisladas de todo contexto, irrupciones de luz brillante en distintas
longitudes de onda. Así que sus ojos, ávidos de libertad,
enfocaron la línea oleaginosa del horizonte, y sobre él,
el cielo azul y límpido.
Deslumbrado por
aquella realidad que tan ajena se le presentaba a Conrado, ni siquiera
giró la cabeza hacia Figueredo cuando éste le dijo:
—Llevo tanto tiempo
sin hablar que no tengo palabras para expresar la belleza que ven mis ojos.
Todos se ponían
la mano sobre los ojos a modo de visera y los entrecerraban, tratando de
familiarizarse de nuevo con el entorno. Algunos hablaban, otros descubrían
bajo la luz de la mañana el lamentable estado físico en el
que se hallaban. Pero la mayoría se limitaba a musitar expresiones
de asombro. Se sentían dichosos, libres, con un amplio abanico de
porvenires diferentes frente a ellos.
—Debemos apestar
—comentó una mujer que en el interior de la granja se asemejaba
a un pavo real o un caballo altivo de crin larga y rubia.
El conductor del
autocar, parapetado tras sus gafas de espejo, bajó del vehículo
y apoyó la espalda en un árbol cercano, contemplando a aquellas
veintidós piltrafas humanas. El motor todavía ronroneaba,
inspirando apresuramiento en el ambiente.
El Granjero desfiló
alrededor del grupo, como un oficial revisando la tropa, y se detuvo frente
a ellos.
—Imagino que os
preguntaréis cuánto tiempo habéis estado en mi reino
—empezó— salvo los que contáis con relojes con calendario,
obviamente. La respuesta es setenta y seis días.
Era mucho tiempo.
Pero a Conrado le dio la sensación, como a la mayoría, de
que habían permanecido en la granja durante setenta y seis años,
toda una vida. Recordar las experiencias que habían sufrido allí
dentro resultaba demasiado traumático para ellos, así que
se dejaron llevar, se deslizaron hacia adelante en el tiempo sin mirar
atrás.
—También
debo informaros de que sois libres —continuó El Granjero—. Weinberg
& Waterhouse es una empresa fantasma, no hemos efectuado ningún
estudio de las tendencias del mercado y el contrato que firmasteis es papel
mojado. El único contrato que habéis firmado conmigo ha sido
intelectual, y éste ha tenido la duración que he estimado
oportuna atendiendo a vuestros progresos. ¿Para qué? Recordad
que el motivo no importa, que la felicidad es una quimera, que ahora estáis
libres de todo lastre animal. Ahora sabéis lo que sois, ¿estáis
preparados para cambiarlo? Eso depende de vosotros, yo ya no puedo intervenir
más, nuestros caminos se separan aquí. Sólo quiero
que tengáis presente que habéis tocado el cielo asumiendo
vuestra ínfima condición.
En su fuero interno,
no podían evitar pensar que habían sido capturados por el
embaucador discurso de alguna de tantas sectas desperdigadas por el globo,
y que El Granjero era su máximo prosélito. No obstante, también
debían admitir que aquella ignominiosa experiencia les había
curtido de algún extraño modo. No, no querían detenerse
allí, sus antiguas vidas no tenían sentido para ellos, y
les picaba la curiosidad por averiguar la nueva que se les ofrecía.
Se habían descubierto como ratas de laboratorio esclavas de sus
necesidades, de la búsqueda incansable e infructuosa de placer,
y ello les repugnaba sobremanera. Necesitaban otra cosa y poco les importaba
que esa otra cosa se la brindara una secta o un demente argentino vestido
de granjero.
—Los que se quieran
marchar, pueden hacerlo. El transporte que aquí los trajo les volverá
a su punto de origen. Los que decidan continuar adelante con este contrato
intelectual con una entidad desconocida, bajo unas condiciones desconocidas
y con unos fines desconocidos sólo deben quedarse donde están.
Seréis conducidos estos últimos a un motel cercano, os asearéis,
os cambiaréis de ropa y seréis recogidos para iniciar un
largo viaje en tren. A otro país, no os lo negaré. Pero se
acabaron las granjas y los animales para vosotros, que ya habéis
reconocido vuestra mediocridad.
A todos les resultó
cómico observar cómo nadie osaba moverse de su sitio, quizá
por miedo, quizá por convencimiento, quizá porque se habían
establecido lazos emocionales parejos a los del síndrome de Estocolmo
entre ellos y El Granjero.
El moro Qasim
levantó la mano, su aspecto no había cambiado demasiado:
su infierno como mula de carga ya le había preparado más
que a nadie para sobrellevar los embates de la vida, aunque éstos
fueran tan severos como los del cautiverio en la granja.
—Habla sin levantar
la mano.
Y a todos les
resultó familiar la escena, como si entre la primera entrevista
y ésta no hubiera transcurrido el tiempo. A pesar de que sus vidas
habían sufrido una tremebunda experiencia que había reajustado
su percepción del mundo.
—Querer saber
qué hacer ahora —y al moro la voz le salió quebrada y agonizante,
y todos (a pesar también de sus condiciones deplorables) se compadecieron
de él. Además, la ingenua pregunta inspiraba ternura, aunque
todos tuvieran curiosidad por saber la respuesta.
—Ya he dicho por
activa y por pasiva que el fin no importa en este caso. Pero voy a daros
una pista. Si decidís continuar, todo lo bueno que habéis
obtenido aquí será multiplicado por mil, y también
se habrá terminado toda privación de la libertad, podréis
marcharos cuando queráis. Creo que no hay razón para rechazar
la oferta, ¿verdad?
No habían
sido retribuidos con la suntuosa suma de dinero prometida, el hambre, la
sed y las cíclicas arengas de El Granjero (sazonado todo ello con
alcaloides) habían transfigurado sus cuerpos y sus psiques hasta
dejar al descubierto su abyecta condición de animal irracional esclavo
del placer y de las cosas mundanas. Estaban sucios, cansados y con la iniciativa
adormecida, les habían engañado y les habían mantenido
encerrados en un infierno en contra de su voluntad. Y, sin embargo, todos
se deleitaron imaginando redoblados los beneficios metafísicos que
habían obtenido mediante aquel etéreo contrato intelectual.
Conrado trató
de figurarse cuáles podían haber sido las ganancias obtenidas
por Figueredo. ¿Ya no existía la amenaza del colapso de triglicéridos
que tanto auguraba? ¿Aquella experiencia extrema y carnal le había
colmado su ansia aventurera? Y también pensó en Qasim. ¿Se
habría desquitado al fin de los agravios sufridos en este país
sintiéndose parte de algo grande, siendo tratado por igual en un
propósito común? ¿Y los demás? ¿Habría
alguna víctima del mobbing que después de años en
paro por fin conseguía un empleo duradero? ¿La mujer que
aún porfiaba en andar con tacones se habría percatado de
lo artificiosa que resultaba su indumentaria, no sólo en la granja
sino en todos los ámbitos? ¿Y él? ¿Qué
aspecto positivo encontraba él en aquel encierro en contra de su
voluntad? A vuelo se le ocurría, por ejemplo, que ya no estaba encadenado
a la heroína, a pesar de que en su estancia en la granja habría
consumido más alcaloides que en toda su vida de toxicómano.
También había aprendido a comer sin vomitar, a comer con
hambre, aunque lo que ingería fuese mucho más repugnante
que sus macarrones con queso. Y también era un loco. Aquella propuesta
no difería demasiado de la primera oferta de la ilusoria Weinberg
& Waterhouse. «Los locos abren caminos que más tarde seguirán
los sabios», decía su psicoterapeuta, que jamás imaginaría
la expeditiva terapia a la que le habían sometido en una ¿secta?
¿Una hermandad subterránea? ¿Una cofradía poseedora
de habilidades y saberes vedados al resto del mundo ortodoxo? ¿Una
organización filantrópica que caminaba de puntillas sobre
la verosimilitud? Lo ignoraba. De una cosa estaba seguro Conrado: El Granjero
no era lo que aparentaba ser, poseía más capacidad de persuasión
de la que se infería por su aspecto exterior. Porque Conrado no
se caracterizaba por exhibir un servilismo beato, ni por dejarse seducir
por las empresas comunes: la única cosa que había secuestrado
su voluntad y su autonomía habían sido unas pocas dosis de
heroína a los diecinueve años. La explicación más
razonable es que El Granjero se ha transformado en el sustituto de la heroína,
pensó, divertido.
La cuestión
es que nadie se movió de aquel descampado, todos locos que habían
tocado fondo descubriendo así una nueva dimensión de la realidad.
Todos proscritos del mundo que por fin hallaban un camino hacia un lugar
extraño y amenazador, pero que los admitía en su seno. Y
el autocar tuvo que marchar vacío.
6
Tras ser aseados
y haberles restituido sus ropas maltrechas por una igualitaria camisa beige
de algodón y unos pantalones marrón oscuro, ambas piezas
anchas y holgadas, confiriéndoles a todos cierto aspecto de payasos
en blanco y negro, El Granjero repartió unos tarjetones en los que
figuraban las instrucciones para llegar a sus respectivos destinos.
Todos se hallaban
de nuevo sentados en las mismas sillas de tijera que casi tres meses antes
habían ocupado cuando llegaron a la granja. La ducha caliente les
había sedado, el agua limpia recorriendo sus cuerpos, lejos de las
miradas vacías de los animales, el jabón perfumándoles
con agradables olores afrutados. La ropa planchada, almidonada, seca, suave
al tacto, engarfiando cada botón en su ojal correspondiente con
deliberada morosidad, delectándose en el acto. Cuchillas afeitando
rostros y peines rastrillando cabellos. Unas sandalias de lona con suela
de cáñamo enfundándose en los pies. Comieron bollería
caliente y leche, y todos terminaron su plato, incluso Conrado, que detestaba
la leche, y nadie pidió café o ninguna otra cosa, porque
todo era perfecto, porque hacía tres meses que no comían
como personas y eran tratados como animales.
Todo parecía
mejor que antes, más auténtico, más placentero.
Luego fueron conducidos
al despacho de El Granjero y todos se desplazaron con más tiento,
evitando ensuciarse, como intentando mantener el máximo tiempo posible
aquel reconfortante e impoluto aspecto. La ropa era fina y notaron los
listones de madera del asiento presionando deliciosamente en sus nalgas,
como si les estuvieran masajeando con alguna técnica china milenaria.
—Ahí tienen
sus destinos y cómo llegar a ellos. Sigan los pasos tal y como se
indica y les irá mejor.—. Se percataba Conrado de que ahora se dirigía
a ellos con el trato de usted. ¿Se habían ganado su respeto?—
Tengo por evidente que más de uno pensará en regresar a casa.
Se sentará en algún tren rumbo al extranjero, rodeado de
pasajeros desconocidos, y entonces se preguntará: ¿Qué
hago aquí? La puerta está ahí mismo, puedo abandonar
el vagón, regresar a mi ciudad y olvidarme de todo esto. Y lo pueden
hacer. Quiero que sepan que tienen completa libertad para abandonar, tanto
en el tren como al llegar a su destino. Pero —y se llevó el dedo
índice a la sien— piensen por un momento por qué no lo han
hecho antes. Ustedes, voluntariamente, han aceptado mi invitación
para ir al cine, están dentro, la película acaba de empezar...
al menos, véanla hasta la mitad, ya que han hecho el esfuerzo de
entrar. Disfruten de la película y no cometan el error de perdérsela
por el temor a no poder regresar a sus antiguas vidas. Para regresar a
ellas, siempre habrá tiempo.
Conrado advirtió
que las palabras de El Granjero debían de estar meticulosamente
medidas para crear el efecto que pretendía, porque todos asentían
convencidos. Habían pasado tres meses en el infierno pero regresar
a sus anodinas, a sus malsanas vidas se les antojaba a todos (incluso a
él) un retroceso que implicara un tormento futuro mucho más
conminatorio. Deudas, ludopatía, obesidad, síndrome de abstinencia.
Cada uno tenía su motivo para huir hacia delante y embarcarse en
aquella aventura.
También
les comunicó El Granjero que se había cuidado de unir y trenzar
los destinos de los individuos que habían compartido las penurias
del régimen penitenciario. «Imagino que habrán trabado
amistades, alianzas, y yo no soy quién para romperlas. Además,
será positivo para ustedes estar junto a alguien próximo
en la etapa de descubrimiento que les aguarda».
Se sentían
como niños a las puertas de una excursión con el colegio,
nerviosos y excitados, y ninguno pensaba en la televisión, ni en
su piso, ni en sus familiares, porque todas esas cosas nunca las habían
tenido, o nunca las habían deseado en la vida que soñaron
para ellos.
Figueredo, que
de resultas de la espartana dieta de pienso y alcaloides parecía
más alto y joven, abrió su tarjetón y descubrió
que era idéntico al que le habían entregado a Conrado.
—Nos dirigimos
al mismo lugar, señor mío —le dijo a Conrado con una sonrisa
amplia en la cara: parecía que se alegraba de marchar a aquel sitio.
—¿Apeadero
de Höfn Lenhard? —parpadeó Conrado.
—Austria, señor
mío. Hoy mismo partimos hacia Austria. ¿No siente las mariposas
aleteando en su estómago? Yo tengo tantas que un entomólogo
esperaría a mi muerte para diseccionar mi estómago. Lo digo
por las mariposas que aletean en él.
—No les quepa
ninguna duda —intervino El Granjero de nuevo a tenor de los comentarios
que se levantaban en el grupo— que marcharán con todos los gastos
pagados, y equipados con una maleta que contendrá todos los enseres
básicos para el viaje, incluidas dos mudas.
Austria, la palabra
reverberó en la cabeza de Conrado. No se imaginaba en aquel país
que para él sólo era un nombre vagamente relacionado con
la Segunda Guerra Mundial. Demasiado lejos. Demasiado extranjero. Demasiado
austriaco. Él no había abandonado nunca España y de
ésta apenas conocía tres o cuatro ciudades importantes. Los
viajes no le entusiasmaban. ¿Por qué Austria? ¿Qué
le esperaría allí? No dominaba el idioma, ignoraba las costumbres,
la gastronomía, la geografía.
Comprobaron que
a Qasim le habían entregado un tarjetón diferente. Él
marcharía a la isla de Corfú, en Grecia. ¿Les separaban
porque no había compartido estancia con ellos junto a los cerdos?
Si seguían ese razonamiento, no tenía sentido que otros individuos
que también estuvieran encerrados en el establo de los gorrinos
hubiesen sido destinados a lugares disímiles. No pudieron, sin embargo,
aliviar sus dudas, los acontecimientos los arrastraban otra vez hacia delante,
debían recoger sus equipajes con premura y dirigirse a una estación
de tren próxima. «De allí partirán hacia la
frontera, donde cogerán el tren que les corresponda», les
informó El Granjero.
Aquella misma
tarde se vieron transportados en diferentes furgonetas, conducidas por
Mister Esopo y los demás granjeros hercúleos, que habían
cuidado de ellos en la estancia en la granja. No intercambiaron palabra
con ellos, pues se limitaban a hacer su trabajo con diligencia. Dos furgonetas
tomaron un camino diferente, dirigiéndose a una lejana estación
de trenes, el resto, incluida la de Conrado y Figueredo, recalaron en una
estación a una media hora de allí.
—¿Saben
por qué van a Austria? —les preguntó El Granjero, que era
el conductor de aquella furgoneta en la que viajaban Conrado y Figueredo,
una Ford desportillada que le entraba un ataque de epilepsia cada vez que
El Granjero cambiaba de marcha. Les miraba a través del retrovisor
interior con ojos inquisidores, ya que ellos se sentaban juntos en el asiento
de atrás.
—Porque estamos
como una cabra, porque si no, no me lo explico —replicó Conrado
con ironía.
—¿Realmente
no saben por qué han aceptado?
Figueredo se acomodó
en el asiento y entrecerró los ojos con reticencia.
—¿Por qué
nos pregunta eso? —indagó.
El Granjero cambió
a tercera y la furgoneta tembló.
—Porque creo que
lo saben, y eso me llama la atención. Escuché sus comentarios
cuando llegaron a la granja, tengo buen oído. Tan buen oído
que desde aquí puedo notar cómo sus pulsaciones se han acelerado,
señor Figueredo.
Conrado les miró
alternativamente. Se le escapaba algo.
—¿Es usted
un mago? —Figueredo estaba muy tenso.
—Hechicero, prefiero
que me llame hechicero. ¿Qué sabe de nosotros?
Figueredo se demoró
un segundo en contestar, como si sopesara una y otra vez cómo proceder.
—Prácticamente
nada. Lo poco que he leído en libros.
—Los libros no
siempre dicen la verdad.
—Lo sé,
por eso estoy aquí, no le engañaré.
—No me engañará
porque no puede engañarme, y lo sabe. Si tuviera alguna oportunidad
de engañarme, no dudaría en hacerlo.
Figueredo se apretaba
los pantalones con los dedos, parecía un niño al que han
descubierto haciendo alguna travesura.
—Tiene razón.
Pero le aseguro que no está en mi ánimo desvelar nada a nadie,
no soy ningún topo ni un conspirador o como quiera usted llamarlo.
Sólo soy un estudioso, un lector compulsivo que ha decidido abandonar
su enclaustramiento para aprender de ustedes.
—Lo sé,
usted ya estaría muerto si creyera lo contrario.
Las manos de Figueredo
se crisparon ante aquella amenaza.
—¿De qué
coño estáis hablando? —exclamó Conrado rompiendo la
tensión de aquel diálogo—. ¿Tú ya lo conoces?
—le preguntó a Figueredo.
—Les espera un
largo viaje hasta la Escuela de Salzburgo —dijo El Granjero con la voz
alta y la dicción muy pura, como si hablara otro por él,
como si aquel argentino hubiera fingido su forma de hablar durante tres
meses— tendrán tiempo de intercambiar impresiones. Allí aprenderá
mucho, señor Figueredo, guardamos una de las mayores bibliotecas;
imagino que está al corriente. Pero no les envío allí
por eso. Les envío allí porque poseen un gran potencial y
la Escuela de Salzburgo es la que forja a los hechiceros más brillantes.
He revisado los resultados de sus cuestionarios. Y como les dije, escuché
su comentario acerca de mi retórica y mis habilidades de persuasión.
Nadie más se dio cuenta del truco, sólo ustedes. El señor
Marchale fue el primero, lo noté enseguida en su cambio en la expresión
facial. Usted, señor Figueredo, se percató un segundo y medio
después, pero también es digno de elogio. Los dos son una
caja de sorpresas, una anomalía digna de la Escuela de Salzburgo.
Tanta heroína, señor Marchale, quién sabe, a veces,
aleatoriamente, puede provocar efectos asombrosos, aunque no dudo que existan
más condicionantes en su vida. Y los libros, señor Figueredo,
también a veces producen mutaciones interesantes, como su obsesión
por ser un sabio universal. La verdad es que no soy un experto, no puedo
saber muy bien qué les ha creado, pero me congratula llevar personalmente
a dos futuros hechiceros de renombre.
Conrado seguía
atónito, danzando con la vista del rostro hermético de Figueredo
hasta el reflejo especular de los ojos de El Granjero en el retrovisor,
reflejo que se agitaba como si sufriera un terremoto cada vez que El Granjero
cambiaba de marcha, temblor que acaso les atribuía a aquellos ojos
un aire ominoso y maligno.
El Granjero había
aludido a su extraordinario potencial. Y sí, no supo cómo
pero en la primera reunión en la granja, en los prolegómenos
de lo que sería un cautiverio infrahumano, atisbó que bajo
aquel disfraz de garrulo y aquellas frases escuetas y livianas, intrascendentes,
se ocultaba un maquinador. Sí, de acuerdo, pensó Conrado,
he sabido destapar a un estafador, pero ¿y qué? ¿Qué
tenía de especial haber detectado el ardid, la frase final que acabaría
por convencer al auditorio de lo que, a priori, no parecía muy interesado
en difundir? Tal vez porque fue un pálpito. Tal vez porque él
no era muy ducho en retórica y sin embargo, sin reflexionarlo, en
un golpe de inspiración, había dado en la diana.
Su vida, por lo
general, había sido anodina. Sin embargo, Conrado dedicó
un buen tiempo a tratar de descubrir algún rasgo extraordinario
en ella. Nunca había destacado en los estudios, de hecho opinaba
que no aprendió nada de utilidad en aquellos años, y al poco
abandonó el colegio. Así pues, apenas sabía leer y
escribir, adolecía de un vocabulario irregular donde se entremezclaban
términos pedantes con vulgarismos de mal gusto y su cultura era
básica. Tal vez recuerde alguna clase con nostalgia, como las de
Historia Antigua del profesor Maldonado, en las que se otorgaba más
importancia al razonamiento creativo, a la intuición y a la investigación
que a la elemental memorización de retahílas de datos y fechas.
¿Era, pues, inteligente? Conrado creía que no y relegaba
aquella etapa a la categoría de anécdota, como lo hacía
con su habilidad para pedir préstamos a El Manco, o sablearle unos
gramos de heroína. El Manco, sí. Sólo al aproximarse
a él en la esquina en la que siempre se apostaba, sabía cómo
abordarle, observando fugazmente su atuendo o su expresión en el
rostro, incluso su forma de agitar el muñón de su brazo izquierdo
cuando gesticulaba. El Manco también era un personaje muy soberbio,
solía apostillar sus opiniones extravagantes con un «Soy el
único capullo de esta ciudad que ha dicho estas palabras, me apuesto
el culo», acompañándolo con el canto de su mano sana,
como dividiendo la delicada exactitud de su razonamiento. Conrado enseguida
reparaba en el fabuloso absurdo que sustentaba sus aseveraciones sólo
sólidas en apariencia, pero le daba la razón e, inspirándose
en las formas que gastara aquel día, empleaba uno u otro tono. Sí,
le sabía engatusar a pesar de la seguridad que infundía cuando
se expresaba, pero ¿era suficiente aquella perspicacia para sentirse
especial?
Luego estaba su
tendencia a desmitificarse, de acuerdo. Él, al contrario que El
Manco, nunca ostentaba ninguna cualidad. Por ello siempre tenía
el pelo despeinado, despuntando en mil direcciones, y andaba desaliñado
y con piezas anchas que parecían haber sobrevivido a varias generaciones
de Conrados. Hasta su modo de caminar estaba escogido para no resaltar:
tenía el paso muelle y se tambaleaba como un tentetieso. Y, no obstante,
si acudía a una entrevista de trabajo, derruía aquella escultura
capilar propia de un genio del arte abstracto y la aplastaba en una engominada
brea con una raya lateral. Su nariz aguileña y ligeramente escorada
hacía las veces de andamiaje para unas gafas de montura dorada.
Se afeitaba su perilla de chivo, afilada como un puñal, y su mentón
devenía en un objeto romo, ino-fensivo. Pantalones de pinza, camisa
a rayas abotonada hasta el cuello y con los faldones apresados por el cinturón.
Zapatos limpios y con herrajes dorados en el empeine. Y toda esta transformación
estilística la llevaba a cabo con naturalidad, como si él
no tuviera estilo, como si su estado normal fuera la desnudez y el look
sólo fuera una herramienta para suscitar una u otra cosa a los demás.
¿Era extraordinario por aquella cualidad de camaleón que
tan poca importancia se daba a sí mismo y que se adaptaba al entorno
sin estridencias? ¿Eso lo había podido detectar El Granjero?
Conrado sabía
que esas rarezas en él sólo eran nimiedades, bobadas. Tal
vez lo que sucedió en aquella casa, cuando tenía veinte años
y la heroína dominaba todos sus actos, pudiera tener relación:
no en vano fue la experiencia más decisiva de su vida. Aquel recuerdo
teñido de sangre era demasiado luctuoso para él. Aparcó,
pues, sus reflexiones para más adelante.
Subieron al tren
que indicaba su tarjetón, bajo su nombre y su destino. Tomó
asiento en el sitio que El Granjero les había reservado, junto a
Figueredo, y se obligó a dejar de conjeturar las virtudes que habían
visto en él, porque, definitivamente, él no tenía
virtudes y ninguna invitación para viajar a Austria con todos los
gastos pagados iba a convencerle de lo contrario.
El tren era un
convoy directo que pasaba por Lyon, Ginebra, Zurich, Innsbruck, Salzburgo
y Viena, pero antes de llegar a Viena, en el estado federado de Salzburgo,
debían apearse en la estación de Ramingstein. Era un largo
trayecto que les obligaría a compartir muchas horas de conversación
y a dormir una noche en el coche cama.
Se despidieron
de El Granjero, que desapareció en su furgoneta decrépita,
y no dejaron de mirar ni un segundo el paisaje cambiante que se les presentaba
al otro lado de la ventanilla.
Todo a su alrededor
era nuevo y fascinante, como recién estrenado. El enclaustramiento
austero en la granja había predispuesto todos sus sentidos para
maravillarse al más mínimo estímulo. Lo toqueteaban
todo, les complacía el traqueteo del tren. La comida se les antojó
un banquete pantagruélico consistente en leche, cereales, tostadas
con mantequilla y mermelada, haggis, huevos fritos y champiñones,
todo acompañado de té y zumo de naranja. Banquete del que
dieron cuenta con delectación, y Conrado apenas sufrió náuseas.
Y al dormir en el coche cama, se acostaron en el suelo porque les incomodaba
la inconsistencia del colchón, encendiendo y apagando las luces
del compartimiento porque estaban habituados a dormirse con el inalterable
pulso eléctrico de los establos sobre sus cabezas.
Parecían
dos niños redescubriendo el mundo o que durante toda su vida hubieran
vivido en un agujero olvidado.
La gente a su
alrededor también les observaba con cierto recelo debido a su atuendo
funcional, de pabellón psiquiátrico. Así pues, no
cruzaron palabra con nadie hasta que les sirvieron la comida, cuando dejaban
atrás Lyon y el vagón se vació hasta que quedaron
apenas cinco o seis viajeros, dejándose arrullar por la monotonía
sonora y sísmica, que en parte les retrotraía a su estancia
en la granja: claustrofóbica, sí, atroz, sí, pero
también pacífica y previsible, hipnótica.
—En fin, señor
mío —comenzó Figueredo untando mantequilla en un bollo. Trajinaba
con el bollo, el cuchillo, el recipiente de la mantequilla y la servilleta
de papel con suma meticulosidad, y sus dedos se movían ágiles
y ya nada abotargados por la obesidad. Conrado dejó de contemplar
el paisaje a través de la ventanilla y se dio cuenta de que Figueredo
ya no comía con ansia, pues sólo le interesaba la comida
para obtener energía; al igual que él ya consideraba al caballo
como un polvo tan insípido como la harina—. Creo que somos unos
privilegiados. Y quién sabe o imagina la de cosas que aprenderemos
a partir de ahora. Mi cerebro babea, en el buen sentido. ¿Y el suyo?
—A mí todo
esto me parece una soplapollez —replicó Conrado súbitamente
enemistado con aquella ignota organización que había jugado
con su vida. Pero fue sólo un impulso, enseguida se apaciguó
recordándose que también gracias a ellos ahora era capaz
de llevarse la comida a la boca sin vomitar—. Es lo más increíble
que me ha pasado en la vida —matizó— hay que reconocer que lo tienen
todo muy bien montado. Pero se me escapa para qué... y por qué
me han escogido a mí. Creo que, en el fondo, no saben muy bien lo
que están haciendo.
—Le puedo asegurar
que sí lo saben.
—¿Tú
crees? Son una panda de locos, seguro.
—Locos, fanáticos,
sectarios. Sin embargo, usted ha aceptado continuar adelante.
Conrado asintió
con gravedad.
—Todavía
no sé por qué.
—Me lo creo, señor
mío. Los actos del hombre, o del animal, si nos atenemos a las tesis
de El Granjero, remedan automatismos en los que poco participa nuestra
voluntad.
—Sí, sí,
lo que tú digas, pero me estoy pensando bajar del tren.
—¿Ahora?
—exclamó Figueredo soltando su bollo sobre la servilleta de papel—.
Sería usted un imprudente si lo hiciera ahora.
—¿Por qué?
Nos dijeron que podíamos abandonar cuando quisiéramos.
—¿Y eso
usted se lo cree? Me temo o me imagino que no sabe con quién estamos
tratando. Yo sólo les conozco una misérrima o pequeñísima
parte.
—Eso te quería
preguntar. El Granjero dijo que tú los conocías, y también
hablasteis de que era un... ¿hechicero?
Figueredo entrecruzó
los dedos antes de proseguir.
—En efecto, señor
mío. He de confesarle que soy un impostor, un infiltrado o llámelo
como usted prefiera. Todavía me asombra y sorprende que me hayan
descubierto. Tal vez fueron mis resultados en el test de aptitud, lo ignoro.
La cuestión es que lo disimulé cuanto pude, incluso cuando
creía imposible que nos estuvieran observando. Pero siempre lo hacen,
no descansan nunca. Acuérdese de cómo El Granjero captó
nuestra suspicacia frente a su truco dialéctico.
Un pasajero cruzó
el pasillo del vagón y Figueredo guardó silencio cuando pasó
junto a ellos, silencio que Conrado aprovechó para recoger el testigo:
—Eso no lo acabo
de entender. El Granjero supo convencernos, nosotros le descubrimos el
truco. ¿En eso consiste ser hechicero? ¿En ser un mago con
las palabras o algo así?
—No, no, no. Esta
gente escapa a su imaginación, o si me permite el cultismo, de su
magín. No son oradores, ni líderes de masas, ni poseen un
alto grado de persuasión o de carisma; ni siquiera son prestidigitadores
o tahúres. Olvide todo lo que cree saber sobre los magos. Olvídese
de Merlín o de Gandalf, olvídese de los ilusionistas, olvídese
de los poderes sobrenaturales.
—¿Entonces
qué son?
—No lo sé
con seguridad, aunque parece ser que conozco lo suficiente como para haber
llamado su atención. También conozco lo suficiente como para
haber aguantado y lidiado con los cerdos en aquel infecto establo; he vivido
carnalmente, después de todo, y he de reconocer que la dieta le
ha sentado de maravilla a mis triglicéridos.
>>Pues bien, yo
le explico. Estaba yo entre mis libros cuando localicé una vaga
referencia a esta cofradía secreta de hechiceros de siglos de antigüedad,
concretamente de sus bibliotecas. Ya comprenderá que para un bibliófilo
como yo, la sola mención de unas estrafalarias bibliotecas donde
se guardan grimorios que se creían perdidos, constituye todo un
fenómeno. Éste fue el acicate que me impulsó o impelió
a continuar investigando. Descubrí, entonces, que uno de los grandes
precursores, quizá, habría sido Julius Evola, que postulaba
la magia racional, así como lo oye, magia racional, si me permite
el oxímoron. Utilizado por el Duce sin ser fascista y por el Führer
sin ser nazi, el barón Julius Evola, el último quijote, hizo
del mundo un balón dialéctico y se entretuvo propinándole
puntapiés. No era nazi, como le he apuntado, ni tampoco racista
desde un punto de vista biológico como el defendido por el nacionalsocialismo.
Evola creía más bien en un racismo del Espíritu, es
decir, en la diferenciación de los hombres conforme a parámetros
inmateriales, como lo es la actitud existencial. Argüía que
su postura también la mantenía Platón, y si los textos
platónicos nunca fueron cuestionados por sus ideas totalizantes
y antidemocráticas ¿por qué habrían de serlo
los suyos? Cuidado, discrepo de muchos de los postulados evolianos, como
su crítica al matrimonio, su machismo recalcitrante o su idea de
defender una derecha, la cual escribe con D mayúscula para diferenciarla
de lo que hoy se entiende por tal idea. Pero me entusiasma su audacia intelectual
e ideológica. Lástima que el público de hoy en día
lo conozca poco y sólo ejerza cierta influencia en sectores de la
masonería, grupos ecologistas, estudiosos del simbolismo, seguidores
de la new age, algunos católicos amigos de lo esotérico y
grupúsculos neofascistas.
>>Su concepto de magia
no cuadra con el que la mayoría de los modernos sustentan, señor
mío. Su magia no trataba de dominar ciertas prácticas, reales
o supersticiosas, dirigidas hacia la producción de uno u otro fenómeno
extranormal, no, sino de alcanzar un estado activo de conquista de la voluntad.
Teurgia, la llamaba él. Teurgia.
>>Parecía
esta cofradía una secta más cuyas estrategias de captación
se sepultaban, o se escondían, si prefiere menos carga metafórica,
bajo cursillos de inglés, terapias de mejoramiento personal, conferencias
sobre esoterismo, filosofía barata o la Grecia clásica, tareas
ecológicas, la invitación a reuniones para la venta de productos
cosméticos o cualquier otro pretexto proselitista. Y ya lo pudo
comprobar: a priori, Weinberg & Waterhouse podría haber sido
un señuelo de Edelweis, Niños de Dios, Iglesia Universal
del Reino de Dios, Hare Krisna o Nueva Acrópolis. Sin embargo, le
garantizo que nada tiene que ver esta cofradía de hechiceros racionales
deudores de Evola con las mentadas organizaciones de múltiples tentáculos.
>>Yo me creo un
individuo culto e inteligente, valga la inmodestia, y mi carácter
es fuerte, aunque el azúcar y las grasas me hallan ganado la batalla,
así pues me resulta inconcebible que alguien como yo se someta a
una dinámica coercitiva y manipuladora, o a una instrucción
autoritaria, acrítica y adoctrinadora revestida de algodonosa confortabilidad.
No concibo que alguien anule mi voluntad, dejándola a merced del
grupo, en un estado de dependencia emocional y psíquica de los arbitrios
de sus charlatanes dirigentes. Pero aquí estoy, sí, como
un infiltrado, pero también empujado por las doctrinas de El Granjero.
Y delgado, al fin; donde miles de dietas hipocalóricas y ejercicios
cardiovasculares han errado, una estancia infernal en un establo de cerdos
ha surtido efecto. ¿No le parece increíble? Algo. Algo hay
en esta cofradía, quizá saberes vedados al común de
los mortales que han obtenido de libros secretos ocultos en sus bibliotecas
de ensueño, quizá otra cosa inimaginable. Pero algo poseen,
en definitiva, que es diferente al resto de los dislates de Charles Manson,
Jim Jones, Swani Prabhupâda, el reverendo Moon, Jal, Rael y demás
carismáticos mesías que consiguen del débil que su
raciocinio quede supeditado tácitamente a su autoridad superior.
>>El mundo es
pródigo en secretos, como puede comprobar investigando un poco.
Y ya le digo, señor mío, si uno quiere vivir la vida carnalmente,
no hay nada como profundizar en un misterio como éste. Los hechiceros
racionales.
Tras aquella arenga,
Conrado se sentía abrumado, sin embargo se tomó aquella erudición
desmedida como si hubiera visionado uno de esos documentales que veía
por la tele. Trató de imaginarse a El Granjero como un sectario
absorbido por el fanatismo y sometido a una minuciosa esquematización
de su vida. Pero no lo consiguió. Sí, El Granjero podría
haber suscitado cambios en la vida de Figueredo y en la de los demás
conejillos de indias, cambios profundos, reajustes en su concepción
de las cosas, bien que no alcanzaba a verle como un hechicero. Es cierto
que debía olvidarse de Merlín, pero un granjero argentino
estaba demasiado lejos del concepto hechicero. Hechiceros racionales, hechiceros
que empleaban trucos dialécticos y drogas enteógenas: demasiado
inverosímil.
Y sin embargo,
se estaban dirigiendo a la Escuela de Magia de estos supuestos hechiceros.
¿Quién los financiaría? ¿Cuántos eran?
¿Todos eran granjeros? ¿Cómo habían conseguido
permanecer en el anonimato? ¿Cuáles eran sus propósitos?
¿Para qué buscaban nuevos adeptos? Demasiadas preguntas bullían
en el interior de su cráneo, y tal era el desbarajuste allí
dentro que sólo articuló el primer interrogante que osó
saltar a su boca; y luego no pudo evitar que todos los demás surgieran
en procesión, sin dar tiempo a las explicaciones.
—Alto, alto, señor
mío —le detuvo Figueredo levantando la mano como un indio que saluda
el hombre blanco— apenas sé mucho más sobre ellos, por esa
razón me he embarcado en este viaje. Por eso y por los beneficios
que me han proporcionado de momento, y los que seguro me proporcionarán
en el futuro; imagino que al igual que a usted. Y porque a todos los que
estamos aquí no nos ata nada en el mundo, estamos aburridos de vivir
nuestra vida y ansiamos otra, o la muerte, sin más alternativa o
elección.
>>Sí sé,
por ejemplo, que los hechiceros intervinieron en la elaboración
de las técnicas hsi mao que las milicias chinas usaron durante la
guerra de Corea para manipular la psicología de los militares norteamericanos,
en el conductismo de Pavlov y Skinner empleado por el imperio estalinista
y la guerra psicológica ensayada en la matanza de Waco, y pare usted
de contar. ¿Objetivos? Los conozco muy vagamente. Ellos lo llaman
el Mal o el Enemigo, una fuerza que nos rodea y conspira para acabar con
todos nosotros. ¿Qué es el Enemigo? Ni idea, tal vez otra
cofradía de magos oscuros, tal vez algún demonio... en fin,
mi imaginación se está extralimitando. Imaginación,
detente, detente, ya. Perdone el espectáculo esquizofrénico,
pero me agrada y me gusta comunicarme en voz alta con mi cuerpo. Ya sabe,
Figueredo no comas tanto. Figueredo, concéntrate. Figueredo, olvídate
del mundo exterior y continúa leyendo y viendo filmes de los años
50. Cosas así. Bien, disculpe la digresión, a lo que iba:
la Trilateral de Rockefeller, existe. El Club Bilderberg de Clinton, existe.
El Council of Foreign Relations de Kissinger y Brezinsky, existe. ¿Y
qué sabe de ellos? Sus deliberaciones no trascienden a la prensa.
¿Por qué no iba a existir una hermandad de hechiceros intelectuales,
psicólogos o como quiera llamarlo? La financiación es cosa
de risa, cualquier rico excéntrico puede financiar hoy en día
el disparate más grande del mundo. Y poco más le puedo contar,
señor mío. Lo que sí puedo decirle es que existen
muchas escuelas de magia diseminadas a lo largo y ancho del universo mundo
y hemos tenido suerte y fortuna de que nos hayan adjudicado la de Ramingstein,
la más antigua, la que dispone de la biblioteca mejor surtida y
de la Sala de Monos, que ignoro lo que puede ser pero siento mucha curiosidad
por averiguarlo. Y lo averiguaremos: en esta aventura estamos juntos, señor
mío.
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