| La carta estaba escrita en
alfabeto terrestre, con desmañados trazos de bolígrafo de
tinta azul emborronada, y decía:
Granja Hexwood
Martes 4 de marzo de 1992
Estimado Controlador de Sezctor:
Hemos pensado que sería
mejor enviar la carta directamente en Regional. Tenemos un problema de
los buenos. Un empleado atolondrado, que se hase llamar Harrison Scudamore,
va y pone en marcha una de las máquinas viejas, la que tiene todos
esos sellos de los Líderes, y dice que lo ha hecho anulando la seguridad
de los ordenadores. Le decimos un par de cosas sobre eso, pasa y dice que
estaba aburrido, que sólo quería hacer el mejor equipo de
fútbol de todos los tiempos, con el Rey Arturo de portero, Julio
César de delantero, Napoleón de centrocampista... El caso
es que el equipo es real, ha descubierto que la máquina puede crearlo,
y lo ha creado. El problema es que no tenemos las herramientas ni la formación
para apagar la cosa esta, ni tampoco sabemos de dónde saca la energía,
tiene un campo increíble y no nos deja salir de él. Le agradeceríamos
mucho que nos enviase un operativo cualificado a la mayor brevedad. Atentamente,
W. Madden
Capataz de Leader Hexwood Mantenimiento
(División europea)
P.D.: Dice que lleva funcionando
más de un mes.
El Controlador de Sector Borasus
miró detenidamente la carta, preguntándose si se trataría
de una broma. W. Madden no sabía lo suficiente sobre la Organización
de los Líderes como para enviar esa carta a través de los
canales adecuados. Sólo el hecho de haber escrito la palabra «¡¡¡URGENTE!!!»
en el pequeño sobre marrón pudo haber sido la causa de que
llegase hasta la oficina principal del Sector de Albión. Tenía
sellos de las sucursales intermedias por todas partes, y debía llevar
circulando al menos dos semanas.
El Controlador Borasus se estremeció.
«¡Una máquina con sellos de los Líderes!».
Si no era una broma, probablemente se tratase de muy malas noticias.
—Seguro que alguien cree que
esto es gracioso —le dijo a su secretario—. ¿No tienen en la Tierra
algo llamado Día de los Inocentes?
—Diciembre fue hace ya tiempo
—señaló el secretario con recelo—. Recuerde, señor,
que mañana es veinte de marzo y está citado para asistir
a la conferencia americana.
—Puede que el bromista la enviase
con retraso —dijo el Controlador Borasus con esperanza. Siendo como era
un creyente devoto del Divino Equilibrio, mantenido a perpetuidad por los
Líderes, y siendo además el mismísimo vicario de los
Líderes en Albión, albergaba la profunda convicción
de que nada podía ir verdaderamente mal.
—¿Qué es esa
Granja Hexwood que dice aquí?
Como siempre, su secretario
tenía todos los datos:
—Un complejo bibliotecario
y de referencia —respondió— oculto en una urbanización residencial
no muy lejos de Londres. En mi pantalla aparece como una de nuestras instalaciones
más antiguas. Lleva allí sus buenos doce siglos, y nunca
antes habían surgido problemas allí, señor.
El Controlador Borasus suspiró
aliviado. Las bibliotecas no eran lugares peligrosos, tenía que
ser una broma.
—Póngame con ellos de
inmediato.
El secretario consultó
los códigos y tecleó los símbolos adecuados. La pantalla
del Controlador se iluminó y quedó salpicada por infinidad
de luces que se expandían, de forma similar a lo que se ve al apretar
los ojos con los dedos.
—¿Qué es eso?
—preguntó el Controlador.
—No lo sé, señor,
volveré a intentarlo—. El secretario canceló la llamada y
tecleó el código de nuevo, pero sólo logró
que por la pantalla se discurriese un nuevo flujo de luces en expansión.
Volvió a intentarlo por tercera vez, y en esa ocasión unos
anillos de colores comenzaron a extenderse fuera de la pantalla y a ondular
pausadamente hacia el exterior atravesando los paneles de las paredes de
la oficina.
El Controlador Borasus se inclinó
hacia adelante y cortó la conexión con rapidez. Las ondas
se extendieron un poco más, para a continuación ir apagándose.
Al Controlador no le gustaba nada cómo pintaba todo aquello. Con
la creciente y fría certeza de que en realidad no todo estaba bien,
aguardó a que la pantalla y la pared volviesen a la normalidad y
ordenó:
—Póngame con la Oficina
Principal de la Tierra—. Notó que su voz sonaba una octava más
alta de lo normal, así que carraspeó y añadió—:
Con Runcorn, o como quiera que se llame ese sitio. Dígales que quiero
una explicación de inmediato.
Quedó muy aliviado al
comprobar que todo parecía bastante normal esa vez. La imagen de
Runcorn que apareció en pantalla era exactamente tal y como debía
ser: un ejecutivo júnior con el pelo muy bien arreglado y un traje
elegante, y que parecía muy sorprendido de ver el rostro estrecho
y augusto del Controlador de Sector mirándole fijamente desde la
pantalla Quedó aún mucho más sorprendido cuando el
Controlador pidió hablar con el Director de Área al momento.
—Por supuesto, Controlador.
Creo que Sir John acaba de llegar. Le paso con...
—Antes de eso —le interrumpió
el Controlador Borasus— dígame qué sabe de Granja Hexwood.
—¡Granja Hexwood! —el
ejecutivo júnior estaba perplejo—. Esto... ¿se refiere a
uno de nuestros centros de recuperación de información, Controlador?
Creo que uno de ellos se llama así, o algo parecido.
—¿Conoce a un capataz
de Mantenimiento llamado W. Madden?— preguntó el Controlador.
—Personalmente no, Controlador
—dijo el ejecutivo júnior. Estaba claro que si cualquiera otro le
hubiese formulado esa pregunta, el ejecutivo se habría mostrado
desdeñoso con toda seguridad, pero en ese caso dijo con cautela—:
Mantenimiento, un espléndido cuerpo. Hacen un trabajo excelente,
se ocupan de toda la maquinaria y de los suministros en otros mundos, pero
tenga en cuenta, señor Controlador, que entro al trabajo varias
horas después de que...
—Póngame con Sir John
—suspiró el Controlador.
Sir John Bedford estaba tan
sorprendido como su subalterno. Y en cuanto el Controlador Borasus le formuló
unas pocas preguntas, el terror comenzó a aparecer lentamente en
el saludable rostro de empresario de Sir John.
—No se considera que Granja
Hexwood sea muy importante —dijo con inquietud— allí sólo
hay archivos y registros históricos. Bien es cierto que ello implica
que allí se custodie un número de documentos clasificados,
entre ellos los primeros informes sobre los motivos para mantener la Organización
de los Líderes en secreto aquí en la Tierra, los datos sobre
la llegada de la población terráquea hasta aquí en
calidad de presos deportados y rebeldes exiliados, y cosas así.
Creo que también hay una cierta cantidad de máquinas obsoletas
allí almacenadas, pero no me imagino cómo un empleado puede
haber podido manejar una. Hemos investigado a ese empleado concreto y no
es gran cosa, sólo se le ha proporcionado una información
de Nivel K...
—¿Y qué quiere
decir Nivel K? —preguntó el Controlador Borasus.
—Significa que se le ha dicho
que Leader Hexwood International es una compañía intergaláctica
—explicó Sir John— pero eso debería ser todo. Probablemente
sepa menos que los de Mantenimiento, que también tienen Nivel K.
En Mantenimiento van enterándose de alguna que otra cosilla en el
transcurso de sus tareas, es algo inevitable, ya que visitan todas las
instalaciones secretas una vez al mes para verificar que todo está
en funcionamiento y para aprovisionar de alimentos las cámaras estat.
Sospecho que algunos de ellos saben bastante más de lo que se les
ha contado, pero se ha verificado cuidadosamente su lealtad. Ninguno de
ellos gastaría una broma como esa.
El Controlador Borasus estimó
que Sir John estaba intentando echar balones fuera... justo lo que se podía
esperar de la gente de un rincón tan atrasado como la Tierra.
—¿Entonces cuál
cree que es la explicación?
—Ojalá lo supiera —dijo
el Director de la Tierra—. Es curioso, tengo dos quejas de esta mañana
sobre mi mesa. Una es de un ejecutivo de Leader Hexwood Japón, que
dice que Granja Hexwood no responde a sus repetidas solicitudes de datos.
La otra es de nuestra sucursal en Bruselas, que espera saber por qué
Mantenimiento aún no ha pasado a revisar su central energética—.
Miró fijamente al Controlador, quien le devolvió la mirada.
Ambos parecían estar esperando a que el otro se explicase—. Ese
capataz debería haberme informado— dijo por fin Sir John, con un
tono ciertamente acusador.
En Controlador Borasus suspiró:
—¿Pero qué es
esta máquina sellada que al parecer estaba guardada en su centro
de recuperación de datos?
A Sir John le llevó
cinco minutos descubrirlo. «¡Menudo mundo de vagos!»,
pensó el Controlador, que mientras esperaba tamborileaba con los
dedos sobre el borde de la consola. Su secretario se quedó sentado,
sin atreverse a ponerse con ningún otro asunto. Finalmente, Sir
John volvió a aparecer en pantalla:
—Siento mucho haber tardado
tanto, todo lo que tiene sellos de los Líderes está protegido
bajo un código de alta seguridad. Resulta que hay cuarenta máquinas
antiguas almacenadas en esa biblioteca, y esta en concreto figura en la
lista simplemente como «Un Bannus», Controlador. Eso es todo
lo que dice, pero tiene que ser esa, el resto de las máquinas con
sellos de los Líderes son tumbas estat. Supongo que tendrán
más datos sobre ese Bannus en los archivos de Albión, Controlador,
y usted dispone de un código de seguridad mayor que...
—Muchas gracias —dijo el Controlador
Borasus con brusquedad. Cortó la conexión y se dirigió
a su secretario—. Descúbralo, Giraldus.
El secretario ya estaba en
ello. Sus dedos volaban, y subvocalizaba códigos y directivas en
un flujo continuo. Los símbolos se sucedían, desaparecían,
parpadeaban, saltaban de una pantalla a otra donde se fundían con
otros símbolos y saltaban de vuelta para acceder a la pantalla principal
desde
cuatro direcciones a la vez. Tras sólo un minuto, Giraldus dijo:
—Aquí también
está clasificado como de máxima seguridad, señor.
El código de su Llave aparecerá en su pantalla... ahora.
«Gracias al Equilibrio,
un poco de eficiencia», musitó el Controlador. Tomó
la Llave que llevaba al cuello, colgada de la cadena oficial de Controlador,
y la insertó en una ranura poco usada que había en un lateral
de su consola. La señal del código desapareció de
la pantalla para ser reemplazada por palabras. El secretario no las miró,
por supuesto, pero pudo ver que en la pantalla sólo habían
aparecido un par de líneas, y que el Controlador reaccionó
con bastante consternación.
—No es que sea de mucha ayuda
—murmuró Borasus, acercándose a la pantalla y contrastando
la línea de símbolos que aparecía tras las palabras
con el manual que tenía en una pantalla más pequeña—.
Hmmm. Giraldus —le dijo a su secretario.
—¿Sí, señor?
—Esto es algo imprescindible
de saber, y ya que mañana voy a estar ausente va a ser mejor que
se lo explique. Ese tal W. Madden parece saber de qué está
hablando. Un Bannus es alguna clase de sistema de toma de decisiones arcaico
que utiliza un campo thetaespacial para proporcionar escenarios de acción
real sobre cualquier conjunto de hechos y personas que se le introduzcan
en memoria. Representa pequeñas obras teatrales hasta que el usuario
encuentra la adecuada y le ordena que pare.
Giraldus rió:
—¿Quiere decir que ese
empleado y el equipo de Mantenimiento llevan todo un mes jugando al fútbol?
—No es cosa de risa —el controlador
Borasus sacó nerviosamente la Llave de la ranura—. El segundo símbolo
del código es el de extremo peligro.
—Oh —Giraldus dejó de
reír—. Pero señor, creía que el thetaespacio...
—...¿Era tan sólo
uno de los nuevos juguetitos de los mundos centrales?—. El Controlador
terminó la frase por él—. Yo pensaba lo mismo, pero parece
que alguien ya lo conocía hace tiempo—. Sintió un leve estremecimiento—.
Si no recuerdo mal, el peligro del thetaespacio es que puede expandirse
de forma indefinida si no se controla. Y yo soy el Controlador— añadió
con una risa nerviosa—. Y tengo la Llave—. Bajó la vista hacia la
Llave que llevaba colgada la cadena—. Es posible que la Llave sirva para
esto—. Recobró la compostura y se puso en pie—. Está claro
que no tiene sentido confiar en el idiota de Bedford. Va a ser algo extremadamente
inconveniente, pero será mejor que me acerque a la Tierra ahora
mismo y apague esa maldita máquina. Haga el favor de notificárselo
a América, dígales que cogeré el avión en Londres
al volver de Hexwood.
—Sí, señor —Giraldus
tomó notas mientras murmuraba—: Atuendo oficial, billetes de avión,
pasaporte, documentación terrestre estándar... ¿Por
qué me lo ha contado, señor?— preguntó mientras se
daba la vuelta para conmutar unos interruptores—. ¿Para que les
diga que ha ido a ocuparse de una máquina clasificada y que puede
llegar al congreso con algo de retraso?
—¡No, en absoluto! —dijo
Borasus—. No se lo diga a nadie, invéntese cualquier otra excusa.
Necesita saberlo por si Mundonatal se pusiese en contacto con usted durante
mi ausencia. El primer símbolo significa que tengo que enviar un
informe de máxima prioridad a la Casa del Equilibrio.
Giraldus era un hombre pálido
y narigudo, pero esta revelación le hizo adquirir un curioso tono
amarillento.
—¿A los Líderes?
—susurró con aspecto buitre alarmado.
El Controlador Borasus se percató
de que se estaba aferrando a la Llave como si fuera su tabla de salvación:
—Sí —dijo intentando
transmitir firmeza y confianza en sí mismo— cualquier cosa que tenga
ver con esta máquina tiene que llegar directamente hasta los mismísimos
Líderes. No se preocupe, es imposible que nadie le culpe de nada.
«Pero sí que pueden
culparme a mí», pensó Borasus mientras utilizaba la
Llave para activar el enlace privado de emergencia con Mundonatal, un enlace
que ningún Controlador de Sector utilizaba si podía evitarlo.
«Sea lo que sea, ha ocurrido en mi Sector». La pantalla de
emergencia parpadeó y se iluminó con el símbolo del
Equilibrio, lo que indicaba que el informe ya estaba en camino hacia el
corazón de la galaxia, hacia ese mundo casi legendario que se suponía
era el mundo natal de la raza humana, un mundo del que se decía
que hasta sus habitantes más corrientes gozaban de dones que los
habitantes de los mundos coloniales apenas podían imaginar. Ya no
estaba en sus manos.
Se apartó de la consola
tragando saliva. Se suponía que había cinco Líderes,
y Borasus albergaba unos pensamientos preocupantes y contradictorios sobre
ellos. Por una parte, creía de un modo rayano en el misticismo en
estos cinco seres distantes que controlaban el Equilibrio e infundían
orden en la Organización. Pero por otra parte, como solía
decir con sequedad a los miembros de la Organización que dudaban
de la existencia de los Líderes, tenía que haber alguien
a los mandos de un conglomerado tan vasto, y tanto si eran cinco como si
eran más o menos, a estos Altos Controladores no les gustaban las
pifias, y deseaba con toda su alma que este asunto del Bannus no les pareciese
una pifia. Eso sí, en lo que no creía categóricamente
-o eso se decía a sí mismo- era en todas esas historias sobre
el Siervo de los Líderes.
Se decía que cuando
los Líderes estaban disgustados tenían propensión
a enviar a su Siervo, que tenía una calavera por rostro, siempre
vestía de escarlata y llegaba en silencio desde las estrellas para
encargarse del culpable. Se decía que podía matar con un
simple toque de su gélido dedo, e incluso a distancia con el mero
poder de su mente. Ocultar tu falta no servía de nada, ya que el
Siervo podía leer las mentes, y por muy lejos que huyeses y por
muchas barreras que interpusieses entre el Siervo y tú, él
podía detectarte y aproximarse sigilosamente superando cualquier
obstáculo que pusieses en su camino. No podías matarle porque
desviaba todas las armas, y nunca se apartaría de una misión
que le hubiesen encomendado los Líderes.
No, el Controlador Borasus
no creía en el Siervo, aunque tenía que admitir que en la
Oficina Principal de Albión recibían con bastante frecuencia
concisos informes que anunciaban que el ejecutivo tal o el subcónsul
cual había abandonado la Organización. No, esos informes
eran algo distinto. El Siervo era tan sólo una leyenda.
«Pero me va a tocar pagar
el pato», pensó Borasus mientras se aprestaba a preparar su
partida a la Tierra, y sintió un escalofrío, como si una
sombra de color rojo sangre y con pies esqueléticos hubiese caminado
sigilosamente sobre su tumba.
*2*
El muchacho caminaba por un
bosque hermoso, abierto y soleado. Todas las hojas eran pequeñas
y de color verde claro, apenas unos brotes. Avanzaba por un camino embarrado
que estaba rodeado de hierba densa, hojas y arbustos.
Y eso era todo lo que sabía.
Se fijó en un arbolito
cubierto de etéreas flores de color rosa que había más
adelante. Luego miró más allá, y aunque todos los
árboles eran bastante pequeños y la vegetación parecía
poco espesa, lo único que podía ver era bosque en todas direcciones.
No sabía dónde se encontraba, y luego se dio cuenta de que
no sabía qué otra clase de lugares podrían existir.
Tampoco sabía cómo había llegado al bosque en primer
lugar. Y, después de eso, cayó en la cuenta de que no sabía
quién era, o qué era, ni por qué estaba allí.
Se miró a sí
mismo. Parecía bastante pequeño, incluso más pequeño
de lo que esperaba, y estaba delgaducho. Por lo que pudo ver, llevaba ropas
de un desvaído color azul violáceo. Se preguntó de
qué estaría hecha su ropa, y qué era lo que mantenía
sujetos los zapatos.
—Hay algo que no cuadra en
este bosque —dijo— va a ser mejor que dé la vuelta e intente encontrar
la salida.
Dio la vuelta por el camino
embarrado, y la luz del sol creó un reflejo plateado en la otra
dirección. El verde de las hojas se reflejaba de forma absurda sobre
la piel de una criatura alta, plateada y con forma humanoide que caminaba
pausadamente hacia él. Pero no se trataba de un ser humano: su cara
era plateada, al igual que sus manos, y eso no cuadraba. El muchacho echó
un rápido vistazo a sus propias manos para asegurarse, y vio que
eran de un color blanco amarronado. Se trataba de alguna clase de monstruo.
Por fortuna, había una rama cubierta de verdes hojas entre él
y los ojos rojizos del monstruo, que al parecer no le había visto
aún. El muchacho giró en redondo y avanzó en silencio
y con cuidado de vuelta por donde había venido.
Corrió deprisa hasta
perder de vista aquella cosa plateada, y luego se detuvo jadeando junto
a una maraña de brezo seco e hierba blancuzca, preguntándose
qué sería lo mejor que podía hacer. La criatura plateada
caminaba pesadamente, y era probable que necesitase del camino marcado
para avanzar. Por tanto, la mejor idea era salir del camino: así,
si intentaba perseguirle, se enredaría sus pesados pies.
Salió del camino y se
internó entre la hierba seca, provocando una cantidad considerable
de crujidos al pisar. Permaneció quieto, cauteloso, cubierto hasta
los tobillos de materia muerta, escuchando los crujidos que se oían
por toda la zona.
«¡No, es algo peor!»,
pensó el muchacho. Algunas zarzas secas próximas al centro
de ese terreno estaban alzándose. Una cabeza escamosa, alargada
y de un color marrón claro estaba emergiendo, deslizándose
entre ellas. Una pata escamosa con largas garras avanzó pisando
la hierba a un lado de la cabeza, y al otro lado de la misma apareció
otra pata. La cosa se movía con calma y determinación hacia
él. El muchacho pudo ver el cuerpo del ser (¿Sería
un cocodrilo? ¿O tal vez un dragón?), que tendría
unos siete metros de largo y se arrastraba a través de la pálida
hierba tras la escamosa cabeza. Dos ojillos situados cerca de la parte
superior de la cabeza se clavaron sobre él. El ser abrió
la boca, cuyo interior era negro y estaba repleto de dientes, y de la cual
salía un apestoso aliento.
El muchacho no se paró
a pensar. A sus pies había una rama seca cubierta de maleza y semienterrada
entre la hierba. Se agachó y tiró de ella con fuerza, y al
arrancarla arrastró algunas raíces. La rama se caía
a trozos y olía a hongos. La introdujo en la boca abierta del animal,
que intentó cerrar sus fauces sobre ella pero sólo pudo lograrlo
a medias. El muchacho dio la vuelta y corrió a más no poder.
No tenía ni idea de adónde se dirigía, sólo
sabía que debía poner mucho cuidado en seguir el camino embarrado.
Tomó una curva a toda
velocidad y se dio de bruces contra la criatura plateada, produciendo un
sonido metálico. La criatura se balanceó y extendió
una mano plateada para apartarle.
—¡Cuidado! —dijo con
una voz potente y átona.
—¡Por ahí detrás
viene arrastrándose una cosa con una bocaza enorme! —dijo el muchacho
frenético.
—¿Todavía? —preguntó
la criatura plateada—. Debería estar muerto. Aunque, visto que eres
bastante joven en este momento, puede que aún tengamos que matarle.
El muchacho no entendía
nada. Dio un paso atrás y contempló a aquel ser plateado.
Parecía estar hecho de un metal maleable sobre una estructura con
forma humana. Podía apreciar que el metal cobraba relieve cuando
la criatura se movía, como si tuviera cables en flexión y
extensión. Su cara estaba construida de la misma forma, y parecía
tensarse al hablar... salvo los ojos rojizos, que permanecían fijos.
Su voz semejaba provenir de un orificio que tenía bajo la barbilla.
Al mirarlo con más atención, pudo comprobar que no era totalmente
plateado, había puntos en que la piel metálica estaba reparada,
y estos arreglos estaban disimulados con largas tiras blancas y negras
dispuestas a lo largo de las piernas plateadas, alrededor de la cintura
plateada y por la parte exterior de sus relucientes brazos.
—¿Qué eres? —preguntó
el muchacho.
—Soy Yam —dijo el ser— uno
de los primeros robots de Yamaha, de la serie nueve, los mejores que se
hayan fabricado nunca— añadió con un toque de orgullo en
su voz átona—. Valgo mucho —hizo una pausa y añadió—.
Si no sabías eso, ¿qué más cosas desconoces?
—No sé nada —dijo el
muchacho—. ¿Y qué soy yo?
—Tú eres Hume —dijo
Yam— que es una abreviatura de «humano», que es lo que eres.
—Oh —dijo el muchacho. Descubrió
que, si se movía un poco, podía verse reflejado en la brillante
parte frontal del robot. Su pelo era más o menos claro, más
o menos largo, y parecía moverse con ligereza y entusiasmo. Llevaba
una ropa azul violácea bastante ajustada a su delgado cuerpo que
le cubría desde el cuello hasta los tobillos, y tenía un
bolsillo en cada manga pero ninguna marca. «Hume», pensó.
No estaba seguro de que ese fuese su nombre. Y deseaba que su cara no fuese
como el reflejo que podía ver en la curvada parte frontal del robot.
¿O sería que las mejillas de la gente sobresalían
de verdad de aquella forma? Alzó la vista hacia el rostro plateado
de Yam. El robot debía medir unos 60 centímetros más
que él.
—¿Cómo lo sabes?
—Dispongo de un cerebro revolucionario,
y eso que mi memoria aún no está llena —respondió
Yam—. Por eso dejaron de fabricar mi serie, durábamos demasiado...
—Sí, pero... —dijo Hume
(al menos así creía llamarse el muchacho)— lo que quería...
—Tenemos que salir de esta
parte del bosque —dijo Yam—. Si el reptil está vivo, estamos en
un momento erróneo y tenemos que probar otra vez.
Hume pensó que era buena
idea. No quería estar para nada cerca de la cosa escamosa de la
boca grande. Yam giró en redondo sobre su eje y comenzó a
caminar a zancadas de regreso por el camino. Hume apuró el paso
para seguirle el ritmo.
—¿Qué es lo que
tenemos que probar otra vez?—preguntó Hume.
—Encontrar otro camino —dijo
Yam.
—¿Y por qué estamos
juntos? —preguntó Hume, intentando comprender algo—. ¿Nos
conocemos? ¿Te pertenezco o algo así?
—Estrictamente hablando, son
los humanos quienes poseen a los robots —dijo Yam—. Pero esas son preguntas
de difícil respuesta. Nunca has pagado nada por mí, pero
estoy programado para no abandonarte, lo que me hace pensar que necesitas
ayuda.
Hume pasó al trote cerca
de un matorral cuajado de aquellas etéreas flores de color rosa,
que se reflejaban vertiginosamente sobre todo el cuerpo de Yam. Hume volvió
a preguntar:
—¿Nos conocemos? ¿Nos
hemos encontrado antes?
—Muchas veces —dijo Yam.
Era una respuesta alentadora,
pero lo era todavía más que el camino se bifurcase tras los
árboles de color rosa. Yam se detuvo de forma tan repentina que
Hume pasó de largo, y tuvo que mirar hacia atrás para ver
que Yam señalaba con un dedo plateado hacia el camino de la izquierda.
—Este bosque es como la memoria
humana —le dijo Yam— no necesita que los hechos ocurran en el orden correcto.
¿Quieres que nos desplacemos a un momento anterior y empecemos desde
allí?
—¿Así entendería
más cosas?
—Quizá —dijo Yam— puede
que incluso los dos entendiésemos más cosas.
—Entonces merece la pena intentarlo
—afirmó Hume.
Y ambos se encaminaron juntos
hacia la desviación de la izquierda.
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