“No sé si recuerdan
ustedes que hubo un tiempo en nuestras televisiones en el que ver una serie
británica era, automáticamente y con razón, motivo
de calidad. Eso fue antes de las comedias de situación españolas
hechas a la usanza de las americanas, calcando sus postulados de
manera descarada (pero anunciando sin rubor “Eh, chaval, ¿estás
tonto o qué? Aquí estamos en España, hacemos las cosas
de otro modo. No decimos caracoles…”). Pero al contrario que las
series americanas, donde lo predecible y la fórmula suele ser el
pan nuestro de cada día, las series británicas siempre se
han caracterizado por no necesitar “adaptar” sus planteamientos, como hacemos
aquí, y por contar con una visión muy particular del medio
y de las historias, del sentido de la ironía, de los diálogos,
y de eso que se ha dado en llamar el fou o el nonsense. “Red Dwarf”
(popularizada entre nosotros como El enano rojo, aunque uno ya ha dado
por imposible el aclarar que no hay enanitos colorados a bordo de la nave,
y que en cualquier caso se está haciendo un chiste a costa de los
tipos de estrellas) es capaz de aunar la sitcom de media hora (o sea, los
chistes, retruécanos, equívocos y disparates que nos hacen
reírnos a todos) con unos argumentos inteligentes y sólidos,
pura ciencia ficción sarcástica. No es de extrañar
que muchos digan que, aparte del humor, “Red Dwarf” sea la serie de ciencia
ficción hard por excelencia.”
Rafael Marín.
***
Los dos Rimmers, vestidos con
chándales idénticos, saltaban, batiendo los brazos simultáneamente
al compás de la música y animándose con gritos el
uno a otro.
— ¡Vamos, mantén
el ritmo!
— ¡Tú también!
Aterrizaban, agachados como
sapos, y se elevaban de nuevo.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
Los dos Rimmers estaban solos
a bordo del Enano Rojo.
Lister, Kryten, el Gato y doce
skutters se habían marchado en el Enano Azul, cargado con equipo
de excavación de superficies, en busca de los depósitos de
torio de la negra luna desértica que se extendía ante sus
pies. Los dos Rimmers debían quedarse en la nave para supervisar
a los ochenta y cuatro skutters restantes que realizaban la soldadura de
las dos mitades de la Nova 5. Tenían que vigilar la restauración
de la nave, para hacerla capaz de volver al espacio.
¡Estaban al mando!
A cargo de la operación
principal, un desafío de la ingeniería. ¡Y estaban
al mando!
Holly había estimado
que la operación tardaría dos meses en completarse, como
mínimo. Pues bien, los dos Rimmers lo harían en la mitad
de tiempo, lo habían decidido. No, en un cuarto de ese tiempo. ¡Bajo
la excelente gestión de dos Arnolds J., esos skutters iban a mover
sus pinzas de verdad! Esa nave estaría lista de la noche a la mañana.
Estaría lista, nueva y reluciente, para cuando Lister regresara
con su botín de uranio. Imagina su estúpida cara de cerdo,
incapaz casi de disimular su admiración.
—Tengo que admitir — diría
—que formáis un gran equipo.
Mientras tanto estarían
poniéndose en forma, preparándose para el auténtico
calvario que les esperaba. Estaban en el día uno del nuevo régimen.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
—Y… ¡descansa!
El Rimmer original se desplomó
en el suelo.
— ¡No, sigue saltando!
— gritó el doble, sacando fuerzas renovadas de su propia flaqueza.
Con la cara roja, Rimmer comenzó de nuevo.
—Tienes razón — gritó
— sigamos. Más allá de la barrera de dolor.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
—Y… ¡descansa! — dijo
Rimmer de nuevo.
— ¿Qué estás
haciendo, tío? — bramó su copia, aún saltando.
—Estoy descansando. Todo se
vuelve gris.
—Ésa es la barrera del
dolor, ¡véncela!
— ¡Por supuesto!
Comenzó a saltar de
nuevo.
— ¡Arriba, arriba, arriba!
— ¡Más, más,
más!
— ¡Salta, salta, salta!
— ¡Estira, estira, estira!
— ¿Descansa, descansa,
descansa? — suplicó Rimmer.
— ¡No, no, no! — insistió
el doble.
Siguieron saltando durante
un minuto más, sin aliento para poder hablar.
— ¡Y… descansa! — susurró
el doble por fin.
Rimmer aterrizó en el
suelo y sus piernas flaquearon. Se tambaleó hacia atrás en
dirección a la litera y cayó de rodillas. Las glándulas
al final de su garganta estaban produciendo saliva en cantidades industriales.
—Por todos los astronavegadores
— balbuceó —, ese poquito extra, eso es lo que importa. Atravesar
la barrera del dolor, llegar al borde de la inconsciencia.
—Me… debes… siete — dijo el
doble a gatas, resollando como un gaitero octogenario con bronquitis.
— ¿Qué? — soltó
Rimmer, con la cara bastante amarilla.
—Hice… hice siete flexiones
más… mientras estabas… descansando.
—Vamos. No vamos a contar esas
flexiones, ¿no? Total, ¿qué son un par de flexiones
entre duplicados?
—Es por… tu propio bien. Estoy…
siete flexiones más en forma… que tú. No podemos… dejar que
eso pase, ¿verdad?
—Será lo primero que
haga por la mañana, mientras estés dormido.
— ¡Ahora! — chilló
el doble.
Rimmer se alzó sobre
sus temblorosas piernas blancas y comenzó a saltar de nuevo.
—Una… — contó —dos…
tres…
—Eso no fue una completa, más
bien media.
—Tres y media… — contó.
—Ésa tampoco fue una
entera; llevas tres.
— ¡Cuatro!
Rimmer se levantó a
quince centímetros del suelo.
— ¡Tres y un octavo!
— corrigió el doble.
— ¡Cuatro y un octavo!
—Tres y medio — fue el veredicto.
Al final, tras veinticinco
flexiones, el duplicado de Rimmer consideró que había hecho
siete.
—Has visto — dijo el doble
—, esto es trabajo de equipo. Yo te guío y animo…
—Y yo te guío y animo
— jadeó Rimmer. Y entonces vomitó.
—Está bien — se frotó
las manos el doble —. ¿A qué hora nos levantamos?
—Esa una buena pregunta. Pronto.
Muy pronto. ¿A las ocho y media?
— ¿Cómo? ¿Y
perder la mitad del día? ¿Qué tal a las siete? — preguntó
el doble.
— ¿Qué tal a
las seis? — le superó Rimmer.
— No. ¡A las cuatro y
media!
— ¿A las cuatro y media?
¡Si eso es noche cerrada!
—Queremos que este listo para
mañana, ¿no es cierto?
—Sí, pero a las cuatro
y media… — se quejó Rimmer —¡Es ridículo!
— ¿Por qué es
ridículo? ¿Crees que Napoleón, en la víspera
de la batalla de Borodino, dijo: «Despiértame mañana
a las nueve con dos huevos fritos y una tostada de soldados».
—Tienes toda la razón,
Rey.
Rimmer activó por voz
el despertador digital y se subió a su nueva litera.
— ¿Qué estás
haciendo? —El doble le miró sospechosamente.
—Me voy a la cama, As.
—Son sólo las dos de
la mañana, tenemos que repasar las técnicas de soldadura.
—Pero si nos vamos a despertar
en un minuto — dijo Rimmer con cierto patetismo en su voz.
—Tú repasas la metalurgia
y el tiratrón en los sistemas de control del calor y yo repasaré
la soldadura de magnesio y las técnicas de soldadura química.
Después nos preguntaremos el uno al otro y el que falle más
que el otro tendrá que hacer cien saltos más antes de levantarse.
—Una vez más, Arn, odio
reconocerlo, pero estás en lo cierto.
Los dos Rimmers se fueron a
la cama a las 3:37 de la mañana y se despertaron cincuenta y tres
minutos después para comenzar sus ejercicios matinales.
***
Lister cambió de
la primera a la quinta marcha y el Enano Azul se tambaleó como un
borracho sobre el desierto negro sin aire de una luna sin nombre. Los vientos
de helio azotaban la arena, convirtiéndola en espirales que se retorcían
en el seco paisaje sin formas como una caja de peonzas infantiles.
Lister aterrizó el artefacto
minero con la gracia natural de un elefante suicida cayendo de la Torre
Eiffel.
—Buen aterrizaje, tronco —
dijo el Gato, intentando abrirse paso entre la pila de armarios que se
habían desplomado sobre él.
Lister le lanzó al Gato
un traje espacial.
—Póntelo.
El Gato miró al viejo
y sucio traje espacial plateado con desdén.
— ¿Estás de broma?
No usaría esto ni para pulir mis zapatos.
Lister se introdujo en el suyo.
—Póntelo.
— ¿De verdad quieres
hacerme creer que estas hombreras se llevaron alguna vez?
—Póntelo.
El Gato sostenía el
traje a la altura de los hombros.
—Bueno, quizá si ensancho
las solapas, coloco un par de aberturas, quizá algunas lentejuelas
en las piernas…
—Vamos a excavar — dijo Lister
—. Esto no es Fiebre del Sábado Noche, vamos a trabajar.
Kryten entró en la sala
procedente de la cocina del Enano Azul, sujetando una bandeja con los utensilios
del té y un plato con pastelitos.
—Creí que podríamos
tomar un té — dijo, colocando las tazas sobre los platillos.
— ¡Vamos a excavar!
Lister lanzó el guante
de su traje espacial contra la pared.
— ¿Leche o limón?
— dijo Kryten sonriendo.
— ¡Estás a cargo
del procesamiento! No puedo hacerlo todo yo solo.
—Yo tomaré leche — dijo
el Gato.
— ¿Es que nadie me está
escuchando? Vamos a excavar en una mina de torio. La atmósfera de
ahí fuera es de helio. Va a ser duro y va a ser peligroso.
—Con más razón
— dijo Kryten — debe meterse en el cuerpo una buena taza de té caliente.
Lister infló las mejillas
y expulsó el aire. Arqueó la espalda por encima de la luz
naranja y verde parpadeante del ordenador rastreador, que emitía
pitidos con una regularidad fastidiosa mientras procesaba ejemplos de suelo
en busca de la veta principal.
—Holly, ¿hemos encontrado
el depósito?
—No — dijo Holly —. Debo darle
otros veinticinco glimbarts.
— ¿Qué es un
glimbart?
—Son cincuenta nanoteks.
—Estás ocultándome
la verdad, ¿no?
—No — protestó Holly
débilmente.
— ¿Dónde está,
entonces?
—No lo sé — confesó.
—Creía que tenías
un coeficiente intelectual de seis mil.
—Seis mil no es tanto como
crees — dijo Holly, apenado —, es sólo el mismo coeficiente intelectual
que el de doce mil profesores de educación física juntos.
—Hey — dijo el Gato, ondeando
el plato de los pasteles —, ¿hay más de estos rosas?
—Marchando — dijo Kryten.
Lister se golpeó la
cabeza suavemente contra la pantalla del ordenador rastreador y deseó,
y no por primera vez, que un esperma distinto hubiera fertilizado el óvulo
de su madre.
***
Eran las 10:30 de la mañana
y Rimmer ya llevaba en pie unas seis horas. Estaba en el compartimiento
del muelle de carga, dando órdenes sin sentido a un grupo de skutters
que estaban utilizando la grúa voladiza, que izaba suavemente la
sección trasera de la Nova 5.
— ¡Un poco más
arriba! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Más!
La grúa balanceó
la enorme sección de la cola de manera que quedó suspendida
sobre la mitad frontal de la nave.
— ¡Alrededor! ¡Alrededor!
¡Balanceadla alrededor! — ordenaba Rimmer redundantemente —Balanceadla
alrededor, justo como lo estáis haciendo.
Era el tercer día del
agotador nuevo régimen que los dos Rimmers se habían obligado
a seguir. El horario quedo así:
Despertar a las 4:30. Ejercicios
hasta las 5. Supervisión de reparaciones, seguida de almuerzo a
las 9:30. Reunión de planificación a las 10. Tareas de supervisión
hasta la cena a la 1 de la tarde. Más supervisión hasta la
segunda cena a las 5. Lectura técnica hasta las 6 y supervisión
de reparaciones hasta la tercera cena a las 9. Después descanso
y recreo hasta la medianoche, seguidos de la cuarta cena y reunión
de planificación hasta el momento de irse a la cama a las 2.
Por algún motivo, el
nuevo régimen implicaba tener seis comidas holográficas al
día y sólo dos horas y media de sueño.
Rimmer estaba a punto de estallar.
El límite de su paciencia era prácticamente inexistente,
pero no iba a ser él el que dijera: «Dejémoslo ya».
Eso le haría parecer débil y sin carácter, como el
viejo Arnold J. Rimmer, no como el nuevo y poderoso ganador que era ahora.
Haría que su doble flaqueara antes.
Las enormes cadenas chirriaron
y crujieron cuando los skutters comenzaron a descender la cola para colocarla
de nuevo en la sección anterior.
Rimmer se frotó los
ojos, pensó en lo cansada que estaría su copia en este momento
y sintió que las fuerzas venían de nuevo a él.
— ¡Abajo — gritó
—¡Abajo! ¡Descendedla!
—Machote.
El duplicado de Rimmer cruzó
el marco de las compuertas del compartimiento de carga. Rimmer quedó
sorprendido al ver lo fresco y espabilado que parecía su doble.
¿Había hecho trampas? ¿Había estado durmiendo
en secreto en lugar de supervisar el inventario de suministros? Era totalmente
posible. Había estado fuera tres horas. Y, con franqueza, tenía
mucha mejor pinta de la que debería tener. ¿Pero cómo
iba a mentirle? Sería como engañarse a sí mismo. Un
momento, recordó Rimmer, yo hago trampas conmigo mismo.
—Machote — repitió el
doble —, lo estás haciendo mal. Debes rodear la sección trasera
con la sección delantera, en lugar de balancear la sección
trasera para que se encuentre con la delantera.
— ¿Qué diferencia
hay? — preguntó Rimmer ceñudo.
—Que si las soldas en esa posición,
la nave tendrá que despegar a la inversa.
Rimmer miró a su alrededor.
El doble tenía razón. La nave estaba apuntando hacia la dirección
errónea. ¿Cómo podría haber cometido un error
tan estúpido? Seguramente por el cansancio. Entonces, ¿cómo
se le ocurrió a su doble? Seguro que estaba tan cansado… a no ser
que… ¡Lo había hecho! ¡Había hecho trampas!
— ¡Deteneos! — gritaba
el doble a los dos skutters que manejaban la grúa —Subidla de nuevo
y balanceadla hacia el lugar de donde venía.
—Disculpa, esta zona es mi
responsabilidad.
— ¡Alrededor! Hacia donde
estaba antes. ¡Comenzad de nuevo!
— ¡Deteneos! — gritó
Rimmer.
La grúa dio una sacudida
y se detuvo. La enorme nave se balanceó en el aire colgada de su
arnés.
— ¡No, alrededor! — contraordenó
el doble —Tenemos que empezar de nuevo.
— ¡Deteneos!
— ¡Alrededor!
— ¿Qué estás
haciendo? ¡Es mi cometido! ¿Te importaría irte por
ahí a echarte otra siestecita?
— ¿Qué? — dijo
el doble, con la cara esbozando una media sonrisa que informaba de su mentira
—¡No he dormido a escondidas!
— ¿Ah, no? — se burló
Rimmer despectivamente y les gritó a los skutters que se detuvieran
de nuevo.
El peso de la nave que se balanceaba
desgarró las patas traseras de la grúa. La grúa chirrió
y se tambaleó; la nave se deshizo del arnés y se precipitó
tres metros y medio hacia el compartimiento de cargamento por debajo de
ella.
Los dos Rimmers miraban, paralizados,
como caía sobre el acero del suelo antes de descansar, con la cola
hacia arriba, magullada, pero estructuralmente ilesa.
La grúa cayó
despacio hacia adelante y se desplomó sobre la parte trasera de
la Nova 5, cortándola en dos piezas perfectas como un banana split.
***
Lister estaba sentado
en la cabina sellada de la excavadora, tamborileando impaciente con sus
dedos enguantados sobre el salpicadero. Después de cuatro días
de excavación exploratoria, habían encontrado por fin un
filón de torio y había cavado una zanja de dos metros de
profundidad por cuarenta y cinco centímetros de anchura, que se
extendía una longitud de veintisiete metros. Una vez que Lister
cavara suficiente en las losas de mineral bruto para llenar el vehículo
de transporte lunar de ocho ruedas (VTL), el Gato conduciría el
torio al laboratorio portátil, donde Kryten eliminaría la
tierra y arcilla sobrantes y empaquetaría el mineral limpio en envoltorios
sellados a bordo del Enano Azul, listos para ser transportados al Enano
Rojo para su refinamiento.
Al menos, ése era el
plan.
Pero había algunos problemas
en el procedimiento. Y Lister estaba experimentando uno de esos problemas
justo en ese momento, allí sentado en la excavadora en las profundidades
de una zanja con la carga completa, esperando que el Gato volviera con
el VTL. Llevaba esperando cerca de una hora. Golpeaba descorazonado a los
dados de pelo amarillos que colgaban del espejo y se preguntaba si sería
posible encontrar dos asistentes más incompetentes e inútiles
en el universo para ayudarle a excavar uranio. Jorge III y Brian Kidd eran
los únicos dos personajes que se le venían a la mente.
Había pasado el primer
día al completo enseñando al Gato cómo conducir el
VTL. Al principio se había negado incluso a escuchar las instrucciones
de Lister, hasta que el vehículo hubiera sido personalizado a su
gusto. Ahora estaba pintado de negro, con dos llamaradas emanando de las
ruedas, veinticuatro espejos, cristales tintados y la propia cara del Gato
pintada en el capó. Una vez que el vehículo estuvo a su gusto,
consiguió aprender las habilidades de conducción básicas
con bastante rapidez y, de hecho, ahora podía hacer derrapes y trompos
incluso cuando el vehículo estaba cargado con tres toneladas de
mineral.
El intercomunicador del salpicadero
se encendió en la excavadora de Lister. Lister pulsó el botón
de transmisión.
— ¿Dónde estabas?
Llevo intentando contactar contigo desde hace una hora.
Ffffzzzt…
—Estaba comiendo — dijo la
voz del Gato.
— ¿Comiendo? ¡Si
comimos hace dos horas!
Ffffzzzt…
—Pues comí otra vez
— dijo el Gato.
Éste era uno de los
mayores problemas de la misión. El Gato insistía en comer
a intervalos regulares durante todo el día. Cuando no estaba comiendo,
estaba echando una siesta. Se echaba siete u ocho siestas al día
lo que, defendía, era esencial: en caso contrario, no tendría
energía suficiente para el sueño real de la noche. Cuando
no estaba comiendo o echándose una siesta o durmiendo, estaba tomándose
las cosas con calma. Lister le había encontrado en numerosas ocasiones
a bordo del Enano Azul, escuchando música con los auriculares de
Lister y esnifando un libro. De la media de catorce horas de trabajo diario,
el Gato podía trabajar duro unos quince minutos. De manera que Lister
tenía que hacer mucho trabajo por su cuenta.
Kryten era genial. Una auténtica
bendición del cielo… Si todo lo que necesitases en la vida fuera
una bandeja de forma triangular de sándwiches de pepino sin corteza
y una taza de té al limón. Si, por el contrario, necesitabas
alguien que limpiara mineral de torio y lo empaquetara en envases sellados,
todo lo que obtenías era otra bandeja de forma triangular de sándwiches
de pepino sin corteza y una segunda taza de té al limón.
La recuperación de uranio no era trabajo para un mecanoide, seguía
repitiendo. Era importante y peligroso y no podía aceptar la responsabilidad;
y como ofrenda de paz, hizo otra bandeja de sándwiches.
Lister lo persuadió
al fin para que hiciera sólo el trabajo de limpieza. Un trabajo
de limpieza bastante extraño, pero trabajo de limpieza al fin y
al cabo. Y entonces accedió a hacerlo. Al finalizar el tercer día,
cuando Lister se pasó por el laboratorio portátil para ver
cómo iba el trabajo, se encontró una pila de mineral, sin
tocar, en los tanques de espera. Dentro estaba Kryten trabajando aún
en su primer cristal.
—Casi he terminado — dijo Kryten,
rociando el torio con una capa más de cera y puliéndolo para
una limpieza absoluta.
Lister había aporreado
la cabeza de Kryten con un trozo de mineral y le explicó lo importante
que era hacerlo un poquito más rápido. Desde entonces, no
se había preocupado en volver y comprobar el progreso del mecanoide.
Mientras tanto, el Gato se
había despertado de su última siesta.
Fffzzzt…
—He velto a la carga, colega
— se oyó la voz del Gato —¡Vamos a trabajar!
El VTL del Gato se elevó
por encima de una duna, aterrizó seis metros por delante de sus
ruedas delanteras, desafiando la suspensión y después retrocedió,
con el capó en el aire, mientras el Gato lo dirigía hacia
la zanja, realizaba una pirueta y lo hacía decansar en una nube
de polvo lunar negro, en paralelismo perfecto con la excavadora de Lister.
Fffzzzt…
—Soy una máquina — suspiró
el Gato, peinándose el tupé en el espejo retrovisor —. Cárgame.
Tengo otra siesta programada para dentro de un minuto.
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