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ficha enano rojo 2ºed.
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ENANO ROJO 2ª ed.
Grant Naylor

"Esta es una angustiosa llamada de socorro desde la nave espacial Enano Rojo. La tripulación murió a consecuencia de una fuga radioactiva. Los únicos supervivientes fueron David Lister, que estaba en animación suspendida cuando se produjo la catástrofe y su gata preñada, que quedó encerrada y a salvo, en la bodega. 
Revivido 3 millones de años más tarde, los únicos compañeros de Lister son un ser que evolucionó a partir de la gata y Arnold Rimmer, el holograma de uno de los componentes muertos de la tripulación."
Mi nombre es Holly y soy la computadora de a bordo. Mi coeficiente intelectual es de 6.000, equivalente al de 6.000 monitores de gimnasia. 
Fin del mensaje." 
Por fin en España una de las novelas más esperadas. Basada en la famosa serie homónima de la BBC, “Enano Rojo”, con más de 3 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, es una historia repleta de acción, humor y paradojas temporales.
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Enano Rojo: La Novela | Grant Naylor | Traducción: Eugenia Arrés López.
288 páginas | Rústica con solapas | Prólogo: Rafael Marín | Portada: Juan A. Gonzálvez.
15.95 euros 
ANTICIPO DE LECTURA
Prólogo y... algo más
“No sé si recuerdan ustedes que hubo un tiempo en nuestras televisiones en el que ver una serie británica era, automáticamente y con razón, motivo de calidad. Eso fue antes de las comedias de situación españolas hechas a la usanza de las americanas, calcando sus  postulados de manera descarada (pero anunciando sin rubor “Eh, chaval, ¿estás tonto o qué? Aquí estamos en España, hacemos las cosas de otro modo. No decimos caracoles…”).  Pero al contrario que las series americanas, donde lo predecible y la fórmula suele ser el pan nuestro de cada día, las series británicas siempre se han caracterizado por no necesitar “adaptar” sus planteamientos, como hacemos aquí, y por contar con una visión muy particular del medio y de las historias, del sentido de la ironía, de los diálogos, y de eso que se ha dado en  llamar el fou o el nonsense. “Red Dwarf” (popularizada entre nosotros como El enano rojo, aunque uno ya ha dado por imposible el aclarar que no hay enanitos colorados a bordo de la nave, y que en cualquier caso se está haciendo un chiste a costa de los tipos de estrellas) es capaz de aunar la sitcom de media hora (o sea, los chistes, retruécanos, equívocos y disparates que nos hacen reírnos a todos) con unos argumentos  inteligentes y sólidos, pura ciencia ficción sarcástica. No es de extrañar que muchos digan que, aparte del humor, “Red Dwarf” sea la serie de ciencia  ficción hard por excelencia.”
                                                                                                                                  Rafael Marín.

                                                                       ***

Los dos Rimmers, vestidos con chándales idénticos, saltaban, batiendo los brazos simultáneamente al compás de la música y animándose con gritos el uno a otro. 
— ¡Vamos, mantén el ritmo!
— ¡Tú también!
Aterrizaban, agachados como sapos, y se elevaban de nuevo.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
Los dos Rimmers estaban solos a bordo del Enano Rojo.
Lister, Kryten, el Gato y doce skutters se habían marchado en el Enano Azul, cargado con equipo de excavación de superficies, en busca de los depósitos de torio de la negra luna desértica que se extendía ante sus pies. Los dos Rimmers debían quedarse en la nave para supervisar a los ochenta y cuatro skutters restantes que realizaban la soldadura de las dos mitades de la Nova 5. Tenían que vigilar la restauración de la nave, para hacerla capaz de volver al espacio.
¡Estaban al mando!
A cargo de la operación principal, un desafío de la ingeniería. ¡Y estaban al mando!
Holly había estimado que la operación tardaría dos meses en completarse, como mínimo. Pues bien, los dos Rimmers lo harían en la mitad de tiempo, lo habían decidido. No, en un cuarto de ese tiempo. ¡Bajo la excelente gestión de dos Arnolds J., esos skutters iban a mover sus pinzas de verdad! Esa nave estaría lista de la noche a la mañana. Estaría lista, nueva y reluciente, para cuando Lister regresara con su botín de uranio. Imagina su estúpida cara de cerdo, incapaz casi de disimular su admiración.
—Tengo que admitir — diría —que formáis un gran equipo.
Mientras tanto estarían poniéndose en forma, preparándose para el auténtico calvario que les esperaba. Estaban en el día uno del nuevo régimen.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
—Y… ¡descansa!
El Rimmer original se desplomó en el suelo.
— ¡No, sigue saltando! — gritó el doble, sacando fuerzas renovadas de su propia flaqueza. Con la cara roja, Rimmer comenzó de nuevo.
—Tienes razón — gritó — sigamos. Más allá de la barrera de dolor.
— ¡Salta!
— ¡Estira!
— ¡Salta!
— ¡Estira!
—Y… ¡descansa! — dijo Rimmer de nuevo.
— ¿Qué estás haciendo, tío? — bramó su copia, aún saltando.
—Estoy descansando. Todo se vuelve gris.
—Ésa es la barrera del dolor, ¡véncela!
— ¡Por supuesto!
Comenzó a saltar de nuevo.
— ¡Arriba, arriba, arriba!
— ¡Más, más, más!
— ¡Salta, salta, salta!
— ¡Estira, estira, estira!
— ¿Descansa, descansa, descansa? — suplicó Rimmer.
— ¡No, no, no! — insistió el doble.
Siguieron saltando durante un minuto más, sin aliento para poder hablar.
— ¡Y… descansa! — susurró el doble por fin.
Rimmer aterrizó en el suelo y sus piernas flaquearon. Se tambaleó hacia atrás en dirección a la litera y cayó de rodillas. Las glándulas al final de su garganta estaban produciendo saliva en cantidades industriales.
—Por todos los astronavegadores — balbuceó —, ese poquito extra, eso es lo que importa. Atravesar la barrera del dolor, llegar al borde de la inconsciencia.
—Me… debes… siete — dijo el doble a gatas, resollando como un gaitero octogenario con bronquitis. 
— ¿Qué? — soltó Rimmer, con la cara bastante amarilla.
—Hice… hice siete flexiones más… mientras estabas… descansando.
—Vamos. No vamos a contar esas flexiones, ¿no? Total, ¿qué son un par de flexiones entre duplicados?
—Es por… tu propio bien. Estoy… siete flexiones más en forma… que tú. No podemos… dejar que eso pase, ¿verdad?
—Será lo primero que haga por la mañana, mientras estés dormido.
— ¡Ahora! — chilló el doble.
Rimmer se alzó sobre sus temblorosas piernas blancas y comenzó a saltar de nuevo.
—Una… — contó —dos… tres…
—Eso no fue una completa, más bien media.
—Tres y media… — contó.
—Ésa tampoco fue una entera; llevas tres.
— ¡Cuatro!
Rimmer se levantó a quince centímetros del suelo.
— ¡Tres y un octavo! — corrigió el doble.
— ¡Cuatro y un octavo!
—Tres y medio — fue el veredicto.
Al final, tras veinticinco flexiones, el duplicado de Rimmer consideró que había hecho siete.
—Has visto — dijo el doble —, esto es trabajo de equipo. Yo te guío y animo… 
—Y yo te guío y animo — jadeó Rimmer.  Y entonces vomitó.
—Está bien — se frotó las manos el doble —. ¿A qué hora nos levantamos?
—Esa una buena pregunta. Pronto. Muy pronto. ¿A las ocho y media?
— ¿Cómo? ¿Y perder la mitad del día? ¿Qué tal a las siete? — preguntó el doble.
— ¿Qué tal a las seis? — le superó Rimmer.
— No. ¡A las cuatro y media!
— ¿A las cuatro y media? ¡Si eso es noche cerrada!
—Queremos que este listo para mañana, ¿no es cierto?
—Sí, pero a las cuatro y media… — se quejó Rimmer —¡Es ridículo!
— ¿Por qué es ridículo? ¿Crees que Napoleón, en la víspera de la batalla de Borodino, dijo: «Despiértame mañana a las nueve con dos huevos fritos y una tostada de soldados».
—Tienes toda la razón, Rey.
Rimmer activó por voz el despertador digital y se subió a su nueva litera.
— ¿Qué estás haciendo? —El doble le miró sospechosamente.
—Me voy a la cama, As.
—Son sólo las dos de la mañana, tenemos que repasar las técnicas de soldadura.
—Pero si nos vamos a despertar en un minuto — dijo Rimmer con cierto patetismo en su voz.
—Tú repasas la metalurgia y el tiratrón en los sistemas de control del calor y yo repasaré la soldadura de magnesio y las técnicas de soldadura química. Después nos preguntaremos el uno al otro y el que falle más que el otro tendrá que hacer cien saltos más antes de levantarse.
—Una vez más, Arn, odio reconocerlo, pero estás en lo cierto.
Los dos Rimmers se fueron a la cama a las 3:37 de la mañana y se despertaron cincuenta y tres minutos después para comenzar sus ejercicios matinales. 
 

 ***

 Lister cambió de la primera a la quinta marcha y el Enano Azul se tambaleó como un borracho sobre el desierto negro sin aire de una luna sin nombre. Los vientos de helio azotaban la arena, convirtiéndola en espirales que se retorcían en el seco paisaje sin formas como una caja de peonzas infantiles.
Lister aterrizó el artefacto minero con la gracia natural de un elefante suicida cayendo de la Torre Eiffel.
—Buen aterrizaje, tronco — dijo el Gato, intentando abrirse paso entre la pila de armarios que se habían desplomado sobre él.
Lister le lanzó al Gato un traje espacial.
—Póntelo.
El Gato miró al viejo y sucio traje espacial plateado con desdén.
— ¿Estás de broma? No usaría esto ni para pulir mis zapatos.
Lister se introdujo en el suyo.
—Póntelo.
— ¿De verdad quieres hacerme creer que estas hombreras se llevaron alguna vez?
—Póntelo.
El Gato sostenía el traje a la altura de los hombros.
—Bueno, quizá si ensancho las solapas, coloco un par de aberturas, quizá algunas lentejuelas en las piernas…
—Vamos a excavar — dijo Lister —. Esto no es Fiebre del Sábado Noche, vamos a trabajar.
Kryten entró en la sala procedente de la cocina del Enano Azul, sujetando una bandeja con los utensilios del té y un plato con pastelitos. 
—Creí que podríamos tomar un té — dijo, colocando las tazas sobre los platillos.
— ¡Vamos a excavar!
Lister lanzó el guante de su traje espacial contra la pared.
— ¿Leche o limón? — dijo Kryten sonriendo.
— ¡Estás a cargo del procesamiento! No puedo hacerlo todo yo solo.
—Yo tomaré leche — dijo el Gato.
— ¿Es que nadie me está escuchando? Vamos a excavar en una mina de torio. La atmósfera de ahí fuera es de helio. Va a ser duro y va a ser peligroso.
—Con más razón — dijo Kryten — debe meterse en el cuerpo una buena taza de té caliente.
Lister infló las mejillas y expulsó el aire. Arqueó la espalda por encima de la luz naranja y verde parpadeante del ordenador rastreador, que emitía pitidos con una regularidad fastidiosa mientras procesaba ejemplos de suelo en busca de la veta principal.
—Holly, ¿hemos encontrado el depósito?
—No — dijo Holly —. Debo darle otros veinticinco glimbarts.
— ¿Qué es un glimbart?
—Son cincuenta nanoteks.
—Estás ocultándome la verdad, ¿no?
—No — protestó Holly débilmente.
— ¿Dónde está, entonces?
—No lo sé — confesó.
—Creía que tenías un coeficiente intelectual de seis mil.
—Seis mil no es tanto como crees — dijo Holly, apenado —, es sólo el mismo coeficiente intelectual que el de doce mil profesores de educación física juntos.
—Hey — dijo el Gato, ondeando el plato de los pasteles —, ¿hay más de estos rosas?
—Marchando — dijo Kryten.
Lister se golpeó la cabeza suavemente contra la pantalla del ordenador rastreador y deseó, y no por primera vez, que un esperma distinto hubiera fertilizado el óvulo de su madre.

***

 Eran las 10:30 de la mañana y Rimmer ya llevaba en pie unas seis horas. Estaba en el compartimiento del muelle de carga, dando órdenes sin sentido a un grupo de skutters que estaban utilizando la grúa voladiza, que izaba suavemente la sección trasera de la Nova 5.
— ¡Un poco más arriba! ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Más! 
La grúa balanceó la enorme sección de la cola de manera que quedó suspendida sobre la mitad frontal de la nave.
— ¡Alrededor! ¡Alrededor! ¡Balanceadla alrededor! — ordenaba Rimmer redundantemente —Balanceadla alrededor, justo como lo estáis haciendo.
Era el tercer día del agotador nuevo régimen que los dos Rimmers se habían obligado a seguir. El horario quedo así:
Despertar a las 4:30. Ejercicios hasta las 5. Supervisión de reparaciones, seguida de almuerzo a las 9:30. Reunión de planificación a las 10. Tareas de supervisión hasta la cena a la 1 de la tarde. Más supervisión hasta la segunda cena a las 5. Lectura técnica hasta las 6 y supervisión de reparaciones hasta la tercera cena a las 9. Después descanso y recreo hasta la medianoche, seguidos de la cuarta cena y reunión de planificación hasta el momento de irse a la cama a las 2.
Por algún motivo, el nuevo régimen implicaba tener seis comidas holográficas al día y sólo dos horas y media de sueño.
Rimmer estaba a punto de estallar. El límite de su paciencia era prácticamente inexistente, pero no iba a ser él el que dijera: «Dejémoslo ya». Eso le haría parecer débil y sin carácter, como el viejo Arnold J. Rimmer, no como el nuevo y poderoso ganador que era ahora. Haría que su doble flaqueara antes.
Las enormes cadenas chirriaron y crujieron cuando los skutters comenzaron a descender la cola para colocarla de nuevo en la sección anterior.
Rimmer se frotó los ojos, pensó en lo cansada que estaría su copia en este momento y sintió que las fuerzas venían de nuevo a él.
— ¡Abajo — gritó —¡Abajo! ¡Descendedla!
—Machote.
El duplicado de Rimmer cruzó el marco de las compuertas del compartimiento de carga. Rimmer quedó sorprendido al ver lo fresco y espabilado que parecía su doble. ¿Había hecho trampas? ¿Había estado durmiendo en secreto en lugar de supervisar el inventario de suministros? Era totalmente posible. Había estado fuera tres horas. Y, con franqueza, tenía mucha mejor pinta de la que debería tener. ¿Pero cómo iba a mentirle? Sería como engañarse a sí mismo. Un momento, recordó Rimmer, yo hago trampas conmigo mismo.
—Machote — repitió el doble —, lo estás haciendo mal. Debes rodear la sección trasera con la sección delantera, en lugar de balancear la sección trasera para que se encuentre con la delantera.
— ¿Qué diferencia hay? — preguntó Rimmer ceñudo.
—Que si las soldas en esa posición, la nave tendrá que despegar a la inversa.
Rimmer miró a su alrededor. El doble tenía razón. La nave estaba apuntando hacia la dirección errónea. ¿Cómo podría haber cometido un error tan estúpido? Seguramente por el cansancio. Entonces, ¿cómo se le ocurrió a su doble? Seguro que estaba tan cansado… a no ser que… ¡Lo había hecho! ¡Había hecho trampas!
— ¡Deteneos! — gritaba el doble a los dos skutters que manejaban la grúa —Subidla de nuevo y balanceadla hacia el lugar de donde venía. 
—Disculpa, esta zona es mi responsabilidad.
— ¡Alrededor! Hacia donde estaba antes. ¡Comenzad de nuevo!
— ¡Deteneos! — gritó Rimmer. 
La grúa dio una sacudida y se detuvo. La enorme nave se balanceó en el aire colgada de su arnés.
— ¡No, alrededor! — contraordenó el doble —Tenemos que empezar de nuevo.
— ¡Deteneos!
— ¡Alrededor!
— ¿Qué estás haciendo? ¡Es mi cometido! ¿Te importaría irte por ahí a echarte otra siestecita?
— ¿Qué? — dijo el doble, con la cara esbozando una media sonrisa que informaba de su mentira —¡No he dormido a escondidas!
— ¿Ah, no? — se burló Rimmer despectivamente y les gritó a los skutters que se detuvieran de nuevo.
El peso de la nave que se balanceaba desgarró las patas traseras de la grúa. La grúa chirrió y se tambaleó; la nave se deshizo del arnés y se precipitó tres metros y medio hacia el compartimiento de cargamento por debajo de ella.
Los dos Rimmers miraban, paralizados, como caía sobre el acero del suelo antes de descansar, con la cola hacia arriba, magullada, pero estructuralmente ilesa.
La grúa cayó despacio hacia adelante y se desplomó sobre la parte trasera de la Nova 5, cortándola en dos piezas perfectas como un banana split.
 

***

 Lister estaba sentado en la cabina sellada de la excavadora, tamborileando impaciente con sus dedos enguantados sobre el salpicadero. Después de cuatro días de excavación exploratoria, habían encontrado por fin un filón de torio y había cavado una zanja de dos metros de profundidad por cuarenta y cinco centímetros de anchura, que se extendía una longitud de veintisiete metros. Una vez que Lister cavara suficiente en las losas de mineral bruto para llenar el vehículo de transporte lunar de ocho ruedas (VTL), el Gato conduciría el torio al laboratorio portátil, donde Kryten eliminaría la tierra y arcilla sobrantes y empaquetaría el mineral limpio en envoltorios sellados a bordo del Enano Azul, listos para ser transportados al Enano Rojo para su refinamiento.
Al menos, ése era el plan.
Pero había algunos problemas en el procedimiento. Y Lister estaba experimentando uno de esos problemas justo en ese momento, allí sentado en la excavadora en las profundidades de una zanja con la carga completa, esperando que el Gato volviera con el VTL. Llevaba esperando cerca de una hora. Golpeaba descorazonado a los dados de pelo amarillos que colgaban del espejo y se preguntaba si sería posible encontrar dos asistentes más incompetentes e inútiles en el universo para ayudarle a excavar uranio. Jorge III y Brian Kidd eran los únicos dos personajes que se le venían a la mente.
Había pasado el primer día al completo enseñando al Gato cómo conducir el VTL. Al principio se había negado incluso a escuchar las instrucciones de Lister, hasta que el vehículo hubiera sido personalizado a su gusto. Ahora estaba pintado de negro, con dos llamaradas emanando de las ruedas, veinticuatro espejos, cristales tintados y la propia cara del Gato pintada en el capó. Una vez que el vehículo estuvo a su gusto, consiguió aprender las habilidades de conducción básicas con bastante rapidez y, de hecho, ahora podía hacer derrapes y trompos incluso cuando el vehículo estaba cargado con tres toneladas de mineral.
El intercomunicador del salpicadero se encendió en la excavadora de Lister. Lister pulsó el botón de transmisión.
— ¿Dónde estabas? Llevo intentando contactar contigo desde hace una hora.
Ffffzzzt…
—Estaba comiendo — dijo la voz del Gato.
— ¿Comiendo? ¡Si comimos hace dos horas!
Ffffzzzt… 
—Pues comí otra vez — dijo el Gato.
Éste era uno de los mayores problemas de la misión. El Gato insistía en comer a intervalos regulares durante todo el día. Cuando no estaba comiendo, estaba echando una siesta. Se echaba siete u ocho siestas al día lo que, defendía, era esencial: en caso contrario, no tendría energía suficiente para el sueño real de la noche. Cuando no estaba comiendo o echándose una siesta o durmiendo, estaba tomándose las cosas con calma. Lister le había encontrado en numerosas ocasiones a bordo del Enano Azul, escuchando música con los auriculares de Lister y esnifando un libro. De la media de catorce horas de trabajo diario, el Gato podía trabajar duro unos quince minutos. De manera que Lister tenía que hacer mucho trabajo por su cuenta.
Kryten era genial. Una auténtica bendición del cielo… Si todo lo que necesitases en la vida fuera una bandeja de forma triangular de sándwiches de pepino sin corteza y una taza de té al limón. Si, por el contrario, necesitabas alguien que limpiara mineral de torio y lo empaquetara en envases sellados, todo lo que obtenías era otra bandeja de forma triangular de sándwiches de pepino sin corteza y una segunda taza de té al limón. La recuperación de uranio no era trabajo para un mecanoide, seguía repitiendo. Era importante y peligroso y no podía aceptar la responsabilidad; y como ofrenda de paz, hizo otra bandeja de sándwiches.
Lister lo persuadió al fin para que hiciera sólo el trabajo de limpieza. Un trabajo de limpieza bastante extraño, pero trabajo de limpieza al fin y al cabo. Y entonces accedió a hacerlo. Al finalizar el tercer día, cuando Lister se pasó por el laboratorio portátil para ver cómo iba el trabajo, se encontró una pila de mineral, sin tocar, en los tanques de espera. Dentro estaba Kryten trabajando aún en su primer cristal.
—Casi he terminado — dijo Kryten, rociando el torio con una capa más de cera y puliéndolo para una limpieza absoluta.
Lister había aporreado la cabeza de Kryten con un trozo de mineral y le explicó lo importante que era hacerlo un poquito más rápido. Desde entonces, no se había preocupado en volver y comprobar el progreso del mecanoide.
Mientras tanto, el Gato se había despertado de su última siesta.
Fffzzzt…
—He velto a la carga, colega — se oyó la voz del Gato —¡Vamos a trabajar!
El VTL del Gato se elevó por encima de una duna, aterrizó seis metros por delante de sus ruedas delanteras, desafiando la suspensión y después retrocedió, con el capó en el aire, mientras el Gato lo dirigía hacia la zanja, realizaba una pirueta y lo hacía decansar en una nube de polvo lunar negro, en paralelismo perfecto con la excavadora de Lister.
Fffzzzt…
—Soy una máquina — suspiró el Gato, peinándose el tupé en el espejo retrovisor —. Cárgame. Tengo otra siesta programada para dentro de un minuto.