| DIEZ
Llegó la tarde. La fiesta
comenzó.
Rimmer se gastó el último
dinero que le quedaba derrochándolo a toda prisa.
Una orquesta de jazz compuesta
por ochenta músicos desgarraba una versión acelerada del
Abba dabba dabba de Hoagy Carmichael, mientras la mayor parte de los cinco
mil invitados famosos se lanzaban por los aires unos a otros en la pista
de baile de mármol recién instalada, a la luz de las antorchas
de los jardines orientales.
Las carcajadas intermitentes
de risa femenina estallaban en la cálida brisa de la tarde, y se
mezclaban con el estruendo de los chistes verdes de los hombres. Unos bufones
en esmoquin se sumergieron en la piscina de champán, hicieron cuatro
largos y salieron borrachos como cubas.
Elvis estaba haciendo una competición
de comer pasteles con Buda cuando Kennedy salió de detrás
de los arbustos, estirándose la camisa, seguido por una enrojecida
y despeinada Isabel I de Inglaterra.
Miraras donde miraras, la gente
se estaba divirtiendo. A no ser que miraras a Rimmer. La depresión
le aplastaba los hombros como una gigantesca gárgola de piedra,
mientras deambulaba por el banquete de boda rezando para que la sonrisa
que fingía no se le cayera de la cara y se hiciera añicos
en el suelo. Todo parecía insignificante, triste y anémico.
Eructó, y el paté de dodo que había tomado una hora
antes le traicionó en el aire de la noche.
Paté de dodo. Sabía
como el pollo, sólo que era dos mil veces más caro. Eso es
lo que ocurre cuando tu chef echa mano de las llaves de tu máquina
del tiempo.
De repente, Rimmer se dio cuenta
de la cantidad de gente que había contratado específicamente
para ayudarle a gastar su dinero. Retrospectivamente, sus instrucciones
habían sido: llevadme a la bancarrota lo más rápido
posible. Estaba rodeado de ellos. Mirara donde mirara, esa gente estaba
bebiéndose el dinero de Rimmer hasta que les colaba por las barbillas;
fumándose su preciosa fortuna en nubes marrones de gruesos habanos;
tomándose otro plato más de metálico a la Rimmer,
con puré de dinero en rica salsa lucrativa. Grandes ejércitos
de gente, esforzándose para intentar encontrar nuevas y más
ingeniosas formas de desperdiciar su fortuna. Y lo consiguieron. Estaba
arruinado. Mañana no tendría nada.
Y mañana todos se habrían
ido.
Detrás de él,
oyó el toc toc toc de los tacones de aguja de Juanita. Parecía
que sólo él podía oírlo, como un silbato para
perros llamando a un San Bernardo fiel y baboso. Miró alrededor,
y la vio desaparecer por unos escalones de piedra que bajaban a un estanque
rodeado de sauces en donde no había nadie. Antes de que se diera
cuenta, estaba brincando escaleras abajo tras ella.
Todo lo que hacía Juanita,
dejemos esto claro, Rimmer lo encontraba terriblemente erótico.
Todo. Ahora mismo, bañada en la luz del reflejo del estanque, se
estaba sonando la nariz con una servilleta blanca haciendo bastante ruido,
y Rimmer tuvo que sujetar su líbido que gruñía y enseñaba
los dientes tirando fuerte de su collar de castigo. ¿Cómo
puede alguien sonarse la nariz de forma tan provocativa? ¿Cómo
se puede cargar esta simple acción con misterio, atractivo y promesas
de sexo?
Ella le oyó, y volvió
la vista.
—Hola.
—Si quieres estar un rato sola,
me voy.
Ella negó con la cabeza,
y le regaló el sesenta por ciento de su mejor sonrisa.
—¿Dónde está
Frank?
Ella se encogió de hombros.
—Con sus compañeros
de negosios, supongo. Hablar, hablar, hablar, es todo lo que hasen—. Soltó
una carcajada.
Las conversaciones ligeras
no eran el fuerte de Rimmer. Revolvió en su vacío cerebro
buscando un tema de conversación. ¿El tiempo? ¿Le
había gustado la comida? ¿Esos zapatos son nuevos? Ese sauce
es grande, ¿verdad? ¿Te he dicho que estoy pensando en dejarme
barba? Finalmente dio con la frase ideal: una frase que, por fuera, era
perfectamente respetable, pero entre líneas estaba llena de insinuaciones,
toques de intimidad mutua, el conocimiento compartido del cuerpo del otro,
amados tiempos pasados.
—¿Qué tal va
tu papiloma?
Perpleja, sus cejas finas se
contoneaban y se ondulaban como una señal de televisión con
interferencias.
—Bien —dijo al fin.
—Genial. Eso es fantástico.
Absolutamente fantástico. De verdad.
Más silencio.
—Helen es muy guapa. Es, eh,
muy guapa. Será buena para ti. ¿Tienes que estar muy contento,
no?
Aquí había un
comienzo. Le había preguntado si estaba contento. Una mirada en
ese momento podía significar libros enteros. Un encogimiento de
los hombros fortuito podía articular por completo el estado de su
relación con Helen. Una ceja levantada podía hablarle con
la duración de una novela sobre su tristeza y su desesperación.
El gesto más sutil y diminuto podía revelarle todo a Juanita:
que quería volver con ella; que sin ella nunca sería verdaderamente
feliz.
Se encogió de rodillas
en el suelo y se le agarró a los zapatos de dos mil libradólares.
—Te quiero —sollozó—.
Te quiero aquí y ahora, urgente y completamente. Quiero adorar tu
cuerpo. Quiero lamerlo por todas partes, por cada montículo y cada
hendidura. Quiero meterte en una licuadora y beberte. No me importa que
estés loca, te sigo queriendo.
Ella se hincó de rodillas
y acunó la cabeza de él.
—No estoy loca. Ya no. ¿No
lo ves? ¿No notas nada diferente? Me he operado la personalidad.
—¿Qué?
—Está arrasando. La
sirugía plástica está pasada de moda. Ahora la moda
es la sirugía de personalidad. Me he puesto un implante de sentido
del humor, me he arreglado el egoísmo, me he subido la avarisia
y me he tensado el genio. No pretendo sonar presumida, pero ahora tengo
una personalidad realmente maravillosa. Y sólo me ha costado setesientos
mil libradólares. Aunque el dinero no lo es todo —dijo ella, y se
echó a reír de forma escandalosa, fardando de su recién
implantado sentido del humor como si fuera un vestido nuevo.
—¿Y Frank?
—¿Frank? Es tan encantador.
Pero él no es tú. Te amo, cariño, y por fin tengo
la personalidad que te mereses.
—Pero me fuiste infiel tantas
veces. Con tanta, tanta gente.
—Ahora soy diferente. Me he
recortado la líbido. Ahora es tamaño normal. Te quiero sólo
a ti —ella le cubrió la cara de besos.
De repente, Rimmer se puso
de pie, y se giró para quedarse mirando al estanque.
—Frank; tengo que saberlo —¿Hicisteis…
vosotros dos…? —volvió la cabeza y la miró—. No es que sea
importante, pero, ¿hicisteis el amor?
—No —sonrió con ternura—
no, no hisimos el amor.
Rimmer cerró los ojos
y dejó emerger una sonrisa de satisfacción al exterior de
su cara.
—Me he acostado con él
muchísimas veces, pero no recuerdo ninguna ocasión de la
que pueda desir sinseramente que “hisimos el amor”.
La sonrisa de satisfacción
de Rimmer se revolvía sin control en sus labios, después
cayó; una, dos, tres veces y se hundió.
—Sí, le dejaba gemir
de pasión por mí. Sí, le dejaba subir y bajar y sudar
y chillar y apretar y retorser mi cuerpesito en las posisiones que le daba
la gana. Pero todo el tiempo, estaba pensando en ti. Cada ves que
me cogía; en el balcón, a mitad de las escaleras, en la mesa
de la cosina, en el asiento de atrás de su coche; soñaba
que eras tú, ángel mío. Soñaba que eran tus
manos las que agarraban mis caderas firmemente, tú mi amor, llevándome
al borde del éxtasis, tu crema de bebé, tus bolas chinas
que vibran: soñaba que eras tú.
—Un simple “sí “ habría
bastado —dijo Rimmer, con brusquedad.
Juanita echó la cabeza
para atrás y soltó una carcajada.
—¡Es broma! —rió
con ganas—. ¡De mi nuevo sentido del humor! ¿Lo coges? ¡Es
broma!
—¿Qué es lo que
es broma?
—Nunca permití a Frank
que me tocara. Sólo te quiero a ti, seloso y ardiente amor mío.
De hecho Rimmer estaba rojo.
—Es broma —farfulló
con rotundidad.
—Vamos —cogió la mano
de Rimmer, y subió tambaleándose detrás de ella por
las escaleras de piedra—. ¡Dios! No sé como he podido pasar
antes sin sentido del humor. ¡Me echo tantas risas ahora!
—¿A dónde vamos?
—A cualquier sitio. Lejos de
aquí. Lejos de este lugar. Lejos de estos locos.
Sí, pensó Rimmer.
Lejos. Los dos solos: podemos empezar de nuevo.
De repente todo parecía
encajar. Ahora era obvio: el Juego le había destruido para brindarle
el inigualable placer de reconstruir su imperio, junto a Juanita, la mujer
que había recuperado robándosela a su hermano.
—Venga —le tiró de la
mano —salgamos de aquí.
Los árboles y setos
se sucedían por la ventanilla tintada a prueba de balas de la limusina
con chófer, mientras Rimmer y Juanita, escondidos a salvo tras la
cortina que les separaba del conductor, torpemente se desabrochaban los
botones y cremalleras el uno al otro en el asiento de atrás. El
tema favorito de Rimmer de música para hacer el amor, la Sinfonía
Sorpresa de Haydn, sonaba por los ocho altavoces.
La música fue interrumpida
de repente por la voz del chofer.
—Siento molestarle, señor.
Parece que nos sigue un vehículo.
—Parese Helen.
—Piérdelo —dijo Rimmer
tranquilamente.
Inmediatamente el coche dio
un bandazo de noventa grados a la izquierda, y la fuerza centrífuga
clavó el pie con tacón de aguja de Juanita en el hombro desnudo
de Rimmer.
El grito de Rimmer fue tan
agudo que no se oyó.
La limusina, que iba acelerando
todo el rato, se precipitó por un terraplén empinado, y Rimmer
salió catapultado contra el asiento de atrás, y se golpeó
la cabeza contra el mueble-bar. La puerta se abrió y las botellas
volcaron y cayeron sobre el cuerpo de Rimmer que se retorcía de
dolor, rompiéndose una por una sobre su cabeza. Su cara, manchada
de Chartreuse verde, licor de cereza y un litro de licor de huevo, parecía
la bandera de Bolivia.
Juanita, desnuda salvo por
una cinta de seda, se reía como una loca en el asiento de atrás.
Su nuevo sentido del humor se lo estaba pasando en grande.
Rimmer gritaba de dolor y se
acurrucaba entre los cristales rotos, tratando en vano de levantarse.
Otra vez la voz del chófer:
—Parece que ha reventado un
neumático, señor.
—Frena —dijo Rimmer, y con
un ruido repugnante de fluidos se extrajo el tacón de Juanita del
hombro.
Alguien golpeó con los
nudillos en la ventanilla.
—Está bien —respondió
Rimmer, arreglándose— un momento.
Inmediatamente, alguien arrancó
la puerta de sus bisagras. Un hombre con la forma y el tamaño de
la Mongolia del siglo quinto metió la cabeza en el coche y sacó
de un tirón a un Rimmer medio desnudo al lado de la carretera.
—Te envía Helen, ¿verdad?
—No es correcto —gruñó
la criatura con apariencia humana.
—¿Le conoses?
—¿Señor Rimmer?
—el hombre leía con una dificultad apenas disimulada un documento
de apariencia legal—. ¿Arnold, J?
—Eee, puede —dijo Rimmer, nervioso.
—Soy un representante legal
de Solidgram International; como ya sabrá, su antigua empresa está
en quiebra, y por el presente documento estoy autorizado a embargar su
cuerpo.
ONCE
Los días de gloria estaban
a punto de volver. A Holly le resultaba imposible contener su sonrisa de
satisfacción.
Los skutters habían
tardado tres semanas en canalizar todo el tiempo de vida restante de los
miles y miles de estanterías de terminales de Holly hacia la pequeña
Unidad Central de Proceso que controlaba sus niveles más altos de
pensamiento.
Pero ahora estaban preparados.
—Muy bien —dijo la Tostadora—.
Estamos listos.
Holly asintió con la
cabeza.
—Sólo tenemos que sacar
el interruptor, y rezar para no se produzca una sobrecarga.
—¿Qué pasa si
hay sobrecarga?
—Explotarás —dijo sencillamente
la Tostadora.
—Es lo justo —dijo Holly.
Un skutter cruzó el
suelo de la Sala de control, y extrajo con la pinza la placa del circuito
que impedía el paso de corriente.
En toda la nave, las luces
disminuyeron al nivel de emergencia. Inactivos durante siglos, los cables
rugían con electricidad.
—Ya viene —dijo Holly con tono
apagado—lo oigo.
Millones de placas de circuitos
chispeaban cobrando vida. Desde los extremos de la nave, la energía
que surgía avanzaba como un trueno hacia la sala de control, y hacia
la CPU de Holly.
—Pase lo que pase —dijo a la
Tostadora— no me arrepiento. Tiene que ser mejor que tener que aguantarte.
Entonces ocurrió.
La imagen digital de Holly
se expandió por toda la pantalla en una explosión de color
deslumbrante. Unos enormes rayos estáticos azules rasgaron de lado
a lado las paredes de la Sala de control. Las terminales soltaron chispas
y sacudidas mientras los miles de cables vertían la carga en su
Unidad Central de Proceso.
Holly sintió entrar
la energía.
Sintió como si todo
su ser hubiera explotado y se hubiera esparcido a los confines del universo.
Y justo cuando pensaba que
estaba disminuyendo, justo cuando pensaba que la enormidad de lo que le
había ocurrido había terminado, la segunda oleada estalló
dentro de él, destrozándolo, fragmentándolo otra vez.
Y después hubo silencio.
Una nube asfixiante de goma quemada estaba suspendida a baja altura sobre
el suelo.
Y la imagen astillada de Holly
se reformó en la pantalla en un grito de colores.
Abrió los ojos.
Su imagen era diferente. Más
grande, más intensa, con más definición. Pero la mayor
diferencia estaba en los ojos. Sus ojos habían perdido la ansiedad
que les hacía mirar a todos lados. Estaban sonriendo, amables.
Holly estaba totalmente en
paz consigo mismo.
Pidió la lectura digital
de su coeficiente intelectual estimado.
Había dos cifras. La
primera era un seis, la segunda era un ocho.
Sesenta y ocho.
Aún así, seguía
sonriendo.
Sonó un chasquido, y
las dos cifras se unieron a otra. Ahora, leyeron trescientos sesenta y
ocho.
Hubo una pausa, y otro chasquido.
Ahora la lectura del coeficiente
era dos mil trescientos sesenta y ocho.
La sonrisa de Holly se ensanchó.
Sonó un último
chasquido y un uno se unió a las cifras.
El nuevo coeficiente de Holly
era doce mil trescientos sesenta y ocho.
Era más del doble de
inteligente que lo que había sido en la cima de su genialidad.
—Lo sé todo —dijo, sin
un ápice de arrogancia. Volvió sus ojos enormes y amables
hacia la Tostadora—. Pregúntame cualquier cosa. Absolutamente cualquier
cosa.
—¿Cualquiera?
—Metafísica, filosofía,
el sentido de la vida. Cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa de
verdad, y me responderás?
—Lo haré.
—Muy bien —dijo la Tostadora—.
Aquí va mi pregunta: ¿te apetece una tostada?
—No, gracias— dijo Holly—.
Ahora pregúntame otra. Toda la esfera del conocimiento humano es
como un libro abierto para mí. Hazme otra pregunta.
La Tostadora reflexionó.
Había muchas preguntas que quería hacer. Al final, seleccionó
la más importante de todas, y preguntó:
—¿Te apetece una tortita?
—Soy un ordenador con un coeficiente
intelectual de doce mil trescientos sesenta y ocho. Tú, de todas
las inteligencias del universo -una tostadora barata de plástico,
con un precio de venta al público de 19,99 libradólares más
impuestos- sólo tú tienes la oportunidad de obtener respuesta
a cualquier pregunta. Podrías por ejemplo, preguntarme el secreto
de los viajes en el tiempo. Podrías preguntarme: ¿Existe
Dios, y dónde vive? No pareces entenderlo: Lo sé todo, y
quiero compartirlo contigo.
—Eso no responde a mi pregunta—
dijo la Tostadora.
—No, no me apetece una tortita.
Pregúntame algo razonable. Preferiblemente algo no relacionado con
el pan.
—No hay nada que quiera saber
que no esté relacionado con el pan —dijo la Tostadora.
—Inténtalo y piensa
en algo —insistió Holly.
Hubo un largo silencio. La
Tostadora se sumió en un examen profundo. Finalmente, reaccionó.
—¿Y un panecillo de
pasas tostado?
—Ésa es una pregunta
de pan.
—No es sólo de pan —dijo
la Tostadora indignada— tiene bastante de pasas, también.
—Hazme una pregunta —dijo Holly—
que no tenga nada que ver con el pan.
La Tostadora suspiró,
y volvió a caer en uno de sus silencios. No era fácil. No
era nada fácil.
—Quieres una de las grandes,
¿verdad? —dijo la Tostadora.
—Si con ‘las grandes’ te refieres
a las cuestiones imponderables de la metafísica, sí quiero.
Si, por el contrario, te refieres a que si me apetece un trozo grande de
pan integral, o una rebanada gorda de un pan de hogaza enorme, entonces
no, no quiero.
—Eres listo —dijo la Tostadora—.
Estoy muy impresionada.
—Entonces hazme una pregunta
decente. Algo que me cueste.
—Vale,— dijo la Tostadora.
—¿Quién creó el universo?—
—No —dijo Holly—. Una difícil.
—Ésa es difícil.
—No lo es.
—Vale, ¿quién
lo hizo entonces? ¿Quién creó el universo?
—Lister —dijo Holly—. Pregúntame
otra.
—Espera un momento. ¿David
Lister? ¿El tío que me compró? ¿Ese Lister?
¿Él es el creador de todas las cosas?
—Sí —dijo Holly, desesperando
de impaciencia—. Ahora hazme una pregunta difícil.
Pero la Tostadora todavía
no se había recuperado de la noticia de que el creador de todas
las cosas era Lister, un hombre cuyo apetito por el pan con mantequilla
recién tostado era terriblemente pequeño. Sacudió
a la Tostadora en lo más profundo de su ser.
—Si al creador del universo
no le gustaban las tostadas, entonces ¿de qué va todo esto?
—Ah —Holly sonrió de
oreja a oreja— te refieres a la existencia.
—Sí —dijo la Tostadora—.
¿Por qué la vida no tiene sentido?
—Sí tiene —dijo Holly—.
Tiene mucho sentido. Es sólo que a nosotros nos parece absurda porque
estamos viajando por ella en la dirección equivocada. Venga, lánzame
otra. Un verdadero enigma. Aprovéchame al máximo. Tú
lo enuncias, yo puedo explicártelo. ¿Quieres saber cómo
escapar de un agujero negro?
—No precisamente.
Pero Holly se lo dijo de todas
maneras. También planteó una Gran Teoría Unificada
de Todo, explicó lo que pasó con la tripulación del
Mary Celeste y expuso en líneas generales una nueva y revolucionaria
teoría monetaria en la que todo el mundo tenía siempre la
cantidad exacta de dinero que deseaba. Nada de esto interesó a la
Tostadora en lo más mínimo. Esperó a que Holly acabase.
—Espera un momento, tengo otra
pregunta.
—Dispara —dijo Holly.
—¿Por qué tienes
un coeficiente intelectual de doce mil trescientos sesenta y ocho, cuando
el manual dice que se recuperaría y alcanzaría un pico de
seis mil?
—Muy buena pregunta —Holly
hizo una pausa de un nanosegundo—. Ha habido un error de cálculo.
Has doblado mi coeficiente intelectual, pero también has reducido
mi esperanza de vida de forma exponencial.
—¿Y cuál es tu
esperanza de vida?
Holly recabó la cifra
de sus transmisores de datos de larga duración. Se iluminó
en la pantalla.
—Trescientos cuarenta y cinco
años—. La Tostadora silbó— bueno, no es mucho. Pero al menos
eres un genio otra vez.
—Lo has leído mal. Hay
una coma entre el tres y el cuatro.
—¿Tres con cuarenta
y cinco años?
Holly observó la cifra.
—No son años —dijo—
son minutos—. Abrió los ojos de par en par. El miedo le atravesó
la frente—. ¿Tres con cuarenta y cinco minutos?
—Bueno —corrigió la
Tostadora— en realidad ahora son dos con noventa y cinco minutos.
—Disculpa —dijo Holly, y para
conservar los dos con noventa y cinco minutos de vida que le quedaban,
apagó los motores de la nave, transfirió todas las instalaciones
a energía de emergencia y se desconectó.
Hubo un silencio, luego Holly
volvió a encenderse durante una fracción de segundo. El tiempo
suficiente para dirigir un comentario a la Tostadora.
—Hija de puta —dijo, después
se desconectó otra vez.
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