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BRITANIA CONQUISTADA
Harry Turtledove

SINOPSIS:

Año de nuestro señor de 1597. Han pasado diez años desde que la Grande Armada conquistara Inglaterra. Con la hereje Elizabeth prisionera en la Torre de Londres. Isabel, hija de Felipe II, y Alberto, reinan sobre los ingleses ara mayor gloria de España y Roma. Pero la salud de su Majestad Católica empeora, y los invasores españoles encargan al dramaturgo local William Shakespeare la composición de una obra sobre el Rey Felipe que perdure en la memoria de los siglos. Sin embargo, a Shakespeare, bajo sospecha de servir a los rebeldes ingleses, le es asignado como vigilante el aspirante a escritor, e infalible seductor, el Teniente Lope de Vega.

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ISBN: 8496013154 | 392 páginas | Rústica | 16.95 euros
Portada: Alejandro Terán
Traducción: Eva Verloop
ANTICIPO DE LECTURA
Extracto de la Obra
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(...) Los dos actores -en realidad, los dos soldados españoles- que representaban a Liseo y a su sirviente, Turín, aparecieron en lo que representaba ser una posada en la ciudad española de Illescas, que se encontraba a unas veinte millas al sur de Madrid. El que hacía de Liseo vaciló, se mordió el labio y parecía confundido. Lope de Vega le siseó la línea en español: 
—¡Qué lindas posadas!
—¡Qué lindas posadas! —repitió, obedientemente, el soldado, cuyo verdadero nombre era Pablo. Podría haber sido una estatua de madera ligeramente, muy ligeramente, animada, pintada para parecer animada; pero, aún así, de madera.
—¡Frescas! —asintió el tipo que hacía de su sirviente (su verdadero nombre era Francisco). Sabía que, en realidad, tenía que decir “Aire fresco”, para sugerir la existencia de un agujero en el techo imaginario, pero hacerlo hubiera sonado más poco real de lo que Pablo lo había dicho.
Antes de que pudieran empezar a quejarse sobre la probabilidad de la existencia de chinches y piojos, Lope alzó los brazos al aire. 
—¡Parad! —gritó— ¡Por Dios y por todos los santos, parad!
—¿Qué ocurre, Teniente? —preguntó el soldado que hacía de Turín—. Me acordaba de mi frase, y Pablo parecía que también fuera a acordarse de su siguiente frase.
—¿Que qué ocurre? ¿Que qué ocurre? —El tono de voz de Lope aumentaba con cada repetición—. Yo os diré lo que ocurre. ¿Cuál es el nombre de mi obra?
—La dama boba —respondió Francisco— ¿Es ese el problema, señor?
—Dios dame fuerzas —murmulló De Vega. Se dio la vuelta hacia los soldados—. Así es. Se supone que la señora Finea debe ser una boba. La intención no es que vosotros dos seáis los bobos. ¡Entonces, ¿por qué os comportáis como si fuerais un par de bobos?! —empezó a rugir nuevamente.
—No lo hacíamos —dijo Pablo ofendido—. Simplemente repetíamos nuestras frases.
—Si las repetís de esa forma, ¿quién queréis que las tome en serio? —preguntó Lope—. No pareceríais más rígidos si estuvieseis embalsamados. Se supone que esto es una comedia, no un espectáculo de luto para… —Empezó a decir “para el Rey Felipe”, pero se detuvo. El Rey de España aún no había fallecido—. Para Julio César —finalizó. 
—Lo hacemos lo mejor que podemos, señor —dijo Francisco.
Eso podría haber sido verdad. Probablemente, era verdad. Pero no era excusa suficiente, sobre todo en el estado nervioso de Lope en ese momento. 
—¡Pero es que no sabéis actuar! —aulló—. Deberíais ir a una obra para ver cómo lo hacen esos ingleses. ¡Eso son actores y no una panda de maniquís de sastre!
—Al diablo con esos malditos ingleses —replicó Pablo—. Vinimos a este miserable país para asegurar que esos indeseables se comportaban, no para ridiculizarnos en obras teatrales. ¡Si no os gusta como lo hacemos, lo dejamos!
—Así es —dijo Francisco.
—¡No podéis hacerlo! —exclamó Lope—. Se supone que en una semana tenéis que empezar a representar la obra.
—¿Y qué? Estoy hasta las narices de esto —dijo Pablo—. Esto no forma parte de mis obligaciones. Si creéis que los malditos ingleses son tan buenos actores, señor Teniente, vaya a buscarlos para que actúen en vuestra obra. Hasta la vista. —Salió con paso firme seguido del soldado que hacía de su sirviente, que, tras ellos, cerró la puerta de un portazo.
Lope echaba pestes. Se puso en pie de un salto y le dio un puntapié al banco sobre el que había estado sentado, el cual se vino abajo y casi le rompió uno de los dedos del pie. Mientras saltaba sobre un pie, y seguía maldiciendo, se preguntó cómo demonios iba a representar La dama boba sin dos de sus principales personajes. Si hubiera podido conseguir hombres de la compañía teatral de Shakespeare para que recitaran en español, lo habría logrado. Excepto cuando maldecían, los ingleses no querían aprender español.
Con cuidado, apoyó el peso sobre el pie lastimado. No estaba demasiado mal, no creía que se hubiera roto nada.
—Me gustaría partirles esas enormes y estúpidas cabezas —murmulló. Él era un oficial. Ellos no eran más que soldados. Podía ordenarles que actuasen. Pero no podía ordenarles que fueran buenos. Para empezar, por una parte, no es que fueran muy buenos. Por otra parte, seguramente lo hacían mal por despecho. Si él hubiera sido un soldado raso al que hubieran ordenado hacer algo que en realidad no quisiera hacer, se hubiera esforzado en echar gravilla al engranaje. No pasaba nada, entendía ese impulso.
De repente, chasqueó los dedos con placer. Corrió hacia el despacho del Capitán Baltasar Guzmán. Guzmán estaba puliendo algo que acababa de escribir para absorber la tinta sobrante. 
—Buenos días, Teniente De Vega —dijo con cierta sorpresa—. No esperaba veros esta mañana. Pensaba que estabais ocupado con vuestros actos teatrales. ¿Significa esto una nueva devoción hacia vuestros deberes? 
—Excelencia, siempre muestro devoción hacia mi función —dijo Lope. No era totalmente cierto, pero sonaba bien. —Y los poderes existentes han sido lo suficientemente amables para fomentar mis obras. Dicen que mantienen a los hombres felices ofreciéndoles algo de lo que podrían tener en casa.
—Sí, eso dicen —dijo el Capitán Guzmán poco convencido. Pero prosiguió—. Si eso es lo que dicen, difícilmente puedo estar en desacuerdo. ¿Qué es lo que necesitáis entonces?
—A vuestro sirviente, Enrique —respondió Lope. Guzmán parpadeó. Lope le explicó cómo acababa de perder a dos actores—. Dios debe haberme aportado esta idea, Excelencia. Enrique adora el teatro, es listo, actuaría bien y, dado que es un sirviente y no un soldado, no se enfurruñaría como han hecho Pablo y Francisco. Si pudierais darle el suficiente tiempo libre como para aprenderse el papel de Liseo, estoy seguro de que os sentiréis orgulloso cuando le veáis actuar.
Una de las expresivas cejas del Capitán Guzmán se arqueó. 
—¿Os ha sobornado él para que me sugiráis esto?
—No, señor. No lo ha hecho. Solo desearía que se me hubiera ocurrido antes la idea de contar con él.
—Muy bien, Teniente Primero. Podéis tomarlo prestado, y rezaré para que me lo devolváis algún día —dijo Guzmán—. Y bien, ¿quién tenéis en mente para el otro puesto vacante, para el papel del sirviente de Liseo, no es así?
—Iba a utilizar a mi propio sirviente, Diego.
La ceja de Guzmán volvió a arquearse, esta vez para transmitir una expresión distinta. 
—¿Estáis seguro? ¿Conseguís que se mueva por sí solo?
—Si no hace lo que le diga, puedo convertir su vida en un infierno, y lo haré —dijo Lope—. Es una cuestión de hecho, aún espero poder sacar de él algún tipo de trabajo real. Por mucho que intente dormir todo el día, al fin y al cabo es mi sirviente. Quizás no le posea de la misma manera que haría con un negro de Guinea; pero estoy autorizado a mucho más de lo que nunca me ha dado.
—Ciertamente estáis autorizado. Ahora, si lo conseguiréis es otra cuestión. Aún así, esa es vuestra preocupación y no la mía —la risa entre dientes de Guzmán sonó más como si se estuviera riendo de Lope que con él—. Os deseo buena fortuna. También os puedo decir que creo que necesitaréis más de la que yo os puedo desear.
—Eso ya lo veremos —dijo De Vega, aunque temía que su superior estuviera en lo cierto—. Se supone que ahora debe estar lustrando mis zapatos. Lo odia. Quizás prefiera actuar que hacer algo que odia —suspiró—. Por supuesto, lo que prefiere hacer es no hacer nada.
Cuando entró en su habitación en el cuartel español, Diego no estaba lustrando sus zapatos. Tampoco era porque ya hubiera acabado de hacerlo, las botas se encontraban junto a la cama, raspadas y sucias, y Diego estaba en la cama, felizmente inconsciente y roncando.
Lope le zarandeó. Sus ojos se abrieron de par en par. 
—¡Santo Dios! —exclamó en un bostezo—. ¿Qué sucede? —Luego, la inteligencia, o lo que tenía de inteligencia, retornó a su cabeza—. Oh. Buenos días, señor. Pensaba que habíais salido durante el resto del día.
—De manera que tú pudieras pasarte todo el día en la cama, ¿no? —dijo De Vega—. No ha habido tanta suerte. Felicidades, Diego. Estás a punto de convertirte en la nueva estrella del escenario.
—¿Qué? ¿Yo? ¿Actor? —Diego negó con la cabeza—. Antes la muerte —hizo como que desaparecía bajo las sábanas.
El silbido de la espada de Lope al desenvainarse detuvo el ademán antes de que empezara. 
—Créeme, vago inútil, eso puede solucionarse —dijo—. Si crees que estoy bromeando, está en tus manos adivinarlo.
No sabía si acabaría o no con la vida de su sirviente. Tampoco Diego parecía estar muy seguro de ello. Observó a Lope con resentimiento somnoliento. 
—¿Qué es lo que queréis… señor? —dijo. Su mirada nerviosa seguía fija sobre el estoque.
—Levántate. Vístete. Te aprenderás, por Dios, Diego, si te aprenderás, el papel de Turín. Es un sirviente y algo chismoso, así que debería adaptarse bien a ti.
Con un bostezo, Diego se dignó a sentarse. 
—¿Y si no? —preguntó.
Lope mantenía la punta del estoque frente a la nariz del sirviente, de manera que Diego tenía que bizquear para verla. —Si no lo haces... —dijo Lope—. Si no lo haces, la primera cosa que sucederá es que te relegaré de tus funciones a mi servicio.
—Ya veo —Diego no era muy astuto; De Vega podía leerle la mente. “Si me despides, ofreceré mis servicios a algún otro español, y me pegaré a él como una lapa a una roca. Quienquiera que sea, no me hará actuar”.
En un gesto de lamento, Lope negó con la cabeza. 
—Ya he discutido este asunto con el Capitán Guzmán. Ya sabes lo escasos que vamos de hombres -españoles buenos, fuertes y valientes- en Inglaterra. Cualquier sirviente despedido por su amo va directo a la armada como piquero destinado a la frontera con Escocia. El norte de Inglaterra es un lugar desagradable. El tiempo es tan malo que, en comparación, Londres parezca Andalucía. Los escoceses son grandes y feroces y blanden espadas a dos manos que llaman, creo, “claymores”. Rebanan cabezas. No comen carne humana como se dice que hacen los irlandeses, pero rebanan cabezas. Creo que a mí me servirías poco como trofeo, pero quién sabe lo poco exigente que puede llegar a ser un escocés.
Mentía, al menos en parte. No sobre el norte de Inglaterra, tenía muy mala reputación, y Escocia aún peor. Pero los sirvientes despedidos no se convertían directamente en carne de cañón. Por supuesto, Diego no lo sabía. Y Lope sonaba convincente. No era un Burbage o un Edward Alleyn, pero sabía actuar.
—Apartad esa estúpida espada, señor —dijo Diego—. Soy vuestro hombre. Si tengo que ser vuestro actor, seré vuestro actor —Y, como muestra de ello, se levantó de la cama.
—Ah, muchas gracias, Diego —dijo dulcemente Lope, y envainó el estoque—. Estaba seguro de que entrarías en razón —el sirviente, aún en camisón, hizo un comentario mordaz en voz baja. Tal y como debía hacer todo aquel que tenía un sirviente, Lope había aprendido a no escuchar. Esta pareció ser una de esas veces.

William Shakespeare salió de una pollería en Grass Street con un par de plumas de oca nuevas, listas para convertir en plumas para escribir. 
—Volved cuando queráis, señor —dijo el pollero mientras salía—. Con frecuencia, las plumas van a la basura, y un par de peniques siempre son bienvenidos. Ya no es como en mis viejos tiempos, cuando los flecheros las compraban a montones para fabricar flechas.
—La pluma es más poderosa que la espada, eso dicen —contestó Shakespeare—, pero no sé si eso también puede aplicarse a las flechas. Seguro que la pluma dura más que la flecha.
Complacido consigo mismo, empezó a caminar de vuelta a su alojamiento en Bishopsgate. Acababa de girar la esquina cuando un hombre que iba en su dirección se detuvo en medio de la estrecha y embarrada calle. 
—Perdonad, señor —dijo señalándole— ¿acaso no sois vos el maestro Shakespeare, dramaturgo y poeta?
A menudo le reconocían fuera del Theatre. Normalmente, eso le satisfacía. Hoy… Hoy, deseaba que llevara un estoque, tal y como Peter Foster le había sugerido, aunque fuera uno de los de las obras, sin el filo y el temple adecuado. En lugar de asentir, preguntó: 
—¿Quién le reclama? —como si se tratara de otra persona.
—Soy Nicholas Skeres, señor —el hombre hizo una reverencia. Cumplía con la descripción poco favorecedora de la viuda Kendall, pero hablaba de forma suficientemente educada. Y sus siguientes palabras captaron la plena atención de Shakespeare. —El maestro Phelippes me ha enviado a buscarle.
—¿Es cierto lo que decís? —dijo Shakespeare, y Skeres asintió. —¿Y qué es lo que queréis? ¿Qué es lo que quiere? —preguntó Shakespeare.
—Bueno, sólo que me acompañéis a cierta casa y que conozcáis a cierto hombre —contestó Nick Skeres—. ¿Qué podría ser más fácil? ¿Qué podría ser más seguro? —Su sonrisa mostró los dientes torcidos, uno de ellos negro. Por el brillo en sus ojos, pudo ver que, en su día, había vendido muchos caballos sin valor alguno a precios considerables.
—Mostradme alguna señal del maestro Phelippes, de manera que pueda saber que lo que decís es cierto —dijo Shakespeare.
—No sólo os lo mostraré, os lo daré —Skeres extrajo algo de una bolsa en su cinto y se lo extendió a Shakespeare—. Guardáoslo, señor, con la esperanza de que otras como ésta vuelvan a acuñarse de nuevo y a verse por todo el país.
Era un penique de cobre, con la mirada de Elizabeth puesta en Shakespeare. Aún circulaban muchas de las viejas monedas, así que no era seguro que fuera una señal, pero Skeres había dicho las palabras acertadas, de manera que… De repente, Shakespeare asintió. 
—Guiadme, señor. Os seguiré.
—Soy vuestro sirviente —dijo Skeres, a lo que Shakespeare dudó con toda su alma: parecía un hombre centrado primero en sí mismo, y también después y siempre. Avanzó a paso rápido, Shakespeare siguió sus pasos.
Creía que irían hacia el vecindario al norte del muro, o quizás a Southwark en la ribera lejana del Támesis: seguramente a alguna casa humilde para encontrarse con un estafador o con un rufián, un hombre que no se atrevía a mostrar su rostro en compañía de gente educada. Y Nicholas Skeres le llevó fuera de Londres, pero hacia el oeste, hasta Westminster. En Somerset House y cerca de la iglesia de St-Mary-le-Strand, Skeres giró en dirección norte, hacia Drury Lane.
Importantes nobles residían en esas magníficas casas, mitad ladrillo, mitad madera. Una de esas casas podía albergar un par de casas vecinales pobres. Shakespeare estaba seguro de que Skeres pasaría de largo, dejaría esto atrás, y se dirigiría a St. Giles, que estaba más adelante. Pero se detuvo y entró en una de esas casas. Ni tan siquiera se dirigió a la entrada del servicio, sino que valientemente llamó a la puerta principal.
—¿Vive “aquí” vuestro amo? —dijo Shakespeare con cierta incredulidad.
Skeres negó con la cabeza. 
—No. Eso sería demasiado peligroso. Pero no vive lejos —se detuvo, la puerta se abrió. El hombre que estaba ahí de pie no era más que un sirviente; pero iba mejor vestido que Shakespeare. —Nos esperan —dijo Nick Skeres y murmuró algo tan bajo que el poeta no pudo oír.
Fuera lo que fuera, cumplió con su propósito. El sirviente hizo una reverencia. 
—Acompáñenme. Les espera. Les llevaré ante él —dijo.
A medida que caminaban por unos y otros pasillos, los pies de Shakespeare distinguían suaves alfombras. Estaba más acostumbrado al crujido de las prisas en las dependencias interiores. La casa era enorme. Se preguntaba si sería capaz de encontrar la salida sin ayuda. “Como hizo Teseo de Atenas en el laberinto, debería soltar hilo a mi paso”.
—Ya hemos llegado, buenos señores —dijo al final el sirviente y abrió una puerta—. Ahora les dejaré aquí. Dios les ampare —ligero y silencioso como una serpiente, se retiró.
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ARTÍCULO
Motivos y Consecuencias de la Armada de Inglaterra
Motivos y Consecuencias de la Armada de Inglaterra
 

El 13 de septiembre de 1598 fallecía en El Escorial el rey Felipe II. A su muerte poseía bajo su corona un vasto imperio con posesiones en Europa, África, América, Asia y Oceanía. Sin embargo, nunca pudo culminar una de sus empresas más ambiciosas: la invasión de Inglaterra.

La tortuosa relación entre Felipe II e Inglaterra ya venia desde tiempo atrás, cuando, aun siendo príncipe, bajo órdenes de Carlos V, se caso con su tía, la reina de Inglaterra Maria Tudor. Ella era mayor que Felipe, y el futuro rey supo desde siempre que su matrimonio era cuestión de estado, y trató de engendrar un hijo con ella. En 1556 Felipe se convirtió en rey de las coronas de Castilla y Aragón, a las que unía las posesiones de los Países Bajos y las de Italia.
En 1558 María Tudor muere y la corona inglesa pasa a manos de Elizabeth (Isabel I), hermanastra de la reina.
La enemistad tradicional que se achaca a Felipe e Isabel no siempre fue así. Durante su periodo como rey consorte, Felipe apoyo y protegió a Isabel, y cuando esta accedió al trono inglés las relaciones siguieron siendo amistosas y afectuosas.
Las relaciones con el tiempo, no obstante, se fueron torciendo hasta llegar a la guerra abierta, fue un proceso lento pero progresivo. No hay que olvidar que el propio Felipe II le propuso matrimonio a la reina virgen, pero ésta, con diplomacia le dio largas, al igual que hizo con tantos pretendientes.
Isabel era ante todo reina, y anteponía los intereses del estado a los suyos propios. 
Isabel simpatizaba con la causa protestante, lo que le granjeo enemigos en Europa, en los sectores católicos. Felipe II en un principio no tuvo esto demasiado en cuenta, e hizo oídos sordos a las proposiciones de invasión sobre Inglaterra que hicieron Enrique III de Francia y el Duque de Feria. Al rey español no le gustaba la política religiosa de Isabel, pero no veía motivos para una guerra con Inglaterra. Habría que señalar que si la invasión se hubiera realizado en esta fecha y no 30 años después, las posibilidades de éxito hubieran sido mayores, ya que Inglaterra es durante el periodo de Isabel I cuando empieza a modernizar su flota y asienta las bases de su imperio marítimo.

La fecha clave para el inicio del enfrentamiento más o menos abierto entre Felipe II e Isabel I hay que buscarla en 1568.
Este fue un año en que las relaciones se deterioraron principalmente a causa de dos sucesos. Uno fue un acontecimiento menor: en 1568, la tercera expedición del marino inglés Hawkins a América, fue devastada por la flota española, (desastre de San Juan de Ulúa) cerca de la costa mexicana. Como represalia los ingleses interceptaron el envío que se mandaba al Duque de Alba para que pagara a los tercios viejos de Flandes. 
El otro suceso, más importante aún, por ser uno de los ejes principales en el enfrentamiento anglo-hispano fue la rebelión en los Países Bajos de 1568, encabezada por Guillermo de Orange. La rebelión tiene sus orígenes en los fuertes impuestos a los que estaba sometida Flandes, la alta nobleza exigió mayor autonomía y que se les rebajara la carga impositiva. A esto se negó la gobernadora, Margarita de Parma, y como consecuencia, se alzaron las rebeliones de 1566; para reprimirlas fue enviado el Duque de Alba, que realizó un brutal castigo en 1567 y desencadeno la rebelión llevada a cabo por Guillermo de Orange. Sin embargo la rebelión solo afecto al norte, mientras el sur permaneció fiel a Alba.
Tras esta rebelión España intuyó la mano de Inglaterra, que financiaba a los insurgentes en los Países Bajos. Y a su vez, Inglaterra acusó a España de apoyar las rebeliones católicas que se producían en Inglaterra y a favor de María Estuardo, reina de Escocia, que era la siguiente en la línea de sucesión, tras Isabel, mientras ésta no tuviera descendencia.
A partir de este año se inicio una guerra fría entre las dos potencias, que quedó plenamente expuesta cuándo los embajadores de cada país fueron expulsados. Quedaban de este modo totalmente rotas las relaciones.
Otro conflicto fue el de la sucesión por el trono portugués. Felipe trató de hacer valer sus derechos dinásticos y fue coronado rey de Portugal en 1581. Ésto fue un jarro de agua fría para las demás potencias como Francia, Inglaterra y el propio Papa, quien no veía con buenos ojos el inmenso poder que acumulaba el rey prudente.
En 1582 la flota española, al mando de Álvaro de Bazan, derrotó a una flota francesa a favor del pretendiente portugués, Antonio de Crato, cerca de las Azores. Esta victoria naval fue el acicate que hizo que España empezase a confiar demasiado en el poderío de su flota.
Mientras tanto, las agresiones mutuas se seguían produciendo, sobre todo en las colonias americanas, donde destacó por sus ataques a las flota española Francis Drake.
Drake ataco las posesiones españolas de ultramar, destacando en 1585 el saqueo de Santo Domingo y Cartagena de Indias.
Mientras, en los Países Bajos, el conde de Leicister y Walsingham encabezaban abiertamente el apoyo inglés a los rebeldes, lo cual hizo que las tensiones fuesen en aumento.
Pero el punto culminante, el que motivó por último la invasión de Inglaterra, que ya se estaba tramando, fue la ejecución de María Estuardo en 1587. María estaba en prisión desde hacia casi 20 años, y fue la principal implicada en la conspiración de Babington, que tenía como objetivo asesinar a la reina Isabel I y proclamar entonces a María como nueva monarca de Inglaterra.

Este hecho fue el detonante para que Felipe decidiera la empresa de la armada, que iba a estar comandada por Álvaro de Bazan, marino experto y de cierta edad, que ya había participado en Lepanto y fue el artífice de la victoria de las Azores. Pero la armada que debería haber partido en 1587 tuvo que retrasarse un año por el saqueo que tuvo ese mismo año en Cádiz, el 19 de abril, donde Drake hundió más de 30 barcos y produjo grandes destrozos en el puerto y la ciudad.
Álvaro de Bazan murió semanas antes de que la Gran Armada partiera desde Lisboa, y se le sustituyo por el Duque de Medina Sidonia, que no poseía ninguna experiencia naval de relevancia, y al que se le culpo del fracaso de la empresa.
El otro protagonista de la empresa sería el Duque de Parma, Alejandro de Farnesio.
Farnesio, nieto de Carlos V, había sustituido a Juan de Austria a su muerte como gobernador de los Países Bajos, y durante su período las tropas católicas lograron importantes avances contra los rebeldes.
Pero el Duque de Parma no estaba convencido del éxito de la armada y puso varias trabas al intento de invasión y  a tener que desplegar parte de su ejército.
En los Países Bajos, Farnesio contaba con 60.000 soldados, y de éstos, la mitad, servirían de apoyo para el intento de invasión. Farnesio recelaba porque no quería arriesgar sus soldados y su flota hasta que no hubiera un dominio español que controlara el Canal de la Mancha, cosa que no era prometida por el rey.
El 12 de julio de 1588 zarpó definitivamente desde Coruña. A mediados de mayo había salido desde Lisboa pero una tormenta dispersó a la flota, y la obligo a reunirse en el puerto gallego y zarpar casi dos meses después de lo previsto. La armada española rumbo a Inglaterra, estaba formada por más de 130 navíos y casi 30.000 soldados; el objetivo era reunirse con las tropas de Flandes y desde allí tomar Inglaterra.
Desde el principio, Farnesio había tenido sus dudas y escribió al rey diciéndole que iba a ser imposible que pudiese reunir las tropas que se le habían pedido y veía muy posible un fracaso de la empresa. Este pesimismo se contagió al mismo Duque de Medina Sidonia, que también dudaba sobre el éxito de la empresa.
El 22 de julio, la armada volvió a ser víctima por otra tormenta, esta vez en el Golfo de Vizcaya. Unos 40 navíos se perdieron del grueso de la flota, y este pequeño grupo fue avistado por un navío inglés que rápidamente se dirigió a Plymouth donde dio la voz de alarma.
El factor sorpresa ya se había perdido, y los ingleses, bajo el mando de Drake y Howard ya se preparaban para recibir a la flota hispana.
En este primer enfrentamiento, la armada apenas sufrió daños, y llegó a Calais, en la costa francesa, para recuperar víveres y arreglar desperfectos. Pero comprobaron que acercarse a Dunkerke y a Niueport era imposible para estos castillos del mar. En estas dos últimas ciudades debían de reunirse con las tropas de Farnesio para, ya todos juntos, comenzar la invasión de Inglaterra.
Pero aunque hubieran llegado a Dunkerke se hubieran encontrado una desagradable sorpresa; el Duque de Parma todavía no había conseguido ni los hombres ni barcos suficientes para ejercer su parte del plan. Probablemente, esto lo ignorasen los ingleses, pues de haberlo sabido hubiera supuesto un desastre de mayores consecuencias para la empresa española.
Mientras tanto, la flota inglesa se acercaba a Calais donde iba a enfrentarse con la flota bajo el mando de Medina Sidonia. Los días 7 y 8 de agosto se iba a producir la batalla de Gravelinas.
Justo antes, la armada se había tenido que retirar a causa de las embarcaciones incendiarias que mandó Drake contra los navíos españoles. Estos barcos en llamas no produjeron más de 3 ó 4 bajas de barcos en la flota hispana, pero obligó a los demás a retirarse. En este momento se produjo la batalla de Gravelinas, donde se siguieron, por parte de la flota española, las tácticas de artillería que le habían dado tanto éxito en Lepanto (1570) y en las Azores (1582).
Pero los navíos ingleses eran más rápidos y más maniobrables que los gigantescos galeones españoles, e infligían graves daños a estos últimos, así que la armada tuvo que retirarse nuevamente hacia el norte. El Canal de la Mancha y Dunkerke quedaban atrás. Las bajas no fueron excesivas, y la armada todavía tenía gran parte de su capacidad intacta, pero sin apenas munición. No obstante, sus ventajas se desvanecieron al adentrarse en el Mar del Norte. La flota española estaba hecha para viajes transatlánticos, con gran calado, y donde las tormentas no eran tan fuertes e intensas como en los mares del norte de Europa. Además al ser tan pesadas y de maniobras tan lentas, esto era un lastre que condenó a la armada en su intento de llegar a Escocia, primero, dónde reinaba Jacobo VI, hijo de María Estuardo, aunque era protestante, y a Irlanda después, dónde una gran cantidad de barcos fueron arrastrados a sus costas. Aunque los irlandeses eran católicos y enemigos de los ingleses, allí las tropas españolas sufrieron cerca de 6000 bajas a manos de los irlandeses que realizaron una brutal matanza.
El 23 de septiembre de 1588 los restos de la Gran Armada llegaron a Santander. Se había perdido más de la mitad de los barcos  y casi 20000 vidas humanas. Fue un desastre en toda regla sin apenas llegar a las costas de Inglaterra. Las causas habría que buscarlas en varios aspectos.
Tradicionalmente se han buscado las culpas del fracaso al duque de Medina Sidonia, por su ineptitud, pero no solo él fue el culpable. El primero era el rey, que quizás mal aconsejado, o por sus ansias de castigar a Inglaterra, no actuó en el momento adecuado y calibró mal las fuerzas de ambos contendientes. Tampoco se puede decir que el Duque de Parma, actuara a favor de la empresa. Siempre tuvo recelos, y nunca vio con seguridad una victoria hispana, pero quizás tampoco se preocupó demasiado por aportar los hombres y barcos que se le habían requerido; aquí hay que tener en cuenta que los problemas en los Países Bajos eran bastante importantes, y por ello que le diera más importancia a ese frente que al inglés. Y por ultimo, el mayor enemigo al que tuvo que enfrentarse la armada en su periplo no fue tanto a la flota inglesa como a los terribles temporales del Mar del Norte. Como ya había comentado antes, la flota española no estaba preparada para surcar con estos navíos por aquellos mares.

En definitiva, la Armada “Invencible”, título que por cierto le concedieron los ingleses de manera irónica, fracasó por una serie de errores y desastres en cadena. Y no tardaría mucho Felipe II en enviar otra armada contra Inglaterra, que fracasó a consecuencia de las tormentas en 1597.
Pero, ¿Cuáles eran las motivaciones que habían llevado al rey español intentar invadir a Inglaterra? Se puso como excusa la ejecución de María Estuardo, pero la realidad era bien distinta. Fueron dos los motivos principales: el principal era acabar con la ayuda que proporcionaban los ingleses a los rebeldes holandeses, y la segunda acabar con los actos de piratería que ocasionaban los marinos ingleses, como Drake, en las posesiones españolas en América, e incluso en la propia Península Ibérica.
Se pensaba que con una invasión, se podría encarcelar o ejecutar a Isabel I, y a su gobierno, y el propio rey, Felipe II, se convertiría en rey inglés, usando para ello sus derechos sucesorios que obtenía de la rama de los Lancaster, y un supuesto testamento de María Estuardo, donde lo nombraba como heredero.

¿Qué hubiera ocurrido si al final la armada hubiera tenido éxito?
Es difícil imaginar lo que hubiera sucedido. En primer lugar habría sido un éxito sin precedentes, un mismo rey con las coronas de los reinos hispanos, de Portugal y de Inglaterra. Esto hubiera producido una conmoción en el resto de potencias europeas, como en Francia o Austria, e incluso en Roma.
Pero hubiera sido muy difícil que los españoles hubiesen tenido bajo su mando mucho tiempo la isla. Tendrían que haber hecho frente a continuas rebeliones; y con un ejército de ocupación permanente, Castilla tendría que haber pagado de su ya exiguo bolsillo más dinero que no tenía. Ésto hubiera provocado una situación insostenible. Las ventajas hubieran sido el cese de ataques piratas y saqueos por parte de los ingleses, y el corte de ayuda para los rebeldes de los Países Bajos, que quizás hubieran aprovechado las tropas españolas para acabar con la rebelión, ya que poco antes de 1588 Guillermo de Orange, cabecilla holandés, había muerto, y los rebeldes se hallaban descabezados.
Sin embargo, quizás a la muerte de monarca hispano, el poder español sobre las islas hubiera desaparecido, al no poder mantener durante mucho tiempo una ocupación que sin duda hubiera producido una grave sangría económica, militar y humana a los hombres de Felipe II y posteriormente de Felipe III.

La realidad es que en 1598 murió Felipe II, y cinco años más tarde lo hizo Isabel I de Inglaterra. Cuenta la leyenda que cuando la reina murió, tenia en su mesita de noche un retrato del rey prudente. ¿Quizás estos dos reyes que lucharon hasta su muerte el uno contra el otro, fueron amantes platónicos? No sería descabellada la idea, pues desde jóvenes se tuvieron una gran admiración y cariño, pero los asuntos de estado pudieron mas, anteponiéndolos a sus preferencias personales.
En 1603, ya muerta la reina, y con el trono inglés ocupado por Jacobo VI de Escocia, llamado Jacobo I, y en el español Felipe III, las relaciones colaterales tomaron un nuevo giro hacia un tono más amistoso. Habían concluido así casi 40 años de hostilidades entre ambos países.

Bibliografía:

Poder y sociedad en la España de Quinientos. Manuel Fernández Álvarez. Alianza Editorial.
Felipe de España. Henry Kamen. Editorial Siglo XXI
Isabel I de Inglaterra. Michael Duchen. Javier Vergara Editor.
El antiguo régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias. Domínguez Ortiz. Alianza Editorial.