APRENDIENDO A SER YO
Greg Egan
Tenía seis años
cuando mis padres me contaron que había una pequeña joya
oscura dentro de mi cráneo, aprendiendo a ser yo.
Arañas microscópicas
habían tejido una finísima red dorada por todo mi cerebro,
de forma que el entrenador de la joya pudiese escuchar los susurros de
mis pensamientos. La joya en sí fisgoneaba en mis sentidos y leía
los mensajes químicos que portaba mi flujo sanguíneo; veía,
oía, olía, gustaba y sentía el mundo exactamente igual
que yo, mientras el entrenador examinaba los pensamientos de la joya y
los comparaba con los míos. Cuando los pensamientos de la joya eran
incorrectos, el entrenador -a mayor velocidad que el pensamiento- rehacía
ligeramente la joya, alterándola por aquí y por allá,
buscando los cambios que corrigiesen sus pensamientos.
¿Por qué? De
forma que cuando yo ya no pudiese ser yo, la joya pudiese hacerlo por mí.
Pensé: si oírlo
me hace sentir extraño y mareado, ¿cómo se sentirá
la joya? Exactamente de la misma forma, razoné; no sabe que es la
joya, y también se pregunta cómo se sentirá la joya,
razonando también: “Exactamente de la misma forma; no sabe que es
la joya, y también se pregunta cómo se sentirá...”
Y también se pregunta...
(Lo sé, porque yo me
lo pregunté).
...también se pregunta
si es mi yo real, o si de hecho es simple-mente la joya aprendiendo a ser
yo.
A mis desdeñosos doce
años, me hubiese reído de esas preocupaciones infantiles.
Todos llevaban la joya, excepto los miembros de minúsculas sectas
religiosas, y reflexionar sobre la rareza de la situación me resultaba
insoportablemente pretencioso. La joya era la joya, un hecho corriente
de la vida, tan normal como los excrementos. Mis amigos y yo contábamos
chistes malos sobre la joya, de la misma forma que contábamos chistes
malos sobre el sexo, para demostrarnos mutuamente lo cómodos que
nos sentíamos con la idea.
Pero no nos sentíamos
tan adultos e imperturbables como fingíamos. Un día en el
que estábamos ganduleando en el parque, sin ningún plan en
particular, un miembro de nuestra pandilla -cuyo nombre he olvidado, pero
al que recuerdo como demasiado listo para su propio bien- nos preguntó
a cada uno:
—¿Quién eres?
¿La joya o el humano?
Cuando el último hubo
respondido, lanzó una risotada y dijo:
—Bien, yo no lo soy. Soy la
joya. Así que podéis lamerme el culo, perdedores, porque
todos vosotros vais a iros por el retrete cósmico... pero yo, yo
voy a vivir para siempre.
Le pegamos hasta que sangró.
Para cuando cumplí los
catorce años, a pesar -o quizá por eso- de que la joya apenas
se mencionaba en el aburrido temario de mi máquina de enseñanza,
había pensado bastante más en el tema. La respuesta pedantemente
correcta a la pregunta “¿Eres la joya o el humano?” tenía
que ser “El humano”, porque sólo el cerebro humano era físicamente
capaz de responder. La joya recibía las entradas de los sentidos,
pero no poseía control del cuerpo, y su respuesta intencional coincidía
con lo que efectivamente se decía, sólo porque el dispositivo
era una imitación perfecta del cerebro. Decirle al mundo exterior
“Soy la joya” -hablando, escribiendo o por cualquier otro método
que hiciese uso del cuerpo- era claramente falso (aunque este razonamiento
no descartaba pensarlo para uno mismo).
Sin embargo, en un sentido
más amplio, decidí que la pregunta simplemente era equivocada.
Mientras la joya y el cerebro humano compartiesen las mismas entradas sensoriales,
y mientras el entrenador mantuviese los pensamientos perfectamente sincronizados,
sólo había una persona, una identidad, una consciencia. Esta
persona única simplemente resultaba poseer la propiedad (muy deseable)
de que si la joya o el cerebro humano eran destruidos, él o ella
sobreviviría sin problemas. La gente siempre había tenido
dos pulmones y dos riñones, y durante casi un siglo, muchos habían
vivido con dos corazones. Esto era lo mismo: una cuestión de redundancia,
una cuestión de robustez, no más.
Ese fue el año en que
mis padres decidieron que yo era lo sufi-cientemente maduro como para contarme
que los dos habían realizado el cambio tres años antes. Fingí
tomármelo con calma, pero les odié apasionadamente por no
habérmelo contado en su momento. Habían ocultado la estancia
en el hospital con mentiras sobre viajes de negocios al extranjero. Durante
tres años había estado viviendo con cabezas-de-joya, y ni
siquiera me lo habían dicho. Era exactamente lo que yo hubiese esperado
de ellos.
—No te parecimos diferentes,
¿no? —me preguntó mi madre.
—No —dije, con sinceridad,
pero igualmente hirviendo de resentimiento.
—Es por eso que no te lo contamos
—dijo mi padre—. Si hubieses sabido que habíamos cambiado, podrías
haber imaginado que había-mos cambiado en algo. Como hemos esperado
hasta ahora para contártelo, te lo hemos dejado más fácil
para convencerte de que somos los mismos de siempre —me paso un brazo por
encima y me apretó. Yo casi grité “¡No me toques!”,
pero recordé a tiempo que me había convencido a mí
mismo de que la joya no era Nada Importante.
Debería haber supuesto
que lo habían hecho, mucho antes de que me lo confesasen; después
de todo, desde hacía años sabía que la mayoría
de la gente cambiaba al cumplir los treinta. Para entonces, el cerebro
orgánico va cuesta abajo, y sería una estupidez hacer que
la joya imitase ese declive. Por tanto, rehacen el sistema nervioso; pasan
las riendas del cuerpo a la joya y se desactiva al entrenador. Durante
una semana, los impulsos de salida del cerebro se comparan con los de la
joya, pero a esas alturas la joya es una copia perfecta, y jamás
se detectan diferencias.
Se retira el cerebro, se elimina,
y se le reemplaza con un tejido esponjoso, con forma de cerebro hasta el
nivel de los capilares más pequeños, pero tan incapaz de
pensar como un pulmón o un riñón. Ese cerebro de pega
retira de la sangre exactamente la misma cantidad de oxígeno y glucosa
que el cerebro real, y realiza con fidelidad cierto conjunto de funciones
bioquímicas toscas y esenciales. Con el tiempo, al igual que la
carne, perecerá y será preciso reemplazarlo.
La joya, sin embargo, es inmortal.
A menos que caiga en una explosión nuclear, sobrevivirá durante
mil millones de años.
Mis padres eran máquinas.
Mis padres eran dioses. No eran nada especial. Les odiaba.
Me enamoré a los dieciséis
años, y volví a convertirme en un niño.
Al pasar noches cálidas
en la playa con Eva, apenas podía creer que una simple máquina
pudiese sentirse como me sentía yo. Sabía perfectamente bien
que si mi joya hubiese tenido el control del cuerpo, hubiese pronunciado
las mismas palabras que yo, y hubiese ejecutado con igual cariño
y dificultad las mismas caricias torpes que yo, pero no podía aceptar
que su vida interior fuese tan rica, tan milagrosa, tan deliciosa como
la mía. El sexo, aunque agradable, lo podía aceptar como
una función puramente mecánica, pero había algo entre
nosotros (o eso creía) que no tenía ninguna relación
con la lujuria, nada que ver con las palabras, nada que ver con ninguna
acción tangible de nuestros cuerpos que un espía entre las
dunas, armado con binoculares infrarrojos y micrófonos parabólicos,
pudiese discernir. Después de hacer el amor, contemplábamos
en silencio el puñado de estrellas visibles, nuestras almas unidas
en un lugar secreto que ningún ordenador cristalino podría
alcanzar ni aunque lo intentase durante mil millones de años. (Si
le hubiese dicho semejante cosa a mi sensible y obsceno yo de doce años,
éste se hubiese reído hasta sufrir una hemorragia.)
Para entonces sabía
que el “entrenador” de la joya no vigilaba todas las neuronas de mi cerebro.
No hubiese sido práctico, tanto en términos de manejo de
datos, y tampoco por la intrusión física en los tejidos.
Uno de esos teoremas decía que la muestra de ciertas neuronas críticas
era casi tan válida como una muestra total, y -dadas algunas suposiciones
muy razonables que nadie podía demostrar falsas- se podían
establecer límites de error con rigor matemático.
Al principio, declaré
que dentro de esos errores, por pequeños que fuesen, se encontraba
la diferencia entre el cerebro y la joya, entre el humano y la máquina,
entre el amor y su imitación. Eva, sin embargo, me señaló
muy pronto que era absurdo realizar una distinción radical y cualitativa
en base a la densidad de muestreo; si el siguiente modelo de entrenador
muestreaba más neuronas y reducía a la mitad la tasa de error,
¿la joya estaría entonces a “medio camino” entre “humano”
y “máquina”? En teoría -y finalmente en la práctica-
la tasa de error se podía reducir por debajo de cualquier valor,
por pequeño que fuese, que yo pudiese establecer. ¿Creía
realmente que la discrepancia de uno entre mil millones era tan importante...
cuando todos los seres humanos perdían permanentemente miles de
neuronas todos los días por atrición natural?
Evidentemente, ella tenía
razón, pero pronto encontré otra defensa, más plausible,
para mi posición. Las neuronas vivas, argumentaba, poseían
mucha más estructura interna que los toscos conmutadores ópticos
que ejecutaban la misma función en la llamada “red neuronal” de
la joya. Que la neurona se disparase o no sólo reflejaba un nivel
de sus comportamientos; ¿quién sabía lo que las sutilezas
de la bioquímica -la mecánica cuántica de las moléculas
orgánicas específicas que intervenían- contribuían
a la naturaleza de la consciencia humana? Copiar la topología neuronal
abstracta no era suficiente. Cierto, la joya podía pasar el fatuo
test de Turing -ningún observador externo podía distinguirla
de un humano- pero eso no demostraba que ser una joya se sintiese igual
que ser humano.
Eva me preguntó:
—¿Significa eso que
jamás cambiarás? ¿Harás que retiren la joya?
¿Te dejarás morir cuando tu cerebro empiece a pudrirse?
—Quizá —dije—. Mejor
morir a los noventa o a los cien que matarme a los treinta y dejar que
una máquina vaya por ahí, ocupando mi lugar, fingiendo ser
yo.
—¿Cómo sabes
que yo no he cambiado? —preguntó, provoca-dora—. ¿Cómo
sabes que no estoy simplemente “fingiendo ser yo”?
—Se que no has cambiado —dije,
con suficiencia—. Simplemente lo sé.
—¿Cómo? Tendría
el mismo aspecto. Hablaría de la misma forma. Actuaría de
la misma forma en toda ocasión. Hoy en día la gente cambia
cada vez más joven. ¿Cómo sabes que no he cambiado?
Me volví hacia ella
y la miré a los ojos.
—Telepatía. Magia. La
comunión de las almas.
Mi yo de doce años empezó
a mofarse, pero para entonces ya sabía cómo alejarle.
A los diecinueve, a pesar de
estar estudiando económicas, me matriculé en un curso de
filosofía. Pero aparentemente el departamento de filosofía
no tenía nada que decir sobre el Dispositivo Ndoli, conocido habitualmente
como “la joya”. (Ndoli en realidad lo había llamado “el dual”, pero
el mote accidental y homofónico había ganado1.) Hablaban
de Platón, Descartes y Marx, hablaban de San Agustín y -cuando
se sentían especialmente modernos y atrevidos- de Sartre, pero si
habían oído hablar de Gödel, Turing, Hamsun o Kim, se
negaban a admitirlo. Por pura frustración, en un ensayo sobre Descartes,
propuse que la idea de que la consciencia humana era un “software” que
podía “implementarse” igual de bien sobre un cerebro orgánico
o sobre un cristal óptico era en realidad un retroceso al dualismo
cartesiano: escribiendo “software” en lugar de “alma”. Mi tutor superpuso
una línea roja, perfecta, diagonal y luminosa sobre cada párrafo
que trataba de esa idea, y escribió en el margen (con letras Times
verticales, en negrita y de veinte puntos, con un parpadeo desdeñoso
de dos hercios): ¡IRRELEVANTE!
Dejé la filosofía
y me matriculé en una unidad sobre ingeniería de cristales
ópticos para no especialistas. Aprendí mucha mecánica
cuántica de estado sólido. Aprendí mucha matemática
fascinante. Aprendí que una red neuronal es un dispositivo empleado
exclusivamente para resolver problemas que son demasiado difíciles
para comprender. Una red neuronal lo suficientemente flexible se puede
configurar por retroalimentación para imitar casi cualquier sistema
-para producir el mismo patrón de salidas dado el mismo patrón
de entrada- pero lograrlo no arroja ninguna luz sobre la naturaleza del
sistema que se emula.
—La comprensión —nos
dijo el profesor— es un concepto sobrevalorado. Nadie comprende realmente
cómo un óvulo fertilizado se convierte en un humano. ¿Qué
deberíamos hacer? ¿Dejar de tener hijos hasta que la ontogénesis
se pueda describir por medio de un conjunto de ecuaciones diferenciales?
Debía admitir que tenía
parte de razón.
Para entonces tenía
claro que nadie disponía de la respuesta que ansiaba, y que era
muy improbable que yo diese con ella; mis capacidades intelectuales eran,
como mucho, mediocres. Se reducía a una simple elección:
podía malgastar el tiempo preocupándome de los misterios
de la consciencia, o, como todos los demás, podía dejar de
preocuparme y seguir con mi vida.
Cuando me casé con Daphne
a los veintitrés, Eva era un recuerdo lejano, y también lo
eran mis ideas sobre la comunión de las almas. Daphne tenía
treinta y un años, era ejecutiva de un banco mercantil que me había
contratado durante mi doctorado, y todos estaban de acuerdo en que el matrimonio
beneficiaría a mi carrera. Nunca tuve claro qué sacaba ella.
Quizá yo le gustase de verdad. Teníamos una vida sexual agradable,
y nos confortábamos el uno al otro en momentos de tristeza, de la
forma en que cualquier persona de buen corazón confortaría
a un animal asustado.
Daphne no había cambiado.
Lo retrasaba mes tras mes, inven-tando excusas cada vez más ridículas,
y yo la chinchaba como si jamás hubiese tenido reparos propios.
—Tengo miedo —me confesó
una noche—. ¿Y si yo muero cuando lo haga... si todo lo que queda
es un robot, una marioneta, una cosa? No quiero morir.
Esas palabras me hacían
sentir incómodo, pero oculté mis sentimientos.
—Supongamos que sufres un derrame
—dije con labia— que destruye una pequeña porción de tu cerebro.
Supongamos que los médicos implantan una máquina para realizar
las funciones que ejecutaba la región dañada. ¿Seguirías
siendo “tú misma”?
—Claro.
—¿Y si lo hiciesen dos
veces, o diez veces, o mil veces...?
—No, necesariamente.
—¿Oh? Entonces, ¿en
qué porcentaje mágico dejarías de ser “tú”?
Me miró con furia.
—Todos los viejos argumentos,
tan cliché...
—Dime en que fallan, si son
tan viejos y tan cliché.
Empezó a llorar.
—No tengo que hacerlo. ¡Que
te den! ¡Estoy muerta de miedo y a ti no te importa una mierda!
La cogí entre mis brazos.
—Tranquila. Lo siento. Pero
todo el mundo lo hace, tarde o temprano. No debes tener miedo. Estoy aquí.
Te quiero; esas palabras podrían haber sido una grabación,
activada automáticamente al ver sus lágrimas.
—¿Lo harás? ¿Conmigo?
Me quedé helado.
—¿Qué?
—¿Pasar por la operación,
el mismo día? ¿Cambiar cuando cambie yo?
Muchas parejas lo hacían.
Como mis padres. En ocasiones, sin duda, era una cuestión de amor,
entrega, compartir la experiencia. A veces, estoy seguro, era más
una cuestión de que ninguno de los dos deseaba ser una persona no
cambiada viviendo con un cabeza-de-joya.
Permanecí en silencio
durante un rato, luego dije:
—Claro.
En los meses siguientes, todos
los temores de Daphne -que yo había llamado “infantiles” y “supersticiosos”-
comenzaron a cobrar sentido con rapidez, y mis propios argumentos “racionales”
me resultaban abstractos y hueros. Me eché atrás en el último
minuto; rechacé la anestesia y huí del hospital.
Daphne siguió adelante,
sin saber que la había abandonado.
No la volví a ver jamás.
No podía enfrentarme a ella; renuncié al trabajo y abandoné
la ciudad durante un año, asqueado por mi cobardía y mi traición,
pero al mismo tiempo eufórico por haber escapado.
Ella me demandó, pero
retiró la demanda unos días después, y acepto, a través
de sus abogados, un divorcio sin complicaciones. Antes de que el divorcio
se hubiese completado, me mandó una breve carta:
Después de todo, no había
nada que temer. Soy exactamente la misma persona de siempre. Retrasarlo
era una tontería; ahora que he dado el salto de fe, no podría
sentirme más tranquila.
Tu amante esposa robótica
Daphne
Para cuando cumplí los
veintiocho, casi todos mis conocidos se habían cambiado. Todos mis
amigos de la universidad lo habían hecho. Los colegas en mi nuevo
trabajo, con sólo veintiún años, lo habían
hecho. Eva, supe a través del amigo de un amigo, lo había
hecho seis años atrás.
Cuanto más lo retrasaba,
más difícil resultaba tomar la decisión. Podía
hablar con un millar de personas que habían cambiado, podía
interrogar a mis amigos más íntimos durante horas sobre sus
recuerdos de infancia y sus pensamientos más recónditos,
pero por convincentes que fuesen sus palabras, sabía que el Dispositivo
Ndoli había pasado décadas enterrado en sus cabezas, aprendiendo
a imitar exactamente ese comportamiento.
Evidentemente, siempre había
admitido que era igualmente imposible estar seguro de que otra persona
no cambiada tuviese una vida interior similar a la mía, pero no
me parecía irrazonable dar el beneficio de la duda a personas cuyos
cráneos no los habían vaciado con una cuchara.
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