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Con las manos sobre la
barandilla, la brisa acariciando su rostro, la mujer observaba los primeros
escalones del ghat, más cercanos a medida que la embarcación
se acercaba a la margen del río. Un improvisado muelle de madera
negra crecía sobre la superficie de las aguas como un brote de malas
hierbas, junto a la entrada de uno de los templos menores dedicado a Sarasvati.
Allí se congregaban varias mujeres más, envueltas en saris
dorados, esperando su llegada. Al ver acercarse la barcaza le hicieron
señales con las manos, gritaron su nombre. La mujer, nerviosa, acarició
la flor de loto que llevaba al cuello. Dieciséis pétalos
de un profundo color rojo oscuro, dieciséis pétalos simbolizando
el número sagrado en ofrenda a los dioses por ayudarla a superar
su pérdida.
La embarcación
se deslizó junto al templo y se detuvo suavemente. Dos hombres lanzaron
cuerdas desde su cubierta, otros en el muelle las enrollaron alrededor
de gruesos postes de madera mientras entonaban una letanía, respetando
la tradición. La mujer esperó hasta que manos fuertes extendieron
una precaria rampa de plástico desde la cubierta de la barcaza hasta
los listones de madera que formaban el muelle, después descendió.
Había cubierto su frente con cenizas coloreadas de amarillo y blanco,
dos líneas paralelas que surcaban su rostro como cicatrices. Había
recogido su pelo, lo había perlado de diminutas campanillas doradas
que tintineaban a cada paso que daba. Caminaba erguida, los pies descalzos,
la mirada al frente. En la orilla los chicos más jóvenes
se sumergían en las aguas del río, lanzándose desde
el último escalón de los ghat. Muchos rostros se volvieron
a su paso, siguiendo su avance con la mirada. Sabían quién
era, sabían que había perdido a un ser querido. Sabían
que acudía al templo de Sarasvati a llorar su dolor y buscar consuelo
en la imagen de la diosa.
Tras la mujer descendieron
dos hombres que cubrían la mayor parte de su rostro con velos oscuros.
Ambos, el torso desnudo cruzado por dos bandas de tela dorada, portaban
sendas urnas funerarias entre sus manos enguantadas. Se movían en
perfecta sincronía, como si hubieran ensayado durante años
una coreografía y la ejecutaran con precisión absoluta
ante el público congregado. La rampa cedió unos milímetros
bajo su peso, emitió un crujido. No detuvieron su camino. Desde
la orilla del río llegaba el olor de los puestos de fruta, de los
improvisados hornillos sobre los que se preparaban platos de carne deshilachada
y arroz, de los restos de basura acumulados sobre las escaleras, de los
cadáveres amontonados esperando la incineración. La mujer
se detuvo junto a un encantador de serpientes, que tocaba su flauta mientras
una imagen holográfica de baja resolución danzaba y se retorcía
a su alrededor, mostrando su lengua bífida, amenazándole.
Le lanzó unas monedas, ignoró su sonrisa desdentada y continuó
su camino hasta la entrada del templo.
–Sentimos la pérdida
en lo más profundo de nuestro corazón –le dijo una mujer
delgada, acercándose.
Ella asintió,
dejó que tomara sus manos entre las de ella. Otras mujeres se acercaron,
bajaron la mirada en señal de duelo. Muchas de las mujeres congregadas
recordaban a su marido como algo más que un amigo o un familiar.
Había sido el dueño de aquel ghat durante muchos años,
más de los que la mujer podía recordar. Había heredado
la propiedad de sus padres, y con el paso de los años había
otorgado a aquellos escalones de piedra una dignidad particular, impregnándolos
de su esencia, de su forma de ver la vida. Una inversión económica
transformada en una obsesión. Ella mostraba su orgullo por lo logrado
acudiendo al templo, rezando por él.
Y por su hijo.
–Entraré sola
–dijo, apartándose de las mujeres, asintiendo cuando le hablaban,
tomando sus manos cuando se las ofrecían.
Un accidente imprevisible
había quebrado su vida, desgarrándola en pedazos como si
de un sari deshilachado se tratara. Ahora debía afrontar nuevas
responsabilidades, hacerse cargo de un lugar que nunca sintió como
suyo, pero que representaba su única fuente de beneficios. Dedicó
una mirada desapasionada a los puestos de los vendedores asentados en el
ghat antes de entrar en el templo. Ellos la mantendrían a flote.
Ellos, pagando sus impuestos y entregándole el porcentaje de las
ventas que le correspondiese. Pensó en cuántos de ellos abandonarían
el lugar, marchándose a otros lugares, ahora que el hombre que acudía
todas las mañanas a realizar sus abluciones matinales en aquellas
escaleras, junto al Ganges, había muerto. Ella no compartía
su fervor religioso. Ella no volvería a pisar aquel lugar.
En el interior del templo
la esperaba el brahman. Sentado de espaldas a la entrada, quemaba varillas
de incienso bajo la figura tallada sobre la piedra de Sarasvati. El pétreo
rostro mostraba una sonrisa apenas sugerida, invitando al recién
llegado a acercarse, a compartir un secreto susurrado y mil veces lamentado.
En una de sus cuatro manos sostenía una flor, y la mujer no pudo
evitar tomar entre las suyas la que colgaba de su cuello.
–Acérquese –dijo
el brahman.
Ella se sentó
a su lado, mirando a la diosa. La luz procedente de las velas dotaba al
pequeño templo de una gratificante sensación de irrealidad.
La mujer sintió que allí podría hablar, compartir
su dolor con aquel hombre delgado y alto que la miraba con simulado interés.
–Es usted la mujer de...
–dijo el brahman, pero ella le interrumpió.
–Sí. En el muelle
dos hombres arrojan sus cenizas al Ganges. También las de mi hijo.
–Siento la pérdida
en lo más profundo de mi corazón –dijo el brahman.
Ella asintió.
Lágrimas saladas resbalaron por sus mejillas. Las secó con
el dorso de su mano.
–He venido porque ahora
yo represento este ghat. Quería que lo supiera.
–Ahora lo sé –respondió
el brahman, incorporándose–. También sé que no ha
venido sólo por esa razón.
–Usted vino aquí
hace muchos años. Vino aquí y mi marido confió en
usted. Le acogió –dijo la mujer–. Siento que la responsabilidad
de llevar este ghat es una carga demasiado grande para mí.
El brahman se acercó
hasta un pequeño armario junto a la estatua de Sarasvati. Extrajo
una llave de un bolsillo de su túnica, lo abrió. Tomó
entre sus manos un proyector, oculto tras botes de especias y varillas
de incienso. Se acercó a la mujer, lo encendió y le mostró
la imagen que proyectaba sobre la pared.
–¿Quiénes
son? –dijo ella, observando las figuras borrosas que sonreían y
se perseguían y parecían disfrutar de la vida como nunca
lo había hecho ella.
–La razón por
la que estoy aquí. La razón por la que yo no puedo ayudarla.
La mujer señaló
con el dedo la imagen.
–Es muy hermosa.
–Lo era –respondió
el brahman–. Las dos lo eran. Las perdí como usted ha perdido a
su marido y a su hijo. Las perdí y aquello me volvió loco.
Después vine aquí, a olvidarlo todo, a refugiarme del mundo.
No, no puedo ayudarla.
El brahman apagó
el proyector, la ayudó a incorporarse y la condujo hasta uno de
los extremos del templo. Allí había instalado una cama de
fibra de aluminio, un colchón de plumas y unas mantas, para facilitar
el descanso a los peregrinos que diariamente recorrían la margen
del río, deteniéndose en los templos para adorar a sus dioses.
–Pase aquí la
noche, como manda la tradición. Después vuelva a su casa,
organice su vida. Yo me quedaré aquí poco tiempo más.
No podré ayudarla.
La mujer se sentó
en el camastro. Pensó en los hombres del exterior, en las cenizas
deslizándose por el río entre las ofrendas y los restos de
basuras que se arrojaban a las aguas. Sintió un vacío en
su interior, un vacío que no podría llenar nunca más,
que no podría compartir con ninguna otra persona.
Intentó recordar
la cara de su marido con los ojos abiertos, brillantes, sonriéndola.
No pudo. Sólo pudo ver la máscara sin vida que le habían
mostrado en el depósito de cadáveres. Un rostro azulado,
marchito, carente de expresión. Bajo la sábana negra que
lo cubría, un atisbo de cicatrices abiertas, de heridas que rasgan
más que la simple carne. No lloró. Había decidido
ser fuerte, soportar en silencio todo el dolor que los agentes de la Compañía
le mostraban.
Cuando vio el rostro
de su hijo las piernas le fallaron, tuvieron que sostenerla entre dos hombres.
Se desmayó. Despertó algunos minutos después, y sintió
la humedad que empapaba sus mejillas. Había estado llorando de forma
incontrolada.
El brahman se dirigió
al armario con el proyector, lo colocó de nuevo en su lugar de origen.
La mujer cruzó las manos, bajó la cabeza.
–¿También
fue un accidente? –preguntó, con voz quebrada.
El brahman cerró
el armario, se volvió. Sonreía, pero había algo incómodo
en su sonrisa, algo indefinible que la hizo sentirse desnuda bajo su mirada.
–Sí, podría
decirse así –respondió, y se acercó a ella.
2
No se sentía cómodo
sentado en aquella silla. Llevaba allí más de dos horas,
incorporándose de vez en cuando pero sin alejarse demasiado, temeroso
de que aquellos dos tipos volvieran y le golpearan de nuevo. Se entretenía
observando el suelo recién encerado, una sucesión aleatoria
de placas de vidrio esmerilado y losetas de mármol. Dejaba vagar
la vista siguiendo las vetas oscuras que, como si de un complejo sistema
arterial se tratara, recorrían el suelo del pasillo y se extendían
hasta las paredes. Cuando no podía controlar la tensión de
la espera se acercaba hasta uno de los ventanales cercanos, cristales de
colores engarzados sobre estructuras de aluminio, y admiraba el exterior.
Enormes moles de cristal y acero se elevaban junto a la torre en la que
se encontraba, destacando entre un mar de edificios bajos y oscuros, apenas
discernibles bajo la lluvia. Observaba el paisaje desde una posición
privilegiada, en uno de los pisos más altos del edificio al que
le habían traído contra su voluntad. Más allá
de las primeras manzanas, admiró los Puentes de Brahma, los principales
puntos de acceso a la réplica, que se levantaban sobre las crecidas
aguas del río como colosos de hormigón y cristal. Convivían
con precarias estructuras de cuerdas y tablones de madera, alzadas desde
los templos menores, hundidos en el río, hasta los escalones más
bajos de los ghat. Y, junto a ellos, se erguían orgullosas erráticas
construcciones de piedra, recuerdos atávicos de la ciudad, tan estrechas
que apenas podían circular por ellas los richshaws. A cualquier
hora, en cualquier instante, los puentes se hallaban anegados de gente,
amontonados unos contra otros, la vista perdida en el río, como
si aquella multitud encontrara satisfacción en la presunta contemplación
de las oscuras aguas del Ganges.
–Ganga –murmuró, recordando
como denominaban al río los habitantes de Varanasi.
Se levantó por enésima
vez y caminó de nuevo hasta los ventanales. Prestó atención
a los altos templos que coronaban los ghat, iluminados por cientos de lámparas
de gas repartidas por ventanas y puertas, desdibujados por la lluvia que
azotaba la ciudad en el atardecer. En las escaleras que nacían en
los templos y morían en el río crecían de forma descontrolada
casetas de vendedores de flores y frutas, endebles estructuras de
improvisados templos menores, carpas descoloridas en cuyo interior se llevaban
a cabo representaciones de teatro, balaustradas de las que pendían
banderas con representaciones de diferentes deidades, montones de leña
y cenizas que mostraban el camino que los devotos anhelaban. Allí
moraban hombres y mujeres que vendían y compraban, curiosos que
se deslizaban entre los templos con sus cámaras de fotos, creyentes
que acudían al río con sus ofrendas. Los ghat se convertían
en el refugio de la multitud, de pértigas combadas y ofrendas vacías
y velas apagadas; en el vertedero de objetos perdidos y olvidados abandonados
en sus escalones. Algunas luces dispersas iluminaban a grupos de hombres
y mujeres en las orillas del río, depositando en las aguas delicados
cuencos de flores con velas encendidas en su interior. Navegaban y se hundían
junto a los escalones, pobre ofrenda para cadáveres que habían
desaparecido en el río y en muchas ocasiones ni siquiera habían
sido identificados.
Amadeo Romero intentó
mitigar el dolor de sus muñecas con una suave presión de
los dedos. Desde aquellas ventanas Varanasi se le aparecía como
un lugar distinto, casi atrayente. Aunque no permitiría que aquella
imagen sesgada le engañara. La réplica aglutinaba en su interior
a legiones de fanáticos religiosos, a comerciantes sin escrúpulos,
a traficantes de orkus, a mercaderes de bioimplantes de memoria, a desechos
de la sociedad y a refugiados de cientos de ciudades que acudían
allí, amparados en la oscuridad, para perder de vista las leyes
que regían en el exterior. Porque aquel lugar, tal y como lo recordaba,
seguía ajeno a las leyes de la ciudad, gobernado por intereses económicos
y sociales que escapaban a su comprensión. Intereses que valoraban
la vida humana a un nivel poco más importante que el intercambio
de unos billetes o una transacción de memoria codificada. Quizá
para aquellos pretendidos brahmanes y sus seguidores todos los actos que
realizaban tuvieran un sentido último. Quizá sus creencias
otorgaran a sus pobres vidas una falsa esperanza con la que sobrellevar
un futuro marcado por la incertidumbre. Sin embargo, para las grandes corporaciones
y mafias que gobernaban la réplica se trataba de un emergente caldo
de cultivo donde hallar nuevos adictos a sus propuestas de ocio refinadas.
Volvió su atención
al pasillo en el que esperaba, intentado que los turbios recuerdos que
poseía de Varanasi no bucearan en su mente y toparan con su conciencia.
No comprendía los motivos de su presencia en aquel lugar, una de
las torres de la periferia, los edificios señoriales que se elevaban
sobre los restos abandonados de los barrios marginales. Los dos hombres
que, contra su voluntad, le habían arrastrado hasta allí,
no habían respondido a ninguna de sus preguntas, limitándose
a proporcionarle unas pastillas que habían hecho desaparecer todo
rastro de alcohol de su cuerpo. Cuando aparecieron en el local en el que
había decidido entrar para tomar la última copa de la noche
–un bar de la periferia, de luces de neón, rincones oscuros y camareras
sonrientes– no les prestó atención, a pesar de su corpulencia
y sus implantes en el rostro. Se acercaron hasta él, le tomaron
de los brazos, derramándole la bebida sobre los pantalones. El más
alto, un alterado de ojos brillantes y voz metálica, le conminó
a marchar con ellos sin ofrecer resistencia. Sin saber a ciencia cierta
de qué se trataba todo aquello, intentó zafarse y salir corriendo,
consciente de que, de alguna manera, se encontraba en peligro. Le derribaron
al suelo con facilidad y le colocaron unas esposas de metal, un viejo artilugio
que, desde luego, no usaban los empleados de la Compañía.
Sentir cómo las esposas mordían la carne de sus muñecas
le proporcionó una extraña tranquilidad. Se dejó llevar
hasta un vehículo autoconducido que habían aparcado en la
puerta del local, y subió al asiento trasero ayudado por uno de
sus captores. Fueran quienes fuesen aquellos tipos, al menos tenía
la seguridad de que no trabajaban para la Compañía. Le aterraba
volver allí, encontrarse de nuevo con aquellas caras, con aquellos
nombres. Con aquella eterna sensación de culpabilidad.
Las puertas en las que terminaba
el pasillo, dos hojas de madera con dragones grabados ascendiendo hacia
un cielo cubierto de nubes, se abrieron. Amadeo bajó la mirada,
matando su curiosidad con miedo. Sus ojos se encontraron con sus zapatos.
Advirtió que se veían agrietados y cubiertos de polvo. ¿Qué
aspecto tendría él mismo? No recordaba haberse cambiado de
ropa en los últimos días, tan fuera de sí mismo se
sentía desde que había vuelto. Imaginó que, al margen
de sus ropas arrugadas y sucias, su olor corporal tampoco debía
ser agradable. Una mezcla de alcohol, sudor, y culpabilidad. Volver a la
ciudad del color y la luz, al Madrid que tanto había añorado,
no le había devuelto la paz interior que anhelaba. Quizá,
al fin y al cabo, lo que había sucedido en Barcelona, en Kurtuba,
le acompañaría siempre. Debería contentarse con continuar
un día más vivo, un día más en aquel mundo
gris cubierto de nubes que no perdonaba los pecados, ni siquiera los olvidaba.
Miró de nuevo por la
ventana, consciente de que alguien caminaba por el pasillo hacia él.
En las calles que accedían a los Puentes de Brahma el tráfico
se había convertido en un caos. Cientos de rickshaws de vivos colores
se deslizaban entre los vehículos automáticos, llevando su
preciosa carga humana hacia los puentes, hacia Varanasi. Los accesos a
la réplica bullían de actividad, llenándose de miles
de voces humanas gritando y profiriendo insultos, de cláxones quebrando
esas voces, de gestos y acciones innecesarias. Amadeo nada podía
percibir de todo aquello, aislado en la torre tras los cristales y la distancia.
Se sentía espectador privilegiado de una película muda, rodada
a cámara rápida con diminutas maquetas conducidas por un
especialista cuyo sistema nervioso estaba invadido por el orkus.
–Hermoso, ¿verdad? –dijo
una voz a su espalda, una voz ruda con un leve tono metálico, y
Amadeo se volvió para encontrarse con su interlocutor.
Se trataba de un hombre delgado,
de largo cabello blanco con vetas doradas recogido en una trenza. Las profundas
arrugas que surcaban su rostro como grietas en una roca delataban su edad.
Vestía de forma elegante y tradicional, con motivos japoneses grabados
en la solapa de su chaqueta. Sonreía, una sonrisa amplia pero poco
amigable, una sonrisa de depredador.
–¿El tráfico?
–preguntó Amadeo, inseguro.
El hombre no pudo reprimir
una carcajada. Apoyando su mano izquierda en el hombro de Amadeo le condujo
por el pasillo, sin violencia pero con firmeza, hacia las puertas abiertas.
–No, desde luego –dijo, mientras
avanzaban hacia el cuarto que Amadeo podía descubrir en la distancia–.
Hablaba de Varanasi.
Amadeo se sintió tentado
de deshacerse del incómodo contacto del hombre y volver hasta la
ventana una vez más, para comprobar por sí mismo la veracidad
de aquellas palabras. No había nada hermoso en Varanasi, en la réplica
que había crecido de forma desmesurada en Madrid como un cáncer,
tras cubrir el antiguo estadio de fútbol y extenderse por la margen
del río. Ya nadie pronunciaba nombres como Toledo, Segovia, Pirámides,
Acacias. Ni siquiera llamaban al río Manzanares por su nombre. Todo
allí se había transformado, todo había perdido su
identidad y se había convertido en una burla, una parodia de lo
que una vez fue la ciudad hindú de Benarés. ¿Cómo
podía considerarse hermosa aquella suplantación, aquella
invasión de la ciudad desde su interior, una degradación
de la memoria histórica que había dado origen a aquella réplica
depravada? En su memoria perduraban los recuerdos de las altas torres de
marfil coronadas por colosales elefantes en honor a Ganesa, las figuras
del dios toro repartidas por la orilla del Ganges, la belleza de los templos
en honor de Vishnu y Krishna. Todo aquello quedaba eclipsado por la corrupción,
la desesperación y la muerte que albergaban las calles más
oscuras, la soledad y el olvido que se alojaba en sus casas vacías,
el miedo que albergaban los menos afortunados, los que no habían
podido elegir. No podía evitar pensar en los hombres y mujeres que
no habían tenido la oportunidad de abandonar la réplica cuando
ésta empezó a existir y ahora, sin desearlo, formaban parte
de aquella comunidad.
–El señor Delhi le recibirá
ahora, señor Romero –dijo el hombre delgado, y le dejó sentado
de nuevo en una sala vacía.
Dos dragones –estilizados,
delgados como serpientes de agua– se deslizaban sobre altas montañas
nevadas en una ilustración que cubría casi por completo una
de las paredes, justo la que quedaba a la derecha de Amadeo. En la pared
contraria habían colocado dos estatuas de soldados feudales japoneses
armados con lanzas. Parecían custodiar un jarrón, decorado
profusamente con rostros y cuerpos de geishas, que descansaba sobre una
columna entre ellos. Frente a Amadeo dominaba la sala una enorme mesa de
madera negra, y una silla –alta, intrincados grabados recorriendo su espalda,
también de madera negra– aparecía a su lado. Tras ella una
puerta entreabierta invitaba a pensar que su anfitrión disponía
de otra sala más acorde a sus necesidades, y que reservaba aquélla
sólo para las visitas más indeseables.
Amadeo dejó transcurrir
aquel nuevo tiempo de espera intentando comprender la mente del hombre
que le había mandado llamar. Durante los años que había
trabajado para la Compañía investigando diferentes casos
criminales había tenido que hacerlo en multitud de ocasiones. Intentar
adivinar las motivaciones y los pensamientos de un hombre a partir de pequeños
indicios, desde un gesto casual hasta la decoración que había
impuesto a su dormitorio. Varios de sus compañeros afirmaban sin
tapujos que podían diseccionar por completo la mente de un criminal
sólo con pasar un día entero observándole, acompañándole
en su rutina diaria, entrando en su casa y viendo cómo la
había decorado. Se encontraba perdido en sus deducciones, en sus
recuerdos, en un punto muerto que no le llevaba a ninguna parte, cuando
apareció su anfitrión.
–¿Tomará una
copa? –susurró el recién llegado con voz aflautada.
Lo primero que le llamó
la atención fue lo voluminoso que era. A primera vista debía
pesar más de ciento cincuenta kilos, pero sus movimientos no resultaban
torpes. Al sentarse en la silla Amadeo temió que ésta se
rompiera en pedazos, pero resistió con un leve crujido. Con unas
grandes manos de dedos gruesos extrajo de un cajón de la mesa
que permanecía oculto para él una delicada botella de cristal
y sirvió en dos pequeños vasos un poco del líquido
bermellón que contenía.
–Vamos, beba. Lo han decantado
esta mañana –dijo, deslizando el vaso sobre la mesa con un dedo
.
Amadeo dudó, pero después
bebió un sorbo –lo encontró extrañamente dulce, y
con un regusto peculiar al tragarlo– y dejó el vaso sobre la mesa
con suavidad. Un surco de agua se marcó sobre la madera en el punto
en el que lo había dejado. El coloso que se sentaba frente a él
cruzó los dedos bajo la barbilla y le observó en silencio.
Amadeo sintió la necesidad de romper el silencio, incómodo
bajo la mirada escrutadora de aquel hombre, pero optó por callar
y esperar a que el señor Delhi iniciara la conversación.
–No tiene usted buen aspecto
–dijo el hombre.
–Eso debería decírselo
a sus hombres –masculló Amadeo, con gesto hosco.
El hombre sonrió, divertido.
–Es posible que tenga razón.
Es posible, aunque no creo que antes de conocerlos se encontrara usted
en mucho mejor estado –dijo, jugueteando con sus dedos, sin dejar de mirarlo
como un tigre hambriento a una gacela herida–. En cualquier caso, no tiene
importancia. Como las presentaciones, señor Romero. Como mi chambelán
le habrá dicho, para usted seré el señor Delhi. Es
posible que le resulte incómodo no conocer mi verdadero nombre,
pero intentaremos que ello no suponga un inconveniente en nuestras, digamos,
negociaciones, ¿de acuerdo?
Amadeo asintió. La voz
aflautada del señor Delhi, un anacronismo atrapado bajo cientos
de láminas de tejido adiposo, le hacía sentirse incómodo,
tanto o más que ignorar la razón por la que había
sido arrastrado a su presencia.
–Bien. Aclarado este punto,
le contaré el motivo por el cual está usted aquí –continuó
el señor Delhi, como si hubiera leído su mente, tomando un
sorbo de su bebida en una pausa teatral–. Está usted aquí
por una sencilla razón: le necesito. Desde luego que lo que voy
a proponerle lo podría hacer cualquier otro, señor Romero,
y muy probablemente mejor que usted. Pero soy un amante de la justicia
poética, si me lo permite, y creo que haberle encontrado le da un
sentido final a todo lo que estoy intentando hacer desde hace unos años.
Dígame, ¿cuándo fue la última vez que estuvo
usted en Varanasi?
–Hace más de seis años,
si no recuerdo mal –dijo Amadeo, consciente de que recordaba a la perfección
la última vez que había estado en la réplica.
–Sí, eso era lo que
yo pensaba. Bien, está usted aquí porque necesito que vuelva
a ese lugar. Vuelva allí, y encuentre al hombre que se perdió
en Varanasi. ¿Lo recuerda? Aquel tipo delgado que fue su jefe, aquel
que se cargó a su mujer y a su hija.
Amadeo abrió la boca,
volvió a cerrarla. El señor Delhi le miraba con atención,
sonriendo, esperando una respuesta. Sin embargo, sus palabras sólo
podían interpretarse como una orden, algo que no admitía
ni excusas ni negativas. En un primer momento, Amadeo no supo cómo
reaccionar, qué responder. Ignoraba el poder que ostentaba aquel
hombre, aunque era consciente de que su situación actual no le permitía
tomarse muchas libertades. ¿Buscar al detective de la Compañía
que trabajó con él en el caso del asesino de mujeres? ¿Por
qué? ¿Qué sentido último tenía todo
aquello? Recuerdos dolorosos le asaltaron, recuerdos de un niño
inocente, de muertes que podían haberse evitado. Se encontraba en
una posición demasiado incómoda para negarse, y eso le preocupaba.
–¿Por qué yo?
–dijo, sin esperar una respuesta sincera.
–Justicia poética, ya
se lo dije –le respondió su anfitrión, sin dejar de mirarle,
sonriendo–. Una forma de redimir sus pecados, una forma de olvidar lo ocurrido.
Allí, en Varanasi, las cosas han cambiado en estos últimos
años. La presencia de la Compañía es testimonial,
la ley ha caído en manos de personas, digamos, desagradables para
usted y para mí, que me impiden llevar a buen término mis
indagaciones sin llamar la atención innecesariamente. Sin embargo,
se que usted sabrá manejarse en ese lugar, y se que será
capaz de encontrar al señor Cabero y traerlo consigo. Allí
contará con la ayuda de un hombre, un informador que mantenemos
dentro de la réplica. Él le ayudará con los primeros
movimientos. No estará sólo, señor Romero. Encuéntrelo,
y tráigamelo aquí. Vivo, desde luego.
Amadeo asintió, apesadumbrado.
Al menos podría salir de aquel edificio con vida, algo que había
llegado a dudar. Sin embargo la idea de volver a Varanasi le aterraba.
Demasiados recuerdos, demasiados cabos sueltos. Volvería a sentir
la presión de aquellos dioses coloristas, de aquellos animales sagrados,
de aquellas personas dominadas por su fervor religioso. Temible. Además,
¿qué sabía de aquel hombre que había trabajado
con él? Desapareció sin dejar ni rastro, oculto en los barrios
bajos de la réplica, ajeno a los demonios que había desatado
con sus acciones. Nadie sabía dónde se encontraba. Quizá
incluso podría haber muerto. ¿Qué le contaría
entonces al señor Delhi?
–Vamos, mi chambelán
le acompañará hasta la salida y le dará todo lo que
necesita. En esta ocasión espero que las cosas salgan mejor que
en Kurtuba, señor Romero –dijo el voluminoso señor Delhi,
animando con un gesto a que Amadeo se incorporara, y salió por la
puerta del fondo.
Amadeo también salió
de la sala sin mirar atrás, por las puertas por las que había
entrado, intentando no pensar en la última frase que el señor
Delhi le había dedicado. Sabía demasiadas cosas sobre él,
le había investigado. En el pasillo se encontró con el chambelán,
el hombre delgado que le había acompañado anteriormente.
Reflejos del sol de la tarde que atravesaba la Nube brillaban en las ventanas
acristaladas, manteniendo diminutas motas de polvo suspendidas en el aire.
Amadeo y su acompañante recorrieron el pasillo hasta el ascensor
sin cruzar palabra. Al llegar allí, el hombre delgado le tendió
un maletín negro, que Amadeo tomó entre sus manos con cierta
aprensión.
–Señor Romero, se alojará
usted en el hotel Vishnu, junto al Puente de Parvati, no creo que tenga
problemas para encontrarlo. Tome un rickshaw para llegar hasta allí,
sea discreto. Encontrará dinero en el interior del maletín
para sus gastos, un número de teléfono, un arma y algunos
cargadores. Llame para mantenernos informados, o para cualquier cosa que
necesite.
El chambelán observó
en silencio a Amadeo mientras éste entraba en el ascensor y esperó
hasta que los dígitos luminosos indicaron que había llegado
a la planta baja. Después recorrió de nuevo el pasillo hasta
el despacho del señor Delhi y entró en la habitación
que se abría tras la mesa. En el interior, en un cuarto oscuro pobremente
iluminado por lámparas de gas sostenidas en las paredes mediante
abrazaderas de hierro, el señor Delhi observaba un colgante que
sostenía entre sus dedos.
–Espero que todo vaya según
lo previsto, señor –dijo, y el señor Delhi se volvió,
la luz de las lámparas reflejada en su rostro, dotándole
de un aspecto maléfico.
–Desde luego, querido amigo.
Todo saldrá tal y como lo he previsto. Hemos dado los primeros pasos
y nada parece ir mal. En cualquier caso, he mandado otros dos hombres tras
nuestro estimado señor Romero para confirmarlo. Ya sabe, no debemos
arriesgarnos inútilmente. Esto ya ha durado demasiado, y no lo vamos
a estropear ahora que los hemos reunido a todos.
El chambelán asintió.
–Mañana visitaremos
a la niña. Le llevaré su colgante preferido. Después...
después decidiremos los últimos detalles –dijo el señor
Delhi, y el chambelán salió del cuarto cerrando la puerta.
Abajo, en la calle, Amadeo
vio su rostro reflejado en el escaparate de una tienda de alimentación.
La nariz y la boca cubiertas con un filtro barato, el ojo izquierdo amoratado
y levemente hinchado, el pelo sucio y revuelto. La mirada que le devolvió
su reflejo era la correspondiente a un hombre que ha luchado una guerra
interior y ha sido vencido. Un hombre perseguido por sus recuerdos, torturado
por sus errores. Quizá ahora se arreglaran las cosas, quizá
no. No sabía qué debía hacer. ¿Huir de allí
con el maletín, esconderse en la réplica con la esperanza
de que no le encontraran? Todas las ideas que pasaban por su mente le parecían
estúpidas. ¿De qué estaba huyendo? De sí mismo,
de sus fantasmas. No sabía qué pensar. No sabía qué
hacer.
Advirtió con pesar que
carecía de opciones. Volvería a Varanasi, localizaría
al detective Cabero, lo llevaría ante el señor Delhi. Sintió
que, al fin y al cabo, el detective y él no eran tan distintos.
Ambos habían cometido errores, ambos habían pagado por ello.
Sí, buscaría al detective y le arrastraría hasta la
casa del señor Delhi, como habían hecho con él.
Después... el futuro
se perdía en brumas de niebla.
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