Santiago Eximeno

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ASURA
Santiago Eximeno

Varanasi. Una ciudad dentro de la ciudad. Un submundo inmerso en un Madrid quizá no muy lejano e indefinido: una ciudad contaminada en extremo en la que en torno al antiguo estadio de fútbol se ha erigido una nueva y malsana réplica de Benarés. 
En Barcelona, invadiendo la Diagonal y descendiendo por las Ramblas, crece Kurtuba, con sus colosales mezquitas coronadas por minaretes de fibra de vidrio y sus mercadillos árabes inundando las calles de la ciudad. 
En Madrid, sobre las ruinas del derruido estadio de fútbol, junto al río Manzanares, nacen los templos a antiguos dioses paganos y las escalinatas que terminan en el río, donde miles de personas acuden a diario a purificarse y realizar sus ofrendas. A esta comunidad sus habitantes la denominan Varanasi.
En la Réplica, como la llaman los que viven en el exterior, se extiende una telaraña de venganza provocada por un asesinato nunca resuelto. Constantino Cabero y Amadeo Romero, dos antiguos agentes de La Compañía que ocultan un oscuro pasado, y Gina, una joven que lucha por su propio futuro, se encuentran atrapados en sus redes. 
Y, mientras tanto, oculto en las sombras, Asura espera el momento adecuado para resarcirse de su encierro.
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 Asura | Santiago Eximeno | Prologo: Francisco Ruiz
ISBN: 8496013103 | 179 páginas | Rústica 
10.95 €
Portada: Daniel Pascual / Juan Antonio Gonzálvez
ANTICIPO DE LECTURA
Capítulo Uno
1

 Con las manos sobre la barandilla, la brisa acariciando su rostro, la mujer observaba los primeros escalones del ghat, más cercanos a medida que la embarcación se acercaba a la margen del río. Un improvisado muelle de madera negra crecía sobre la superficie de las aguas como un brote de malas hierbas, junto a la entrada de uno de los templos menores dedicado a Sarasvati. Allí se congregaban varias mujeres más, envueltas en saris dorados, esperando su llegada. Al ver acercarse la barcaza le hicieron señales con las manos, gritaron su nombre. La mujer, nerviosa, acarició la flor de loto que llevaba al cuello. Dieciséis pétalos de un profundo color rojo oscuro, dieciséis pétalos simbolizando el número sagrado en ofrenda a los dioses por ayudarla a superar su pérdida.
 La embarcación se deslizó junto al templo y se detuvo suavemente. Dos hombres lanzaron cuerdas desde su cubierta, otros en el muelle las enrollaron alrededor de gruesos postes de madera mientras entonaban una letanía, respetando la tradición. La mujer esperó hasta que manos fuertes extendieron una precaria rampa de plástico desde la cubierta de la barcaza hasta los listones de madera que formaban el muelle, después descendió. Había cubierto su frente con cenizas coloreadas de amarillo y blanco, dos líneas paralelas que surcaban su rostro como cicatrices. Había recogido su pelo, lo había perlado de diminutas campanillas doradas que tintineaban a cada paso que daba. Caminaba erguida, los pies descalzos, la mirada al frente. En la orilla los chicos más jóvenes se sumergían en las aguas del río, lanzándose desde el último escalón de los ghat. Muchos rostros se volvieron a su paso, siguiendo su avance con la mirada. Sabían quién era, sabían que había perdido a un ser querido. Sabían que acudía al templo de Sarasvati a llorar su dolor y buscar consuelo en la imagen de la diosa.
 Tras la mujer descendieron dos hombres que cubrían la mayor parte de su rostro con velos oscuros. Ambos, el torso desnudo cruzado por dos bandas de tela dorada, portaban sendas urnas funerarias entre sus manos enguantadas. Se movían en perfecta sincronía, como si hubieran ensayado durante años una coreografía y la ejecutaran  con precisión absoluta ante el público congregado. La rampa cedió unos milímetros bajo su peso, emitió un crujido. No detuvieron su camino. Desde la orilla del río llegaba el olor de los puestos de fruta, de los improvisados hornillos sobre los que se preparaban platos de carne deshilachada y arroz, de los restos de basura acumulados sobre las escaleras, de los cadáveres amontonados esperando la incineración. La mujer se detuvo junto a un encantador de serpientes, que tocaba su flauta mientras una imagen holográfica de baja resolución danzaba y se retorcía a su alrededor, mostrando su lengua bífida, amenazándole. Le lanzó unas monedas, ignoró su sonrisa desdentada y continuó su camino hasta la entrada del templo.
 –Sentimos la pérdida en lo más profundo de nuestro corazón –le dijo una mujer delgada, acercándose.
 Ella asintió, dejó que tomara sus manos entre las de ella. Otras mujeres se acercaron, bajaron la mirada en señal de duelo. Muchas de las mujeres congregadas recordaban a su marido como algo más que un amigo o un familiar. Había sido el dueño de aquel ghat durante muchos años, más de los que la mujer podía recordar. Había heredado la propiedad de sus padres, y con el paso de los años había otorgado a aquellos escalones de piedra una dignidad particular, impregnándolos de su esencia, de su forma de ver la vida. Una inversión económica transformada en una obsesión. Ella mostraba su orgullo por lo logrado acudiendo al templo, rezando por él.
 Y por su hijo.
 –Entraré sola –dijo, apartándose de las mujeres, asintiendo cuando le hablaban, tomando sus manos cuando se las ofrecían.
 Un accidente imprevisible había quebrado su vida, desgarrándola en pedazos como si de un sari deshilachado se tratara. Ahora debía afrontar nuevas responsabilidades, hacerse cargo de un lugar que nunca sintió como suyo, pero que representaba su única fuente de beneficios. Dedicó una mirada desapasionada a los puestos de los vendedores asentados en el ghat antes de entrar en el templo. Ellos la mantendrían a flote. Ellos, pagando sus impuestos y entregándole el porcentaje de las ventas que le correspondiese. Pensó en cuántos de ellos abandonarían el lugar, marchándose a otros lugares, ahora que el hombre que acudía todas las mañanas a realizar sus abluciones matinales en aquellas escaleras, junto al Ganges, había muerto. Ella no compartía su fervor religioso. Ella no volvería a pisar aquel lugar.
 En el interior del templo la esperaba el brahman. Sentado de espaldas a la entrada, quemaba varillas de incienso bajo la figura tallada sobre la piedra de Sarasvati. El pétreo rostro mostraba una sonrisa apenas sugerida, invitando al recién llegado a acercarse, a compartir un secreto susurrado y mil veces lamentado. En una de sus cuatro manos sostenía una flor, y la mujer no pudo evitar tomar entre las suyas la que colgaba de su cuello.
 –Acérquese –dijo el brahman.
 Ella se sentó a su lado, mirando a la diosa. La luz procedente de las velas dotaba al pequeño templo de una gratificante sensación de irrealidad. La mujer sintió que allí podría hablar, compartir su dolor con aquel hombre delgado y alto que la miraba con simulado interés.
 –Es usted la mujer de... –dijo el brahman, pero ella le interrumpió.
 –Sí. En el muelle dos hombres arrojan sus cenizas al Ganges. También las de mi hijo.
 –Siento la pérdida en lo más profundo de mi corazón –dijo el brahman.
 Ella asintió. Lágrimas saladas resbalaron por sus mejillas. Las secó con el dorso de su mano.
 –He venido porque ahora yo represento este ghat. Quería que lo supiera.
 –Ahora lo sé –respondió el brahman, incorporándose–. También sé que no ha venido sólo por esa razón.
 –Usted vino aquí hace muchos años. Vino aquí y mi marido confió en usted. Le acogió –dijo la mujer–. Siento que la responsabilidad de llevar este ghat es una carga demasiado grande para mí.
 El brahman se acercó hasta un pequeño armario junto a la estatua de Sarasvati. Extrajo una llave de un bolsillo de su túnica, lo abrió. Tomó entre sus manos un proyector, oculto tras botes de especias y varillas de incienso. Se acercó a la mujer, lo encendió y le mostró la imagen que proyectaba sobre la pared.
 –¿Quiénes son? –dijo ella, observando las figuras borrosas que sonreían y se perseguían y parecían disfrutar de la vida como nunca lo había hecho ella.
 –La razón por la que estoy aquí. La razón por la que yo no puedo ayudarla.
 La mujer señaló con el dedo la imagen.
 –Es muy hermosa.
 –Lo era –respondió el brahman–. Las dos lo eran. Las perdí como usted ha perdido a su marido y a su hijo. Las perdí y aquello me volvió loco. Después vine aquí, a olvidarlo todo, a refugiarme del mundo. No, no puedo ayudarla.
 El brahman apagó el proyector, la ayudó a incorporarse y la condujo hasta uno de los extremos del templo. Allí había instalado una cama de fibra de aluminio, un colchón de plumas y unas mantas, para facilitar el descanso a los peregrinos que diariamente recorrían la margen del río, deteniéndose en los templos para adorar a sus dioses.
 –Pase aquí la noche, como manda la tradición. Después vuelva a su casa, organice su vida. Yo me quedaré aquí poco tiempo más. No podré ayudarla.
 La mujer se sentó en el camastro. Pensó en los hombres del exterior, en las cenizas deslizándose por el río entre las ofrendas y los restos de basuras que se arrojaban a las aguas. Sintió un vacío en su interior, un vacío que no podría llenar nunca más, que no podría compartir con ninguna otra persona.
 Intentó recordar la cara de su marido con los ojos abiertos, brillantes, sonriéndola. No pudo. Sólo pudo ver la máscara sin vida que le habían mostrado en el depósito de cadáveres. Un rostro azulado, marchito, carente de expresión. Bajo la sábana negra que lo cubría, un atisbo de cicatrices abiertas, de heridas que rasgan más que la simple carne. No lloró. Había decidido ser fuerte, soportar en silencio todo el dolor que los agentes de la Compañía le mostraban.
 Cuando vio el rostro de su hijo las piernas le fallaron, tuvieron que sostenerla entre dos hombres. Se desmayó. Despertó algunos minutos después, y sintió la humedad que empapaba sus mejillas. Había estado llorando de forma incontrolada. 
 El brahman se dirigió al armario con el proyector, lo colocó de nuevo en su lugar de origen. La mujer cruzó las manos, bajó la cabeza.
 –¿También fue un accidente? –preguntó, con voz quebrada.
 El brahman cerró el armario, se volvió. Sonreía, pero había algo incómodo en su sonrisa, algo indefinible que la hizo sentirse desnuda bajo su mirada.
 –Sí, podría decirse así –respondió, y se acercó a ella.

2

No se sentía cómodo sentado en aquella silla. Llevaba allí más de dos horas, incorporándose de vez en cuando pero sin alejarse demasiado, temeroso de que aquellos dos tipos volvieran y le golpearan de nuevo. Se entretenía observando el suelo recién encerado, una sucesión aleatoria de placas de vidrio esmerilado y losetas de mármol. Dejaba vagar la vista siguiendo las vetas oscuras que, como si de un complejo sistema arterial se tratara, recorrían el suelo del pasillo y se extendían hasta las paredes. Cuando no podía controlar la tensión de la espera se acercaba hasta uno de los ventanales cercanos, cristales de colores engarzados sobre estructuras de aluminio, y admiraba el exterior. Enormes moles de cristal y acero se elevaban junto a la torre en la que se encontraba, destacando entre un mar de edificios bajos y oscuros, apenas discernibles bajo la lluvia. Observaba el paisaje desde una posición privilegiada, en uno de los pisos más altos del edificio al que le habían traído contra su voluntad. Más allá de las primeras manzanas, admiró los Puentes de Brahma, los principales puntos de acceso a la réplica, que se levantaban sobre las crecidas aguas del río como colosos de hormigón y cristal. Convivían con precarias estructuras de cuerdas y tablones de madera, alzadas desde los templos menores, hundidos en el río, hasta los escalones más bajos de los ghat. Y, junto a ellos, se erguían orgullosas erráticas construcciones de piedra, recuerdos atávicos de la ciudad, tan estrechas que apenas podían circular por ellas los richshaws. A cualquier hora, en cualquier instante, los puentes se hallaban anegados de gente, amontonados unos contra otros, la vista perdida en el río, como si aquella multitud encontrara satisfacción en la presunta contemplación de las oscuras aguas del Ganges.
–Ganga –murmuró, recordando como denominaban al río los habitantes de Varanasi.
Se levantó por enésima vez y caminó de nuevo hasta los ventanales. Prestó atención a los altos templos que coronaban los ghat, iluminados por cientos de lámparas de gas repartidas por ventanas y puertas, desdibujados por la lluvia que azotaba la ciudad en el atardecer. En las escaleras que nacían en los templos y morían en el río crecían de forma descontrolada casetas de vendedores de flores y frutas,  endebles estructuras de improvisados templos menores, carpas descoloridas en cuyo interior se llevaban a cabo representaciones de teatro, balaustradas de las que pendían banderas con representaciones de diferentes deidades, montones de leña y cenizas que mostraban el camino que los devotos anhelaban. Allí moraban hombres y mujeres que vendían y compraban, curiosos que se deslizaban entre los templos con sus cámaras de fotos, creyentes que acudían al río con sus ofrendas. Los ghat se convertían en el refugio de la multitud, de pértigas combadas y ofrendas vacías y velas apagadas; en el vertedero de objetos perdidos y olvidados abandonados en sus escalones. Algunas luces dispersas iluminaban a grupos de hombres y mujeres en las orillas del río, depositando en las aguas delicados cuencos de flores con velas encendidas en su interior. Navegaban y se hundían junto a los escalones, pobre ofrenda para cadáveres que habían desaparecido en el río y en muchas ocasiones ni siquiera habían sido identificados.
Amadeo Romero intentó mitigar el dolor de sus muñecas con una suave presión de los dedos. Desde aquellas ventanas Varanasi se le aparecía como un lugar distinto, casi atrayente. Aunque no permitiría que aquella imagen sesgada le engañara. La réplica aglutinaba en su interior a legiones de fanáticos religiosos, a comerciantes sin escrúpulos, a traficantes de orkus, a mercaderes de bioimplantes de memoria, a desechos de la sociedad y a refugiados de cientos de ciudades que acudían allí, amparados en la oscuridad, para perder de vista las leyes que regían en el exterior. Porque aquel lugar, tal y como lo recordaba, seguía ajeno a las leyes de la ciudad, gobernado por intereses económicos y sociales que escapaban a su comprensión. Intereses que valoraban la vida humana a un nivel poco más importante que el intercambio de unos billetes o una transacción de memoria codificada. Quizá para aquellos pretendidos brahmanes y sus seguidores todos los actos que realizaban tuvieran un sentido último. Quizá sus creencias otorgaran a sus pobres vidas una falsa esperanza con la que sobrellevar un futuro marcado por la incertidumbre. Sin embargo, para las grandes corporaciones y mafias que gobernaban la réplica se trataba de un emergente caldo de cultivo donde hallar nuevos adictos a sus propuestas de ocio refinadas.
Volvió su atención al pasillo en el que esperaba, intentado que los turbios recuerdos que poseía de Varanasi no bucearan en su mente y toparan con su conciencia. No comprendía los motivos de su presencia en aquel lugar, una de las torres de la periferia, los edificios señoriales que se elevaban sobre los restos abandonados de los barrios marginales. Los dos hombres que, contra su voluntad, le habían arrastrado hasta allí, no habían respondido a ninguna de sus preguntas, limitándose a proporcionarle unas pastillas que habían hecho desaparecer todo rastro de alcohol de su cuerpo. Cuando aparecieron en el local en el que había decidido entrar para tomar la última copa de la noche –un bar de la periferia, de luces de neón, rincones oscuros y camareras sonrientes– no les prestó atención, a pesar de su corpulencia y sus implantes en el rostro. Se acercaron hasta él, le tomaron de los brazos, derramándole la bebida sobre los pantalones. El más alto, un alterado de ojos brillantes y voz metálica, le conminó a marchar con ellos sin ofrecer resistencia. Sin saber a ciencia cierta de qué se trataba todo aquello, intentó zafarse y salir corriendo, consciente de que, de alguna manera, se encontraba en peligro. Le derribaron al suelo con facilidad y le colocaron unas esposas de metal, un viejo artilugio que, desde luego, no usaban los empleados de la Compañía. Sentir cómo las esposas mordían la carne de sus muñecas le proporcionó una extraña tranquilidad. Se dejó llevar hasta un vehículo autoconducido que habían aparcado en la puerta del local, y subió al asiento trasero ayudado por uno de sus captores. Fueran quienes fuesen aquellos tipos, al menos tenía la seguridad de que no trabajaban para la Compañía. Le aterraba volver allí, encontrarse de nuevo con aquellas caras, con aquellos nombres. Con aquella eterna sensación de culpabilidad.
Las puertas en las que terminaba el pasillo, dos hojas de madera con dragones grabados ascendiendo hacia un cielo cubierto de nubes, se abrieron. Amadeo bajó la mirada, matando su curiosidad con miedo. Sus ojos se encontraron con sus zapatos. Advirtió que se veían agrietados y cubiertos de polvo. ¿Qué aspecto tendría él mismo? No recordaba haberse cambiado de ropa en los últimos días, tan fuera de sí mismo se sentía desde que había vuelto. Imaginó que, al margen de sus ropas arrugadas y sucias, su olor corporal tampoco debía ser agradable. Una mezcla de alcohol, sudor, y culpabilidad. Volver a la ciudad del color y la luz, al Madrid que tanto había añorado, no le había devuelto la paz interior que anhelaba. Quizá, al fin y al cabo, lo que había sucedido en Barcelona, en Kurtuba, le acompañaría siempre. Debería contentarse con continuar un día más vivo, un día más en aquel mundo gris cubierto de nubes que no perdonaba los pecados, ni siquiera los olvidaba.
Miró de nuevo por la ventana, consciente de que alguien caminaba por el pasillo hacia él. En las calles que accedían a los Puentes de Brahma el tráfico se había convertido en un caos. Cientos de rickshaws de vivos colores se deslizaban entre los vehículos automáticos, llevando su preciosa carga humana hacia los puentes, hacia Varanasi. Los accesos a la réplica bullían de actividad, llenándose de miles de voces humanas gritando y profiriendo insultos, de cláxones quebrando esas voces, de gestos y acciones innecesarias. Amadeo nada podía percibir de todo aquello, aislado en la torre tras los cristales y la distancia. Se sentía espectador privilegiado de una película muda, rodada a cámara rápida con diminutas maquetas conducidas por un especialista cuyo sistema nervioso estaba invadido por el orkus.
–Hermoso, ¿verdad? –dijo una voz a su espalda, una voz ruda con un leve tono metálico, y Amadeo se volvió para encontrarse con su interlocutor.
Se trataba de un hombre delgado, de largo cabello blanco con vetas doradas recogido en una trenza. Las profundas arrugas que surcaban su rostro como grietas en una roca delataban su edad. Vestía de forma elegante y tradicional, con motivos japoneses grabados en la solapa de su chaqueta. Sonreía, una sonrisa amplia pero poco amigable, una sonrisa de depredador.
–¿El tráfico? –preguntó Amadeo, inseguro.
El hombre no pudo reprimir una carcajada. Apoyando su mano izquierda en el hombro de Amadeo le condujo por el pasillo, sin violencia pero con firmeza, hacia las puertas abiertas.
–No, desde luego –dijo, mientras avanzaban hacia el cuarto que Amadeo podía descubrir en la distancia–. Hablaba de Varanasi.
Amadeo se sintió tentado de deshacerse del incómodo contacto del hombre y volver hasta la ventana una vez más, para comprobar por sí mismo la veracidad de aquellas palabras. No había nada hermoso en Varanasi, en la réplica que había crecido de forma desmesurada en Madrid como un cáncer, tras cubrir el antiguo estadio de fútbol y extenderse por la margen del río. Ya nadie pronunciaba nombres como Toledo, Segovia, Pirámides, Acacias. Ni siquiera llamaban al río Manzanares por su nombre. Todo allí se había transformado, todo había perdido su identidad y se había convertido en una burla, una parodia de lo que una vez fue la ciudad hindú de Benarés. ¿Cómo podía considerarse hermosa aquella suplantación, aquella invasión de la ciudad desde su interior, una degradación de la memoria histórica que había dado origen a aquella réplica depravada? En su memoria perduraban los recuerdos de las altas torres de marfil coronadas por colosales elefantes en honor a Ganesa, las figuras del dios toro repartidas por la orilla del Ganges, la belleza de los templos en honor de Vishnu y Krishna. Todo aquello quedaba eclipsado por la corrupción, la desesperación y la muerte que albergaban las calles más oscuras, la soledad y el olvido que se alojaba en sus casas vacías, el miedo que albergaban los menos afortunados, los que no habían podido elegir. No podía evitar pensar en los hombres y mujeres que no habían tenido la oportunidad de abandonar la réplica cuando ésta empezó a existir y ahora, sin desearlo, formaban parte de aquella comunidad.
–El señor Delhi le recibirá ahora, señor Romero –dijo el hombre delgado, y le dejó sentado de nuevo en una sala vacía.
Dos dragones –estilizados, delgados como serpientes de agua– se deslizaban sobre altas montañas nevadas en una ilustración que cubría casi por completo una de las paredes, justo la que quedaba a la derecha de Amadeo. En la pared contraria habían colocado dos estatuas de soldados feudales japoneses armados con lanzas. Parecían custodiar un jarrón, decorado profusamente con rostros y cuerpos de geishas, que descansaba sobre una columna entre ellos. Frente a Amadeo dominaba la sala una enorme mesa de madera negra, y una silla –alta, intrincados grabados recorriendo su espalda, también de madera negra– aparecía a su lado. Tras ella una puerta entreabierta invitaba a pensar que su anfitrión disponía de otra sala más acorde a sus necesidades, y que reservaba aquélla sólo para las visitas más indeseables. 
Amadeo dejó transcurrir aquel nuevo tiempo de espera intentando comprender la mente del hombre que le había mandado llamar. Durante los años que había trabajado para la Compañía investigando diferentes casos criminales había tenido que hacerlo en multitud de ocasiones. Intentar adivinar las motivaciones y los pensamientos de un hombre a partir de pequeños indicios, desde un gesto casual hasta la decoración que había impuesto a su dormitorio. Varios de sus compañeros afirmaban sin tapujos que podían diseccionar por completo la mente de un criminal sólo con pasar un día entero observándole, acompañándole en su rutina diaria,  entrando en su casa y viendo cómo la había decorado. Se encontraba perdido en sus deducciones, en sus recuerdos, en un punto muerto que no le llevaba a ninguna parte, cuando apareció su anfitrión.
–¿Tomará una copa? –susurró el recién llegado con voz aflautada.
Lo primero que le llamó la atención fue lo voluminoso que era. A primera vista debía pesar más de ciento cincuenta kilos, pero sus movimientos no resultaban torpes. Al sentarse en la silla Amadeo temió que ésta se rompiera en pedazos, pero resistió con un leve crujido. Con unas grandes manos de dedos gruesos extrajo de un  cajón de la mesa que permanecía oculto para él una delicada botella de cristal y sirvió en dos pequeños vasos un poco del líquido bermellón que contenía.
–Vamos, beba. Lo han decantado esta mañana –dijo, deslizando el vaso sobre la mesa con un dedo .
Amadeo dudó, pero después bebió un sorbo –lo encontró extrañamente dulce, y con un regusto peculiar al tragarlo– y dejó el vaso sobre la mesa con suavidad. Un surco de agua se marcó sobre la madera en el punto en el que lo había dejado. El coloso que se sentaba frente a él cruzó los dedos bajo la barbilla y le observó en silencio. Amadeo sintió la necesidad de romper el silencio, incómodo bajo la mirada escrutadora de aquel hombre, pero optó por callar y esperar a que el señor Delhi iniciara la conversación.
–No tiene usted buen aspecto –dijo el hombre.
–Eso debería decírselo a sus hombres –masculló Amadeo, con gesto hosco.
El hombre sonrió, divertido.
–Es posible que tenga razón. Es posible, aunque no creo que antes de conocerlos se encontrara usted en mucho mejor estado –dijo, jugueteando con sus dedos, sin dejar de mirarlo como un tigre hambriento a una gacela herida–. En cualquier caso, no tiene importancia. Como las presentaciones, señor Romero. Como mi chambelán le habrá dicho, para usted seré el señor Delhi. Es posible que le resulte incómodo no conocer mi verdadero nombre, pero intentaremos que ello no suponga un inconveniente en nuestras, digamos, negociaciones, ¿de acuerdo?
Amadeo asintió. La voz aflautada del señor Delhi, un anacronismo atrapado bajo cientos de láminas de tejido adiposo, le hacía sentirse incómodo, tanto o más que ignorar la razón por la que había sido arrastrado a su presencia.
–Bien. Aclarado este punto, le contaré el motivo por el cual está usted aquí –continuó el señor Delhi, como si hubiera leído su mente, tomando un sorbo de su bebida en una pausa teatral–. Está usted aquí por una sencilla razón: le necesito. Desde luego que lo que voy a proponerle lo podría hacer cualquier otro, señor Romero, y muy probablemente mejor que usted. Pero soy un amante de la justicia poética, si me lo permite, y creo que haberle encontrado le da un sentido final a todo lo que estoy intentando hacer desde hace unos años. Dígame, ¿cuándo fue la última vez que estuvo usted en Varanasi?
–Hace más de seis años, si no recuerdo mal –dijo Amadeo, consciente de que recordaba a la perfección la última vez que había estado en la réplica.
–Sí, eso era lo que yo pensaba. Bien, está usted aquí porque necesito que vuelva a ese lugar. Vuelva allí, y encuentre al hombre que se perdió en Varanasi. ¿Lo recuerda? Aquel tipo delgado que fue su jefe, aquel que se cargó a su mujer y a su hija.
Amadeo abrió la boca, volvió a cerrarla. El señor Delhi le miraba con atención, sonriendo, esperando una respuesta. Sin embargo, sus palabras sólo podían interpretarse como una orden, algo que no admitía ni excusas ni negativas. En un primer momento, Amadeo no supo cómo reaccionar, qué responder. Ignoraba el poder que ostentaba aquel hombre, aunque era consciente de que su situación actual no le permitía tomarse muchas libertades. ¿Buscar al detective de la Compañía que trabajó con él en el caso del asesino de mujeres? ¿Por qué? ¿Qué sentido último tenía todo aquello? Recuerdos dolorosos le asaltaron, recuerdos de un niño inocente, de muertes que podían haberse evitado. Se encontraba en una posición demasiado incómoda para negarse, y eso le preocupaba.
–¿Por qué yo? –dijo, sin esperar una respuesta sincera.
–Justicia poética, ya se lo dije –le respondió su anfitrión, sin dejar de mirarle, sonriendo–. Una forma de redimir sus pecados, una forma de olvidar lo ocurrido. Allí, en Varanasi, las cosas han cambiado en estos últimos años. La presencia de la Compañía es testimonial, la ley ha caído en manos de personas, digamos, desagradables para usted y para mí, que me impiden llevar a buen término mis indagaciones sin llamar la atención innecesariamente. Sin embargo, se que usted sabrá manejarse en ese lugar, y se que será capaz de encontrar al señor Cabero y traerlo consigo. Allí contará con la ayuda de un hombre, un informador que mantenemos dentro de la réplica. Él le ayudará con los primeros movimientos. No estará sólo, señor Romero. Encuéntrelo, y tráigamelo aquí. Vivo, desde luego.
Amadeo asintió, apesadumbrado. Al menos podría salir de aquel edificio con vida, algo que había llegado a dudar. Sin embargo la idea de volver a Varanasi le aterraba. Demasiados recuerdos, demasiados cabos sueltos. Volvería a sentir la presión de aquellos dioses coloristas, de aquellos animales sagrados, de aquellas personas dominadas por su fervor religioso. Temible. Además, ¿qué sabía de aquel hombre que había trabajado con él? Desapareció sin dejar ni rastro, oculto en los barrios bajos de la réplica, ajeno a los demonios que había desatado con sus acciones. Nadie sabía dónde se encontraba. Quizá incluso podría haber muerto. ¿Qué le contaría entonces al señor Delhi?
–Vamos, mi chambelán le acompañará hasta la salida y le dará todo lo que necesita. En esta ocasión espero que las cosas salgan mejor que en Kurtuba, señor Romero –dijo el voluminoso señor Delhi, animando con un gesto a que Amadeo se incorporara, y salió por la puerta del fondo.
Amadeo también salió de la sala sin mirar atrás, por las puertas por las que había entrado, intentando no pensar en la última frase que el señor Delhi le había dedicado. Sabía demasiadas cosas sobre él, le había investigado. En el pasillo se encontró con el chambelán, el hombre delgado que le había acompañado anteriormente. Reflejos del sol de la tarde que atravesaba la Nube brillaban en las ventanas acristaladas, manteniendo diminutas motas de polvo suspendidas en el aire. Amadeo y su acompañante recorrieron el pasillo hasta el ascensor sin cruzar palabra. Al llegar allí, el hombre delgado le tendió un maletín negro, que Amadeo tomó entre sus manos con cierta aprensión.
–Señor Romero, se alojará usted en el hotel Vishnu, junto al Puente de Parvati, no creo que tenga problemas para encontrarlo. Tome un rickshaw para llegar hasta allí, sea discreto. Encontrará dinero en el interior del maletín para sus gastos, un número de teléfono, un arma y algunos cargadores. Llame para mantenernos informados, o para cualquier cosa que necesite.
El chambelán observó en silencio a Amadeo mientras éste entraba en el ascensor y esperó hasta que los dígitos luminosos indicaron que había llegado a la planta baja. Después recorrió de nuevo el pasillo hasta el despacho del señor Delhi y entró en la habitación que se abría tras la mesa. En el interior, en un cuarto oscuro pobremente iluminado por lámparas de gas sostenidas en las paredes mediante abrazaderas de hierro, el señor Delhi observaba un colgante que sostenía entre sus dedos.
–Espero que todo vaya según lo previsto, señor –dijo, y el señor Delhi se volvió, la luz de las lámparas reflejada en su rostro, dotándole de un aspecto maléfico.
–Desde luego, querido amigo. Todo saldrá tal y como lo he previsto. Hemos dado los primeros pasos y nada parece ir mal. En cualquier caso, he mandado otros dos hombres tras nuestro estimado señor Romero para confirmarlo. Ya sabe, no debemos arriesgarnos inútilmente. Esto ya ha durado demasiado, y no lo vamos a estropear ahora que los hemos reunido a todos.
El chambelán asintió.
–Mañana visitaremos a la niña. Le llevaré su colgante preferido. Después... después decidiremos los últimos detalles –dijo el señor Delhi, y el chambelán salió del cuarto cerrando la puerta.
Abajo, en la calle, Amadeo vio su rostro reflejado en el escaparate de una tienda de alimentación. La nariz y la boca cubiertas con un filtro barato, el ojo izquierdo amoratado y levemente hinchado, el pelo sucio y revuelto. La mirada que le devolvió su reflejo era la correspondiente a un hombre que ha luchado una guerra interior y ha sido vencido. Un hombre perseguido por sus recuerdos, torturado por sus errores. Quizá ahora se arreglaran las cosas, quizá no. No sabía qué debía hacer. ¿Huir de allí con el maletín, esconderse en la réplica con la esperanza de que no le encontraran? Todas las ideas que pasaban por su mente le parecían estúpidas. ¿De qué estaba huyendo? De sí mismo, de sus fantasmas. No sabía qué pensar. No sabía qué hacer.
Advirtió con pesar que carecía de opciones. Volvería a Varanasi, localizaría al detective Cabero, lo llevaría ante el señor Delhi. Sintió que, al fin y al cabo, el detective y él no eran tan distintos. Ambos habían cometido errores, ambos habían pagado por ello. Sí, buscaría al detective y le arrastraría hasta la casa del señor Delhi, como habían hecho con él.
Después... el futuro se perdía en brumas de niebla.
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