“…DONDE LOS ÁNGELES NO SE
ATREVEN”
Jueves 15 de enero de 1998, 11:12
p.m.
Cuando el asunto del Lago Center
Hill llegó a su fin, después de que las agencias correspondientes
archivaran todos los informes y los diversos subcomités mantuvieran
audiencias a puertas cerradas; después de asegurarles a todos los
que disponían de la autorización pertinente que la situación,
aunque no completamente resuelta, al menos ya no era crítica… justo
entonces, mirando en retrospectiva el curso de los acontecimientos, Murphy
llegó a darse cuenta de que, en realidad, todo había comenzado
la noche anterior, en el Bullfinch de la Avenida Pennsylvania.
El Bullfinch era un venerable bebedero
de Capitol Hill, ubicado, en una dirección, a unas tres manzanas
del Edificio Rayburn y, en la otra, a una caminata de distancia de uno
de los vecindarios más infestados de delincuencia de Washington.
Era el lugar preferido por los auxiliares del Congreso para almorzar y
en la hora feliz lo invadían los periodistas, pero al anochecer
se transformaba en la guarida post-oficina de los empleados federales de
una decena de departamentos y agencias diferentes. Después de doce
horas de trabajo, con las camisas manchadas de sudor y las tripas llenas
de comida basura, emergían de Comercio y de Agricultura y de Justicia
y recorrían el trayecto hasta el Bullfinch para beberse unas cuantas
rondas con los muchachos, antes de marchar a los trompicones hasta la estación
Capitol South para coger el siguiente Metro a los suburbios de Maryland
y Virginia.
El jueves era la noche de cerveza
de la Oficina de Ciencias Paranormales. Con frecuencia, Murphy esquivaba
esas sesiones para hombres, pues prefería pasar las veladas en su
casa de Arlington, con su esposa e hijo. Sin embargo, en estos días
Donna seguía triste por la muerte de su madre, ocurrida inmediatamente
antes de Navidad, y Steve parecía más interesado en las Cartas
Mágicas que en su padre, de modo que, cuando Harry Cumisky le golpeó
la puerta poco después de las ocho y le preguntó si quería
empinarse un par de cervezas aguadas con los chavales, Murphy decidió
acompañarle. No se tomaba un recreo desde hacía mucho tiempo;
si llegaba a casa una hora tarde y con aliento a Budweiser, que así
fuera. De todos modos, Donna no se acurrucaría junto a él
en la cama y a Steve no le importaría, con la condición de
que el sábado papá le llevara a la tienda de tebeos.
Así fue que apagó
el ordenador, echó el cerrojo al despacho y emprendió, junto
a Harry y Kent Morris, la difícil caminata de cinco manzanas que
los separaba del Bullfinch, atravesando la nevisca y el hielo fangoso.
Fueron los últimos empleados de la OCP en llegar; ya habían
agrupado varias mesas en el salón del fondo y una camarera abrumada
de trabajo había aprovisionado al grupo con jarras de cerveza y
cuencos de palomitas de maíz. Aunque todos se sorprendieron moderadamente
de verle, se apresuraron a hacerle sitio en la mesa. Murphy sabía
que tenía la reputación de ser muy convencional; se aflojó
la corbata, regañó a un interno de Yale de ojos desorbitados
para que dejara de decirle “señor” y, en cambio, le llamara Zack,
y se sirvió la primera de las que, en principio, se prometió
que serían sólo dos cervezas. Un par de tragos con la pandilla,
unas carcajadas y a casa.
Pero eso no iba a ocurrir. Era una
noche fría, húmeda, y él estaba en un bar cálido
y seco. Las llamas de gas siseaban bajo los falsos troncos de una chimenea
cercana y la luz del fuego se reflejaba en la superficie de los cuadros
con fotos deportivas colgados en las paredes de madera. La conversación
era ligera, abarcando desde la Superbowl de la semana siguiente a las películas
en cartelera, pasando por los últimos chismes de Center Hill. La
camarera se llamaba Cindy y, aunque llevaba un anillo de compromiso, parecía
disfrutar del coqueteo con los chicos de la OCP. Cada vez que el vaso de
Murphy estaba por la mitad, Kent o Harry o cualquier otro lo llenaban rápidamente.
Después de su segundo viaje al inodoro, Zack se metió en
una cabina telefónica y llamó a casa para decirle a Donna
que no le esperase. No, no estaba borracho; sólo un poco cansado,
nada más. No, no volvería en el coche; lo dejaría
en el garaje y cogería un taxi. Sí, querida. No, querida.
Yo también te amo. Dulces sueños, buenas noches. Y luego
regresó con elegancia a la mesa, donde Orson agasajaba a Cindy con
el chiste del senador de Texas, la prostituta y el novillo Longhorn.
Antes de que se diera cuenta, era
muy tarde y el bar estaba medio vacío. Una a una, las sillas se
habían quedado solas, a medida que los chavales terminaban sus bebidas,
se abrigaban con sus parkas y sobretodos y marchaban con desgana hacia
la noche destemplada. Donde antes había casi una docena, ahora sólo
había tres —Kent, Harry y él—, oscilando en el borde de ese
incierto precipicio que separa la ebriedad del estupor inarticulado. Hacía
mucho que Cindy había dejado de divertirse y ahora sólo estaba
disgustada; levantó los vasos vacíos, les llevó una
jarra que, según les dijo con firmeza, era la última, y preguntó
quién necesitaba un taxi. Murphy se las apañó para
decirle que sí, señorita, un taxi era una excelentísima
idea, muchas gracias, antes de regresar a la discusión que tenían
entre manos. La que, casualmente, trataba sobre los viajes en el tiempo.
Tal vez no era tan raro. Aunque
el viaje temporal era un tema al que generalmente se referían sólo
los libros más obtusos de la física teórica, la gente
de la OCP estaba vivamente interesada en lo extravagante; tenía
que estarlo, ya que allí radicaba la naturaleza misma de su trabajo.
Por lo que a Murphy no le parecía extraño encontrarse debatiendo
con Kent y Harry sobre algo así: era tarde, estaban borrachos y
no se necesitaba nada más.
—Entonces, imaginaos… —Harry eructó
contra su puño—. Disculpad, perdón… pos bien, imaginaos que
se pudiera viajar en el tiempo. O sea, digamos que se puede pasar al pasao,
ya sabéis…
—No se puede —dijo Kent llanamente.
—Pos claro, claro, lo sé.
—Harry sacudió la mano hacia atrás y adelante—. Sé
que no se puede hacer, ya lo sé, ¿vale? Pero supongamos…
—Que no puedes, te digo. No se puede
hacer. He leío los mismos libros que tú, para que sepas,
y te digo que es imposible. Nadie puede hacerlo. Nadie tiene la tecnología…
—No hablo de ahora, maldita sea.
Hablo de algún momento en el futuro. Dentro de un par de cientos,
de miles de años, de eso estoy hablaaa… a lo que trato de llegar,
entiendes.
—Alguno del futuro que vuelve aquí
a visitarnos. ¿Eso? —Cuando niño, Murphy había leído
mucha ciencia ficción y el viaje temporal era un gran tema de aquellos
relatos. Hasta tenía unos cuantos Ace Doubles viejos apilados
en el altillo, aunque nunca iba a admitirlo frente a estos tíos.
La ciencia ficción no gozaba del respeto de la OCP, a menos que
se tratase de Expediente-X.
—Eso mismo. —Harry asintió
vigorosamente—. De eso estoy hablando. Alguno del futuro que viene a visitarnos.
—Que no se puede —insistió
Kent—. Ni en cien millones de años.
—Sí, vale, tal vez no —dijo
Murphy—, pero, por el bien de la discusión, de acuerdo. Supongamos
que alguno del futuro…
—No alguno. —Harry cogió
la jarra medio vacía y se sirvió más cerveza, copiosamente—.
Un montón de algunos… un montón de gente, volviendo del…
ya sabéis, del futuro.
—Sí, claro, por supuesto.
—Kent miró la jarra con avaricia; apenas Harry la puso sobre la
mesa, la levantó y vertió la mayor parte de lo que quedaba
en su vaso, dejando medio centímetro en el fondo de la jarra—. Hagamos
de cuenta que así es. ¿Dónde están, entonces?
—Ahí tenéis. Ese es
el punto. Es lo que algunos físisicos… fífiscos…
—Físicos —dijo Murphy—. Lo
que soy yo. Yo soy lo que soy y es lo único que s…
Harry no le hizo caso.
—Si los del futuro pueden retroceder
en el tiempo, volver aquí… —apuñaló la mesa con un
dedo— ¿entonces dónde están? Es lo que dice uno de
esos britán… el tío de la silla de ruedas, ese comosellame…
—Hawking.
—Eso, Hawking. Pos bien, así
dice él… que si el viaje temporal es posible, ¿entonces dónde
están los viajeros del tiempo?
—Sí, ¿pero acaso no
han dicho lo mismo de los extraterrestres? —Kent levantó una ceja;
por un instante, casi pareció recuperar la sobriedad—. Ese otro
tío… cómo diablos se llamaba… el italiano, Fermi… una vez
dijo lo mismo de los extraterrestres. Y mirad lo que hacemos ahora: ¡buscamos
extraterrestres!
Murphy estaba a punto de añadir
que, entre todos los avistamientos de OVNIS y abducciones que había
investigado en los diez años que llevaba en la OCP, todavía
no había encontrado uno que pudiera comprobarse en términos
de evidencia incuestionable. Había entrevistado a decenas de personas
que afirmaban haber estado a bordo de naves extraterrestres y había
reunido suficientes fotos desenfocadas de objetos con forma de disco para
llenar todo un armario de expedientes, pero, después de una década
de servicio gubernamental, todavía no había tropezado con
un solo extraterrestre ni una sola nave espacial. Pero lo dejó pasar;
no era momento ni lugar para cuestionar la misión ni los métodos
de la agencia, ni eran estas las personas ante quienes debía expresar
sus dudas.
—No es lo mismo, hombre. No es lo
mismo. —Aunque todavía le quedaba algo de cerveza en el vaso, Harry
estiró la mano hacia la jarra, pero Kent se la arrebató primero—.
Si hubiese viajeros temporales, se oscultarían… ocultarían.
Nadie sabría de su presencia. Lo harían por su propio bien,
¿o no?
Kent ladró una carcajada
mientras se servía las últimas gotas de la jarra.
—Sí, vale. Porque seguro
estamos rodeaos de gente del futuro ahora mismo…
—Pos… mierda, sí. Podría
ser. —Harry se volvió hacia unos sujetos sentados cerca—. ¡Eh,
cabrones! ¿Alguno de vosotros es del futuro?
Los hombres le miraron echando fuego
por los ojos, pero no dijeron nada. Cindy limpiaba mesas y levantaba sillas;
les clavó una mirada oscura. Estaba a punto de darles el ultimátum:
no parecía muy feliz de que unos borrachos charlatanes acosaran
a los últimos clientes que quedaban.
—¿Quieres calmarte? —murmuró
Kent—. Joder, no quise que esto se convirtiera en un asunto federal…
—¡Eh, es un asunto federal,
hombre! A esto nos dedicamos, ¿verdad? Yo digo que rompamos todo
este sitio por admitir viajeros temporales que no tienen… que no tienen…
puta madre, no lo sé… ¿tarjeta de residencia?
Harry metió la mano en el
bolsillo de la chaqueta, sacó el estuche símil piel del distintivo
con el escudo de la OCP grabado en la tapa y comenzó a empujar la
silla hacia atrás. Aquello ya era demasiado para Murphy; cogió
a Harry de la muñeca antes de que éste pudiera levantarse.
—Anda, vamos… tranquilízate.
Harry comenzó a forcejear
para soltarse, pero Murphy siguió sujetándole. Por el rabillo
del ojo, vio que Cindy le hacía al barman una discreta seña
con la mano; estaban a un segundo de que les echaran a la calle.
—Cálmate —murmuró—.
Sigue así y acabaremos en la cárcel.
Harry lo miró intensamente
y, por un momento, Murphy se preguntó si le lanzaría un puñetazo.
Después Harry sonrió y se dejó caer en la silla. El
distintivo se le resbaló de la mano y cayó sobre la mesa.
—Coño, tío. Estaba
bromeando, nada más. Exponiendo mi argumento, ya sabes.
—Sí, claro. —Murphy se relajó
y retiró la mano—. Lo sé. Sólo bromeabas.
—Vale. Tú sabes y yo sé…
que no existe eso del... joder, cómo se dice…
—Lo sé, lo sé. Ya
te entendimos…
Y eso fue todo. Murphy se quedó
apenas lo necesario para cerciorarse de que Harry cogiera un taxi y no
causara más problemas; luego, se puso la parka y se encaminó
a la puerta, deteniéndose en el mostrador, con aire culpable, para
introducir un billete de cinco en el vaso de propinas de Cindy. La acera
estaba vacía; la noche, glacial y silenciosa. Los pálidos
gases de escape del taxi que le aguardaba se demoraban sobre el borde de
la acera como fantasmas blanquecinos; subió, le dio las indicaciones
al conductor para llegar a su casa de Arlington, se reclinó en el
asiento reparado con cinta adhesiva y miró a través de las
ventanillas congeladas al pasar junto la cúpula bañada de
luz del Capitolio.
Viajes en el tiempo. Dios. Qué
idea más estúpida.
Jueves 6 de mayo de 1937, 7:04 p.m.
El leviatán descendió
del cielo gris pizarra. Primero fue un ovoide plateado, pero gradualmente,
a medida que viraba hacia el noreste, se fue expandiendo en tamaño
y forma, adoptando las dimensiones de una enorme semilla de calabaza. Mientras
el zumbido de sus cuatro motores diesel llegaba a la muchedumbre reunida
en la pradera de Nueva Jersey, los marinos de la Armada, con sus gorros
blancos, corrieron hacia un mástil de amarre de hierro, situado
en el centro de la pista de aterrizaje. Todos los demás tenían
la mirada clavada en el coloso, mientras sus ciento ochenta metros de longitud
pasaban sobre sus cabezas a velocidad de crucero; la inmensa sombra fue
cubriendo los rostros, al tiempo que comenzaba a virar bruscamente hacia
el oeste. Ahora se veían con claridad las esvásticas de los
estabilizadores verticales, los anillos Olímpicos del fuselaje,
ubicados por encima de las ventanillas de los pasajeros, y —arriba de la
góndola de comando, a popa de la nariz roma y escrito con enormes
letras góticas— el nombre del gigante.
Dentro de la aeronave, los pasajeros
estaban de pie junto a las ventanillas partidas de acero delgado, paseándose
por la planchada del Puente A, mirando el paisaje, mientras el Hindenburg
efectuaba la aproximación final hacia la Estación Aeronaval
de Lakehurst. Llegaban trece horas tarde debido a los fuertes vientos frontales
sobre el Atlántico y a una demora adicional por una tormenta eléctrica
que se había abatido sobre el mar, pero a pocos les importaba; en
las últimas horas, habían contemplado desde arriba la aguja
del Edificio Empire State, habían obligado a interrumpir súbitamente
un juego de los Dodgers al pasar sobre Ebbet’s Field y habían
visto las olas coronadas de espuma rompiendo contra las costas de Jersey.
Los asistentes de vuelo ya habían llevado sus equipajes a las escaleras
de la rampa de descenso, a popa de los camarotes, donde ahora se apilaban
bajo el busto de bronce del Mariscal von Hindenburg. Había sido
un viaje estupendo: tres días a bordo de la aeronave más
grande y glamorosa del mundo, un hotel volador donde las mañanas
comenzaban con un desayuno en el comedor y las noches terminaban con brandy
y cigarros en el salón de fumar.
Pero ahora el viaje había
terminado y todos querían volver a poner los pies en tierra firme.
Para los norteamericanos, era el regreso a casa; en pocos minutos, se reunirían
con los familiares y amigos que les esperaban en el aeródromo. Para
los sesenta y un miembros de la tripulación, era el séptimo
vuelo del Hindenburg a los Estados Unidos, el primero de este año.
Para un par de judíos alemanes, era haber escapado del duro régimen
que había tomado el control de su país natal. Para tres oficiales
de inteligencia de la Luftwaffe que se hacían pasar por turistas,
era una parada transitoria en una nación decadente habitada por
mestizos.
Para los viajeros que figuraban
como John y Emma Pannes en la lista de pasajeros, era el comienzo de la
cuenta regresiva final.
Franc Lu retiró la mano de
la barandilla de la planchada y la levantó hasta sus gafas; con
aire distraído, como si estuviese acomodándolas, golpeteó
suavemente la montura de alambre. En el interior de la lente derecha, apareció
una lectura: 19:11:31/-13:41(?)
—Trece minutos —murmuró.
Lea Oschner no dijo nada, pero se
agarró la barandilla un poco más fuerte. A su alrededor,
los pasajeros charlaban, reían, señalaban a las atónitas
vacas que pastaban a lo lejos, allá abajo. La tenue sombra de la
aeronave ahora era más grande y se acercaba; según contaba
la historia, el Hindenburg descendería hasta los 120 metros al volver
a virar hacia el este, enfilando nuevamente hacia el mástil de amarre.
Las cubiertas de pasajeros eran a prueba de sonido para que no se escuchara
el ruido de los motores, pero el Capitán Pruss ahora debía
de estar ordenando que los apagaran; dentro de un minuto, los pondrían
en reversa para frenar la aeronave y posibilitar la maniobra de atraque.
—Cálmate —susurró
Franc—. Todavía no sucederá nada.
Lea le dedicó una sonrisa
forzada, pero le apretó furtivamente el dorso de la mano. Todos
los demás la estaban pasando de maravilla; era importante que ella
y Franc aparentaran la misma despreocupación. Eran John y Emma Pannes,
de Manhasset, Long Island. John Pannes era Gerente de Pasajeros de la empresa
Hamburg-American German Lloyd Lines, representante norteamericana de la
flota de aeronaves Zeppelin. Emma Pannes, quince años menor que
su esposo, era oriunda de Illinois. Había acompañado a John
y su trabajo desde Filadelfia hasta Nueva York y ahora estaban regresando
de otro viaje de negocios a Alemania.
Personas agradables, tranquilas,
de mediana edad, que no estarían nerviosas por hallarse a bordo
del Hindenburg, pese a que dentro de trece… no, mejor digamos doce minutos
a partir de ahora, estaban destinadas a morir.
No obstante, John y Emma Pannes
no perecerían en el infierno que se avecinaba. De hecho, estaban
vivitos y coleando en alguna parte del siglo 24. El grupo de avanzada del
CIC los había abducido silenciosamente cuando caminaban del hotel
a la ópera, la noche del 2 de mayo de 1937, depositándolos
sanos y salvos en el escondite de la organización, una casa ubicada
en las afueras de Frankfurt; a estas alturas, la Miranda ya debía
de haberles recogido y transportado al 2314 d.C. Franc esperaba que el
verdadero John Pannes no se opusiera con demasiada energía a que
les secuestrasen; aunque, considerando cuál era la otra alternativa,
dudaba que lo hiciera una vez les explicaran los hechos a él y a
su esposa.
Ahora Franc personificaba al empresario
norteamericano de sesenta años y Lea tenía cuarenta y cinco
en lugar de veintinueve. Los implantes de nanopiel y vocodor habían
alterado sus aspectos tan convincentemente que, dos noches antes, habían
podido compartir una mesa del salón con un viejo amigo de los Pannes,
Ernst Lehmann, el capitán de dirigible que se encontraba a bordo
del Hindenburg para observar al Capitán Pruss en su primer vuelo
transatlántico. Habían cenado con Lehmann sin que el capitán
notara ninguna diferencia, aunque habían tenido la precaución
de mantenerse a distancia durante la mayor parte del viaje, optando por
permanecer en el camarote. Cuanta menos interacción tuvieran con
los pasajeros y la tripulación, menos oportunidad tendrían
de influir inadvertidamente en la historia.
Sin embargo, el día anterior
habían vivido un momento de riesgo, mientras participaban de una
excursión por la aeronave.
La excursión era necesaria.
Los verdaderos John y Emma habían hecho ese paseo por la nave; por
lo tanto, ellos debían respetar el curso de la historia. No obstante,
lo más importante era que les daba a los investigadores la oportunidad
de cumplir con el objetivo primordial de la misión: presentar un
informe de lo atestiguado sobre el último viaje del Hindenburg y
documentar los motivos por los que el LZ-129 había sido destruido.
Así que, mientras los pasajeros marchaban en fila india por la pasarela
de quilla, jadeando al ver las inmensas celdas de hidrógeno contenidas
en el interior de los gigantescos anillos de duraluminio, Franc y Lea se
detenían de vez en cuando para pegar divots autoadhesivos, no más
grandes que los remaches a los que se asemejaban, a las vigas y conductos.
Habían diseminado inteligentemente los divots por todas partes de
la aeronave; los divots transmitían imágenes y sonidos a
las grabadoras ocultas dentro de la cigarrera de Franc y la polvera de
Lea, elementos que no habían sido descubiertos por los agentes de
la Gestapo que inspeccionaban todo lo que los pasajeros subían al
Hindenburg antes de partir de Frankfurt Hof en la mañana del vuelo.
Por supuesto, los Nazis estaban buscando bombas, no equipo de vigilancia
tan microscópico que podía esconderse en cualquier objeto
común y corriente de principios del siglo 20.
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