LA SINTESIS TEOLÓGICA DE SANTO TOMÁS

EN EL PRÓLOGO A SU COMENTARIO AL LIBRO DE LAS SENTENTIAS

DE PEDRO LOMBARDO

La Sagrada Escritura: enseña, deleita y mueve

Introducción, traducción y comentario de

Horacio Bojorge S.J.

 

1 INTRODUCCIÓN

Valor ejemplar del Prólogo al Comentario del Libro de las Sentencias

El genio sintetizador de Santo Tomás brilla de manera especial en sus prólogos.

En este Prólogo a los Libros de Pedro Lombardo, como es habitual en los suyos, Santo Tomás hace gala de su asombrosa capacidad de síntesis y de su genio sistematizador. Un estudio del mismo nos permite reconocer en él un esquema de toda la obra divina y de la Historia de la Salvación. Al mismo tiempo contiene una presentación orgánica de los principales tratados de la Teología dogmática.

Y todo eso, desde la Sagrada Escritura, con demostración ejemplar de su método hermenéutico.

 

Armoniosa unidad de Escritura y Teología

En el Esquema gráfico que acompaña estas observaciones se apreciará más fácilmente su estructura. La observación de este esquema permite reconocer que en él se entrecruzan armoniosamente, en equilibrada unidad, dos ejes teológicos:

1)      de teología y hermenéutica bíblica

2)      de teología sistemática

 

El esquema los hace visibles y permite a la vez advertir los procedimientos de hermenéutica bíblica de los que se vale Santo Tomás y muestra, en este prólogo, un ejemplo claro del método de interpretación de la Escritura aplicado por Santo Tomás.

 

El lector teológicamente formado reconocerá en el Prólogo, la presencia alusiva de los principales tratados de teología sistemática: Dios Trino y Uno, Revelación; Creación, Soteriología, Encarnación, Cristología, Iglesia, Sacramentos...

 

En tiempos de Santo Tomás están aún en gestándose los grandes tratados teológicos posteriores y aún no se presentan con la claridad con que estructuran hoy los estudios teológicos. En aquella época distan de haberse impuesto en las aulas como esquema dominante de la enseñanza. Ésta estaba dominada por la exposición de la colección de autoridades sistematizada por Pedro Lombardo, un predecesor del Denzinger, que agrupaba sus autoridades no cronológica, sino temáticamente.

 

Podrá reconocer también el lector que la síntesis dogmática que aquí se esboza es fuertemente trinitaria, pero sobre todo cristocéntrica.

 

Observará la inmediatez con que esta sistematización teológica apela y se inspira o se apoya en el texto bíblico sapiencial, señalando un orden lógico que no se le sobreimpone con violencia de su sentido, sino que parece desprenderse de él con la fuerza de la evidencia interna.

 

Modelo ejemplar de la hermenéutica escriturística de Santo Tomás

Desde el punto de vista bíblico, se imponen también algunas observaciones.

En primer lugar, todo el Prólogo tiene una impronta sapiencial, acorde con la centralidad que en ella ocupa la Sabiduría divina.

 

El epígrafe del Antiguo Testamento, tomado del Eclesiástico 24, 40ss, se refiere literalmente a la Sabiduría divina. Es explicado e interpretado desde el Nuevo Testamento principalmente a la luz de 1 Corintios 1, 24.30, con un pasaje paulino que siguen considerando los exegetas actuales como clave de bóveda del sapiencialismo cristológico neotestamentario.

 

Al iluminar el texto del Antiguo Testamento con otro texto del Nuevo Testamento, Santo Tomás no procede arbitrariamente, sino según las más antiguas normas de la hermenéutica eclesial, de neto cuño y origen patrístico, que estaban en plena vigencia en la Edad Media.

 

Esta hermenéutica trasunta una clara conciencia de la distinción de los dos Testamentos, pero al mismo tiempo la firme convicción de su convergencia, su integración y unidad en Cristo.

 

Ambos principios hermenéuticos traslucen, en el orden jerarquizado con el que echa mano Santo Tomás de las citas bíblicas, según que ilustren uno u otro momento de la revelación bíblica.

 

Esto nos permite afirmar que el sentido que Santo Tomás ve en las palabras del Eclesiástico no es una acomodación ni una interpretación de una alegoría, sino que se trata de un verdadero sentido típico, que Santo Tomás ha detectado. El sentido típico es un sentido autorizado por la misma revelación.

 

Este sentido típico, lo educe Santo Tomás mediante un principio hermenéutico: “lo que el Antiguo Testamento decía de la Sabiduría divina, se refería en figura a Cristo. Por lo tanto, ha de ser entendido y explicado a la luz de Cristo”.

 

Aún hoy utilizable en la docencia teológica

En una Instrucción sobre La formación teológica de los futuros sacerdotes, (SC para la Educación Católica 22 febrero 1976 núm. 79-84), se insiste en que la enseñanza de la Sagrada Escritura tiene como meta irrenunciable, después del momento analítico, una labor de síntesis.

 

Se trata de :

asegurar en el ánimo de los alumnos el sentido de la unidad del misterio y del designio de Dios;

de ofrecer una lectura acorde con la continuidad de la tradición eclesial;

de presentar una visión unitaria del misterio cristiano;

de coordinar los temas de la teología bíblica en una síntesis teológico eclesial, inspirada en la “Profesión de fe católica”, que exprese sintéticamente el conocimiento que la Iglesia posee de la Revelación, e integre armónicamente los artículos fundamentales de la fe cristiana.

Se exige además, que se ofrezca a los alumnos en vistas a su ministerio pastoral, una visión lo más completa posible de toda la Escritura.

 

El Concilio Vaticano II (Optatam Totius 16) y luego Pablo VI (Lumen Ecclesiae) y Juan Pablo II en numerosas ocasiones, como en Fides et Ratio, han vuelto a recordarnos el valor pedagógico perenne de Santo Tomás. También los exegetas pueden seguir encontrando en sus obras elementos de validez original. Así lo testimoniaba el Padre S. Lyonnet en su contribución al Congreso sobre Tomás de Aquino en el VII centenario de su muerte (22.-23 abril 1974).

 

Santo Tomás es un clásico porque su obra,  no sólo por su doctrina y contenidos, sino como modelo de docencia teológica y espiritual cabal, sobrevive la erosión de los tiempos.

El texto que presentamos traducido, por el vigor y la tersura de su estilo, límpido, sobrio, preciso, forjado en el ejercicio de la enseñanza, es aleccionador, y capaz de despertarnos a la admiración y la emulación. Creemos que nos ofrece un esquema y una sistematización de los contenidos de la Sagrada Teología que es aún hoy aprovechable.

Pero nos permitirá además, en las consideraciones que agregaremos en la tercera parte de esta contribución, admirar su maestría en la docencia de la teología.

 

2 TRADUCCIÓN

Prólogo de Santo Tomás a su Comentario

al Libro de las Sentencias De Pedro Lombardo

 

Ego sapientia effudi flumina: ego quasi trames aquae immensae defluo: ego quasi fluvius dorix[1], et sicut aquaeductus exivi de Paradiso. Dixi: rigabo hortum plantationum, et inebriabo partus [var.: pratus] mei fructum. Eccli. 24, 40.

 

“Yo, la Sabiduría, derramé los ríos; yo fluyo como una avenida de ingentes aguas; Yo [soy] un canal [tan caudaloso] como un río, y como un acueducto salí del Paraíso. Dije: regaré el huerto de mis plantíos, y me embriagaré con el fruto de mi parto” [var.: prado]” (Eclesiástico 24, 40ss)

 

Entre las muchísimas definiciones que se han dado de la verdadera Sabiduría, el Apóstol Pablo dio una, particularmente cierta y verdadera, cuando dijo: “Cristo es el poder y la sabiduría de Dios... y ha sido constituido por Dios en sabiduría nuestra” (1 Cor 1,24.30).

 

Con lo cual no quiso decir que sólo el Hijo sea Sabiduría; puesto que tanto el Padre como el Hijo, como también el Espíritu Santo, son una misma Sabiduría, así como son una misma esencia. Sino que la sabiduría se dice con cierta propiedad del Hijo, debido a que las obras de la Sabiduría parecen convenir mucho con las obras que son propias del Hijo.

 

En efecto, por la Sabiduría de Dios se manifiestan las cosas ocultas de Dios, son producidas las obras de la creación, y no sólo producidas, sino restauradas y perfeccionadas: quiero decir con aquella perfección por la cual cada ser es llamado perfecto, en cuanto que alcanza su propio fin.

 

1) Que la manifestación de las cosas divinas pertenezca a la Sabiduría de Dios, es evidente, por el motivo de que el mismo Dios se conoce a sí mismo en su Sabiduría. Por lo cual, si nosotros conocemos algo de Él, es necesario que lo que de Él conocemos, venga de su Sabiduría, pues el conocimiento imperfecto viene del perfecto, por lo que dice el libro de la Sabiduría 9, 17: “¿quién conocerá tu voluntad si tú no le das sabiduría?”.

 

Pues bien: este don o manifestación sucede especialmente por medio del Hijo, pues es el Verbo del Padre, según dice S. Juan 1; por el cual se ve que le es propia la manifestación del Padre que se dice a sí mismo y de toda la Trinidad. Por esto dice Mt 11, 27: “nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quisiere revelar” y Jn 1,18: “A Dios nadie lo vio jamás, sino el Unigénito que está en el seno del Padre”.

 

Por eso se dice con verdad de la Persona del Hijo: “Yo, la Sabiduría derramé los ríos”. Entiendo por estos ríos, el fluir de la Procesión eterna, por la cual, de manera inefable, procede del Padre el Hijo, y el Espíritu Santo de ambos. Estos ríos (de la procesión eterna) estaban antes ocultos y como confundidos en la semejanza de las creaturas, o también en los enigmas de las Sagradas Escrituras, de tal manera que apenas algunos sabios pudieran alcanzar por la fe el misterio de la Trinidad. Vino el Hijo de Dios, y como que derramó aquellos contenidos ríos, publicando el Nombre de la Trinidad: “Enseñada a todas las gentes, bautizándolas en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Por lo cual dice Job: “escrutó la profundidad de los ríos y sacó a luz las cosas ocultas” (Job 28, 11).

 

Y de esto trata la materia del primer libro.

 

2) Lo segundo que toca a la Sabiduría de Dios es la producción de las creaturas. Porque Él, tiene una Sabiduría de las cosas creadas que no sólo es especulativa, sino también práctica, como la que tiene el artista o artesano de sus creaciones. Por lo que dice el Salmo “Todo lo hiciste con Sabiduría” (Sal 103). Y en los Proverbios dice la misma Sabiduría: “Estaba con Él, haciéndolo todo” (Prov. 8, 30).

 

Y esto también se encuentra atribuido en forma especial al Hijo, en cuanto que es imagen de Dios invisible, según cuya forma todo recibió forma. Por eso dice Col 1,1 5: “Que es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura, pues en Él fueron fundadas todas las cosas”. Y Jn 1,3: “todas fueron creadas por Él”.

 

Por lo tanto, se dice con razón de la persona del Hijo: “yo fluyo como una avenida de ingentes aguas”.  Con lo cual se apunta tanto al orden como al modo de la creación.

 

Al orden: pues así como el canal deriva del río, así el proceso temporal de las creaturas, deriva del proceso eterno de las Personas divinas. Por lo cual dice el Salmo 148,5: “Dijo y fueron hechas”. Esto es: Dijo, que es: engendró al Verbo, en el cual estaba el que estaba el que se hiciera (in quo erat ut fieret), según explica San Agustín (De Genesi ad Litteram 1,2). Pues siempre lo que es primero es causa de lo que es después, según Aristóteles (2 Metaf. 4). Por lo que el primer proceso es causa y razón de toda procesión ulterior.

 

En cuanto al modo, se significa en relación a dos términos: es decir:

1)      de parte del Creador, que aunque llene todas las cosas (como el agua el canal o el lecho del río) no es conmensurable con ellas, y esto se señala diciendo: inmensas, ingentes aguas.

2)      Y de parte de la creatura, porque así como el canal procede del cauce del río, así la creatura procede de Dios, pero fuera de la unidad de la Esencia, en la cual está como en su propio cauce, la procesión de las Personas divinas.

 

Y de esto se ocupa el segundo libro.

 

3)      Lo tercero que toca a la Sabiduría de Dios es la restauración de sus obras.

Porque una cosa debe ser restaurada por aquello mismo por lo que fue hecha. Y lo que ha sido hecho por la Sabiduría debe ser reparado por ella. Como dice Sabiduría 9, 19: “Por la Sabiduría fueron sanados los que te agradaron desde un principio”.

 

Pues bien, esta reparación fue hecha de manera especial por el Hijo en cuanto que éste se hizo hombre, y reparado el estado del hombre, reparó de alguna manera todo lo que había sido creado para el hombre, por lo cual dice Col 1,20: “Reconciliando por Él todas las cosas, en los cielos y en la tierra”

 

Y por esto se dice con razón de la persona del Hijo: “Yo [soy] un canal [tan caudaloso] como un río, y como un acueducto salí del Paraíso”. Este Paraíso es la gloria del Padre, desde donde se derramó en el valle de nuestra miseria. No perdió su gloria. Esta se ocultó. Por lo cual dice Jn 16,28: “Salí del Padre y vine al mundo”. Y acerca de este salir, hay que notar dos cosas

1)      el modo;

2)      el fruto.

 

Pues el canal es un torrente impetuosísimo, con lo cual se describe el modo,  que fue con un ímpetu de amor, como Cristo consumó el misterio de nuestra reparación. Por lo cual dice Isa 59,19: “habiendo venido como un torrente impetuoso y empujado por un Espíritu de Dios”.

 

Y al fruto alude la frase: “como un acueducto”. O sea como éstas se separan y dividen a partir de un mismo origen para fecundar el terreno, así Cristo, del cual fluyeron diversidad de gracias para implantar la Iglesia, según se dice en Ef 4,11: “A unos dio el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores, para la consumación de los santos en la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

 

Y a esto toca la materia del tercer libro, en cuya primera parte se trata del misterio de nuestra reparación y en la segunda de las gracias que nos otorgó Cristo.

 

4)      Lo cuarto que pertenece a la Sabiduría de Dios, es la perfección, o el perfeccionamiento,

con el que la creatura se conserva para su fin. Pues quitado el fin, sólo queda la vanidad, cosa que la Sabiduría no tolera; por lo que dice Sabiduría 8,1 que la Sabiduría: “abarca fuertemente de un extremo al otro y todo lo dispone suavemente”. Cada cosa, cada uno, se dice que está dispuesto cuando está colocado en aquel fin al cual tiene por naturaleza.

 

Y esto también pertenece de modo especial al Hijo, quien siendo el Hijo verdadero y natural de Dios, nos introdujo en la gloria de la herencia paterna, según Hebr. 2,10: “Convenía que Aquél por quien fueron creadas todas las cosas, llevara muchos hijos a la gloria”.

 

Por esto se dice bien: “regaré el huerto...”. Pues para conseguir el fin, se exige una preparación que quite lo que no ayuda para obtenerlo. Así Cristo, preparó la medicina de los sacramentos, que, curando la herida del pecado, nos introduce en la meta de la gloria.

 

Por lo cual, en lo dicho notemos dos cosas:

1)      la preparación por los sacramentos;

2)      la introducción en la gloria.

 

Lo primero lo sugieren las palabras: “dije: regaré el huerto”, o sea la Iglesia, según el Cantar 4,12: “Huerto cerrado, hermana, esposa mía”,  en la cual hay variados plantíos: los diversos órdenes de santos, plantados por la mano de Dios. Y este huerto lo riega Cristo con los ríos de los sacramentos, que brotaron de su costado. Por eso, encomiando la belleza de su Iglesia dice en Num 25,5: “¡Qué bellas son tus tiendas Jacob!” Y sigue: “como huertos junto a ríos abundantes”. Y los ministros de la Iglesia riegan (1 Cor 3,6): “Yo planté, Apolo regó”.

 

Y la introducción en la gloria: “me embriagaré en el fruto de mi parto”[2] Cristo engendró a sus fieles como una madre, con su dolor. Dice Isa 66,9: “Acaso yo que hago dar a luz ¿no daré a luz yo mismo?”. El fruto de la fecundidad de Dios son los santos que están en la gloria, Cant 5,1: “Vendrá mi amado y comerá el fruto de sus manzanos”. Estos santos están embriagados de gozo, Salmo 35,9: “Se embriagarán en la abundancia de su casa”. Se la llama embriaguez, porque  excede toda medida de la razón o del deseo, Isa 64, 4: “Ni ojo vio, Señor, fuera de ti, lo que tienes preparado a los que te buscan”.

 

Y aquí se toca la materia del cuarto Libro (1. Sacramentos y 2. Resurrección).

 

Y queda clara, por lo dicho, la intención del libro de las Sentencias de Pedro Lombardo.

 

 

3 COMENTARIOS

Ceñiré mis comentarios a las siguientes observaciones.

 

1.      La Sagrada Escritura que enseña, deleita y mueve

 

Santo Tomás afirma que la Sagrada Escritura cumple perfectísimamente los requisitos de una buena pedagogía teológica porque no sólo enseña, sino que también deleita y mueve. Al comienzo de su Principium Biblicum  dice, citando algo libremente a San Agustín:

“Según dice San Agustín en el libro cuarto de su De Doctrina Christiana, el erudito, cuando expone lo que sabe, debe hacerlo de manera que 1) enseñe, 2) que deleite, y 3) que mueva a) a los ignorantes para enseñarles, b) a los que se aburren para deleitarlos y c) a los perezosos para  estimularlos”.

Y agrega S. Tomás: “La Palabra de la Sagrada Escritura cumple  perfectísimamente con estos tres requisitos”[3].

El pasaje del De Doctrina Crhistiana al que parece referirse santo Tomás, citándolo algo libremente, es este: “Dijo, pues, un maestro de elocuencia[4], y dijo la verdad, que el elocuente debe hablar de manera que enseñe, que deleite y que mueva. Y luego agrega; el enseñar pertenece a la necesidad, el deleitar a la amenidad, el mover al éxito” (De Doctrina Christiana 4,12). En este pasaje, san Agustín se está refiriendo al orador sagrado, pero Santo Tomás aplica lo dicho en él al “erudito que expone lo que sabe”, es decir, más bien al Maestro en Teología. Ya sea porque considera el magisterio teológico como una suerte de oratoria sagrada o proclamación de la doctrina cristiana, ya sea porque estima que los preceptos retóricos valen para toda docencia, sea desde el púlpito, sea desde la cátedra.

 

Lo que más nos interesa señalar aquí , por el momento, es que Santo Tomás afirma que estos tres requisitos de la buena didáctica los cumple perfectísimamente la sagrada Escritura. De modo que lo que la sagrada Escritura logra colmadamente, son los fines de la enseñanza teológica. La teología debe no sólo trasmitir contenidos intelectuales, sino que tiene que hacerlo deleitando y convirtiendo (flectere).

 

No hay pues que extrañarse de que Santo Tomás eche mano, en el prólogo a su comentario a las Sentencias de Lombardo, del texto del Eclesiástico y de otros textos de la sagrada Escritura, con el fin, por lo visto, de enseñar, deleitar y mover a sus alumnos.

Y en efecto, en este prólogo, no sólo los entera de la materia de los cuatro libros que va a comentar durante el curso; lo hace de manera sintética, gráfica, deleitosa y capaz de moverlos a emprender el arduo estudio de lo que, en sí mismo, era una colección, por no llamarlo centón, de autoridades, cuya presentación debió tornarse fácilmente fatigosa y fatigante. Imaginemos un curso de teología que consistiese, mutatis mutandis, en una exposición comentada del Denzinger.

 

Cuando en la segunda parte del Principium Biblicum, sistematiza santo Tomás los libros sapienciales, los divide en aquellos que enseñan sólo con la palabra, o sólo con ejemplos, o con ejemplos y palabras juntamente; observa que, sobre todo en asuntos morales, es más provechoso enseñar juntamente con ejemplos y palabras.

 

Pues bien, llegados al arte de enseñar teología, Santo Tomás junta a sus palabras su ejemplo de Maestro de Teología.

El Prólogo al Comentario de las Sentencias de Pedro Lombardo nos muestra a Santo Tomás como el erudito, mejor dicho, el sabio empeñado en trasmitir su saber en forma didáctica, es decir, no solamente intelectualmente clara, sino además deleitable y, de tal manera acomodada a las diversas disposiciones de los alumnos, que sea capaz de mover las voluntades y despierte el interés de los desmotivados y ponga en movimiento a los apáticos. Se muestra Tomás como el maestro que no sólo enseña, sino que enseña a enseñar. Y ese ejemplo permanece válido por los siglos.

 

El prólogo que presentamos es pues un buen ejemplo de cómo santo Tomás pone en práctica sus convicciones acerca de la enseñanza bíblica, expresadas en el Principium Biblicum.

Logra, en efecto, una síntesis deslumbrante, por lo panorámica, de la materia que irá a desarrollar en su comentario a las Sentencias; mostrando de manera lógica y ordenada los grandes misterios de la teología cristiana que se irán exponiendo en los cuatro libros de las Sentencias.

 

De lo más fácil a lo más difícil

Afirma santo Tomás un principio fundamental de toda sana pedagogía. El que enseña debe llevar al alumno procediendo de lo más fácil a lo más difícil. Es consejo que da ya a fray Juan en los consejos acerca del modo de estudiar: “No quieras zambullirte de golpe en el océano del saber, vuélcate en él entrando por los arroyitos, porque es necesario llegar a las cosas más difíciles a través de las más fáciles” [5]. Ahora bien, Las imágenes bíblicas por ser sensibles, expresan figurativamente los misterios y realidades espirituales menos accesibles. De ahí que se prestan mucho para el primer objetivo del Maestro, que es enseñar. Representan de forma simbólica las verdades misteriosas. Y es que la imagen es el acceso más adecuado a las cosas que no son en sí mismas visibles y experimentables. Por eso usa el Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras un lenguaje figurado y no discursivo.

 

La enseñanza teológica ha de ser deleitable

Hans Urs von Balthasar ha hablado de la “amputación estética de la teología”. Un hecho que él comprueba tanto en el ámbito protestante como en el católico. Sin embargo, afirma von Balthasar, “la fruición es el acto central de la teología como ciencia”. A pesar de lo cual, comprueba que hoy:  “Por el contrario, según una opinión no explícitamente formulada aunque bastante corriente, este acto queda excluido de la teología “científica” y confinado en la “espiritualidad” acientífica, o bien debe permanecer en suspenso hasta que la investigación “exacta” se haya pronunciado...”[6].

A este propósito reconoce von Balthasar: “La obra de Tomás de Aquino, como las de Anselmo, Buenaventura o Alberto Magno, irradian la belleza de la fuerza humana que configura y modela, pero llevan en sí la impronta de lo sobrenatural [...] no hubiesen tenido una influencia histórica tan avasalladora, si su talento no hubiese sido informado por la fuerza creadora del Espíritu, o, lo que es lo mismo, si no hubiesen sido arrebatados y alcanzados (en sentido cristiano) en la unidad del entusiasmo y de la santidad”[7].

 

No hay que imaginarse, sin embargo, que esta unidad armoniosa que se refleja en la doctrina teológica de los grandes doctores no haya tenido que sostenerse también en su tiempo, ante una acedia ambiental de la que no estarían exentos los claustro y aulas de la Universidad de París. Es posible pensar que fueron medicinales. Porque ningún ambiente eclesial, en ninguna época de su historia ha sido constituido por una unanimidad de santos. En todo tiempo la fe ha debido ser fomentada, y aunque la teología supone la fe de la Iglesia como su punto de partida, de donde tomas sus principios, puede y debe tener una función kerygmática y pastoral ante la fe o falta de fe, subjetiva de los alumnos. Tanto más admirable e imitable para nosotros, una docencia que apunta a mover a piedad y a fortalecer la fe de los estudiantes.

 

Allá por los años de 1970, nos visitó en Montevideo un ilustre Profesor de teología de Münster y, en lo que pudo ser un desahogo, nos confió que entre sus alumnos de teología que se preparaban al sacerdocio, había muchos que declaraban no tener fe. No creo que la situación en tiempos de Santo Tomás, se planteas en los mismos términos, pero de todos modos, la Escritura y la Teología deberían poder mover a creer. Porque la fe ha sido gracia en todos los tiempos.

 

¿Cómo hemos llegado a la situación actual? No creo que haya sido tanto a la pérdida unilateral de la calidad académica de los contenidos, sino de la disminución de lo que podríamos llamar el coeficiente de Santo Tomás (enseñar, deleitar, mover). Por una progresiva perdida de vista de ese triple fin de la enseñanza teológica. La Síntesis de Santo Tomás, se presenta así, no sólo como una síntesis puramente intelectual y de sistema doctrinal, sino también y más, como una síntesis vital del conocimiento, el corazón y la vida.

 

Antonio Rosmini ha trazado en rápidas pinceladas el proceso de amputación de la teología. Comprueba Rosmini que la docencia  teológica no ha dejado de decaer desde su esplendor en santo Tomás: “Los compendios y las sumas escolásticas llegaron al apogeo de la perfección en siglo XIII con la Suma de Santo Tomás de Aquino, obra maravillosa”. Pero en lo sucesivo vinieron maestros que “disminuyeron la sabiduría cristiana al despojarla de todo lo que pertenecía al sentimiento, y la hacía eficaz”. Los discípulos de estos maestros, a su vez: “continuaron disminuyéndola, amputándole todo lo que había en ella de más profundo, de más íntimo, de más sustancial, y evitando hablar de sus grandes principios, con el pretexto de facilitar el estudio: en realidad, ellos mismo no los entendían en absoluto. Así la redujeron miserablemente a fórmulas materiales”. Así, prosigue Rosmini, “hemos llegado finalmente a los textos tan maravillosos que se utilizan en nuestros seminarios... libros.... que serán juzgados, a mi parecer, como lo más mezquino y desgraciado que se haya escrito en los dieciocho siglos que cuenta la Iglesia. Libros... sin principios, sin elocuencia y sin método... Libros que no habiendo sido creados ni por el talento, ni por la imaginación, no son, por decir verdad, ni episcopales ni sacerdotales, sino con toda razón los llamaremos laicistas”[8]

 

A esta decadencia de las ciencias sagradas, que habían perdido pie y se hundían engullendo consigo al clero católico, quiso poner remedio León XIII en 1879, apenas algunos años después de la muerte de Rosmini, con la Aeterni Patris. En ella invita el Papa a volver a la “sabiduría de Santo Tomás”(21). Pues “juzgamos – decía – que se obró temerariamente no conservando siempre y en todas partes el honor que le es debido”(16); ya que, afirma el Papa, adelantándose proféticamente, como si estuviese avizorando de lejos nuestros tiempos: “ha suministrado las armas invencibles para refutar los errores que perpetuamente se han de renovar en los siglos futuros” (10). De propósito elige León XIII la expresión “sabiduría de Santo Tomás” que es más amplia que “doctrina”, pues “si hay algo menos concorde con las doctrinas manifiestas de las últimas edades... de ninguna manera está en nuestro ánimo proponerlo para ser imitado en nuestra edad” (21).

Sabia salvedad, la del pontífice, que deja bien clara su mente. No se trata puramente de repetir contenidos, se trata de imitar a Tomás no sólo en el enseñar sino también en el deleitar y mover que han de ser inherentes a una recta enseñanza.

Que el retorno a la “sabiduría” de Santo Tomás a la que apunta la Aeterni Patris no se logró o se logró a medias es algo que parece desprenderse de las comprobaciones de Hans Urs von Balthasar antes citadas, que se refieren a la situación de la teología católica en el siglo XX. Una amputación cuya relación con el abandono de la didáctica teológica de Santo Tomás parece evidente.

 

Suele detectarse, o seguirse encontrando, en muchas academias teológicas un pudor, una vergüenza por la piedad y la oración, o por la fe confesante, que se refleja en las tesis que allí se defienden, en los escritos de investigación de sus profesores, en sus publicaciones y revistas. Pareciera que ellos fuesen una amenaza para la ciencia. Es un efecto del naturalismo que separa la naturaleza y el misterio, la razón y la fe. La encíclica Fides et Ratio del Papa Juan Pablo II es profética, apunta a restañar misericordiosamente esa llaga entre otras.

 

René Laurentin confirma esta comprobación en estos términos: “Si hiciéramos hoy un sondeo preguntando dónde se encuentran los mejores modelos de fe, ¿cuál sería el porcentaje de los que responderían: ‘entre los teólogos’?”[9]. [...] “Muy raras veces son hoy las facultades de teología lugares de oración, lugares en los que se vive la experiencia de Dios. Las facultades científicas miden su nivel por la calidad de sus laboratorios de investigación; y las facultades de teología deberían medirse por la calidad de sus lugares de oración; de los lugares ejemplares de los que habrían de salir santos. La experiencia orante debería ser a la vez la inspiración y fructificación de la teología” [...] “Las facultades universitarias de teología se han alineado en exceso según el modelo que preside las ciencias humanas, y no han sabido dar una prioridad suficiente a su carácter teológico específico”[10].

 

Ante esa amputación de lo piadoso y lo deleitable en la academia teológica moderna, una vuelta al ideal de Santo Tomás, de enseñar deleitando, sería muy saludable y para lograrla se podría tomar ejemplo de él y de otros maestros medievales, anteriores a la toma por asalto de la academia teológica por las huestes del aburrimiento, la aridez o el hastío.

 

No mueve lo que no conmueve

Sed ista doctrina, quae fidei est, principaliter est ad bene operandum; unde Jacob. 2, 26: fides sine operibus mortua est; et psalm. 110, 10: intellectus bonus omnibus facientibus eum. Ergo videtur quod sit practica SC1

Contra, dicit philosophus, quod nobilissima scientiarum est sui gratia. Practicae autem non sunt sui gratia, immo propter opus. Ergo, cum ista nobilissima sit scientiarum, non erit practica.

SC2

Praeterea, practica scientia determinat tantum ea quae sunt ab opere nostro. Haec autem doctrina considerat Angelos et alias creaturas, quae non sunt ab opere nostro. Ergo non est practica, sed speculativa..   In I Sent, Proemium, q.1 art 3 A

 

 

Retomando lo que decíamos antes, no nos imaginemos que por pertenecer al siglo de oro de la academia teológica universitaria católica, estuviesen los estudiantes de la universidad de París inmunes a la tentación de la aridez, del tomar los nombres por las cosas, como quien se queda mirando el dedo en vez de mirar lo que éste señala, y de dejar de hablar con Dios a fuerza de estudiarlo y convertirlo en una idea objeto.

 

Hay enseñanzas de Santo Tomás que parecen querer salir al cruce de lo que pudieran ser tentaciones estudiantiles de ese tipo.

Santo Tomás es muy consciente y lo dice, que la ciencia teológica, como toda ciencia, tiene por objeto enunciables o sea proposiciones, mientras que el acto de fe del que cree, no tiene  por término la proposición, sino la cosa. “Porque no formamos – dice – proposiciones, sino para llegar al conocimiento de las cosas, tanto en la fe como en la ciencia [teológica]”[11]. La fe tiene a Cristo por fin y por objeto [12].

Es fácil que el razonamiento y el discurso teológico se despeguen de esta referencia de la fe que le suministra los principios y pierdan el contacto con la realidad a la que deberían estar sin embargo cordialmente referidas. Así como la fe puede subsistir sin la caridad, así la reflexión teológica sin la fe, o de espaldas a ella, o despegada de ella. Hay que preguntarse si no es ésta la causa de la decadencia de la teología que deploraba Rosmini. Una decadencia que no comienza por el deterioro de los contenidos intelectuales, sino por la amputación de la fruitio. De ella se sigue la incapacidad de mover, primero el afecto y luego la acción. Y de allí la decadencia también de los contenidos y la invasión del error, no sólo “in theologicis” sino también “in philosophicis”. Esa era ya la situación a la que se había llegado cuando León XIII tiene la inspiración de intervenir con la Aeterni Patris.

 

Rosmini lamenta la separación de la doctrina y de la práctica, es decir una doctrina que no mueve, ni los afectos ni a la acción.

 

 

Al mismo tiempo, desde el comienzo mismo del curso, desde el enunciado de los contenidos doctrinales del programa los personaliza vigorosamente.

 

 

Santo Tomás elige como hilo conductor de su exposición un versículo del Eclesiástico que compara la sabiduría con un río. Desarrolla en el prólogo esa imagen del río que fluye y baja impetuoso, del que se alimentan canales que terminan regando el huerto de los plantíos.



[1]   Santo Tomás parece interpretar “río Dorix”, como el nombre propio de un río. Me inclino a leer el texto de la Vulgata como “dioryx” canal impetuoso, rápido,  en vez de Dorix, como nombre propio: “Ego dioryx  [validus, vel fortis] quasi fluvius” Yo soy un canal tan impetuoso como un río.

[2]   El texto de la Vulgata que maneja Santo Tomás, ofrece la lectio “partus” en vez de “pratus” [parto en vez de prado]. Él se atiene en su comentario a esa lectura del texto.

[3]   Principium Biblicum, al comienzo

[4]  Cicerón, en el de De Oratore

[5]   Epistula de Modo Studendi, cfr. 1; S.Th. 2-2, 189, 1, ad 4m; Q. Quodl. 4ª, q.12. art. 2, ag 9

[6]  Hans Urs von Balthasar, Gloria. Una Estética Teológica, (Ed. Encuentro, Madrid 1985) Vol. 1, p.73

[7]  Hans Urs von Balthasar, O.c. p. 74-75

[8]  Antonio Rosmini, Las Cinco Llagas de la Santa Iglesia: La llaga de la mano derecha: la insuficiente formación del clero, Nº 40. (Cito Ed. Península, Barcelona, 1968, en las pags. 83-85)

[9]  R. Laurentin, La Iglesia del futuro más allá de sus crisis. Ed. Herder, Barcelona 1991. Original: Église qui vient au-delà des crises, Ed. Desclée et Cie., Tournai-Paris 1989; cita en p. 149

[10]  R. Laurentin, La Iglesia del futuro... p. 160

[11]  S. Th. 2. 2. q. 1, a. 2 ad. 2m. Y también: “Sicut antiqui patres crediderunt, christum nasciturum et moriturum, nos autem credimus eum natum et mortuum. Diversitas enuntiabilis non impedit unitatem rei creditae: quia vel objectum fidei est res et non enuntiabile, ut quidam dicunt, vel enuntiabile, secundum quod abstrahit ab omni differentia temporis; et tempus determinatum non est de substantia fidei, sed fidei advenit, secundum quod determinatur per doctrinam, prout fides ex auditu Est” (In I Sent, q.1, D. 42, a. 5 fin. )

[12]  Supplementum q. 96, a. 6, ad 10m