Flecha izquierda: NEXTFlecha izquierda: ATRÁS Tema 20 :          

         LA EUCARISTÍA 

 

 

El Sacramento de la Eucaristía es el que contiene verdadera, real y sustancialmente el  Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro señor Jesucristo, bajo las apariencias de pan y vino, en todas y cada una de las partes del pan y vino consagrados.

 

            Es por esa razón lemas sublime de los Sacramentos, de donde manan y hacia el que convergen todos los demás. Es el centro de la vida litúrgica de la Iglesia. Es la expresión y alimento de la comunión cristiana.

            Así se afirmó en Puebla: “La celebración eucarística, centro de la sacramentalidad de la Iglesia y la más plena presencia de Cristo en la humanidad, es centro y culmen de toda la vida sacramental” (Documento de Puebla, n° 923)

 

FIGURAS

            Antes de la llegada de Nuestro Señor Jesucristo, en el Antiguo testamento encontramos algunos pasajes donde se nos indica algunas figuras de este Sacramento, o sea que ya fue prefigurado.

 

 

PROFECÍAS

 

            La Eucaristía fue también preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:

 

 

El Catecismo de la Iglesia católica nos da explicación del nombre de este Sacramento y de su excelencia.

 

II El nombre de este sacramento

1328 La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:

Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras "eucharistein" (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y "eulogein" (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman -sobre todo durante la comida - las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación.

 

1329 Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap 19,9) en la Jerusalén celestial. 

Fracción del pan porque este rito, propio del banquete judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt 26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1 Cor 10,16-17). 

Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia (Cf. 1 Co 11,17-34).

1330 Memorial de la pasión y de la resurrección del Señor.

Santo Sacrificio, porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, "sacrificio de alabanza" (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio espiritual (cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y santo, puesto que completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.

Santa y divina Liturgia, porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama también celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.

 

1331 Comunión, porque por este sacramento nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles -, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (S. Ignacio de Ant. Eph 20,2), viático...

 

1332 Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.

            Como se puede comprobar, la mayoría de acepciones que adopta el catecismo se pueden reducir a tres acepciones: sacramento-sacrificio, sacramento-comunión y sacramento-presencia.

 

EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO

 

Para entender mejor lo que se refiere al sacrificio eucarístico, conviene considerar primero brevemente el sacerdocio de Cristo, ya que sacerdocio y sacrificio son conceptos correlativos.

 

Hb 5, 1: Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Se trata de la ddefinición que hace la carta a los Hebreos del sacerdocio.

Ya se ve que, en este texto, lo propio del sacerdote es ofrecer dones y sacrificios. Ser mediador entre Dios y el pueblo. Debe ser un hombre que viene del mundo de Dios y conduce al mundo de Dios; ésta y no otra es su razón de ser. Y así, la Carta a los Hebreos sigue analizando los matices del verdadero Sacerdote.

 

Heb 10, 4-14: Pues es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad! Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron - cosas todas ofrecidas conforme a la Ley -entonces - añade -: He aquí que vengo a hacer tu voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo. Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden borrar pecados. El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados. Cristo, Sacerdote desde el momento de la Encarnación, es nuestro Pontífice que se ofrece en sacrificio una vez para siempre para obrar así la Redención.

            Véase la clara distinción que se hace de los sacrificios de la Antigua Alianza respecto de los de la Nueva. Los sacrificios de la Antigua Ley se repiten y no pueden borrar el pecado:

 

Se llama a Cristo sacerdote según el orden de Melquisedec:

Recuérdese quién era este Melquisedec: Gn 14, 18-19 que es figura de Cristo: Heb 7,1-3.

 

            Es cierto que Melquisedec es figura de Cristo, pero con una diferencia: el sacerdocio de Cristo es eterno.

 

Por tanto Cristo no tiene “sucesores”, pero sí ministros que actúan “in persona Cristo”, es decir en su nombre y con su potestad:

 

 

¿Por qué en la Sagrada Escritura aparecen referidas a Jesucristo –y por prolongación a nosotros, los sacerdotes ministeriales, que participamos de ese único Sacerdocio de Jesucristo–, las palabras: Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec? (Sl 109,4).

En primer lugar, porque el Sacerdocio de Jesucristo no es del orden de Aarón, cuyo sacerdocio y sacrificios cruentos fueron abolidos al entrar en vigor la Ley nueva, la Ley del Evangelio que trajo Jesucristo Nuestro Señor. Por el contrario, el Sacerdocio de Jesucristo es como el sacerdocio de Melquisedec, que fue rey de Salem (es decir, de Jerusalén), y que ofreció un sacrificio incruento, que fue del pan y del vino, como se narra en el libro del Génesis (14,18), sacrificio que es figura del sacrificio incruento eucarístico, donde se inmola Nuestro Señor bajo las especies de pan y vino.

En segundo lugar, para dar a entender que Melquisedec es sacerdote por vocación de Dios y no por herencia de familia levítica. Como dice el autor de la carta a los Hebreos: Melquisedec, sin padre, sin madre, sin genealogía (7,3); por ese motivo, Melquisedec es modelo de todo sacerdote del Nuevo Testamento. Él, propiamente, ya no pertenece a ninguna familia, sino sólo a Dios.

En tercer lugar, porque es un sacerdocio eterno, como tipo y figura del sacerdocio de Jesucristo. Sigue diciendo el autor de la carta a los Hebreos: Melquisedec es sin principio de días ni fin de vida (7,3). ¿Y qué significa eso de: «sin principio de días y sin fin»? Es un sacerdocio para siempre, un sacerdocio eterno; por tanto, estirpe y figura del único Sacerdocio de Jesucristo. Es de notar que en la carta a los Hebreos se nos habla de eterna salvación (5,9), eterna redención (9,12), eterno espíritu (9,14), eterna herencia (9,15), eterna alianza (9,15).

A Melquisedec, el patriarca Abraham le dió una décima parte (el diezmo) de los mejores despojos (Heb 7,2). Se muestra así la superioridad del sacerdote Melquisedec sobre el mismísimo patriarca Abraham, padre de los creyentes. Y por eso Melquisedec bendijo a Abraham, bendijo al que tenía las promesas. Ahora bien, está fuera de duda que el inferior es bendecido por el superior. Además, los que aquí reciben los diezmos son hombres mortales; mientras que allí uno de quien se afirma que vive. Y, por decirlo así, fue el mismo Leví quien, en la persona de Abraham, que recibe los diezmos, los pagó, porque aún no había nacido cuando le salió al encuentro Melquisedec (Heb 7,6–10).

En cuarto lugar, quiere decir que se trata de un sacerdocio perfecto al cual no se le puede añadir, ni agregar, ni mejorar nada: Si la perfección se hubiese dado por medio del sacerdocio levítico, ¿qué necesidad de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec? (Heb 7,11).

Aarón era incapaz de ofrecer un don perfecto... Hoy sí, por manos de los sacerdotes que somos según el orden de Melquisedec, es ofrecido un don perfecto: el Sacrificio Eucarístico, memorial de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Y esto no por poder de un precepto de una ley carnal, sino por un poder de vida indestructible (Heb 7,16), es decir, con el poder que da la inmortalidad de Nuestro Señor Jesucristo, porque Jesucristo resucitado ya no puede morir, la muerte no tiene ningún poder sobre Él (Ro 6,9). Por eso se nos enseña en Heb 7,24: El sacerdocio de Jesucristo, en cambio, posee un sacerdocio inmutable porque permanece para siempre, y por eso mismo: Tú eres sacerdote para siempre.

Por todo esto, la dignidad del único sacerdocio de Jesucristo no lleva el sello de la imperfección o de la caducidad, sino que es eterna y por tanto, es un sacerdocio «mejor», como tantas veces se habla también, en la carta a los Hebreos, de mejor pacto (8,6); mejor posesión (10,34); mejor patria (11,16); mejor resurrección (11,35); algo mejor (11,40); sangre que habla mejor que la de Abel (12,24).

El sacerdocio ministerial participa, a su manera, de este sacerdocio «para siempre», de este sacerdocio «in aeternum».

Por el sacramento del Orden, los sacerdotes ministeriales recibimos fundamentalmente dos cosas: la gracia santificante y la gracia propia del Orden: el carácter sacerdotal. ¿Qué es el carácter? Lo dice el apóstol San Pablo en la segunda carta a los Corintios: Él es quien nos fortalece juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ha ungido, el cual nos ha sellado y nos ha infundido las arras del Espíritu en nuestros corazones (1,21–22). Así como en el bautismo, que también imprime carácter, o la confirmación, también el sacramento del Orden ha marcado con su sello (1,22). Ese es el carácter sacramental, porque propio de este es marcar y sellar alguna cosa, dejando en el alma una señal indeleble que jamás puede borrarse y que le estará siempre adherida.

¿Cuál es la función del carácter sacramental, tanto en el bautismo como en la confirmación, como en el Orden Sagrado? Es carácter para dos cosas: en primer lugar, para ponernos en actitud de recibir, y en este caso, de hacer alguna cosa sagrada; en segundo lugar, para que nos distingamos unos de otros por alguna señal. En el sacramento del Orden que recibe todo sacerdote católico, el carácter sacramental nos da la facultad, la potestad, de hacer y administrar los sacramentos y de predicar la Palabra de Dios. Nos da de manera especial esos poderes tremendos sobre el Cuerpo físico de Cristo: transustanciar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre; y el poder, también tremendo, de perdonar los pecados en su Nombre y con su Poder. A esta potestad se refiere el apóstol San Pablo en la carta a Timoteo: No seas negligente respecto a la gracia que hay en ti, que te fue conferida en virtud de la profecía con la imposición de las manos de los presbíteros (1,14). En la segunda carta dirigida también a Timoteo, recuerda a todos los sacerdotes que sepamos reavivar la gracia que nos ha sido dada por la imposición de las manos el día de nuestra ordenación: Por esta causa te amonesto que reavives la gracia de Dios, que te fue conferida con la imposición de las manos (1,6).

 

Téngase en cuenta, también, que siendo lo propio del sacerdote ofrecer dones y sacrificios y siendo Cristo sacerdote según el orden de Melquisedec ( y no según el orden de Aarón), ha de corresponder a este sacerdocio un sacrificio propio de este orden, completamente diferente de los del orden levítico. Cristo se ofrece a sí mismo, es, pues, sacerdote y víctima a un tiempo, de valor infinito en virtud de la Unión Hipostática.

El Sacrificio de Cristo abarca toda su vida, desde el primer instante de la Encarnación y culmina en la cruz.

 

EL ÚNICO SACRIFICIO DE CRISTO SE ACTUALIZA EN EL ALTAR para irnos aplicando sus méritos redentores (Ver: Conc. Trid. Ses XXII-Cap.II)[1]. Que la Misa es verdadero sacrificio es de fe (el banquete sigue al sacrificio): S. Lc 22,19-20. (Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros).

 

El texto original griego de la institución de la Eucaristía, en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, emplea el participio presente. Se trata del Cuerpo de Cristo “dándose” y de la sangre de Cristo “derramándose”; es, pues, una acción presente.

Obsérvese también que el Cuerpo de Cristo no solamente se da a los Apóstoles, sino por los Apóstoles y la sangre se derrama “...por ellos” y “...por muchos” (= la muchedumbre, todos) y, ciertamente, tal modo de hablar designa un verdadero sacrificio. Además la sangre de Cristo se derrama para la remisión de los pecados, lo cual designa una acción sacrificial:

 

 

Esta Sangre sella la nueva y eterna Alianza con Dios, tal como también la antigua Alianza fue sellada con la sangre de las víctimas:

 

 

El Sacrificio de Cristo nos da entrada en el Cielo, es decir, nos da eterna salvación.

Es especialmente importante el vers. 26: Cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga. Anuncio que, como comenta el P. Bover, no es mero recuerdo histórico, sino una viva reproducción del Sacrificio de Cristo (Biblia Bover-Cantera). Y esto “hasta que venga”, es decir, hasta la Parusía.

 

Que es verdadero sacrificio resulta también de: I Cor 10,16-21:La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar? ¿Qué digo, pues? ¿Que lo inmolado a los ídolos es algo? O ¿qué los ídolos son algo? Pero si lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios y no a Dios! Y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podéis beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.

En este texto, después de haber hablado de la participación de los cristianos en el sacrificio Eucarístico, habla S. Pablo de los sacrificios de los judíos y paganos. En el vers. 18 menciona a los que en Israel comen del altar y son, por lo mismo, partícipes del altar; según el vers. 20 los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios y, los que comen de ellos, se hacen partícipes de los demonios y el cristiano no debe participar de la mesa del Señor y al mismo tiempo de la de los demonios. De este texto se desprende claramente que, para S. Pablo, la celebración de la Eucaristía era un verdadero sacrificio.

 

·         Heb 13,10: Tenemos nosotros un altar del cual no tienen derecho a comer los que dan culto en la Tienda.

Si hay un altar es porque hay un sacrificio que se ofrece sobre este altar y del cual solamente pueden comer los cristianos. Por consiguiente, la Iglesia tiene la misión de ofrecer a Cristo bajo las especies eucarísticas.

Con las palabras “Haced esto en memoria mía”, Cristo confiere a los Apóstoles el sacerdocio de la nueva ley que les da la facultad de ofrecer a Cristo bajo las especies de pan y vino. Por eso dice el Conc. Vaticano II, “aunque no pueda haber en ella (en la Eucaristía) presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia”. (Presbyterorum ordinis, 13), pues “el sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza... confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 10); actúa, pues, como representante de la Iglesia y en bien de la Iglesia.

 

ASI SE REALIZA LA PROFECÍA DE Mal 1,10-11. ¡Oh, quién de vosotros cerrará las puertas para que no encendáis mi altar en vano! No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahvé Sebaot, y no me es grata la oblación de vuestras manos. Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Sebaot.

 

Este sacrificio predicho por Malaquías será:

 

1)      Nuevo, que sustituye a los antiguos.

2)      Universal, se ofrecerá en toda la redondez de la Tierra.

3)      Incruento, pues la palabra “minhah” designa una oblación hecha sin derramamiento de sangre.

4)      Puro, o sea, agradable a Dios y digno de Él. Pero hay una sóla ofrenda digna de Dios, Jesucristo.

 

Malaquías predice un sacrificio propiamente dicho, pues el verbo hebreo “nagash” se emplea lo mismo para el sacrificio nuevo (vers.  11), que para los antiguos (vers. 7 y 8).

IDENTIDAD DE LA MISA CON EL SACRIFICIO DE LA CRUZ

En ambos Cristo es el Sacerdote y la Víctima, pues el mismo Cristo, que se inmoló en la cruz, se ofrece de manera incruenta en el altar por medio de sus ministros. Cristo es el sacerdote principal y la víctima, como se desprende claramente de las palabras de la Institución

 

Los Apóstoles deben hacer lo que hizo Cristo, cambiar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre entregados por nosotros en sacrificio, a fin de aplicarnos los meritos redentores de Cristo.

 

 

 

 

DIFERENCIAS ENTRE EL SACRIFICIO DE LA CRUZ Y LA MISA


El Sacrificio de la Cruz:

 

1)             es cruento;

2)             se ofrece una sola vez y en un solo lugar;

3)             en la Cruz Cristo nos lo merece todo;

 

4)      Cristo se ofrece solo.


El sacrificio de la Misa:

 

1)      es un

sacrificio incruento;

2)      se ofrece muchas veces y en muchos lugares;

3)      nada añade a los méritos de Cristo, pero nos aplica estos méritos;

4)      en la Misa Cristo se ofrece por

medio de la Iglesia y con ella.


 

Dice Pablo VI en la encíclica “Mysterium Fidei” (n° 31):

 

“La Iglesia al desempeñar la función de Sacerdote y víctima juntamente con Cristo, ofrece toda entera el Sacrificio de la Misa, y toda entera se ofrece en él. Nos deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres, recientemente expuesta por nuestro predecesor  Pío XII, de inmortal memoria, y últimamente expresada por el Conc. Vaticano II en la constitución De Ecclesia a propósito del pueblo de Dios, se explique una y otra vez y se inculque profundamente en el alma de los fieles, dejando a salvo, como es justo, la distinción, no de grado, sino también de naturaleza que hay entre el sacerdocio de los fieles y el sacerdocio jerárquico; porque esta doctrina en efecto, es aptísima para alimentar la piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles y para estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad, que no consiste sino en entregarse por completo al servicio de la Divina Majestad con generosa oblación de sí mismo”.

 

Conviene también  leer Lumen Gentium, 11: “los fieles... participando del Sacrificio Eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella” “Pues todas sus obras, sus oraciones... el cotidiano trabajo... las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (Cf. I pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor” (LG n° 34).

 

Y puede verse también Presbyterorum ordinis, 2; Lumen gentium, 28 y 50 etc.

Debemos, pues, ofrecernos con Cristo y vivir todos los instantes de nuestra vida esta oblación, tal como lo hizo Él: (Rom 12,1: Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.)

NOTESE que nuestra verdadera y auténtica participación en la Misa es ofrecernos con Cristo (por Él, con Él y en Él) a la gloria de toda la Stma. Trinidad. Por la Misa, Dios es glorificado por Cristo en la Iglesia (Cfr. Ef 3, 20-21: A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.

En la Misa, pues, hay un doble sacrificio:

1.      Como Sacrificio de Cristo es de valor infinito.

2.      Como Sacrificio de la Iglesia, de valor finito, mayor o menor, según el grado de santidad que ese momento existe en los miembros del Cuerpo Místico.

EFECTOS DE LA MISA:

 

a) Como se desprende del texto ya citado de Mal 1,10-11, la Santa Misa, siendo la ofrenda pura, digna de Dios, es por la misma razón, el solo homenaje de adoración y acción de gracias digno de Él, de valor infinito (efecto latréutico y  eucarístico).

Este efecto se produce “ex opere operato” y de un modo inmediato e infalible. Así recibe la Stma. Trinidad una gloria infinita de parte de toda la creación. El hombre, podríamos decir, es el sacerdote de la creación.

 

b) La Misa es también un sacrificio propiciatorio, como resulta de las palabras de la institución, que indican su identidad con el sacrificio de Cristo:

 

·        S. Lc. 22,19-20.

·        I Cor 11,23-26.

·        S. Mt 26, 28

 

La Sangre de Cristo es derramada en remisión de los pecados. Ahora bien, la Misa se ofrece por los pecados, no directamente como remisión de ellos, sino, si se trata de un pecador debidamente arrepentido y confesado, como remisión de la pena temporal que le ha quedado, una vez perdonada la culpa, y alcanzándole gracias actuales para evitar pecados futuros. Si se trata de pecadores no arrepentidos, pero que asisten a Misa, su asistencia les sirve para alcanzar gracias actuales que les ayudan arrepentirse y salir del pecado.

 

c) También es la Misa un sacrificio impetratorio o sea, nos alcanza toda clase de gracias, ya que en la Santa Misa ofrecemos a Dios su Hijo, y El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?” (Rom 8, 32.)

 

Podemos, pues, decir como conclusión: Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna. (Heb 4, 16)

Pero no olvidemos que, aunque la Misa, como Sacrificio de Cristo, es de valor infinito, en aplicación a nosotros es necesariamente finita y limitada y nos aprovechamos de ella en un grado mayor o menor, según nuestras disposiciones.

 

FRUTOS DE LA MISA

En la aplicación de la Santa Misa distinguen los teólogos varios frutos:

 

1.      Fruto especialísimo, propio del mismo sacerdote celebrante;

2.      especial, que debe aplicarlo el sacerdote que celebra y que recibe la persona o personas por las cuales se ofrece el Sacrifico.

3.      general, que reciben todos los miembros del Cuerpo Místico y más señaladamente los que asisten a la celebración de la Eucaristía.

 

La Misa, pues, se ofrece tanto por los vivos como por los difuntos. Por los vivos, para que se les aplique el valor propiciatorio e impetratorio y por los difuntos, como sufragio.

Pero conviene tener presente lo que al respecto escribe Santo Tomás (Smma Theol II,q. 79, a. 5):

 

“Aun cuando la oblación de este Sacrificio por su propio valor, baste para satisfacer por toda la pena, sin embargo, es satisfactoria para aquellos por quienes es ofrecida y para los que la ofrecen, según la medida de su devoción, y no para toda la pena”.

 

A lo cual agrega Garrigou-Lagrange en su libro La Vida eterna y la profundidad del alma, cap. VII: “Esa medida de devoción depende, para las almas del Purgatorio, de las disposiciones que han tenido en el momento de la muerte”.

 

En cuanto las Misas en honor de la Virgen Santísima y de los Santos, hay que tener bien presente que la Misa se ofrece solamente a Dios, a quien se honra alabándole en sus Santos, que son obras maestras de su gracia (y la obra maestra por excelencia es, desde este punto de vista, la Virgen Santísima, digna Madre del Hijo de Dios hecho Hombre), al mismo tiempo que se implora la intercesión de María Santísima y los demás bienaventurados, a favor de la Iglesia militante.

 

LA LITURGIA DEL CIELO

 

En el cielo, por toda la eternidad, la Iglesia triunfante, rendirá a Dios el homenaje perpetuo de adoración y acción de gracias:

 

·         Ap 5, 8-14: Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;  y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la tierra.» Y en la visión oí la voz de una multitud de Ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miríadas de miríadas y millares de millares, y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos.» Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar.

 

·         Ap 7, 5-12:De la tribu de Judá 12.000 sellados; de la tribu de Rubén 12.000; de la tribu de Gad 12.000; de la tribu de Aser 12.000; de la tribu de Neftalí 12.000; de la tribu de Manasés 12.000; de la tribu de Simeón 12.000; de la tribu de Leví 12.000; de la tribu de Isacar 12.000; de la tribu de Zabulón 12.000; de la tribu de José 12.000; de la tribu de Benjamín 12.000 sellados. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.»

 

VEASE también:

 

·        Ap 21, 22: Pero no vi Santuario alguno en ella; porque el Señor, el Dios Todopoderoso, y el Cordero, es su Santuario. (Dios es el templo de la Jerusalén celestial).

·        Ap 22, 3: Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto.  ( El verbo griego es “latreuw”, con el matiz de culto, de servicio litúrgico).

En el cielo ciertamente, ya no habrá necesidad de purificarnos de nuestros pecados ni necesidades nuestras que remediar, pero queda del deber de la incesante adoración y acción de gracias.

Por eso cabe tener siempre presente que “al celebrar el Santo Sacrificio Eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial” (Lumen gentiun, 50). Por tanto, para esta vida del Cielo, nos prepara una vida cristiana que tenga como centro la Santa Misa. Nuestra vida ha de ser una oblación incesante unida al sacrificio de Cristo, para gloria de toda la Santísima Trinidad.

 

 

LA EUCARISTÍA COMO SACRAMENTO

 

EL PAN DE VIDA: S. Jn 6, 48-58

Cristo promete dársenos  como pan de vida sobrenatural. Este pan es la carne (= Humanidad de Cristo), verdadera (griego, aleqhV”) comida y bebida.

            Esta promesa la cumple al instituir la Eucaristía, como consta en los cuatro relatos de la Institución:

 

 

 

NOTEMOS que Cristo no dice “aquí esta” o “en esto esta” mi cuerpo, sino “Este es mi cuerpo”. Por tanto, en virtud de las palabras de la consagración, se expresa que ya aquello no es pan ni vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo; luego se ha producido un cambio de sustancia, una transubstanciación.

Además, de no ser así, ¿cómo entender lo que afirma S. Pablo?: HI Cor 11, 27: Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Si, el que come el Cuerpo o la Sangre del Señor indignamente, es reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor es, sin duda alguna, porque Cristo esta real y verdaderamente presente bajo las especies eucarísticas.

Tal vez alguno alegue en contra de esta presencia real el texto de  Jn 6, 63 (El espíritu es el que vivifica, la carne nada aprovecha. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida).

Para conocer el verdadero sentido de este versículo hay que situarlo en todo su contexto. Cristo dice “la” carne y no “mi” carne. Carne, en la Biblia, significa el hombre en cuanto frágil, débil, mortal (Cfr. Is 40, 5-6: Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahvé ha hablado.» Una voz dice: «¡Grita!» Y digo: «¿Qué he de gritar?» - «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo.)

En el plano de la vida divina, en el cual se coloca a Cristo al prometernos el pan de vida, no vale lo humano, sino lo divino. Dios es Espíritu y si la carne de Cristo tiene poder de dar la vida es porque su Humanidad esta unida a la Divinidad y posee una fuerza divina.

Agreguemos que los judíos entendieron en sentido literal las palabras de Cristo y se escandalizaron: Jn 6, 52: Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Y Cristo no los tranquiliza diciendo que habla en forma metafórica, sino que reafirma que su carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida: Jn 6, 55: Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Además, recordemos como S. Pablo creía en la presencia real de Cristo en la Eucaristía (Cfr. I Cor 11, 27). Y por consiguiente, los demás Apóstoles, ya que él transmite lo que ha recibido del Señor: (I Cor 11, 23: Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido...) Si ellos interpretaron mal las palabras del Señor, ciertamente Cristo se lo habria advertido, al menos después de la Resurrección, a fin de que no indujeran en error a los fieles. Si Cristo, al ver que sus discípulos entendían en sentido literal las palabras de la institución de la Eucaristía, no debiendo entenderlas así, no hubiese corregido el error, habría sido el mismo Jesucristo el causante y el inductor de una idolatría perpetua en la Iglesia.

 

S. Pablo afirma claramente que la Eucaristía es la comunión de la Sangre y del Cuerpo de Cristo (I Cor 10, 16: La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?)

 

Cristo esta presente todo entero bajo cada especie:

 

Aunque alguna versión pone dos veces la conjunción “y”, el original griego tiene “o” la primera vez e “y” la  segunda.

De ello se desprende que cualquiera que comulgue indignamente, sea con la sola especie de pan, sea con la sola especie de vino, profana el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por lo cual también la comunión bajo una sola especie es tan completa como bajo ambas.

 

Tampoco se divide a Cristo al dividirse una especie:

 

NOTESE que todos los Apóstoles bebieron del único cáliz y, ciertamente recibieron a Cristo entero.

EFECTOS DE LA COMUNIÓN

 

La comunión es un verdadero alimento espiritual:

 

Y como nadie alimenta a un muerto, se desprende de este texto que para poder comulgar, es necesario poseer el estado de gracia. Lo mismo se desprende de:

 

Y tal como el alimento corporal conserva y acrecienta las fuerzas corporales, así este alimento eucarístico, no solamente conserva, sino que acrecienta la vida del alma.

Es pan de vida, es decir, alimento de la vida espiritual, de la vida de la gracia: Jn 6, 48: Yo soy el pan de la vida.

 

Según el Concilio de Trento (Sess. XIII, c. 2), la Comunión es “el remedio que nos libra de las culpas cotidianas y nos preserva del pecado mortal”.

Y Santo Tomas nos dice: “El alimento es necesario al cuerpo para reparar las fuerzas que cada día se van gastando... También espiritualmente se gastan cada día en nosotros algunas fuerzas por los pecados veniales... que disminuyen  el fervor de la caridad y, por tanto, es propio de este Sacramento perdonar los pecados veniales“. (S. Th. III,q.79 a. 4).

No es necesario agregar que, evidentemente, se trata de aquellas faltas que el alma detesta sinceramente, ya que ningún pecado se perdona sin que haya arrepentimiento. Pero no solamente repara nuestras fuerzas espirituales, sino que el efecto propio de la Comunión es la unión creciente con Cristo y con los demás miembros del Cuerpo Místico:

NOTESE que no se trata de una simple comida fraterna que une al grupo.

 

Resumiendo podríamos decir que los efectos de la Comunión son:

a.      Aumento de gracia santificante (según las disposiciones).

b.      Preserva del pecado mortal.

c.       Borra el venial arrepentido.

d.     Disminuye le pena temporal debida al pecado perdonado.

e.      Da gracias actuales, sobre todo para una creciente caridad.

 

Una pregunta: Podríamos preguntarnos por que tantas personas comulgan con frecuencia y no se nota en ellas visiblemente un aumento de caridad.

La respuesta es sencilla, el fruto que producen el alma los sacramentos esta en relación con las disposiciones con que se reciben. Si nos acercamos a la Comunión con disposiciones deficientes de caridad, toleradas y consentidas mas o menos habitualmente (por mas que no lleguen a culpa grave, pongamos por caso, pequeños resentimientos, manifestaciones de egoísmo, indiferencia con nuestros hermanos y sus necesidades etc.), impedimos, en la misma medida, que la Comunión produzca todo su fruto.

Y este fruto no esta en sentimientos mas o menos intensos de amor a Dios y a nuestros hermanos, sino en un creciente amor de obras:

 

No olvidemos tampoco que la Comunión es parte integrante de la Misa y, como tal, aun cuando por necesidad comulguemos fuera de la Misa, el pan eucarístico que recibimos baja del altar del Sacrificio donde fue consagrado, nos une al Sacrificio de Cristo que, al venir a nosotros, nos comunica, en cuanto no ponemos obstáculo, sus disposiciones de amor y entrega a Dios y a nuestros hermanos.

            La Comunión es así una invitación a asimilarnos las disposiciones de Cristo para comulgar, por parte nuestra, su Sacrificio por su cuerpo que es la Iglesia:

 

La comunión también es prenda de la futura gloria:

 

 

LA EUCARISTÍA, MISTERIO PASCUAL

 

En la Comunión recibimos a Cristo, nuestra Pascua, inmolado por nosotros:

 

De modo que cada celebración eucarística  nos hace celebrar de nuevo la Pascua. Dice al respecto el Concilio Vaticano II:

 

La Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo cuanto a el se refiere en toda la Escritura (S. Lc 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual se representa la victoria y el triunfo de la muerte, y dando gracias al mismo tiempo a Dios por el don inefable (II Cor 9,15) en Cristo Jesús para alabar su gloria (Ef 1,12) por la fuerza del Espíritu Santo... La liturgia misma impulsa a los fieles a que, saciados con los sacramentos pascuales, sean concordes en la piedad; ruega a Dios que conserven en su vida lo que recibieron en la fe y la renovación de la alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. (Constitución sobre la Liturgia, 6 y 10).

 

“Urge al cristiano la necesidad y el deber de luchar, con muchas tribulaciones, contra el demonio, e incluso de padecer la muerte. Pero asociado al misterio pascual, configurado con la muerte de Cristo, llegara, corroborado por la esperanza,  a la resurrección”. (Gaudium et spes, 22).

 

 

 

 

CULTO EUCARISTICO

 

Dice el Concilio de Trento:

En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, que después de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles; pues no hay en efecto repugnancia en que el mismo Cristo nuestro Salvador este siempre sentado en el cielo a la diestra del Padre según el modo natural de existir, y que al mismo tiempo nos asista sacramentalmente con su presencia, y en su propia substancia en otros muchos lugares con tal modo de existir, que aunque apenas lo podemos declarar con palabras, podemos no obstante alcanzar con nuestro pensamiento ilustrado por la fe, que es posible a Dios, y debemos firmísimamente creerlo. Así pues han profesado clarísimamente todos nuestros antepasados, cuantos han vivido en la verdadera Iglesia de Cristo, y han tratado de este santísimo y admirable Sacramento; es a saber, que nuestro Redentor lo instituyó en la última cena, cuando después de haber bendecido el pan y el vino; testificó a sus Apóstoles con claras y enérgicas palabras, que les daba su propio cuerpo y su propia sangre. Y siendo constante que dichas palabras, mencionadas por los santos Evangelistas, y repetidas después por el Apóstol san Pablo, incluyen en sí mismas aquella propia y patentísima significación, según las han entendido los santos Padres; es sin duda execrable maldad, que ciertos hombres contenciosos y corrompidos las tuerzan, violenten y expliquen en sentido figurado, ficticio o imaginario; por el que niegan la realidad de la carne y sangre de Jesucristo, contra la inteligencia unánime de la Iglesia, que siendo columna y apoyo de verdad, ha detestado siempre como diabólicas estas ficciones excogitadas por hombres impíos, y conservado indeleble la memoria y gratitud de este tan sobresaliente beneficio que Jesucristo nos hizo. (Conc. Trento. Ses. XIII, Cap. I)

La presencia de Cristo es permanente mientras hay accidentes de pan y vino. De esta manera, Cristo esta en nuestros Sagrarios, real y verdaderamente. Podemos  afirmar con toda entereza que es el “EMMANUEL”, o sea, Dios con nosotros. Por lo mismo, hemos de rendirle culto de adoración y acción de gracias y visitarle en el Sagrario para hablar con Él, como con un amigo intimo, pues “la visita es prueba de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo nuestro Señor, allí presente”. (Mysterium fidei, 67).

Una vez mas, hay que decirlo bien alto: La Eucaristía, como Sacrificio y Sacramento, es el centro de toda autentica vida cristiana. En palabras del Concilio Vaticano II, la Eucaristía es “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (Lumen Gentium, 11).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EUCARISTÍA - SÍNTESIS  JURÍDICA

 

( CC. 897 al 958) P. José Ros  05/01/05

 

I.-  PRINCIPIOS DOCTRINALES.

 

   “La celebración de la eucaristía es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal, para la Iglesia local y para cada uno de los fieles” ( IGMR 1)

Desde esta afirmación fundamental, repetida en distintos documentos del magisterio reciente, se desprenden consecuencias importantes:

-Para la doctrina: que brille en toda su fuerza la fe de la Iglesia en una exposición fiel y adaptada para que la eucaristía pueda ser comprendida y vivida por todos los fieles;

-Para la disciplina: que proteja tan augusto sacramento, de forma que su celebración sea siempre el don de Cristo a su Iglesia y no arbitrariamente del ministro o asamblea; que sea don de salvación para cada uno de los fieles que participa en ella; que cada celebrante exprese y manifieste también la verdadera naturaleza de la Iglesia (EM 6; EV 2/1306);

-Para la pastoral: que suscite la participación de los fieles y les enseñe “a ofrecer a Dios Padre la Victima divina en el sacrificio de la misa y a hacer, juntamente con él, la oblación de la propia vida”(PO 5).

   El CIC nos da en sus cánones un breve resumen de la fe de la Iglesia sobre la eucaristía. Las fórmulas son concisas pero tienen el valor de centrarse sobre el núcleo mismo de la fe de la Iglesia; y nos advierten sobre “la tierra sagrada” en la que hunden sus raíces las normas disciplinares.

   Tomando tanto el c 897 como el c. 899 el legislador pone de relieve los siguientes aspectos y valores:

  En la eucaristía “se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Señor Nuestro” c 897.Es decir, este augusto sacramento es al mismo tiempo sacramento-sacrificio, sacramento-comunión y sacramento-presencia. (Redemptor hominis 20: EV 6/1254).

-Sacramento-sacrificio o sacrifico sacramental, que el c 897 define como “memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual se perpetúa a lo largo de los siglos el sacrificio de la cruz”.

-Sacramento-comunión, porque “el sacrificio y el banquete sagrado pertenecen al mismo misterio, hasta el punto de estar unidos el uno al otro por un estrechísimo vínculo. Efectivamente, el Señor se inmola en el mismo sacrificio de la misa cuando “comienza a estar sacramentalmente presente, como alimento espiritual de los fieles, bajo las especies de pan y vino” (EM 3b: EV 2/1297).

-Sacramento-presencia, porque “en él se verifica el hecho extraordinario y único de la presencia del Autor mismo de la santidad” (EM 4: EV 2/1304). Es doctrina solemne y definitiva de la Iglesia que en la eucaristía está presente Nuestro Señor Jesucristo “verdadera, real y sustancialmente” bajo las especies de pan y vino (Dz 1651), no sólo durante la celebración, sino también después, mientras duran las especies eucarísticas; lo cual motiva la veneración y culto de la eucaristía como sacramento permanente (EM 49-67: EV 2/1349-1367).

 

 

 

 

II  LA  CELEBRACIÓN  EUCARÍSTICA

 

   Si todo es importante en la eucaristía, lo es principalmente su misma celebración; ella es la que una y otra vez es designada “centro de toda la Iglesia” (IGMR 1;SCCEM 1; EM 6: 2/1306); ella es el origen y el fin del culto que se le tributa fuera de la misa: “efectivamente, no sólo las sagradas especies que restan después de la misa se derivan de ella, sino que son conservadas para que los fieles que no puedan participar en la misa, por medio de la comunión sacramental, recibida con las debidas disposiciones, se unan a Cristo y a su sacrificio, celebrado en la misa” (EM 3e: EV 2/1300)

 

1.- LA ASAMBLEA, SUJETO DE LA CELEBRACIÓN.

 

   Porque “la celebración de la eucaristía es acción de toda la Iglesia” (IGMR 5), es normal que tanto clérigos como laicos concurran tomando parte activa, cada uno según su modo propio.

  Habrá que suscitar dentro de la asamblea los diversos oficios y ministerios, distintos del ministerio ordenado, destacados en la IGMR 62-73: cantores y director de coro, lectores, salmistas, comentador, acólitos, etc.

   El c 899 § 3 insta a disponer la celebración de forma que todos los participantes perciban los frutos abundantes para cuya obtención Cristo Nuestro Señor instituyó el sacrificio eucarístico.

 

2.- EL  MINISTRO  DE  LA  EUCARISTÍA.

 

   Hay que distinguir entre el ministro de la celebración y el ministro de la comunión, porque cronológicamente podrían estar separados y porque, aun estando unidos, el ministro de la celebración puede necesitar de quien le ayude a distribuir la comunión a los fieles.

 

 2.1 MINISTRO  DE  LA  CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA.

 

A) El hecho mismo de la celebración.

 

   Las normas actuales las podíamos escalonar de la siguiente manera:

 

   1) Celebración válida. El c 900 § 1 dice “que sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo”.

 

   2) Celebración lícita. En el § 2 del citado c. estable que “Celebra lícitamente la Eucaristía el sacerdote no impedido por ley canónica, observando las prescripciones de unos cuantos cánones. Está impedido por ley canónica el que ha incurrido en excomunión, entredicho o suspensión; o por carecer de las disposiciones necesarias, tanto espirituales como corporales; o por haber incurrido en una irregularidad (c 1044 § 1) o estar afectado de un impedimento (c 1044 § 2).

   La celebración lícita implica también el respeto y observancia de las normas establecidas tanto en el derecho común como en las normas litúrgicas sobre ritos y ceremonias, tiempo y lugar, reiteración de la celebración c 905, participación de algún fiel c 906, como expresión de la presencia y participación del pueblo.

 

   3) Celebración fructuosa. En el c 909 se manda que “no deje el sacerdote de prepararse debidamente con la oración, para celebrar el Sacrificio Eucarístico y dar gracias a Dios al terminar”.

 

   4) Cada sacerdote debe responder del fiel cumplimiento de estas normas; tanto más cuanto que la eucaristía “es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la constitución de la eucaristía y a la vez que ella”(Ep. Dominicae Caenae 2:EV 7/156). Se responsabiliza además de al Obispo “moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica” c 835 § 1, a otros que, bajo la autoridad del Obispo, cooperan con él al frente de las asambleas locales, como son el párroco c 528 § 2, el rector de la iglesia c 562, el superior religioso c 611 3°, para que cuiden de que las funciones sagradas se celebren en sus iglesias dignamente, de acuerdo con las normas litúrgicas.

 

B) Circunstancias de la celebración.

 

   1)  ¿Tienen obligación de celebrar la Santa Misa los sacerdotes todos los días? En el c 904 se dice que“teniendo siempre presente que en el misterio del Sacrificio Eucarístico se realiza continuamente la obra de la redención, deben celebrar frecuentemente, es más, se recomienda encarecidamente la celebración diaria”.

 

   2) Aplicación de la Misa. La norma del c 901 es más de carácter teológico que jurídico y dice que “el sacerdote tiene facultad para aplicar la misa por cualesquiera, tanto vivos como difuntos”.

 

   3) Concelebración de la misa. El c 902 dice que “pueden los sacerdotes concelebrar la Eucaristía, a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa, permaneciendo, sin embargo, la libertad de cada uno para celebrar individualmente la Eucaristía, pero no mientras se está concelebrando en la misma iglesia u oratorio”.

   La concelebración está prescrita por el mismo rito en la ordenación del Obispo y de los presbíteros, en la bendición del Abad y en la Misa crismal.

   Se recomienda, a no ser que la utilidad de los fieles requiera o aconseje otra cosa:

·        En el Jueves Santo, para la Misa vespertina.

   Los presbíteros que están de paso serán admitidos con gozo a la concelebración eucarística, siempre que se conozca su condición de sacerdotes.

   Donde hay un gran número de sacerdotes, el superior competente puede conceder que la concelebración tenga lugar incluso varias veces en el mismo día, con tal que sea en tiempos sucesivos o en lugares sagrados diversos.

   Toca al Obispo, según las normas del derecho, ordenar la disciplina de la concelebración en su propia diócesis, incluso en las iglesias de los religiosos exentos y en los oratorios.

   Ha de tener una consideración especial la concelebración en la que los sacerdotes de una diócesis concelebran con el propio Obispo, en la Misa estacional, principalmente en las solemnidades mayores del año litúrgico, en la Misa de ordenación del nuevo Obispo de la diócesis o de su coadjutor o auxiliar, en la Misa crismal, en la Misa vespertina en la Cena del Señor, en la celebración del Santo Fundador de la Iglesia local o Patrono de la diócesis, en los aniversarios del Obispo y con ocasión del Sínodo o de la visita pastoral.

   Se recomienda la concelebración cuantas veces los sacerdotes se encuentren con el propio Obispo, sea con ocasión de los ejercicios espirituales o de alguna reunión. En estos casos, el signo de la unidad del sacerdocio y de la Iglesia, que es característico de toda concelebración, se manifiesta de una manera más evidente.

   Por una causa peculiar, de significación del rito o de festividad, se puede celebrar o concelebrar varias veces al día, en los siguientes casos:

·        Si alguien, el Jueves Santo, ha celebrado o concelebrado en la Misa crismal, puede también celebrar o concelebrar en la Misa vespertina en la Cena del Señor.

   La Misa concelebrada se ordena, en cualquiera de sus formas, según las normas que comúnmente se han de observar tomando en cuenta o cambiando lo que más abajo se indicará.

   Nunca nadie se acerque ni sea admitido a una concelebración una vez que ya ha empezado la Misa.

 

   C) Binación y trinación.

 

   El c 905, en su § 1 dice  que “exceptuados aquellos casos en que, según el derecho, se puede celebrar o concelebrar más de una vez la Eucaristía en el mismo día, no es lícito que el sacerdote celebre más de una vez al día”.

   Y en su § 2 “Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar puede conceder que, con causa justa, celebre dos veces al día, e incluso, cuando lo exige una necesidad pastoral, tres veces los domingos y días de precepto.

 

3.-  MINISTRO DE LA COMUNIÓN.

 

A)                Ministro ordinario.

 

   “Son ministros ordinarios de la sagrada comunión el Obispo, el presbítero y el diácono” dice el c 910 § 1.

 

   B) Ministro extraordinario.

 

   En el § 2 del c 910 dice “Es ministro extraordinario de la sagrada comunión el acólito, o también otro fiel designado según el c 230 § 3 “Donde lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos, suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas, administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según las prescripciones del derecho”

 

   C) Ministro de la comunión a los enfermos.

 

   No se trata de una tercera especie entre le ministro ordinario y el extraordinario, sino de la aplicación concreta de ambos, atendida por el Código en el c 911 § 2 “En caso de necesidad, o con licencia al menos presunta del párroco, capellán o superior, a quien se debe informar después, debe hacerlo cualquier sacerdote u otro ministro de la sagrada comunión”.

 

4.- PARTICIPACIÓN DE LA EUCARISTÍA

 

“ Si la celebración de la eucaristía es acción de toda la comunidad, ésta debe participar en ella activamente, mediante los ritos, conforme a las normas establecidas por la Constitución de sagrada liturgia...” (EM 12: EV 2/1312). Esta participación alcanza su plenitud en la comunión sacramental recibida dentro de la misa.

 

   A) Derecho a recibir la eucaristía.

 

   El c. 912 establece que “Todo bautizado a quien el derecho no se lo prohíba, puede y deber ser admitido a la sagrada comunión”, “derecho a los sacramentos” común a todos los fieles ( cc. 213 y 843).

   L i m i t a c i o n e s :

·        Una limitación grave afecta a los bautizados que no están dentro de la plena comunión eclesiástica c 96., independientemente de su culpabilidad o inocencia; una limitación, sin embargo, que deja abierta la posibilidad de la comunicación en lo sagrado, regulada por el c 844.

·        Otra limitación afecta a quienes van a recibir la primera comunión, mientras no tengan suficiente conocimiento y hayan recibido la preparación adecuada.

·        Otras limitaciones están completadas en el c 915 y revisten la figura de una verdadera denegación del sacramento.

 

   D e n e g a c i ó n   d e   l a   c o m u n i ó n: El c 915  manda que “ No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persisten en pecado grave”. “Con toda certeza el texto incluye también a los divorciados que volvieron a casarse. (Se trata de una aplicación que muchos han querido polemizar, pero que la Iglesia mantiene firmemente, no por dureza, sino por fidelidad. (Familiaris consortio).

   Afecta la denegación igualmente a los bautizados unidos sólo en matrimonio civil, dada su consideración de matrimonio nulo c 1055 § 2 y a los convivientes.

 

 

 

 

 

B)                Primera comunión de los niños.

 

1)Edad.

   El c 913 § 1 dice que “ Para que pueda administrarse la santísima Eucaristía a los niños, se requiere que tengan suficiente conocimiento  hayan recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción”.

2)Personas responsables de la preparación

   El c 914 determina que “Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente”.

   3) Previa confesión sacramental.

   Así lo dice el mismo c 914 “previa confesión sacramental”.

   4) Niños deficientes y “excepcionales”.

   ¿Hasta qué punto pueden ser admitidos a la comunión? Si fueran incapaces de acto humano la respuesta es negativa. Pero hay muchos casos en los que no se puede afirmar tal incapacidad. El Directorio Catequético general 91: EV 4/593, dice que “La catequesis debe darles la posibilidad de vivir la vida de fe según su capacidad. Es una tarea eminentemente evangélica y un testimonio de gran alcance, que entra en la constante tradición de la Iglesia”.

 

C)                Obligación de comulgar.

 

   El c 920 dice que “Todo fiel, después de la primera comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año”.

 

D)                Comunión de enfermos.

 

   Hay dos cánones que tratan el tema y dice uno de ellos, el c 921 § 1 “Se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallen en peligro de muerte”.

§ 2 “Aunque hubieran recibido la sagrada comunión el mismo día, es muy aconsejable que vuelvan a comulgar quienes lleguen a encontrarse en peligro de muerte”.

§ 3 “Mientras dure el peligro de muerte, es aconsejable administrar la comunión varias veces, en días distintos”.

   Y en el c 922 manda que “No debe retrasarse demasiado el Viático a los enfermos; quienes ejercen la cura de almas han de vigilar diligentemente para que los enfermos lo reciban cuando tienen aún pleno uso de sus facultades”.

 

 

E)                 Disposiciones necesarias para comulgar.

 

   El c 916 dispone que “Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental,  a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; y, en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes”.

   Y el c 919 manda en el § 1 que “Quien vaya a recibir la Santísima Eucaristía ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas”.

§ 2 “ El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora”.

§3 “Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior”.

 

   E) Cuántas veces se puede comulgar en el mismo día.

 

   El c 917 determina que “Quien haya recibido la santísima Eucaristía puede recibirla otra vez el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe, quedando a salvo lo que prescribe el c 921 § 2 que en peligro de muerte es muy aconsejable que vuelvan a comulgar aunque hubieran comulgado el mismo día.

 

F)                 Circunstancias de la comunión.

 

   “Se aconseja encarecidamente -dice el c 918- que los fieles reciban la sagrada comunión dentro de la celebración eucarística, sin embargo, cuando lo pidan con causa justa, se les debe administrar la comunión fuera de la Misa, observando los ritos litúrgicos”.

“Los fieles pueden participar en el Sacrificio Eucarístico y recibir la sagrada comunión en cualquier rito católico, salvo lo prescrito en el c 844.

   A tenor del c. 844 § 2, sería posible “en caso de necesidad, o cuando lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, y con tal de que se evite el peligro de error o de indiferentismo”, cuando los fieles católicos se vean en la imposibilidad física o moral de acudir a un ministro católico y en sus comunidades se celebre válidamente la eucaristía.

   El c 925 manda “Adminístrese la sagrada comunión la sagrada comunión bajo la sola especie del pan o, de acuerdo con las leyes litúrgicas, bajo las dos especies; en caso de necesidad, también bajo la sola especie del vino”.

   En la Instr. Memoriale Domini (1969) determinó que cada Conferencia Episcopal decidiera. Y donde está permitido, el fiel es libre para una u otra forma.

 

1)                RITOS Y CEREMONIAS DE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA.

 

   Los libros que ofrecen las normas son los litúrgicos y en la OGMR se habla de

 

1) Estructura de la celebración eucarística.

 

   La resume adecuadamente con las siguientes palabras: “La Misa podemos decir que consta de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un sólo acto de culto, ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la palabra de Dios como del cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran formación y refección. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración” (IGMR 28).

 

a) Ritos de apertura: son el canto de entrada, la señal de la cruz, saludo que puede ser prolongado por una breve monición, acto penitencial, Kirie, (Señor ten piedad) Gloria y colecta que cierra esta parte y en la que el celebrante recoge, de algún modo, las intenciones y peticiones de la asamblea a la que trata de situar ante el Señor.

 

b) Liturgia de la Palabra: es parte integrante de la celebración. Por medio de ella, Cristo se hace presente, “pues cuando se lee la Sagrada Escritura en la Iglesia, es El quien habla” (SC 7). “Por eso las lecturas de la Palabra de Dios...  deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin embargo, su eficacia aumenta con una explanación viva, es decir, con la homilía, que viene a ser parte de la acción litúrgica. (IGMR 29).

 

   Hablando de la HOMILÍA el Código la destaca entre las restantes formas de predicación, la reserva al sacerdote o al diácono, la prescribe en domingos y fiestas de precepto con concurso de pueblo y la aconseja en los días de semana, “sobre todo en el tiempo de adviento y cuaresma, o con ocasión de una fiesta o un acontecimiento luctuoso” (c. 767,§§ 1-3).

   A la homilía sigue la profesión de fe en domingos y solemnidades y finalmente tiene lugar la oración universal u oración de los fieles.

 

c) Liturgia eucarística: Se trata de hacer continuamente presente en la Iglesia “la última Cena, en la que Cristo instituyó el sacrificio y convite pascual, por medio del cual el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia cuando el sacerdote, que representa a Cristo Señor, realiza lo que el mismo Señor hizo y encargó a sus discípulos que hicieran en memoria de él.(IGMR 72). Por eso:

- en la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con el agua; es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos;

- en la plegaria eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo;

- por la fracción de un solo pan se manifiesta la unidad de los fieles, y por la comunión los mismos fieles reciben el Cuerpo y la Sangre del Señor, del mismo modo que los apóstoles lo recibieron de manos del mismo Cristo.

 

d) Ritos de conclusión: Según el n° 90 de la IGMR “El rito de conclusión consta de:

a.- Breves avisos, si son necesarios.

b.- Saludo y bendición sacerdotal, que en algunos días y ocasiones se enriquece y se amplía con la oración “sobre el pueblo” o con otra fórmula más solemne.

c.- Despedida del pueblo por parte del diácono o del sacerdote.

d.- El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y, después, la profunda inclinación ante el altar por parte del sacerdote, del diácono y de los otros ministros.

 

2) Materia necesaria para el sacrificio eucarístico.

   El c.924 § 1 dice que “El sacrosanto Sacrificio Eucarístico se debe ofrecer con pan y vino, al cual se ha de mezclar un poco de agua”.

   “El pan ha de ser exclusivamente de trigo y hecho recientemente, de manera que no haya ningún peligro de corrupción” § 2.

§ 3 “El vino debe ser natural, del fruto de la vid, y no corrompido”.

 

3) Administración bajo la especie de pan.

 

  El c 925 manda “Adminístrese la sagrada comunión bajo la sola especie del pan o, de acuerdo con las leyes litúrgicas (IGMR ns 281-287), bajo las dos especies; en caso de necesidad, también bajo la sola especie del vino”.

 

4) Pan ázimo.

 

   “Según la antigua tradición de la Iglesia latina, el sacerdote, dondequiera que celebre la Misa, debe hacerlo empleando pan ázimo”( c.926).

 

5) Obligación de consagrar ambas materias.

 

   El c. 927 afirma taxativamente que “ Está terminantemente prohibido, aun en caso de extrema necesidad, consagrar una materia sin la otra, o ambas fuera de la celebración eucarística”.

 

6) Lengua de la celebración.

 

   El c 928 dice “La celebración eucarística hágase en lengua latina, o en otra lengua con tal que los textos litúrgicos hayan sido legítimamente aprobados”. ( Aprobados por la Conferencia Episcopal y revisados por l Santa Sede, c 838 §§ 3 y 2).

 

7) Ornamentos.

 

   “Al celebrar y administrar la Eucaristía, los sacerdotes y los diáconos deben vestir los ornamentos sagrados prescritos por las rúbricas” manda el c 929. (En la IGMR en el n° 337 dice que “La vestidura propia del sacerdote celebrante, en la Misa y en otras acciones sagradas que directamente se relacionan con ella, es la casulla, mientras no se diga lo contrario, puesta sobre el alba y la estola”. Y en el 338: “El vestido propio del diácono es la dalmática, que se pone sobre el alba y, la estola, sin embargo, puede suprimirse la dalmática, por necesidad o por menor grado de solemnidad”).

 

8) Utensilios sagrados en general.

 

   “Como para la edificación de las iglesias, así también, para todo el mobiliario y ajuar, la Iglesia, en los nrs 325 y 326 de la OGMR dice que, acepta el estilo artístico de cada región y admite las adaptaciones que cuadren con el modo de ser y tradiciones de cada pueblo, con tal que todo responda de una manera adecuada al uso sagrado para el que se destinan (SC 128).

   También en este campo búsquese con cuidado la noble simplicidad que tan bien le cae al arte auténtico.

   En la selección de materiales para los utensilios sagrados, se pueden admitir no sólo los materiales tradicionales, sino también otros materiales que, según la mentalidad de nuestro tiempo, se consideran nobles, son duraderos y se acomodan bien al uso sagrado. Pero en este campo será juez la Conferencia Episcopal en cada región.

 

9) Benignidad y decoro en la celebración de sacerdotes enfermos o ciegos.

 

   El c 930 § 1 dice “ El sacerdote enfermo o anciano, si no es capaz de estar de pie, puede celebrar sentado el Sacrificio eucarístico, observando siempre las leyes litúrgicas, pero no con asistencia de pueblo, a no ser con licencia del Ordinario del lugar”.

Y en el § 2 “El sacerdote ciego o que sufre otra enfermedad puede celebrar el Sacrificio eucarístico con cualquier texto de la Misa de entre los aprobados, y con asistencia, si el caso lo requiere, de otro sacerdote o diácono, o también de un laico convenientemente instruido, que le preste ayuda”.

 

4)  TIEMPO  Y  LUGAR  DE  LA  CELEBRACIÓN.

 

1)                  Tiempo.

 

   “La celebración y administración de la Eucaristía puede hacerse todos los días y a cualquier hora, con las excepciones que se establecen en las normas litúrgicas” manda el c 931. (Las leyes litúrgicas no establecen más excepción que la del triduo sacro, con sus celebraciones peculiares. El Jueves Santo el Ordinario del lugar puede autorizar que, además de la Misa vespertina in Coena Domini, se celebre en las iglesias y oratorios otra Misa vespertina y aun matutina, pero sólo para los fieles que no pueden participar en la Misa vespertina).

 

2)                  Lugar.

 

   “La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa, en este caso, la celebración debe realizarse en lugar digno” c. 932 § 1.

 

3)                  Altar.

 

   El c. anterior en su § 2 manda que “ Se debe celebrar el Sacrificio eucarístico en un altar dedicado o bendecido; fuera del lugar sagrado se puede emplear una mesa apropiada, utilizando siempre el mantel y el corporal.

 

4)                  ¿En iglesias o capillas de acatólicos?.

 

   El c 933 dice que “Por causa justa, con licencia expresa del Ordinario del lugar y evitando el escándalo, puede un sacerdote celebrar la Eucaristía en el templo de una Iglesia o comunidad eclesial que no estén en comunión plena con la Iglesia católica”

 

5)  RESERVA  DE  LA  EUCARISTÍA.

 

a)                 Lugares de reserva eucarística.

 

  Está prescrita la reserva eucarística (c 934 § 1,1°):

-             En la iglesia catedral o equiparada a ella, como la iglesia de prelatura, o abadía territorial, o vicariato apostólico, o prefectura apostólica etc.

-             En todas las iglesia parroquiales y cuasiparroquiales ( c 516 § 1).

-             En la iglesia u oratorio anejo a la casa de un instituto religioso o sociedad de vida apostólica.

   Está permitida  2°: En la capilla del Obispo y, con licencia del Ordinario del lugar, en otras iglesias, oratorios y capillas.

   En el § 2 dice que “ En los lugares sagrados donde se reserva la santísima Eucaristía debe haber siempre alguien a su cuidado y, en la medida de lo posible, celebrará allí la Misa un sacerdote al menos dos veces al mes”.

   Está prohibida c 935: “A nadie está permitido conservar en su casa la santísima Eucaristía o llevarla consigo en los viajes, a no ser que lo exija una necesidad pastoral, y observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.

   La reserva ha de hacerse en un solo lugar, el c. 936 dice “En la casa de un instituto religioso o en otra casa piadosa, se debe reservar la santísima Eucaristía sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa”.

 

b)                 El tabernáculo o sagrario.

 

   1) Un solo tabernáculo: el c 938 § 1 dice que “Habitualmente, la santísima Eucaristía estará reservada en un solo sagrario de la iglesia u oratorio”.

   2) Su colocación: El mismo c. en el § 2 “El sagrario en el que se reserva la Eucaristía ha de estar colocado en un parte de la Iglesia u oratorio verdaderamente noble, destacada, convenientemente adornada y apropiada para la oración”. (En el n° 315 de la IGMR dice: “Por razón del signo, es muy conveniente que el sagrario en el que se reserva la Santísima Eucaristía no esté sobre el altar en el que se celebra la Misa. Por tanto, conviene que el sagrario se coloque, con el consejo del Obispo diocesano: a) O en el presbiterio, fuera del altar de la celebración, de la forma y en el lugar más conveniente, sin excluir el altar antiguo, que no se utilizará ya más para la celebración (n.306).

b) O también en una capilla, apropiada para la adoración y la oración privada de los fieles, que forme una sola cosa con la iglesia y esté abierta a los fieles).

   3)Su estructura: c. 938 § 3 “debe ser inamovible, hecho de materia sólida no trasparente, y cerrado de manera que se evite al máximo el peligro de profanación”.

   4) Seguridad: posibilidad de reservar la Eucaristía en otro lugar digno y más seguro, en especial durante la noche (c 938 § 4), cuando haya peligro de profanación.

  Y obligación del responsable de la iglesia u oratorio de proveer “a que se guarde con la mayor diligencia la llave del sagrario”(c 938 § 5). No debe quedar junto al sagrario, sobre la mesa del altar, sino en lugar seguro.

 

c)                  Modo de la reserva eucarística.

 

   En los cc 939 y 940 se dan cuatro prescripciones: 1) las hostias consagradas deben guardarse en un copón o recipiente adecuado; 2) en cantidad que corresponda a las necesidades de los fieles y que pueden derivarse de la comunión de enfermos y de la comunión fuera de la Misa, o aun dentro de ella, para subvenir a necesidades no previstas; 3) con obligación de renovarlas frecuentemente, que podría ser precisada todavía más por el derecho particular; y 4) cuidando de que luzca ante el sagrario constantemente una lámpara especial, con la que se indique y honre la presencia de Cristo. (El n° 316 de la IGMR dice textualmente “Según la costumbre tradicional, junto al sagrario lucirá permanentemente una lámpara especial, alimentada con aceite o con cera, con la cual quede señalada y honrada la presencia de Cristo”).

 

6) LA  VENERACIÓN  DE  LA  EUCARISTÍA.

 

a) Oración y adoración privada.

   Se exhorta a todos a dar culto a la eucaristía “con suma adoración” (c 898), y más en particular a los miembros de institutos religiosos,( c 663 § 2), al prescribir que la iglesia en la que está reservada la Eucaristía quede abierta a los fieles, por lo menos algunas horas al día, “para que puedan hacer oración ante el Santísimo Sacramento” ( c 937), aunque sea una prescripción que admita excepciones: “ a no ser que obste una razón grave”, cual podría se la falta de seguridad por la soledad del lugar o por otras razones.

 

b) Actos públicos de culto.

 1)Exposición del Santísimo: NATURALEZA. Es la presentación del Santísimo a los fieles, bien sea en el copón en el que se conserva habitualmente, bien en el ostensorio que permite ver directamente la hostia consagrada c 941 § 1.

 LUGAR. Puede tenerse “en iglesias y oratorios en los que esté permitido tener reservada la santísima Eucaristía” a juicio del propio rector del lugar sagrado (cuando se trata de comunidades religiosas, a juicio del propio superior).

 MINISTRO. Lo es el sacerdote o el diácono, quienes concluyen la exposición con la bendición; en circunstancias peculiares, pero sin bendición, el acólito, el ministro extraordinario de la sagrada comunión, u otro encargado por el Ordinario del lugar, observando las prescripciones dictadas por el Obispo diocesano.

 MODO. Puede ser breve, “está prohibida la exposición hecha exclusivamente para impartir la bendición” (SCCEM 89) y prolongada o solemne, “es aconsejable que en esas mismas iglesias y oratorios se haga todos los años” c 942.

 LIMITES. “Durante la celebración de la misa, no se tenga la exposición del Santísimo en la misma iglesia u oratorio” c 941 § 2.

   2) Las procesiones eucarísticas: OBLIGACIÓN. “Como testimonio de veneración a la santísima Eucaristía...téngase una procesión por las calles, sobre todo en la solemnidad del Corpus Christi” c 944 § 1. (sometido al juicio del Obispo: “para que se lleve a cabo con dignidad y sin desdoro de la reverencia debida a este Santísimo Sacramento” (SCCEM 101).

 PARTICIPANTES. “Corresponde al Obispo diocesano dar normas sobre las procesiones, mediante las cuales se provea a la participación a ellas y a su decoro” c 944 § 2.

 MODO. “Conviene que se haga inmediatamente después de la misa en que se ha consagrado la hostia...pero no impide que se tenga después de una pública y prolongada adoración que siga a la misa” (SCCEM 103). “al término de la procesión se da la bendición o en otro lugar más oportuno” (SCCEM 108).

 INCULTURACIÓN. “sea en el adorno de las calles y plazas, sea en la ordenada forma de desfilar de los participantes. Durante la procesión, si la costumbre lo reclama o lo aconseja el bien pastoral, se pueden hacer estaciones en las que se dé la bendición eucarística” ( ibid. 104).

 LIMITES: “en el caso de una gran ciudad, si la necesidad pastoral lo hace oportuno, a juicio del obispo diocesano, pueden organizarse otras procesiones en las principales barriadas de la ciudad” ( ibid. 102).

 

 

7) LOS  ESTIPENDIOS  DE  MISAS

 

 a) El estipendio, “laudable costumbre” aceptada y defendida por la Iglesia.

   El c 945 § 1 dice “Según el uso aprobado por la Iglesia, todo sacerdote que celebra o concelebra la misa puede recibir estipendio para que la aplique por una determinada intención”.

   En el § 2 “ Se recomienda encarecidamente a los sacerdotes que celebren la Misa por las intenciones de los fieles, sobre todo de los necesitados, aunque no reciban ningún estipendio”.

 

   b) Contribución de los fieles.

   “Los fieles que ofrecen un estipendio para que se aplique la Misa por su intención contribuyen al bien de la Iglesia, y con esa ofrenda participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades” dice el c 946.

 

c)                  Ni aun apariencia de negociación o comercio.

   El c 947 manda que “ En materia de estipendios, evítese hasta la más pequeña apariencia de negociación o comercio”.

 

   d) Tantas misas cuantos estipendios recibidos.

   Dice el c 948: “Se ha de aplicar una Misa distinta por cada intención para la que ha sido ofrecido y se ha aceptado un estipendio, aunque sea pequeño”.

 

   e) Permanencia de la obligación.

   El que recibió el estipendio sigue estando obligado a celebrar y aplicar la Misa por la intención del oferente “aunque el estipendio recibido hubiera perecido sin culpa suya”c 949.

 

   f) Determinación del número de estipendios.

   ¿Qué hacer cuando el oferente entregó la limosna y no determinó el número de misas a celebrar?. Dice el c 950 que “Si se ofrece una cantidad de dinero para la aplicación de Misas, sin indicar cuántas deben celebrarse, su número se determinará atendiendo al estipendio fijado para el lugar en el que reside el oferente, a no ser que deba presumirse legítimamente que fue otra su intención”.

 

   g) El sacerdote que celebre varias misas en un día retenga un solo estipendio.

   El c 951 § 1dice que “El sacerdote que celebre más de una Misa el mismo día, puede aplicar cada una de ellas por la intención para la que se ha ofrecido el estipendio; sin embargo, exceptuado el día de Navidad, quédese sólo con el estipendio de una Misa, y destine los demás a los fines determinados por el Ordinario, aunque puede también recibir alguna retribución por un título extrínseco”. (El sacerdote retienen un estipendio al día y puede hacerlo incluso si una de las misas la aplicó “pro populo”.Lo de “alguna retribución” sería por desplazamiento a un lugar distante, a hora intempestiva etc.).

 

   h) Exclusión de estipendio en la otra misa concelebrada.

   El c 951 § 2 manda que “El sacerdote que concelebra una segunda Misa el mismo día no puede recibir por ella estipendio bajo ningún título”.

 

   i) Cuantía del estipendio y autor de su determinación.

   “Compete al concilio provincial o a la reunión de Obispos de la provincia fijar por decreto para toda la provincia el estipendio que debe ofrecerse para la celebración y aplicación de la Misa, y no le es lícito al sacerdote pedir una cantidad mayor; sí le es lícito recibir por la aplicación de una Misa un estipendio mayor que el fijado, si es espontáneamente ofrecido, y también uno menor”, dice el c 952 en el § 1 y en el § 2 “A falta de tal decreto, se observará la costumbre vigente en la diócesis” y en el § 3 manda que “Los miembros de cualesquiera institutos religiosos deben atenerse también al mismo decreto o costumbre del lugar mencionados en los §§ 1 y 2.

 

   j) Número de estipendios que puede aceptar un sacerdote.

   “A nadie es lícito aceptar tantos estipendios para celebrar Misas personalmente, que no pueda satisfacerlos en el plazo de un año” estipula el c 953.

 

   k) Numero de encargos de Misas que pueden recibir iglesias u oratorios.

   El c. 954 manda que “Si en algunas iglesias u oratorios se reciben encargos de Misas por encima de las que allí pueden decirse, éstas pueden celebrarse en otro lugar, a no ser los oferentes hubieran manifestado expresamente su voluntad contraria”.

 

   l) Sobre encomendar a otros la celebración de las Misas.

   El c 955 § 1 establece que “ Quien desee encomendar a otros la celebración de Misas que se han de aplicar, debe transmitirlas cuanto antes a sacerdotes de su preferencia, con tal que le conste que son dignos de confianza; debe entregar íntegro el estipendio recibido, a no ser que le conste con certeza que lo que excede por encima de lo establecido en la diócesis se le dio en consideración a su persona; y sigue teniendo la obligación de procurar que se celebren las Misas, hasta que le conste tanto la aceptación de la obligación como la recepción del estipendio”.

 

   ll) En qué tiempo se han de celebrar las misas.

   El mismo c en el § 2 dice que “El tiempo dentro del cual deben celebrarse las Misas comienza a partir del día en que el sacerdote que las va a celebrar recibió el encargo, a no ser que conste otra cosa”.

 

  m) Sobre la anotación de misas encargadas.

   El c 955 hace dos mandatos en el § 3 que “Quienes transmitan a otros Misas que han de ser celebradas, anoten sin demora en un libro, tanto las Misas que recibieron como las que han encargado, a no ser que conste otra cosa”.

   Y en el § 4 manda que “Todo sacerdote debe anotar cuidadosamente los encargos de Misas recibidos y los ya satisfechos”.

 

   n) Estipendios sobrantes en el año.

   “Todos y cada uno de los administradores de causas pías, o quienes de cualquier modo están obligados a cuidar de que se celebren Misas, tanto clérigos como laicos, entregarán a sus Ordinarios las cargas de Misas que no se hubieran cumplido dentro del año, según el modo que haya sido determinado por éstos” dice el c 956.

 

    ñ) A quien corresponde vigilar para que se cumplan las cargas de Misas.

   “La obligación y el derecho de vigilar para que se cumplan las cargas de Misas corresponde al Ordinario local para las iglesias del clero secular;; y a sus Superiores, para las iglesias de institutos religiosos o sociedades de vida apostólica” determina el c 957.

 

   o) Deberes del párroco o rector donde se reciben estipendios de Misas.

   El c 958 en el § 1 establece que “ El párroco o el rector de una iglesia o de otro lugar piadoso, donde suelen recibirse estipendios de Misas, han de tener un libro especial en el que se tomarán diligentemente nota del número de Misas que se han de celebrar, de la intención, del estipendio ofrecido y del cumplimiento del encargo” y en el § 2 dice que “Que el Ordinario tiene obligación de revisar cada año esos libros, personalmente o por medio de otros”.

 

8)  MISAS GREGORIANAS.

 

   Se llaman “misas gregorianas” a la serie de misas que deben ser aplicadas por un difunto durante treinta días sin interrupción. Según la declaración Tricenario gregoriano del 24-02-1967: Si por un impedimento imprevisto ( enfermedad) o por otra causa razonable ( misa de funeral o matrimonio), un sacerdote tuviere que interrumpir el treintenario, “éste mantiene por disposición de la Iglesia los frutos de sufragio a él atribuidos por la práctica de la Iglesia y la piedad de los fieles hasta el momento presente, pero con la obligación de completar lo antes posible la celebración de las treinta misas” (EV 2/966).

 

9) MISAS COLECTIVAS O PLURINTENCIONALES.

 

   La Congregación del Clero publicó un decreto Mos iugiter del 22-02-1991 que dice entre otras cosas: Que no se trata de misas celebradas a intención de los fieles que entregaron no estipendios sino modestas cantidades, sin pedir expresamente que por cada una de ellas se celebre una misa conforme a una intención particular. En estos casos es lícito unir las diversas ofertas para celebrar el número de misas que corresponde a los estipendios vigentes en la diócesis.

   No se trata tampoco de que el sacerdote acumule por cuenta propia intenciones y estipendios, con la pretensión de satisfacer con una única celebración a todos los estipendios recibidos. Esto es ilícito.

   La hipótesis contemplada es la de los fieles que libremente unen sus intenciones y sus ofertas para la celebración de una sola misa por sus intenciones.

   El decreto aprueba la celebración de misas colectivas “en el caso de que los oferentes, previa y explícitamente advertidos, estén de acuerdo”

   Se dan estas cuatro normas:

a)    Lo acepten los fieles, previa y explícitamente advertidos;

b)    El sacerdote retenga para sí el solo estipendio fijado en la diócesis, entregando el resto al Ordinario (diocesano o religioso, según los casos), para los fines determinados en el derecho;

c)     Se indique públicamente el día, lugar y hora de estas misas;

d)    No se podrán celebrar más de dos veces por semana en cada lugar de culto .Lo cual significa que se trata de algo excepcional y que la norma sigue siendo la celebración por intenciones individuales, según la tradición de la Iglesia.

   A los Obispos se pide que cuiden la oportuna catequesis a los fieles y que vigilen para evitar posibles abusos en tan delicada materia.

 

 

 

                            Chaclacayo 05 de Enero de 2005



[1] CAP. II. El sacrificio de la Misa es propiciatorio no sólo por los vivos, sino también por los difuntos.

Y por cuanto en este divino sacrificio que se hace en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Cristo que se ofreció por una vez cruentamente en el ara de la cruz; enseña el santo Concilio, que este sacrificio es con toda verdad propiciatorio, y que se logra por él, que si nos acercamos al Señor contritos y penitentes, si con sincero corazón, y recta fe, si con temor y reverencia; conseguiremos misericordia, y hallaremos su gracia por medio de sus oportunos auxilios. En efecto, aplacado el Señor con esta oblación, y concediendo la gracia, y don de la penitencia, perdona los delitos y pecados por grandes que sean; porque la hostia es una misma, uno mismo el que ahora ofrece por el ministerio de los sacerdotes, que el que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, con sola la diferencia del modo de ofrecerse. Los frutos por cierto de aquella oblación cruenta se logran abundantísimamente por esta incruenta: tan lejos está que esta derogue de modo alguno a aquella. De aquí es que no sólo se ofrece con justa razón por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven; sino también, según la tradición de los Apóstoles, por los que han muerto en Cristo sin estar plenamente purgados.