LA VENIDA DEL SEÑOR

 

En el Evangelio se presenta Cristo como "el Enviado de Dios", "el que ha de venir" según el anuncio de los profetas.  Su carácter de ser emisario y regalo del Padre al mundo está constantemente presente en su predicación, bien como afirmación de cumplimiento mesiánico, bien como reproche a los que no aceptan su venida y como anuncio de disensión y persecuciones.

 

"He venido para que tengan Vida, y Vida sobreabundante".  Tal vez esta expresión resume mejor que ninguna otra el motivo central de la Encarnación, y, por tanto, del Adviento.  Esperamos, anhelamos, esa Vida que es la Vida de Dios.

 

En el Prólogo de su Evangelio nos habla San Juan del plan vivificador de Dios.  El sencillo pescador de Galilea, bajo la luz del Espíritu, nos habla en los  términos más poéticos y profundos de lo que Dios es en su intimidad, de su Vida Trinitaria, de la comunicación de Vida eterna que es Luz y Verdad para todos los hombres.

 

"En el principio era la Palabra", el Verbo, la total expresión de la belleza y perfección única e infinita del Padre.  Y esta Palabra, Imagen viva, como Hijo, "estaba en el seno de Dios, y la Palabra era Dios".  Se reitera esta afirmación con una insistencia que indica asombro y gozo: "El estaba desde el principio en Dios; por El fueron hechas todas las cosas, y sin El nada se hizo de cuanto ha sido hecho".  Creador, fuente de toda existencia, uno con el Padre, inseparable de El en su eternidad.

 

En un avance de desarrollo teológico hacia nosotros, se amplía el tema: no sólo es el Verbo causa de existencia, sino "fuente de Vida".  "En El estaba la Vida" esencial, la Vida que es la total actividad de Dios inmutable, la Vida que no tiene principio ni puede tener fin.  Vida que es Luz, resplandor majestuoso y cálido para todos los que a ella abren sus ojos, Luz y Vida que viene al mundo.

 

En su primera carta insiste también S. Juan en la identidad del Verbo, Palabra y Verdad, con la Luz vivificante:"Hablamos del Verbo de Vida: una Vida hecha visible, que nosotros hemos visto y de la que damos testimonio... la Vida eterna que existía en presencia del Padre y que se hizo visible a nosotros".  Aunque su pueblo, como entidad político‑social y religiosa, no lo aceptó ("vino a los suyos y los suyos no lo recibieron"), a cuantos lo recibieron por la fe, de todos los pueblos, les dio el poder de llegar a ser "hijos de Dios", con vida divina.  No por un nacimiento material, sino naciendo de Dios, comenzando a existir en una forma nueva, trascendente, capaz de vivir la vida esencialmente superior que es la existencia y actividad de Dios mismo.

 

¿Cómo se da este nacimiento nuevo? ¿Cómo se comunica la vida divina al hombre?.  Con una frase audaz, sin duda inspirada por un conocimiento jamás posible por esfuerzo humano, S. Juan responde:  "El Verbo  SE HIZO CARNE".  Se establece una identidad de SER entre las dos realidades más distantes: el Verbo, Palabra Eterna, Dios Creador, y la criatura más humilde, la materia.  Dios se hace parte del mundo viviente orgánico, el reino animal, en la Tierra.  Dios se hace HOMBRE, estableciendo su morada, su casa, entre nosotros.

 

En Nazaret, en la basílica de la Encarnación, se conserva la estancia semisubterrránea en que tradicionalmente se venera el anuncio del ángel a María.  ¡Qué emoción rezar allí el "Angelus", saludando el momento en que Dios se hizo hermano nuestro! ¡Qué gloria la de María, que puede llamar "hijo", juntamente con el Padre Eterno, al que es Hijo de Dios!.  Hecha totalmente para ser Madre suya, María fue creada "a la medida" de su Hijo.  Por eso es Inmaculada:  como argüía la piedad popular, "si quiso y no pudo, no es Dios; si pudo y no quiso, no es Hijo.  Digan, pues, que pudo y quiso".  Cuando Dios prepara a su Madre, solamente una falta impensable de poder sería causa suficiente de que permitiese sobre Ella la sombra de pecado alguno, un pecado que es la negación antagónica del mismo Dios que prepara a quien va a ser totalmente para El. "Una madre es algo tan hermoso que hasta Dios quiso tener una". 

 

FIGURAS  DE  NACIMIENTO                                                                      P. Manuel Mª Carreira, S.J.

 

   Belén.  Palabra mágica, que despierta ternuras y nos vuelve niños.  Así debe ocurrir, porque cuando Dios es Niño, no podría uno ser cosa mejor.

 

   Para entrar en el reino de los cielos hace falta ser pequeño, que la puerta es estrecha, y la hinchazón no cabe.  Y este reino de los cielos se acurruca en un pesebre - donde nace el Niño, entre animales humildes- abierto a todos los vientos, sin almenas ni antesalas.  Allí, en las pajas mordisqueadas por el asno y el buey, como perla entre las asperezas y algas de su concha, está el Niño.

 

   ¡Dios mío, qué título de nobleza, y qué palacio! “ El NIÑO ”, llamado así, sencillamente, una y otra vez, en la palabra de Dios, la Buena Nueva, el Evangelio.   El Niño que, por serlo, es todo petición de ayuda, vagido de impotencia, llanto de hambre y soledad y frío.   El Niño, Dios hecho a la medida de mis brazos, buscando un rostro que acaricie el suyo, haciendo nido en un regazo humano.

 

   Aquella noche se detuvo el tiempo, pues Dios Eterno se injertó en su mundo.  Dios ya tiene historia:  la noche de Belén enmarca el punto que divide para siempre el flujo inacabable de los siglos, y hace que quien no conoce las edades sea aún “recién nacido”.

 

   “En el principio era la Palabra” sin principio, eterna Imagen de Dios Padre, reflejo y expresión de su belleza, fuerza omnipotente y creadora, por quien todo fue hecho.  Palabra, Imagen, Verbo, Luz y Vida, gracia y gloria, el Amado, antes y después que el mundo fuese.  El único tesoro de aquel Padre que es la fuente rebosante de bondad y de riqueza: el Hijo de su orgullo y de su gozo.  Siempre en el seno del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Amor de Amor incomprensible.

 

   “Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, se hizo Hombre”.  Y la Palabra se hizo Carne, tierno barro de un cuerpo niño para ocultar a nuestros ojos débiles la Luz que a los ángeles deslumbra.  En el susurro callado de aquel vagido, ¡qué elocuente es tu Palabra, Señor, y cómo repica de sus ecos la Buena Nueva en montes y en océanos, en soles y galaxias sumergidas en la noche de una espera tan paciente! .

 

   La Palabra se hizo Cuerpo, se hizo Hombre, y acampó -sin alboroto- entre nosotros.  Dios ya tiene casa aquí en la Tierra, y su nombre está en un censo con los otros hombres, sus hermanos.  Dios es nuestro, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, unido para siempre al barro limpio recibido de María; materia que fue estrellas y hoy relumbra con el fulgor escondido de la divinidad, materia que yo adoro humildemente al besar a mi Niño tuyo, Padre Santo, quedándome sin voz ante el regalo de tu Palabra.

 

   Niño y Madre, Dios y Niña, Palabras ambas que lo expresan todo.  Que si el Niño es Palabra de Dios, voz de Amor eternamente hablada, también María dice por nosotros todo lo que el mundo puede responder a un Creador que llama.  Es Ella la Imagen de su Hijo, fiel reflejo y molde de su carne, susurro acogedor de humilde gozo.  ¡Qué hermosa bienvenida a nuestra casa! .  Ya tiene Dios un nido y un regazo, y una voz que le arrulle y unos labios que calienten los suyos y unos ojos que reflejen la Luz en el establo oscuro.  Señor, ¿qué joyero mejor para tal joya?.

 

   Al mirar a Belén todo se centra en las dos figuras, del Niño y de María.

 

   Nacido en Israel, el hijo de David y de Judá, también mi Dios se entronca en un linaje humano, sellado por la Ley y la Promesa.  Y es la otra figura, erguida y providente, el hombre justo y fuerte -José- quien da su nombre y sus raíces al que sólo de un Padre tiene Vida.  Que si Dios se hace Hombre por María, es Hijo de David por el gozo y amor del carpintero.  De las manos de flores de su Madre pasa el Niño, sin pesar, a las del hombre trabajador y santo que encarna, aquí en la Tierra, al Hacedor supremo de quien toda paternidad recibe su comienzo.

 

   No es José una sombra vaga ni una niebla que cubre los misterios de la infancia: sin él, Dios no estaría en ese establo de Belén, ni habría Navidad, sin el Mesías.  Tanto confió en él el Padre eterno, de tanto amor le llenó hacia María, que cuando el ángel manifestó el secreto de su fruto divino, no fue preciso preguntar ni hacer contratos: “No temas recibir a María, tu esposa”.  Y así la recibió, como algo suyo, en que Dios también a él se daba.  ¡Qué feliz el abrazo de aquel hombre al Hijo, que era suyo porque lo era la Madre!.  Y ¡qué feliz María, viendo en José a Dios oculto y providente, ángel custodio, cabeza y guía de aquella Trinidad humilde! .

 

   El Belén de mis recuerdos, y el Belén sin fecha de estos días, tiene además las dos figuras del asno y el buey.  Son la presencia de cuanto alienta y vive en todo un mundo que el Señor mandó poblarse de pájaros y peces, de fieras y ganados para el hombre.  El buey manso y poderoso, riqueza del labriego, uncido a los arados que hacen a la tierra fértil y mullida; el asno gris, como una nube sobre la que Dios viajó hasta el establo, como antes fue sobre la nube en el desierto.  Padre, tal vez, desde lejos, de otro asno que Dios cabalgará entre las palmas de una Jerusalén que no conocerá a su amo.  El soplo de la vida, aun la más débil, es el soplo de Dios, y es más precioso el latir de un pobre animal que el de mil soles.  Hombres y ganados alaban al Señor a su manera, rodeando al pesebre donde unas bestias, servidoras de Adán y de sus hijos, calientan con su cuerpo el aire frío en que tirita el Niño.

 

   ¿Y el pesebre?.  Cueva, ruina, establo...  Señor, ¿me atrevo?.  ¿Podré decir, sin angustiarme, que mi Dios nació en un establo maloliente? ¿que no son la verdad tantos dibujos de azules acuarelas, ni los arcos y mármoles de Italia, ni la paja dorada y limpia de los cuadros?  Dios mío, qué dolor para aquel Niño que respira el aire sucio de una cuadra, para una Madre que sueña con pañales limpios y mullidas cunas, y apenas puede colocar al Hijo en sólo un palmo de esa piedra sucia, con arañas y moho por adorno.  ¡Bien comienzas, Señor, a acostumbrarte, que la Cruz será aún más cruel y dura!.

 

   No podemos hacerlo tan humilde, y es preciso ayudar a nuestro amor tardío con un pesebre más hermoso y limpio.  Acéptalo, Señor, que te queremos.  Es verdad que fue mejor así, como lo hiciste, para que nadie piense que tu gozo se halla en la comodidad y en las riquezas.  Pero duele pensar que Dios nos viene, y es un establo donde está su trono.

 

   Ángeles, pastores, ovejas y zagales, niños y labriegos, reyes y luceros, son el marco alegre de aquella escena.  Alegría y luz, con los dones sencillos y la mirada abierta de los pobres llevando la delantera a los camellos orientales y al escudriñar el cielo de los sabios.  A los pastores llega un ángel, con coros en su entorno, hablando de un gran gozo y de aquel Niño.  Al sabio, sólo luces, buscadas entre sombras de adivinos y magos de otros dioses.  Pero Dios les dirige a aquel Lucero, y pronto llegarán, con regalos y joyas que hablan de aquel Rey y de aquel Santo que quiere hacer un solo pueblo, en la casa del Padre, de tantos hijos pródigos dispersos.

 

   ¿Y la estrella?... ¿Qué fulgor misterioso en el Oriente llamaba, como un faro, hacia el pesebre?.  ¿Ángel oculto, exhalación de fuego, estrella nueva y pasajera, planeta de destellos insistentes?.  Cuando el cielo era el libro misterioso en que escribe “el Señor de los Ejércitos”, sus huestes luminosas han de hablarnos con sus luces.  “Proclaman los cielos la gloria del Señor”, la gloria, Dios mío, de un nacer tan pobre!.

 

   No es posible saber lo que siguieron.  Tal vez un ángel, enviado de Dios para guiarles, de luz tan suave y tan interna que nadie más la vio, y fue sorpresa - a Herodes y sus sabios- el decirlo. Un ángel anunciando el gozo más intenso a tantas gentes sumidas en la oscuridad y el frío. ¡Ha nacido la Luz!  ¡Ha llegado el Amor, y nos espera!.   Estrella de Belén, tal vez más dulce por no saber qué fue.   Pues es misterio el Amor de mi Dios que aquí se entrega; el amor de su Madre, aún tan niña; las pajas y el pesebre y el jumento; el santo carpintero y los pastores.   Todo nos habla con la voz callada que hace coro y adora a la Palabra, tan callada también y tan potente en su carne de Niño.  El gran misterio de aire, soles, mundo y cielo, en que sólo resuena el canto sacro: “Gloria a Dios en las alturas de planetas y estrellas, y en los cielos de donde viene Dios; y, aquí en la Tierra, tened la Paz de su silencio”.