EL MAYOR HONOR DE MI VIDA

(Carta escrita el día 12 de diciembre del 2001, poco después de enterarme de la enfermedad del Padre Alba).
Jesús sea siempre en nuestras almas.
Mi queridísimo Padre Alba:

Quisiera hacerle una acción de gracias perfecta, pero sé que nunca llegaré a lograrlo. Le doy las más sinceras gracias y de todo corazón por tantos y tan continuos favores como me ha concedido a lo largo de mi vida. ¿Cómo podré expresarle mis sentimientos de gratitud…?

Empezaré poquito a poco, desde el principio, pidiéndole el perdón que necesito por todos los favores que por mi debilidad se me olviden.

Usted, a lo largo de toda mi vida, ha sido diferentes cosas para mí: en algunas ocasiones padre, en otras maestro, amigo, capitán, señor, ministro de Cristo…; usted ha sido el arquitecto y constructor de mi vida y de todo lo que me rodea.

Mi padre, en un principio, cuando a usted lo echaron de las Congregaciones Marianas, también se sintió expulsado, se fue con usted y quiso seguirle siempre, a donde usted fuera. Abandonó por completo a sus amigos de entonces y se puso a su servicio… del mismo modo que un día los Apóstoles dejaron las redes, a la llamada de Jesucristo.

Usted nombró a mi madre "su secretaria" y… es como siempre la he conocido: "mi mamá al servicio del padre Alba".

Usted presidió y bendijo su matrimonio, del cual nacimos cuatro hijos a los que usted abrió las puertas celestiales con el sacramento del bautismo. Nos dio, también a los cuatro, la Primera Comunión. ¿Cómo no le vamos a estar agradecidos por tan grandes acontecimientos? Nos dio usted la vida, tanto natural como sobrenatural, ¿qué deseo vamos a tener más que dar gloria a Dios sirviéndole a usted?

Recuerdo que siendo yo muy pequeña, venían a casa usted y el P. Turú para reunirse con mis padres. Yo, con todo mi corazoncito, a los cuatro años, le servía un vaso "de café", utilizando los cacharrillos de mi cocinita de juguete, y aunque dentro del vaso no hubiera nada, usted me lo agradecía de gran manera, diciéndome que sin duda era un "fantástico café". Le consideré como un buen amigo, pues jugaba conmigo, rebajándose a los simples gustos de una niña pequeña, la cual quedaba muy orgullosa de "haber servido café al Padre". Fíjese usted, que yo iba presumiendo (sin ser cierto) de que usted era mi padrino… pero ahora pienso, ¿y por qué no? De todo esto quizás usted no se acuerde, pero yo lo recuerdo bien, y nunca lo olvidaré.

Fundó usted la Unión Seglar, a la cual considero como madre que me guía en la vida de piedad, por todas las actividades santas que conlleva: Campamentos, Colonias, Ejercicios Espirituales, peregrinaciones a santos lugares, procesiones, Adoración Nocturna, Ultreyas, Reunión de Grupo, Cenáculos, Retiros en Sentmenat, facilidad para adquirir buenos y santos libros, Revista Ave María, Meridiano Católico, devociones especiales, como el rezo del Mes de María o el Mes del Sagrado Corazón, novenas, Rosario de la Aurora el día de la Inmaculada, imposiciones de escapularios, obras de apostolado, grupo de baile, rondalla, tuna, coral, Tercio de Santiago Apóstol, Hijas de María, Banda San Luis… Así ha ejercido usted su paternidad espiritual conmigo y con todos los que pertenecemos a la Unión Seglar.

El Colegio que me ha dado toda la enseñanza en el ámbito profesional y la enseñanza, en fin, para la vida, también ha sido su obra. Y le estoy verdaderamente agradecida de todo lo que he hecho en mi vida por medio del Colegio. En primer lugar la facilidad que he tenido, por gracia de Dios, de oír misa a diario, y comulgar y confesar siempre que he querido. Le agradezco también haber vestido todos estos años el uniforme del Colegio, el cual me ha ayudado a dar testimonio de mi fe en innumerables ocasiones, y a vencer todo tipo de respeto humano cuando en cualquier sitio de Barcelona se me han quedado mirando fijamente el escudo y me han preguntado: ¿Qué significa "Quis ut Deus"?

Ha sido también el fundador de la Sociedad Misionera de Cristo Rey, a la cual, por gracia de Dios, pertenece mi hermano Antonio Mª, que ha sido guiado por usted en su vocación hacia el sacerdocio. Al cual, como hermano mayor que es, le tengo como gran ejemplo en todas sus acciones. En una ocasión, me dijo usted, en la capilla del Colegio, después de imponerme la medalla de Hija de María, que yo debía ser la guardiana de la vocación de mi hermano, pues usted, gracias a la oración de una hermana suya, llegó a ser sacerdote. Desde aquel día en que usted me lo mandó, me he sentido verdaderamente "la guardiana" de la vocación de mi hermano. Si usted me impuso esa dulce y grande misión… ¿qué voy a hacer más que cumplirla? Dotándola de consejos, ayuda en lo que pueda, y sobre todo con mucha oración y sacrificio.

Finalmente, en estos momentos en que su vida ha avanzado tanto en amor a Dios y servicio pleno a Jesucristo, sólo puedo decirle que el camino emprendido debe tener un final generoso, pues al igual que Jesucristo, después de su Pasión, también recibirá usted el consuelo de su madre a los pies de la Cruz.

¡Qué bello es pensar en Dios… y qué pocas veces lo saboreamos! Usted ha sufrido persecución, abandono y soledad. Ha sido criticado por malos y por gentes que quizás pensaba que le amaban… y todo ¿por qué? Por Dios, único merecedor de completo servicio, alabanza y gloria. Si usted, siendo mi Padre, ha actuado siempre de este modo, yo, como hija, no encuentro otra posibilidad más que imitarle y llevar a cabo sus mismos ideales.

No puede imaginarse usted el gran desahogo que siente mi corazón después de haberle escrito todo esto. He querido darle, desde hace muchos años, las gracias por todo lo que ha hecho por mi formación y por mi alma. Presiento, no sé por qué, que usted se me acaba, y he querido que mientras pueda estar consciente, sepa lo mucho que le quiero, y darle plena confianza de fidelidad con la ayuda de Dios. No quiero que todo quede en palabras, pues como bien dice el refrán: "Obras son amores, y no buenas razones". Sepa pues que servir a sus órdenes ha sido, es, y será siempre el mayor honor de mi vida. Nunca le olvidaré.

Y termino con una frase que usted me ha exhortado a pronunciar en muchas ocasiones: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. ¿Qué quieres de mí?"

Inmaculada Domenech Guillén


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