LA VERDAD SOBRE EL BEATO DON CRUZ LAPLANA III

LA VERDAD SOBRE EL BEATO DON CRUZ LAPLANA III

 

Terminaremos, aunque abreviando muchísimo, nuestra panorámica sobre la vida del Beato Cruz. Queremos abordar un último aspecto que, de manera cobarde, es decir insinuando y diciendo sin decir, se ha achacado también al Beato Cruz, dando la impresión que era un hacendado. La verdad es que el Beato Cruz procedía de una familia bastante acomodada, pero él por amor a Cristo se hizo pobre. Todo lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo, en que con demasiada frecuencia los que se presentan como defensores de los pobres, están llenos de riquezas (no pocas veces de manera fraudulenta), Don Cruz pudiendo ser, por linaje y herencia, acaudalado, lo dejó todo por el servicio de Cristo y de las almas. “Desde que se consagró a Dios consideró todos los bienes que por cualquier título le pertenecieran, no como cosa de su propiedad absoluta, sino como cosas sacerdotales que, como su persona, pertenecían por la consagración a Dios y en su nombre a la Iglesia y a sus pobres. Nunca negó su limosna a quien se la pidió; muchas visitas iban sólo a exponer al Señor Obispo sus necesidades económicas y a pedir una limosna, que él les daba; socorría con cantidades periódicas a familias necesitadas, a enfermos crónicos y a estudiantes pobres.”, nos cuenta Cirac.

Un par de botones de muestra nos dirán más que muchas palabras. Extraído también del libro de Cirac: “No se desdeñaba de cualquier labor casera que él pudiera hacer. Una vez se puso a frotar en la pila del cuarto de baño para quitar ciertas manchas con un preparado que le habían recomendado.” “En la mesa fue siempre austero y parco. Comía poco, no tomaba helado ni café, a pesar de que le gustaban mucho”. “Tampoco quiso tener automóvil o coche propio.”

Precisamente, el Beato Cruz, tan austero consigo mismo, destacó de manera brillantísima y adelantándose a su tiempo en gran medida, por su preocupación social, prestando todo su apoyo a las iniciativas a favor de los más pobres y necesitados.

Es más, como nos recuerda nuestro buen canónigo “en Cuenca, lo mismo que en otras muchas diócesis españolas, no había personal debidamente preparado para la Acción Social ni para la Acción Católica. En esta parte de la Acción Diocesana el Obispo de Cuenca fomentó las iniciativas que se le presentaban, y trató de preparar a los sacerdotes, que sentían afición a las nuevas orientaciones, y sobre todo a los seminaristas, a los cuales deseaba formar perfectamente como los tiempos exigen.”

Con gran estupor nos hemos de enterar que el Beato Cruz supuestamente habría fomentado en Cuenca la Acción Católica para acabar con la izquierda política. Comentando esta calumnia vertida por algún periódico español, me decía un señor: “he pertenecido más de 20 años a la Acción Católica y nunca en la vida me han hablado de política, sólo me han formado religiosamente”.  Precisamente por estatutos la Acción Católica tiene prohibida la militancia política, otra cosa es que aborde los asuntos temporales orientándolos según el Evangelio, pero sin ninguna participación institucional a favor de un partido o facción política. Otra cosa distinta es que sus miembros (no el Presidente, que lo tiene prohibido por derecho canónico) a título personal puedan, si libremente ellos lo desean, participar en la actividad política partidista. Pero nunca en nombre de la Acción Católica ni representándola.

El Sr. Obispo avivó lo más posible formar seglares consecuentes que actuaran consecuentemente con su fe en la labor por los más necesitados, en la configuración cristiana de la sociedad y, como no, también en la acción más directamente política. Y ese fue, según sus calumniadores, su gran pecado. No hay nada malo, todo lo contrario, en que aconsejara a unos hombres católicos que querían ser consecuentes en la acción política con su fe cristiana y que alentara a los que así actuaban, máxime cuando la situación social y política de España era gravísima, intentando el marxismo y la masonería acabar con la civilización cristiana en la sociedad, imponiendo el primero una dictadura comunista y la segunda la destrucción de la Iglesia. Ya se había experimentado en España con la revolución socialista de Asturias en 1934 y el peligro de caer en un caos era muy grande.

Que esto es así, es evidente a cualquier historiador que respete los datos existentes, ni ahora podemos entrar en esta cuestión. Pero baste como mero ejemplo el testimonio del primer presidente de la República española, que la dirigió desde 1931 hasta 1936 (y entonces fue cuando empezó lo peor, a partir de febrero), Niceto Alcalá Zamora, el cual en “Los defectos de la Constitución” asevera sin ningún rubor: “«Se hizo una constitución que invita a la guerra civil desde lo dogmático —en que impera la pasión sobre la serenidad justiciera— a lo orgánico…”

Expliquemos un poco más lo anterior con un ejemplo. Si en las circunstancias también muy difíciles de nuestro momento contemporáneo, un político católico consultara con su Obispo cuál debía ser su actuación concreta o incluso el hecho de si debía presentarse a las elecciones o no, ¿ya quedaría dicho Obispo tachado de político e imposibilitado para ser canonizado? ¿Y si el que hiciera la consulta fuera el Sr. Vázquez, embajador en la actualidad ante el Vaticano?

El mismo Sebastián Cirac, al que se achaca la revelación de la actividad política del Beato Cruz, afirma tajantemente en el proceso de canonización que “nunca en su vida intervino en política o tuvo aficiones por los partidos o caciques políticos. Su ejemplo, su preocupación y hasta su intervención, aconsejando, estuvo exclusivamente promovido por las necesidades de salvar a la Iglesia y a las almas”.

En fin, pedimos al Señor que los hombres deseen ver la luz y la verdad.

 

Juan Manuel Cabezas Cañavate. DNI: 4.573.899-G

Doctor en Derecho Canónico.

Juez delegado de la Diócesis de Cuenca en las causas de canonización.

Profesor de Derecho Canónico en el Instituto de Derecho Canónico de San Dámaso (Madrid).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero abordemos el capítulo que nuestros calumniadores afirman haber olvidado el Vaticano. ¿Por qué no escriben que en el citado libro de Don Sebastián Cirac, de donde afirman sacar su información, se dice bien claramente (y se escribió en 1943) en política eran los seglares “los que únicamente debían figurar y actuar. El Señor Obispo era el consejero supremo”? ¿Está mal que el Sr. Obispo aconseje a unos políticos católicos que quieren ser coherentes en su actuación política con su fe, máxime cuando la situación era cada vez más calamitosa en el orden social y moral, ante “los fines siniestros de la masonería que dirigía la revolución social y política de España”?.

Está hoy más que documentado que un elevadísimo número de diputados durante la República eran masones y que desde el principio con la anuencia de las máximas autoridades del Estado, cuando no por su mandato expreso, se quemaron iglesias y conventos, se expulsó al Cardenal primado, se expulsó a la Compañía de Jesús, se prohibió la existencia de colegios dirigidos por Órdenes Religiosas, etc, etc.